El futuro religioso del hombre XIV

El futuro religioso del hombre (XIV)

Por: Armando de la Torre

            Pero de todas las “apariencias”, las que más eficazmente falsean la realidad son las  ingeniadas por la hipocresía.

            Quizás no haya otro rasgo en nuestro comportamiento que se haya erigido más en obstáculo para la fe religiosa que la  hipocresía del creyente,  también, por supuesto,  la de quienes le adversan.

            Me acuerdo de Voltaire, el libre pensador por excelencia, que se cuidó de tener un sacerdote junto a su lecho de muerte, por si acaso…

             O de Maquiavelo, quien exaltó como suprema virtud en el Príncipe el arte efectivo  de aparentar fortaleza cuando se sabe   débil, o  piadoso cuando de  disimular  libertinaje se trata, y  hasta de compasivo al  castigar con crueldad, mientras parece  en todo  sincero  y es así  más creíble al mentir.

            La historia entre los sedientos de poder y de dinero que compiten risueños entre sí se teje  casi toda  de trampas, emboscadas, zancadillas, traiciones y calumnias.   Por algo dijo uno de ellos que “mientras más conozco a los hombres más amo a mi perro”. Y Andrés Fernández de Andrada, en su “Epístola Moral a Fabio”,  advierte  que… las “esperanzas cortesanas prisiones son do el ambicioso muere y al más astuto nacen canas”.

En los evangelios abundan las condenas enérgicas a tales … Jesucristo calificó de   “sepulcros blanqueados” a los santurrones fariseos de su tiempo, lanzó al orgullo cobarde de Herodes el vituperio de “zorra”,  a los cambistas del templo arrojó porque su “casa era templo de oración  y vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones”. Nos previno, además,  contra “los lobos disfrazados con piel de oveja” (¿ curas “pederastas”, por ejemplo?).

Para El, al contrario,  habríamos de ser siempre auténticos: “Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunáis”. O  generalizando : “Sea vuestro lenguaje: Sí, sí, no, no, que lo que pase de ahí viene del Maligno”.  Encima: “En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas”…    

Todo adulto,  en algún momento,  peca de hipócrita, unos más, otros menos. Como lo satirizaba mi viejo profesor de semántica: el término mismo    “cumplimiento”, tan socorrido en sociedad, es analizable  en dos verbos: “Cumplo y miento”.

La  hipocresía es un mecanismo de defensa para mantener una imagen positiva de nuestro ego  ante los ojos ajenos. Su abuso más exagerado  consiste en  querer  proteger esa imagen positiva  ante los ojos propios.   A ello cataloga el psicoanálisis freudiano como  “racionalizaciones”, es decir,  distorsiones de la realidad para justificar fracasos o  deslices inaceptables por  nosotros mismos.

Entre quienes rechazan la existencia  de Dios, más aún,  su providencia,  abundan las racionalizaciones:  “supersticiones” de ignorantes , “negocios del clero”,  “insensateces de analfabetas ”, “conspiraciones  de sociedades secretas”, “odio al género humano” (Tácito), “simple menosprecio por  lo humano” (Nietzsche), -u “opio del pueblo”(Marx)-.  Pues ya somos “ilustrados”, la “ciencia (sobre todo la psicológica)  acabará por poder explicarlo todo”,  “la religión desaparecerá con la última clase social dominante” y, en fin,   “el entero   Universo se halla  necesariamente  determinado por tan sólo causas eficientes”.    Mientras “somos  granos insignificantes en una materia  insensible, al que dolor o  sufrimiento nuestros le  son indiferentes”.    “No existen el alma,  la libertad,  el pecado” (Skinner)…”ni, es obvio,  justicia alguna”.

Somos  meros racimos de pasiones inútiles  (Sartre), o, en el mejor de los casos,  ríos que van a dar a la mar que es el…Nirvana (Buda)

Que no  nos inquieten, pues, con historietas de un  “más allá” de  esperanzas y  miedos, producto de  poetas delirantes (Epicuro)…

¿Acaso hemos merecido tanta  importancia? (Hume).

