El futuro religioso del hombre VIII

El futuro religioso del hombre (VIII)

Por: Armando de la Torre

            “El futuro”, oí decir una vez, “es hoy”.

            Cuando el viajero visita Madrid y llega al monumento que honra la memoria de Séneca, inscrita a su base se encuentra una cita suya de dos mil años de antigüedad. No tengo, lamentablemente, el texto escrito ante mis ojos pero sí retengo su idea central: “¡Cuántas tierras nuevas, cuántos pueblos desconocidos, cuántos misterios del cosmos descubrirán las generaciones futuras que la de hoy ni siquiera sospecha!…”

            A juzgar por ciertos astrofísicos, y por algunos otros atrevidos escritores de ciencia ficción, la supervivencia de la raza humana en este planeta está en juego al mediano plazo, ya sea por el posible impacto de un meteorito, o por los rayos gamma de una supernova suficientemente próxima o, más sofisticado aún, por una masiva irrupción de gas metano desde las profundidades de los océanos.

Todo ello sumado a las advertencias de los inevitables profetas barbudos que merodean por las calles  con pancartas que nos anticipan, gratuitamente, que “nuestro final está próximo”.

            Francamente, poco me importan.

En cambio sí me apasiona la idea de posibles viajes interplanetarios. Y si llegáramos a reconocer durante alguno de esos itinerarios del futuro formas de vida muy distantes y ajenas a la nuestra, mejor aún, que además pudiéramos reconocer en ellas una conducta “racional”, lo consideraría el logro de los logros en la entera historia de la humanidad, hoy tan ensimismada en nuestra evolución cósmica desde el “Big Bang”. Aunque, no obstante Carl Sagan, tampoco nadie pueda arrancarme de la imaginación mi terca incredulidad…

            En todo caso, lo más estimulante está en que nuestra razón “logre sobrevivir a cualquiera de las hecatombes anunciadas.  Y es eso, precisamente, parte medular de lo que nos promete la revelación judeocristiana.

            De siglos fluye la disputa sobre la confiabilidad de los conocimientos que acumulamos a través de las ciencias experimentales y la de aquellos otros que aceptamos, o por analogía derivamos, de los hechos históricos que enhebran el dilatado proceso del mensaje judeocristiano.

            En una última versión (la popperiana) se afirma que tanto las ciencias como la Revelación descansan sobre hipótesis o teorías sujetas a ser falseadas. Pero también con “funciones” enteramente diferentes entre sí: pues las unas buscan predecir, mientras la Fe, por el contrario, revelar a partir de perspectivas previamente insospechadas sobre quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos y para qué existimos.

            Las primeras giran en torno a lo universalmente observable y mensurable, mientras que la segunda se ocupa con exclusividad de lo singular e irrepetible. Las primeras se ubican en el mundo de la necesidad y son verbalizables matemáticamente; la segunda, en el de la libertad que conecta al hombre con su Creador, referible sólo a través de símbolos y metáforas.

            Dos dimensiones, pues, diametralmente contrapuestas: las finitas y la infinita.

            Por supuesto, respecto a cualquiera de ellas siempre cabe la duda del apóstol Tomás: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en sus agujeros y… mi mano en su costado, no creeré”.

            Pero de repente, los físicos quánticos del siglo XX se nos adelantaron sin saberlo, con “el principio de incertidumbre” de Werner Heisenberg, y así, por la vía de lo irreduciblemente probable y jamás de lo apodícticamente cierto, “Dios” -en respuesta a Einstein- “hasta puede jugar a los dados” con nosotros…

Lo que me trae a aquella aguda observación de Kant de que quiso demostrar con precisión los límites de la razón para abrirle espacio a la fe, es decir, en su caso, a la fundamentación metafísica de los valores.

Ciencia y fe no son, ni podrán ser, por lo tanto, equivalentes a un contraste entre lo objetivo y lo subjetivo, o entre lo categórico y lo meramente posible, o lo racional y lo injustificable por la razón ni tampoco reducibles por separado a lo abstracto o a lo intuitivo, sino que son dos modos paralelos del conocimiento enteramente genuinos.

