Una bella esperanza

Una bella esperanza
Por: Armando de la Torre
            Guatemala se abre a un nuevo futuro.
            El proyecto proReforma constitucional entra en su fase decisiva. Si se logra su aprobación en la consulta popular,  de un salto nos habremos situados a la cabeza del mundo civilizado, dejando atrás el miserable cuarto mundo en el que innecesariamente vegetamos por más de un siglo. 
            Contemos nuestras bendiciones: cobijamos una espléndida juventud de ideas claras que de sobra nos compensa por esa otra tan triste de hijos abandonados que se aglomeran, resentidos,  fuera de las escuelas y los centros de trabajo, en pandillas.
            Tenemos intelectuales clarividentes, que nos marcan un rumbo sólido y promisorio anclados en experiencias propias, no utopías, y aun a riesgo de sus vidas.
            Hemos acumulado dentro y fuera de Guatemala, en capital circulante e inversiones fijas, los ahorros suficientes para un despegue rápido y triunfal si el gobierno pone de su parte la seguridad jurídica que está llamado a darnos.
            Disponemos de once universidades y de millares de otros centros de estudio elementales y secundarios para la formación de una mano de obra más calificada, cuando nos arriben las oportunidades que los gobiernos hasta ahora han inhibido.
            Nos anima un espíritu empresarial creciente, que se hace notar sobre todo desde su centro generador en el Altiplano indígena.
            Nos hallamos en un cruce estratégico entre el Atlántico y el Pacífico, y entre Norte y Sudamérica, que podría ser la envidia del resto del planeta.
            Disfrutamos de la bondad de un clima único, de la feracidad de una tierra en cualquiera de sus rincones, y de bellezas naturales para deleite recurrente de propios y extraños.
            Estamos por la fe cristiana más cerca de Dios que muchos de nuestros vecinos descreídos y más lejos de las amenazas nucleares y terroristas que la mayoría de los restantes humanos.
            Somos jóvenes en promedio,  y con una esperanza media de vida ya de setenta años.
            ¿Qué nos falta?
            Un sistema realista y eficaz de reglas del juego político.
            Ha sido nuestro talón de Aquiles desde la Independencia. El enorme sector privado que genera directa e inmediatamente el 85% del total de los empleos ha de arrastrar todavía un abultado sector público ineficiente, corrupto y miope, en este momento quizás como nunca.
            Desde 1950, ningún grupo en el poder organizado en partido ha ganado limpiamente las elecciones generales. Y desde esa misma fecha nos hemos regido por cuatro Constituciones, cada una, supuestamente, “perenne” como las de los pueblos desarrollados.
            El guatemalteco, tristemente,  jamás recibe de regreso lo que ha aportado al gobierno en impuestos directos e indirectos, dada la mala calidad del gasto público.
            Y el ejemplo moral de nuestros gobernantes ha sido, sin excepciones, de lo más deprimente y punible.
            Ahora el remedio está en nuestras manos, con la aprobación en consulta popular de las acertadísimas propuestas de 73,000 ciudadanos en torno a ciertas cláusulas de la parte orgánica, y no pétrea, de la Constitución política vigente.
            Pero se oponen los intereses creados durante décadas y décadas de sucesivos desgobiernos. Figuran entre sus detractores conservadores obtusos y desfasados que se apegan desesperadamente al “status quo” de sus heredados privilegios. También “revolucionarios”, que no logran sacarse de sus cabecitas sus ambiciones de poder totalitario  tras el que se internaron en las montañas un día… ¡por 36 años!
No menos, los apáticos e indolentes paralizados por las dádivas debilitantes que Don Alvaro y Doña Sandra les reparten a manos llenas a costa de los bolsillos de los contribuyentes, y que ellos han dado en llamar “cohesión social”, mientras dejan languidecer criminalmente la seguridad de los ciudadanos en sus personas y en sus bienes y evaporarse, en aras de su impunidad, la justicia pronta y cumplida.                             
            Pero con las bendiciones que enumeré al principio,  ¿por qué no permitirnos soñar con una Guatemala libre de esos lastres?…
            Feliz Año

