Etica, Productividad y Educaciòn

Etica, Productividad y Educación

Por: Armando de la Torre

 

El espectáculo de la vida pública en Guatemala es del todo deprimente. Desde ella a los jóvenes no se les dan ejemplos que emular, sino más bien patrones para la haraganería, la indisciplina y la irresponsabilidad. La mentira reina patentemente  soberana, muy seguida de cerca del inescrupuloso abuso de todos los valores patrios: de la verdadera solidaridad, de la auténtica cohesión social, y del debido por todos  enaltecimiento de la vida de familia integrada.

Guatemala ya ha tocado fondo.

Y la pregunta obvia es ¿por qué?

Los sociólogos suelen identificar tres principales agencias para la inculcación de valores en los niños y en los adolescentes: la familia, la Iglesia y la escuela.

La familia crecientemente se desintegra, sobre todo en la porción ladina de la población: las uniones temporales de hecho ya superan el número al de los matrimonios contraídos con la intención de permanecer unidos de por vida. El 40% de los niños en edad escolar proviene de hogares  uniparentales  y alrededor del 80% de los adolescentes arriban a la mayoría de edad sin haber vivido todo el lapso de tiempo previo -18 años- sin haber habitado con el mismo padre y la misma madre bajo un mismo techo.

Las Iglesias retienen sus criterios moralizantes de largo plazo, pero su influencia retrocede frente a la del mundo cortoplacista de los espectáculos, ya sea por la televisión, por el cine o en vivo, colectivamente englobados bajo el rubro de “entretenimiento”.

Encima, el degradante acceso a las drogas, al alcohol y al sexo prematuro, añadido al generalizado culto a la violencia que testimonian a diario las publicaciones periódicas, hacen bien difícil para los menores de edad hallar razones contundentes y ejemplos edificantes que los incentiven a proseguir por las sendas del bien.      

Y ¿en cuanto a las escuelas? Peor.

El nivel de comprensión de lectura continúa el descenso. Los pocos hábitos disciplinados que les quedan a los infantes al terminar la escuela primaria se debilitan  rápidamente en la secundaria. La capacidad de docencia del magisterio es más que dudosa, como lo confirman los atropellos del movimiento sindical encabezado por Joviel Acevedo. El año escolar continúa excesivamente corto: 180 días hábiles en Guatemala, frente a 205 en Europa y 220 en Japón. Además, con múltiples interrupciones, buena parte de ellas originadas por el mismo Ministerio de Educación para supuestos seminarios de capacitación de los maestros, pero a costa de la impartición de clases a sus alumnos.

A todo ello se añade el eterno dilema candente en la Educación Estatal siempre privilegiada: la última palabra en materia de currícula y de sanciones ¿la tendrán los padres de los educandos o los “profesionales” de la enseñanza? Por supuesto, entre nosotros, como buen país tercermundista, los burócratas se arrogan para sí el monopolio de la docencia oficial sin tolerar la más mínima injerencia en ella por parte de los padres biológicos o legales de los alumnos.

Menos mal que el sector privado, con mucho esfuerzo y sacrificio por parte de todos los en él involucrados, ofrece un escape para los padres: domina numéricamente en la educación parvularia, cubre una cuarta parte de la primaria y dos terceras partes de la secundaria, asegurando a esa minoría significativa de padres que pueden preocuparse de la educación formal de sus hijos un alivio a la alternativa de la inepta dictadura estatal.

De todas maneras, los índices de productividad y competitividad de los niños de Guatemala cuando arriban a la edad adulta permanecen desalentadoramente bajos. Quizás no necesitamos de más inversión presupuestaria en la instrucción y formación de nuestros jóvenes, pero si en el adiestramiento y superación de los maestros. Además, la disciplina tan descuidada en muchas escuelas públicas, – hay honrosas excepciones- sobre todo en los renglones de la puntualidad, el respeto a los mayores y las prácticas gimnásticas y deportivas, habría de ser reforzada a todos los niveles.