El futuro religioso del hombre XIII

El futuro religioso del hombre (XIII)

    Por: Armando de la Torre

 

            El hombre del futuro tampoco dejará de quejarse de la vida que le tocará  en suerte.  Pero  también esa  apariencia engañará,  pues  no creo que aumente el número de los que renuncien por voluntad propia  a vivir, a menos que también a ellos se prolongue ese vacío existencial (anomie, la calificó Dürkheim) que aqueja a muchos de nuestros contemporáneos, sobre todo entre aquellos que  se congratulan  de ya integrar  sociedades  del para mí  dudosamente  llamado “ primer”  mundo.

            Nuestras penas, frustraciones y caídas serán,  como  los de hoy, producto inevitable de lo raquítico de nuestra información, de ciertas debilidades de nuestro carácter, y hasta  de alguna mala voluntad que con mayor o menor frecuencia exterioricemos hacia los  demás.

            La culpa, por supuesto, sí se la pasaremos alegremente a nuestro Creador.

            Quizás de todas esas raíces, la de más peso nos sea lo precario de nuestro saber, muy en especial sobre  las consecuencias  de nuestros actos al  largo plazo.  Las “revoluciones”  violentas, por ejemplo, que tanto fascinan a  los muy jóvenes o a los muy incultos, responden a esa condición de supino cortoplacismo.  Por ello se muestra nuestro mundo posmoderno    más cauto y prudente, como lo prueban las megainstituciones de  reciente creación como las de la Unión Europea, las del derecho humanitario internacional,  o la propagación de la teoría de división efectiva de los poderes del Estado que se conoce en inglés como “the rule of  law”,  y en español   “el Estado de Derecho”. 

            Son ellas, además, testimonio de la pervivencia de la visión cristiana que subyace a la construcción del Occidente hoy  globalizado,  y del vigor inaudito del “personalismo” que tiñó a los más importantes  movimientos políticos internacionales de la posguerra, muy en particular la  Democracia Cristiana.  Inclusive la Social Democracia alemana, la otra corriente mayoritaria, en su Congreso de Bad Godesberg de 1959  incorporó a sus principios fundantes “el humanismo cristiano” y añadió: “El socialismo no es ningún sucedáneo de la religión.  El Partido Socialdemócrata respeta las iglesias y las comunidades religiosas, estima su particular cometido y su independencia”.

            Esta  brevísima  sinopsis ha resultado  en un mentís a las intenciones de ese laicismo militante de la Revolución Francesa – ahora monopolio de las agencias de las Naciones Unidas – que  todavía erosiona las bases morales de nuestros pueblos,  igual que el del claro testimonio del resurgimiento de la fe religiosa en los territorios que otrora fueran “parcelas”  del bloque militantemente  ateo de la Unión Soviética.

            Pues, una vez más, “el espíritu sopla donde quiere”. 

            ¿Por qué no también mañana?…

El futuro religioso del hombre XII

El futuro religioso del hombre (XII)

Por: Armando de la Torre

La presencia del  Espíritu se transparenta en los acontecimientos imprevistos y repentinos más que en los esperados y rutinarios.  

Inspira, además, paz y alegría.  Pero nunca abruma del todo nuestra naturaleza inconforme y  cortoplacista.  De ahí que ahora quiera darle su turno a sus protestas y reclamos. 

De lejos me asombra la libertad de los judíos cuando cuestionan a  Dios. Esa actitud de familiaridad casi blasfema la veo resumida en aquel incidente narrado en el capítulo 32 del Génesis, que narra una pesadilla de Jacob durante la cual libra una lucha corporal toda la noche con una misteriosa figura divina, que le hubo de valer su nuevo nombre de Israel, “porque has sido fuerte contra Dios y contra los hombres, y le has vencido”.

