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¿Y Europa? Muy nerviosa...

Publicado por blobosbollat el 9/05/12

¿Y Europa? Muy nerviosa… 

Por: Armando de la Torre

 

            Hacia la década de los treinta del siglo pasado el continente europeo atravesó una espeluznante etapa de ansiedad colectiva. En la superficie, se disparó con la gran depresión económica que terminó por sacudir al mundo entero. Pero a lo más hondo, era el sobrecogedor avance, aparentemente imparable por aquellos días, de los nacional socialismos que amenazaban sumarse a la terrible dictadura estalinista de Rusia. Presentían que las democracias de veras liberales de Occidente, tan heridas por la primera guerra mundial, entraban en la fase final de su agonía.

            Hoy, el mismo síndrome apocalíptico les es de otra índole. Lo que a sus ojos está a punto de sucumbir es el Estado Benefactor (o “de bienestar”, como lo prefieren los españoles) tan penosamente tejido, y al que todos, o casi todos, se han acostumbrado.

            Lo cual en parte abona a aquella tesis tan discutible de Marx ( y rebatida por Weber) acerca de que la estructura de los medios de producción determina decisivamente las superestructuras del espíritu, es decir, del derecho, del arte, de la filosofía, de la religión…

            La muy reciente derrota electoral de Sarkozy en Francia es un ejemplo más del actual nerviosismo europeo. Que no es de signo ideológico definido, sino un contagio emocional de pánico entre asalariados y pensionistas – la gran mayoría – en torno a sus ahorros, sus empleos y sus jubilaciones. De Tony Blair a Rodríguez Zapatero,  de Berlusconi a Papandreu, ya son diecinueve los “Establishments” nacionales que dan un vuelco de ciento ochenta grados en cada una de las elecciones de los últimos cinco años.

El Estado benefactor se rehúsa a morir.

            Algunos comentaristas europeos prefieren reducirlo todo a la vía demasiado fácil de los personalismos. Es así que Angela Merkel se ha vuelto el genio maligno casi unico de la “malaise” continental. Situación incómoda para ella, y de la que no se le concederá una salida fácil.

            Con ello, Europa disipa su herencia del “milagro económico” de los años sesenta. El bienestar redistribuído por la vía burocrática de los impuestos se ha mostrado al largo plazo inviable. Lección que era de esperar: Pues no se puede vivir “indefinidamente” de la riqueza creada en un momento del pasado. Al fin y al cabo, contra las pretensiones de los utópicos, se confirma de nuevo que nada  en este mundo es gratis. O lo sudamos o lo perdemos.

            El sueño de los expoliadores por la vía de la compasión ha terminado. Ahora sucumben a la pesadilla de lo real. Ya lo había vaticinado muy bien el derrumbe del muro soviético en Berlín hace casi un cuarto de siglo. Pero ahora toca el turno de las social democracias, tan civilizadas y consecuentes del Occidente. Muy probablemente, también mañana hasta a nuestros grandes vecinos prósperos del Norte, incluídos Obama y su “welfare” sanitario.

            Ni tampoco habrá una China voraz para rescatarlos, como sí ha sucedido con la Argentina de los últimos diez años. El realismo, gustemos de él o no, a la larga se impone y barre a quienes busquen refugio en la imaginación. ¿En dónde quedó, por ejemplo, aquel confiado dogma dialéctico de la inevitabilidad de la “sociedad sin clases”?...  

            ¿Habrá salida a corto plazo para la infelicidad hodierna de los europeos? Los partidarios de la austeridad fiscal, como Cameron en Inglaterra, o Merkel (y Schäuble), en Alemania, creen que al final la habrá, los ilusos, en cambio, la gran mayoría restante, parecen aferrarse a una acción dilatoria menos abrupta y más gradual. Ahí sitúo yo la victoria del anodino Francois Hollande en las elecciones francesas del domingo pasado.

El mundo de los ensueños social demócratas se evapora… en el primer mundo. Por supuesto, siempre quedará en reserva nuestro quijotesco tercer mundo, que copiará más tarde los mismos errores de los primermundistas y recurrirá a esas mismas prestidigitaciones.

Por cierto,  ¿no está Suiza en Europa?... Sin embargo, no parece acontecer allí nada dramático. ¿Será que su  “modelo” social es tan diferente?... ¿Acaso le dan todavía al trabajo productivo la importancia que los demás le asignan desde hace décadas a la legislación de privilegios “sociales”?

Valdría la pena investigarlo, amigo Federico...

Mientras tanto, en nuestra América siquiera contamos para nuestros análisis con los triunfos paradigmáticos recientes de Chile, del Perú, ahora de Colombia, y, por último, de Panamá, mientras, nos previenen acerca de la dirección contraria  los completos fracasos de Cuba y Venezuela.

Algo es algo.  

Los estupefacientes... ¿futuro medio de pago?

Publicado por blobosbollat el 17/04/12

Los estupefacientes… ¿futuro medio de pago?

 

Por: Armando de la Torre

 

La malhadada e impulsiva propuesta del presidente Pérez Molina de “despenalizar” el abuso y  comercio de estupefacientes (etimológicamente, “los que nos hacen estúpidos”) encierra otra amenaza: que el tráfico de drogas, una vez despenalizado, se vuelva medio de pago legal como cualquier otra de las formas normales del dinero.

En la sofisticada y opulenta ciudad de Boston, Massachussetts, las drogas, se me asegura, circulan ya por el mercado - todavía ilegal - de la prostitución como la forma preferida de pago. ¿A cuáles otras áreas del mercado podría hacerse extensivo tal “moneda”, sobre todo si el “servicio” consiste en la provisión de menores de edad a consumidores degenerados?

