El futuro religioso del hombre XXII

El futuro religioso del hombre (XXII y final)

Por: Armando de la Torre

            En resumen, ¿cómo se podría avizorar al cristiano, hombre o mujer, de la era espacial del futuro? ¿Cristianos mucho mejor informados que hasta ese momento? ¿Expuestos a múltiples desafíos que les serán enteramente inéditos? ¿Globalizados, opulentos, y más seguro de sí y de su  poder sobre la naturaleza? ¿Pero también más individualistas y menos comunitarios,  más sensuales  y, por ello,  menos dispuestos a sacrificarse por los demás?… ¿Solitarios hacia adentro y meramente gregarios hacia afuera?… ¿Quiza, también,  más deprimibles?… ¿Cristianos  “unisex” que entenderán el amor como una mera fusión exultante  de elementos  químicos  y no como una voluntaria entrega recíproca ?…

            Si la historia nos es maestra, conjeturo que su fe religiosa será más intensa en la medida en que se sentirá  políticamente más incorrecto. 

            Y que los fundamentos racionales de su fe transitaran de  la riquísima herencia del esencialismo  de  los clásicos griegos y romanos a las vivencias existenciales del hombre moderno, producto de sucesivas revoluciones,  científica  en el  siglo XVII,  liberales  en el XVIII, y sostenidamente industriales durante los siglos XIX, XX y XXI.

            Y si toda civilización consiste radicalmente en imponer un orden racional al caos, la interplanetaria del futuro podría  entrañar  una fe ecuménica aún más sujeta a la lógica simbólica  de las relaciones que, paradójicamente, habrá de hacernos,  al final,  más humildes ante la inmensidad y majestuosa complejidad del cosmos.  

            Como siempre, sin embargo, el universo al  interior de cada cual todavía les servirá de medida para todas las demás cosas.  Y en eso consistirá su mayor responsabilidad individual ante Dios.

            Un nuevo hombre para un  nuevo cielo y una nueva tierra, que logrará amaestrar en base exclusiva a las bienaventuranzas del Sermón del Monte. 

No habrá otra.

Lo que nos traerá filosóficamente de regreso a la postura de Immanuel  Kant, de cuando escribió: “Dos cosas me maravillan: el cielo estrellado y mi deber moral”.

            Tal vida interior en  cada hombre o mujer será el todo para el cristiano.  Como nos lo reiterara recientemente Martin Buber, la fe es  diálogo intimo entre un Yo y un Tú,  presagio  de aquel eterno y completo entre personas divinas y humanas  a través de la visión beatífica.  Diálogo previamente abonable por el Amor, porque…

            “Aunque hable las lenguas de los hombres y de los ángeles” –  lo  describió Pablo a los corintios-, “si no tengo amor, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe.  Aunque tenga el don de profecía, y conozca todos los misterios y toda la ciencia; aunque tenga plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo amor, nada soy.  Aunque reparta todos mis bienes, y entregue mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, nada me aprovecha.  El amor es paciente, es amble; el amor no es envidioso, no es jactancioso, no es engreído;  es decoroso; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad.  Todo  lo excusa.  Todo lo cree.  Todo lo espera.  Todo lo soporta.  El amor no acaba nunca.  Desaparecerán  las profecías.  Cesarán las lenguas.  Desaparecerá la ciencia.  Porque parcial es nuestra ciencia y parcial nuestra profecía.  Cuando venga lo perfecto, desaparecerá lo parcial.  Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño.  Al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño.  Ahora vemos en un espejo, en enigma.  Entonces veremos cara a cara.  Ahora conozco de un modo parcial,  pero entonces conoceré como soy conocido.  Ahora subsisten la fe, la esperanza y el amor, estos tres.  Pero el mayor de todos ellos es el amor”.

