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En torno a una tierra en el olvido

Publicado por ArmandodelaTorre el 2/02/10

En torno a una tierra en el olvido
 
Por: Armando de la Torre
 
 
            Belice, clásico ejemplo del dilema entre principios (del derecho internacional) versus intereses (de minorías estratégicamente instaladas en la cima del poder).    
El Gobierno de Guatemala (que no el de Alvaro Colom) se ha encaminado, al fin, por el rumbo correcto tras décadas de yerros y aun de traiciones, al acudir a la Corte Internacional de Justicia en la Haya para dirimir de una vez por todas su diferendo sobre tal territorio con la Gran Bretaña.
Mi ansiedad radica en si nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores se hallará  preparado para enfrentar a tan formidable adversario como el Foreign Office británico, valido ahora de las autoridades supuestamente “soberanas” de Belice, instaladas unilateralmente por ellos y por ellos no menos subvencionadas.
Todo arranca de un malhadado acuerdo en 1783 del “ilustrado” monarca, Carlos III, con su contraparte inglés, Jorge III, para permitir a la flota inglesa reabastecerse de agua y leña dentro de un perímetro de unos cuatro mil kilómetros cuadrados en el litoral septentrional de la Capitanía General de Guatemala.
Sobrevino la independencia, luego el caos civil de las Provincias Unidas, más tarde las alternancias violentas de conservadores y liberales...  En el entretanto, el imperio de la Reina Victoria transplantó isleños con sigilo del Caribe al enclave, y lo amplió de facto hasta abarcar ya hacia 1859 22,000 kilómetros cuadrados.
En el entretanto, los líderes guatemaltecos porfiaban entre sí por consolidar sus respectivos  “egos” sobre porciones más anchas del poder nacional…
           
La secuela de la infiltración subrepticia de los unos, y de la contínua irresponsabilidad antipatriótica de los otros, es ese conflicto irresuelto de títulos de posesión que se ha prolongado sin necesidad hasta el día de hoy.
A nivel mundial sobran los precedentes.
Por ejemplo, cuando el gobierno de Nehru de la India en 1961 irrumpió militarmente en el pacífico enclave portugués de Goa,  viejo de más de 400 años, la Gran Bretaña lo aplaudió, consumado el hecho, con una oportuna referencia al principio del respeto a  “la integridad territorial” (supuestamente de la India de principios del siglo XVI).
            Cuando casi treinta años más tarde el gobierno  de la Argentina intentó hacer exactamente lo mismo contra el enclave británico en las Malvinas, el gobierno de Margaret Thatcher le opuso feroz resistencia, esa vez bajo el pretexto del respeto al principio de “la autodeterminación de los pueblos”.
            Tales maniobras podrían ser aplicadas algún día a los casos de Gibraltar  o del territorio vecino a Venezuela del Esequibo. 
            Los gobiernos imperiales se suelen aferrar a sus usurpaciones y sólo después, mucho después, enarbolan los principios sobre los que habrán de justificar sus zarpazos.
            Inglaterra a todo lo largo del Siglo XIX despojó paulatinamente a Guatemala de la mayor parte de su acceso al mar, no ya sobre la base de los cuatro mil kilómetros cuadrados del inicio sino de los enteros 22 mil kilómetros desde entonces en disputa.
            Sus contrapartes fueron, tristemente, políticos guatemaltecos de variadas persuasiones,    maquiavelamente “prácticos”,  y durante demasiado tiempo otros Narcisos absortos en el culto a sus desmesurados egos.
¿Algo nuevo?
            Sobre bases de estricta certeza jurídica, Guatemala tiene todas las de ganar. Desde perspectivas, en cambio, de pura realpolitik, como ha solido ser,  podríamos  de nuevo perder.
            La Comisión en el Ministerio de Relaciones Exteriores competente para proponer soluciones ha tendido a la improvisación cortoplacistas, sin bases documentales suficientes ni dentro de los parámetros de una estrategia sostenida.
            En la Universidad Marroquín, empero, desde el tiempo de la inclusión de Don Alberto Herrarte en su claustro de profesores, hemos ahondado en el tema y disponemos hoy de documentación que creo haría de la recuperación de todo Belice un fallo más que probable.     
           

Nuestra democracia es ¿"nuestra"?