AL PASO DE LOS AÑOS…

AL PASO DE LOS AÑOS…
Por: Armando de la Torre
            Nacemos y morimos
            ¿Es eso todo?
            El Evangelio afirma que no. Ciertos exaltados evolucionistas de los Estados Unidos, en cambio, nos han venido a visitar recientemente para comunicarnos la para ellos genial novedad de que la teoría de Darwin hace innecesaria la hipótesis de un Creador. Y centran sus ataques sobre todo desde la ausencia de indicios de un “diseño inteligente” a la base de todo lo que  existe. Un reciclaje de la vieja idea epicúrea de lo fortuito a la raíz de cualquier experiencia “inteligente”.
Endeble argumento.
Para quien a priori sólo están dispuesto a aceptar la realidad de causas eficientes concatenadas mecánicamente, por supuesto que las causas “finales”, es decir, propósitos,  objetivos, intenciones, metas, aun la mera libertad al actuar, le resultan indescernibles.  
Pero para quienes permanecemos  abiertos a la realista eficacia de causas finales en cualquier cambio de nuestras rutinas diarias, o aun en las inesperadas de nuestras experiencias del cosmos, todo aquello que los griegos englobaron bajo el término de “télos” nos resulta, en cambio, todavía enteramente plausible. Desde tal ángulo, el argumento de los evolucionistas se nos muestra  lógicamente inválido.
Las llamadas ciencias “sociales” se construyen exactamente sobre el mismo supuesto:  que es imposible entender cualquier hecho histórico sin que se recurra hipotéticamente a algún diseño previo en la mente del que actuó. Y la existencia de nuestro sistema planetario, por ejemplo, es un hecho histórico dado que se sitúa en el tiempo y el espacio entre el “Big Bang” y este momento.
            Negar, pues, que todo lo que existe pueda responder a una voluntad creadora es suponer lo que en primer lugar habrían de demostrar. A esos negativos dogmáticos los asocio con aquellos positivistas lógicos de hace unas décadas que negaban de entrada la posibilidad de toda metafísica validos para ello de un principio estrictamente “metafísico”, el de la verificabilidad experimental de cualquier “verdad” que se presuma científica.
            Además, semejante posición choca con la vivencia, compartida por muchos, del sentimiento de providencia, en especial cuando hemos superado una crisis que creíamos muy grave o aun fatal.
            El mal entendido evolucionista es una negación, encima, de lo universal de lo estético, que hubo de  arrancar del salmista un día la exclamación: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento anuncia la obra de sus manos”, y de Agustín de Hipona la confesión  contrita “!Qué tarde te he conocido!”, y que Kant, a su turno, juzgó la única prueba razonable de la existencia de Dios.
            Esta ha sido la línea de razonamiento que llevó a Anselmo de Canterbury a la fe que busca “entender”, y a Kierkegaard, Rahner y Karl Barth en nuestros días a dejarse seducir por todas las  “paradojas” implícitas en el misterio de la Encarnación, y que a Chesterton hasta le hizo reconocer que a la fe de la Iglesia le “acercó lo que de ella debería haberlo alejado”.
            Hume, el agnóstico, volvió las armas de la razón contra la razón misma, y esto parece habérsele escapado a la  atención  de esos darwinianos de última hora no muy duchos en la especulación filosófica, es decir, aún prisioneros inconscientes de sus propias falacias racionales.
            Nuevo Año, nuevo lapso para planes y propósitos sólo explicables si la libertad es un rasgo distintivo de lo que constituye lo humano en el cosmos.
            Henri de Lubac, en su libro “El Drama del Humanismo ateo”, desarrolló con brillantez la tesis de que todo lo que empieza por matar a Dios acaba fatalmente por volverse contra el propio hombre. Así sucedió, no lo olvidemos, con el movimiento eugenésico que desembocó en el Holocausto.
            Una teoría de la evolución que excluye a Dios habrá de conducirnos de vuelta al mismo punto de donde arrancó: la Nada.
            Y en ese caso, Jean Paul Sartre tuvo razón al calificar la vida de cada uno de nosotros de “pasión inútil”.
            También la de los darwinistas…

