Velamos por las futuras generaciones

Velamos por las futuras generaciones
Por: Armando de la Torre
            El rasgo más sobresaliente del proyecto ProReforma www.proreforma.org.gt  es el generoso desinterés que animó a sus redactores en favor de las generaciones futuras, precisamente porque quienes lo promueven, ante todo padres y madres de familia, no se habían constituido en grupo de presión alguno, es decir, no se habían organizado en partido político, ni en cámara gremial, sindicato, iglesia, ONG  o corporación con fines de lucro, y mucho menos tras metas que les fueran beneficiosas sólo a ellos y al corto plazo.   
            Resulta obvio para quienquiera que se le acerque sin los lentes prejuiciosos de lo usual y rutinario que aquellos que con inusitada audacia patriótica decidieron proponerlo por escrito, de acuerdo a lo que permite la letra y el espíritu de la Constitución vigente, fueron y son personas de amplia experiencia laboral, estudiadas, responsables y, más a lo hondo, afligidas por la ruinosa inercia multisecular que arrastramos, en Guatemala y en el resto de Iberoamérica, respecto a los asuntos públicos.
            Es tan novedoso que a falta de bien interpretarlo se ha fomentado la desconfianza, cual resorte automático, entre quienes nunca han podido, o no se han atrevido, a surcar aguas desconocidas allende sus experiencias cotidianas.
            Resulta una propuesta, pues, universalmente válida, aplicable en cualquier rincón del planeta y casi seguramente con similares efectos provechosos.
            Tomemos, por ejemplo, la prohibición al Congreso de aprobar presupuestos deficitarios. ¿Cuál es el bien jurídico último a proteger con tal negativa?: Que a las generaciones de los recién o de los aún no nacidos, no se les herede por parte de nosotros deuda interna o externa que habrá sido necesariamente producto de nuestro excesivo consumo, es decir, de los legalmente mayores de edad.
            Consideremos, además, eso otra de depurar cada veinte años, todo lo legislado. Ello obligaría a los diputados a justificar periódicamente la efectividad de las leyes positivas, de tal manera que nadie se vea atenazado por normas cuyo contenido se le haga obsoleto.
            Con ese espíritu, ya Thomas Jefferson especuló que quizás cada generación debería darse su propia Constitución, para que ninguna quede sujeta a normas de derecho público que honestamente no podrían ser de su prioridad, máxime dada la aceleración histórica de cambios en los que nos encontramos inmersos.
            La Constitución de los Estados Unidos, de cuya redacción no participó, ya ha cumplido, sin embargo, 202 años de exitosa vigencia, aunque con 26 enmiendas que le han sido añadidas vía consulta popular (entre ellas la abolición de la esclavitud), que han intentado reconciliar el espíritu original de la misma con las concretas realidades de las coyunturas posteriores.
Así fue la “ley seca” abolida tras sólo catorce años de vigencia e, igualmente, en la secuela de la controvertida guerra de Vietnam, la edad legal para el ejercicio del voto se cambió de nuevo de los 21 a los 18 años (a pesar de que en el texto inicial de 1787 ya había quedado estipulada la de 25).
            Sus partes “pétreas”, – la estructura federal del gobierno o las primeras diez enmiendas que salvaguardan los derechos humanos individuales – han permanecido intactas, y aun ampliadas a los recién emancipados, el pretexto de más bulto para la guerra civil.
            Aquí ProReforma entraña un diálogo intergeneracional hasta con nuestros nietos y bisnietos, a los que queremos legar una Guatemala mejor que la que heredamos.
            Se dice, a menudo con sarcasmo, que la historia la escriben los vencedores. Por eso habrá de revisársele continuamente. Los franceses, por su parte, usan de otro dicho no menos sardónico  respecto a la legislación en la cual lo “provisional es lo que dura”.
El proyecto ProReforma, pues, también ha tomado nota de esas observaciones y se propone, a su turno, que nuestra experiencia legislativa no quede reducida a un mero calco de la de ellos.
            