Publicado por ArmandodelaTorre el 26/01/10

Nuestra democracia es ¿“nuestra”?
Por: Armando de la Torre
            Diecisiete “diputados” han pretendido por anticipación sesgar la discusión en el pleno del Congreso sobre las reformas a la Constitución propuestas con apego a la misma por 73,000 conciudadanos.
Pájaros que disparan a escopetas, sirvientes insubordinados al soberano, mensajeros hostiles al Mensaje del que habrían de ser portadores.
            O… lógica “positivista” de ciertos autodefinidos demócratas…
            Esta sola indiferencia formalista a lo de veras serio es una invitación urgente a las reformas constitucionales de las que parecen no gustar.
            El “Corán” de 1985 que nos sirvieron los talibanes y los leguleyos a su servicio se ha hecho la herramienta para este último abuso del poder “legal”. En  términos de real politik, sugiere que los proponentes de las reformas hubieran alcanzado su meta si hubiesen traicionado sus principios éticos y hubiesen optado por la alternativa de la violencia criminal, como se comprobó en 1996, una vez más al capitular el entero sistema de justicia ante el embuste de hipócritas “acuerdos de paz firme y duradera”.
            Ahora veremos qué pasará ahora en el pleno.
            El proyecto, de entrada, parecerá a algunos demasiado novedoso y encumbrado, cual no ha habido otro en toda la historia de la Guatemala independiente. Pero espero que acabarán por entender que es nuestra única esperanza de un cambio acelerado en el ritmo de nuestro desarrollo humano y jurídico, la llave, para un genuino Estado de Derecho, esto es, de efectivos pesos y contrapesos, la garantía más eficaz de la igualdad de todos ante la ley.
            Pero para ello, primero, habría de leérseles sin prejuicios clasistas. Además, sé de miembros de la Comisión de Legislación y Puntos Constitucionales que no se hicieron presentes ni a una sola de las exposiciones a favor o en contra. Sé de otros que simplemente obedecieron a consignas ideológicas. Y,  encima, de los múltiples intereses creados a los que la mayoría de las izquierdas, centros y derechas de Guatemala tradicionalmente se aferran.
            Pero también sé de la caída inevitable, al largo plazo, de esos y otros muros, y de la tenacidad vital de los grandes principios seminales que han dado vida a tantos bosques frondosos a cuya sombra han prosperado los pocos pueblos felices que en la historia han sido.
            Si el pleno del Congreso trata la propuesta ProReforma con la misma ligereza que esos miembros de la comisión a los que me refiero, el remedio para el estado calamitoso de la nación tardará mucho más en llegar. Y nuestros hijos y nuestros nietos habrán de arrastrarse por la misma cuesta arriba del hastío por la que nos arrastramos hoy. ¿Es esto, acaso, lo que prefieren los obcecados que se oponen a las reformas?...
Por nuestra parte, nunca  abandonaremos el esfuerzo para que algún día, más temprano que tarde, se logren implementar tales cambios.
            El cortoplacismo que suele predominar entre los agentes políticos al uso les impide, quizás,  reconocer que los hombres y mujeres de convicciones morales profundas aceptan perder una batalla pero no la guerra.
            Así sucedió con los primeros demócratas clásicos en la Antigüedad, después con los liberales constitucionalistas durante los siglos XVII y XVIII,  y  ahora con quienes propugnamos desde mediados del siglo XIX, por un Estado de Derecho,  logro ya de una treintena de naciones, por eso las más civilizadas, opulentas y pacíficas del orbe.
            Se dice de los guatemaltecos somos poco propensos a la lectura, cuanto menos a la recepción crítica de lo poco que leemos. Pero, ¿por qué habrían de extenderse estos deplorables rasgos a los diputados? ¿Cuándo se empeñarán  todos los que se pretenden líderes públicos salirse del montón de los anónimos analfabetas funcionales que les otorgan su favor en las urnas? ¿Habremos de permanecer adolescentes inmaduros que juegan con el sufrimiento de todos?...
            A veces he recibido a tal pregunta una indignada respuesta: “¡Esta es la Constitución que nos dimos!”
            “¿Nos?”…
              

DE CUANTAS MANERAS HACEN LA GUERRA LOS GOBIERNOS A SUS PUEBLOS III

Publicado por ArmandodelaTorre el 21/01/10

DE CUANTAS MANERAS LOS GOBIERNOS HACEN LA GUERRA A SUS PUEBLOS (III)
 
