¿Avanzan, de veras, las ideas “socialistas” en Iberoamérica?

            No lo creo, más bien me inclino a pensar lo contrario.

            El acelerado crecimiento del autoritarismo “de izquierda” durante la última década  en Iberoamérica (Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua los más extremosos) provoca mucho ruido retórico en los medios masivos de comunicación internacionales.

Encima, el benigno coqueteo hacia ellos por algunos otros gobiernos de la región, sedicentes “social demócratas” (el de Correa en Ecuador, de Lula en Brasil, Colom en Guatemala) les sirve a los primeros de cierta caja de resonancia para incrementar unos cuantos decibeles más sus pronunciamientos.

            El tan mentado “socialismo del siglo XXI”, sin embargo, se ha evidenciado en sus actos como no más que un exangüe y superficial reciclaje de “consignas” gastadas y obsoletas, entresacadas impulsivamente de las diversas  versiones del socialismo real del siglo XX.

En los hechos, se ha traducido de momento a un debilitamiento de los derechos de propiedad y de hostigamiento gubernamental en ciertos países a la libre expresión del pensamiento, sin haber llegado todavía, empero, excepto en Cuba, a las violentas colectivizaciones estatizantes cuyo símbolo más aplastante, el Muro de Berlín, se derrumbó con estrépito en 1989, poniendo fin a más de setenta años de deshumanización sistemática.

            Si algo ha hecho también más resonante la palabrería demagógica de Hugo Chávez ha sido el soporte de abundantes petrodólares con que la acompaña, a diferencia de la de hoy moribunda de Fidel Castro.

            Inclusive, ese experimento “comunista” en Cuba ya se percibe mundialmente como un total fracaso, hasta por muchos de esos mismos que se manifiestan  en alguna sintonía con el “socialismo del siglo XXI”. Es muy fácil discernirlo: la “izquierda” apenas hace alusiones hoy del protagonismo de Fidel Castro de ayer.

Por otra parte Venezuela, en cuanto Estado benefactor, se encamina ineluctablemente hacia una condición de Estado “fallido”, y el mensaje empieza a calar hasta las masas “chavistas” de la propia “república bolivariana”, a través de la vivencia en carne propia de la más galopante inflación actual del hemisferio, la escasez progresiva de los artículos de consumo de la canasta básica familiar, los índices más altos de delincuencia callejera de toda su historia, la ausencia de inversiones del extranjero que hubieran generado empleo, la contracción de la producción agrícola e industrial, la cada vez más aguda polarización social, la corrupción generalizada en los procesos de la justicia civil, penal y procesal que golea a todos, la ausencia de representación en un parlamento sin figuras opositoras, los choques con la Iglesia al interno  y los continuos roces diplomáticos al externo con su vecina Colombia, con los Estados Unidos, Israel, la Unión Europea, México, Perú y aun Chile.

Súmese a todo ello una sostenida fuga masiva de capitales y una emigración cada vez más abultada de talentos nativos, repetición a la letra aunque algo más lenta de la nefasta experiencia de los cubanos en la década de los sesenta.

Pero nuestras progresivamente más educadas clases medias, entretanto,  se muestran mejor informadas de esas realidades, a todo lo largo y lo ancho de Iberoamérica.

            Asímismo, los éxitos contemporáneos del libre mercado, pese a la reciente crisis financiera mundial y lo costoso de las guerras contra el terrorismo islámico, dan impulso entre nosotros a avances paralelos hacia la consecución o la preservación de estados de derecho genuinos como en Chile, Colombia, Perú, Urugüay, Panamá o Costa Rica, que  hacen resaltar para nuestros pueblos una alternativa en su futuro válida al mendaz “socialismo del siglo XXI”.

            Ni son de olvidar el diluvio de sucesivos “milagros económicos”, desde la segunda guerra mundial, a partir del de Alemania en la década de los cincuenta, y mayormente entre las economías nacionales del Asia (los famosos “tigres asiáticos”), con el énfasis desde un inicio puesto en la promoción de exportaciones y no en su sustitución –al contrario de lo aconsejado para nosotros por los teóricos “de la dependencia” (en torno a Raúl Prebisch y la CEPAL), que tanto a su turno influyeron en los teólogos católicos de “la liberación”-.

Otros ejemplos más cercanos en el tiempo, como los de algunas economías resurgentes en el antiguo bloque soviético (Estonia, Eslovenia, la República Checa) se erigen en reiterado e imponente recordatorio para el más elemental sentido común, de lo desacertado en nuestros días de cualquier enfoque colectivista. 