 
 

Reaccionarios

“REACCIONARIOS”
            A propósito del proyecto ProReforma www.proreforma.com.gt, se me ha hecho obvio lo fácil de rellenar cualquier vocablo con una connotación u honorífica o derogatoria.
            Desde la “revolución” francesa, el término “revolucionario” ha gozado de un aura cuasi-mística entre los entusiastas de todo progreso, pero sobre todo el que administre el Estado nacional. Al contrario, el correlativo de “reaccionario” se ha reservado contra quienquiera se atreva a exteriorizara dudas o reservas sobre “los cambios” revolucionarios.
            Y con alguna razón, pues aquella “revolución” nos trajo la declaración universal de los derechos del hombre y del ciudadano, las constituciones escritas, el sistema métrico decimal, la abolición de la esclavitud, el código civil, la libertad de expresión, de culto, de emprender. También el “Terror” y su incansable guillotina, la dictadura napoleónica, los nacionalismos exacerbados, el “positivismo” jurídico, las interminables guerras de conquista…
            Tantos “cambios”, por supuesto, hubieron de provocar el surgimiento de adversarios,  tildados –el concepto tomado de la física newtoniana- de “reaccionarios”. Metternich fue por más de treinta años su cabeza visible a nivel continental europeo, con el apoyo de los zares y de los nostálgicos del “ancien régime”.
            Esta dicotomía, en una escala mucho más modesta, es extensible a “la revolución de octubre” de 1944 y a todos, “revolucionarios” y “reaccionarios”, que desde entonces se han alternado en el poder guatemalteco, aunque menos distantes entre sí y de trascendencia continental limitada. 
            Hace unas semanas, una conocida columnista del “Wall Street Journal”, Mary Anastasia O´Grady, publicó un comentario favorable al proyecto nuestro de cambios “ProReforma” bajo el título “Por fin una revolución verdadera”.
            Lo que hizo de quienes lo apoyamos “revolucionarios” y de quienes se le oponen “reaccionarios”.
            Me imagino lo incómodo que podría resultar para la valerosa Hellen Mack o el digno Alfonso Bauer Paiz verse, de pronto, así conceptuados. Sin embargo, en nuestro caso, esa es la  realidad.
            “Reaccionarios” porque no ven más allá del inevitable estrecho entorno histórico en que crecieron, petrificados en un pasado inmutable, que rechazan lo que han malinterpretado y anteponen el actual sistema de privilegios -que en otros contextos han condenado-, y para quienes “revolución” vendría a resultar más de lo mismo: frases hueras de otros tiempos, defensa de posiciones ideológicas y sociales ampliamente superadas por los avances de la ciencia y de la práctica de los pueblos avanzados, gestos públicos calculados para retener protagonismos según la marcha hacia atrás de relojes de arena…
            Nada nuevo, ni reprochable; simplemente inercia natural de cuerpos al paso de los años, mientras se descuida la juventud del alma…
            Es cierto que el enfoque del mentado proyecto es más individualista que colectivista. Y ¿acaso la historia no ha acabado por darle la razón al primero?
            También el que se restringe la intromisión de los políticos en la administración de la justicia. ¿No es eso mismo por lo que  han luchado ellos toda su vida?
            Que se insiste en el respeto a los derechos individuales como condición para la creación de riqueza. ¿Y no se ha comprobado ésta la única vía lógica para acabar definitivamente con la pobreza?
            O que se introduce en Guatemala una institución que le es inédita -aunque fácil de identificar entre nuestros vecinos al Norte y al Sur-, el Senado. Pero ¿no solemos reconocer en los Consejos de Ancianos  la sabiduría de los pueblos mayenses?
            Tampoco hay que temer inestabilidad alguna porque se introduzca la “revocatoria” de las autoridades electas. ¿Es, o ha sido alguna vez, el voto del ciudadano concebido como “cheque en blanco”? El recurso a la revocatoria más bien reforzará las instituciones públicas pues  incentivará a los electos a actuar sólo dentro de sus facultades…
            ¡Sumémonos a esa revolución pacífica!
           
 
 

