El futuro religioso del hombre V

El futuro religioso del hombre (V)

Por: Armando de la Torre

            Según Rudolf Bultmann , al hombre moderno se le dificulta en especial la práctica tradicional de la fe judeocristiana porque ésta se habría propagado por todo el Mediterráneo sobre supuestos “mitológicos” compartidos entre aquellos pueblos, pero que hoy nos son absolutamente inaceptables.

            Garrafal error, opino, de perspectiva.

En el preciso momento en que publicaba su provocativa hipótesis en torno a los supuestos mitológicos del “kérigma” (predicación) en la iglesia primitiva, esto es, empezando desde una hoy obsoleta concepción tripartita del cosmos, (cielo, mundo subterráneo, y superficie terrestre, los “hábitats” respectivos para dioses, demonios y humanos vivientes), que reforzaba en los oyentes la retención de mitos paganos ya ampliamente superados, se erigían otras, las concepciones  modernizadas de la mitología aria, entre sus cultivados contemporáneos alemanes, dogmas para el más grosero de los racismos.

Les habían precedido otras “mitologías”, las de los nacionalismos modernos, a partir de la revolución francesa, tales cuales el culto de Robespierre al Ser Supremo, o la de los girondinos al Estado nacional, o, peor aún, la de los jacobinos a sus “héroes” napoleónicos y a sus símbolos tricolores, y, desde 1917, la mitología del materialismo dialéctico, con sus hipostatizadas “clases sociales”, su reverencia ante “fuerzas productivas” impersonales ocultas en el seno de la sociedad, y su inevitable  desembocar al final de la  historia en el paraíso “sin clases”.

Hoy, es verdad, tenemos dioses más prosaicos: por ejemplo, el poder político que justifica el uso de cualquier medio para alcanzarlo, la opulencia instantánea, el sexo “express”, la fama a través del celuloide, la búsqueda de buenos momentos con total olvido de los malos ajenos, el éxtasis en la droga, el viejo ahogo de penas en el alcohol, la música “beat”, estridente y monótona pero “cool”, la juventud asegurada para siempre, sin arrugas ni pliegues, o los juegos de azar que nos aturden con efusiones de adrenalina, todo al alcance de “templos” del placer desparramados por Hollywood, Las Vegas, Macao,  Montecarlo, París,… o Varadero.

Pero el precio no se hace esperar; nos encaminamos hacia un mundo sin niños y, por tanto, sin futuro, (“la tierra sin humanos”, del popular programa televisivo), mientras el Dios de nuestro olvido aguarda el desenlace de acuerdo a su horario, eternamente prefijado.

Thomas Kuhn, por su parte, se restringió a señalar los “paradigmas” que subyacen a nuestras maneras “científicas” que nos hacen innecesaria la existencia de Dios:

El sistema copernicano que nos destronó del centro del universo. La física mecánica de Galileo y Newton que confirma que aunque nos creamos libres en realidad no lo somos. El marxismo, que nos explica que después de todo nunca se ha tratado de entender el mundo sino de cambiarlo. El psicoanálisis, que nos reduce a marionetas ridículas de nuestro propio subconsciente, el individual de Freud o el colectivo de Jung. Darwin, que nos coloca en un mero escalón de la evolución biológica. Entretanto los astrofísicos nos ilusionan, extáticos, con la posibilidad de otras formas de vida racionales superiores en ésta o en otra galaxia, hasta que la recién descubierta “energía oscura” acabe por consumir por entero lo que solíamos denominar “Creación”, y terminemos dispersos por un espacio inerte, helado y sin luz.

El final absoluto, que diría Sartre, de “las pasiones inútiles”…  

La Revelación, empero, nos lo reconstruye todo.

El Universo sí tiene sentido, desde más allá, mucho más allá, de este cielo de fuegos artificiales astronómicos y de esta tierra convulsa. La esperanza será reivindicada, la muerte anulada,  porque el hombre podrá hablar “cara a cara” y de tú a tú con Quien desde un principio así lo quiso.

Pues “sus caminos”, ¡oh sorpresa! “no son nuestros caminos, ni sus pensamientos nuestros pensamientos”.

 

La Filosofìa: ¿ciencia inùtil o sabidurìa necesaria?

La Filosofía: ¿ciencia inútil o sabiduría necesaria?

Por. Armando de la Torre

 

            “Todo ser humano”, se ha dicho, “pasa por su mal cuarto de hora de filosofía”. Todo filósofo, parafraseo, también pasa por su cuarto de siglo de filosofía…

            Con ello lo que quiero expresar es que las preguntas que se hacen por  quienes queremos etiquetar de “filósofos” (amantes de la sabiduría) no son muy diferentes de las que se hace el hombre común y corriente, pero las hace sostenidamente y en profundidad.