Una vez despenalizadas, tales herramientas que nos vuelven estúpidos a la hora de evadir la realidad no tardarán mucho en transformarse en medios de pago universalmente aceptables. Al fin y al cabo, fungirán de depósitos y de medidas de valor, con la ventaja adicional de ser más fraccionables que las usuales monedas metálicas y las de papel.

Y cuando se pueda pagar con ellas así de fácil, encadenarán a sus adicciones aun más a los infelices adictos, negocio, sea dicho de paso, rotundo para los ofertantes.

Aquí quiero poner el énfasis en la diferencia decisiva entre el consumo legal de alcohol, que una vez se intentó inútilmente cortar de raíz en los EE.UU., y el hodierno consumo masivo de drogas,  que tanto mina la salud mental y física de los más jóvenes en los EE.UU. y, asímismo, en ésa Europa de Estados Benefactores de la postguerra. Resulta un fenómeno inaudito en la historia de la entera  humanidad, salvo durante aquel breve episodio de abuso generalizado del opio en la China imperial del primer tercio del siglo XIX, y que tuvo su eco en algunos círculos decadentes, a ambas riberas del Atlántico, a lo largo de la  Belle Époque.      

Tampoco me sorprendería ver listados en las bolsas de valores, y entre los prohombres de la economía, a los máximos “tycoons” que ahora producen y trafican estupefacientes,  una vez se les haya permitido circular con toda libertad validos de su tan recién estrenada legalidad. Entonces podrán concentrarse en “comprar” a diestra y siniestra de los gobernantes más favores y privilegios para sí mismos. Porque la hipotética ruina de los grandes cártels de la droga, al legalizarse más competencia nueva, es sólo eso, una hipótesis. Al contrario, espero más bien que su posicionamiento actual, y el know how acumulado para tal mercado, les será de una tremenda ventaja comparativa.

Y que no se argumente que en último análisis se tratará de dinero malo porque carecerá de un respaldo sólido. ¿No hemos aprendido de Gresham que el mal dinero siempre termina por desplazar al bueno?

Y, por supuesto, como suele suceder, tan grandes fortunas emigrarán no menos hacia otras promisorias aventuras empresariales, como sería la del tráfico de armas, o la de la industria del entretenimiento, o aun la internacional de bienes raíces, hasta llegar a la imposición del contrabando de ilegales a través de fronteras cada vez más porosas.

¿Apocalíptico? Como resultaron serlo los totalitarismos del siglo XX.

A fuerza de separar los valores morales de la legítima prosecución del lucro sobre la premisa falaz de que “el fin justifica los medios”, habremos terminado, entonces, por cavar la tumba para nuestro concepto occidental de la libertad individual responsable, lo que equivaldrá al haber testimoniado del ocaso definitivo de cuatro mil años de civilización occidental.

O, para decirlo de otra manera, la esclavitud no fue un episodio pasajero y degradante en la historia de la humanidad. Nos equivocamos. Es parte integrante de nuestra inerradicable condición humana, brutal, ciega, criminal, como las tantas otras mentiras que escogemos creer.

Maestrìa en Ciencias Sociales. Cursos Segundo Trimestre 2012

Publicado por blobosbollat el 10/04/12

El costo del curso es de Q.1822.50
matrícula Q.650.00 trimestral
Servicios Q.301.00 mensuales

El hombre, el Estado y la Sociedad II
, Dr. Armando de la Torre, viernes de 17:00 a 19:30, aula E-501
Historia del cristianismo, Dr. Armando de la Torre, martes y jueves, de 18:15 a 19:30, aula E-501
Proceso Económico I, M.A. Gunther Meléndez, lunes y miércoles, de 19:45 a 21:00, aula D-311
Metodología de la Investigación cualitativa II, Dr. Danilo Palma, lunes y miércoles de 18:15 a 19:30, aula D-307
Información y opinión pública, Dr. Antón Toursinov, lunes y miércoles, de 18:15 a 19:30, aula D-311
La liberación femenina, ¿sus raíces históricas?, Dr. Rogelio Nuñez, martes y jueves, de 8:00 a 9:15, aula Karl Menger
Negociación y solución de conflictos II, Dr. Mario Salazar Morán, martes y jueves 19:45 a 21:00, aula D-310
Historia de Guatemala II, Rafael Carrera, Dr. Guillermo Díaz-Romeu, martes y jueves de 18:15 a 19:30, aula D-310
El dios de los filósofos (Ultimos 500 años), M.A. Guillermo Méndez, martes y jueves de 19:45 a 21:00, aula D-311

Sociologìa de un debate

Publicado por blobosbollat el 30/03/12

Sociología de un debate

 

Por: Armando de la Torre

 

            La discusión pública en torno a la posible despenalización del consumo y tráfico de drogas merece siquiera un vistazo hacia quienes integran los grupos debatientes.

            Lo primero que resalta, aunque sólo sea a la ligera, es que la mayoría de los padres de familia parecen situarse entre los que adversan cualquier mitigamiento penal hacia el consumo y, sobre todo, el tráfico de las mismas. Los solteros, en cambio, y los muy jóvenes, se suman con alegre facilidad al bando de los despenalizadores “libertarios”.

            Lo que me lleva al núcleo de lo que está en juego: nuestros menores de edad, es decir, nuestro futuro.