            Anticipo, quizás, de la clarividencia de Issaac Newton… “Me veo como un niño pequeño, jugando en la playa, que disfruta al encontrar, de vez  en cuando, un guijarro más fino o una concha más bella de lo común, mientras el gran océano del saber se extiende ante mis pies inexplorado…” 

El futuro religioso del hombre XXI

El futuro religioso del hombre (XXI)

Por: Armando de la Torre

Durante el Renacimiento (aproximadamente del 1350 al 1550) la mujer, en cuanto reinas o en cuanto damas virtuosas, influyó crecientemente en la arena pública.  Inesperadamente,  empero, una austera Santa Catalina de Siena, de apenas  veinte años de edad, intervino  con gran éxito en la turbulenta política de la Italia de su tiempo, y hasta logró lo que ningún príncipe había conseguido durante siete décadas de esfuerzos: el regreso de los Papas  a Roma, tras un largo cautiverio en Avignon.  Ello le valió, algo tardíamente, que Pablo VI  la declarara Doctora universal de la Iglesia.

Muchas otras también dejaron  rastros importantes, aunque nada piadosos: la temible Catalina de Medici, por ejemplo,  o  la inescrupulosa Isabel de Inglaterra  o la temperamental Cristina de Suecia.

Pero la corona entre todas se la llevó la españolísima Santa Teresa de Jesús, de agudo ingenio, fácil prosa y exquisito sentido del humor; también con algún retraso reconocida como la  Doctora “mística” para todos los católicos .

El siguiente paso en la progresiva  admisión de la mitad femenina de nuestra humanidad al protagonismo  histórico lo dieron,  casi sin caer en la cuenta, aquellas  grandes señoras de los aristocráticos salones parisinos del “ancien  régime”,  quienes popularizaron a su costa los encuentros intelectuales entre los pensantes de ambos sexos.  De ahí que  a nadie pareció sorprender la abundante cosecha de  lideresas en la siguiente generación,  durante la gran Revolución.    Hacia   Madame Staël, o la  “George Sand” (Aurora Dupin), o la Mary  Shelley, de los inicios del Romanticismo, la transición fue fluida.

El siglo XIX fue el marco también para la incorporación de las mujeres a la educación formal superior a partir de 1840.  Y que hubo de culminar a principios del siguiente  con dos premios Nobel en ciencia naturales (química y física) a una misma persona, una mujer: Marie Slodowska  Curie.

Mientras tanto, las “sufragatistas” se encargaron de  asegurar   su presencia en  la política democrática, sobre todo después de sus abnegados y masivos  aportes laborales a lo largo de la primera guerra mundial,  de tal manera que  Golda Meir, Margaret Thatcher o Angela Merkel hoy  figuren con toda naturalidad y aceptación entre los grandes estadistas de sus pueblos respectivos…

¿Qué les queda, pues,  por alcanzar ?.

La respuesta apropiada,  creo,  al más grande de sus desafíos: ese difícil  balance para la inmensa  mayoría de las parejas entre el trabajo en la calle y sus habituales obligaciones de progenitores.

La experiencia me ha enseñado que la fe religiosa es el más efectivo de los calmantes para tales tensiones y el más fecundo  de los apoyos en la educación de las nuevas generaciones, sobre todo para la formación de su carácter,  que suelo entender como una  generalizada disposición a poder decir “¡NO!”. 

Hoy muchos intentan sustituir al sacerdote con el psicólogo.  Ambos necesarios, es verdad, pero cuyas funciones son muy diferentes.  El primero nos es el vehículo exclusivo para los favores divinos que nos rescaten con eficacia de nuestro hundimiento en el pecado; el segundo, en cambio, nos  es uno más para la conservación de nuestra ordinaria estabilidad emocional. 

Lo que me trae a otro punto debatido: tal confesor, ¿podría ser una mujer?.

Las mujeres a las que hasta ahora les he hecho esa misma pregunta siempre  me han respondido que no les agradaría.  Las feministas militantes, por el contrario, lo consideran un avance imprescindible – al menos para aquellas que retienen su fe religiosa- hacia la igualdad completa de derechos entre hombres y mujeres.

Pero ahí se tropieza con un  hecho histórico insuperables: en la tradición bimilenaria del cristianismo jamás se aceptó tal posibilidad, contradicha tan solo desde hace unos veinte años   entre comunidades periféricas. 

Nos quedará, no obstante, en la memoria colectiva el sostenido y gigantesco esfuerzo de la mujer por “humanizar” la fe del hombre.   