            La filosofía NO es una actividad especializada “científica” en el sentido moderno de las “ciencias experimentales”.  Históricamente, la universal actitud filosófica ha evolucionado más bien hacia lo contrario, en cuanto madre originaria del saber hondo que se pretende coherente y abarcador del todo de la experiencia humana, del que se han desprendido sucesivamente las ciencias en cuanto áreas restringidas del conocimiento aplicables a solo porciones de la entera realidad, tanto la sensible como la suprasensible (metafísica).

            De los griegos nos ha llegado la distinción clásica, dentro de la misma actitud filosófica general de “asombro” y en contraste con “las ciencias” particulares, entre “lo teórico” (contemplativo) y lo práctico (interesado).

            Hoy en día, en cuanto “saber” teórico, el oficio del filósofo está irremisiblemente supeditado a los avances de esos “saberes” particulares, ya sea en sus vertiente teórica o en sus vertientes prácticas, a la cima de estas últimas la disciplina de la ética.

            Entonces, en cuanto “ciencia” práctica, la filosofía moral, formulada a través de juicios de valor, retiene su tradicional supremacía teleológica sobre todas las demás ramas del conocimiento, bajo el mismo nombre helenístico de “Sofía” (sabiduría).

            Es esta el leit motiv de esta reflexión.

            La sabiduría tiene un solo referente: el hombre mismo, aquel de Terencio, el que confiesa “homo sum et nihil humani a  me alienum puto”, “hombre soy y no tengo nada humano por ajeno a mí”. aunque no olvida al implícito que Ortega llamó parte integral de la existencia humana: sus “circunstancias” de tiempo y espacio.

Es más, la “sabiduría” en cuanto arranca de la espontánea curiosidad intelectual que busca interesadamente hallar la mejor armonía posible entre los “hombres” y sus “circunstancias” también es lo más “filosófico” no tanto del conocer en general como del actuar que de él se sigue.

En este sentido, todos los juicios de hecho (“matters of fact” o “verités de fait”) y los juicios de razón (“relations of ideas” o “verités de raison”) que estructuramos en cualquier lenguaje vernacular, no tienen otra finalidad que la de contribuír a la formulación de “mejores” juicios de valor.

            A su vez, el rasero por el cual medir la pretendida “armonía” de los hombres con sus circunstancias ha tendido a ser lo que cada “amante de la sabiduría” ha entendido por el muy ambiguo y vago término de “felicidad” (la “eudaimonía”, en Aristóteles, la “hedoné”, en Epicuro, el “conócete a tí mismo” del oráculo de Delfos, la “paz de la conciencia”, en Zenón, o la “consolación”, en Boecio, entre los antiguos, o “lo más útil para la mayor felicidad del mayor número posible”, según Bentham, o el cumplimiento incondicional del deber, de acuerdo a Kant, entre los “modernos”).

            La tradición hebrea sumó otro tipo de amantes de la sabiduría tal cual los entresacan anónimamente los libros “sapienciales” del Antiguo Testamento (Job, Proverbios, Eclesiastés…). La gran diferencia entre los unos de Atenas y los otros de Jerusalén consiste en que los segundos se apoyan en una dimensión “trascendente”, un Dios personal, que nos exhorta, ordena, increpa, aconseja, protege o castiga, desde una superioridad radicalmente “absoluta”: la de la sabiduría eterna y, por tanto, infinita, por parte del que todo ha creado y todo lo puede, devenido así el alfa y la omega, cual “imperativos categóricos” para la vida interior del hombre.

            Más aún: un Dios que, además, ha querido revelarse en momentos determinados y en espacios identificables, para complementar nuestras perspectivas con las hasta entonces insospechadas por nosotros en el laborioso aprendizaje de la humanidad toda.

            Tenemos, pues, dos fuentes de obligación moral diametralmente diferentes, dos versiones de inteligencia “práctica” sobre lo más “sabio” a escoger por nuestro libre albedrío, que en alguna forma ya fueron sintetizadas estupendamente, una vez por los autores de la patrística, otra por los escolásticos en el Occidente medieval, urgidas, sin embargo, ahora de una ulterior armonización con las “ciencias” llegadas a su mayoría de edad durante los últimos trescientos años, en especial con las ciencias “sociales” (o “del espíritu”, como las calificara más acertadamente Wilhelm Dilthey).

            Este es nuestro llamado.

            En nuestra situación actual de globalización (o de “compartir”) los valores de la “ética”, creo que nos urge como primer paso indispensable conocer precisamente lo que nos tipifica como judeocristianos. Porque la perspectiva original a esta actitud filosófica tan sumamente práctica ha sido y es la del “largo plazo”, la esencial e insustituible que nos legaron desde ángulos diferentes Atenas y Jerusalén, en nuestra perpetua búsqueda de ese “télos” último que nos resulta tan elusivo como ese pretendido contentamiento del hombre consigo mismo y con sus circunstancias.