La Esperanza alza vuelo desde cada uno

Por: Armando de la Torre
            Unos cambios mínimos en el proceso de postulación y selección de magistrados espolean de momento cierto optimismo entre los jóvenes idealistas que, por fortuna, todavía son legión. En lo que a mí respecta, esta experiencia me ratifica en la esperanza de que el cambio radical -para mejor en Guatemala – desatará un “tsunami” de adicionales iniciativas y logros una vez aprobada la reforma parcial de la Constitución (www.proreforma.org.gt).
            Lo que, además, nos permitiría superar ese difuso pesimismo cultural que aflora sobre todo entre muchos de nuestros columnistas de opinión de la prensa diaria.
            “El malestar con la cultura” es tema de vieja data, al menos desde los tiempos de Nietzsche. Freud le dedicó un análisis traducido al castellano con ese mismo título, y Oswald Spengler para muchos se erigió en su oráculo a través de su “Decadencia de Occidente”.
            Ahora quisiera añadir aquí unas reflexiones desde el horizonte de mi querida Guatemala.
            Estimo que la aprehensión emocional de creernos o no creernos los arquitectos de nuestras propias vidas influye decisivamente en nuestros respectivos estados de ánimo. Lo afirmo no desde la pericia de un profesional de la psicología como Raúl de la Horra, sino desde la impresión mucha más modesta de vivencias acumuladas a lo largo de una vida longeva.
            Pues he visto repetidamente que para quien se sabe capaz de afrontar los desafíos que cabe razonablemente esperar de la competencia universal por “espacio vital”, la tónica de sus visiones suele ser  optimista. Para quienes, en cambio, se creen atados de pies y manos, y entregado a fuerzas ciegas e impersonales, su humor deriva con frecuencia hacia una amarga resignación, o peor aún, hacia un pesimismo  desesperado.
            Esta generalización puede ser tachada de simplista. Porque descuenta, evidentemente, otros innumerables factores de índole genética y social que habrían de tenerse en cuenta. 
            De acuerdo.
Pero me remonto a un dato meramente sociológico: el de las actitudes tan diferentes entre empresarios y asalariados ante una crisis. Los primeros dispuestos a ensayar nuevos riesgos para mantener o ganarse posiciones competitivas de vanguardia; los segundos, en cambio, conformes a su relegación a los lugares anónimos de la retaguardia del mercado, con tal de retener un ingreso pequeño, pero periódico y seguro.     
            De ahí la confianza en sí mismo que exuda  tanto audaz empresario, movido ya sea por la variedad de las iniciativas “disponibles”, ya sea por su más elemental capacidad de rebote, incluso cuando los demás dudan de él. Así mantiene incólume su esperanza en creerse el dueño de su destino bajo cualquiera constelación de circunstancias, favorables o adversas.
            Quienes se alistan para trabajar por cuenta ajena, ofrecen sus especializados perfiles al mejor postor, y cosechan de lo que los emprendedores han sembrado, insertados en cuanto mano de obra imprescindible en la rueda productiva puesta en marcha por otros. De ahí que se muestren tan propensos a la exaltación o al pánico, según se sientan zarandeados por fuerzas “ocultas” o que se les antojan remotas e invencibles.
            Un rasgo paralelo he detectado entre los exiliados por cualquier causa y entre los emigrantes.
En último análisis, sostengo que retratan el fenómeno psicológico de la “proyección”, de adentro hacia afuera. Lo que ya recogía el viejo refrán: “Cada uno habla de la feria según le fue en ella”. 
            Al “optimista” lo tengo por más apegado a los flujos de adrenalina que se desprenden de los inevitables altibajos de la vida.
            Y a los “pesimistas”, paralizados por el “mal de las alturas”, o por cualquiera de las demás “fobias” de que nos hablan los expertos en conducta humana.
            Los hombres y mujeres que se gozan en su libertad se comportan, pues, como “dionisíacos” que aceptan de antemano el triunfo y el fracaso, sin dejarse arrastrar al largo plazo por esos dos  impostores.        
            Situémonos entre ellos.  

Oneroso legado de Marx

 

