Reflexiones colaterales

 

De camino para la multitudinaria manifestación cívica en
la Plaza de Italia el domingo 17 de mayo, dentro de aquel río
interminable a lo largo de la séptima avenida de personas vestidas de
blanco, le comenté a mi hija, que caminaba a mi lado: ¡Cuánto ha
crecido la clase media en Guatemala!, la gran estabilizadora de todas
las sociedades que progresan.
 
Más tarde, en el mismo día, me saltó a la mente otra
reflexión: ¡Cuánta firmeza ha ganado la conciencia pública de los
guatemaltecos!, la base ética imprescindible para el logro de un
auténtico Estado de Derecho.
 
Todavía al día siguiente me llenó el ánimo una
constatación gozosa más: ¡Cuán espléndida es esa juventud nuestra que
espontáneamente lo montó todo!, nuestra humana garantía de un futuro
mejor.
 
Por otra parte, quisiera proponerles otras consideraciones.
 
En primer lugar, todo el esfuerzo tuvo un solo propósito
digno: exigir de las autoridades democráticamente electas que cumplan
con los deberes que la Constitución les asigna.
 
El más importante de entre los recipiendarios de tal mensaje lo era el
Fiscal General de la Nación, pero también era aplicable a los
Diputados que habrán de conocer del antejuicio y a los magistrados de
la Corte Suprema que eventualmente fallen sobre el caso.
 
En segundo lugar, es la única oportunidad de la CICIG para
legitimarse ante la historia. Si el combate a la impunidad fue
declarada su razón de ser, éste es su momento definitorio, al  haber
señalado Rodrigo Rosenberg a nadie menos que al Presidente de la
República, a su esposa y a cinco de sus financistas más allegados, de
hallarse involucrados en las muertes del Sr. Khalil Musa, de su hija
Marjorie y de la probable suya propia.
 
La acusación, por supuesto, en sí no prueba nada, según la
normal presunción de inocencia de todo acusado hasta que se le pruebe
lo contrario tras debido proceso.
 
Pero precisamente a ello se han encaminado las manifestaciones de
repudio: para que ni el Presidente, ni su esposa, presionen a los
otros poderes del Estado, y a sus subalternos inmediatos, ya sea con
ofrecimientos, ya sea con amenazas, a que no procedan a una
investigación imparcial y a fondo. Sobradísima razón les daba  a esos
manifestantes la triste y larguísima historia de impunidad imperante
en nuestros pueblos, con tanta frecuencia por ello víctimas de
dictadores y demagogos ineptos.
 
Me ha sorprendido que algunas figuras muy conocidas de nuestra vida
pública, e incluso los presidentes de las demás repúblicas
centroamericanas, se hayan atrevido a aparentar que  no han captado
ese punto esencial. Supongo que el instinto gremial en tales políticos
los empuja a una “cohesión”, no exactamente social, con sus congéneres
bajo sospecha.
 
Todas las reacciones y declaraciones de Álvaro Colom y de doña Sandra
han sido  hasta ahora muy desafortunadas y han llevado a muchos a
pensar que la intención que  les subyace ha sido la usual del
encubrimiento propio.
 
Repugna también el “aporte” peculiar a la ocultación de lo que acaece
por parte de un Ángel González, taimado manipulador con su monopolio
televisivo de las noticias, y que así paga su reciente exoneración de
impuestos por el Congreso.
 
Ni hay que olvidar que estamos a más de doce años de aquel otro
embuste colectivo, la firma de unos “acuerdos” de apaciguamiento de
criminales con la que, encima, nos prometieron una “paz firme y
duradera”.
 
El resto, los vituperios clasistas a ciudadanos pacíficos que se
manifestaban dentro de la ley habría de tomárseles como lo que son,
patadas de políticos que se ahogan.
 
Más allá de este drama, que podríamos hacer extensivo a buena parte
del planeta, nos queda por delante la tarea más prioritaria: ¿cómo
cambiar las reglas del juego político a fin de que no arriben a las
más altas posiciones de los tres poderes del Estado  tantos incapaces,
en ciertos casos hasta delincuentes impunes?
 
Valdría la pena a tal propósito releer el proyecto de reforma parcial
a la Constitución (www.proreforma.org)

Patriotas de días nublados

 

En primer lugar, destaca entre ellos la figura de Rodrigo Rosenberg.

 

En el segundo, nos son héroes en estos días nublados los
jóvenes espléndidos que han organizado las manifestaciones de los
últimos días sin apenas recursos y en su escaso tiempo libre de
verdaderos estudiantes.
 
En el tercero, esa gran mayoría silenciosa de los
guatemaltecos que trabajan disciplinadamente, cumplen con sus
contratos, cuidan de sus hijos y no se venden por una bolsa  de esa
“cohesión” social que Doña Sandra regala a discreción suya, con el
dinero nuestro.
 