            La educación en sentido estricto (formación de valores más que información sobre hechos o internalización de destrezas) en nuestros días adolece de un enorme descuido por la gradual asimilación de los mismos al largo plazo. Desde este punto de vista constituye la mayor carencia en la formación de nuestros profesionales, muy en particular, en las universidades estatales sujetas a los dogmas “ilustrados” del laicismo.

Por eso se repite tanto lo de que en nuestras sociedades urbanas-tecnológicas “lo urgente suele desplazar a lo importante”. Y ello está íntimamente ligado a la contemporánea descomposición de la familia como el más elocuente de sus efectos…, amén de las tan lamentadas instancias de desorganización social como el alcoholismo, la drogadicción, los suicidios, las desviaciones sexuales, la violencia doméstica, el terrorismo, el asesinato en masa de los no nacidos, el incumplimiento de la palabra dada, en especial en el mundo de los negocios, y la mentira como hábito para la conducción política de los pueblos…

            Y caemos por igual el Occidente y el Oriente, pese a Lao Tsé, San Agustín, Tomás de Kempis, Montaigne, Alexis Carrell, Emmanuel Mounier, Tagore o Kalil Gibran, porque “el espíritu sopla donde quiere” y nosotros lo aceptamos o rechazamos cuando queremos.

En verdad “no sólo de pan” vivimos, rasgo  universal y distintivo de la especie.

            El hombre, una vez superados los apremios más primitivos de techo y comida, no puede vivir sólo para el momento. Sin embargo, después de cuatro mil años de creatividad inaudita sobre ese supuesto, el “Zeitgeist” contemporáneo parece haberlo olvidado, o reducido a la satisfacción pasajera del “entertainment”, del pasar un buen rato, del “comamos y bebamos que mañana moriremos”…

            Despilfarro, en verdad, que hacemos, hijos pródigos de tan valiosa herencia.

            Tal actitud, paradójicamente, se nos ha evidenciado para números crecientes de pensantes como muy perniciosa para nuestra proclamada sed de “autorealización” humana. Esas adicciones que nos aquejan derivan de nuestros afanes al corto plazo, incluído ese nuevo molde del “dolce far niente” en el vagar turístico sin rumbo ni meta, sea por coordenadas geográficas o, más sutil, por las modas y posturas pasajeras de masas que hoy se califican de “políticamente correctas”. Tal ansiedad roba a nuestras vidas todo contenido duradero y, por lo mismo, toda paz interior. Peor aún, terminamos por estrellarnos contra los arrecifes íntimos de la envidia, el resentimiento, el rencor, el hastío y la desesperación anómica, la antesala temporal de un infierno eterno.

Nada, en fin, que no nos hubieran pronosticado los amantes de antaño “de la sabiduría”.

Recuerdo una lectura de mi adolescencia, “What makes Sammy run?”, de Budd Schulberg, (1941), en torno a la saga de un joven judío de Nueva York que de los harapos salta a la opulencia en Hollywood (caricatura de Samuel Goldwyn), para hallarse al final privado de toda fuente interior genuina de paz y sosiego.

La frenética competencia por satisfacer nuestras “adicciones” del corto, a veces cortísimo plazo, nos deja al largo plazo sin aquello que en primer lugar nos impulsó a ponernos en movimiento: la búsqueda de una plenitud propia y duradera. A ello enderezó sus esfuerzos Viktor Frankl con su “Logoterapia”. De ello dio el mejor ejemplo Mahatma Gandhi.

Hasta en las realidades más elementales del diario vivir, por ejemplo en la disyuntiva de gastar o ahorrar, se transparenta el sabio escoger de individuos y pueblos enteros, y así hoy nos corroe el hecho en nuestra Iberoamérica el ser pueblos deudores y, por consiguiente, al largo plazo, siempre pobres mientras, los llamados “tigres del Asia”, que partieron hace setenta años de una base más baja que la nuestra, son nuestros opulentos acreedores. La sabiduría tiene consecuencias; la estupidez también.   

Los hombres “de éxito” se muestran con demasiada frecuencia proclives a menospreciar la sabiduría de los que ellos llaman “teóricos”. Sin embargo, de uno de ellos (John Maynard Keynes) tomo la siguiente cita: “Los hombres prácticos, que se creen libres de toda influencia intelectual, son usualmente esclavos de algún economista ya difunto”.

Lo mismo acaece en todas las demás esferas de la acción, muy en particular con respecto a las teorías éticas o morales. “El Príncipe” de Maquiavelo, por ejemplo, ha opacado entre nosotros a “la Etica a Nicómaco”…

Para nuestra desgracia.

Quizás una forma de resumir la posible respuesta a ésta, nuestra alocada carrera hodierna, propia de la “material girl” -como reza la canción-, la podríamos rescatar de regreso a una premisa del más moderno de los antiguos, Agustín de Hipona:

“Feciste nos, Domine, at Te et irrequietum est cor nostrum donec requiescat in Te”

            “Nos hiciste, Señor, para Ti, e inquieto anda nuestro corazón hasta que descansa en Tí”.

