Cursos que se impartirán en la Maestría en Ciencias Sociales

 

Por este medio se informa a todos los interesados, que la Maestría en
Ciencias Sociales impartirá los siguientes cursos, durante el presente
trimestre. Del 30 de marzo al 29 de mayo .
Para cualquier mayor información, dirigirse a los teléfonos 23387733 y 34
 
Muy atentamente
Licda. M.A. Betty Lobos Bollat

 

1. ¿Existe Dios? Una discusión.  (6:15-7:30 Martes y Jueves)
 
 
La discusión histórica, filosófica y político-social, de la existencia
de Dios ha sido uno de los debates mas importantes de la historia del
pensamiento. Este debate, ha estado siempre amarrado a los cambios de
paradigma y al cambio de época. Primero en la filosofía, luego en las
ciencias naturales y finalmente en las ciencias del espíritu, se han
buscado nuevas certezas para la teología, puntos que este curso se
propone explorar a cabalidad.
 
 2. Historia Económica   (7:45-9:00 Martes y Jueves)
 
Una investigación de la naturaleza del pensamiento económico,
expresada en los “atisbos” del mercado y en las reacciones
refractarias a este. El desarrollo histórico cubre la economía
agraria, urbana y gobalizada y los movimientos contrarios al mercado.
Las ideas de justicia,  valor, igualitarismo e hipostatización de
grupos sociales, etc. acompañan el debate del desarrollo histórico
económico.
 
3. Introducción al griego clásico  (6:15-7:30 Lunes y Miércoles)
 
El curso abre sendas al pensamiento clásico en general y, en
particular, al idioma griego tanto clásico (900-600 a. c.) como Koiné
(600 a.c.- 300 d.c.). Es un esfuerzo por acercar al estudiante
contemporáneo al idioma en el que se sustenta la tradición
judeo-cristiana y al vehículo en el que nos llegaron diversos géneros
literarios: el ático, el Koiné y, en particular, la tradición
alejandrina de los LXX así como el Nuevo Testamento. Objetivos:
 
1.     Entender el proceso formativo del idioma griego
 
2.     Aprender el abecedario
 
3.     Aprender el verbo presente indicativo y el sustantivo según sus
declinaciones
 
4.     Introducir al estudiante a un vocabulario básico
 
5.     Introducir al estudiante a ejercicios de traducción

La obsesión legisladora

 

Desde un estricto punto de vista ético y social, después
del Poder Judicial el Legislativo es el más importante, pues su
actividad deviene fuente de derecho, como nos lo deberían ser también
el orden de la naturaleza y la costumbre inveterada.

 
Entiendo aquí por “Derecho” toda delimitación a lo que los
hombres individual o colectivamente tienen la libertad de hacer y de
no hacer sin incurrir por ello en una condena, un castigo o cualquier
empleo de la fuerza en su contra.

 
En este sentido, se podría decir que la legislación es un
“proceso” permanente para poner al día la recíproca conciliación de
sus legítimos intereses, a menudo incompatibles.

 
Pero en el decurso de los siglos, cierta tendencia
autoritaria suele emerger entre los gobernantes que se traduce en una
obsesión por legislar y controlar la libre conducta de los demás.

 
Esta, a su vez, se contrapone a otra no menos lamentable y
obvia en demasiados sujetos a su jurisdicción: la de desplazar las
responsabilidades individuales propias del control de sí mismos hacia
algún otro. El psicólogo Eric Fromm lo atribuyó a un vago “miedo a la
libertad”. Semejante debilidad de carácter se ha constituído, de
hecho, en la permanente invitación a la tiranía por unos pocos o por
los muchos.

 
Hoy nos encontramos sobrelegislados en gran medida por
culpa de esa minoría de quienes no quieren, o no se atreven, a
gobernarse sin el acicate de la coacción por un amo o, lo que es lo
mismo, a atreverse a conducir sus vidas con plena autonomía del resto
de la sociedad.

Se añaden los pordioseros, los viciosos, los vagos, los delincuentes,
los apáticos, los cobardes, los mentirosos, los desertores de la
paternidad, todos los irresponsables, en fin -que son creciente legión
en las urbes de hoy-, que coadyuvan, sin caer en la cuenta, al exceso
de gobierno y la excusa ideal para los maniáticos del uso de la
coacción.

 
Y así, ese dicho popular de que “justos pagan por pecadores” resulta
también aplicable  al ámbito político.

A ellos habríamos principalmente de enderezar nuestras exhortaciones a
que tomen las riendas de su destino en sus manos, así como nuestros
esfuerzos educativos para que se hagan más capaces de sobrevivir sin
ayudas, pues está más que comprobado que el peso relativo de su número
ha significado en demasiadas ocasiones la diferencia decisiva para
escoger gobernantes.