Por: Armando de la Torre
            Aunque la mentira y el abuso de la fuerza son armas de uso diario por la mayor parte de los gobernantes para expoliar a sus pueblos, la historia muestra que el arma clave por excelencia para esclavizarnos es toda medida que debilite y reduzca nuestros derechos de propiedad individuales.
            Se tiene por más fundamental entre los derechos humanos el derecho a la vida, porque sin ella resulta inconcebible cualquier otro derecho. El segundo prioritario en la escala universal de los valores es a la libertad en todas sus aplicaciones morales, porque sin ella la vida no valdría la pena ser vivida.
            Concuerdo con que la vida y la libertad son esas preseas que habríamos de poner a la cima de nuestra escala ontológica de valores. Pero desde un punto de vista “práctico”, esto es, histórico, tal jerarquía se nos parece otra. Pues sin el derecho a la propiedad (privada, o plural como la llamaban algunos liberales clásicos) devendría imposible la defensa de todo otro derecho frente a quienquiera intente arrebatárnoslo, y se nos haría imposible que nos mantuviéramos con libertad y con vida.
Los esclavos mueren jóvenes, no se rebelan, porque si sobre nada tienen derecho a retener como propio, ¿con qué armas podrían hacer efectiva su rebelión? El tan mencionado gesto de Espartaco se lo hizo posible aquella hermenéutica del derecho romano  de su tiempo que les reconocía a los esclavos gladiadores el “ius peculii” en su privilegio a la posesión legítima de  sus armas en cuanto “instrumentos” de trabajo.
            En el siglo XX, la abolición del derecho a la propiedad privada en los regímenes totalitarios comunistas fue la razón última de la perdurabilidad de estos últimos, como lo atestiguan todavía las tristes experiencias de Corea del Norte y de Cuba.
            A los hombres y mujeres de poder nunca han aceptado tener que enfrentar a competidores si lo pueden evitar. Por eso, por ejemplo, para la consolidación de las monarquías nacionales hubieron de someter violentamente a los aristócratas a su dominio. Así ocurrió en la España de Felipe II y más tarde en la Francia de Luis XIV. Así se le hubo de facilitar a Pedro el Grande en la retrógrada Rusia de los boyardos…
A partir de la revolución industrial, los gobernantes han visto con aprehensión, por  razones parecidas, el surgimiento de los burgueses sumamente exitosos, ya sean eficaces terratenientes, empresarios en el comercio o la industria, banqueros y financistas opulentos.
Hoy, los aspirantes a dictadores demagógicos no menos enfocan su artillería más pesada hacia los dueños de los medios masivos de comunicación, o de las grandes cadenas comerciales y de bancos de mayor renombre, o aun hacia los intelectuales de mayor ascendencia sobre las masas de lectores, incluídos líderes religiosos -el Dalai Lama, el más conocido-, que a semejanza de los gladiadores de antaño, se les reconoce el “peculium” espiritual suficiente para que se sientan capaces de dar un altisonante “NO” a los políticos.
Claro que por el costo tan alto de las confrontaciones, las democracias hoy favorecen las “concertaciones” pacíficas, y que por eso se ha llegado a la multiplicación de “matrimonios de conveniencia” entre gobiernos y oposición por los que los poderosos y los que aspiran a serlo se alían para consolidar los privilegios del poder.
            El mejor ejemplo de tales alianzas nada santas podría ser la propiedad del subsuelo que políticos y “empresariuos” pactan para explotar.
            En los siglos inmediatamente posteriores a la Conquista pudieron así los Hasburgos extraer todo el oro y la plata de América para financiar sus guerras en Europa, al estilo hoy de Hugo Chávez y Evo Morales, o ayer del PRI en México, para la compra de votos de entre masas ignorantes y sin la más mínima visión de largo plazo en sus respectivas contiendas electorales.
            Y donde la minería no es tan opulenta, la astucia del ambicioso encuentra otras fuentes, por ejemplo, la “cohesión social”,…

DE CUANTAS MANERAS HACEN LA GUERRA LOS GOBIERNOS A SUS PUEBLOS II

Publicado por ArmandodelaTorre el 14/01/10

Por: Armando de la Torre
Además de que nadie gusta que le mientan, tampoco gusta de que le fuercen a competir  por lo suyo.
El deportista aficionado compite por el flujo de adrenalina del que disfruta, igual que los niños al jugar. Pero el trabajo disciplinado y productivo no es un juego, es mera rutina para la supervivencia.    
            Ese fue, por cierto, el gran vacío en la memoria de Marx cuando creyó factible su utopía de la “sociedad sin clases”, esto es, sin competidores, sobre el supuesto de que en una comunidad entre iguales cada uno daría libremente a los demás según sus habilidades y recibiría de ellos según sus necesidades.
Pero desde Darwin estamos sabidos de que eso no puede ser así.
Esto último, al contrario, lo hemos sobrellevado como la aflicción permanente en la existencia humana, la bíblica imperiosidad de tener que ganarnos el pan con el sudor de nuestras frentes.
En la específica cuestión tributaria se traduce al regateo incesante entre la fuerza de los contribuyentes al fisco y la de sus gobernantes, siempre enfrentados por disponer de esos mismos recursos escasos. Más desagradable aún cuando la calidad del gasto público se torna pésima.
            Los políticos, con los burócratas a su servicio, abusan de su monopolio del poder coactivo para extraer lo máximo de los bolsillos de quienes producimos la riqueza de las naciones. Y si se les soporta, incluso se reservan una tajada de león para sí mismos.
Una alternativa seductora se nos ha planteado con la anarquía, o ausencia del Estado. Sin embargo, se ha comprobado otra extravagancia utópica, dados los extremosos precedentes en algunos de sus más exaltados seguidores durante el siglo XIX y principios del XX, que encima, se autotitularon “libertarios”.
            Entonces, cuando a través de partidos políticos se nos preceptúan constituciones escritas, se olvidan esas lecciones de las utopías y, en su lugar, se nos obsequian propuestas teóricas por las que minuciosamente se intenta coordinar nuestras iniciativas de acuerdo a los criterios hipotéticamente racionales de quienes legislan.
Para implementarlas necesitan de nuestros escasos recursos. Y así explicó Federico Bastiat por qué el augusto concepto de “Ley” había degenerado ya en su tiempo al nivel de excusa legal para que un grupo de ciudadanos expoliara a los demás primordialmente en beneficio de sus propios intereses particulares o gremiales.
            Príncipes, presidentes, dictadores, y aun genuinos demócratas, casi siempre creen que tales recursos les son insuficientes para cumplir con las metas expansivas y detalladas que otros políticos les habían asignado mediante Constituciones que hoy se califican de “desarrolladas”.
            De ahí que el costo de tener gobierno se haya acrecentado sin tregua, al amparo de tales facultades discrecionales que, en cambio, suelen utilizar con la misma energía contra los adversarios y violadores de los derechos ajenos, y para el logro de lo cual habría de costearse un sistema de justicia pronta y de veras imparcial.
La lucha durante el siglo XVII de los liberales ingleses estuvo precisamente enderezada a poner límites a los políticos para el uso de la fuerza.  Y la primera constitución escrita, un siglo después en suelo americano, se concentró en lo mismo: poner candados a los posibles abusos de quienes detentan la fuerza legal. Ello se constituyó, en realidad, en el intento oblicuo de salvaguardar aquel principio fundante que formularon los griegos bajo el término de isonomía, es decir, el de la igualdad de todos ante la ley, siempre inconciliable con el abuso privilegiante de la fuerza por parte del Estado. 
Para el logro de este ideal, 73,000 votantes guatemaltecos han propuesto al Congreso de la República unas enmiendas (www.proreforma.org.gt) que los satisfechos con el “status quo” adversan.
De no ser aprobadas, el poder coactivo asequible a las autoridades continuará en manos de enemigos de la sociedad abierta.