            ¿Demasiado teórico?…

 

El estudio y la pràctica de la Polìtica

El Estudio y la Práctica de la Política

Por: Armando de la Torre

            Se me pide que explique el sentido de las palabras que me sirven de título para esta charla ante un grupo de hombres de empresa. Procuraré mantener el tono de esta presentación lo más claro y llano que me sea posible.

            Empiezo por la política: entiendo por ella el conjunto de normas y decisiones públicas que se enderecen a facilitar por la vía más justa y eficiente la consecución y armonización de los fines de todos los miembros de la sociedad (en griego, “pólis”). Podría dar muchas otras definiciones tomadas de la historia de las ideas al respecto, por ejemplo la aristotélica de que la vida política se ha de orientar por el “bien común”. Definición que el economista y premio Nobel James Buchannan califica de “romántica”.  Pero quiero ceñirme aquí a lo más realista y pertinente para nosotros en la Guatemala de hoy.

            El rasgo distintivo y universal  de lo “político” es que legaliza para ciertos individuos y grupos al frente de la sociedad políticamente organizada en Estado el recurso a la coacción, es decir, al uso de la fuerza o a la amenaza del uso de la fuerza. Y la historia constata que nada puede hacer tanto daño -a veces, algún bien- como esa prerrogativa, que les es exclusiva, de valerse de la fuerza bruta para lograr la ejecución de sus objetivos. Por ello pudo afirmar Lord Acton que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

            Los hombres y mujeres comprometidos con las actividades “políticas” así entendidas suelen ser mayormente hombres y mujeres de acción, es decir, movidos por aspiraciones y resultados concretos. En otro contexto más bien sociológico nos referiríamos a ellos como hombres y mujeres predominantemente interesados en el manejo de “medios”, NO tanto en la contemplación desinteresada de “fines”, actividad esta última que caracteriza a los teóricos en su búsqueda desinteresada de la verdad (investigadores científicos y pensadores filosóficos).

            Un gran profesor de economía en la Universidad de Princenton, Claude Robinson,  (“Understanding Profits”, 1961) hizo una vez la distinción entre ambos tipos de actitudes de la siguiente manera: los teóricos inflan globos polícromos que nos deleitan y nos alientan con su belleza; los prácticos, en cambio, se acercan a esos mismos globos armados de alfileres, y los pinchan… En esta alegoría, contrastaba él la actividad digamos de los profesores universitarios y escritores humanistas con la de los hombres de comercio y de tecnologías útiles como las que usan los ingenieros para la solución de problemas inmediatos.

El mundo necesita de valores ideales, pero no menos de aquellos que se concentran en intentar hacerlos realidad en el día a día. Hombres contemplativos, pues, y hombres de acción…

            Los grandes diseños políticos de los contemplativos adolecen con demasiada frecuencia de falta de realismo al corto plazo; y las de los prácticos o activos, de metas más altas al largo plazo. La combinación ideal, por tanto, sería la de un estrecho intercambio entre ambos tipos de seres humanos, como sucede con frecuencia en los países que por eso llamamos “desarrollados”, y a los que jurídicamente les reconocemos ser auténticos Estados de Derecho, o sea, donde la libertad, la vida, la propiedad de cada cual están eficazmente garantizadas por quienes gobiernan. Guatemala está lejos, lejísimo, de figurar entre ellos… Los “políticos” entre nosotros todavía son analfabetas funcionales, y nuestros “intelectuales” ineptos escribientes faltos de logros, que a la hora de proponer una línea de acción parece que sólo disponen de dos manos zurdas…

            Pero la esperanza de algo mejor no nos está permitido perderla…

            En nuestro caso nacional contamos con una juventud minoritaria pero espléndida en ambas vertientes, la teórica y la práctica. Basta acercarlas aún más, como no lo ha sabido hacer hasta ahora nuestra generación y también las anteriores.

            Iberoamérica “celebra” el bicentenario de su independencia. A los ojos de muchos no habría mejor celebración que la del progreso hacia Estados de Derecho en todos nuestros países, lo que ya se asoma en la medida en que algunos se han aventurado a dar el primer paso, el logro de mercados crecientemente libres de inoportunas injerencias dañinas por parte de los políticos. Hay incluso quienes se nos han adelantado ampliamente: Chile, Perú, Colombia, El Salvador, Panamá… Pero la mayoría se ha rezagado, aun en comparación con nosotros, los guatemaltecos, porque sus hombres y mujeres de acción “política” permanecen anclados en los parámetros de los años cuarenta del siglo pasado. Ni siquiera parecen haberse enterado de que cayó el Muro de Berlín ni su por qué…

            En esta coyuntura creo que habría que apuntar en la mayoría de nuestras sociedades a reformas constitucionales que reduzcan el ámbito y el volumen de la discrecionalidad política y acepten como roca fundante de nuestros Estados el respeto irrestricto a la legítima propiedad privada -incluída la del subsuelo- y a los contratos de buena fe entre particulares.