            Entre los economistas académicos, y entre los políticos, usualmente a la búsqueda de protagonismos, se tiende a privilegiar las consideraciones utilitarias y, por tanto, más en pro de la despenalización al corto plazo. Conjeturan que dejarlas circular libremente resultará menos costosa para la sociedad que combatirlas.

            Entre filósofos, por otra parte, teólogos, historiadores y humanistas,  entreveo la posición mayoritariamente contraria, desde premisas morales de carácter más  categóricas que utilitarias.

            En cuanto a los científicos experimentales, tales como físicos, químicos e ingenieros de  todas las especializaciones, hasta ahora se han mostrado los más cautos.

            Pero dentro del mundo empresarial me parece detectar una corriente despenalizadora en ascenso, más no así entre los asalariados que más bien la adversan, tanto en el sector público como en el privado, quizás porque se crean ellos -y a sus hijos- más vulnerables ante las embestidas de los narcotraficantes.   

            Respecto al resto del público, cierta indecisión, y hasta ofuscación del primer momento, continúa.

            Encima, todo lo complica el matiz en exceso especulativo del debate.

            Pues la despenalización total por la que ahora se aboga nunca ha sido un hecho. El famoso precedente de la imposición del opio por la fuerza que hiciera la Inglaterra victoriana a la China imperial a mediados del siglo XIX ni siquiera rozó tal franquicia absoluta. Y hasta en esos pocos enclaves  “de aislada tolerancia” de hoy, como Amsterdam, Zurich y Portugal, sólo se permite un uso restringido y un comercio bajo permanente vigilancia.

            También es historia déjà vue”. Cual en los tiempos de la Guerra Fría, se compara una realidad insoslayable (la que se deriva de la prohibición legal de los estupefacientes) con una utopía, aquella que resultaría de una completa despenalización, imaginada, por supuesto, muy feliz y civilizada para un tiempo lejano por venir. Y, como suele suceder en tales comparaciones, la utopía siempre gana...

            Pero lo creo también indicio adicional de la superficialidad de nuestra escala de valores, ésa del “entertainment” a toda costa, del to have fun”, si posible, sin pausa, la del popular “to do everything… my way”. Que equivale a un irresponsable encogimiento de hombros por nuestra parte hacia el importantísimo recto uso de nuestro libre albedrío, no menos que un olvido paralelo del universal sentido de obligación de hacer el bien y evitar el mal.

Hasta podría tomarse como una extensión de la llamada “cultura de la muerte” que, sobre  simplismos análogos, ha conducido a que el número de los abortos supere al de los nacidos, o a a tantos múltiples atropellos de médicos y enfermeras, incapaces de saber escoger ante el doloroso dilema de la eutanasia, como, por ejemplo, acaba de salir por estos días a la luz pública en el Urugüay.  

El único objetivo del drogadicto es el de un escape placentero a los apremiantes reclamos mínimos que supone vivir en una sociedad de adultos.

Y el único de quienes a ellos les suministran drogas adictivas y alucinantes es forrarse de  dinero.

Y dado que no somos “islas”, tenemos el derecho humano individual a vernos libres de los efectos disociadores de tal asedio en muchísimo mayor grado que con respecto a los del ruido o  la contaminación ambiental.

Además, a la luz del prefacio de nuestra Constitución, que reafirma tajantemente “la primacía de la persona humana como sujeto y fin del orden social” y reconoce en la familia “el génesis primario y fundamental de los valores espirituales y morales de la sociedad y al Estado como responsable de la promoción del bien común…” ¿capitularemos ante tan frívolos  incentivos?

Peor aún, ¿y en nombre de la libertad… “del individuo”?

La despenalizaciòn de las drogas (III)

Publicado por blobosbollat el 6/03/12

LA DESPENALIZACIÓN DE LAS DROGAS (III)

Por: Armando de la Torre

¿En qué podría consistir el balance monetario de accidentes de ruta bajo el influjo de las drogas? ¿O el de quienes sobreviven cuadripléjicos? O ¿cómo medir en unidades y fracciones el fin prematuro de la inocencia en los niños? ¿O la proliferación del desánimo entre los jóvenes sanos tras cada escándalo de adultos por abusar de las drogas?... Y ¿qué decir de esa sangre que se vierte a diario entre quienes compiten por tan mortal mercado? …

Es evidente que la raíz del mal reside en el consumo de drogas, y a tales irresponsables consumidores, y a quienes se las suministran se les habría de castigar (en Europa y en los EE.UU.) ejemplarmente. Nosotros, en cambio, residentes de los países de tránsito para tan infame comercio somos quienes hoy por hoy terminamos por pagar ese precio mortal que hacia nosotros desvían. 

Pero esto tampoco es argumento válido para otorgarles una licencia universal.

Pues me queda una virtud que defender y que tengo entre las de más peso: la de la solidaridad mínima de esperarse entre hombres libres y sensatos, aquella del buen samaritano, la del que ríe con los que ríen y llora con los que lloran, y que hasta se adelantan a pagar anticipadamente por la salud de  otros, sin la certeza de que les será devuelto. Es esa empatía espontánea hacia el menos favorecido, por todos - de labios afuera- tan alabada, que encima parece llenar el espíritu del mandamiento más difícil y olvidado de  todos, el de “amar al prójimo como a nosotros mismos”… 

            Creo tal solidaridad la cumbre del ascenso de lo humano hacia Dios. Nada la supera en nobleza, ni algo le es comparable en el entero cosmos, excepto el antecedente descenso de Dios hasta nosotros cuando se hizo Hombre.