De cuántas maneras hacen la guerra los gobiernos a sus pueblos?

Publicado por ArmandodelaTorre el 7/01/10

¿DE CUANTAS MANERAS HACEN LA GUERRA LOS GOBIERNOS A SUS PUEBLOS?

 

Por. Armando de la Torre

 

            Hacen uso de tres principales: el engaño, la fuerza o la expropiación de sus bienes.

            A ello habría de añadirse su ineptitud generalizada en los desempeños, que con frecuencia raya en analfabetismo funcional. Agréguese a todo esto el nepotismo clientelista,  caldo de cultivo para innumerables parásitos, y la corrupción ínsita en los frecuentes  cambios de asignación de las partidas presupuestarias. Si encima le sumamos el deliberado recorte de los fondos imprescindibles para el buen funcionamiento de la justica, de la seguridad de los contribuyentes y del bien común de infraestructura física, nos acercaríamos a un buen estimado del “costo de tener gobierno”.

            En Guatemala es elevadísimo, casi tanto como en Cuba, en Venezuela o en Nicaragua…

            Empecemos por las mentiras de una propaganda oficial abultada porque no se fían de los medios masivos de comunicación independientes, al tiempo que reducen los fondos para la educación, la salud y la protección de las personas. No hay atajo más eficaz para arrebatarnos nuestros derechos fundamentales que desde un principio hacernos canalizar nuestros votos hacia los candidatos equivocados y sin que nos hubiésemos dado cuenta. Servidumbre, al fin y al cabo, camuflada, que puede desembocar  en la esclavitud absoluta, como aún ocurre en los regímenes totalitarios, los de Cuba y Corea del Norte, los más duraderos.

            Los  pueblos tercermundistas no suelen identificar en esa ausencia de veracidad de sus figuras públicas el peso nugatorio de nuestros derechos que sí le reconocen las democracias maduras. Nuestros gobernantes mienten, mienten, y mienten, sin que se vean llamados a rendir cuentas de ello ante los tribunales o ante los electores.

Bastó, en cambio, una sola mentira de uno de los ministros más populares en Gran Bretaña, John Profumo, para que cayera para siempre en completa desgracia: hubo de renunciar al cargo y consagrarse a servicios comunitarios por un largo periodo.

Y nadie menos que el presidente del país más poderoso del mundo, Richard Nixon, fue obligado a dimitir porque mintió sobre la fecha en la que se había enterado de un fallido intento de espionaje cometido por subordinados suyos y cuando apenas un año antes había sido reelecto por abrumadora mayoría.

George Bush, padre, perdió su reelección cuando aumentó los impuestos después de haber afirmado durante la campaña electoral previa, “lean mis labios, no más impuestos”.

Recientemente el Ministro de Defensa de Alemania se vio obligado a renunciar por  no haber sido suficientemente candoroso, al reportar acerca de los detalles de un bombardeo  en Afganistán con cauda de civiles muertos.

            ¿Se imagina Ud. a alguno de nuestros funcionarios electos sometido a revocatoria por habernos garantizado que combatiría la delincuencia “con inteligencia”? ¿No aseveró acaso otro  de ellos,  que todo político “es un vendedor de sueños”, es decir, de irrealidades? ¿Queda alguien entre nosotros que todavía espere “la paz firme y duradera” declarada a bombo y platillos en 1996?...

            Ni siquiera a acusados de asesinato desde el poder se les requiere que declaren bajo juramento, como en el caso reciente de Rodrigo Rosenberg… Ni el retardamiento deliberado de la justicia por parte de jueces y abogados es figura delictiva…

            A nivel popular sigue vigente lo de, “calumnia que algo queda”. Y al demagogo se le tiene por “listo” y al “veraz” por “tonto” o “ingenuo”. Olvidamos que quien nos logra convencer de sus embustes últimamente nos arrebata la libertad, pues nos hace actuar de una manera muy diferente a aquella por la que hubiéramos optado de no haber sido engañados.

            Aunque todo presidente de la República jure solemnemente al tomar posesión del cargo, “cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes”…, reincide en el primero de los embustes oficiales que a lo largo de su período permanecerán impunes.