En el cuarto, los medios escritos y radiales masivos de
comunicación que han mantenido a la población informada y que no han
sido parte del silencio cómplice que le compraron los diputados al
monopolista de la televisión abierta, Ángel González, el día que le
redujeron sus impuestos.
 
En el quinto, todos aquellos que han hecho pública su
indignación, movidos por el hambre y la sed de justicia que algún día,
espero, les serán saciadas, a pesar de las bravuconadas y
provocaciones del Presidente y su esposa.
 
Pero que no esperen un gesto digno de entre los
conductores de BANRURAL señalados por Rodrigo, ni tampoco del
Procurador General de la República, ni de los diputados de la UNE,
cuanto menos del Presidente del Congreso, y se evitarán así desengaños
ulteriores.
 
El choque del presente no es entre clases sociales, ni de
partidos políticos, ni de ideologías, ni de grupos de presión. Es un
choque, llanamente, entre dos lados de una misma naturaleza humana: la
decencia más elemental y la desvergüenza más descarada. A esto nos ha
acostumbrado la “democracia” electorera y su cauda habitual: gobiernos
ineptos, voraces y clientelistas, según el triste dicho “el tiburón se
empapa pero salpica”…
 
Es un fenómeno casi universal porque así se transparenta
la condición humana cada vez que queda expuesta a incentivos perversos
como los que entierra la mayor parte de las legislaciones vigentes.
 
La dimensión ética en la vida pública la hemos sepultado
de hecho entre todos de la mano de innumerables Maquiavelos. También
en las iglesias, en los sindicatos, en los gremios empresariales,
profesionales y académicos.
 
Eso se ha revelado en las diferentes vivencias históricas del
“Terror”, el inquisitorial, el  jacobino, el anarquista, el de los
socialistas de izquierda y derecha, o el de los cárteles de los
vicios…
 
¿Cuándo aprenderemos que la conducta individual responde a las reglas
que previamente hubiéremos internalizado? ¿Cuándo aceptaremos que
ciertas virtudes como las que necesitamos para respetar el derecho
ajeno, tales la veracidad, la honradez y el control de sí mismo,
también en la vida pública tienen su peso decisivo?
 
Por “patria” entendieron los romanos la fidelidad a la herencia de sus
padres. Por ella, “dulce et decorum est propatria mori”, dulce y
hermoso es morir por la patria.
 
En el mundo globalizado y mestizo de hoy el concepto se ha
transformado: “patria” es más bien lo que habremos de mejorar en
nuestra herencia antes de pasarla a nuestros hijos.
 
Las personas decentes construyen patria; las desvergonzadas la destruyen.
 
El poder coactivo que tiende a depravarnos seduce al corto plazo, o no
contaríamos con  tantos depravados en la vida política.
 
La voluntad de servir, en cambio, al largo plazo ennoblece, o no
serían los íntegros tan inspiradores.
 
A finales del año 1776 la causa de la independencia de las colonias
inglesas en América parecía perdida. Un expatriado, Thomas Paine,
arremetió por escrito contra los “sunshine patriots”, aquellos que se
dicen “patriotas” sólo cuando brilla el sol. A sus palabras,  los
ánimos decaídos de los independentistas reaccionaron, y reanudaron su
lucha de días nublados hasta la victoria.
 
Aquí se trata ahora de un enérgico regreso a ese espíritu de
patriotas en días marchitos.
 
Rodrigo Rosenberg nos lo acaba de confirmar con su muerte.

Liga Pro Patria

Consternados e  indignados por el vil asesinato del abogado Rodrigo Rosemberg Marzano y ante las reacciones públicas, inaceptables e innobles, por parte del gobernante,

CONSIDERANDO

I) que el Presidente de la República ha mostrado reiteradamente su incapacidad para cumplir con el mandato que le asigna la Constitución Política de la República de garantizar a sus habitantes los derechos a la vida, la libertad, la justicia, la seguridad, la paz y al desarrollo integral de sus personas;

II) que el asesinato de Rosemberg Marzano se vincula evidentemente a los asesinatos previos del señor Khalid Musa y de su hija Marjorie y que, además, se relaciona con otras actividades delictivas dentro del Estado como la corrupción y el narcotráfico de quienes se valen del sistema bancario paraestatal para el lavado de dineros mal habidos;

III) que se dan en este caso todos los elementos necesarios para iniciar proceso penal contra los sindicados por la persona de la víctima, tal como consta en su denuncia pregrabada, la explicación que en ella da de los probables móviles del delito, el señalamiento con nombres y apellidos de sus presuntos autores, etc.