            Solidaridad que rara vez discierno en tantos humanos, demasiado humanos, inmersos en sus hojas de balance... Al parecer, muchos parecen haberse  dejado arrastrar por el fácil apotegma de que “el egoísmo es virtud”. Si así lo fuera, deberíamos alegrarnos más bien de que nos haya tocado ser remolcados a lo largo de una de las eras más “virtuosas” de la historia,… la de Auschwitz, Treblinka y Dachau.

            Las drogas, naturales o sintéticas, obnubilan con eficacia progresiva la razón;  en verdad,  para eso se toman. Fuera de la peligrosa curiosidad juvenil que juguetea con ellas, se busca una “expansión artificial de los sentidos”, con desmedro, por supuesto, de la claridad y corrección de nuestro criterio moral. Todo equivale, al final, a una “cápitis diminutio” como la entendía el derecho romano, esto es, a una disminución en  nosotros  de nuestra talla inteligente.

            El drogadicto, más que el alcohólico, se adentra por un sendero oscuro que le cautiva más cuanto menos sabe de él. Suele empezar con escarceos superficiales, por ejemplo, con la marihuana, para después deslizarse hacia otros alucinógenos más potentes como la cocaína, que facilitan la vida “social”, lo que a su turno empujará hacia la prosecución  de vivencias más intensas en la heroína, el opio, o las drogas sintéticas (LSD y “crack”) hasta un punto sin posible retorno. 

Al harapo humano se le calificará, entonces, de “enfermo mental”, de incapaz de crecer más allá de su autogenerada minoría de edad ética, un fardo para los demás. Ni siquiera con la mejor probada solidaridad – la que se estila entre “alcohólicos anónimos” -  se le podrá abrir una posibilidad de redención, de escape a ese destino trágico del que ha sido su propio arquitecto.

Me consta todo esto, porque han sido demasiadas las vivencias desgarradoras ajenas que he sufrido durante mi larga vida.

            Se me insinúa que exagero, porque algunos saben tan sólo de esas primeras etapas de la drogadicción y desde ellas juzgan, o también porque son muchos los hombres de negocios “exitosos” que dicen sentirse más inmunes al cansancio, o hasta que descubren en sí mismos una mayor creatividad tras abusar de la cocaína o del “éxtasis”. Pero el riesgo moral de tamaños ensayos (y su correspondiente despilfarro económico) cuelga horriblemente ominoso sobre el usuario y su familia… 

            Ni existe cura perdurable, excepto a través de la prevención de su hábito por medio de la formación individual del carácter, es decir, del fortalecimiento de nuestra capacidad para responder con un NO firme a los cantos de sirena del placer engañoso.

Nada me resulta más aconsejable ahora para los caídos que aquella sabia reflexión de San Agustín acerca de su propia adicción al sexo: “Me ha sido más fácil abstenerme que contenerme”.

En torno a la despenalizaciòn de las drogas (II)

Publicado por blobosbollat el 6/03/12

EN TORNO A LA DESPENALIZACIÓN DE LAS DROGAS (II)

Por: Armando de la Torre

            La derrota pronosticada para nuestra guerra al narcotráfico se me antoja como si aquellos en Inglaterra y demás democracias occidentales que para septiembre de 1940 sostenían (con razón aparente) que la guerra contra el nazismo ya estaba definitivamente perdida, y que urgían a la capitulación ante Hitler, hubieran logrado este propósito.

Pregunto: ¿y dónde estaríamos hoy ellos y nosotros?...

            O como si Copérnico en 1543, - o Galileo en 1633 -, hubieran declarado imposible de ganar su lucha intelectual contra la persuasión ptolemaica dominante entre los círculos más influyentes de su tiempo ¿qué hubieran devenido nuestra física y nuestra astronomía actuales?

            O si el tozudo Cristóbal Colón se hubiera rendido ante el reiterado rechazo por parte  de las monarquías de Francia, Portugal e, inicialmente, aun de la misma Castilla, a su proyecto visionario ¿en dónde estaría nuestro globalizado mundo atlántico de hoy?

            ¿Por qué tantos otros avances sociales, científicos, médicos, económicos, técnicos, en su día hubieron de enfrentar la incomprensión unánime de los demás? ¿No fue vox populi, por ejemplo, la inviabilidad del voto femenino? ¿O qué decir de la esclavitud, práctica tan común entre los pueblos que nadie menos que Aristóteles la declaró institución “de derecho natural”?  

            De la misma manera ¿alguna guerra contra las miserias morales ha sido ganada definitivamente?

            Por otra parte, la erradicación de la narcoactividad, incluída por ésa vía que nos es asequible, la de una legislación largoplacista, ¿por qué declararla a priori insostenible? Y en cuanto al razonamiento subyacente de que la moral no se puede legislar, ¿no están, acaso, prohibidos por ley la mentira, el hurto y el homicidio? ¿O no excluímos legalmente la poligamia?... ¿Hasta el estupro, aunque haya habido consentimiento por ambas partes? ¿Cómo explicar que un jurista tan eminente como Rudolf von Ihering haya podido concluir que “el Derecho es un mínimo de moral”?

Quienes van todavía más al fondo objetan, empero, que toda prohibición legal en contra del derecho fundamental y natural de todo adulto a escoger con libertad irrestricta su ruta particular hacia la felicidad, en nuestro caso, es decir, mediante la penalización del uso de las drogas (a menos que haya sido por fines terapéuticos y bajo prescripción médica), es inválida. Pero ¿de cuál libertad hablan si a ella ya abjuró el drogadicto por el simple hecho de haberse embarcado por esa ruta…?