             

 

 

El futuro religioso del hombre VII

El futuro religioso del hombre (VII)

Por: Armando de la Torre

            Karl Rahner, el teólogo católico del siglo XX que quizás más ha influido en el pensamiento   moderno, escribió hacia el final de su vida un ensayo titulado “Espiritualidad Antigua y Actual” (1968) en el que afirmó que el cristiano del futuro “o será un místico… o no será cristiano”.

            Me dejó perplejo.  Porque la vivencia mística es un don muy excepcional, no asequible a cualquiera. La lectura, sin embargo, de otro texto suyo en torno al “invierno eclesial” en nuestros tiempos, simultáneamente con la del más reconocido de los grandes místicos, San Juan de la Cruz, me ayudó a descifrarlo. Pues nadie como este último ha sabido trasladarnos al castellano, con tanta sensibilidad y hondura, el itinerario personal de un alma a Dios.

            Recientemente, también se han hecho públicas ciertas reflexiones acerca de lo que nos revela el diario de la Madre Teresa de Calcuta -para sorpresa de quienes admiraban sus pasos por los caminos de la caridad heroica-, esto es, de sus lacerantes dolores íntimos mientras luchaba a solas con sus dudas de fe y con el sentimiento de haber sido rechazada por el mismo Dios.

            Testimonio de la cruz interior, tan frecuente en la vida espiritual, y comparable a una depresión anímica que lleva a la pérdida de todo gozo, que los expertos, incluídos los mismos místicos, califican de “noche oscura del alma”.

            Permítaseme citar unos versos en los que San Juan de la Cruz recogió su particular vivencia redentora:

            “Aquella eterna fonte está escondida,

            que bien sé yo dó tiene su manida,

                 aunque es de noche.

            En esta noche oscura de esta vida,

            que bien sé yo por fe la fonte frida

                  aunque es de noche.

            Su origen no lo sé, pues no le tiene,

            más que todo origen della viene,

                 aunque es de noche.

            Sé que no puede ser cosa tan bella

            y que cielos y tierra beben della,

                 aunque es de noche.

            Bien sé que suelo en ella no se halla

            y que ninguno puede vadealla,

                 aunque es de noche.

            Su claridad nunca es oscurecida,

            y sé que toda luz de ella es venida,

                 aunque es de noche.

            Sé ser tan caudalosas sus corrientes,

            Que infiernos, cielos riegan, y a las gentes,

                 aunque es de noche.

            La corriente que nace desta fuente

            Bien sé que es tan capaz y omnipotente,

                 aunque es de noche.

            La corriente que de estas dos procede,

            Sé que ninguna de ellas le precede,

                 aunque es de noche.

            Bien sé que tres en sola una agua viva

            Residen, y una de otra se deriva,

                 aunque es de noche.

            Aquesta eterna fonte está escondida

            En este vivo pan por darnos vida,

                 aunque es de noche.

            Aquí se está llamando a las criaturas,

            Y de esta agua se hartan, aunque a oscuras,

                  aunque es de noche.

            Arquesta viva fuente que deseo,

            En este pan de vida yo la veo,

                 aunque es de noche.”

 

            Saber, aunque sea de noche, lo que sólo a la luz del mediodía nos es cognoscible, es “fe”. Pero la frialdad helada que a ratos la circunda nos la puede tornar noche insufrible… Recordatorio nada sutil de que en el bagaje de todo peregrino cristiano nunca deja de estar presente la cruz, como en aquel grito de un Jesús agonizante: “¡Señor, Señor, por qué me has abandonado!”

            El auténtico venero, se ha probado, del carácter cristiano.

¿Será ésa la fe mística a la que será llamado el cristiano del futuro que es nuestra actualidad?

             A veces, con Rahner, tiendo a pensar que sí… La historia, por otra parte, me sugiere que no. La alegría del agradecido no ha sido menos conducente a Dios que la tristeza del que se ha creído rechazado.

Al fin y al cabo, a eso se reduce “la Buena Nueva” de la llegada del “Reino de Dios”, Pasión y Transfiguración, como lo ha sostenido desde siempre la entera tradición mística del Occidente.

