Adiós, Álvaro

 

Te fuiste a la Tierra del Engaño, y te sentiste cómodo.

 

Pusiste de por medio un brazo de mar caribe entre ti y el espíritu de los justos, los muchos guatemaltecos inocentes muertos, mutilados o aún inválidos de cuerpo y alma, parte del legado de treinta y seis años de derramamiento de sangre orquestado desde La Habana.

 

Te solidarizaste, además, con el verdugo, no con sus víctimas, cubanos igual de inocentes, setenta mil de entre ellos ahogados en el estrecho de la Florida en su desesperado intento por escapar al dictador que condecoraste y, además, al precio de mancillar tu máximo emblema patrio. Tampoco con los actuales presos políticos de su tiranía o con los silenciados en sus paredones de fusilamiento. Tus ojos cerrados al hambre de sus pobres.

 

Ahora sabemos hacia donde apuntan tus verdaderas lealtades.

 

Sin advertirlo, acabas de remachar una exclusión suicida tuya del mundo civilizado.

 

Retrocediste de ciertas luces vagamente cristianas que dices profesar  hacia las tinieblas de la más primitiva y repugnante de barbaries sin elecciones. Del moderno ideal de un Estado de Derecho a una preferencia instintiva por los autoritarios, los reales y los reales y los payasos, los de ayer y los de hoy. Todo eso que bien cuidaste de ocultar a los votantes en tus tres campañas por alcanzar la presidencia. Y has descendido de una genuina solidaridad iberoamericana a una “cohesión” criminal con ególatras desfasados, que te desprecian al nivel de tenerte por mero estribo de sus monturas, a caballo en pos de sus utopías al viento.

 

¡Vaya brinco, y ya de adulto!

 

Lo peor, así serás recordado.

 

Por falta de entereza te has dejado empujar a la traición de tus convicciones. Ejecutoria dilapidada, la tuya, consignada al pie de página de algún texto del futuro al olvido piadosamente reservado para los fracasados.

 

Tu gesto último también es una afrenta injusta a la memoria de un hombre entero que no mereció ser asociado a tu reprobación, tu tío Meme Colom.

 

¡Cuán impulsivo y vano te has revelado! ¿Por el orgasmo ideológico de un estrechón de manos decidiste sacrificar la trayectoria del estadista que soñaste despierto en tus tiempos juveniles?

 

Ya llegaste al punto de no-retorno, y jamás te será dado reencontrarte con el beneficio de la duda que un día te otorgó, generoso, tu pueblo.

 

Habíamos sufrido en Alfonso Portillo un Presidente de catadura mexicana, o sea, una clonación voluntaria local de los politicastros de más allá del Suchiate de aquella, la era de la “dictadura perfecta” del PRI. Hoy nos rebajas con tu servicio a domicilio del Gran Collar de la Orden del Quetzal cuyo destinatario fue el único dictador totalitario en quinientos años de las Américas.

 

Enhorabuena por tanta originalidad, que de ahora en adelante te logrará ser reconocido como cubano adoptivo… en su versión castrista.

 

Casi cinco mil fueron los caídos de las fuerzas armadas constitucionales de Guatemala en la defensa de la integridad y soberanía de su suelo ante la intromisión “fraternal” del internacionalista Fidel. Incontables las lágrimas de quienes pasaron por la traumática vivencia del secuestro, extorsión por él estrenada en Cuba en su violenta carrera hacia el monopolio del poder absoluto y copiada después por sus secuaces en Guatemala. Incalculables los zarpazos económicos a nuestra capacidad de generar riqueza con el asesinato de empresarios exitosos, la destrucción de infraestructura pública, o las oportunidades perdidas de inversión de capital, todo bajo el liderazgo verticalista de allende el mar de ese “máximo líder” que así  quiso exportar acá su “lucha de clases” aparentemente hoy de tu gusto.

 

Entretanto, Guatemala, sin necesidad alguna, queda uncida por ti al carro infame de los peores especímenes “criollos” a la venta de sí mismos a Hugo Chávez, a cambio de unos petrodólares-: de Cristina, por ejemplo, en la Argentina, de Daniel en Nicaragua, o de Evo, en Bolivia.