            Inclusive, esa cada vez más estrecha colaboración de fachada entre los autoproclamados “socialistas del siglo XXI” y los autócratas islámicos asociados en la opinión pública con el terrorismo de la “jihad” los vuelve crecientemente repugnantes a los ojos de los amantes de la libertad y de la paz.

            El sueño de las utopías colectivistas, pues, ya se soñó, pero los “socialistas del siglo XXI” todavía no se han enterado.

            También se podría tomar el incidente hondureño de hace casi un año como una prueba adicional del incipiente cambio en la marea de la opinión política iberoamericana, que nos aleja cada vez más del “socialismo del siglo XXI”.

            Pero no debería preocuparnos tanto ese pretendido “socialismo” de mentirillas que algo molesta como la búsqueda sistemática por identificar lo que sí queremos.

            Aquí entra el tópico inevitable de nuestra obligación de educarnos y educar. Es decir, de refinar nuestros conceptos e hipótesis en el supuesto pascaliano de que “el esfuerzo mental por aclararnos las ideas es el fundamento de toda vida moral”.

            La ética pública se ha descuidado demasiado entre nosotros por muchos años. Tal vez el esfuerzo obsesivo por construir Estados benefactores modernos nos ha desviado del de prestar una atención prioritaria a la dimensión ética en nuestras  opciones públicas. Y así hemos llegado a la práctica, apenas cuestionada, de que en política, sobre todo acerca del régimen de justicia social, “el fin justifica los medios” (Cárdenas, Vargas, Perón, Castro,  y demás émulos…)

            Por eso mismo, el éxito local y pasajero del “chavismo” de la última década en Sudamérica no nos debe distraer de tal esfuerzo educativo, muchísimo más importante que hallar lo que haría imposible su recurrencia: el sentido deliberado de obligación moral al escoger o utilizar medios para nuestros fines.

            Desde el estricto punto de vista de la experiencia histórica, nuestra primera línea de defensa habría de constituírla la reafirmación vigorosa de los derechos de todos a la propiedad privada, incluída la del subsuelo. A esto no le han asignado la suficiente importancia nuestros tratadistas jurídicos iberoamericanos. Herencia, creo yo, del abrumador positivismo “científico” de August Comte (sobre el que se construyó más tarde el jurídico de Hans Kelsen), entronizado a fines del siglo XIX, y que abrió el espacio a las “revoluciones sociales” del XX. Olvidamos que los esclavos lo fueron en cuanto no se les reconocía tal derecho a la propiedad, que los dejaba en consecuencia indemnes por no disponer de ulteriores medios con que defender todos sus demás derechos, empezando por los derechos a la libertad y a la vida.

El caso de Cuba quizás sea el más transparente. Fidel Castro se ha valido astutamente por medio siglo de la supresión de hecho en la isla de la propiedad privada para consolidar su férrea dictadura totalitaria, mientras hacia el exterior, simultáneamente, obnubilaba nuestra atención hacia sus atroces atropellos a los derechos humanos de todos mediante un virulento antiyanquismo.  

            Una segunda línea nuestra de defensa debería ser la salvaguardia incondicionada del derecho a la libre expresión. Sin ello los pueblos se arrastran a ciegas hacia su propio despeñadero, en este caso el “socialista del siglo XXI” al estilo venezolano.

            Una tercera línea de resistencia la habría de constituír la voluntad solidaria de todos los hombres y mujeres libres para quienes vivir en sojuzgamiento a tiranos es lo único que no se puede aceptar, y ello desde el primer gesto de despotismo. No somos islas, mucho menos átomos disasociados…

Tal voluntad solidaria se acaba de concretar ejemplarmente en Honduras, donde el pueblo mayoritariamente a través de sus instituciones más representativas (el Congreso, la Corte Suprema, la Corte de Constitucionalidad, el Fiscal General, la Contraloría de Cuentas, el Ministerio Público), con el apoyo moral de las iglesias, frenó el intento golpista de Manuel Zelaya en la línea de lo ordenado por Hugo Chávez.

            Lamentablemente, esa misma voluntad solidaria con el pueblo hondureño no se dio en la OEA entre los embajadores de las Américas por el entrometimiento ilegítimo de Lula Da Silva, Daniel Ortega y, una vez más, de los hermanos Fidel y Raúl Castro del brazo de su financista, Hugo Chávez.

            “No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista” reza el viejo refrán castellano. Ya parecen discernir los disidentes cubanos la primera luz al final del larguísimo túnel en el que han vegetado por más de medio siglo, mientras paralelamente los “socialistas del siglo XXI” perciben las sombras que los habrán de engullir definitivamente a un relativo mediano plazo.