 
El criterio fundamental para ello, la historia elocuentemente lo
confirma, ha de ser el de la presencia o ausencia de propiedades o
activos personales. Porque quienes no tienen nada que perder  lo
tienen todo para arriesgar, y así se tornan en fáciles instrumentos de
los proclives al abuso de lo ajeno.
 

Sobre esta verdad Hayek arguye el progresivo desencanto con la
democracia mayoritaria, en el tercer volumen de su trilogía “Derecho,
Legislación y Libertad”. A su juicio, el poder ilimitado de legislar
es la raíz universal de esa insatisfacción.
 
Porque se legisla sin límites y con dedicatoria, en favor de grupos de
presión constituidos por “buscadores de rentas” que no las merecen. La
“ley”, como lo expuso Federico Bastiat hace más de un siglo, ha
devenido en la herramienta legal para que los unos expolien a los
otros. Y dejó de tomársele como norma abstracta de conducta justa…
 
Hemos de regresar a esta última acepción, la genuina.
 
Para ello se ha de recortar la autoridad ilimitada de legislar. El
logro más serio al respecto se ha evidenciado en los sistemas
federales de gobierno (Suiza, los EE.UU., Alemania, la España de hoy,
la India, etc.), estructurados en dos cámaras legislativas con
funciones, y sus parlamentarios electos, por períodos diversos. La
facultad de legislar así no se concentra en unas mismas manos y se
abre espacio, además, a un auténtico régimen de pesos y contrapesos.
 
Este punto importantísimo está incluído en el proyecto de reforma
parcial de la Constitución vigente que promueve el comité cívico
ProReforma (www.proreforma.org.gt).
 
(Continuará)

La semilla mortal del socialismo

 

¿Por qué el socialismo está destinado a siempre fracasar? Porque los
devotos del socialismo se olvidan que los seres humanos no difieren
mucho de los animales en cuanto a sus impulsos innatos. Por eso
fracasan las reformas agrarias. Qué bueno sería que pudiéramos empezar
el juego desde cero, pero no se puede. El ser humano que no se
disciplina se deja influir por la ley del menor esfuerzo, y también
tiene la capacidad de ser tramposo, el más tramposo de los animales,
obsérvese a Alfonso Portillo. Algunos estúpidos no quieren aceptar que
los seres humanos puedan ser tan pura m…, obsérvese a Efraín Ríos
Montt, otra vez. Entre los tramposos y los ingenuos, o sea todos los
socialistas, vuelve a surgir el socialismo como forma de gobierno una
y otra vez. La mayoría de devotos del socialismo no son gente que
quiere ayudar al prójimo, son tramposos, y el resto son unos crédulos
que se dejan babosear, como sigue haciendo Portillo con Ríos Montt. Y
en Cuba, donde hubo reforma agraria y se supone que han empezado de
zero ¿ se les permite lucrar del turismo extranjero en condiciones de
igualdad? ¿Se les ha permitido a todos la misma oportunidad de ofrecer
sus servicios o productos al extranjero? Ahí hay una desigualdad
tremenda. El socialismo no puede funcionar porque todos queremos
hacerlo todo con el menor esfuerzo posible, pero no todos renunciamos
al engaño o a la fuerza para realizarlo. Que instituyan el juicio por
jurado en Cuba, cuando todavía hay cierta igualdad, aunque sea de
pobreza universal, y a ver qué pasa.

 

Karen Ness

Catequesis feminista

 
Bienvenidas a la primera clase del curso Victimización I. Lo primero
que deben tener claro, compañeras, es que 20 siglos de opresión es
mucho tiempo. Todo mundo se rasga las vestimentas denostando la
esclavitud, pero, ¿qué hay del sojuzgamiento de la mitad de la
humanidad por la otra mitad? Ante la dominación patriarcal, el
feudalismo y la encomienda colonial palidecen. Es de justicia
elemental que a las recipiendarias de tamaño maltrato, nosotras las
mujeres, se nos otorgue resarcimiento.

Con dos mil años de tiranía nos referimos al cristianismo, causa de
casi todos los estragos sociales que nos aquejan hoy. Porque la
religión es el opio del pueblo. Así lo dijo nuestro buen Marx, de modo
que ante tan incuestionable garantía no es menester que nos detengamos
en minucias que pretendan refutar tal Dictado.

Aunque, pensándolo bien, quizá sí debamos detenernos en un par de
cosillas, aunque sea para denunciar la abyecta mansedumbre que
vertebra la llamada “educación” que nos dan en casa. Una de ellas es
la que mamás o abuelitas, las mías incluidas, suelen decir: las
mujeres no hemos sido oprimidas por los hombres durante los últimos
dos milenios, sino a lo largo de la historia humana. Ergo, el
cristianismo, lejos de tensar las relaciones entre los sexos, vino a
sosegarlas.