Insisten, sin embargo, en recordarnos que rozamos en nuestro debate una esfera privadísima e intocable de nuestras vidas personales, donde no es menor nuestro derecho que en la paralela e inalienable a conducir nuestra vida sexual de acuerdo a nuestro libre albedrío. Lo que hacen extensivo a la prostitución, pues igualmente implica ésta transacciones libérrimas entre el consumidor y la proveedora de sexo,  sin que tenga que entrañar daños a terceros (“victimless crimes”). Por lo tanto, concluyen, toda penalización parcial o total de actividades individuales relacionadas con  la drogadicción resulta nugatoria de la autonomía racional del hombre. 

            Lo cual me lleva a un interrogante angustioso: ¿Nuestra singularidad  humana ya no ha de consistir en la libre plenitud de nuestra conciencia moral? Nuestras flaquezas éticas ¿en nada aminoran nuestra condición de hombres dueños del propio destino? ¿Habrá de verse todo según el automatismo de lo placentero, como en el resto del reino animal no racional?  En último análisis ¿qué nos define entonces: la conciencia o el instinto?

            A consideraciones utilitarias adicionales suelen recurrir: el costo económico, dicen, de la guerra contra el narcotráfico y la drogadicción supera con creces al de su despenalización.

            Confieso que no entiendo la aplicación de tales enfoques estadísticos a nuestro problema.  Pero me sospecho que ellos tampoco.

            Pues, ¿en cuánto puede ponderarse el valor “económico” de una familia destruida por la drogadicción de uno de sus miembros? O ¿cómo computar en términos dinerarios la pérdida consiguiente de toda esperanza de recuperación? ¿Somos, acaso, al final, cada uno de nosotros, de veras, “islas”? ¿Puedo abusar de las drogas sin consecuencias para quienes me rodean? ¿O para quienes conmigo trabajan o estudian? ¿O para con quienes por las calles y plazas coincido? ¿O para los menores de edad que me ven?

En este supuesto, amigos, abolamos de una vez por todas el Estado…

            (Continuará)  

 

Al oìdo de don Otto

Publicado por blobosbollat el 3/02/12

Al oído de don Otto

 

            Por: Armando de la Torre

 

 

Señor presidente:

Usted no fue mi favorito para la primera vuelta; lo fue el doctor Suger.

Pero sí para la segunda, entre otros factores a su favor, el más decisivo, su candidata a la vice-presidencia.

            ¿Por qué tanto distanciamiento de mi parte hacia su proyecto? Porque lo considero a usted un político más dentro de lo que es tradicional en Guatemala y yo lo que anhelo para este país es un cambio radical.

            Usted persigue el bien de su pueblo; pero a través de medios y legislación inadecuados, esto es, tradicionales. Anhelamos algo mucho más efectivo y diferente.

            ¿Cómo creo que se nos filtra ese exceso de tradicionalismo?

            En primer lugar, porque usted todavía parece apegado a la ilusión de que el despegue de Guatemala se logre un día a fuerza de más gobierno, no menos. Mientras para los analistas más agudos de hoy en día, el gobierno no es parte de la solución sino la mayor parte del problema.

            Por eso usted, por ejemplo, y muchos políticos al uso parecen no escandalizarse en absoluto con lo millonario de las campañas electorales entre un pueblo mayoritariamente pobres.      

Guatemala, desde el punto de vista mío, lo que necesita con urgencia es un cambio valiente de Constitución Política que de veras apunte a la eliminación total de todos los privilegios para individuos y “colectivos”.

Nos urge una  Constitución que entrañe un desarrollo orgánico y generalizado a partir de lo que ya en teoría se supone vigente: el artículo cuarto constitucional estatuye que “todos somos iguales en dignidad y derechos”, conculcado, sin embargo, repetidas veces en las ulteriores cláusulas de la misma Constitución.

            Además, acaba de mostrar - por ese error de óptica acerca del peso relativo del Estado para el desarrollo de los pueblos -, que no ha aprendido de los errores de sus antecesores en el cargo, pues sube los impuestos como si fuera un incidente neutro para el desarrollo, lo que no es, al contrario, muy dañino.  

Si lo que pretende es incrementar los ingresos del Estado - después de la hemorragia fiscal por cuatro años que significó el gobierno de Alvaro Colóm -, lo sensato sería más bien ampliar la base tributaria dado que cerca de un ochenta por ciento de la producción nacional es informal. No menos, debería eliminar de cuajo la progresividad de los impuestos directos y, encima, extremar los controles sobre la calidad del gasto público. De todo esto, por desgracia, no da usted indicios de haberlo ponderado.

En resumen, lo más beneficioso a largo plazo sería reducir, que no aumentar, el “costo de tener gobierno” hasta aproximarlo a un cinco o seis por ciento del producto interno bruto, como sucedió con todos los países que otrora fueron igual de subdesarrollados que nosotros hoy y a los que ahora se les califica de “primer mundo”.

            Pero esto no parecen tenerlo en cuenta usted ni su ministro de finanzas, lo cual es acorde a nuestra tradición, de que la solución reside de más y  más Gobierno…

            Se necesita un cambio brusco de timón ideológico, esto es, un dominio por los gobernantes más completo de la lógica del mercado, única ruta posible hacia la creación de riqueza, el inverso de la disminución de la pobreza.

