Nada nos es gratis

“Nada nos es gratis”

Por: Armando de la Torre

 

            Uno de los embustes preferidos por los “políticos” electoreros es que  cualquiera mejora en nuestro condición humana nos puede ser asequible  gratis”, es decir, sin ningún esfuerzo o merecimiento  por parte del beneficiado.

Falso, de toda falsedad.  No existe nada, absolutamente nada (salvo el favor de Dios) de lo que podríamos disfrutar sin el previo  sudor,  lágrimas o sangre o de uno mismo  o  de algún otro.  “There is no free lunch”, en palabras de Milton Friedman

            El amor en ocasiones logra para su amado, el hijo, por ejemplo, que se vea libre de pagar un precio por el privilegio de ser amado. Pero en todo caso se lo pagan sus amantes  padre y madre, juntos o por separado.

            Pero entre desconocidos iguales ante la ley  – como lo somos todos  en una  comunidad republicana – jamás habría de esperase que alguno  se vea  obligado a pagar por las ventajas de otro.

            Los pocos que se pretenden “ilustrados” hacia la  izquierda del espectrograma ideológico, sin embargo, precisamente es eso  lo que quieren bajo el eufemismo de la “gratuidad”, el  típico refrán en  la propaganda electorera  de Alvaro y Sandra Colóm, o de Hugo Chávez, en Venezuela, o de Cristina Fernández, en la Argentina… En Cuba, por otra parte, ya se ha dejado de hablar desde hace rato del gancho electoral de lo gratuito porque en tan férrea dictadura  se han decretado innecesarias, desde hace más de medio siglo, todas las elecciones democráticas.

            A la raíz de la “gratuidad” se da un error de extrema superficialidad: los beneficios de los privilegiados  son del todo visibles y concentrados en unos pocos; el costo de los mismos, en cambio, permanecen invisibles por hallarse dispersos entre los demás, no privilegiados.

            Por ejemplo, a los favorecidos con una educación superior en la Universidad de San Carlos se les sufragan sus costos  por todos los contribuyentes, incluidos por aquellos que nunca tuvieron  acceso a la secundaria, cuanto menos  los que habrán de permanecer analfabetas a lo largo de su existencia.     

            Lo mismo se diga de cualquier “agraciado” por cualquier  legislación con dedicatoria, sean dirigentes sindicales o miembros distinguidos de un gremio integrado al CACIF. Dígase lo mismo de los diputados que legislan excepciones a favor de sí mismos, o de los presidentes y diputados que se los  reparten a manos llenas a costa  de sus leales votantes.

            En todos esos procesos, nada  de amor sincero, sí de mucho  cálculo egoísta.

            “El principio de gratuidad” ha devenido, así, en un engaño ponzoñoso, en el que  caen los más incautos o en el que se refugian cómodamente los haraganes. A mediano o largo plazo, la bancarrota asegurada de cualquier civilización.

            Esos gobiernos no sólo son corruptos sino también corruptores, y, además,  empobrecedores de los más pobres y explotadores  de los menos instruidos.

            Por supuestos los aferrados a un poder que les ha  facilitado esa credulidad de los menos pensantes serenan  sus conciencias, cuando las tienen, al racionalizar tanto veneno con “la búsqueda del bien común”.  Ciegos que guían a otros ciegos…

A ese mismo  rasero moral habría de rebajarse a los alegres partidarios del aumento de la deuda pública: los millones de dólares que les llueven constantes y sonantes pero cuya obligación de saldar recaerá inevitablemente  sobre muchísimos otros a los que ni se les ve ni se les oye, sobre todo si  aún no han nacido.

            También extensible a esa mal llamada “cooperación internacional”(AID, CICIG, BID, BM, FMI,  UNICEF, UE y el resto de la tal  sopa de letras), que equivale a aclararles  a nuestros susodichos gobernantes, ineptos y ladrones: no importa que lo malbaraten todo, porque nosotros, los “cooperantes”, les garantizamos que siempre les llenaremos sus hoyos financieros y  los subsidiaremos de nuestras reservas de ejércitos de contribuyentes tan  idiotas como los de ustedes.  A cambio, votarán ustedes en las NN.UU por todo lo que les ordenemos, y fuera de ese recinto se abstendrán de todo lo que les prohibamos.

            Al final, con un resonante Amén, todos contentos.

                        

Mayor felicidad hay en dar que en recibir

“Mayor felicidad hay en dar que en  recibir”

Por: Armando de la Torre

 

            Pensamiento inspirado en el Evangelio (Hechos, 20:35).

            Muchas veces me he preguntado su por qué. Al ensayar una respuesta, siempre procuro tener en cuenta que la verdad de ese aserto nos llega de un “reino que no es de este mundo” en el que, por el contrario, se cree por muchos que recibir da más gozo que el dar.