Observa, me espetó mi progenitora hace años, que debido a la
relevancia que tienen la madre de Jesús y las santas, es en las
sociedades cristianas donde las mujeres somos consideradas iguales en
dignidad y derechos, y tratadas en consecuencia. De manera que el
eslogan dieciochesco de “libertad, igualdad y fraternidad”, en
realidad no creó, sino sólo plasmó, una idea cuyo origen no es
ilustrado -en el sentido de Ilustración- ni islámico, ni budista, sino
cristiano.

Un asuntillo fastidioso, en verdad. Pero, ¿a quién le interesa la
evidencia empírica cuando se trata de sostener una ideología? Pasemos
entonces la página de nuestro manual que culpa al cristianismo de los
males sociales, y prosigamos con nuestra catequesis feminista.
Bien. Estábamos con que a lo largo de los siglos (ya no sólo veinte,
concedámoslo), los hombres nos han enquistado en la posición dominada
del sistema patriarcal, jerárquico, verticalista, cristiano y
neoliberal. Me pregunta usted, jovencita que se las lleva de muy
lista, ¿qué hay de los hombres que han sido oprimidos, perseguidos o
hechos esclavos en mayor o menor grado, con mayor o menor intensidad
según la época y las circunstancias?

Pues… sí, es un hecho que muchísimas personas han llevado vidas
dificultosas, llenas de pesares, sobre todo antes de la Revolución
Industrial -otra cosa a odiar, igual que el capitalismo maldito, pero
eso es tema para abordar en otra sesión de nuestro curso-. También es
un hecho que aciertos y errores se mezclan en la existencia que va
configurando la vida de cada persona. Sí, persona… de sexo femenino o
de sexo masculino.

Pero eso no importa. ¿A quién le interesan los registros históricos
cuando se trata de llevar adelante nuestra agenda sectaria? Así que a
callar, muchachita cuestionadora, que esto es Victimización I para
mujercitas atribuladas, no una discusión abierta para jóvenes vivaces.
No nos interesa que esté orgullosa de su feminidad sino que ande por
la vida respirando por sus heridas porque eso, sépalo, es feminismo.

Cortada en flor

 

            Otra vida todavía tierna, la de Alejandro, que se nos
adelanta demasiado pronto.
 
            ¿Por qué ha de doler tanto la vida truncada de un joven?
 
            Porque, quizás, se nos antoja  arco hecho puente hacia el
cielo y que ni siquiera lo roza. O un busto congelado para siempre en
su esbozo de mármol. O capullo marchitado en primavera, o un diseño
inconcluso…
 
            Frustración enorme que, encima, no se justifica. Sobre
todo cuando el amor y la esperanza vicaria de sus padres ya habían
tejido por anticipado filigranas a su entorno, ahora perdidas en el
vacío.
 
            Lo que duele más: diferencias eventuales que podría haber
hecho en las vidas de otros y que jamás llegarán a su fruición. La
sonrisa se nos heló; el íntimo coloquio interrumpido; la amistad con
el adulto en ciernes pasada al olvido; un futuro evaporado.
 
             Una evolución de millones de años nos ha condicionado
genéticamente a esperar que nuestros hijos nos han de enterrar, no
nosotros a ellos. De ahí el desgarrón inconsolable.

            Pero nos ha sido dada gratuitamente otra alegoría: la del
trasplante de la flor a un jardín mucho mejor. Aquel Jesús de Nazaret,
que regresó a la vida a la hija de Jairo -talitá kum, “niña, a ti te
digo, levántate” – prometió hacer lo mismo para cada uno de los que en
El esperan.
 

            Ello cambia del todo el horizonte de toda muerte, la
temprana y la tardía. Desde ese ángulo eterno, el tiempo andado por la
tierra no cuenta; sólo esa fe que resucitara a los muertos como puede
mover a las montañas.

            Para sus afectuosos compañeros de estudios en una facultad
de Derecho, su primera lección sobre la fragilidad de toda vida,
también la suya, la de los jóvenes que apenas la estrenan.

 
            Para nosotros, los viejos, un pesar insoportable, como me
acuerdo del de mis abuelos paternos doblados sobre el cuerpo rígido de
mi padre, joven entonces de tan sólo 32 años. O del de su viuda, mi
madre de 29, cuando le sorprendió a su vez el turno de enterrar a su
nieta preferida de veintiuno, vestida de la albura de novia que
hubiera portado cinco días más tarde…

 

            “Dulce et decorum est pro patria mori” (dulce y honroso es
morir por la patria), así enaltecían los romanos a sus adolescents
caídos en los campos de batalla, pero que Virgilio quiso  matizar con
una elocuente observación al margen, “matribus detestata” (detestados
por las madres).

 
            Leí hace muchos años las memorias de un corresponsal de
guerra que fue reclutado por el servicio de inteligencia de su país,
los EE.UU., para registrar minuciosamente los cadáveres de los
enemigos alemanes, en busca de información, durante toda la furiosa
campaña militar en Francia subsiguiente al día “D”. Y lo que más me
impresionó de su relato, y no lo he podido olvidar, fue su comentario
acerca de la perfecta forma física de tanta juventud exterminada.
 