         

              

Una bella esperanza

Publicado por ArmandodelaTorre el 15/12/09

Una bella esperanza
Por: Armando de la Torre
            Guatemala se abre a un nuevo futuro.
            El proyecto proReforma constitucional entra en su fase decisiva. Si se logra su aprobación en la consulta popular,  de un salto nos habremos situados a la cabeza del mundo civilizado, dejando atrás el miserable cuarto mundo en el que innecesariamente vegetamos por más de un siglo. 
            Contemos nuestras bendiciones: cobijamos una espléndida juventud de ideas claras que de sobra nos compensa por esa otra tan triste de hijos abandonados que se aglomeran, resentidos,  fuera de las escuelas y los centros de trabajo, en pandillas.
            Tenemos intelectuales clarividentes, que nos marcan un rumbo sólido y promisorio anclados en experiencias propias, no utopías, y aun a riesgo de sus vidas.
            Hemos acumulado dentro y fuera de Guatemala, en capital circulante e inversiones fijas, los ahorros suficientes para un despegue rápido y triunfal si el gobierno pone de su parte la seguridad jurídica que está llamado a darnos.
            Disponemos de once universidades y de millares de otros centros de estudio elementales y secundarios para la formación de una mano de obra más calificada, cuando nos arriben las oportunidades que los gobiernos hasta ahora han inhibido.
            Nos anima un espíritu empresarial creciente, que se hace notar sobre todo desde su centro generador en el Altiplano indígena.
            Nos hallamos en un cruce estratégico entre el Atlántico y el Pacífico, y entre Norte y Sudamérica, que podría ser la envidia del resto del planeta.
            Disfrutamos de la bondad de un clima único, de la feracidad de una tierra en cualquiera de sus rincones, y de bellezas naturales para deleite recurrente de propios y extraños.
            Estamos por la fe cristiana más cerca de Dios que muchos de nuestros vecinos descreídos y más lejos de las amenazas nucleares y terroristas que la mayoría de los restantes humanos.
            Somos jóvenes en promedio,  y con una esperanza media de vida ya de setenta años.
            ¿Qué nos falta?
            Un sistema realista y eficaz de reglas del juego político.
            Ha sido nuestro talón de Aquiles desde la Independencia. El enorme sector privado que genera directa e inmediatamente el 85% del total de los empleos ha de arrastrar todavía un abultado sector público ineficiente, corrupto y miope, en este momento quizás como nunca.
            Desde 1950, ningún grupo en el poder organizado en partido ha ganado limpiamente las elecciones generales. Y desde esa misma fecha nos hemos regido por cuatro Constituciones, cada una, supuestamente, “perenne” como las de los pueblos desarrollados.
            El guatemalteco, tristemente,  jamás recibe de regreso lo que ha aportado al gobierno en impuestos directos e indirectos, dada la mala calidad del gasto público.
            Y el ejemplo moral de nuestros gobernantes ha sido, sin excepciones, de lo más deprimente y punible.
            Ahora el remedio está en nuestras manos, con la aprobación en consulta popular de las acertadísimas propuestas de 73,000 ciudadanos en torno a ciertas cláusulas de la parte orgánica, y no pétrea, de la Constitución política vigente.
            Pero se oponen los intereses creados durante décadas y décadas de sucesivos desgobiernos. Figuran entre sus detractores conservadores obtusos y desfasados que se apegan desesperadamente al “status quo” de sus heredados privilegios. También “revolucionarios”, que no logran sacarse de sus cabecitas sus ambiciones de poder totalitario  tras el que se internaron en las montañas un día… ¡por 36 años!
No menos, los apáticos e indolentes paralizados por las dádivas debilitantes que Don Alvaro y Doña Sandra les reparten a manos llenas a costa de los bolsillos de los contribuyentes, y que ellos han dado en llamar “cohesión social”, mientras dejan languidecer criminalmente la seguridad de los ciudadanos en sus personas y en sus bienes y evaporarse, en aras de su impunidad, la justicia pronta y cumplida.                             
            Pero con las bendiciones que enumeré al principio,  ¿por qué no permitirnos soñar con una Guatemala libre de esos lastres?...
            Feliz Año

AL PASO DE LOS AÑOS...