IV) que resulta condenable, como ya lo ha denunciado la prensa, que el Fiscal General de la República, quien debe ejercer su función de manera independiente e imparcial, se haya reunido en privado con el Presidente de la República siendo éste uno de los señalados como posible coautor de los crímenes a investigar, lo que nos hace sospechar que su investigación no será confiable; y,

POR TANTO

I) que condena con toda energía el asesinato de Don Rodrigo Rosemberg Marzano.

II) y conmina al Ministerio Público para que cumpla con  su obligación constitucional de investigar tales delitos y de ejercer la acción penal contra los implicados de manera autónoma e imparcial, a fin de restaurar la confianza que ha puesto a los guatemaltecos en peligro de perder por su aparente sometimiento al Presidente de la República

Guatemala, 12 de mayo de 2009

Pobreza y riqueza

Entre las voces más resonantes de los “social” demócratas
sudamericanos – y en Guatemala también – se hallan la que milita
contra las supuestas “causas” de la pobreza. Como en casi todo lo
demás, están desfasados, porque ya se sabe que  la pobreza no tiene
causas; en realidad, es el estado “natural” del hombre.

Nacemos desnudos, y durante muchos milenios los nómadas
humanos vivían y morían igualmente así de desnudos. Inclusive en
vísperas de la “revolución de la agricultura”, hace unos once mil
años, se calcula que el hombre gastaba catorce horas diarias de
penosos afanes para procurarse la mera subsistencia, y nada más.

La esperanza de vida media fue para todos durante milenios
de unos dieciocho años. Y la población apenas aumentaba por falta de
tiempo para pro crear hijos antes de que la muerte les cortara esa
capacidad.

Por supuesto, en ese estado ya prácticamente nadie vive hoy.

Pero la pregunta adecuada habría de ser ¿por qué ya no vivimos como
esos remotos antepasados?

Hoy la esperanza de vida media, entre los pueblos desarrollados, roza
los ochenta años en los varones y los ochenta y seis en las mujeres.

Sin embargo, las Naciones Unidas tienen razón cuando califican de
escandaloso el que todavía un 15% de la población mundial (unos
ochocientos millones de seres humanos) vegete en la extrema pobreza –
definida como menos de 1 dólar de consumo por cabeza al día – y con la
resultante esperanza de vida media de unos cuarenta y seis años.

Lo que habríamos de aclararnos es por qué el 85% de la población
mundial ha dejado esa extrema pobreza atrás. Es más, de ser
medianamente ilustrados deberíamos indagar por la razón del
incumplimiento de un vaticinio tan serio y científico como el que hizo
Thomas Malthus en 1797, que extendió al futuro su hallazgo de que para
ese entonces la población humana crecía en proporción geométrica, pero
los medios para su subsistencia tan sólo en proporción aritmética, de
lo que se seguiría una hambruna cierta y universal en poco tiempo. A
ese ritmo, ninguno de nosotros deberíamos contarnos entre los vivos.

La pobreza no tiene causas; es el estado “natural” del hombre.

Pero la riqueza sí las tiene. Esas son las que habríamos de
identificar y promover.

Trescientos años de reflexiones y análisis nos han dejado algunas
verdades ya incuestionables. Por ejemplo, que el ahorro, que consiste
en sacrificar consumo hoy, es el único puente hacia el mayor consumo
de mañana.  O que el aumento en la producción de bienes y servicios es
proporcional al incremento de la división del trabajo. O que el más
eficiente y duradero incentivo para el esfuerzo laboral es su
retribución económica (rentas, salarios, intereses, dividendos…). O
que el dinero, en cualquier forma que sea, es el medio ideal de
intercambio y enriquecimiento mutuos. O que los hombres escogemos
hacer o dejar de hacer en cada caso lo que al margen nos resulte más
útil en comparación con las demás alternativas. Y que por eso todos
incurrimos en contratos que nos obligan sin excepciones a su
cumplimiento. Y, resulta obvio, “que el derecho al respeto ajeno es la
paz”.

Pero también hemos constatado que todo ello funciona según la vigencia
de un sistema  de reglas de conducta justa. Por tanto, a más respeto
hacia esas reglas, más prosperidad para todos.

¿Quiénes principalmente están llamados a velar por la observancia de
tales reglas y principios? Aquellos a quienes ha sido delegado el
monopolio del poder coactivo.

Pero ¿qué podemos hacer cuando esos representantes legales de ése
poder son los primeros en violarlos y abusarlos?

La triste paradoja del caso es que quienes por ignorancia buscan y
creen combatir las causas que no existen de la pobreza acaban por
sofocar cualquiera de esas causas que sí existen de la riqueza. Tal ha
devenido el albur de social demócratas y asistencialistas públicos por
igual.

Pero en Iberoamérica muchos aún no se han enterado.