            Lo que me hace entender hoy el comentario sardónico que le
oí varias veces a mi sabio abuelo materno: “las guerras las habríamos
de hacer los viejos, no los jóvenes, que aún les queda un largo trecho
de vida por transitar”…
 
            Esta tragedia humana, repetida ad infinitum, de las vidas
precozmente segadas, nos enfrenta a la más pavorosa de las preguntas:
¿le seremos, acaso, indiferentes al cosmos?
 
            Cristo vino a reasegurarnos, como lo hizo un mediodía con
sus asustados discípulos en plena tempestad en el mar de Galilea:
“¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?”
 
            Tal vez, muy en el fondo, nuestro habitual cortoplacismo,
nos hace una mala jugada y nos lleva al olvido de todo lo encerrado en
aquella declaración suya al más largo de los plazos: “Yo soy la
resurrección y la vida”

            En esa esperanza te acompañamos, Alejandro, y a tus
padres, dos profesionales brillantes opacados por un dolor de veras
legítimo pero ya no desesperado: Johnny y Lucy.

            Hasta pronto.

El precio de no tener ciertas ideas claras

Por: Armando de la Torre

 

Desde hace décadas la civilización en Iberoamérica se encuentra bajo un salvaje y sostenido asalto por parte de nuevos barbaros que, de consolidarse en el poder, nos podrían llevar de regreso a otra “edad oscura”…  en pleno siglo XXI.

El que pese a ello hayamos sobrevivido hasta el día de hoy a niveles medios de desarrollo en el rango global entraña, indirectamente, un elogio a la capacidad de resistencia de los valores de la cultura judeocristiana que recibimos de nuestros padres.
Y un reconocimiento, no menos, a la productividad, fruto de una disciplinada y tenaz dedicación al trabajo, de aquel gran segmento de nuestra población, gestado en su momento por inmigrantes semianalfabetas, sus hijos y sus nietos, que durante los siglos XIX y XX se sumaron a las oleadas previas de conquistadores y colonizadores y acumularon mucha de la riqueza de la cual todavía subsistimos.

También es de incluir ese logro único de su amalgamamiento ulterior con las razas precolombinas que ya habitaban el continente, así como  aquella otra tristemente traída a la fuerza desde las costas de África.
Que en esta coyuntura internacional del 2009 nos hallemos, además, en relativa buena forma para enfrentar la actual  crisis financiera, cuyas raíces, no lo olvidemos, se hunden en decisiones políticas y económicas tomadas por financistas, banqueros y funcionarios públicos que nos son remotos y que supuestamente nos habían tomado la delantera en el competitivo certamen hacia el “progreso”, es un testimonio más de que nuestra América celtíbera, en oposición a lo que lloriquean sus muchos detractores de la “izquierda”, sí se ha mostrado capaz de acertar y aun de aprender de algunos de sus errores.
Todo ello, a su turno, reflejo del realismo encerrado en algunos de nuestros ideales sociales básicos, tales como la suprema importancia hoy del respeto a los derechos de la propiedad de todos, del cumplimiento a la palabra empeñada en los contratos, o el de la atingencia, ayer, de la abolición de la esclavitud de los africanos y de la servidumbre de los indios o, más atemporal, el de lo oportuno en su momento de la ampliación de la franquicia electoral a todos los asalariados, o de lo conveniente de nuestros repetidos ensayos por alcanzar sistemas constitucionales efectivos de pesos y contrapesos, igual que de lo justo y enriquecedor que nos ha sido la incorporación de la mujer al mundo de la división del trabajo, hecha extensiva más adelante  a su participación en la vida pública, etc., objetivos por los que se guiaron a quienes nos han antecedido en tales ahíncos, sobre todo desde aquel momento estelar, alrededor de 1810, cuando osaron internarse por la vía de las independencias nacionales y mantenerse en ella.

Sin embargo, también hemos de lamentar retrocesos de última hora, algunos de dimensiones de veras catastróficas, como el caso de Cuba.
Es un hecho que nuestra América ha dejado de ser desde mediados del siglo XX el incuestionable continente de la esperanza” de otrora, como lo confirma cualquier estudio somero de las corrientes migratorias de los últimos cincuenta años, incluidas las de nuestra nación anfitriona, la república del Ecuador.
Y a ello se añade que por rincones dispersos de nuestra geografía, aquel honroso tejido de “la raza cósmica” del que tanto se enorgulleció José Vasconcelos se ha visto, a fondo y repetidamente, desgarrado, en unos casos por intentos utópicos de repartir coactivamente “mejor” la renta nacional (en la Argentina, el Uruguay, Colombia…), en otros por choques de intereses  completamente al margen de la ley, pero revestidos del aura de instancias de una ley dialéctica superior, la de la “lucha universal de clases”, cual lo reiteraron autoproclamados “revolucionarios” tanto en México como en Chile, bajo Allende, o en El Salvador, en Nicaragua y, ahora, en Venezuela.