Por: Armando de la Torre

            Marx murió en 1883, pero en su versión leninista  no se le enterró hasta 1991. Hay, sin embargo, otras versiones aún a la espera de ser sepultadas. 
            Es fácil identificar a qué me refiero: se hace evidente en gobernantes, en cátedras universitarias, en púlpitos eclesiásticos y hasta en columnas de opinión de la prensa diaria: el enfoque colectivista.
            Karl Marx fue un liberal que por influjo de ciertos pensadores pospuso en su esquema la libertad individual para aquella nebulosa etapa de la sociedad sin clases en la que “cada uno aportaría libremente según su capacidad y recibiría según su necesidad”. Hasta llegado ese momento, ese lapso indeterminado para la reeducación del hombre como preparación inmediata a su ingreso al paraíso comunista constituiría el período llamado socialista, el de toda clase de “colectivos”, los genuinos protagonistas de la historia, inevitablemente enfrentados entre sí.
            Tales  “colectivos” tan del gusto de quienes se identifican “a la izquierda”, cuentan entre sus fuentes otras corrientes y ensayos, pero indudablemente la de Marx ha sido la más determinante.
            Cualquier “colectivismo” puede entrañar cierta ventaja, decisiva para quienes lo hacen suyo: la de la responsabilidad individual que se diluye, al extremo de equivaler a una garantía de  impunidad. Deviene así, por ejemplo, un incentivo eficaz para el reclutamiento de “mareros”,  de lo que son muy conscientes otros grupos contestatarios, los sindicatos, los gremios étnicos, políticos, militares, religiosos y hasta corporativos.
            Pero la dialéctica al trasfondo de ello se evaporó bajo la perspectiva del evolucionismo social que Eduardo Bernstein fue el primero en integrar  nada menos que al esquema teórico del propio Marx. La objetividad , por otra parte, atribuida por Marx (herencia de Ricardo) al valor de los bienes y servicios en el mercado, fue barrida por la revolución conceptual “marginalista” del último tercio del siglo XIX, y contundentemente constatada en el fracaso del mercado centralmente dirigido. El congelamiento, además, de las “clases” sociales se evidenció caduco tras la revolución industrial, por el surgimiento universal de la “movilidad vertical” (hacia arriba y hacia abajo). Su último supuesto equivocado, la dependencia unidireccional de la “superestructura” espiritual de la “estructura” material de los medios de producción, falseado por lo menos desde Max Weber.
Por todo eso y más cayó el Muro de Berlín, y en su derrumbe arrastró el entero bloque del socialismo eufemísticamente llamado “real”.
Pero también parece que hay quienes todavía no quisieran darse por enterados…
Lo infiero del “Dictamen sobre el proyecto de Reforma del Estado y de la Constitución Política de la República de Guatemala de la Asociación pro Reforma”, elaborado por el Lic. Alfonso Bauer Paiz y el Dr. Jorge Murga Armas, por encargo del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad de San Carlos (IIES) y a petición de su Consejo Superior.
Ahí se hace obvio el problema recurrente en toda argumentación que se erige sobre la premisa de la “dialéctica de  clases”: la falaz argumentación “ad hominen”.
Ello se tradujo a numerosas fisuras, choques, conflictos, hasta guerras civiles, a lo largo de la historia  y a lo interno de las organizaciones marxistas. Porque resulta prácticamente imposible mantener un debate racional entre dos o más personas inteligentes cuando se cuestionan recíprocamente y sin cesar las intenciones, la honestidad, el desinterés o la inocencia de las respectivas trayectorias públicas y privadas, (peor aún si además se incluyen las de sus antepasados muertos).
Un libro de Carlos Sabino se intituló “Todos nos equivocamos”.
De sabios sería empezar por esa premisa y emprender juntos entonces, quizás, el camino hacia la verdad de la que todos acabaremos por beneficiarnos.
Tal fue el espíritu con que se redactó la propuesta pro reforma parcial de la Constitución vigente.

Populismo y Democracia

Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales

Antigua, Guatemala, agosto del 2009

 

“Populismo” y “Democracia”

(PONENCIA)

Por: Armando de la Torre

              Permítaseme una exposición muy breve del contraste que de entrada discierno entre democracia y populismo.

              Una diferencia primera la veo en que democracia, en cuanto sistema para determinar quiénes han de gobernar, se ha probado que funciona sólo si los hombres y mujeres independientemente de los gobernantes ya son capaces de gobernarse a sí mismos.

Lo que se suele identificar como “populismo”, en cambio, se da en la presencia de masas de electores que en lo individual no han sabido, o no han podido, fijarse para su propio desarrollo metas factibles y escoger los medios más idóneos para llegar a ella, en una palabra, que escasa o ninguna experiencia han tenido de autogobierno, como sucedía, por ejemplo, en Roma con los “libertos” o con los campesinos sin tierras que emigraban a la ciudad a la espera de “panem et circensem.

              Ya la democracia ateniense cuatro siglos antes de Cristo hubo de enfrentarse a este fenómeno que hoy llamamos “populismo.

Alcibíades les sirvió de arquetipo.  Genial, carismático, elocuente y hasta galán, pero inescrupuloso y narcisista, repetidas veces traicionó a quienes le habían sido leales. Supo, sin embargo, otras tantas ganarse el perdón de los ofendidos que no podían sustraerse a su encanto personal. Nadie menos que Platón se inspiró en su ejemplo para el diseño de su famoso perfil despectivo del “hombre democrático”.

En Roma, Cicerón hubo de hacer frente a su turno a ese mismo fenómeno populista, esta vez en la persona de un “golpista” en ciernes, Catilina, a mediados del siglo uno antes de Cristo (1)

              El “populismo”, tal como se entiende hoy corrientemente en Iberoamérica –o al menos lo ha sido durante los últimos años- en cuanto halago deliberado de las masas y compraventa de sus votos con la moneda de promesas cuestionables lo considero, al largo plazo, siempre incompatible con la plena vigencia de una democracia republicana constitucional.