A la antipatía de los gobiernos de Canadá, Estados Unidos y México hacia el “socialismo del siglo XXI” se añaden las graduales medidas restrictivas de la Unión Europea, de Israel y del Japón hacia el intercambio comercial con esos regímenes que se califican a sí mismos de pseudosocialistas.

Nos queda por delante regresar todos a un concierto  panamericano que subraye, como lo proclamó en el siglo XIX el mexicano Benito Juárez, la obligación, tanto por parte de los Estados como de los individuos, de tener siempre en cuenta la prioritaria divisa “el respeto al derecho ajeno es la paz”.

            Ello implicaría, adicionalmente, algunas reformas profundas a nuestros códigos civil, penal y procesales, para asegurar más efectivamente la integridad de las personas en sus cuerpos y en sus bienes frente a las agresiones de los poderosos, visibles o no.

Para ello hace falta un profundo examen de conciencia por cada quien sobre nuestros respectivos contratos sociales constitucionales. Hemos tendido repetidamente  a fracasar porque no le reconocemos su lugar preeminente a la cláusula de la separación de poderes supremos autónomos e iguales entre sí, la esencia de todo republicanismo, de manera que de veras contemos con “repúblicas” respetuosas de las minorías, y no monarquías presidenciales electas por plazos de cuatro, cinco o seis años.

Pero este tema queda para otra ocasión.

           

              

Programa

 

ESCUELA SUPERIOR DE CIENCIAS SOCIALES                               AÑO  2010-2011

Curso: El Futuro de la religión                                                                   Primer trimestre

Catedrático: De la Torre

 

 

PROGRAMA

 

            Soy consciente de que el título de este curso es demasiado pretencioso y que, además, tomado a la letra, es  imposible. Pues tratamos de algo que sólo puede ser apreciado como la flor del espíritu libre y la libertad, por definición, excluye la predictibilidad que sí logra en buena parte la mente racional (en las ciencias naturales, por ejemplo) acerca de todo aquello por  debajo de lo que se considera propia y específicamente humano.

 

            Sin embargo, siempre podemos anticiparnos, validos del principio de analogía con lo pretérito, a lo que se nos presenta a grandes rasgos como  por venir. La psicología, la antropología, la sociología, la historia, la praxeología y demás ciencias de la conducta, parecen proporcionarnos premisas validas para las conclusiones de la especulación filosófica y la de las hermenéuticas de los teólogos.  Encima disponemos, desde la perspectiva del creyente, de ciertos símbolos e “indicios” de una voluntad superior e irresistible que en alguna forma parece querer revelarnos la verdad acerca de lo que los griegos llamaron “cuestiones últimas” (ésjata): la vida eterna, la muerte individual, el juicio universal, el final de este mundo y la creación “de una nueva tierra y un nuevo cielo”, etcétera…

 

            El concepto de “fe” lo restrinjo a cada asentimiento de la razón humana que se fía de cualquier pronunciamiento “histórico” que se acepte en cuanto llegado gratuitamente al hombre por voluntad de Dios.  De esta manera, la vivencia que más nos interesa es la del creyente monoteísta  en cualquiera de las múltiples variantes del judaísmo, del cristianismo y del Islam. Otros monoteísmos exclusiva y demostrablemente producto de los razonamientos de nuestra mente  no los tendremos en cuenta excepto como puntos de comparación para el monoteísmo de cuño histórico.

 

            Por “futuro” entiendo lo que aún no ha acaecido pero que resulta más o menos previsible en diversos grados de probabilidad, dada la condición humana. Por tanto, no atenderé a posibles  alteraciones en el rito, o en las estructuras eclesiales, o en la pastoral propiamente religiosa sino en las “actitudes” hacia Quien percibimos como nuestro Creador y Redentor estos peregrinos que somos todos nosotros y nuestros descendientes.

 

            Ese  futuro arranca ya en el presente, por consiguiente, de la mente “moderna” que, a vuelo de pájaro, traslapo con el Humanismo del siglo XVI, la revolución científica del siglo XVII, las “revoluciones” políticas del siglo XVIII, la industrial del XIX (y con sus repercusiones sociológicas totalitarias), y la “posmoderna”,  de la segunda mitad del siglo XX a nuestros días. Es al mismo tiempo paradójicamente  “lección” mundana previa para el ejercicio de la virtud de la esperanza, que los cristianos solemos elevar a la categoría de “virtud teologal” por excelencia.