El fuuro religioso del hombre XX

El futuro religioso del hombre (XX)

Por: Armando de la Torre

            Vísperas de la Navidad,  fecha oportuna que me sirve para marco del tema de la Mujer y el cristianismo del futuro, pues fueron ella y su Hijo  protagonistas de ese alumbramiento, el más portentoso de la historia. 

            Pero antes permítaseme  una rápida vista al pasado.  

            La fe de los cristianos se propagó por un mundo en nada apreciativo de la viuda y los huérfanos. Como si en cualquier  mujer, privada de un hombre a su lado, hubiera de ser borrada  toda valía. Sólo el varón, en aquel entonces, era visto, al cubrirla con su sombra y extenderle su apellido,  el venero de aceptabilidad  para la  esposa, la hija, la hermana… Incluso al “paterfamilias”, de acuerdo al   derecho romano de las XII tablas,  se le había otorgado en un principio  poder discrecional de vida o muerte sobre su  cónyuge y prole. Y peor  le iba a la mujer  en el Oriente  mesopotámico, el  árabe, el hindú o  el chino.

            Los primeros atisbos de cambio radical se dieron con los profetas de Israel. Otros más concluyentes se habrían de  asomar más tarde por las páginas de los  Evangelios.

 María y ésa su excepcionalidad única desde la Anunciación, igual que al  acunar su recién nacido en un pesebre a las afueras de Belén, o en  su  subida de rigor al Templo de Jerusalén seguida de  un descenso angustioso, y en aquella discreta intermediación para una fiesta de bodas en Caná, además de sus heroicos silencios y de su entereza a los pies de la cruz, o en su amorosa recolección final de apóstoles y discípulos de su Hijo en torno suyo, a la espera de Pentecostés, brilló como la sola estrella enteramente  humana en el  horizonte de la divina inocencia.

            Y le  siguió el desfile de personajes femeninos como María Magdalena, de la que tanto se habla hoy tras el hallazgo en 1945 de un evangelio manuscrito, probablemente de origen gnóstico,  hallado en Nag Hammadi, Egipto. 

            Hoy sabemos que otras mujeres figuraron activamente en el grupo de seguidores itinerantes de Jesús. Y desde sus enseñanzas amorosas y realistas  hacía la adúltera – “quien esté libre de culpa que tire la primera piedra” –  brotó una actitud nueva que contrastaba frontalmente con el machismo implacable de aquel entorno.

            Pasaron los siglos, y en el IV de nuestra era, un prefecto imperial en Milán de admirable integridad de cáracter, San Ambrosio, en ese mismo espíritu dio un paso adelante- aunque  no parece haber caído en la cuenta de su tracendencia-, al liberar a las vírgenes cristianas de la obligación de aceptar los maridos que sus padres les hubieren escogido. Por primera vez las mujeres obtuvieron así una alternativa al matrimonio, en cuanto consagradas esposas espirituales de Jesús. 

            Otro barrunto de tiempos mejores lo fue el trágico romance clandestino de finales del siglo XI entre la eminencia intelectual de la Universidad de Paris, Abelardo, y la culta e inteligente Heloísa, que ya transparentaba el  incipiente avance en la educación superior de la mujer al inicio  de la Baja Edad Media.

            Pero quizá  la figura más determinante para la elevación  del “status” social de la mujer fue Bernardo de Claraval, el predicador más impactante de sus días  (siglo XII). El desvió el centro de la reflexión teológica hacia  la pregunta seminal de Anselmo de Canterbury: Cur Deus homo?, por qué Dios se hizo hombre?

            De este misterio medular  subrayó  la inserción del Verbo divino en la condición humana por  medio de una mujer. A partir de sus impresionantes prédicas se erigieron en toda Europa más de doscientas majestuosas catedrales góticas, todas en homenaje a María. Ese culto mariano fue secularizado para las masas por  los juglares como otra vertiente de la idealización del sexo femenino entre los pueblos germánicos (la “Frauanbetung”, veneración de la mujer).

            Desde ese momento, cada caballero andante guardaría una devoción peculiar hacia su ideal de mujer, amada  sólo a distancia, como lo ejemplificaron el Dante con su Beatriz  y Petrarca con su Laura.