              Para este juicio tan negativo parto en primer lugar de la visión normativa griega de la política como la “ciencia regia”, o sea, como la culminación de la vida ética de la comunidad política en su conjunto, del todo opuesta a esa otra maquiavélica a la que estamos más acostumbrados de la justificación moral del poder por el poder mismo.

O sea, que entiendo la política como actividad eminentemente racional y ética a partir de principios éticos igual de racionales.

              Por democracia, a su turno, concibo todo gobierno que cuente con el consentimiento mayoritario de los gobernados, expresado el tal consentimiento en elecciones generales periódicas por el voto igual y secreto de cada uno de los llamados a elegir (la alternabilidad en el poder público tenida por supuesta).   

              Más allá del voto mayoritario para decidir quién gobierna en un sistema democrático representativo entraño en mi concepto de democracia el de republicanismo”, es decir, el de la división y separación de los poderes que gozan del monopolio legal de la coacción, y con delimitación expresa de sus facultades respectivas por una Constitución escrita o consuetudinaria, de tal manera que se reduzcan al mínimo las posibilidades de abuso del poder por cualquiera al transgredir los límites que les están fijados.

De esta manera se ha arribado al logro de gobiernos “de leyes e instituciones”, no de las voluntades arbitrarias de individuos legalmente poderosos.

              Quien primero señaló la importancia de una genuina separación de poderes para el ejercicio republicano fue el historiador griego Polibio (2), quien creyó descubrir en ella una auténtica concordia ordinum, raíz, según él, de la estabilidad triunfante de la Roma de su época.

En aquella concepción de Polibio tal “concordia” equivalía a la presencia simultánea en el poder estatal del elemento monárquico (los cónsules), del elemento aristocrático (los senadores) y del elemento democrático (los tribunos).

              Se anticipó así por muchos siglos a la sabia advertencia producto del estudio de la historia por Lord Acton: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente (3).

              El objetivo inmediato de esta interpretación republicana de la democracia se ha resumido desde la segunda guerra mundial crecientemente en la protección y salvaguardia de los derechos humanos (o “civiles” en la tradición anglosajona), cronológicamente primero los de los ciudadanos, hoy los de todos, ciudadanos o no, referidos muy especialmente a quienes integran minorías raciales, religiosas, o políticamente heterodoxas.

Polibio, hijo de su tiempo al fin, compartía la tesis generalmente aceptada entre los griegos de que en el recurrente abuso del poder el mismo empieza por degenerar en un único hombre (el monarca que deviene en tirano), se repite por el conjunto de unos pocos (los aristócratas que se corrompen en oligarcas), y culmina hasta en una mayoría de los ciudadanos (los “demos” de la terminología griega), la “plebs en el caso concreto de Roma (4). Llegado a este punto caótico, las mismas reclaman un salvador (a caballo o en tanqueta) y el ciclo se inicia de nuevo ineluctablemente.

De ahí la originalidad para Polibio de que los diferentes centros independientes del poder se complementaran y fiscalizaran recíprocamente al mismo tiempo, la clave, para él, de un republicanismo logrado.

Los jueces y pretores, así como sus respectivos jurisconsultos, no sobresalían en este horizonte republicano con un adicional poder independiente simplemente porque la misma tradición republicana lo daba por supuesto.

Todos sabemos que esa admirable república de los romanos empezó a ser erosionada con la reforma agraria de los hermanos Gracco el 133 antes de Cristo, y que a ella siguieron otras más violentas que hubieron de dar al traste, tras un siglo de guerras civiles, hasta con la misma república (5).

Al final quedaron concentrados en unas mismas manos esos poderes independientes antes dispersos, las de la persona del emperador Augusto (en el 31 antes de Cristo). La ulterior eliminación definitiva del Senado romano del proceso de sucesión imperial a la muerte de Tiberio (en el 37 A.D.) selló para siempre la decadencia y muerte de la república.

Cuando poco más de tres siglos después fue asesinado el último emperador a manos de los bárbaros (A.D. 476), parafraseando a Sir John Hicks, “lo que murió fue un fantasma”.