Hay otros muchos aspectos educativos muy importantes como el insistir en una mayor proficiencia en lenguaje y matemáticas o en una mayor colaboración entre padres y maestros de los jóvenes que merecen ser atendidos con urgencia. Pero en todos ellos se han de remover cuestiones más de fondo que dejo para mi siguiente entrega.     

Un manotazo “positivista”

UN MANOTAZO “POSITIVISTA”

 

Por: Armando de la Torre

 

          La última “guizachada”, el divorcio de la pareja presidencial para abrirle el camino “legal” a la presidencia a doña Sandra, trasunta, en el mejor de los casos, el más puro positivismo jurídico; y en el peor, una canallada “social”.

            Es un “fraude de ley”, según el artículo 4° de la Ley del Organismo Judicial, pero desde un ángulo moral ajeno por completo a la lógica del positivismo jurídico. 

Resulta un pésimo ejemplo para nuestros jóvenes de la precariedad de la institución básica de la sociedad: la familia, a pesar de que la Constitución vigente empieza por invocar el nombre de Dios, la raíz última de tal institución, y que en su artículo primero afirma “El Estado de Guatemala se organiza para proteger a la persona y a la familia…”.

Un ardid muy rentable para los hipócritas de la guerrilla  agazapados bajo las enaguas de la doña y, si se quiere, hasta una declaración de guerra a la decencia pacífica del pueblo.

            Es el mismo tipo de pensamiento instrumental que en las latitudes nazis  facilitó  el holocausto de un tercio de la comunidad mundial de los  judíos y, contemporáneamente,  a los muchos millones más  de masacrados por el stalinismo, de Mao y de Pol Pot.

            Es el tejido de torpes argucias de quienes ni idea tienen de lo que es el derecho, mucho menos de lo que es la justicia. 

            Es el atajo típico de todo verdugo ambicioso y la cruz no menos típica de quienes están sujetos a sus dictados.  

            Es la coronación de un largo proceso infame de desarme moral y jurídico. 

            Y, sin embargo, es la “filosofía” bajo la que se enseña entre nosotros el derecho a los futuros magistrados, jueces, fiscales,  abogados y notarios. 

            Un “tercer mundo” jurídico como lo traduce Gadafi para  los libios,…  y la UNE para nosotros desde Melchor de Mencos.

            Coincide con el brutal cinismo que impera en las favelas de Rio de Janeiro, o en las junglas de los mareros, o sea, ecos tardíos de los aullidos de las hordas del Paleolítico.

            Cuatro mil años de penoso ascenso civilizador borrados para nosotros de un cínico plumazo.  Los  Diez Mandamientos enviados de vuelta  al desierto para morir de sed de moral.

El honor, la dignidad, el pudor más elemental, usados de trapeadores para acomodar una orgia de salvajes.

            “Separemos la moral de la política”, sentenció un analfabeta funcional de nombre Orlando Blanco. 

            Ni siquiera a Maquiavelo se le hubiera ocurrido, pues era demasiado inteligente y elegante para rebajarse a tanto.

            Y después de tres años empobrecedores durante una “danzas de millones” extraídos a  mordiscos a la sangre del pueblo trabajador que paga impuestos.

            “La ley es la ley”, diría Acisclo Valladares, pero ¿la ley dictada por quién? ¿Por los jueces  a quienes se permite ser “interpretes” de las leyes naturales? ¿O cuando reconocen  la analogía de planteamientos de hoy con los de casos similares de ayer? ¿O si acuden a lo más concreto de las normas dictadas por Dios?…

El más político de los poderes del Estado, el Congreso, erigido por otro poder igual de político, la Asamblea Constituyente, en ¿única fuente que obliga en conciencia a sus conciudadanos? ¿Aun más allá de “la costumbre inveterada”? ¿Por encima de las regularidades observables de la vida natural? ¿En contradicción, si sus egregias mentes así lo juzgan necesario, de todo “posible” catálogo de deberes revelados en el tiempo y en el espacio por Dios?

Eso es parte de lo que Hayek, poco antes de morir, lo calificó de “la arrogancia fatal”.

Guatemala acaba de tocar fondo.