A ellos habría de agregársele ruinosos, aunque todavía en sigilo, divisionismos recientes que asoman principalmente en Perú, Bolivia, Ecuador y Guatemala, y que se pretenden realineadores colectivos de poder entre razas y culturas, “después de quinientos años de colonización”…

La cacofonía de tantas disputas parece haberse enrarecido, es verdad, con el fin de la “guerra fría”, pero también en la medida en que en los foros internacionales el foco más candente de controversias, Cuba, ha sido dada definitivamente por perdida para la causa de los derechos civiles en democracia y libre mercado.

No comparto, empero, ese último punto de una visión resignada que se me antoja por demás  pesimista, pero si hago mía la creciente angustia de los más pensantes de entre nosotros que es desorbitado el precio en vidas humanas desperdiciadas, en el aniquilamiento de recursos por definición siempre escasos, en las oportunidades de prosperidad irrecuperablemente perdidas, en las lagrimas de incontables victimas silenciosas inútilmente vertidas, y, sobre todo, en la sangre de los inocentes que habrá de ser añadida aún a la de los ya inmolados, para que podamos esperar recuperarnos un día de los efectos de nuestros desaciertos del presente.    

Un hilo conductor común a todas esas etapas de tanto despilfarro lo creo discernir en la confusión reiterada de ideas-fuerza por las que, hoy mayoritariamente, en unos pocos de nuestros Estados, nos dejamos seducir-.
No puedo dejar de enlazarlo con aquella brillante observación de Blaise Pascal acerca de que “el esfuerzo mental por aclararse las ideas es el fundamento de la vida moral”. Porque aquí me quiero referir a la olvidada dimensión ética en nuestro desasosiego.   

Por tal claridad de las ideas entiendo la más exacta correspondencia posible entre cualquier evento con nexos causales que ocurre con independencia de nuestras mentes y los términos del lenguaje, o conceptos de la mente, a través de los cuales lo identificamos y describimos.  

En el resto de esta ponencia me limito a proponer algunos ejemplos que creo ilustrativos de la ausencia de claridad en el discurso populista que nos abruma.
Somos (se ha dicho a manera de excusa) por temperamento e historia, adversos a respetar la libertad individual, la propiedad ajena, y hasta la vida de los demás. Así lo inauguró  para nosotros la rapaz Conquista. Y así  lo apuntaló por tres siglos el control inquisitorial de los Habsburgos y de los Borbones. A diferencia de los anglosajones, pues, tendemos a ser colectivistas, no individualistas.  
No estoy en absoluto de acuerdo.
Equivale a aceptar que todavía permanecemos de alguna manera míseras copias del típico “homo homini lupus” en el estado de naturaleza salvaje que postuló hipotéticamente Thomas Hobbes y que necesitamos de la mano férrea que lo subsane. Esa fue una construcción teórica, no menos extraña a nuestra realidad que la de su opuesto, la del “buen salvaje”, imaginado por J.J. Rousseau, y que el venezolano Carlos Rangel en los años sesenta se encargó  de desmenuzar de una vez por todas.  

Mas bien lo contrario, un apego casi anárquico por parte de cada uno a su propia libertad de acción nos es congénito, aunque, por supuesto, de acuerdo a la escala de los valores de la tradición en la que nos formamos se halla visto mas o menos alternativamente reforzada o desalentada. Lo creo una cuestión práctica mal situada, esto es, la de no identificar a tiempo oportunidades que se nos ofrecen para superarnos y que se nos complementen con la ausencia garantizada por la ley de limites que arbitrariamente nos sean impuestos a través de la coacción o del engaño.

La corriente liberal surgida de la Ilustración del siglo XVIII, y a la base de nuestras solemnes declaraciones de independencia patria, con variados tintes aún defiende esa libertad personal frente a las amenazas que le vengan de fuera, de cosmovisiones humanistas radicalmente ateas. Porque como muy bien lo analizó Henri de Lubac en su “drama del humanismo ateo”, quien empieza por matar a Dios acabará por matar al hombre.   

Por otra parte, la presunción cristiana constituyó  el acervo generalizado de las “elites” u oligarquías criollas “ilustradas”, demasiado conscientes de su rango en cuanto individuos dentro de los estamentos sociales de la Colonia, aunque hoy lo hallan traducido  a una no menor consciencia de su valía personal para el resto de la sociedad. Algo así como el Atlas en la alegoría de Ayn Rand, o el egregio en la dicotomía “selecto/masa” de Ortega.
También es obvio que se han dado múltiples “circulaciones” de esas elites, como lo teorizó Vilfredo Pareto. Pero lo decisivo es que  se han sabido “algo” (¿hidalgos?) en el esquema legal de las cosas, y a su modelo también los amantes contemporáneos de la libertad individual también nos sabemos “algo”, para amargura y furia de los pichones napoleónicos en nuestro patio, por eso mismo devenidos más  agresivos y demagógicos.