            También habría de insistirse en un sistema de veras de separación de poderes, y muy en especial de genuína independencia del poder judicial.

            Hemos de enfatizar que los procesos constitucionales, tanto en la antigua Roma como en el mundo parlamentario moderno, sobre todo a partir de la “revolución gloriosa” en Inglaterra en 1688, no han tenido otro objetivo que limitar y reducir el uso del poder coactivo lo más posible.

El ideario liberal desde entonces no incluye una reconstrucción deliberada de las estructuras sociales sino un dejar hacer a lo que de entre los hombres surja como resultado espontáneo de sus libres escogencias individuales de fines y medios.

            No hay nada más consonante tampoco, sea dicho de paso, con el valor metafísico de la “persona”, tal cual se ha decantado a lo largo de milenios desde aquella fusión progresiva, hasta nuestros días, de la civilización clásica con la ética judeocristiana.

 

El futuro religioso del hombre IV

El futuro religioso del hombre (IV)

Por: Armando de la Torre

 

            En plena segunda guerra mundial un teólogo “protestante”, Rudolf Bultmann, muy influído por su compatriota, el filósofo existencialista Martin Heidegger, publicó un estimulante  artículo con el título “El Nuevo Testamento y la Mitología”.

            Cuarenta años después otro pensador, el norteamericano Thomas Kuhn,  añadió por su cuenta un condicionamiento, que devino célebre, para todo lo que en cada era se tiene por verdades “científicas” porque son productos de previos compromisos intelectuales, compartidos por la comunidad de los científicos, que él llamó “paradigmas”, de  los cuales, empero, no son explícitamente conscientes.

            Estos dos contemporáneos enfoques los tomo de la mano para apoyarme ahora en esta breve reflexión acerca del futuro religioso del hombre, en particular del hombre que se confiesa monoteísta dentro de los cánones de la tradición judeocristiana.

            Por un lado, el acervo de la llamada “revelación” de Dios a sus humanas criaturas ha sido, y es, el tesoro más rico e inagotable de conocimientos sobre nosotros mismos, sobre nuestros lugares respectivos en el tiempo y el espacio, sobre el sentido de nuestras vidas individuales, y sobre lo que entrañan llamados tan diferentes para el ascenso inmerecido de cual a cual desde este mundo sensible, que nos es natural, a ese inalcanzable, y por siempre insondable, del sobrenatural.

            La palabra escrita y la tradición oral por las que ha discurrido tan fenomenal “Buena Nueva” no son, por otro lado, hipótesis científicas falseables en laboratorios experimentales según el método usual de ensayos y errores. Son más bien “interpelaciones” históricas que hace un Creador, misteriosamente tripersonal, a sus criaturas unipersonales, a cada una dentro de concretas coordenadas de tiempo y espacio. Más desafiante aún, que nos sugieren una manera analógica de “fusión”, igualmente más allá de lo comprensible, entre el Uno Infinito y los múltiples finitos.

            Tal  “Revelación”, pues, nunca nos hubiera podido alumbrar el intelecto sin una intervención extra (es decir, allende al mero acto de haber creado de la nada) por parte de la divinidad creadora y, además, redentora.

            Lo que también requiere a nuestra vez de algo “extra”: ese asentimiento voluntario, que llamamos coloquialmente “acto de fe”. Así queda establecido el diálogo entre las personas divinas y las humanas a lo cual, en palabras de Martin Buber, somos llamados ontológicamente todos.

            Por lo tanto, al tratar el tema de la “Revelación” no lo podemos encuadrar hoy dentro de una teoría más del conocimiento, sino dentro de “vivencias” existenciales que rozan lo imprevisible y aun en ocasiones lo casi paranormal “místico”, que el hombre común y corriente verbaliza como “Dios me dijo”. Inclusive otro teólogo alemán, Friedrich Schleiermacher, ya se había adelantado a los existencialistas del siglo XX a principios del XIX con su énfasis radical en el indiscutible “sentimiento” de nuestra dependencia de un Ser Superior, y que solemos identificar con el concepto de “providencia”. Y antes de él, el físico matemático Blaise Pascal lo había intimado en el XVII con aquello de que “el corazón tiene razones que la razón no comprende”.

            Ha sido igualmente la vivencia de profetas, pero asimismo de conversos y contritos. Chesterton, con su muy británica flema, lo resumió en aquello de que “a la Fe me atrajo lo que de ella debería haberme alejado”. Pensamiento similar al del cuento del mucho más cínico  Bocaccio, acerca de un Visir islámico en Egipto que envió a un embajador a investigar las costumbres morales de la Roma de los Papas del Renacimiento y retornó, años después, horrorizado… y cristiano,  porque, arguyó, si la fe en Dios persistía a pesar de decadencia moral de los creyentes en El, no podía haber dejado de estar allí presente.