            Pero he pasado por experiencias muy humanas que me sugieren que la invitación evangélica a dar antes que a recibir no deja de ser válida en otros campos muy de este mundo. He podido ver, por ejemplo, que entre los numerosos exiliados cubanos en España (un cuarto de millón), aquellos que habían nacido en la Madre Patria porque fueron llevados a Cuba de niños o adolescentes por sus padres, emigrantes españoles, mostraban un dolor mucho  más profundo a su retorno que sus propios hijos y nietos criollos nacidos en la isla. Forzados por la dictadura de los hermanos Castro a dejar la opulencia que tanto les había costado erigir  durante los primeros sesenta años del siglo, les resultaba casi imposible adaptarse a España con la facilidad y rapidez de sus descendientes que, sin embargo, nunca antes la habían conocido.

            Lo mismo he constatado en otras minorías étnicas (chinos, coreanos, rusos, húngaros, alemanes, italianos) con las que me he cruzado durante sus exilios respectivos. Todos terminan por ser más patriotas que los nativos a quienes la patria les llegó del cielo.

Se me ha hecho así evidente que nada arraiga tanto a un hombre a un terruño determinado que el haber invertido en él mucho de sí mismo. Y urgido de nuevo a emigrar, nada le golpea tan dolorosamente como verse desprendido de los frutos de su cosecha de esfuerzos y fatigas y regresar  a su país de origen con las manos vacías, o sea, tras ver anulado lo mejor de su existencia por el capricho despótico de otro.

            Esto lo podría hacer extensivo a los heroicos misioneros religiosos en tierras remotas, una vez que sienten haber cumplido con ese llamado, al igual que los pioneros en cualquier aventura riesgosa.

            Conclusión: nuestro apego es a lo que nos cuesta. De lo gratuito, o de lo fácil, en cambio, prescindimos con ligereza.

            De ahí que encuentre tan insensato eso que Alvaro Colom llama su “obra social”, esto es, el programa improvisado por su esposa, Sandra, de acumular dádivas a potenciales clientes al corto plazo de un culto hacia su persona, encima, al costo de las prioridades presupuestarias consensuadas democráticamente en el Congreso de la República. Ignora que a mediano plazo los clientes así comprados  suelen mostrarse de una lealtad muy dudosa.

            Como me lo acaba hacer recordar un amigo, vía internet, en palabras del Dr. Adrian Rogers, todo lo que una persona recibe sin haber trabajado para obtenerlo, otra persona deberá haber trabajado para ello pero sin recibirlo. El gobierno no puede entregar nada a alguien, si antes no se lo ha quitado a alguna otra persona. Cuando la mitad de las personas llegan a la conclusión de que ellas no tienen que trabajar porque la otra mitad está obligada a hacerse cargo de ellas, y cuando esta otra mitad se convence de que no vale la pena trabajar porque alguien les quitará lo que han logrado con su esfuerzo,  eso… mi querido amigo… es el final de cualquier nación.

             Los “amigos”, por lo tanto, que los políticos creen haber comprado por el extremo de lo gratis los pierden por el otro de lo que cuesta, como lo comprueba la historia universal de las veleidades de la opinión pública.

Jamás se ha oído de una gran civilización que se haya hecho próspera a base de limosnas, tampoco a base de pan y circo. Recurrir a regalos tarde o temprano se revierte en contra de esos irresponsables que se empeñan en repartir aun antes de haber producido.

Lo más triste es que al largo plazo todos acabamos por perder.

O como hubiera comentado un romano de la República en torno a ese desatino: “la corrupción de lo mejor”-en este caso la generosidad- “es lo peor”.

 

El problema de fondo

El problema de fondo

Por: Armando de la Torre

 

            Del año que comienza se dice que es “electoral”.

            Afirmación muy relativa porque “el Gobierno de Álvaro Colom” ha continuado en una ininterrumpida  campaña proselitista durante  estos últimos tres años.  El nepotismo rampante y el ensayo de compra de votos a través de una envilecida “cohesión social”- que sufragamos entre todos con nuestros impuestos-, han sido las puntas de lanzas de su campaña electoral   para las elecciones que tendrán lugar este año. 

Otros aspirantes políticos  han intentado modestamente algo semejante, camuflados tras programas de radio y televisión que supuestamente buscan informarnos…

            Ninguno, empero, ha  tocado los temas de fondo en nuestra vida pública que entraña la ausencia de un Estado de Derecho, ni tampoco sus por qués.  Me permito aquí, pues,  contribuir al respecto con  algunas sugerencias.

            Todos proclamamos nuestro anhelo porque impere  la ley, pero siempre con vistas   hacia su  aplicación a los demás,  jamás hacia nosotros mismos. 

            Esta es la sociedad de los privilegios, ilegítimos si se trata de los ajenos, perfectamente justificables  si se trato de los nuestros respectivos.