 

De veras que el poder corrompe…

Testimonio

 

 

¿Desde cuándo tus ojos risueños no iluminan los bazares? ¿Por qué no inundas el aire en las mañanas con el limpio de tu pelo? ¿Dónde te escondes, mujer afgana, que no te veo? Te he buscado en las fiestas y en los bailes, en los campos de siembra, en las escuelas, en los jardines, las ferias y los juegos.  Te he buscado hasta cansarme y poder afirmar con vergonzosa certeza que eres la gran ausente de la ecuación de cotidiana. Dicen que eres esa que como fantasma sin rostro se desliza discreta en su anonimato, pero me resisto a aceptar que una cárcel de algodón pueda arrancarte tan a destajo de la vida.

 

No se suele festejar tu nacimiento, y no siempre se te invita a celebrar tu propia boda.  Tu pureza no es barata, pero aquel que pague tendrá derecho a ella de por vida.  Te sentirás morir en el aterrador momento de la primera noche con un desconocido, extirpada de tu casa sin viaje de regreso.  Vivirás tu condena cotidiana acumulando odios y rencores. Y al fin, cuando seas vieja y amargada, tomarás venganza con tus hijas y las hijas de tus hijos.  Serás cómplice de un nuevo agravio, perpetuando tradiciones y asfixiando espíritus. Igual que hicieron contigo, harás pagar bien caro la osadía de nacer hembra a las que te siguen en el calendario.   

 

Para el que como yo no te ve, no te oye, no te escucha ni te siente, hablar de ti es más difícil que describir el mundo cuando tú no estás. Geopolíticos y geo estrategas te arrinconan cuando analizan porqués y cómos de tu país hecho añicos,  pero a esta mujer que soy yo y que tan poco sabe de ti, le parece más que obvio.  ¿Acaso puede el hombre aspirar siquiera a imitar los regalos de la naturaleza para con la mujer?  ¿No es acaso obvio que todo sea más feo, más sucio, injusto y violento al arrinconar esa tu fuerza mágica que no se agota nunca para cuidar y proteger? ¿Me sorprendo acaso ante tanta tumba, tanta ruina, tanto destrozo, sabiendo que nadie aquí conjura tus secretos poderes para conservar y perpetuar?  ¿No será que faltando tu arrullo y tu calor, se han perdido tu padre, tu hermano y tu marido en su ardiente naturaleza de conquista? ¿Quién sino tú tiene el resto de ingredientes para poner fin a la barbarie?

 

Heredamos de aquellos que vivieron mucho antes que nosotros las leyes del balance y el equilibrio, a las que nadie en el universo escapa.  Sistemáticamente nos engrandecemos y tramamos leyes, religiones y costumbres a sus espaldas, olvidando que lo bueno, lo justo y lo bello se construyen a golpe de delicada fusión de contrarios, que no son sino complementarios disfrazados.  Por fortuna, son pasajeros estos humanos intentos de nadar contra natura. Eso me deja ver una grieta, un resquicio, una esperanza.

 

María Pascual 

Afganistan, 4 de febrero 2009

 

La vertiente moral de la crisis financiera

Mucho, y bien, se ha argumentado contra las indebidas intromisiones de los gobiernos en los mercados, que sirvieron de detonantes para el terremoto financiero internacional con epicentro en Washington D.C. y réplicas en Wall Street.

 

            Quiero aportar una reflexión adicional sobre la evidente irresponsabilidad de algunos gerentes a la raíz de todo ello.

 

            Parto del supuesto que nos ha inculcado con terrible eficacia una dolorosa experiencia de milenios, de que si cada uno no se autoregula libremente por normas éticas mínimas, algún otro se encargará de hacerlo por nosotros con normas legales, esto es, coactivas, y, además, indeseables.

 

            Porque la libertad para actuar jamás ha sido, ni puede ser, absoluta. Cada individuo habrá de internalizar esos obvios límites imprescindibles a su propia conducta requeridos para su convivencia con los demás. Como reza la fórmula tajante: mi libertad termina donde empieza la del otro.

 

            Por ello, para el funcionamiento de un mercado de veras libre sobresalen dos prohibiciones éticas que los moralistas nos han hecho explícitas: de nunca recurrir a la fuerza (o a la amenaza de usarla), ni de tampoco valernos del engaño, en nuestros intercambios voluntarios.

 

            Son normas supremas, “sine quibus non”, para gerentes y dueños, o accionistas, de las corporaciones, que al mismo tiempo han de procurar mantener rentables sus empresas.