           

El futuro religioso del hombre VI

El futuro religioso del hombre (VI)

Por: Armando de la Torre

            Considero errada la perspectiva de Rudolf Bultmann porque parto de la convicción empírica de que dioses, mitos y sus cultos respectivos en su honor se han probado, una y otra vez,  más consonantes con nuestra condición humana, incluida la de hoy, que el espiritualismo que entraña cualquiera de las manifestaciones históricas del monoteísmo judeocristianismo.

            Lo pretendo un mentís a Tertuliano, para quien el alma era “naturalmente” cristiana.

            Las “ideologías”, supuestamente ateas militantes, que arrasaron con buena parte de la humanidad durante los siglos XIX y XX –el nacionalismo, el socialismo, el fascismo, y hasta el anarquismo de su última versión contemporánea, la randiana-, han girado en torno a dogmas “infalseables” y, por lo tanto, nótese bien, ni religiosos ni científicos.

            Y han abundado entre ellas los cultos desenfrenados “a la personalidad”, aun a las de los más brutales y entonces todavía vivos (a Marat, Napoleón, Lenin, Stalin, Hitler, Musolini, Mao, Pol Pot, Perón, Castro, o al “Atlas” presuntamente empresarial, y así  a un larguísimo etcétera).

               El mérito de hipótesis como la de Bultmann está en que nos obliga a redirigir nuestra atención hacia lo que él llamó “die eigentliche Absicht”, la “intención intrínseca o genuina” de lo revelado en la Biblia y en la tradición.

Sobre el futuro de esa “intención”  versan estas líneas.

            Uno de los principales supuestos mitológicos del judeocristianismo, según el mismo autor, es la lucha incesante entre los personajes del “cielo” y del “inframundo” por la posesión definitiva de las almas de los hombres.

            Podría decirse que semejante conflicto sobrehumano tuvo un origen, al parecer, meramente en la imaginación ética de Zoroastro (o Zaratustra), mucho antes de Cristo. De acuerdo al cual la realidad fluye de dos principios metafísicos, personificados desde toda la eternidad, más allá del “tiempo” (que tiene, por el contrario, un “comienzo” y un “fin”) y del espacio en: Arimán, el “Mal”, y Ahura Mazda, el “Bien”, y que hacen su principal campo de batalla de las conciencias individuales de los hombres.

            Pero la crítica histórica ha aceptado que tan descomunal dicotomía fue incorporada evolutivamente al Antiguo Testamento por sus sucesivos autores “con la asistencia de Dios”. No menos aquellas por las otras parábolas alegóricas del Génesis sobre un paraíso, un primer hombre y una primera mujer,  un pecado original, un justo, Abel, asesinado por un resentido, Caín,  un diluvio al que sobrevivió por voluntad divina un personaje con los rasgos de Noé, un acto heroico de obediencia al gesto de Abraham, “el Padre de todos los creyentes”, la exterminación punitiva de los inicuos de Sodoma y Gomorra, o la premiación de la rectitud “según el corazón de Dios” en la literatura posterior llamados libros “sapienciales” en torno, a figurar como las de Job, David y los profetas…  Todo ello,  prenuncio de las bienaventuranzas del Sermón del Monte o  de las victorias sobre sí mismos del Cristo tentado en el desierto  o del Pablo hundido en su ansiedad “por todas las iglesias”.

            Para Bultmann, tales “mitos” de antaño son óbices para la fe en el hombre moderno… Los hodiernos, en cambio, son “realidades” a las que habríamos de “adaptarnos”.

            Disiento, pues, más bien, tiendo a interpretar cada una de esas “mitologías” contemporáneas  como otros tantos episodios en la guerra obvia, y sin pausa que libran el bien y el mal en nuestras propias conciencias, lo que reclama, a su vez, de  nuestra parte la  obligación moral de pensarlas.

             De vuelta a la construcción intelectual paralela de Thomas Kuhn sobre “paradigmas” a través de los cuales filtramos nuestras certezas, me permito añadir que, efectivamente, nos son identificables en cualquier reconstrucción teórica de nuestras experiencias, pero no  por eso menos comparables entre sí a partir de la capacidad última nuestra que constituye prueba adicional de esa “imagen y semejanza de Dios” que porta cada hombre consigo.