Las “masas” anónimas, en cambio, a unos u otros subordinadas, esperan por simple inercia que ellos habrán de seguirles en esa misma dirección de una mayor gradual apreciación de sus personas (un renacentista habría dicho “simplemente de su dignidad humana”) a medida que las oportunidades al corto plazo les lluevan desde arriba, desde el burocrático Estado benefactor, sin tener que abrirse camino previamente a base de riesgos y sudor al largo plazo. Una disimulada perversión de aquel anhelo optimista del individualismo “ilustrado”: “Las carreras abiertas a los talentos”.
Es “el camino de servidumbre” que vaticinó Hayek para los demócratas incautos.
Verdad muy de matizar porque a lo largo de la historia, entre los nacidos en cualquier sistema de esclavitud institucionalizada -como el nuestro hacia 1800- los había quienes parecían haber merecido semejante suerte tenido en cuenta sus pocas luces, su indolencia aparentemente innata, su raquítica confianza en si mismo, y su inexplicable desidia ante cualquier ocasión por mejorar su suerte.

Hoy, quizás, lo atribuiríamos a un condicionamiento brutal, o a falta de los  incentivos apropiados, o aún a una deficiencia alimentaria, o a la ausencia en su entorno de manifestaciones que reforzaran su autoestima.
Para Aristóteles, en cambio, poco más de dos milenios atrás, se constituían en evidencia para justificar la esclavitud “de los que por temperamento nacen para esclavos”. Algo próximo a lo argüido por los esclavistas del sur de los Estados Unidos en la víspera de la guerra civil, o a la mentalidad de rebaño que Nietzche reprochaba en la moral cristiana por contra posición a su “superhombre” neopagano.    
No es de olvidar, sin embargo, que en cualquier ocasión en que por derrota militar de los amos, o por benevolencia gratuita de los mismos – también en los tiempos de Aristóteles-, se les presentó a esos esclavos “innatos” la oportunidad de hacerse legalmente libres, no consta  históricamente que esa libertad (y el derecho correlativo a la propiedad) hubiese sido alguna vez rechazada.

Nuestra sociedad en gestación iberoamericana conoció de la esclavitud en tales términos aristotélicos aún bien entrado el siglo XIX (en Brasil, hasta 1888). Pero, para ese entonces, la “Ilustración” liberal del siglo XVIII ya había barrido hasta los últimos vestigios de pretensión  racional en defensa del sistema.     
Por eso los pretensos “amos” de nuevo cuño (Fidel Castro a la cabeza… y Abimael Guzmán, si se quiere, a la cola) enmascaran aquel viejo despotismo tras una retorica nueva, que les permita -como a Lenin, en su momento, y a Mussolini, Stalin, Hitler, Mao después –  asegurarse del monopolio total del poder sobre sus conciudadanos que, en consecuencia, se ven reducidos bajo nuevas acepciones a la condición de antaño de los esclavos.

Por otra parte, como lo analizó   Bertrand de Jouvenel, siempre cuentan con delirantes masas de ignaros a sus espaldas que les brindan, como a Perón y su Evita, su aplauso de apasionado automatismo reflejo, y que les facilite añadiría Eric Fromm, “escapar a las responsabilidades de la libertad”…
Por eso los aprendices a dictadores contemporáneos se valen de palabras ofuscadoras para crearse sus nuevos siervos y esclavos. La más abusada es la de justicia “social” (¿cuál no la es?) en favor de los mas débiles (los mas fuertes supuestamente no la necesitan), seguida de la pretensión de la “igualdad” de todos (hacia abajo y por decreto, no hay otra ruta), y la de los mercados centralmente “ordenados” a tenor de las prioridades del caudillo de turno (nunca, por favor, de acuerdo al característico “caos” capitalista que empieza por el pecado mortal de sólo reconocer las preferencias de los consumidores), o la de la “soberanía popular”, entendida como la de las masas que les venden sus votos a cambio de pan y circo que ellos financian con los petrodólares que habrían de haber sido de su propiedad, o la de “la tierra para el que la trabaja” (no para quien legítimamente la compro o la heredo), junto a reformas agrarias (como si el mercado no lo hiciera a diario) o, por supuesto, de corolario final, la del aplastamiento de esos detestables “burgueses” que les son suficientemente independientes para volvérseles impertinentes, lacayos, por añadidura, de los yanquis -como lo “muestra” la “teoría de la dependencia”- y ya de suyo merecedores del castigo de la expropiación por el simple hecho de haber aceptado desde un principio que se les incluyera en una clase social tan despreciable (aclaración obsequio de Trotzki).