 

            La relativa independencia de los gerentes de hoy es cauda de una evolución histórica del mercado, que ha llevado crecientemente a que a la hora de decidir se erijan ellos mismos sustitutos de los propietarios de los medios de producción.

 

            Cuando la gerencia de la ENRON, por ejemplo, alentó a sus empleados a comprar acciones de la empresa al tiempo que ellos, en sigilo, vendían las suyas porque tenían acceso privilegiado a información sobre lo crítico de la situación contable de su corporación, abusaron masiva e irresponsablemente de la propiedad, y por consiguiente de la libertad, de sus propios empleados.

 

            O cuando el gobierno federal de los EE.UU. manipuló las tasas de interés hacia abajo, para crear artificialmente una demanda irreal del crédito, en especial para viviendas, los gerentes de los gigantes hipotecarios Freddie Mac (1970) y Fannie Mae (1938) paraestatales cayeron de bruces en la tentación de respaldar incluso los préstamos de demasiado riesgo (“sub prime”), para compensar así con un mayor volumen de préstamos sus disminuidos réditos, todo en base a la expectativa adicional de un seguro rescate en caso de bancarrota por parte de quien dispone del monopolio legal de la fuerza, el gobierno.

 

            Otro tanto ocurrió cuando los gerentes de grandes y famosas firmas de Wall Street se recetaron cuantiosas bonificaciones, al paso que sus empresas tambaleaban. 

 

El grave dilema moral en juego es que el Estado no dispone de otros fondos para rescatarlos que los que ha previamente extraído a la fuerza a sus ciudadanos, la mayoría ni parte, ni debería hacérseles parte, del fracaso gerencial.

 

Todo rescate es mercantilismo cortoplacista de la más pura cepa, a la que, por desgracia, se muestran proclives ciertos gerentes y empresarios tanto del agro como de la industria y de la banca, que rehúsan competir bajo reglas iguales para todos.

 

En teología moral se habla del imperativo de evitar las ocasiones de pecado. Si el engaño y el recurso a la fuerza los conceptuamos de pecaminosos -o, para el incrédulo, al menos de inmorales- se sigue que cualquier manifestación de mercantilismo es siempre éticamente reprobable.

 

Al origen, por tanto, de una crisis que aparenta ser cuestión de técnicas financieras, se ha manifestado, por encima de todo, una debilidad de criterio moral en los gerentes, de lo que las Escuelas de Negocios y facultades de Administración de Empresas que los educan deberían tomar atenta nota.

 

El fin jamás justifica los medios. La codicia no es virtud; la prudencia, sí.

La vertiente moral de la crisis financiera

Mucho, y bien, se ha argumentado contra las indebidas intromisiones de los gobiernos en los mercados, que sirvieron de detonantes para el terremoto financiero internacional con epicentro en Washington D.C. y réplicas en Wall Street.

 

            Quiero aportar una reflexión adicional sobre la evidente irresponsabilidad de algunos gerentes a la raíz de todo ello.

 

            Parto del supuesto que nos ha inculcado con terrible eficacia una dolorosa experiencia de milenios, de que si cada uno no se autoregula libremente por normas éticas mínimas, algún otro se encargará de hacerlo por nosotros con normas legales, esto es, coactivas, y, además, indeseables.

 

            Porque la libertad para actuar jamás ha sido, ni puede ser, absoluta. Cada individuo habrá de internalizar esos obvios límites imprescindibles a su propia conducta requeridos para su convivencia con los demás. Como reza la fórmula tajante: mi libertad termina donde empieza la del otro.

 

            Por ello, para el funcionamiento de un mercado de veras libre sobresalen dos prohibiciones éticas que los moralistas nos han hecho explícitas: de nunca recurrir a la fuerza (o a la amenaza de usarla), ni de tampoco valernos del engaño, en nuestros intercambios voluntarios.

 

            Son normas supremas, “sine quibus non”, para gerentes y dueños, o accionistas, de las corporaciones, que al mismo tiempo han de procurar mantener rentables sus empresas.

 

            La relativa independencia de los gerentes de hoy es cauda de una evolución histórica del mercado, que ha llevado crecientemente a que a la hora de decidir se erijan ellos mismos sustitutos de los propietarios de los medios de producción.

 

            Cuando la gerencia de la ENRON, por ejemplo, alentó a sus empleados a comprar acciones de la empresa al tiempo que ellos, en sigilo, vendían las suyas porque tenían acceso privilegiado a información sobre lo crítico de la situación contable de su corporación, abusaron masiva e irresponsablemente de la propiedad, y por consiguiente de la libertad, de sus propios empleados.