Lo que hizo  posible hasta lo  impensable: una doncella, Juana de Arco, capitana de los rudos soldados del Rey  de Francia…

El futuro religioso del hombre XIX

El futuro religioso del hombre (XIX)

Por: Armando de la Torre

            ¿Y la mujer?

            Aunque espero que haya resultado obvio para todos que el término “hombre” lo he entendido siempre en su tradicional sentido genérico equivalente a lo “humano”, es decir, sin acepción de género o sexo. Es indudable, sin embargo, que la situación de la mujer merece por separado un diálogo más a fondo.

            Pocos discuten que en los índices comparativos del sufrimiento humano a la mujer le ha tocado la peor parte, desde aquella inaugural condena “con dolor parirás tus hijos”…

            En las sociedades primitivas y en algunas contemporáneas todavía, el hombre con relativa facilidad ha abusado de su tercio de fuerza física mayor que lo distancia de la mujer.

            Además, contamos con el hecho reiterado de que en la historia universal de los pueblos la mitad masculina del género humano ha impuesto predominantemente a la otra mitad la escala de valores por la que ambos se habrían de coordinar. En ningún estadio de la evolución cultural se ha hecho más patente que en las sociedades seminomádicas que identificamos como “patriarcales”. Y como corolario progresivamente extemporáneo, el fenómeno de “la violencia doméstica” aún acaece estadísticamente con mayor o menor frecuencia en función de los años de escolaridad respectiva de hombres y mujeres, es decir, que a mayor capacidad para verbalizar conflictos menores es el recurso mutuo a la violencia física.

            Por otra parte, la veneración hacia la figura de la “madre” destaca como práctica global. El lazo emocional entre madre e hijo se ha mostrado siempre como el más intenso y duradero en las relaciones primarias. Y si Freud tuvo razón, el “complejo de Edipo” funciona en menor beneficio para las hermanas, quienes, encima, a partir de la pubertad tienden a priorizar sus relaciones con el padre sobre las que sostienen con su madre.

            A ello se añade que la división espontánea del trabajo – el varón proveedor, la hembra nutridora -, ha hecho más difícil a la mujer autorrealizarse con independencia del varón. 

            A todo ello habrían de tenerse en cuenta las correspondientes adaptaciones anatómicas, fisiológicas y psíquicas para el desempeño de sus tareas pertinentes, que en casi todo el reino animal tienen ecos similares.

La “igualdad integral de derechos de todos los humanos ante la ley”, una de las metas más importantes de la civilización actual, ha de superar esas obvias diferencias entre los sexos. La mujer, por ejemplo, se fija más en los “detalles” del trato con los demás que el hombre, y de ahí su imaginación la impulsan a muchos malentendidos que terminan con frecuencia por  victimizarla. 

También el sentimiento de la responsabilidad para con la prole es más fuerte en la mujer que en el hombre, lo que entraña para ella una carga adicional cuando se enfrenta a la bochornosa deserción paterna y queda profundamente herida en sus expectativas más importantes de cuando formó pareja:  protección, cariño y respeto.

La legislación correctiva ayuda en este contexto a remediar las desventajas que sufren las mujeres pero en poco; mucho más decisivos son los valores que se maman desde la cuna con la leche materna. Y aquí entra el tema religioso.

Hasta la aparición del judeocristianismo, la discriminación contra la integridad física y psicológica de la mujer en casi todas las culturas fue aplastante. El ascenso de la conciencia moral a este respecto ha sido lento y tortuoso, pero hoy podemos preciarnos de algunos logros compensatorios de retrocesos inesperados. Por ejemplo, ya no se tiende a ver tanto a la mujer desde la óptica simplista de úteros para fabricar futuros soldados como hasta hace un siglo se las veía por todos los poderes militares nacionalistas.

Ni como “descanso del guerrero” donde la belleza del cuerpo de la mujer era parte del premio del victorioso.