 

            Mi preocupación principal consiste en la identificación de aquellas aristas de la cultura que nos es contemporánea que nos dificultan en nuestros días  la vida de la fe y del amor y que nuestros antepasados apenas pudieron entrever.   El laicismo imperante, por ejemplo, que ha hecho para innumerables hombres y mujeres muy difícil  la fe “ex auditu” (por el oído), como lo testificó recientemente referido a sí mismo el premio Nobel de Literatura portugués José Saramago. O el Zeitgeist de la cultura de nuestro tiempo, “entertainment”, que tanto debilita al esfuerzo por meditar y colocar en los nichos prioritarios de nuestros afanes de adultos la entera vida interior de cada cual.  O el rechazo que se da como por imperativo randiano de “lo sobrenatural”, en cuanto inaceptable para el orgullo de la moderna razón “autónoma”. O la iracunda negación del “pecado”, irreconciliable con la pretensión renacentista “de infinita dignitate humana” o quizás con  la pretensión no menos altiva del hodierno psicoanálisis freudiano. O la necesidad de la oración, como el supuesto inútil y alienante que tanto menospreciaran a su turno David Hume o Ludwig Feuerbach, o hasta el menosprecio de la historia en cuanto fuente menos de fiar que las de las ciencias experimentales. O su corolario, la degradación ulterior de toda tradición al nivel de la “superstición”, en el sobreentendido muy equivocado que el conocimiento humano no está disperso y desigual por toda la raza sino hipotéticamente concentrable en la mente de un “Big Brother”, como lo esperó trepidante George Orwell. O aun la misma reducción de todo lo humano a sus componentes meramente genéticos, devenida así “materia prima”, sin atisbo de personalidad alguna para el superhombre stalinista o el nazi.        

 

             También incluiré referencias paralelas a las “cosmologías” recientes productos de los novísimos avances tecnológicos y científicos en la investigación espacial, con una atención  muy particular al “fenómeno humano” cual lo interpretó Teilhard de Chardin y sus posibles proyecciones.

 

            Las lecturas serán asignadas a lo largo de las exposiciones. Para el comienzo me pienso valer de “Religion and Modern Man – A Study of the Religious Meaning of Being Human -” , escrito por John  B. Magee, profesor de la Universidad de Puget Sound y editado por Harper and Row en 1967.

 

            Hoy día son legión las publicaciones en torno a los tópicos que nos ocuparán, algunas de calidad muy excepcional, a las que nos referiremos a lo largo de las exposiciones.  

 

            Se espera de todos una puntualidad exacta y sin excusas. Quien por cualquiera razón omite una clase, puede recuperarla si acude a la señorita Rebeca Zúñiga, encargada de la filmación y archivo de todas las clases  y localizable en la planta baja del edificio de la Escuela de Negocios.

          

 

           

Indefensión

Por: Armando de la Torre

 

            Desde la óptica de Thomas Hobbes, la Guatemala de hoy, la de Alvaro y Sandra Colom, la del resto de analfabetas funcionales que se proclaman “socialdemócratas” en el gobierno sin darnos indicio alguno de que entienden lo que tales términos significan, esa Guatemala del embuste y la malversación de la “Cohesión Social” tornada en paraíso de narcotraficante y baluarte impune para los malhechores de la ex guerrilla, el témpano, encima, de hielo muy “solidario” hacia el sufrimiento de tantas víctimas humildes de los diarios salvajes atropellos callejeros, esta Guatemala que ya se ha salido del “contrato social”, el punto universal de arranque de toda civilización, para regresar al “estado de naturaleza”, es la Guatemala otrora cristiana, más antes gloriosa cuna de los mayas, donde ahora cada hombre se hace lobo para cualquier otro y la triste vida se le antoja a cada cual “solitaria, pobre, repugnante, brutal y”, sobre todo, “corta”.  

 

            Hemos tocado fondo.

 

            Jurídicamente esta situación se traduce al concepto de “indefensión”, aunque la legislación nacional no lo reconozca todavía en sus códigos como figura legal. Tampoco aún reconoce en referencia a abogados y jueces la de la “obstrucción de la justicia”, pero su día, espero, también llegará.

 

            En realidad su uso es de más provecho en el derecho procesal que en los sustantivos civil y penal. Pero refleja nítidamente la situación de los catorce millones de personas que aquí sobrevivimos.

 

            Sólo podría darse un cambio radical en tal estado de cosas a través de reformas fundamentales a la Constitución vigente. Setenta y tres mil ciudadanos las solicitaron hace unos meses al Congreso mediante el recurso a una “consulta popular” al respecto, pero, como era de esperar, los diputados ni siquiera se tomaron la molestia de llevarlas al pleno.