 

            O cuando el gobierno federal de los EE.UU. manipuló las tasas de interés hacia abajo, para crear artificialmente una demanda irreal del crédito, en especial para viviendas, los gerentes de los gigantes hipotecarios Freddie Mac (1970) y Fannie Mae (1938) paraestatales cayeron de bruces en la tentación de respaldar incluso los préstamos de demasiado riesgo (“sub prime”), para compensar así con un mayor volumen de préstamos sus disminuidos réditos, todo en base a la expectativa adicional de un seguro rescate en caso de bancarrota por parte de quien dispone del monopolio legal de la fuerza, el gobierno.

 

            Otro tanto ocurrió cuando los gerentes de grandes y famosas firmas de Wall Street se recetaron cuantiosas bonificaciones, al paso que sus empresas tambaleaban. 

 

El grave dilema moral en juego es que el Estado no dispone de otros fondos para rescatarlos que los que ha previamente extraído a la fuerza a sus ciudadanos, la mayoría ni parte, ni debería hacérseles parte, del fracaso gerencial.

 

Todo rescate es mercantilismo cortoplacista de la más pura cepa, a la que, por desgracia, se muestran proclives ciertos gerentes y empresarios tanto del agro como de la industria y de la banca, que rehúsan competir bajo reglas iguales para todos.

 

En teología moral se habla del imperativo de evitar las ocasiones de pecado. Si el engaño y el recurso a la fuerza los conceptuamos de pecaminosos -o, para el incrédulo, al menos de inmorales- se sigue que cualquier manifestación de mercantilismo es siempre éticamente reprobable.

 

Al origen, por tanto, de una crisis que aparenta ser cuestión de técnicas financieras, se ha manifestado, por encima de todo, una debilidad de criterio moral en los gerentes, de lo que las Escuelas de Negocios y facultades de Administración de Empresas que los educan deberían tomar atenta nota.

 

El fin jamás justifica los medios. La codicia no es virtud; la prudencia, sí.

La vertiente moral de la crisis financiera

 

 

Mucho, y bien, se ha argumentado contra las indebidas intromisiones de los gobiernos en los mercados, que sirvieron de detonantes para el terremoto financiero internacional con epicentro en Washington D.C. y réplicas en Wall Street.

 

            Quiero aportar una reflexión adicional sobre la evidente irresponsabilidad de algunos gerentes a la raíz de todo ello.

 

            Parto del supuesto que nos ha inculcado con terrible eficacia una dolorosa experiencia de milenios, de que si cada uno no se autoregula libremente por normas éticas mínimas, algún otro se encargará de hacerlo por nosotros con normas legales, esto es, coactivas, y, además, indeseables.

 

            Porque la libertad para actuar jamás ha sido, ni puede ser, absoluta. Cada individuo habrá de internalizar esos obvios límites imprescindibles a su propia conducta requeridos para su convivencia con los demás. Como reza la fórmula tajante: mi libertad termina donde empieza la del otro.

 

            Por ello, para el funcionamiento de un mercado de veras libre sobresalen dos prohibiciones éticas que los moralistas nos han hecho explícitas: de nunca recurrir a la fuerza (o a la amenaza de usarla), ni de tampoco valernos del engaño, en nuestros intercambios voluntarios.

 

            Son normas supremas, “sine quibus non”, para gerentes y dueños, o accionistas, de las corporaciones, que al mismo tiempo han de procurar mantener rentables sus empresas.

 

            La relativa independencia de los gerentes de hoy es cauda de una evolución histórica del mercado, que ha llevado crecientemente a que a la hora de decidir se erijan ellos mismos sustitutos de los propietarios de los medios de producción.

 

            Cuando la gerencia de la ENRON, por ejemplo, alentó a sus empleados a comprar acciones de la empresa al tiempo que ellos, en sigilo, vendían las suyas porque tenían acceso privilegiado a información sobre lo crítico de la situación contable de su corporación, abusaron masiva e irresponsablemente de la propiedad, y por consiguiente de la libertad, de sus propios empleados.