Publicado por ArmandodelaTorre el 14/12/09

AL PASO DE LOS AÑOS…
Por: Armando de la Torre
            Nacemos y morimos
            ¿Es eso todo?
            El Evangelio afirma que no. Ciertos exaltados evolucionistas de los Estados Unidos, en cambio, nos han venido a visitar recientemente para comunicarnos la para ellos genial novedad de que la teoría de Darwin hace innecesaria la hipótesis de un Creador. Y centran sus ataques sobre todo desde la ausencia de indicios de un “diseño inteligente” a la base de todo lo que  existe. Un reciclaje de la vieja idea epicúrea de lo fortuito a la raíz de cualquier experiencia “inteligente”.
Endeble argumento.
Para quien a priori sólo están dispuesto a aceptar la realidad de causas eficientes concatenadas mecánicamente, por supuesto que las causas “finales”, es decir, propósitos,  objetivos, intenciones, metas, aun la mera libertad al actuar, le resultan indescernibles.  
Pero para quienes permanecemos  abiertos a la realista eficacia de causas finales en cualquier cambio de nuestras rutinas diarias, o aun en las inesperadas de nuestras experiencias del cosmos, todo aquello que los griegos englobaron bajo el término de “télos” nos resulta, en cambio, todavía enteramente plausible. Desde tal ángulo, el argumento de los evolucionistas se nos muestra  lógicamente inválido.
Las llamadas ciencias “sociales” se construyen exactamente sobre el mismo supuesto:  que es imposible entender cualquier hecho histórico sin que se recurra hipotéticamente a algún diseño previo en la mente del que actuó. Y la existencia de nuestro sistema planetario, por ejemplo, es un hecho histórico dado que se sitúa en el tiempo y el espacio entre el “Big Bang” y este momento.
            Negar, pues, que todo lo que existe pueda responder a una voluntad creadora es suponer lo que en primer lugar habrían de demostrar. A esos negativos dogmáticos los asocio con aquellos positivistas lógicos de hace unas décadas que negaban de entrada la posibilidad de toda metafísica validos para ello de un principio estrictamente “metafísico”, el de la verificabilidad experimental de cualquier “verdad” que se presuma científica.
            Además, semejante posición choca con la vivencia, compartida por muchos, del sentimiento de providencia, en especial cuando hemos superado una crisis que creíamos muy grave o aun fatal.
            El mal entendido evolucionista es una negación, encima, de lo universal de lo estético, que hubo de  arrancar del salmista un día la exclamación: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento anuncia la obra de sus manos”, y de Agustín de Hipona la confesión  contrita “!Qué tarde te he conocido!”, y que Kant, a su turno, juzgó la única prueba razonable de la existencia de Dios.
            Esta ha sido la línea de razonamiento que llevó a Anselmo de Canterbury a la fe que busca “entender”, y a Kierkegaard, Rahner y Karl Barth en nuestros días a dejarse seducir por todas las  “paradojas” implícitas en el misterio de la Encarnación, y que a Chesterton hasta le hizo reconocer que a la fe de la Iglesia le “acercó lo que de ella debería haberlo alejado”.
            Hume, el agnóstico, volvió las armas de la razón contra la razón misma, y esto parece habérsele escapado a la  atención  de esos darwinianos de última hora no muy duchos en la especulación filosófica, es decir, aún prisioneros inconscientes de sus propias falacias racionales.
            Nuevo Año, nuevo lapso para planes y propósitos sólo explicables si la libertad es un rasgo distintivo de lo que constituye lo humano en el cosmos.
            Henri de Lubac, en su libro “El Drama del Humanismo ateo”, desarrolló con brillantez la tesis de que todo lo que empieza por matar a Dios acaba fatalmente por volverse contra el propio hombre. Así sucedió, no lo olvidemos, con el movimiento eugenésico que desembocó en el Holocausto.
            Una teoría de la evolución que excluye a Dios habrá de conducirnos de vuelta al mismo punto de donde arrancó: la Nada.
            Y en ese caso, Jean Paul Sartre tuvo razón al calificar la vida de cada uno de nosotros de “pasión inútil”.
            También la de los darwinistas…