Las confusas “ideas” que subyacen a tanta verborrea implican, entre otros dislates, que la riqueza de unos se debe a la pobreza de los otros; y que la pobreza tiene causas, la riqueza no. Y que el capitalismo “por esencia” ha de estar estructurado en derredor de un centro desarrollado (imperialista por injuria añadida), y de una periferia avasallada que le es mercado colonial cautivo y fuente de mano de obra barata, tal cual lo “constata” en opinión de Raúl Prebisch (fundador de la CEPAL) el progresivo deterioro de los términos de intercambio del comercio internacional entre los países industrializados y los que se limitan a exportar materias primas (“commodities”).

Y la “idea” más ruinosa de todas: que la “verdad” en estas cuestiones sociales es una función estadística, es decir, un resultado del número de los que chillan en las calles a horas hábiles (los “piqueteros” de Kirchner, por ejemplo), mientras a los disidentes (como en Cuba) se les apalea y se les relega a trabajar en silencio para la construcción del socialismo del siglo XXI…

Tal esclavitud contemporánea, a diferencia de la clásica, no es, por tanto, el triste resultado de la imposición de unos sobre otros por la guerra (“¡vae victis!”, “¡ay de los vencidos!”, como lo resumió la dolorosa experiencia romana), sino del empleo masivo del embuste, de las mentiras porfiadas, en la lengua de los mejor entrenados en engañar.

No hay, por tanto, entre nosotros, iberoamericanos, tales enemigos innatos de la libertad, sea por temperamento, sea por tradición, sino que se nos han multiplicado en nuestro medio los “tontos útiles” que la asfixian al ritmo que les marcan a diario los altoparlantes oficiales de los que han logrado apropiarse los modernos sofistas desalmados.
Pero tampoco hemos de olvidar que nuestra fragilidad cívica del presente pende de nuestro  hábito ausente de pensar (o presente en unos pocos raros), de responder a cualquier tesis que se nos exponga de viva voz o por escrito con los correspondientes análisis críticos de fondo. Somos los niños del corto plazo.

Yo aprovecharía para proponer que  revisemos los planes educativos de nuestras escuelas y rescatemos para nuestros jóvenes un estudio mas acendrado de la lógica, sobre todo en aquella rama que se ocupa de la claridad de nuestros conceptos y vocablos y que solemos englobar bajo la “lógica informal” o “material”. Porque nos ahogamos en un “tsunami” de falacias populistas y muchos ni siquiera caemos en la cuenta…         

La culpa, concluyo, de nuestra zozobra del presente radica en nosotros, no en nuestra herencia caudillista de la madre España (si ellos ya lo superaron, nosotros por que no), ni en el autoritarismo de la Iglesia Católica (baluarte contra la tiranía en muchas otras latitudes y épocas), ni en la Conquista de hace quinientos años (por unos poquísimos comparados a los millones que les siguieron pacíficamente en busca de oportunidades, muchos de ellos nuestros abuelos y bisabuelos), ni en la estructura patriarcal de nuestras familias, evaporada desde hace mucho al ritmo de la modernidad en nuestras grandes metrópolis, ni en los indios resentidos, ni en los negros desafectos, ni en los yanquis prepotentes…
La responsabilidad es enteramente nuestra, y de nadie más. Sencillamente, porque hemos renunciado al esfuerzo de pensar con claridad, el prerrequisito para toda vida moral, privada y pública.  
O como lo expresó  en otro contexto un poeta británico: “Me tropecé con el enemigo y era… ¡nosotros!”.

¿Por qué urgen reformas sensatas a la Constitución?

 

Por: Armando de la Torre

 

            Por “sensatas” entiendo propuestas meditadas como resultado del estudio de la lógica interna del Derecho, de una larga experiencia cívica y de la integridad moral de las personas que las proponen.

 

El Comité Pro Reforma de la Constitución (www.proreforma.org.gt) está constituído por hombres y mujeres así de sensatos. Todos, ciudadanos exitosos y de probada fidelidad a sus principios. Ninguno, por tanto, “partidista” en el sentido usual del término.

 

¡En buena hora!

 

            Debe reconocérseles su ardua lucha cuesta arriba, al promover un proyecto de reforma que pretende atacar frontalmente esos intereses ilegítimos (previsibles),  creados y consolidados a la sombra de la Constitución vigente.  

 

Enmiendas redactadas por ciudadanos en su condición de tales,  no por partidos o “colectivos” resultados de ficciones jurídicas.

 

            La primera originalidad del proyecto radica precisamente ahí, en el que sean honorables hombres y mujeres del sector del país de veras independiente quienes propugnen por él.  De tener éxito tal iniciativa, inédita en Iberoamérica, podría ser imitada por todos, o casi todos, nuestros pueblos que calificamos con el eufemismo de “subdesarrollados”.

 

            Como era de esperar, ya se han dejado oír las primeras voces esceépticas, y no sin razón: la historia de nuestros pueblos está plagada de “constituciones” inefectivas y de “reformas”contraproducentes. Alvaro Colom ya pareció sugerir que él también podría aportar las suyas, y otros “populistas” bien conocidos del Congreso amenazan con lo mismo. ¿Se augura, pues, una competencia olímpica entre “reformas”. ¿No habremos entrado en el peligroso juego de abrir una aterradora caja de Pandora que deje sueltos más  demonios políticos?