Durante los mil años subsiguientes a las invasiones de los bárbaros germánicos, de entre los jirones de lo que pudiéramos llamar residuos” medievales de un pasado democrático romano (y que cimentaron la Europa que hoy conocemos), sólo podrían ser rescatados como muy modestamente equiparables la institución del jurado en la impartición de la justicia, los respectivos derechos imprescriptibles a la tierra de señores y siervos de acuerdo al derecho consuetudinario (parte esencial del “ius communeeuropeo), y el reemplazo de la “virtud” patriótica, también en nuestra tradición hispánica, por la defensa de los “fueros” o “libertades” de las comunidades ante las autoridades feudales (6).

              Con el redescubrimiento del derecho positivo romano en Bolonia, a principios del siglo XII, y su paulatina recepción por casi todo el continente hasta el XVI, aquellos últimos vestigios democráticos apenas fueron retenidos en ciertos “Parlamentos” (Inglaterra, Islandia, Hungría, Polonia…), de índole inevitablemente más aristocrática que popular.

El cambio en Guatemala.

En Guatemala necesitamos un cambio. No podemos seguir como estamos. La dignidad del guatemalteco va por las alcantarillas y  con ella los sueños de muchos, tanto los de aquellos que decidimos no migrar, como de quienes tomaron la decisión de hacerlo. Este cambio no debe ser ligero ni superficial sino de fondo y ya no podemos esperar más.
 
El cambio debe ser en lo profundo de la cultura. En nuestras raíces. En nuestra manera de pensar. En nuestra manera de tomar decisiones. Por supuesto, tiene que ser un cambio que eleve nuestra dignidad, que nos devuelva el valor y el aprecio que merece la persona que ama a Guatemala.
 
Entendemos que un cambio cultural puede ocurrir en dos vías, en un individuo o en una sociedad.
 
El cambio en el individuo puede lograrse si este cambia de cultura y de reglas de juego, a veces esto se consigue cambiando de país. La persona que emigra tiende a adaptarse a las nuevas reglas y a hacer lo que es permitido. Si en la sociedad no hay certeza en los castigos es muy probable que nadie cumpla las reglas y esta persona que inicia su vida en este sistema va a actuar sin apego al respeto de los derechos de los demás, como sucede en Guatemala. Por el contrario, si esta misma persona emigra a un territorio donde las reglas son generales y abstractas y se respetan, donde hay certeza en los castigos, donde la autoridad hace que se cumplan las normas que buscan respetar los derechos individuales seguramente será otro el ambiente. Un ambiente de paz, de prosperidad, de dignidad y de justicia. Es fácil darse cuenta que el cambio en un individuo no es tarea irrealizable. Basta con cambiar de reglas de juego para cambiar su conducta y actitud ante las normas.
 
Una tarea más compleja es cambiar la cultura de una sociedad, en un país como Guatemala. Asumir que una propuesta de reforma constitucional pueda cambiar toda una cultura es algo muy pretensioso y no es así. Pero sí consideramos que puede y debe iniciarse -iniciarse- un proceso de cambio cultural.
 
Lastimosamente en Guatemala se tiene una visión del empresario como aquel que explota a los trabajadores, como aquel que oprime al pueblo, como aquel que despoja una supuesta plusvalía. A pesar que sabemos que sin empresario no hay empresa, sin empresa no hay empleos, y sin empleos no hay techo ni pan (ni impuestos).
 
Por consiguiente, consideramos necesario refundar esta visión del empresario. Necesitamos ver al empresario como un emprendedor visionario que entrega riqueza a su país. Como aquel que da oportunidades a los accionistas, a los proveedores, a los empleados, y a los clientes. Como aquel que pone en marcha el proceso económico de creación de riqueza y no como aquel que toma injustamente una supuesta plusvalía.
 
Hoy en día no podemos salir a defensa de los empresarios, como tales, ya que hay algunos que viven de privilegios que el mismo sistema otorga. Estos no son muchos. Son pocos, pero alimentan el mismo sistema viciado. Y a quienes perjudica son a los otros empresarios que no gozan de esos privilegios. Que compiten en desventaja.
 
Con empresarios con privilegios, donde se organizan en carteles u oligopolios, el país no podrá salir adelante. En cambio, sí podremos sacar a Guatemala adelante con empresarios compitiendo en un sistema que premia la creatividad y la innovación, la calidad y los mejores precios.
 
Como tratamos de hacer ver en el inicio, un sistema de reglas hace que las personas actúen de manera distinta. El sistema de reglas e incentivos puede cambiar la forma de pensar, la actitud, y las acciones de los empresarios. Si el Estado no otorga privilegios, beneficios ni prerrogativas tendremos a los empresarios bajo las mismas reglas de juego y por consiguiente en ambiente competitivo.
 