Un legado de Navidad

Publicado por ArmandodelaTorre el 14/12/09

Por: Armando de la Torre
            Las celebraciones en torno a esa fecha epocal se nos han vuelto rutina de fin de año. Nada menos apropiado para los mensajes decisivos que encierra.
            La Navidad no sólo habría de significar un cambio radical en nuestra comprensión del cosmos y de nuestro lugar en él, sino también una “eine Umwertung aller Werte” al estilo de lo pretendido por Nietzsche en su “Anticristo”, es decir, la transmutación de todos los valores. Me resulta irónico que quien proclamó “la muerte de Dios” con tanta vehemencia ahora me pueda ser útil para escudriñar la trascendencia de Su intervención en la Naturaleza y en la Historia. 
            Los episodios en torno al nacimiento de Jesús en Belén han sido amplísimamente debatidos, tanto más cuanto que su único cronista, Lucas, que no había sido testigo presencial de los hechos, tan sólo se limitó a procesar la información que afirma haber diligentemente recogido de la boca de María, la Virgen madre del portento, y de las de sus más allegados.
            De ese trozo del Evangelio de la infancia de Jesús podemos derivar valiosísimas conclusiones.
La primera es que evidentemente el dinero no hace la felicidad. Una gruta en las afueras de un pueblo miserable no empañó el gozo de los padres y de unos pocos pastores solidarios que cuidaban de sus rebaños en la cercanía.
            El episodio muy posterior de unos magos llegados del Oriente caldeo se puede ponderar no sólo como “epifanía” (en griego, “mostrarse”) a los “gentiles”, sino también como ocasión para un despliegue contrastante de la miseria humana de siempre en la envidia y suspicacia de Herodes, el inseguro “rey” impuesto por los ocupantes romanos.
            Esa tónica de la insignificancia de los bienes materiales para nuestra felicidad se habría de mantener en los demás relatos evangélicos hasta la desnudez oprobiosa de la muerte en la cruz, en oposición con tanta codicia y apego a lo propio que nos caracterizan.
            Pero más me interesa aquí subrayar la hondísima dimensión ética de lo ocurrido: el comienzo de la interiorización del sentido de la responsabilidad moral, que se torna cada vez más íntima y oculta a los ojos de los demás.
            El nacimiento de quien hemos hecho pivote central del calendario mundial les fue desconocido a sus contemporáneos. A la usanza meramente humana, sólo a los poderosos les eran festejados el nacimiento con gran pompa y ceremonia. Sin embargo, lo recóndito de la llegada de tamaña Persona fue aceptado y bienvenido por sus actores principales. Les bastó vivirlo en la intimidad. Desde ese instante, el énfasis quedó puesto para nosotros en la discreta interioridad de la conciencia, en las intenciones de nuestros actos, y no tanto en sus consecuencias observables. De ahí la admonición ulterior de que “cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”, o la de que “cuando ayunéis no pongáis caras tristes, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan”. También las reiteradas condenas en otros contextos de los mismos, que terminan en cuanto  presuntos “santos” en meros “sepulcros blanqueados”.
            La pobreza y el anonimato del nacimiento de Jesús pueden ser registrados de signos anticipados de su lapidaria defensa ante quien lo condenó a ser crucificado: “mi Reino no es de este mundo”.
            Tampoco se descubre el más leve rastro de resentimiento contra cualquiera porque hubiese despreciado lo humilde de su cuna. Al fin y al cabo, por amor a sus enemigos, clamó “perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen”.
Lo más sublime de la ética cristiana, tan remota a la intransigencia y a los cálculos prudenciales de la vanidad humana. Es el impulso del samaritano incógnito que rescata del abandono a un perfecto desconocido llagado y olvidado. O de la viuda que todavía se siente obligada a donar sin testigos su último óbolo. O del “buen” ladrón que en público no se reconoce con más mérito que el del merecer el castigo, o del publicano, cada uno de nosotros, que sólo habría de confesar que es pecador…
 

Antes y después de Cristo

Publicado por ArmandodelaTorre el 7/12/09

ANTES Y DESPUES DE CRISTO

Por: Armando de la Torre

            En unos días nos habremos adentrado en el año 2010… Anno Domini, “después de Cristo”.

            ¿A qué viene tal referencia al calendario cristiano? ¿Acaso no contamos con otras igual de significativas? ¿La de los judíos, por ejemplo, o de los musulmanes, o de los hindúes,…?

            Sí las hay, pero no para la entera humanidad.

La “era común”, como ahora se le dice, arranca de un hecho único. Conmemoramos algo que nos deslumbró cual relámpago en esa larga noche de “pasiones inútiles” que tan sólo veía en cada uno de nosotros Jean Paul Sartre.  

Según críticos modernos, el nacimiento de Jesús en Belén ocurrió de cuatro a siete años antes de la fecha litúrgicamente fijada desde hace milenio y medio por un monje de sobrenombre Dionisio “el Exiguo”.     

Pero no es lo exacto de la fecha lo importante sino la trascendencia del evento.

Misterio clavado para siempre, el de lo infinito encerrado en lo finito, de lo eterno encapsulado en el tiempo, de lo etéreo hecho visible en la carne y audible en el llanto, del Todopoderoso, en fin, reducido a la impotencia del niño. También se le podría entender a la inversa, como  la divinización de lo humano.

Y desde la paradoja de aquella noche, somos todos hombres nuevos, en una tierra nueva, y bajo un cielo nuevo.

Feuerbach, sin embargo, lo entrevió al revés, en cuanto mero símbolo del hombre que crea con su imaginación a Dios. Marx, peor, como simple opio, y para Ayn Rand, el absurdo por antonomasia.

Con Kierkegaard, en cambio, y con muchísimos en su cauda, lo entendemos una paradoja divina más, tan inasequible como cualquiera de aquellas otras del humillado en la cruz que es exaltado, o del dolor que nos prepara para una felicidad que no cabe en entendimiento humano, o de la muerte que se nos volverá vida, y vida abundante.

Es imposible reconstruir nuestro mundo como era antes de la irrupción de Cristo en la Historia. “Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora, campos de desolación, mustio collado, fueron un tiempo Itálica famosa…” Pero sus vestigios perduran, que nos hacen de cada patria en este planeta  un exilio que se niega a morir. Pues, al fin, “vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero…”.

Las múltiples formas de la esclavitud al pecado, por ejemplo, las de otrora y las de hoy, o las tantas locuras de la ignorancia, en la Pompeya descuidada a la sombra del Vesubio o en los juegos de azar de Las Vegas contemporánea, o aun la mera fragilidad del cosmos, y la de nosotros, hombres y mujeres, con él arrastrados en su vertiginoso desplome hacia su extinción, nos deberían valer de otros tantos recordatorios de que el reino de los cielos, como nos lo enseñase Jesús de Nazaret, ya está incoado, pero aún no consumado… hasta en otra vida.