Elie Wiesel, distinguido con el Nobel de literatura en 1993, aludió a cierto “juicio a Dios” montado por algunas víctimas judías  del Holocausto en Auschwitz,  el más mortífero de los campos de concentración nazis, que concluyó por hallarlo culpable de haber faltado a su promesa a Moisés de velar por la bienaventuranza de su pueblo escogido.

¿Y después?… Oraron como de costumbre.

Para el común de los mortales, el primer y más obvio de nuestros  usuales  gruñidos tiene que ver hasta con la mera razón de nuestro existir. Pues ninguno de nosotros ha pedido venir a este mundo;  nuestros padres lo decidieron por nosotros.

Tampoco escogimos el ropaje de impulsos prohibidos,  ni la testosterona que nos hace tan agresivos, ni la imaginación loca que nos vuelve tan petulantes, ni el mismo amor espontáneo a nosotros mismos, sin cuyas exageraciones  no habríamos sobrevivido. En verdad, nada de lo que genéticamente nos constituye y nos afea  ha sido  fruto de elección deliberadas nuestra.       

Mucho menos habríamos de cargar con los resbalones éticos de quienes nos los heredaron.  Tampoco vemos culpa en  nuestra inquisitiva lógica, que nos empuja a exigir del Creador pruebas  claras, más racionales, de su omnipotencia  y su justicia.

Y hemos permanecido ajenos a supuestas rebeliones de ángeles, o a adversarios de Dios cuya función no haya sido otra que tentarnos a que lo rechacemos.

La tierra no es marco de nuestra hechura,  ni hemos abusado de genios “celestiales” que pudieran habernos ayudado al logro de la máxima sabiduría compatible con nuestro limitado acervo intelectual.  

Ejercemos en consecuencia nuestra libertad a tientas,  con los tropiezos que son de esperar.

Y la llamada Historia “Sagrada” de las migraciones  hebreas se nos antoja un recuento mitológico más, mientras los preceptos que de ella se desprenden los propios de una sociedad subdesarrollada,  autoritaria y brutal, generalizaciones de versiones varias de la ley del Talión, ignaras de nuestras motivaciones conscientes, cuanto más de las  subconscientes.

Su cosmología,  primitiva y errada, nos la hace, para colmo, aún más sospechosa de alucinar. 

Y se nos tilda de adoradores de becerros de oro y de usurpadores irresponsables de la heredad que competería únicamente a los hijos de Dios.

El  choque  con el legítimo orgullo humano que se abrió paso gozoso durante el Renacimiento, o aquel entusiasmo eufórico por el saber en la Ilustración, no puede ser más frontal.

Por no hablar de la insuficiencia de los días que se nos asignan para merecer o desmerecer la eternidad.

¿Y qué  de la masa de Cro-magnones,  dispersa sobre la faz de la tierra desde su cuna mediterránea, hace 35 mil años, sin el gozo amansador de la “Buena Nueva”?

¡Cuánta pena desde entonces inútil, cuántas humillaciones insoportables que sentimos habernos degradado,  cuánta desesperación  que acuñó el punto final a tantas vidas!

¿Acaso hemos sido sólo  victimarios, nunca víctimas? ¿Ingratos, o será sencillamente que estamos hartos? ¿Que no nos es excesiva esa carga de  parir con dolor y comer  al precio de nuestro sudor? ¿Merecemos, tal vez, cada desgarrón de esos con los que se nos arrebatan uno a uno  nuestros seres queridos, en cada caso, siempre demasiado pronto?               

Las apariencias, sin embargo, engañan…

 

El futuro religioso del hombre XI

El futuro religioso del hombre (XI)

Por: Armando de la Torre

            Preguntarnos por el futuro religioso del hombre es parte de nuestra obligación natural de ayudar con nuestras experiencias y reflexiones, aun después de muertos, a las generaciones por venir.