Un legado de Navidad

Por: Armando de la Torre
            Las celebraciones en torno a esa fecha epocal se nos han vuelto rutina de fin de año. Nada menos apropiado para los mensajes decisivos que encierra.
            La Navidad no sólo habría de significar un cambio radical en nuestra comprensión del cosmos y de nuestro lugar en él, sino también una “eine Umwertung aller Werte” al estilo de lo pretendido por Nietzsche en su “Anticristo”, es decir, la transmutación de todos los valores. Me resulta irónico que quien proclamó “la muerte de Dios” con tanta vehemencia ahora me pueda ser útil para escudriñar la trascendencia de Su intervención en la Naturaleza y en la Historia. 
            Los episodios en torno al nacimiento de Jesús en Belén han sido amplísimamente debatidos, tanto más cuanto que su único cronista, Lucas, que no había sido testigo presencial de los hechos, tan sólo se limitó a procesar la información que afirma haber diligentemente recogido de la boca de María, la Virgen madre del portento, y de las de sus más allegados.
            De ese trozo del Evangelio de la infancia de Jesús podemos derivar valiosísimas conclusiones.
La primera es que evidentemente el dinero no hace la felicidad. Una gruta en las afueras de un pueblo miserable no empañó el gozo de los padres y de unos pocos pastores solidarios que cuidaban de sus rebaños en la cercanía.
            El episodio muy posterior de unos magos llegados del Oriente caldeo se puede ponderar no sólo como “epifanía” (en griego, “mostrarse”) a los “gentiles”, sino también como ocasión para un despliegue contrastante de la miseria humana de siempre en la envidia y suspicacia de Herodes, el inseguro “rey” impuesto por los ocupantes romanos.
            Esa tónica de la insignificancia de los bienes materiales para nuestra felicidad se habría de mantener en los demás relatos evangélicos hasta la desnudez oprobiosa de la muerte en la cruz, en oposición con tanta codicia y apego a lo propio que nos caracterizan.
            Pero más me interesa aquí subrayar la hondísima dimensión ética de lo ocurrido: el comienzo de la interiorización del sentido de la responsabilidad moral, que se torna cada vez más íntima y oculta a los ojos de los demás.
            El nacimiento de quien hemos hecho pivote central del calendario mundial les fue desconocido a sus contemporáneos. A la usanza meramente humana, sólo a los poderosos les eran festejados el nacimiento con gran pompa y ceremonia. Sin embargo, lo recóndito de la llegada de tamaña Persona fue aceptado y bienvenido por sus actores principales. Les bastó vivirlo en la intimidad. Desde ese instante, el énfasis quedó puesto para nosotros en la discreta interioridad de la conciencia, en las intenciones de nuestros actos, y no tanto en sus consecuencias observables. De ahí la admonición ulterior de que “cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”, o la de que “cuando ayunéis no pongáis caras tristes, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan”. También las reiteradas condenas en otros contextos de los mismos, que terminan en cuanto  presuntos “santos” en meros “sepulcros blanqueados”.
            La pobreza y el anonimato del nacimiento de Jesús pueden ser registrados de signos anticipados de su lapidaria defensa ante quien lo condenó a ser crucificado: “mi Reino no es de este mundo”.
            Tampoco se descubre el más leve rastro de resentimiento contra cualquiera porque hubiese despreciado lo humilde de su cuna. Al fin y al cabo, por amor a sus enemigos, clamó “perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen”.
Lo más sublime de la ética cristiana, tan remota a la intransigencia y a los cálculos prudenciales de la vanidad humana. Es el impulso del samaritano incógnito que rescata del abandono a un perfecto desconocido llagado y olvidado. O de la viuda que todavía se siente obligada a donar sin testigos su último óbolo. O del “buen” ladrón que en público no se reconoce con más mérito que el del merecer el castigo, o del publicano, cada uno de nosotros, que sólo habría de confesar que es pecador…
 

Antes y después de Cristo

ANTES Y DESPUES DE CRISTO

Por: Armando de la Torre

            En unos días nos habremos adentrado en el año 2010… Anno Domini, “después de Cristo”.