            Es ésta una ruta muy diferente a la de la Patrística o a la de los escolásticos medievales, Santo Tomás de Aquino a la cabeza. Pero es “la devotio moderna”…

 

El futuro religioso del hombre (III)

Por: Armando de la Torre

            La tendencia que creo discernir de la religiosidad en general, y del cristianismo en particular, refleja una cierta desconfianza hacia las instituciones tradicionales y una no menos obvia preferencia por el contacto inmediato y directo de cada individuo con su Creador (o en el caso excepcional del budismo, con los entes búdicos -“bodisatvas”- que sirven de puentes personalizados hacia el Nirvana).

            Esto, de momento parece darle una victoria postergada a los movimientos reformadores dentro de la Iglesia Católica de los siglos XV y XVI, que pretendieron reducir la importancia de la misma en cuanto dispensadora única de los sacramentos y exaltar, en su lugar, el diálogo muy personal e íntimo de cada alma con Dios a través de la Palabra bíblica escrita.

            Como sociólogo yo lo veo algo diferente: creo que el individualismo creciente en todas las áreas de la vida es retrotraíble al exceso de “colectivismos” a los que hemos estado sometidos durante la mayor parte del siglo XX. Sólo así me explico el rabioso “egoísmo” doctrinario de Ayn Rand en cuanto respuesta al altruísmo forzado que ella sufrió en carne propia durante la primera década del experimento bolchevique en Rusia.

Pero el ser humano no deja por ello de ser “social”. Pues sobrevivimos a la era glacial gracias a la horda, nos desarrollamos ulteriormente en “civilización” merced a la “pólis”, y hemos logrado enriquecernos exponencialmente dentro del marco de las grandes urbes industrializadas.

            Ferdinand Töonies, a fines del siglo XIX, fue el primero en llamarnos la atención hacia el hecho contemporáneo de que vivimos a un tiempo en “comunidad” emocional (la familia) y en  “sociedad” acentuadamente racional y calculadora, basada en la división del trabajo y la circulación del dinero. 

En los últimos tres siglos, la “sociedad” ha incursionado cada vez más en los ámbitos reservados a la “comunidad”. La mejor prueba de ello la constituye “el Estado benefactor” que ha terminado por arrebatar al individuo muchas de sus responsabilidades individuales para pasárselas al ente abstracto e impersonal de la colectividad políticamente organizada.

            Esto también ha afectado la esfera de lo trascedente en la vida de las personas. En el caso del Occidente, en pos de los ideales de la Ilustración, la victoria del Estado nacional sobre el internacionalismo eclesiástico abrió las puertas a la subordinación totalitaria de las conciencias a las prioridades de los políticos.

            Pero al inicio de este siglo XXI, y a pesar del surgimiento de nuevos totalitarismos de raíz islámica, hemos recuperado la consciencia de nuestros derechos individuales frente a cualquiera colectivización impuesta por el Estado o por la Iglesia. ¿Se mantendrá esta propensión?…

Es probable. Sí sostengo, empero, que el individuo todavía recuperará espacios perdidos  a las insolencias “del rebaño”, como tanto lo deseó el posmoderno Nietzsche.

En esto baso mi hipótesis de que la jerarquía de la Iglesia, como comunidad de voluntarios, se encaminará de regreso hacia una versión muy parecida al conciliarismo por el que ya se abogó en su seno a principios del siglo XIV y que todavía defienden algunos, entre ellos Hans Küng.

            Encuesta tras encuesta de opinión comprueban que la asistencia religiosa al culto organizado en general disminuye, pero que la fe en la existencia de Dios se mantiene viva y operante. Fenómeno paralelo al que vivieron los judíos del exilio en Babilonia en el siglo VI antes de Cristo, privados de su Templo pero más abiertos por eso mismo a las exhortaciones  individualizantes de sus últimos profetas.

            Todo ello es mera especulación de mi parte, y susceptible, por tanto, a cambios, dada la posibilidad de innumerables imprevistos.  Mantengo, sin embargo, en línea con Telhard de Chardin, lo inevitable de un rumbo progresivamente espiritualizante del fenómeno humano.

            Aunque sin olvidar que el espíritu siempre sopla donde quiere.

 

El futuro religioso del hombre II

El futuro religioso del hombre (II)

Por: Armando de la Torre

            Corren muchas versiones de lo que se entiende por “religión” que contradicen lo que yo entiendo por ella. Naturalmente, no pretendo ser el dueño de la verdad, mucho menos imponerla.

            Pero a propósito de la traslación entre nosotros por unos días de los restos de Don Bosco, leí de un columnista de opinión bien conocido por su antipatía visceral a todo lo eclesiástico, que la veneración de tales reliquias rayaba en la “necrofilia”. Manera grosera, me pareció y lo sostengo,  de descalificar lo que no se entiende.