Nuevas desde un gigante heroico…

Nuevas desde un gigante heroico…

Por: Armando de la Torre

            …que llamamos Japón.

            Raza esculpida a golpes de la naturaleza enfurecida, al mismo tiempo impresionable ante la belleza del monte Fuji y, precisamente por estos días, también de los cerezos en flor o ante sus lagos, cascadas, valles y montes  neblinosos. Sobre todo de cara al sol, que creen nacer entre ellos y correr hacia el oeste, hacia la China cuna de toda la cultura del Oriente, y aun más allá, hasta alumbrar a los demás pueblos,… apenas surgidos de la noche de su barbarie.

            Tal extrema sensibilidad estética les es muy peculiar. Se les filtra a través de los jardines manicurados al modo contemplativo del budismo Zen; o por  los alambicados ceremoniales que les vinieron remotamente del gran Confucio, hechos extensivos a las vivencias del culto shinto, la religión animista de sus antepasados, y adorno sempiterno de Kyoto. También, por qué no, por la belleza moral que rezuma su código Bushido, tan simétrico entre los valores tradicionales de la gratitud y la reverencia.

            En 1868 comenzó su acelerada estampida hacia la modernización que al Occidente le había llevado seiscientos años lograr. Hoy sus dioses de antaño, incluído el mismo Emperador, se han despojado de su divinidad, y en su lugar las fábricas humean sobre los tejados todavía coquetos, sus astilleros resuenan con las grúas más sofisticadas, sus edificios altos se contorsionan en poses aerodinámicas sorprendentes, y los programas digitales de su industria electrónica compiten con lo mejor de lo de sus competidores. Como me dijo, resignado,  el Rector de una de sus universidades: “Desde la guerra, el culto dominante entre nosotros se ha desplazado hacia la búsqueda incesante del dinero y de todo lo que con él se pueda comprar”.

Sin embargo, las tradiciones, como en Inglaterra, retienen su ascendencia sobre los hábitos y los valores de este pueblo tan singular.

            Ha sido siempre el país de la más extremada higiene personal en toda el Asia. Y de los más arraigados al suelo natal. También el más reservado del mundo a la hora de transparentar emociones íntimas y humillantemente dolorosas.

            Cuentan con un sistema escolar ejemplarmente disciplinado, que refuerza en los jóvenes sobre todo la piedad filial que les hace orgullosos de su estirpe hasta optar, en ocasiones, por el suicidio si creen no haber estado a la altura de las expectativas paternas.

            Guerreros con alma de poetas, cada uno de sus samuráis, hoy empresarios, supone ser portador en el fondo de un Kami, es decir, de un espíritu, o hasta de un dios, excepcional.

            Nunca se quejan; aceptan, estoicos todo lo que les llegue al encuentro, sea el canto de un pájaro o la ceniza ardiente de un volcán en erupción, o, igual como en estos días, terremoto apocalíptico seguido  de tsunami arrasador y, de nuevo, la amenaza nuclear, de cuyos horrores ha sido la única nación en ya haberla experimentado en carne propia.

            De pronto, las manos de nácar de sus geishas han dejado de hacer preciosos arreglos florales. Sus poetas, igual de repentino, han suspendido los elevados vuelos de sus poemas Haiku, esas miniaturas rítmicas en cuyas diecisiete sílabas encierran el deleite del revoloteo de una mariposa o de un crepúsculo junto al mar.  Sus ingenieros ven ahora hechos chatarra sus puentes supermodernos, sus carreteras, sus fábricas, sus túneles. Sus inventores, la mirada perdida en el vacío, inesperadamente sin diseños que idear.

La mayoría de los otros pueblos se vuelcan en su ayuda. No Guatemala, o Haití, u otros limosneros, cuyos gobernantes jamás han dado algo de sus bolsillos a nadie.

Entretanto, los japoneses, resueltos, callan y se aprestan a recomenzar sus vidas en su digno y ancestral  silencio.