 

            O cuando el gobierno federal de los EE.UU. manipuló las tasas de interés hacia abajo, para crear artificialmente una demanda irreal del crédito, en especial para viviendas, los gerentes de los gigantes hipotecarios Freddie Mac (1970) y Fannie Mae (1938) paraestatales cayeron de bruces en la tentación de respaldar incluso los préstamos de demasiado riesgo (“sub prime”), para compensar así con un mayor volumen de préstamos sus disminuidos réditos, todo en base a la expectativa adicional de un seguro rescate en caso de bancarrota por parte de quien dispone del monopolio legal de la fuerza, el gobierno.

 

            Otro tanto ocurrió cuando los gerentes de grandes y famosas firmas de Wall Street se recetaron cuantiosas bonificaciones, al paso que sus empresas tambaleaban. 

 

El grave dilema moral en juego es que el Estado no dispone de otros fondos para rescatarlos que los que ha previamente extraído a la fuerza a sus ciudadanos, la mayoría ni parte, ni debería hacérseles parte, del fracaso gerencial.

 

Todo rescate es mercantilismo cortoplacista de la más pura cepa, a la que, por desgracia, se muestran proclives ciertos gerentes y empresarios tanto del agro como de la industria y de la banca, que rehúsan competir bajo reglas iguales para todos.

 

En teología moral se habla del imperativo de evitar las ocasiones de pecado. Si el engaño y el recurso a la fuerza los conceptuamos de pecaminosos -o, para el incrédulo, al menos de inmorales- se sigue que cualquier manifestación de mercantilismo es siempre éticamente reprobable.

 

Al origen, por tanto, de una crisis que aparenta ser cuestión de técnicas financieras, se ha manifestado, por encima de todo, una debilidad de criterio moral en los gerentes, de lo que las Escuelas de Negocios y facultades de Administración de Empresas que los educan deberían tomar atenta nota.

 

El fin jamás justifica los medios. La codicia no es virtud; la prudencia, sí.

Para los que solamente saben hablar mal de los gringos…

 

Empieza a producir malestar el que toda la humanidad haya tomado por hobby hablar mal de los Estados Unidos

Y no solo los chavistas comunistoides de América Latina, sino, en
general, todo el mundo. En los últimos años se considera politicamente
negativo decir algo bueno de los Estados Unidos en Venezuela. Hay
hispanos que, habiendo pasado más de la mitad de su vida en los
Estados Unidos, no encuentran nada bueno qué decir de USA; pero ahí
siguen, pegados como garrapatas, sin plantearse regresar a sus países
de origen aunque les regalen el pasaje….

Aquí hay tres ejemplos de respuestas ejemplares a dichos comentarios.

Primero:

Hace unos pocos años, durante una conferencia en Inglaterra, el
Arzobispo de Canterbury preguntó a Colin Powell si los planes de USA
hacia Irak eran, por parte de George Bush, algo más que ampliación del
‘imperio’, éste le respondió:

“A lo largo de muchos años, los Estados Unidos han enviado al peligro
a muchos de sus mejores jóvenes, hombres y mujeres, para luchar por la
causa de la libertad mas allá de nuestras fronteras. ….Las únicas
tierras que hemos pedido a cambio han sido apenas las necesarias para
sepultar a aquellos que no regresaron.”

Se hizo un gran silencio en el recinto…

Segundo:

Pocos días después del terremoto que asoló a Indonesia hace muy pocos
años, en el receso de una conferencia en Francia, con participación de
ingenieros de diversas nacionalidades, un ingeniero francés comentó
serenamente: ‘¿Han escuchado la ultima estupidez de George Bush?. Ha
enviado un portaaviones a Indonesia para ayudar a las víctimas del
tsunami. ¿Qué es lo que pretende hacer, bombardearlos?.

Un ingeniero norteamericano de Boeing se levantó y respondió, también
serenamente:

‘Cada uno de nuestros portaaviones dispone de tres hospitales a bordo
con capacidad para atender a varios cientos de personas. Son
nucleares, por lo que pueden suministrar electricidad de emergencia a
tierra, tienen tres comedores con capacidad para preparar comidas para
3.000 personas tres veces al día, pueden producir varios miles de
galones de agua potable a partir de agua de mar, y tienen media docena
de helicópteros para transportar victimas desde y hacia el buque.
Nosotros disponemos de once barcos con estas características. ¿Cuantos
buques así ha mandado Francia?.