   “Los caminos de Dios no son los nuestros”, los del tiempo, del espacio y de la lógica analítica. De ahí que al revelársenos, la “paradoja” sagrada inevitablemente se nos antoje omnipresente, lo que parece confirmar aquel aserto de Heidegger acerca de que el poeta penetra más hondo en la realidad que el filósofo o el científico experimental. Y a lo que hasta nos exhortó también uno de ellos, Robert Browning, cuando ante un cuadro de un pintor renacentista  especuló que  “a man’s reach should exceed his grasp”, que el alcance de un hombre habría de superar lo que puede asir.  

La poesía profunda del Antiguo y del Nuevo Testamento es obra de conjunto entre lo misterioso de lo divino y la intuición de lo sobrenatural en el humano. Es “la razón del corazón que la razón no comprende”, que dijo Pascal. Tiene ya miles de años de ser cantada y de que cada canto se cante como si hubiere sido hasta ese momento inédito.

Porque, después de todo, tal vez habríamos de volvernos niños transparentes, como provocó Jesús a Nicodemo.

Precisamente la magia paradójica de cada Navidad… Que a cada una nacemos de nuevo.        

 

Bravo Catrachos!

Publicado por ArmandodelaTorre el 7/12/09

¡Bravo, catrachos!
Por: Armando de la Torre
            Por darnos al resto del mundo una gran lección de sentido común.
            El 29 de noviembre, además, vivieron esplendorosamente su independencia nacional, a los 188 años de haberla proclamado, con una participación masiva de electores en paz, en orden, y sin reserva alguna por parte de los observadores extranjeros presentes.
            Todo parecía confabulado en contra de ustedes, nuevo David frente a los viejos Goliats  de allende los mares: la negación de visas estadounidenses, el retiro de la “ayuda” europea, las amenazas bélicas del “Alba”, las trapisondas de Insulza, la cobardía de sus vecinos, la gritería del envalentonado irresponsable “Mel” Zelaya.
            Y de paso supieron notificar a neófitos imprudentes, Obama, por ejemplo, en éste su primer traspiés de bulto en política exterior, y por extensión a Lula Da Silva, a moverse más con pies de plomo, a este último en ese lamentable escarceo inicial suyo hacia un posible posicionamiento  “imperial” brasileño en el ámbito de la Iberoamérica de habla castellana.
            Todavía más, les han hecho sentir a Hugo Chávez y  compañeros de ruta –entre ellos “nuestro” Alvaro Colóm- cómo aprender a tratar en su propio suelo a las autoridades delincuentes con apego a la Constitución y sin recurrir a una CICIG.
            Y a la Unión Europea le han hecho ver que mejor apartan su vista de nosotros y la fijan en sus problemas internos de envejecimiento, subsidios estúpidos, déficits presupuestarios, paro creciente, disputas étnicas por cuotas de poder al seno de la Unión, la amenaza potencial de los  inmigrantes islámicos, el apaciguamiento de los Balcanes o, siquiera, de cómo asegurarse sus flujos de energía no renovable en pleno invierno…
            “El gobierno más cercano al pueblo es el mejor”, y ése, parientes trasatlánticos, está en Tegucigalpa.
            Ustedes, los hondureños, han rescatado a nivel mundial para nosotros, sus contemporáneos, algo muy precioso y sensato: que nadie sabe más y mejor de los asuntos propios que uno mismo, y que las buenas intenciones de quienes se entremeten en lo ajeno ni bastan ni nos ahorran el camino al infierno.   
            Quizás a nuestros queridos “catrachos” les resulte novedoso enterarse de que han hecho historia universal, y que esa actitud soberana ya la había recomendado a todos los pueblos un inglés sabio del siglo XVII por nombre John Locke. Fue ese nada menos el espíritu que animó a Hidalgo, a Bolívar, a San Martín, a Martí, cuando decidieron sacudirse la tutela de la monarquía española.
            Incluso ustedes  me hacen evocar a los griegos de la etapa heroica, cuando pocos, pobres y fragmentados en clanes y tribus se enfrentaron victoriosamente a los persas, muchos, ricos y unificados bajo un tirano.  Ahora acaban de derrotar, valga la metáfora, y al estilo de aquellos griegos, la tiranía de la “corrección política” que se nos dicta desde Washington, Nueva York o Bruselas. Algo parecido a lo que evidenciaron los endurecidos pastores de la Suiza medieval ante un inescrupuloso rey francés de su tiempo y no menos prepotentes emperadores germánicos. Esa  misma respuesta fue la de los prácticos comerciantes en la Holanda republicana ante el austero y oscurantista Duque de Alba.  Y no menos similar, la de aquellos “colonos” británicos en América que se alzaron en 1776 contra los dictados de su supuesto Parlamento… ¡en Europa!
            Y a la visión marxistoide local de que lo que importa es quién gobierne han sabido  contraponer exitosamente esa otra del Estado de Derecho, según la cual lo que sobre todo se espera de quien gobierne, sea por elección, herencia, o simplemente impuesto, ha de ser que no abuse de su poder.
            La revancha del sentido común del hombre común, aun de posibles analfabetas honrados y laboriosos que armados de un sencillo alfiler terminan a veces por desinflar a tanto leguleyo hinchado y a tantos sopladores eruditos de globos teóricos.
            ¿Qué más? 
            Muchas gracias, varoniles catrachos.

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