            En las mentes y en los músculos de los guatemaltecos, en especial los más pobres e incultos, yacen dormidas potencialidades insospechadas que el peso del Estado en la vida de todos no nos permite liberar.

            Usted es uno más en trabajar de buena fe según ese fracasado esquema del Estado rector del desarrollo. El ingenio, en cambio, y la voluntad de superación de los ciudadanos en lo individual, es lo único que nos lo hace accesible.

            Concéntrese, Presidente, en la protección de las personas y de sus derechos. Apoye y respete, asímismo,  la independencia del Poder Judicial, y muéstrese encima, leal amigo de los pueblos que nos han sido siempre leales.

            Y no deje de mantenerse muy cauteloso hacia los incentivos perversos que se le puedan colar con las iniciativas legislativas del Congreso.

            Y entonces, concluido su cuarto años de Gobierno, le otorgaríamos con mucho gusto un voto unánime de aprobación.   

Sòlo por ahora, concedo, me mantengo opuesto a la despenalizaciòn de las drogas.

Publicado por blobosbollat el 1/02/12

SOLO POR AHORA, CONCEDO, ME MANTENGO OPUESTO  A  LA DESPENALIZACIÓN DE LAS DROGAS

 

Por: Armando de la Torre

            Digo “por ahora”, pues no me considero infalible, como sí lo traslucen algunos de los que abogan por la despenalización de las drogas.  Por lo tanto, todavía estimo posible que, con otros argumentos bien diferentes a los usualmente esgrimidos para promover dicha despenalización, pueda yo cambiar al respecto de opinión…

            También creo, encima, hallarme en la posesión de respuestas válidas para los repetitivos razonamientos puestos sobre la mesa, en especial por amigos míos tan bien intencionados como talentosos, y de quienes me consta, además,  que se guían por una lógica y una ética asentadas en  una visión liberal de valores (que no, por cierto, “libertaria”, la cual a mi juicio descansa sobre supuestos extremos que no comparto).

            El argumento más socorrido en pro de la despenalización del abuso de drogas es el inverso de aquel del que se valieron durante las dos primeras décadas del siglo XX quienes abogaban  por la enmienda (la XVIII) a la Constitución de los EE.UU. en 1919, que prohibió totalmente la manufactura, venta o transportación de licores intoxicantes y la importación o exportación de los mismos. A ello apelaban numerosos pastores protestantes, sobre todo bautistas de la “Bible belt” en el sur de los EE.UU., así como la mayoría de las asociaciones femeninas que presionaban simultáneamente en pro del sufragio universal, dado que  comprensiblemente  las mujeres y sus hijos son obviamente los primeros y más heridos por el alcoholismo de los hombres.

            Pero aquel “noble experimento”, como se le calificó entonces, resultó a la larga contraproducente.

            Peor,  hasta poco noble, pues el consumo de alcohol se mantuvo casi a los mismos altos niveles anteriores a la prohibición, y lo ilegal de su comercialización propició en los Estados Unidos un inédito y extendido irrespeto a la ley. Florecieron en su cauda los fabricantes clandestinos –“moon shiners”- de bebidas alcohólicas de pésima calidad, y en tan inesperado clima generalizado de menosprecio por la majestad de la ley brotaron y operaron, con frecuencia impunes, las célebres familias de la “mafia”, que no hubieron de ser debeladas por completo sino hasta la década muy tardía de los ochenta.

            Tales “familias” se reclutaban, mayoritariamente de entre minorías religiosas y étnicas – católicos italianos, católicos irlandeses, judíos de la Europa del Este, y hasta anglosajones de orientación anglicana–, habituados por inveteradas costumbres folklóricas a consumir alcohol (sobre todo vino, cerveza y whisky), sin que ello les entrañara en sus comunidades de origen  un estigma social, mucho menos uno pecaminoso.

            Todos sabemos que la malhadada “enmienda” terminó por ser anulada en 1933,  con el respaldo del voto mayoritario de esa misma población norteamericana que catorce años antes le había dado su aprobación.

            Este es el principal precedente histórico al que todos los partidarios contemporáneos de la despenalización de las drogas hacen referencia. Hoy, en la hipótesis también de tratarse de un fenómeno social similar al de la prohibición del uso y comercio de las drogas, la legislación habría de resultar igualmente, según ellos, de ineficaz, represiva y dañina de todo el cuerpo social. 

“El combate a la drogadicción es una guerra ya perdida”, arguyen encima, con olvido total de tantas erróneas declaraciones prematuras de victoria o de derrota, unilateralmente proclamadas a lo largo de innumerables conflictos en la historia.

            Por supuesto, que esa declaratoria de fracaso casi siempre no es más que una mera especulación circunstancial, muy debatible, pues los derrotistas que de antemano ahora se rehúsan a perseverar la lucha contra el flagelo de la drogadicción, se arrogan el derecho ajeno, que a todos y no sólo a ellos nos compete, de resistir, ley en mano, al asalto de los narcotraficantes, y de acudir a nuestra vez en apoyo de sus víctimas. Conviene recordar que entre esas últimas se cuentan los recién nacidos condicionados químicamente a  la drogadicción por sus madres drogadictas.

            Ni olvidar tampoco a los adolescentes que son crecientemente el objetivo prioritario inicial de los narcotraficantes. No porque constituyan un mercado muy rentable sino porque, al largo plazo, una vez alcanzada respectivamente su mayoría de edad, sí lo serán. 