Equivale a anticiparnos al mundo en el que ellas habrán  de hacer historia. La religión en general, y el cristianismo muy en particular, han sido la fuente principal de los juicios llamados “de valor”, sobre todo los éticos o morales, y jamás se les ha encontrado alternativas que les sean comparables a pesar de numerosos ensayos por parte de conductistas y deterministas de toda laya.

            En el Occidente se ha prolongado desde el siglo XVIII un encendido debate filosófico sobre el “status” epistemológico de tales juicios. Algunos han llegado a negarles realidad objetiva alguna a los criterios por los que decidimos de lo bueno o de lo malo, de lo bello o de lo feo, de lo útil  o de lo inútil, porque, arguyen, tales formulaciones  responden a percepciones enteramente subjetivas y, por lo tanto, infalseables. Aquellos otros juicios, en cambio, que declaran o describen “hechos” comprobables por cualquiera, o enuncian relaciones  abstractas entre ideas (como en la lógica y las matemáticas) y cuyas verdades no pueden ser contradichas, ésos sí son universalmente válidos.

            Sostengo lo contrario: que todas las cadenas de razonamientos lógicos-matemáticos a partir de hechos precisamente no tienen otra meta última que el que podamos arribar mediante ellos a mejores juicios de valor.

            El cristianismo ha sido instrumental para que a tales juicios podamos añadirles una dimensión trascendente. No matar, por ejemplo, o no robar,  no mentir, u honrar  padre y madre, no sólo nos han sido imprescindibles para la pacífica convivencia civilizada sino también para nuestra ulterior reconciliación filial  con el Padre que ha querido revelarnos esa filiación.

            A esto se le ha calificado, con razón, el proceso de “interiorización” de la ética, pues lejos de haberse detenido esta especialización académica en los  juicios de valor sobre lo moralmente aceptable o inaceptable desde una perspectiva meramente “prudencial” (como entre los griegos clásicos), o “utilitaria” (entre los modernos), desde la que sólo se juzgan relevantes las consecuencias o efectos visibles de nuestros actos libres, se les asigna, en cambio,  el peso decisivo a nuestras  intenciones subjetivas (de cumplir o no con la voluntad divina).     

            En el vocabulario de Kant se les llama a los primeros moral  hipotética” y a los segundos moral  categórica”.

            La más simple introspección – hecha con seriedad – nos enseña que un mandato o una prohibición categóricos nos motivan con más eficacia que el mismo contenido envuelto en un ropaje “prudencial” o “utilitario”.

            Por eso al relativismo axiológico de nuestros días no le veo futuro.

            La siguiente pregunta clave sería al servicio de cuál absoluto, entonces, estará el entramado de nuestros juicios de valor éticos, en ésta, la ya incoada “era espacial”.

            Apostaría a que tal “absoluto” habrá de incluir necesariamente la vida, y de ella enlazar con su Autor. Porque es el “escenario” de todo el gran teatro del mundo en el que fungimos por turnos de personajes, unas veces importantes, otras secundarios.

Ni tampoco la creo racionalmente reducible a una presunta “ley” eterna (!) de expansiones y contracciones sucesivas – por lapsos de miles de millones de años cada una – de la materia del entero Universo, mucho menos a la supervivencia evolutiva de los más aptos. 

Tampoco hay rastro alguno de automatismo biológico que explique un salto al azar de lo inerte a lo “consciente”, alrededor de lo cual giremos los dotados de conocimiento. Menos aún una “conciencia” moral o ética que nos signifique obligaciones incondicionales.

El misterio persiste, más hondo, más ancho.

Mientras nosotros nos vemos bajo el apremio, en palabras de Protágoras, de juzgar de todo porque somos la única “medida de todas las cosas”.      

 

 

 

El futuro religioso del hombre X

El futuro religioso del hombre (X)

Por: Armando de la Torre

            La introducción y propagación del monoteísmo por tierras bíblicas data de casi cuatro mil años atrás. La figura del  “Cristo” (Mesías), de hace dos mil, aceleró y expandió un mensaje retocado del mismo, muchísimo más profundo y controversial. De éste último primordialmente me ocupo.  