            Hasta la misma Constitución los otorga a granel, y frustramos, encima  alegres, cualquier intento de reforma para acabar con ellos,  como sucedió el año recién terminado con el proyecto de ProReforma, engavetado al final por el actual Congreso de la República.

            Los múltiples privilegios de los poderosos en este país, de la izquierda, del centro y de la derecha convergen, por supuesto, “en  un floreciente mercado de tráfico de influencias”.   Y, precisamente es esto lo que  nos puede  llevar, ya al corto plazo, a constituirnos   en ciudadanos de un  incipiente narco- Estado.

            Guatemala carece de un Poder Judicial para impedirlo.  Pues nos guiamos por reglas del juego “constitucionales”  que anulan su efectividad.  Y así sufrimos un sistema raquítico de administración de la justicia que le asigna más fondos al deporte, o a la única universidad estatal, que  a su administración para todos.

            Encima, por la misma Constitución,  se difiere el nombramiento de los magistrados para  la Corte Suprema, la Corte de Constitucionalidad y  las Cortes de Apelaciones al más político de los  tres poderes del Estado: el Legislativo.

            Para subordinar todavía más el Poder Judicial a beneficio de los políticos, los nombramientos de magistrados y jueces se hacen por tan sólo cinco años, lo que los sujeta a los intereses, caprichos y preferencias de los diputados al Congreso si aspiran a ser reelectos.

            Y para colmo de males, el presupuesto anual del poder judicial- dos porciento del presupuesto operacional de la nación- lo fija el Ministro de Finanzas de acuerdo a instrucciones del Presidente de la República  y previa aprobación de los diputados al Congreso.

            A todo ello ha de  sumarse- caso único en el planeta- un ente internacional, la CICIG, dominado  y controlado desde el extranjero, con impunidades para sus funcionarios de las que no gozan  las autoridades  judiciales del país,   y todo a petición de los mismos guatemaltecos.

              Cómo hemos llegados hasta tan bajo es  sólo explicable en base a la ineptitud y falta de carácter de nuestros gobernantes de los últimos tres períodos, avalados de la  filosofía del positivismo jurídico,  imperante en todas las facultades de Derecho del  país, que ha deformado sustancialmente por décadas el mero concepto de la justicia, tanto  en jueces y  magistrados como en los fiscales del Ministerio Público.

            Sin un sistema de Justicia, por lo tanto, sin jueces bien formados e independientes de los dirigentes políticos, con fiscales nada autónomos   y una policía mal retribuída  y peor adiestrada y mal equipada, el irrespeto a la ley se ha generalizado  universalmente, empezando por los Presidentes de la República que juraron al tomar posesión del cargo respetarla y hacerla respetar.

            ¿Quién se vislumbra que podría ponerles tales cascabeles a tales gatos?

            ¿Harold Caballeros, o Eduardo Suger, tal vez?…

Escuela Superior de Ciencias Sociales

Catedrático: Dr. Armando de la Torre

Tercer trimestre 2010 – 2011

PROGRAMA:

El pensamiento Karl R. Popper

 

Popper es todavía uno de los pensadores más influyentes de nuestra era contemporánea.

                En cierto sentido constituyó una corrección, muy de nuestros días posmodernos, de ciertos supuestos de Immanuel  Kant, y un complemento para otros autores y corrientes de pensamiento del siglo XX.  Además, Popper puede significar una excelente guía crítica sobre los logros de las ciencias, tanto las naturales como las sociales, sobre todo por el carácter tentativo y provisorio de sus hipótesis.  No menos es un desmitificador de gran calibre de figuras de la talla de Hume, Platón, Hegel, Marx, Freud, e inclusive de los atisbos del círculo positivista de la Viena de sus años mozos.  

                Por otra parte, arribó a puntos muy válidos de contacto y complementación con el pensamiento jurídico y político de su compatriota F. A. Hayek, no tanto, sin embargo, del económico. 

                En el fondo, Popper  permaneció siempre un lógico y un matemático a la altura de Bertrand Russell y  de Ludwig Wittgenstein, pero con intereses epistemológicos paralelos y diferentes.

Este curso se me antoja el mejor corolario para un curso previo sobre la filosofía de la ciencia centrado en la perspectiva de John Kemeny (“A Philosopher looks at Science”).  Sus principales obras, que trataremos de discutir en el orden cronológico de sus apariciones, fueron las siguientes:

Logik der Forschung, Viena, 1935, traducida del alemán por el mismo autor, con la ayuda de Julius Freed, como “The Logic of Scientific Discovery”, en 1959.

The Open Society and Its Enemies, 2 volumenes, Londres, 1945.

The Poverty of Historicism, Londres, 1957 (y, con algunas correcciones, 1961)

Conjectures and Refutations, the Growth of Scientific Knowledge, Londres, 1963.