¿Y nuestra “iniciativa privada”? Tantos comerciantes devenidos millonarios porque venden artefactos japoneses, tantos profesionales becados por ellos, tantos exportadores de nuestro azúcar, de nuestro café ¿nada tenemos que darles en ésta, la ocasión más lacerante de su historia reciente?

¿Habrá un solo Banco, siquiera, que haya abierto una cuenta para quienes querramos mínimamente socorrerlos ?…  

Jens

Jens

Por: Armando de la Torre

           

Otro hombre bueno que “peleó su buena batalla, acabó su  carrera, guardó su fe…”

A Jens Bornholt siempre lo distinguió una personalidad suave, modesta, la más alejada posible de las luces vanidosas de la llamada “vida social”, al mismo tiempo, empero, que se desempeñaba como hombre de negocios reconocidamente exitoso, igual que su progenitor, comerciante en textiles. Por encima de todo, fue  padre ejemplar de intensa vida de familia en unión de su esposa, Erika, mujer extraordinariamente culta e inteligente, y de sus dos hijas, Birgitta y Sylvia, y sus cinco nietos.

Le animaba discretamente una veta contemplativa de la historia, que volcó en una búsqueda apasionada de mapas originales y poco conocidos. De esta afición cartográfica brotó su obra “Cuatro Siglos de Expresiones Geográficas del Istmo Centroamericano” (2007), 87 mapas preciosamente editados por la Universidad Francisco Marroquín, de cuyo Consejo de Fiduciarios y Consejo Directivo fue miembro. Tal selección documental constituye una excelente referencia académica, entre las mejores colecciones publicadas en Iberoamérica. Incluido en ella se halla también el manuscrito “Lienzo de Quauhquechollan”, producido en Puebla, el primer mapa de Guatemala en la historia, y según la versión indígena de los aliados en la Conquista llevada a cabo por los españoles Pedro y Jorge de Alvarado (1527-1529).

Ciudadano de tercera generación de una familia de inmigrantes alemanes, al final, dejó resumida su principal preocupación cívica en un texto del autor guatemalteco de “Recordación Florida” (1695), Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán, que aquí me complazco en reproducir bajo el mismo acápite con que Jens lo sometió a discusión al Centro de Etica “David Hume” en el 2009:

Un tema de candente actualidad, escrito hace 317 años”

(“Capítulo XI, Libro Decimosegundo): De la necesidad que hay de la justicia y de jueces que la administren en las repúblicas, sin lo cual no pueden conservarse en paz y concordia.” Hacia el final del capítulo mencionado se lee textualmente: “San Augustín dice que es verdadera cosa, que sin suma justicia no se podrá regir una ciudad ni que podrá permanecer en paz y concordia. Prueba el santo doctor esta sentencia con dos autoridades; la una de Lelio Romano que dijo: Que ningún enemigo más pernicioso puede tener la república que la injusticia; y la segunda es de Escipión, que defendiendo la república dijo no ser cosa que res populi, cosa del pueblo, y debe discurrirse y pensarse que pueblo quiere significar, no cualquiera gente; ó multitud de hombres ayuntada, sino aquellos hombres que con jurisdicción y de común consentimiento son congregados para la utilidad de todos los contenidos en aquel pueblo; y añadió Escipión a esto, que la república bien regida y justamente gobernada entonces era república, y que cuando no era nula y aniquilada; de donde se colige ser imposible que ningún pueblo, ciudad, reino o república pueda conservarse sino es por medio de la justicia y de leyes justas con que se haya de gobernar; ….[y] concluiremos este discurso con lo que dice Platón, que la justicia es singular y único don y el mayor bien que acá Dios comunicó a los vivientes; porque de ella nace la paz y concordia; esta es su obra y el fin que pretende (como dice Isaías) Opus justitiae Pax”.        

Echaremos de menos sus virtudes serenamente caballerosas, su alegre optimismo de hombre que se supo libre, y aquellas también muy propias de la estirpe de quienes las heredó: acuciosidad en los detalles, disciplina en el trabajo y lealtad a todos y para con todos con quienes convivió y trabajó.   

No tuvo enemigos. Vivió en paz, con generoso apoyo a cuanta causa noble se le cruzó en el camino. De hombres de esa talla estaremos perpetuamente urgidos.