            ¿A qué viene tal referencia al calendario cristiano? ¿Acaso no contamos con otras igual de significativas? ¿La de los judíos, por ejemplo, o de los musulmanes, o de los hindúes,…?

            Sí las hay, pero no para la entera humanidad.

La “era común”, como ahora se le dice, arranca de un hecho único. Conmemoramos algo que nos deslumbró cual relámpago en esa larga noche de “pasiones inútiles” que tan sólo veía en cada uno de nosotros Jean Paul Sartre.  

Según críticos modernos, el nacimiento de Jesús en Belén ocurrió de cuatro a siete años antes de la fecha litúrgicamente fijada desde hace milenio y medio por un monje de sobrenombre Dionisio “el Exiguo”.     

Pero no es lo exacto de la fecha lo importante sino la trascendencia del evento.

Misterio clavado para siempre, el de lo infinito encerrado en lo finito, de lo eterno encapsulado en el tiempo, de lo etéreo hecho visible en la carne y audible en el llanto, del Todopoderoso, en fin, reducido a la impotencia del niño. También se le podría entender a la inversa, como  la divinización de lo humano.

Y desde la paradoja de aquella noche, somos todos hombres nuevos, en una tierra nueva, y bajo un cielo nuevo.

Feuerbach, sin embargo, lo entrevió al revés, en cuanto mero símbolo del hombre que crea con su imaginación a Dios. Marx, peor, como simple opio, y para Ayn Rand, el absurdo por antonomasia.

Con Kierkegaard, en cambio, y con muchísimos en su cauda, lo entendemos una paradoja divina más, tan inasequible como cualquiera de aquellas otras del humillado en la cruz que es exaltado, o del dolor que nos prepara para una felicidad que no cabe en entendimiento humano, o de la muerte que se nos volverá vida, y vida abundante.

Es imposible reconstruir nuestro mundo como era antes de la irrupción de Cristo en la Historia. “Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora, campos de desolación, mustio collado, fueron un tiempo Itálica famosa…” Pero sus vestigios perduran, que nos hacen de cada patria en este planeta  un exilio que se niega a morir. Pues, al fin, “vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero…”.

Las múltiples formas de la esclavitud al pecado, por ejemplo, las de otrora y las de hoy, o las tantas locuras de la ignorancia, en la Pompeya descuidada a la sombra del Vesubio o en los juegos de azar de Las Vegas contemporánea, o aun la mera fragilidad del cosmos, y la de nosotros, hombres y mujeres, con él arrastrados en su vertiginoso desplome hacia su extinción, nos deberían valer de otros tantos recordatorios de que el reino de los cielos, como nos lo enseñase Jesús de Nazaret, ya está incoado, pero aún no consumado… hasta en otra vida.

   “Los caminos de Dios no son los nuestros”, los del tiempo, del espacio y de la lógica analítica. De ahí que al revelársenos, la “paradoja” sagrada inevitablemente se nos antoje omnipresente, lo que parece confirmar aquel aserto de Heidegger acerca de que el poeta penetra más hondo en la realidad que el filósofo o el científico experimental. Y a lo que hasta nos exhortó también uno de ellos, Robert Browning, cuando ante un cuadro de un pintor renacentista  especuló que  “a man’s reach should exceed his grasp”, que el alcance de un hombre habría de superar lo que puede asir.  

La poesía profunda del Antiguo y del Nuevo Testamento es obra de conjunto entre lo misterioso de lo divino y la intuición de lo sobrenatural en el humano. Es “la razón del corazón que la razón no comprende”, que dijo Pascal. Tiene ya miles de años de ser cantada y de que cada canto se cante como si hubiere sido hasta ese momento inédito.

Porque, después de todo, tal vez habríamos de volvernos niños transparentes, como provocó Jesús a Nicodemo.

Precisamente la magia paradójica de cada Navidad… Que a cada una nacemos de nuevo.        

 

Bravo Catrachos!