ProReforma propone en el artículo 157 que “En ningún caso el Senado o la Cámara de Diputados emitirán Ley o decretos arbitrarios o discriminatorios, en los que explicita o implícitamente se concedan prerrogativas, privilegios o beneficios que no puedan disfrutar todas las personas que tengan la oportunidad de hacerlo.” Cambiando los incentivos de los empresarios podremos tener una nueva generación empresarial en Guatemala que va a hacer que cambie la misma visión que se tiene del empresario y que allí inicie un cambio cultural. La acción empresarial tiene efectos en muchas facetas de la vida cultural de una civilización.
 
Para superar la pobreza de miles de guatemaltecos necesitamos del empresario, de manera ineludible y no hay otro camino. No podemos despegar sin él. Es la parte más importante de la creación de la riqueza. Sin el emprendedor no se innova, no se crea, no se construye. En Guatemala necesitamos más empresarios, más emprendedores, más empresas y más trabajo.
 
Estamos seguros que con una nueva generación de empresarios -basados en la competitividad y no en los privilegios-, sin que el Estado juegue un rol de patrimonialista, podemos iniciar un cambio cultural.
 
Se ha buscado todo el tiempo, innumerables veces, seguir políticas públicas que persiguen que la economía crezca un poco por acá, otro poco por allá. Y con ello, al final del día, avanzamos en un promedio del 2 al 4 % de crecimiento económico anualmente. Si logramos un cambio en nuestra cultura económica podríamos llegar al 10% de crecimiento económico anual y en 7 años, en 7 cortos años, creciendo al 10%, duplicaríamos la riqueza del país.
 
Se incrementarían la cantidad de empleos, crecerían los sueldos, se aceleraría la economía. Hoy en día buscamos que los trabajadores ganen Q. 60 en un día laboral en lugar de Q. 50 con algún plan del gobierno. Por qué no aspiramos a que de Q. 50 pasen a ganar Q. 1,000 en un día laboral, como sucede en países como Suecia o Noruega. Necesitamos dar ese salto, salto que muchos países ya han dado.
 
Para lograr este cambio hay que eliminar el incentivo mercantilista que ha impulsado a algunos empresarios a engrosar sus patrimonios con privilegios y beneficios.
 
Cambiemos los incentivos y la visión del empresario, tengamos empresarios competitivos, que ofrezcan los mejores productos al mejor precio, en un mercado libre, sin privilegios, solo así podremos emprender el camino de la producción de riqueza, que es la única vía para superar la pobreza.


Alfonso Abril
www.proreforma.org.gt

Horario de Clases Maestría en Ciencias Sociales de Octubre a Diciembre 2009

HORARIO DE CLASES
ESCUELA SUPERIOR DE CIENCIAS SOCIALES
SEGUNDO TRIMESTRE 2009-2010

                  (Del lunes 5 de octubre al viernes 11 de diciembre del 2009)   

         

HORA

LUNES

MARTES

MIÉRCOLES

JUEVES

VIERNES

18:15
a
19:30

Bizancio: Herencia eslava e islámica
M.A. Glenn David Cox
B-600

 El legado de Hayek II
Dr. Armando de la Torre
E-501

Bizancio: Herencia eslava e islámica
M. A. Glenn David Cox
B – 600

El legado de Hayek II
Dr. Armando de la Torre
E – 501 

 Proceso Economico I
M.A. Günther Melendez
B-600

 18:15
a
19:30 

 

Consecuencias políticas de las ideas teológicas.
Dr. Alberto Mansueti
B-601

 

Consecuencias políticas de las ideas teológicas.
Dr. Alberto Mansueti
B-601

 

  19:45
a
21:00 

Entrenamiento en análisis crítico
M.A. Karen Ness 
B-600

 

Metodología de la Investigación Cuantitativa II
Dr. Danilo Palma
B-601

Entrenamiento en análisis crítico
M.A. Karen Ness
B – 600

Metodología de la Investigación Cuantitativa II
Dr. Danilo Palma
B-601 

 

 19:45
a
21:00

Negociación y solución de conflictos II
Dr. Mario Salazar
E-513

 Gobierno conservador: Rafael Carrera
M. A Guillermo Díaz- Romeu 
A-406 

 Negociación y solución de conflictos II
Dr. Mario Salazar
E-513

 Gobierno conservador: Rafael Carrera
M. A. Guillermo Díaz-Romeu
A – 406

 

 

Matrícula  Q.600.00 (trimestral)                         Servicios Administrativos Q. 272.00 (mensual)