            El derrotismo de algunos me es como si aquellos en Inglaterra, los Estados Unidos y demás democracias occidentales que para septiembre de 1940 sostenían (con razón aparente) que la guerra contra el nazismo ya estaba definitivamente perdida, y que urgían consecuentemente la capitulación ante Hitler, hubieran logrado convencer en aquel entonces a las mayorías democráticas de sus pueblos de las ventajas relativas de tal interpretación de la realidad.

Pregunto: ¿dónde estaríamos hoy ellos y nosotros?...

            O como si Copérnico en 1543, - o en su lugar Galileo en 1633 -, hubieran declarado imposible de ganar la lucha intelectual contra la dominante persuasión ptolemaica por todas partes ¿qué hubiera devenido de nuestra astrofísica actual?

            O si el tozudo Cristóbal Colón se hubiera rendido ante el reiterado rechazo de las monarquías de Francia, Portugal, e inicialmente de la misma Castilla, a su proyecto visionario ¿cuál habría sido el alcance de nuestro hoy globalizado mundo atlántico?

            ¿Y qué de tantos avances médicos, psicológicos, sociológicos, económicos, tecnológicos, que en su día hubieron de enfrentar el negativismo indolente de los más? ¿No fue vox populi, por milenios, la inviabilidad del voto femenino? ¿O qué decir de la esclavitud, práctica tan común entre los pueblos que nadie menos que Aristóteles la declaró una institución “de derecho natural”?  ¿Y no recomendó una autoridad médica en Bélgica, a comienzos de la década de 1820, que una velocidad ferroviaria superior a los treinta kilómetros por hora sería imposible porque afectaría mortal e irremediablemente  el sistema vascular de los viajeros?…

            La erradicación de la narcoactividad, incluída ésa que nos sería asequible por la vía de la legislación largoplacista, ¿a priori imposible? ¿Y que la moral no se puede legislar, como algunos dogmatizan?... ¿No están prohibidos por ley entre nosotros la mentira, el hurto, el homicidio? Y ¿no se excluye legalmente la poligamia en todo el Occidente?... ¿O el estupro, aunque haya habido consentimiento por ambas partes? ¿Acaso un jurisconsulto tan eminente como Rudolf von Ihering no pudo afirmar tranquilamente que “el Derecho es un mínimo de moral” sin que jamás se le haya podido evidenciar lo contrario?

Quienes van más al fondo de esta cuestión arguyen que el derecho fundamental y natural de todo individuo adulto a escoger con libertad irrestricta su ruta particular para alcanzar la felicidad, es conculcado intrínsecamente por cada susodicha intromisión nefasta del Estado en sus vidas personales, es decir, por cada penalización del uso de las drogas en la que se haya incurrido, a menos que excepcionalmente por fines terapéuticos y bajo prescripción médica.

Tales personas se cuidan de recordarnos que en todo ello nos movemos en una esfera tan privadísima e intocable de su vida personal como lo es, no menos, la  vida sexual de cada quien. Y proceden a hacerlo el equivalente de la prostitución legal porque ésta también se deriva de transacciones libérrimas entre consumidor y proveedora de sexo, sin implicar daños a terceros. Por lo tanto, concluyen, toda ilegalización total o parcial de actividades individuales que conducen a  la drogadicción también resulta nugatoria de la autonomía racional del hombre, particularmente en su prosecución de la felicidad.  

            Lo cual me lleva a un interrogante angustioso: ¿Nuestro orgullo de humanos ya no ha de residir en la libre plenitud de nuestra conciencia moral? ¿Nuestras debilidades éticas en nada disminuyen nuestra condición de hombres libres? ¿Todo habrá de ser visto según el automatismo de lo placentero, al estilo del resto de la vida animal?  ¿Qué, al final, entonces nos define: la conciencia o el instinto?

            A una consideración utilitaria adicional suelen recurrir: el costo económico de la guerra contra el narcotráfico y la drogadicción.

            En verdad, confieso que no entiendo la aplicación de las estadísticas a este caso. Pero sospecho que tampoco los demás.

            ¿En cuánto podría computarse el valor “económico” de una familia después de destruida por la drogadicción de cualquiera de sus miembros? ¿O el monetario de los accidentes mortales de ruta, o para los que sobreviven cuadripléjicos?  ¿O el hecho de quienes pierden todavía jóvenes toda confianza en el futuro? ¿Cómo medir el impacto del fin de la inocencia en los niños por las preferencias aberrantes de los adultos? ¿Se puede acaso calcular con íntegros y fracciones  la limpieza de los ojos del alma? ¿O el desaliento que deja como estela cada escándalo? ¿O los tormentosos y muy peligrosos complejos de inferioridad entre los adictos? ¿O los resentimientos de los fracasados? ¿O la sangre vertida por los oferentes de droga en ese mercado tan competitivo? ¿O la desesperación de quienes se dan por vencidos antes de tiempo?…

            Me queda todavía un aspecto que yo valúo entre los que más: la solidaridad del buen samaritano, la del que ríe con los que ríen y llora con los que lloran, la de la empatía hacia el menos favorecido que uno mismo, la del mandamiento de amar al prójimo como a sí mismo…  

            Para mí ésta es la cumbre de la realización del hombre. Nada la supera, nada la puede superar en el entero cosmos. La virtud de las virtudes…

            Pues, bien, no la veo en ninguno de esos autores ni siquiera someramente justipreciada. Al parecer se han dejado persuadir por el mendaz y superficial apotegma de que “el egoísmo es virtud”. Si así lo fuera, alegrémonos de vivir en una de las eras más “virtuosas” de la historia…