 

            Es decir, que los malabaristas políticos que desde 1985 nos han obsequiado este relajo tuvieron a buen recaudo dejar estipulado en la misma Charta Magna que nada se pudiera emprender tocante a ella que no pasase previamente por sus manos o las de sus correligionarios.

 

Igual se aseguraron también de que nadie pudiera llegar al parlamento o al Ejecutivo que no fuera miembro ex officio de las maquinarias partidistas que otros titiriteros, semejantes a ellos, pomposamente llamados “Secretarios Generales”, habrían de manejar a su placer y capricho.

 

Incluso todo lo apuntalaron con una vergonzosa subordinación del poder judicial al poder legislativo y, en menor escala, al ejecutivo.

 

Desde entonces nos deslizamos imparablemente cuesta abajo.

 

En Guatemala contamos con muchos talentos logrados, con reservas morales sólidas, con instituciones públicas que si funcionan -como el Banco Central o algunas municipalidades-, y con un medio ambiente rico y diversificado, en una conjunción estratégica envidiable, cerca del mercado más grande y próspero del globo. Es más, a mis ojos no sólo cuenta con una creciente juventud de ideas claras que constituyen la certeza a largo plazo de un mejor futuro sino aun de realizaciones que pueden servir de ejemplo al resto del mundo, como el movimiento auténticamente solidarista de ya casi medio siglo de antigüedad, los parques del IRTRA, la Universidad Marroquín, o la ley de telecomunicaciones, probablemente modelo de legislación para el entero mundo.

 

Pero mientras permanezcamos atados y amordazados por una constitución “política” primitivamente “desarrollada” más allá de un sistema funcional de pesos y contrapesos y de numerosos rasgos privilegiantes muy  feudales, continuará el desfile de todas esas joyas que nos dicen, pretenciosos que son, que “nos gobiernan

 

            Palabras-código con las que nos comunican que ya nos lograron arrastrar de regreso al “mundo de la naturaleza”, al de los “motivos del lobo” del clarividente Hobbes, donde nunca restañará nuestras heridas el bálsamo humanísimo de un San Francisco de Asís.

 

            ¿Habrá algo que se parezca más a un infierno merecido?…

¿Dos Guatemalas pero una justicia?

¿Dos Guatemalas pero una justicia?

Por: Armando de la Torre

            Estamos más lejos que nunca de la impartición de una justicia igual para todos.

            Desde el punto de vista del análisis económico del derecho, su costo sería relativamente fácil de computar en nuestros miserables y en nuestros analfabetas, en nuestros jóvenes emigrantes, en lo endeble de nuestra infraestructura, el envilecimiento de nuestra independencia, la desmoralización generalizada por el diluvio de pésimos ejemplos que nos llueven a diario desde los impunes en el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial…

            Quiero aducir un caso de mi conocimiento personal: el del ingeniero químico y catedrático universitario de economía Jorge Mario Nufio, hombre sumamente capaz y productivo, docente muy popular entre sus alumnos por la claridad de sus exposiciones y el entusiasmo generoso con que las dispensa, empresario exitoso y asesor muy apreciado. Pero con el defecto de una excesiva confianza -muy “sancarlista”- en el potencial del Estado para hacer bien y reducir el mal.

            Por un tiempo fue consejero económico de Ríos Montt en el Congreso. “Crimen” imperdonable a juicio de los adversarios políticos de ese caudillo, y también de algunos columnistas de opinión en la prensa escrita.

            Su “castigo” no se hizo esperar. El 21 de mayo del 2003 salió a la luz pública el desfalco a un fideicomiso que administraba el Banco Uno con fondos por Q.350 millones procedentes del IGSS, avalado por los cinco miembros de su Junta Directiva. Por ello purga cárcel, tras ser vencido en juicio, el entonces gerente general del IGSS, César Sandoval Morales. Su dolo, inexplicablemente, se hizo extensiva a todos los miembros de la Junta Directiva, incluídos su presidente, un dirigente sindical, un médico representante de la USAC, y el ya para entonces Director por Guatemala del Banco Centroamericano de Integración Económica, el ingeniero Nufio.

            Resultó que por haber aprobado ese fideicomiso posteriormente abusado se le acusó (junto a los demás) de los delitos de lavado de dinero y estafa propia por el juez décimo de primera instancia penal. Tales imputaciones fueron descartadas en la Audiencia de Primera Declaración el 27 de diciembre del 2005 y sustituídas por las de abuso de autoridad, peculado y fraude, que le valió su reclusión “preventiva”, donde permanece por decisión de la jueza del mismo Tribunal, Patricia Gómez Barrera.