            Al precio de distraer en exceso a mis lectores, quiero aquí remontarme a precedentes que nos pueden parecer remotos.

            Quienes se confiesan “evangélicos”, por ejemplo, también critican la veneración de reliquias humanas, como sucedió en ese caso reciente de Don Bosco, pero desde un plano mucho más elevado y, ciertamente, menos bilioso. Para ellos, según entiendo, sólo a Dios y a su Hijo Encarnado  ha de dársele con exclusividad todo honor y toda gloria, posición teológicamente sostenible pero en extremo calvinista a partir del siglo XVI. Por supuesto que en un plano de fe en abstracto intensamente monoteísta esa postura espiritual tiene su lógica. Lo mismo podría decirse de la ortodoxia judía contemporánea e igualmente de la islámica.

            Pero los católicos parecen haber tomado mucho más en serio, sobre todo desde las encendidas  prédicas de San Bernardo de Claraval en el siglo XII, las implicaciones concretas de la fé en el misterio de la Encarnación. Es decir, que Dios, en la persona de Jesucristo, ha querido históricamente divinizar a lo humano  y para ello empezó por incluir en su providencia una Madre netamente humana para su Verbo divino,  hacer misteriosamente uno lo Infinito y lo finito.

            Ello hubo de traducirse ulteriormente al muy debatido punto entre creyentes “de la fé con obras”, en la que tanto  insistió Santiago, el judaizante “hermano” mayor de Jesús de Nazaret, y la pura fé sin ellas, que parece inferirse de la prédica de San Pablo.

Esto, a los ojos de los adalides de la Reforma protestante, parecía sugerir un mentís a la supuesta tesis paulina de que sólo la fé sin obras salva, y constituirse en un salto atrás hacia la servidumbre de “la Ley” de la que Jesucristo, precisamente por su generosísimo sacrificio, nos liberó de una vez por todas.

            En lo personal, creo que la tradición católica ha sabido hacer un logro magnífico de la síntesis entre ambas posturas apostólicas, que últimamente habría de terminar por rozar con el carácter de lo  sacramental de la comunidad de los creyentes, por ello erigida en “Iglesia”, o “Cuerpo místico”, del Redentor.    

            Perdóneseme esta digresión teológica en esta nota para la muy mundana y temporal prensa diaria. Pero la creo premisa necesaria para concluír que el llamado “culto a los santos” no es más  que una extensión del culto explícito y único a Dios, en cuanto cada uno de nosotros  ha podido ser llamado por Él  no sólo por nuestro carácter individual radicado en el espíritu sino también por nuestra naturaleza creada de carne y hueso, a través de la cual nos hacemos  miembros visibles de una comunidad invisible, en otras palabras, insertos al colectivo humano bajo la óptica teológica de que nos es sacramento “radical”.

            En este supuesto, todo hombre o mujer declarado “santo” por la Iglesia no es más que un simple ejemplo de entrega heroica a Dios, que la Iglesia nos propone a los demás para su imitación.  De ahí el fervor respetuoso con que se acogen cualquier resto que de ellos nos quede y que eventualmente nos relaciona con el Autor de tamaños heroísmos.

            Todo muy de nuestra condición de compuestos de materia y espíritu. Similar a aquel impulso que llevó a nuestros contemporáneos que se decían ateos a momificar el cadáver de Lenín en Moscú, o a preservar los despojos mortales de Napoleón en el Hospital de los Inválidos en París.

            Cuestión de fé, en último análisis,  en los meros hombres o en el Dios que nos diviniza. 

            Opto por lo segundo.

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Descansa, Muso, te lo has ganado!

¡Descansa, Muso, te lo has ganado!

Por: Armando de la Torre

            La calidad de un hombre se mide por la de quienes lo lloran.

            La tuya, Muso, en primer lugar por la de tu maravillosa esposa Olga, siempre amable, siempre risueña aun en los momentos más dolorosos de la vida, leal contigo y con todos, digna, serena y cuya belleza de rostro nunca ha sido otra cosa que el mero espejo de la de su alma.

            También por la de tus hijas, Olguita, Inés, Carmen e Isabel, y por la de tus hijos Manuel y Andrés.

            Por la de los pensadores e intelectuales prendados de lo más glorioso en cada cual, nuestra libertad personal, y desparramados por el entero globo terráqueo que deslumbraste con tu penetrante inteligencia.

            Por la de los hombres de acción sobresalientes tanto en los negocios como en la política, o aun en el apostolado cristiano, para los que fuiste ejemplo de integridad ética, aquella que no conoce miedos ni claudicaciones.

            Por la de los jóvenes disciplinados desde temprano para el estudio, la empresa, la creatividad, en respuesta a las invitaciones insistentes tuyas a volverse productivos, en un derrotero fijado por tí y en el que ya perseveran.