Curso Q.1,650.00 (dividido en 3 cuotas)             Asignación a tiempo (sin multas)  26/10/09  

Retiro Contable y académico de cursos: lunes 26 de octubre 2009
Semana de exámenes finales: del lunes 7 al viernes 11 de diciembre del 2009                                                                            

Otro plazo de alivio para la izquierda incorregible

Armando De La Torre

   Entiendo aquí por “izquierda” los múltiples y muy diferentes movimientos sociales que han aspirado a redistribuir la riqueza por medio de la coacción del Estado. Además, desde el punto de vista ético, que creen factible una completa igualdad entre los hombres.
            Así simplificada, “izquierda” ha habido en Occidente desde los tiempos clásicos de Grecia y Roma. Más aún, también discernible en ciertos pronunciamientos de la literatura profética de Israel, y en algunos ensayos de vida en la Iglesia primitiva y durante la Edad Media de la Europa cristiana.
            Pero reconocible en términos ideológicos modernos sólo desde la Revolución Francesa.
            Históricamente, se podría generalizar una catalogación de la misma entre “izquierdas” democráticas y pragmáticas e izquierdas autoritarias y dogmáticas.
            A ésta última le llegó su momento  en 1917 en la Rusia imperial, y hubo de derramarse en las décadas subsiguientes, con grandes altibajos de receptividad y rechazo, principalmente por la Europa del Este, el Asia, África, y en nuestro hemisferio, Cuba. Su ápice lo alcanzó a mediados de los setenta del pasado siglo. Ahora, tan sólo quedan jirones en Corea del Norte y en esa isla antillana.     
            A la izquierda “democrática”, en cambio, su hora le ha llegado a distintos tiempos y en regiones entre sí distantes durante todo el siglo XX, en los países escandinavos, por ejemplo, hacia los treinta, en Inglaterra en los cuarenta, en Italia y en nuestra América en los sesenta, y en Francia en los ochenta sucesivamente.
            Hoy goza de un repunte al amparo de una debilitada social democracia desde Europa y de un remozado Partido Demócrata desde los EE.UU.  Por otro lado, el debatido Hugo Chávez le aporta su fantasía folklórica bien aceitada con petrodólares.
El atropello actual a la soberanía del pueblo de Honduras es el síntoma de esa confusa convivencia de izquierdas, ahora bajo la presidencia imperial de Obama. 
En el entretanto, Honduras, para sorpresa de todos, ha dejado de ser una “banana republic”. Por otra parte, Obama y Hillary no se han enterado. Por tamaña ligereza, han terminado abrazados al Foro Social de Sao Paulo, que agrupa  a lo más quimérico y ruidoso de la izquierda dicen que “democrática”.
¿The new “ugly Americans” en los zapatos otrora de Jimmy Carter y Warren Christopher? ¿Habrán leído siquiera una mala traducción del artículo 239 de la Constitución de Honduras? … ¿Bravucones para con un pueblo diminuto, pero no contra la China inmensa que aplasta al Tibet?
            Irónicamente, a ese respecto marchan al compás de la democracia “participativa” de los Castro y del “Estado de Derecho” según lo entiende Hugo Chávez. “Radical chic”.
Y rehúsan a los hondureños decentes las visas que otorgan a cualquier pedófilo de Irlanda o a traficantes de blancas de Bélgica.  Dejan en ridículo a su debilucho mensajero, Oscar Arias, mientras, inexpertos, tartamudean ante los sátrapas totalitarios de Corea del Norte y de Irán.  Y al final acaban por hacerle comparsa a un sombrerudo payaso que a tenor del sistema de justicia vigente en los EE.UU. ya hubiese estado recluido en Alcatraz, y no de agitado “huésped” en la embajada brasileña de Tegucigalpa.
Otro improvisado estreno políticamente “correcto”, esta vez el de Lula.
            Nada prueba mejor el craso desconocimiento de Obama acerca de los desechables “Latins” que su farsa montada en la OEA, valido de un chileno tan afanoso como “insulso”.
            Su primer fracaso rotundo en la arena internacional.
            En cuanto a los chapines que se rasgan las vestiduras al grito de “golpe de Estado”, no recuerdo haber oído lo mismo de ninguno de ellos cuando nuestro Congreso depuso al irresponsable y abusivo Serrano en 1993 y a continuación le encomendó al ejército nacional su forzoso traslado a El Salvador.
            Con razón se dice que el hombre es el único animal que tropieza dos, tres veces con la misma piedra… y ni cae en la cuenta.