            Las sentencias para los demás encartados han sido absolutorias, no así para Nufio. Pero interpuesta una apelación especial de fondo y forma, la Sala Segunda ordenó repetir el juicio. El Tribunal Séptimo de Sentencia Penal señaló la iniciación del debate ¡para tres meses después! (el Código Procesal Penal fija un plazo no mayor de quince días) que llevó a cabo en su último día hábil de trabajo antes de las vacaciones (¡en la impartición de justicia!) por las fiestas de navidad.    

            La acción de amparo interpuesta fue denegada.

            Se integra nuevo tribunal de sentencia penal para sesionar el 7 de mayo del 2010. Se realiza el 29 de junio, tres años, un mes, y 27 días transcurridos después que la Sala de Apelaciones había ordenado el reenvío y la repetición del debate oral, y a cuatro años, seis meses y siete días desde de que se hubiera iniciado acción penal contra su persona.

            Lo más infamante del caso es habérsele acusado por delitos sólo imputables a funcionarios públicos (quienes devengan salario del Tesoro Público), no a quienes se les paga dietas por hacerse presentes a sesiones, su caso.

            Irónicamente, aquel año 2009 fungió de Presidente de la Corte de Constitucionalidad el respetado jurista Francisco Flores, quien a la hora de tomar posesión del cargo reiteró ante la prensa que “la justicia que no es pronta no es justicia”.

            Tiempo, honra, verdad, producción, ahorros malgastados porque jueces y magistrados ni siquiera son capaces de cumplir con los plazos de ley, cuanto menos con el fondo y la forma de la justicia.

            ¿Voluntarios para ayudar al sector público?…

           

El justo costo de la previsión de riesgos

Por: Armando de la Torre

            Vivir es prever; pues es el hombre el único ser orientado hacia el futuro, como nos lo ha desentrañado más que ampliamente por siglo y medio el pensamiento calificado de “existencialista”.

            Eso sí, hablo del hombre en cuanto persona plena, en cuanto individuo al que le son imputables con exclusividad sus acciones, del adulto en nuestra legislación.

            Tal prototipo se toma como el sujeto último de toda pretensión contemporánea de análisis económico del derecho privado, no cualquier pretendido abstracto “colectivo”, sea el Estado, una clase social, o una etnia…

            Sobre este supuesto, Guido Calabresi erigió sus célebres hipótesis acerca de a quién en lo individual deberían imputársele los costos de agravios culposos (“torts”), o de los accidentes de ruta. Sus sugerencias las inició en 1961 con un artículo intitulado  “Some Thoughts on Risk Distribution and the Law of Torts” en el Journal de la Escuela de Derecho de la Universidad de Yale, seguido en 1970 por otro no menos original sobre  “El Costo de los Accidentes”.  Todavía dos años después publicó su libro sobre los derechos de propiedad, las responsabilidades civiles y la intransferabilidad de obligaciones contractuales que aún domina la discusión académica  sobre tales tópicos.

            Su idea matriz podría reducirse a la proposición de que el costo de todo daño no doloso cuantificable habría de ser atribuído a quien previamente lo pudo haber previsto al menor costo relativo.

            Por ejemplo, si alguien compra un bien a un precio inferior al del mercado y  sobreviene un deterioro o una pérdida de ese bien, este costo adicional debería preverse a cuenta del que ya habría sido favorecido con el precio más bajo. Viceversa, si alguien vende con una utilidad marginal superior al promedio en el mercado y ocurre posteriormente deterioro o pérdida del mismo, es éste, el vendedor afortunado, a quien a su turno debería previamente habérsele asignado absorber el costo de tal deterioro o pérdida.

            Las prácticas hoy generalizadas en caso de accidentes viales ya hacen con frecuencia uso de este principio. Y así, las respectivas compañías de seguro de los involucrados en cualquier choque vial han de subvenir al pago previsto de los daños para sus asegurados, con un gran ahorro para todos de emolumentos con los que cubrir los costos de los litigios.