De nuevo, silencio sepulcral

Tercero:

En Francia, durante un cocktail en una conferencia naval a la que
asistían marinos de alta graduación de las armadas de Australia,
Canadá, Francia, UK y USA, un grupo de oficiales de todos estos países
conversaba en inglés. Un almirante francés comentó que, si bien los
europeos aprenden muchos idiomas, los americanos se conforman sólo con
el inglés, y preguntó: ‘¿Por qué tenemos que hablar Inglés en estas
conferencias?. ¿Por qué no se habla francés?’.

Un almirante americano, sin dudarlo, respondió:

‘Tal vez sea porque australianos, británicos, canadienses y americanos
nos las ingeniamos para que ustedes no tuvieran que hablar alemán por
el resto de sus vidas’.

Se podría haber escuchado la caída de un alfiler…!

¿Saben cual es el secreto de los americanos?

Muy sencillo, hace mas de 150 años aprendieron algo que en
Iberoamérica pareciera que ni hemos aprendido, ni queremos aprender.

Se trata sólo de diez premisas muy simples:

Usted no puede crear prosperidad desalentando la iniciativa propia.

Usted no puede fortalecer al débil debilitando al fuerte.

Usted no puede ayudar a los pequeños aplastando a los grandes.

Usted no puede ayudar al pobre destruyendo al rico.

Usted no puede elevar el nivel del asalariado presionando a quien paga
el salario.

Usted no podrá resolver sus propios problemas mientras gaste más de lo que gana.

Usted no puede promover la fraternidad de la humanidad admitiendo e
incitando el odio de clases.

Usted no puede garantizar una adecuada seguridad con dinero prestado.

Usted no puede formar el carácter y el valor del hombre quitándole su
independencia (libertad) e iniciativa.

Usted no puede ayudar a los hombres haciendo permanentemente en lugar
de ellos lo que ellos pueden y deben hacer por sí mismos.

Abraham Lincoln

El ingenio en la oratoria

 

Un hecho real.
 
Un ingenioso ejemplo de Oratoria y de Política, ocurrido recientemente
en las Naciones Unidas, que hizo sonreír a la comunidad mundial
presente: ¡excelente forma de comenzar un discurso!
 
El representante de Israel ante las Naciones Unidas:
– Antes de empezar mi discurso querría contarles algo sobre Moisés:
Cuando Moisés golpeó la roca y de ella salió agua, pensó ‘Qué buena
oportunidad para darme un baño’. Se quitó la ropa, la dejó junto a la
roca y entró al agua.
 
Cuando acabó y quiso vestirse, su ropa no estaba allí. Se la habían
robado los palestinos.
 
El representante de Palestina saltó furioso y dijo:
– ¡¿Qué dice!?. Si los Palestinos no estaban allí entonces!’.
El representante de Israel sonrió y dijo:
 
– Y ahora que ha quedado esto bien claro, comenzaré mi discurso.

El buque USS New York y las Torres Gemelas

 

 

Fue construido con 24 toneladas de restos acero de las torres del
World Trade Center.
 
Es el quinto de una nueva clase de buque de guerra – diseñado para
misiones que incluyen operaciones especiales contra el terrorismo.
Tendrá una tripulación de 360 marineros y 700 Marines listos para el
combate y ser puestos en la costa por helicóteros y naves de asalto.
 
El acero de las torres del World Trade Center fue derretido en una
fundición de Amite , Los Angeles para forjar la sección de proa del
buque. Cuando fue vertido en los moldes, el 9 de Septiembre del 2003,
‘los rudos y fuertes trabajadores de la acería lo trataron con total
reverencia,’ recordó en Capitán de la Armada Kevin Wensing, quien
estuvo allí. ‘Fue un momento espiritual para cada quien.’
 
Junior Chavers, gerente de operaciones de la fundición, dijo que
cuando el primer acero de las torres gemelas llegó, él lo tocó con sus
manos y ‘los cabellos de mi cuello se erizaron.’ ‘Tenía un gran
significado para todos nosotros ,’ dijo. ‘Ellos nos tumbaron. No
pueden mantenernos tumbados. Nosotros regresaremos.’
 
¿El lema del buque? ‘Never Forget’ (‘Nunca olvidar’)
Por favor pásalo para que cada quien pueda ver

A TERRIBLE SHAME By Leonard Stern

The reason for the latest fighting in the Israeli-Palestinian conflict
is, so we’re told, easy enough to understand: Palestinians in the Gaza
strip have been firing rockets across the border into Israel, and
Israel has gone in to stop them.