            El debate en torno a la “Revelación” durante esos lapsos de tiempo milenarios ha sido incesante, apasionado y, en ocasiones, violento. Por millones se cuentan las víctimas que han rubricado con su sangre su testimonio respectivo, a favor o en contra.

            Para la inmensa mayoría de esos humanos ya se resolvió definitivamente el dilema: han muerto.

            Por eso no me queda alternativa que dirigirme a los aún vivos, y a todos aquellos todavía por nacer. Para que confronten la misma disyuntiva de tal envergadura y trascendencia cual no ha habido otra en la historia de la humanidad.

            Un gran matemático y piadoso precursor del cálculo de probabilidades, Blaise Pascal, nos propuso la siguiente apuesta: o Dios no existe, y nuestra fe habrá sido al final inútil, es decir, sin repercusión alguna más allá de la muerte, o Dios sí existe, y nos habremos jugado tontamente nada menos que la entera eternidad.  Pascal, por supuesto, sabiamente recomendó apostar a la existencia de Dios.

            Al margen de meras apuestas, el mensaje que nos ha sido entregado a través de la tradición judeocristiana se ha mostrado de una coherencia lógica interna tan estricta, más aún,  de una originalidad tan única e insuperable, que ha logrado trastocar las vidas de aquellas personalidades que la han llegado siquiera a rozar, de Agustín de Hipona al Mahatma Gandhi, de Copérnico a Kant, del emperador Constantino a Tony Blair, de Francisco de Asís a la Madre Teresa de Calcuta…

            Nuestro contemporáneo F.A. von Hayek, se encargó, por su parte, de relegitimar para nuestro acervo cultural el benéfico servicio de las tradiciones, en oposición al menosprecio explícito hacia ellas de los “ilustrados” franceses de los siglos XVIII y XIX, al afirmar en su opus magnum “Los Fundamentos de la Libertad” que el aserto de los enciclopedistas acerca de que “toda tradición es superstición” es, en sí mismo, una superstición.

            Lo sugestivo en su caso es el área académica desde la que retrotrajo su novísima defensa de la verdad que pueda encerrar la tradición: la ciencia económica, en cuyo nombre fue galardonado con un premio Nobel. Porque, había dicho, la suma total del conocimiento se halla desigualmente dispersa por toda la sociedad, y las tradiciones son la única forma de sintetizarla y preservarla, en paralelo al mecanismo espontáneo de los precios del mercado. Incluso que las tradiciones resultan no menos aplicables a las ciencias naturales que a las sociales, a través de los “paradigmas” subyacentes en toda ciencia según la propuesta Thomas Kuhn. Sobre parecidos supuestos, otro gran economista “austriaco”, Israel Kirzner, se atrevió a explicar la naturaleza de juego suma positivo de la actividad empresarial.

            En la medida,  añado, en que podamos proyectar para el futuro la validez de las tradiciones escritas u orales, el “depositum fidei de la tradición cristiana volverá  a ser reconocido como roca viable sobre la que se construye la esperanza perpetua de la fe de la Iglesia.

            ¿Y qué hay de quienes han permanecido sin su culpa al margen del kerigma de la Iglesia primitiva? Ahí se abre un espacio para la especulación teológica. Ensayos históricos, por ejemplo, como los del “limbo” o del “purgatorio”, ambos sin sólidas bases escriturísticas, podrían regresar al primer plano de las preocupaciones interconfesionales.

            La creatividad de una institución que se remonta a la inspiración inagotable del Espíritu divino podrá también iluminar de absoluta confianza el horizonte de un posible universo humano interplanetario

            Y de su mano, la sobrevivencia de esa otra idea tradicional del “alma” en cuanto raíz ontológica última del concepto de “persona” y sus derechos.   

           

El futuro religioso del hombre IX

El futuro religioso del hombre (IX)

Por: Armando de la Torre

            ¿Qué se podría, por tanto, aventurar en definitiva acerca del futuro religioso del hombre?