            Algo semejante a lo que en otras partes se ha impuesto en el rubro de los divorcios. Antes de la década de los cincuenta predominaba en las legislaciones estaduales de los EE.UU. el principio de que primero habría de procederse a la identificación de un “culpable” de haber puesto en peligro el vínculo matrimonial y que a él habrían de trasladarse principalmente los costos del entero proceso. Ahora, a ese estilo del espíritu previsor de Calabresi, se prescinde de tal búsqueda de presunto culpable,  con el resultado inmediato de una disminución mayúscula en los costos legales en su conjunto y, sobre todo, lo que humanamente pesa más, una notable reducción también en el número de divorcios “hostiles” paralela a una abultada tendencia hacia divorcios más “amistosos” (es decir, por mutuo consentimiento).

En otro ámbito, cuando se lamenta por las autoridades públicas lo elevado del número de evasores del fisco (la mayoría de quienes laboran en la  economía llamada “informal” o “subterránea”), se ha hecho evidente desde Hernando de Soto y Enrique Ghersi, los autores peruanos de “El Otro Sendero”, que tal fenómeno se deriva del costo legal del derecho a trabajar impuesto, en primer lugar, por esas mismas autoridades.

            Esta crecida preocupación por disminuir costos y eficientizar los procesos de derecho privado se ha constituído en un arma adicional para la reducción del número de los pobres, y que penetra los principios generales del derecho y la estructura de los procedimientos jurídicos, en pos de una justicia más pronta, más cumplida y más igual para todos.

(Continuará)

¿”Imperialismo”, de lo Econòmico?

 ¿“Imperialismo” de lo Económico?

Por: Armando de la Torre

Gerald Radnitsky hizo público su asombro hace unos años, con un título parecido al que encabeza este breve comentario, por la enorme importancia metodológica que ha adquirido la disciplina económica en el mundo académico de las demás ciencias sociales.

En todas las épocas se ha manifestado cierta preferencia entre los pensadores por alguna metodología especializada del saber. Los griegos, por ejemplo, de Sócrates y Platón en adelante, tendieron preferentemente a considerarlo todo desde su subordinación al ángulo para ellos prioritario de la ética. Los modernos, en cambio, a partir de los logros de Galileo y Newton, hubimos de tender por centurias a privilegiar el enfoque muy particular de la Física mecánica sobre los de las demás ciencias.  Hoy, en cambio, se anteponen la metodología desarrollada para el estudio de los fenómenos derivados de la escasez de recursos y de sus usos alternativos (la economía).

Adam Smith abrió el camino. Ultimamente, más allá de lo que desde ese ángulo han incorporado sociólogos, historiadores y psicólogos, por el mismo también se adentran las más variadas  especializaciones en las ciencias naturales (la tesis de Radnitsky). Y así hallamos a cada paso con más frecuencia que químicos, biólogos, y aun astrofísicos, se atreven a sondear las muy complejas interacciones de materia y energía en los espacios más profundos del cosmos desde perspectivas relativas de escasez y eficiencia.

Al Derecho y a la consiguiente administración de la justicia les ha llegado su turno.

Por supuesto que siempre se ha sabido de la estrecha relación entre las realidades “económicas” y las normas jurídicas por las que se rigen desde los tiempos de Hammurabi. El área más representativa podría ser identificada con el derecho mercantil, pero también se podría extraer muchos ejemplos a todo lo largo y lo ancho del derecho civil, y aun del derecho penal, sobre todo desde que la moneda empezó a penetrar las instituciones jurídicas romanas en el siglo III antes de Cristo. El entero régimen de las obligaciones, de la propiedad, de los contratos, de la herencia, responden también a esa estrecha relación histórica entre lo económico y lo jurídico.

Pero lo de hoy, que se ha dado en llamar análisis económico del derecho, es del todo diferente. A su raíz es una fusión revolucionaria de enfoques científicos contrapuestos.

La rama del derecho (“Ius”) en el Occidente, desde los presupuestos del derecho consuetudinario romano, ha parecido contrastar con la de la economía tal cual se le ha entendido desde Adam Smith y David Ricardo. Hasta ahora eran ramas mutuamente autónomas del conocimiento, práctico en el uno, teórico en la otra. La primera se remitía a los hechos “ex post facto” (los datos “positivos” según lo entendió August Comte). La según empero, la economía,  los analizaba “ex ante”, en el intento de anticiparse a ellos (para supuestamente mejorarlos).

El movimiento contemporáneo de análisis económico del derecho ensaya conjugar ambas visiones con el propósito de coadyuvar a la mayor creación de riqueza posible o, a la inversa, a  la mayor reducción de los costos para lograrla. Se asume, claro está, que a mayor eficiencia productiva, mayor  justicia.