Mucho menos desde el ángulo ultramachista de un Schopenhauer  que las quiso ver como  “seres de cabellos largos e ideas cortas”…

Y el Cristianismo, ¿ha sido, o será, una ayuda o no?…

El futuro religioso del hombre XVIII

El futuro religioso del hombre (XVIII)

Por: Armando de la Torre

El concepto de “gracia” es correlativo al de nuestra impotencia para el bien.

Porque nos sabemos incapaces de vivir consistentemente a la altura de nuestras convicciones. Lo confesó San Pablo a los romanos: “Realmente, no comprendo mi proceder; pues no hago lo que quiero, pero sí obro lo que no quiero”.

En nuestro tiempo, lo reiteraríamos con la evidencia de tantas generalizadas “adicciones” (al alcohol, a las drogas, al sexo, al dinero, al “entertainment”, al juego político privilegiante…), además de las muchas otras por las que nos hallamos, subconsciente o conscientemente, condicionados.

Basten Freud y Eric Fromm para elucidarnos la realidad  de esas perpetuas servidumbres íntimas.

Desde el siglo XVI, sin embargo, la fé del cristiano, que siempre se reconoció “libre por la verdad”, se escindió entre aquellos que presumen que el imprescindible nutrimento sobrenatural para hacernos de veras libres nos llega gratis por la vía exclusiva de la palabra escrita  (del “libre examen” de la Biblia), y aquellos otros mayoritarios, más acordes con la tradición, que  esperan lo mismo a través de la recepción de los sacramentos. De la fecundidad de ambos credos dan constancia millones de fieles sobre lo que sólo a ellos atañe porque sólo ellos lo vivencian.

El efecto más inmediato de tales enfoques divergentes a partir de un viejo acervo doctrinal compartido desde San Agustín (Siglos IV y V), son las comunidades – en el original griego “asambleas”-  de los creyentes a las que nos referimos como “iglesias”. Entre los “protestantes” resulta un acaecimiento periférico, del que hasta se puede en ocasiones prescindir con tal de asegurarse la prístina comunicación directa entre la conciencia individual y su Dios -como lo tradujo a los hechos el existencialista Kierkegaard -, mientras que para los “católicos” (romanos, ortodoxos, anglicanos) se constituye en un colectivo “sui generis”, el “sacramento radical” último, sin el cual le es muy difícilmente asequible al hombre caído alcanzar su “salus” – salvación – eterna.

Todo ello va de la mano de la “insuficiencia  que le asignemos a la voluntad individual para cumplir con lo que le pide la divina. En Lutero, más pronunciadamente aún en Calvino, es total: pero por la “gracia divina lo puedo todo” (… “en aquél que me conforta”). Desde la óptica “católica”, en cambio, algún resquicio se deja abierto, además, a la bondad natural del hombre de tejas abajo, no para lo que lo trascienda.

Esta reasignación “católica” de la libertad del hombre a dos jurisdicciones enteramente diversas, la canónica y la civil, ha tenido históricamente un efecto inesperado y del todo beneficioso. Según Harold Berman, de Harvard, la libertad de los modernos se retrotrae a lo que él denominó “la revolución gregoriana” (de los siglos X y XI), cuando los Papas, a partir de Gregorio VII, se plantaron contundentemente en contra del entrelazamiento de la Iglesia con el régimen feudal que les era contemporáneo.

La sujeción, entonces, del hombre a dos autoridades supremas y mutuamente irreducibles entre sí, la de la comunidad civil y la de la eclesial, abrió a las personas bajo sus jurisdicciones el espacio mínimo para apoyarse alternativamente en la  una o en la  otra y con ello labrarse su propia libertad consuetudinaria (la del ius commune).  

Por lo tanto, sin esa Iglesia sacramental ecuménica (no nacional), los miembros de la sociedad no gozarían de la tan pregonada igual protección, bajo la Ley para la amplia esfera privada de actuar libre, siempre intocable, que hoy identificamos como nuestros “derechos humanos”.

Pero resurge la angustia: la institución de las Naciones Unidas se  proyecta progresivamente como la única jurisdicción universal que amenaza sofocar las locales.

  ¿Podremos, en semejante contexto, retener nuestras libertades individuales básicas, que empezaran a consolidarse calladamente desde una abadía benedictina en un rincón olvidado por nombre “Cluny”?