 

Esa, al parecer, es la razonable posición oficial del Centro de Defensa de la Constitución (CEDECON).

 

            Existe ese riesgo, pero la alternativa de “no hacer nada” implica, no menos, que nos resignemos fatalistamente a las pésimas calidades de gobernantes y de jueces  que padecemos desde antes y después de 1985.  “No hay mal que dure cien años”, reza el  refrán,  pero  también advierte ni “cuerpo que lo resista”.

 

Después de un cuarto de siglo de vigencia, ¿acaso no hemos visto desfilar por nuestra vida pública todos  los diablos que liberó aquella otra apertura de esa misma caja que montaron los constituyentes de 1985? ¿Por qué no intentar siquiera mitigar padecimientos a nuestro gastado cuerpo republicano con algunas reparaciones en sus órganos y tejidos claves?

 

            Por ejemplo, en torno a nuestra prioridad número uno, un poder judicial efectivo, ¿por qué no alargar el período de los magistrados de los cinco años que hoy se preceptúan a veinticinco o más para que sean de veras independientes del Congreso y del Ejecutivo?

 

            Y ¿por qué no dejar que el Organismo Judicial elabore su propio presupuesto, el cual habría de ser incorporado sin retoques al presupuesto general de la nación?

 

             ¿O por qué no tipificar penalmente las acciones de abogados claramente enderezadas a la obstrucción de la justicia como las recusaciones insustanciadas a jueces y fiscales o el recurso al amparo por la vía de razonamientos frívolos? Y ¿por qué no endurecer las sanciones para los funcionarios de los otros poderes que interfieran en los procesos judiciales?

 

            ¿Por qué no requerir, además, que las resoluciones y sentencias de los magistrados y los jueces se ciñan a la jerarquía de la ley (Constitución, tratados internacionales en el ámbito de los derechos humanos, legislación ordinaria, otros tratados, decretos, reglamentos…) y, en especial, dentro de los plazos de ley?

 

            ¿Para qué retener la rotación anual de la presidencia del Organismo Judicial que lo mantiene acéfalo desde hace cinco meses? Y si se quiere evitar una recurrencia del poder excesivo que llegó a acumular en su día Juan José Rodil, ¿por qué no cambiar el proceso actual de postulación y de elección?

(Continuará)

 

Afganistán

Por: María Pascual

 

No han acuñado los bancos suficiente moneda con que pagar la
experiencia de sobrevolar Afganistán.  Si además lo haces en
aerolíneas de soporte humanitario, es gratis, obviándose el sinsentido
de tener que abonar por lo que no tiene precio.

Sobrevolar es un ejercicio imprescindible para todo explorador de lo
infinito. La posibilidad de verse desde arriba te concede el don, al
menos momentáneo, de la clarividencia. Sobrevolar es abrir el objetivo
a plano general, abandonando la estrechez del primer plano, para
acabar descubriendo ese orden que, oculto, gobierna y rige la realidad
cotidiana.  Si la mirada microscópica te aturde al presentarte un caos
sin aparente salida, relájate con el enfoque telescópico y respira
aliviado al descubrir el verdadero tamaño de tu caos.

Y es que desde arriba nuestras trivialidades cotidianas adquieren como
por arte de magia su justa dimensión; dimensión diminuta, casi
irrelevante. Desde las alturas, fronteras de pueblos y provincias
aparecen como la ilusión que son.  Con la debida perspectiva no se
distinguen las rubias cabelleras de los tajis, de entre los hazaras de
ojos rasgados o las nevadas barbas pashtunes.  Hombres de mujeres,
empresarios de mendigos, tolerantes de fanáticos, extranjeros de
afganos. Imposible diferenciar unos de otros.  Un conjunto de
pobladores de inhóspitas tierras, compartiendo tiempos y espacios
peligrosos en un destino irremediablemente común, es la única
panorámica posible. Escalofriante verdad esa de que, sin haberlo
buscado pero sin poderlo evitar al mismo tiempo, somos nada más y nada
menos que un punto de cruz tejido para completar la creación del
universo.  Estamos irremediablemente unidos a los demás y carecemos de
sentido si no es formando parte de la ecuación matemática que explica
el conjunto.

Desde arriba no hay más codicia que la del sol, empecinado en su
inderogable gobierno de los cielos, y no se tercia más guerra que la
del eterno cambio.  Primaveras de expansión y nacimiento anteceden a
veranos de madurez y esplendorosos colores.  Otoños de cosecha y
recolecta nos encaminan sin remedio a inviernos llenos de finales y de
muertes.  Afortunado aquel que entienda la vida desde abajo con la
misma sencillez que se entiende desde arriba.