Entre nosotros tal propuesta ha provocado un interesante debate. Ante semejante criterio aparentemente “economicista”, Humberto Grazioso, brillante profesor emérito de Filosofía del Derecho en la Universidad Francisco Marroquín, objeta que el bien de la justicia es naturalmente anterior y superior a cualquier medición de eficiencia económica y, por lo tanto, irreducible a toda consideración de eficiencia.  

Otras eminencias, Edwin Melini, Eduardo Mayora, hijo, José Luis González Dubón, el argentino Ricardo Rojas (profesor invitado por estos meses), Gabriel Baldizón et alii, parecen sostener lo contrario.

(Continuará)

Dos Guatemalas

 

Dos Guatemalas

Por: Armando de la Torre

            la de los guatemaltecos habituados a mirar hacia adelante y la de aquellos que  fijan su mirada de una vez hacia atrás y  ahí se quedan.  

U otra posible dicotomía entre la Guatemala de quienes confían en sí mismos, en su capacidad de competir, en su aguante, y  la otra, la de los resignados de antemano a cualquier cosa que les sobrevenga, rehenes de un pasado timorato, de escasos logros y de menores expectativas. O sea, la de aquellos que confían en sí mismos, que saben luchar contra la corriente, y la de quienes por inercia  se dejan llevar por ella…

Otras versiones se han ofrecido de vivisección del cuerpo de esta sociedad, entre una Guatemala urbana y otra rural, por ejemplo, o esa tan inútil y nociva entre la ladina y la indígena. Dualidades superficiales y en particular obsoletas, a la vista de la actual modernización de nuestro Altiplano occidental (que no todavía a lo largo del “corredor seco” en el oriente).

            Guatemala, país de la eterna primavera, de paisaje maravilloso con terremotos y tempestades que ocasionalmente la afean.  La estampa fácil, pero ¿no habrá algo más hondo para nuestro futuro?

            Ciertamente

            Para empezar, se subestima el impacto de la revolución digital en proceso. Merced a ella, la libertad personal se amplía y consolida, con innumerables promesas de renovación, aunque también de algún que otro ensayo errado. En conjunto, más de positivo que de negativo y para todos.

            Se suele olvidar, encima, el factor importantísimo de la juventud, en particular la de aquellos – en incesante aumento – , conlas ideas claras y carácter emprendedor…

            Puedo reducir esos dos perfiles contrastantes al éxito relativo de dos instituciones paradigmáticas en la enseñanza superior: la Universidad privada Francisco Marroquín y la Universidad pública, mucho más antigua, San Carlos. Ambas, como es de esperar, repletas de jóvenes talentosos pero que, llegados al mercado competitivo del trabajo, muestran niveles dispares de productividad, lo que a su turno se traduce para los egresados respectivos en horizontes de abundancia o escasez de oportunidades de ascenso. 

La socorrida explicación “clasista” desde la izquierda ideológica nunca ha encajado con la realidad, mucho menos la odiosa hipótesis “racista” que hiciera momentáneamente suya un inmaduro Miguel Angel Asturias. Entonces, ¿a qué las diferencias?

            Quien acude a la Universidad Marroquín ha de pagar de su bolsillo (o del de sus padres) cada onza de saber o de destreza profesional que le sea trasladada.  Quien se matricula en la universidad estatal,  a la inversa, espera asegurarse ventajas laborales derivadas de un diploma  obtenido casi enteramente de gratis, es decir, a cuenta de los demás contribuyentes al fisco (analfabetas incluídos). Y es un hecho conocido que lo gratis se aprecia menos hasta por sus propios beneficiarios… Se abren así dos maneras sutiles de ver y valorar diferentes promesas de vida al ponderar los jóvenes sus posibilidades personales desde tan disímiles vivencias, que  acaban por forjar su carácter, lo que a su vez  les marcará sus destinos.

La aceptación del riesgo es congénita a la iniciativa privada (lo que los economistas llaman “costos de oportunidad”). La obsesión por la seguridad del ingreso futuro, en cambio, subyace a todo el proceso de una educación pública impartida por meramente asalariados. Tanto la una como la otra moldearán sus decisiones de adultos, llevados unos del aprecio al valor de la libertad individual sin condiciones, u otros de la internalización del valor de la igualdad en el consumo. Pero sucede que, al final, la libertad  siempre es más fecunda y proyecta una energía diferenciada y diferenciante, mientras que la igualdad tiende a ser opresiva y se ostenta monótona y gris.

            En cuanto al contenido de lo que se aprende, permítaseme empezar en el plano académico superior por ejemplificarlo con una novedosa rama jurídica: el análisis económico del derecho.

            (Continuará)