            Las drogas naturales o sintéticas, en menor o mayor grado, obnubilan la razón y por eso mismo precisamente se toman. Es decir, fuera de los casos juveniles de curiosidad, lo que se pretende es una “expansión de los sentidos” a costa de la claridad y corrección del pensamiento. Fuera del suicidio deliberado, no conozco otra forma radical de renunciar a la dignidad infinita de la propia persona. En eso consistió la locura del “superhombre” nazi a expensas del judío, del gitano y de demás especímenes “inferiores”…  

            El drogadicto, más que el alcohólico, es un enfermo incapaz en pocos años de salir de su hoyo mental y ético. Sólo con la más entrañable de las solidaridades y la más generosa de las amistades llega a tener una escasa posibilidad de escapar al destino del que ha sido su propio imprudente arquitecto que ciertamente no lo puede ser quien de antemano declara ese esfuerzo vano e inútil.

            Por todo esto, en el debate sobre la despenalización de las  drogas no nos jugamos tan sólo uno accidentes de ruta o algunos raros rechazos íntimos al amor.

Nos jugamos nuestra esencia  de hombres.

                                               

Escuela Superior de Ciencias Sociales. Programa del curso: El Hombre, el Estado y la Sociedad

Publicado por blobosbollat el 14/01/12
Escuela Superior de Ciencias Sociales
II Trimestre 2011-2012

Catedrático: Dr. Armando de la Torre

 

PROGRAMA

 

El Hombre, el Estado y la Sociedad

 

El estado benefactor bajo todas las variantes que lo hemos conocido desde su tímida incepción en Alemania Imperial de Bismark (1881), agoniza.

Es parte de la crisis existencial que afecta aun al mismo concepto del Estado. Su variante moderna, el Estado Nacional, retrocede aceleradamente en todas partes desde el fin de la Segunda Guerra Mundial (1945) antes esquemas supranacionales o regionales, como la Unión Europea (1957).

Esta vez emerge en su lugar otra “utopía”: la del anarquismo, Max Stirner, “El único y su propiedad” (1844). Esta noción individualista de autogobierno tuvo su conocida presencia violenta en ciertos países europeos y americanos por casi un siglo con la etiqueta de anarcosindicalismo, desde mediados del siglo XIX hasta la guerra civil española (1936-1939).

Con el declive del Estado “Nacional”, y de su proyección socialdemócrata, el Estado benefactor, resurge de nuevo la escuela del anarquismo pero bajo otra óptica totalmente diferente: el anarcocapitalismo. Así lo propugnan en nuestros días, por ejemplo, y con brillantez, Hermann Hoppe, en Alemania, y Jesús Huerta de Soto, en España.

Queremos discutir “socráticamente”, este tema trascendental, bajo la inspiración de  quien fue probablemente el más agudo filósofo político de los Estados Unidos en el siglo XX, Robert Nozick, en su obra “Anarquía, Estado y Utopía” (Fondo de Cultura Económica, México, 1988).

Lecturas adicionales de ciertos capítulos, como la del libro Teoría de la Justicia, de John Rawls, o el de Ludwing Von Mises “La Acción Humana”, o el texto fundamental de Ludwig Von Hayek, “Los Fundamentos de la Libertad”, serán asignadas oportunamente a lo largo de la discusión.

Este curso trimestral lo considero introductorio. Según el interés (y el número) de los asistentes,  se prolongará por los trimestres siguientes durante el año 2012.

Nozick, en su obra citada, propone los siguientes puntos a discutir:

I PARTE: Teoría del estado de naturaleza o cómo regresar al estado sin proponérselo realmente

I.                   ¿Por qué una teoría del estado de naturaleza?

II.                El estado de naturaleza

III.             Las restricciones morales y el Estado

IV.             Prohibición, compensación y riesgo

V.                El Estado

VI.             Más consideraciones sobre el argumento en favor del Estado

II PARTE: ¿Más allá del Estado mínimo?

VII.          La justicia distributiva

VIII.       Igualdad, envidia, explotación

IX.                   Demoktesis

III PARTE: Utopía

X.                Un marco para la utopía

Programa: La Singularidad Històrica de Jesùs de Nazaret II

Publicado por blobosbollat el 14/01/12

Escuela Superior de Ciencias Sociales

III Trimestre 2011-2012

Catedrático: Dr. Armando de la Torre

 

 

PROGRAMA

 

La Singularidad Histórica de Jesús de Nazaret II

 

 

            Este trimestre, la culminación del anterior, se enfocará en el corazón del Kérygma (predicación) de la Iglesia primitiva, “porque es aquí donde se encuentran las palabras y los acontecimientos decisivos de Jesús” (Ratzinger). En su carta primera a los corintios lo reduce San Pablo a la afirmación tajante e inesperada de que “si Cristo no resucitó vana es nuestra fe” (1ª. Corintios 15:14), una referencia a su singularidad histórica más llamativa.

  • Los temas a tocar este trimestre serán:
  • Entrada en Jerusalén y purificación del templo
  • Discurso escatológico de Jesús
  • El lavatorio de los pies
  • La oración sacerdotal de Jesús
  • La Última Cena
  • Getsemaní
  • El proceso de Jesús
  • Crucifixión y sepultura de Jesús
  • La Resurrección de Jesús de entre los muertos
  • Perspectiva     

 

El apoyo bibliográfico consistirá, además de los textos bíblicos correspondientes, en los volúmenes I y II (principalmente el segundo) de Joseph Ratzinger (actual Benedicto XVI), Jesús de Nazaret” (2007).

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