 

But what really is this about? Israel evacuated Gaza three years ago,
so that Gaza could eventually become part of a new Palestinian state.
Israel didn’t want anything to do with Gaza; couldn’t wait to leave
the place. Why would Palestinian Arabs engage in a national suicide
project and start raining crude rockets on Israel, bringing grief to
themselves and delaying the emergence of their independent state?
 
Richard Landes could have the answer. A professor at Boston
University, Mr. Landes last year published a provocative take on the
Israeli-Arab conflict. He argues that Palestinian behaviour toward
Israel makes little sense until we understand the role of “honour and
shame in Arabic culture.”

 

Mr. Landes notes that to westerners, Arab rejectionism – the refusal
to acknowledge or accept Israel’s existence – seems both irrational
and self-destructive. But that’s because we in the West believe that
conflict between Israelis and Palestinians derives “from a calculus of
rights and wrongs” that can be negotiated – for example, swapping land
for peace.

 

What if the conflict is something else entirely from the Palestinian
point of view? What if it derives “from a calculus of honour and
shame” and thus is not amenable to negotiation but instead can be
resolved only “in victory over the humiliating enemy”?

 

A historian, Mr. Landes argues that outsiders do not appreciate just
what a profound symbol of humiliation Israel is to its Arab-Muslim
neighbours. For 13 centuries, “Islam had only known the Jews as a
subject people … living in exile, forced to live by the laws and at
the whim of foreign rulers and kings.” To be confronted in the 20th
century with an independent Jewish state in the Muslim Middle East was
unbearable.

 

It was bad enough that over the generations Islam had already lost
ground at the frontiers of its dominion, in Spain, the Balkans and
India. But the Middle East, too? As Mr. Landes puts it, what could be
more humiliating than “to lose territory at the heart of Islam, not to
a great and worthy foe (the Christian West, hundreds of millions of
Hindus), but to a tiny people without honour” – the dispossessed Jews.
It doesn’t matter that the modern state of Israel occupies barely a
sliver of the Middle East or that its Jewish inhabitants claim
ancestral, indeed indigenous rights. In 1948 the Arab armies attacked
anyway, but were repulsed. Same thing in 1967. The repeated Arab
defeats compounded the humiliation.

 

This humiliation expresses itself in the dysfunctional behaviours of
Arab leaders, such as denial (refusing to recognize or even speak the
name “Israel”) and the emergence of ingrained conspiracy theories to
explain Israel’s military victories.

 

“Not recognizing Israel is a fundamental, one might even say dogmatic
form of denial, denial that the Arabs were defeated by a tiny subject
people, denial of a catastrophic loss of face,” writes Mr. Landes.
“As long as the Arab world does not recognize Israel … honour can
still be salvaged. The war continues, the defeat goes unregistered,
and the hope of restoring face by wiping out the humiliation can still
dominate public discussion.”

 

If Mr. Landes is right about the Arabic culture of honour and shame,
it’s hard to see how the Israeli-Palestinian conflict will resolve. As
a western society, Israel has always expected that peace will be
achieved through negotiation and compromise. But shame cultures
operate on a zero-sum principle. “Any victory for Israel is a defeat
for the Arab and Muslim nation,” writes Mr. Landes.

 

A compromise that accepts Israel will make permanent the humiliation
of its Arab neighbours.

 

The Palestinian decision to fire rockets into Israel, while insane
from our western perspective, takes on a certain logic. Every homemade
Qassam rocket is a symbol of Arab honour. As long as one single rocket
launcher remains operational, the Palestinians get to pretend that
Israel is but a temporary blight on the Muslim Middle East.
Mr. Landes essay was written before the current troubles in Gaza but
it couldn’t be more timely. Interested readers can find it in the
valuable new book Postcolonial Theory and the Arab-Israel Conflict,
one of whose editors is McGill University anthropologist Philip Carl
Salzman.

 

A final point: Analyzing the Middle East through an anthropological
lens is a sensitive business. Mr. Landes warns that in some academic
quarters it is taboo to discuss the role of Arab honour and shame, and
doing so invites accusations of “cultural racism.”

 

That’s unfortunate. For six decades Israel has been under siege. If
this conflict were an ordinary geo-political one it would have been
fixed a long time ago – but it isn’t and it hasn’t, and it’s important
to ask why.

 

LEONARD STERN is the Citizen’s editorial pages editor. E-mail: lstern@thecitizen.canwest.com