¡Bravo, catrachos!
Por: Armando de la Torre
            Por darnos al resto del mundo una gran lección de sentido común.
            El 29 de noviembre, además, vivieron esplendorosamente su independencia nacional, a los 188 años de haberla proclamado, con una participación masiva de electores en paz, en orden, y sin reserva alguna por parte de los observadores extranjeros presentes.
            Todo parecía confabulado en contra de ustedes, nuevo David frente a los viejos Goliats  de allende los mares: la negación de visas estadounidenses, el retiro de la “ayuda” europea, las amenazas bélicas del “Alba”, las trapisondas de Insulza, la cobardía de sus vecinos, la gritería del envalentonado irresponsable “Mel” Zelaya.
            Y de paso supieron notificar a neófitos imprudentes, Obama, por ejemplo, en éste su primer traspiés de bulto en política exterior, y por extensión a Lula Da Silva, a moverse más con pies de plomo, a este último en ese lamentable escarceo inicial suyo hacia un posible posicionamiento  “imperial” brasileño en el ámbito de la Iberoamérica de habla castellana.
            Todavía más, les han hecho sentir a Hugo Chávez y  compañeros de ruta –entre ellos “nuestro” Alvaro Colóm- cómo aprender a tratar en su propio suelo a las autoridades delincuentes con apego a la Constitución y sin recurrir a una CICIG.
            Y a la Unión Europea le han hecho ver que mejor apartan su vista de nosotros y la fijan en sus problemas internos de envejecimiento, subsidios estúpidos, déficits presupuestarios, paro creciente, disputas étnicas por cuotas de poder al seno de la Unión, la amenaza potencial de los  inmigrantes islámicos, el apaciguamiento de los Balcanes o, siquiera, de cómo asegurarse sus flujos de energía no renovable en pleno invierno…
            “El gobierno más cercano al pueblo es el mejor”, y ése, parientes trasatlánticos, está en Tegucigalpa.
            Ustedes, los hondureños, han rescatado a nivel mundial para nosotros, sus contemporáneos, algo muy precioso y sensato: que nadie sabe más y mejor de los asuntos propios que uno mismo, y que las buenas intenciones de quienes se entremeten en lo ajeno ni bastan ni nos ahorran el camino al infierno.   
            Quizás a nuestros queridos “catrachos” les resulte novedoso enterarse de que han hecho historia universal, y que esa actitud soberana ya la había recomendado a todos los pueblos un inglés sabio del siglo XVII por nombre John Locke. Fue ese nada menos el espíritu que animó a Hidalgo, a Bolívar, a San Martín, a Martí, cuando decidieron sacudirse la tutela de la monarquía española.
            Incluso ustedes  me hacen evocar a los griegos de la etapa heroica, cuando pocos, pobres y fragmentados en clanes y tribus se enfrentaron victoriosamente a los persas, muchos, ricos y unificados bajo un tirano.  Ahora acaban de derrotar, valga la metáfora, y al estilo de aquellos griegos, la tiranía de la “corrección política” que se nos dicta desde Washington, Nueva York o Bruselas. Algo parecido a lo que evidenciaron los endurecidos pastores de la Suiza medieval ante un inescrupuloso rey francés de su tiempo y no menos prepotentes emperadores germánicos. Esa  misma respuesta fue la de los prácticos comerciantes en la Holanda republicana ante el austero y oscurantista Duque de Alba.  Y no menos similar, la de aquellos “colonos” británicos en América que se alzaron en 1776 contra los dictados de su supuesto Parlamento… ¡en Europa!
            Y a la visión marxistoide local de que lo que importa es quién gobierne han sabido  contraponer exitosamente esa otra del Estado de Derecho, según la cual lo que sobre todo se espera de quien gobierne, sea por elección, herencia, o simplemente impuesto, ha de ser que no abuse de su poder.
            La revancha del sentido común del hombre común, aun de posibles analfabetas honrados y laboriosos que armados de un sencillo alfiler terminan a veces por desinflar a tanto leguleyo hinchado y a tantos sopladores eruditos de globos teóricos.
            ¿Qué más? 
            Muchas gracias, varoniles catrachos.