            En primer lugar, que siempre lo habrá.

El entorno cultural puede por períodos no serle favorable, pero siempre serán interpretables en cuanto otras tantas “noches oscuras” del itinerario del cristiano.

            En segundo lugar, la vertiente “institucional”-su  Iglesia-, será probablemente más “elástica”, sin renunciar por eso a su estricta naturaleza jerárquica y sacramental, en la medida en que el culto a Dios se torna todavía más íntimo y menos público. Ello no implicaría que la abnegada proyección hacia el prójimo en la práctica de la caridad organizada,  venerable de dos milenios, habrá  de disminuir entre los feligreses, es decir, que el espíritu del buen samaritano permanecerá con nosotros si es posible en mayor calidad y número .

            En tercer lugar, esta condición humana nuestra, incesante en su búsqueda de intimidad trascedente -como la describiera Martin Buber-, nos ayudará a restaurar, en cada vez, el puente de acceso a lo sobrenatural que hubiésemos cortado con nuestras culpas. Me refiero a lo que los evangelistas dieron en llamar metanóia, es decir, el “arrepentimiento” sincero.

Para tales expectativas me valgo de ciertas conclusiones de la sociología contemporánea sobre las llamadas “crisis emocionales” del ciclo vital (la adolescencia, por ejemplo, o la primera muerte de un ser querido, o un grave accidente entre quienes nos son más allegados, o el divorcio, o hasta el anuncio de nuestra enfermedad terminal,…), y las del llamado ciclo social (desempleo, violencia callejera, quiebras económicas, guerras, revoluciones…), que acaban, por incentivarnos paradójicamente a recuperar nuestro equilibrio emocional, pues seguiremos conscientes de que, de no lograrlo, la alternativa pudiera ser precipitarnos por el  abismo de las “pasiones inútiles”, del alcohol, de las drogas, o hasta de las  actividades delincuenciales…

            Las filosofías morales del utilitarismo o del pragmatismo tampoco se han mostrado capaces de hacernos lo suficientemente fuertes ante tantos desafíos a nuestra fragilidad.

Sólo los preceptos incondicionales de una moral categórica, únicamente ubicable en la esfera interior de la fe del individuo, se han probado a la altura para resistir las tentaciones y, sobre todo, para enfrentar los dilemas éticos a los que hemos de responder cada hombre y mujer adulto.

¿Por qué habríamos de ser diferentes mañana?

El cristianismo, además, ha añadido al judaísmo del que se deriva, otra ulterior motivación: la del Cristo a diario crucificado.  Ni se nos ha dado otra visión tan revolucionariamente conmovedora, ni siquiera desde el mundo de los efectos especiales del  “entertainment”.

La cruz se constituye así en nuestra última ventana para asomarnos al misterio de la “Encarnación”. Sólo sobre tal premisa se puede esperar de nosotros que lleguemos al heroico perdón de nuestros enemigos. Sólo desde ella nos resulta exigible el amor voluntario y universal o  nuestra renuncia a tanto deseo prohibido, incluso la ablación deliberada de nuestro “yo” en  obsequio a un respeto sin excepciones al derecho ajeno.

El cristianismo no es una devoción que se eleve hacia lo imaginado divino, sino una entrega, con frecuencia atormentada, a la voluntad de un Padre que quiso descender hasta ésta áspera realidad humana.

No es, pues, uno más entre otros de aquellos toscos esbozos de piedad  calculadora de las culturas politeístas mediterráneas  que lo precedieron. Tampoco una fuga del dolor y de la responsabilidad individuales, como lo creyó entrever Nietzsche en las culturas de la India.

El cristianismo se reduce a un enérgico abrazarse a la cruz que nos redime y que,  al redimirnos, nos deja inmerecida e incomprensiblemente eternizados.

¿Qué uso harán al respecto nuestros bisnietos de todo ello a través de las “redes sociales” producto de la tecnología digital?…