            Por la de tus amigos más íntimos que te reciprocaron tu franqueza, tu fidelidad a la palabra dada hasta pagar incluso algunos con sus vidas el apego a idénticos principios, transparentes como tú en el desempeño de sus responsabilidades de trabajo, familia y patria.

            Por la de las muchedumbres a las que supiste educar y deleitar inteligentemente con tu exquisito sentido del humor acerca de la condición humana.

            Por la de quienes vinimos de tierras lejanas para aprender de tí el claro razonar y el resuelto obrar.

            Por la de la entera humanidad, en fin, que gracias a ti recibió intensificadas desde este rincón inesperado del tercer mundo las luces del libre mercado y del Estado de Derecho y que, gracias también a tí, acabarán por incorporarnos sin excepciones al primero.  

            Descansa, querido y admirado Muso, te lo ganaste a pulso.

El futuro religioso del hombre

El futuro religioso del hombre

Por: Armando de la Torre

            Por una vez quiero aludir a un tema intemporal en éste, el más fugaz y pasajero de los medios escritos: un periódico diario.

            La ocasión me la brinda el arribo a tierra guatemalteca de los restos de un santo varón italiano, Juan Bosco, popular patrono católico a escala mundial de las juventudes obreras.

            El catolicismo, la mayor y más venerable de las tradiciones cristianas del Occidente es, como la misma raíz semántica del griego connota, la versión universal de “la Buena Nueva” que empezó a ser predicada hace dos mil años por toda la cuenca del Mediterráneo.

            A Don Bosco se nos propone como un hombre de virtudes heroicas,  modelo a un tiempo de piedad para un modo de juventud que emergió con la revolución industrial no menos sedienta de Dios en esa cambiada condición humana.

            La sociedad urbana de entonces a hoy, sin embargo, se ha hecho emocionalmente más fría que la de las  generaciones anteriores. Como lo explicara Max Weber, conformamos un mundo burocratizado y laico, sobre principios racionales y calculadores de eficiencia. Por eso nos puede acaecer que un acontecimiento  tan emotivo como la inmediación de una reliquia se nos pierda entre crónicas de violencia, de altibajos del mercado, de escándalos políticos o de desfiles de modas.

Somos, en verdad, “la ciudad secular” que nos pronosticó Harvey Cox en los años cincuenta. Más aún, atolondrados en el trajín de cada día, el Dios de los santos se nos hace más remoto, muerto, quizás, como lo proclamó Federico Nietzsche a fines de ese mismo siglo.

Sin embargo, esos venerados restos desde Turín se nos hacen accesibles tras la etapa más violentamente anticristiana de la historia, y cuando Guatemala ni siquiera ha acabado de restañar por completo esas heridas del conflicto ideológico entre razón y fé que nos abriera la Revolución Liberal de 1871.

Por otra parte, nos acaece en un mundo ya liberado de los totalitarismos ateos, como lo atestiguan las campanas al vuelo cada domingo en las catedrales del Kremlin. En su comparación, los golpes recientes del terrorismo islámico, y aun de su escalación posible al nivel nuclear, se me antojan llevaderos.

Lo que me trae de regreso al tema siempre actual de la fe religiosa entre las generaciones por venir.

Porque el monoteísmo es el prisma religioso predominante en el mundo de hoy. Pero ¿lo será en el futuro?…

Con la ventaja de dos milenios a nuestras espaldas, y en lo personal de una vida larga, he llegado al convencimiento de que la práctica cristiana jamás desaparecerá ni aun en los rincones de la galaxia a los que un día podamos arribar ilesos.

Esa atrevida afirmación la sostengo sobre premisas que me parecen de entre las más sólidas, pues las percibo enraizadas en nuestra propia naturaleza. Que conste, también he vivido los altibajos de la esperanza y de la desesperación en torno a un Dios que, como decía Dostoievski, siempre nos inquieta.

Primera lección aprendida: la vida interior de cada cual fluye con independencia  irreduciblemente última de las de los demás. Su sello es tan individual como el de la misma personalidad humana. Y no menos radicalmente libre. ¿Impredecible,  pues? Así lo entiendo. De ahí mi acogida a  la verdad de que “el espíritu sopla donde quiere”.

Cuando uno llega a conclusiones que le parecen definitivas, al otro le  asaltan las primeras dudas, en una danza inconclusa entre horarios personales siempre desiguales. Como nos ocurre ante la muerte de un ser querido: cuando nos parece que el mundo se ha detenido abruptamente, para los demás prosigue en su vertiginosa elipse.

De Martin Buber, encima, aprendí que la vida de la fe es diálogo íntimo, sin ecos ni retumbos que reboten desde riscos ajenos…

Nuestra vida interior, concluyo, puede fluir encapsulada como la de aquel Secretario General de las Naciones Unidas, Dag Hammarskjöld, que se valía del lenguaje de los místicos medievales para hablar con Dios en su intimidad mientras atendía en inglés al mundo de los negocios profanos.

(Continuará)