Y de su recuerdo viviremos quienes le sobrevivimos.

Ojalá que también así lo guarden en sus mentes esas generaciones universitarias por las que siempre mostró tan paternal y bondadoso afecto.

 

“La circulaciòn de las èlites”, de acuerdo a Vilfredo Pareto

“La circulación de las élites”, de acuerdo a Vilfredo Pareto

 

Por: Armando de la Torre

           

Después de la Revolución Francesa, con su énfasis tan novedoso entonces sobre el principio de  la igualdad entre los hombres, surgieron otras corrientes de pensamiento que la adversaron con gran fuerza. Una de ellas, a principios del Siglo XX, es la que hoy nos ocupa.

            Vilfredo Pareto (1848 – 1923) fue un ingeniero destacado y un economista muy influyente franco–italiano. De persuasión filosófica liberal, y de acuerdo, además, a los principios republicanos de Mazzini, sumó a sus análisis de la situación política que le era contemporánea, los de los economistas clásicos británicos y franceses. De ello surgió un pensamiento altamente creativo, uno de cuyos conceptos básicos, “el óptimo de Pareto”, se ha vuelto de nuevo sumamente actual entre las corrientes de los economistas marginalistas contemporáneos.

            Pero la contribución intelectual de Pareto no se circunscribió sólo a sus extraordinarios aportes a las teorías de la economía política clásica de su tiempo sino que también incursionó por el campo  adyacente de la sociología, con destellos no menos innovadores y, en menor escala, al estudio de la frustrante política nacional italiana de fines del siglo XIX.

            Para Pareto, la “economía política” es la especialidad del conocimiento que escudriña el mundo de las acciones racionales, es decir, de las decisiones deliberadas que giran en torno a los medios a elegir para alcanzar, al mínimo costo posible, los fines próximos y remotos que se persiguen, y con recursos siempre escasos. La sociología, en cambio, para él habría de estudiar las acciones humanas “irracionales” en cuanto motivadas por emociones y prejuicios a expensas del frío realismo económico, y por los que también se suele escoger un curso de acción con escasa o ninguna consideración para las consecuencias al largo plazo de la misma (sin mencionar las posibles imprevisibles, “unforseen consecuences”, que en esa época no figuraban con tanto peso como hoy en la teoría de las instituciones).

            La “circulación de las élites” fue una de sus últimas contribuciones novedosas a la sociología así entendida. De acuerdo a Pareto, las sociedades siempre terminan por ser gobernadas y administradas por “élites”, o minorías sociales, de cualquier índole ideológica, y que no responden a cálculo racional previo alguno. La historia de los regímenes políticos deviene así en cuna y cementerio a la vez de “élites” sucesivas.

“Las aristocracias no duran”, afirmó, “cualquiera que sean las causas, es innegable que después de un determinado tiempo desaparecen. La historia es un cementerio de aristocracias” (Tratado de Sociología General, 2053)

Y para ilustrar mejor su punto recurrió a la metáfora de élites constituídas por “Leones” y “Zorras” en cuanto integradas por “tipos” de élites que se imponen por la fuerza o por la astucia, y que se alternan incesantemente en el control del monopolio coactivo del Estado. El objetivo final en todos los casos es asegurarse legalmente para sí mismas “privilegios” y “prerrogativas” a expensas del bien común.

            Según Pareto, los pioneros, por ejemplo, de los cambios sociales y económicos en cualquier sociedad son aquellos guiados por el “instinto” de combinar opciones imaginarias y de preveer escenarios políticos que les faciliten su ascenso personal. De ahí que los denomine “zorras”.

De ellos se distinguen a su vez los “leones”, es decir, los inclinados por tendencias que les son innatas a procurar la persistencia de los grupos y a sacrificarse por ello, en la prosecución de cualquier “bien” común que se desprenda de la tradición colectiva, la patria o aun la religión. También estos son “elitistas” en el sentido de querer retener las posiciones de privilegio de que gozan.

            En el primer tipo de élite habrían de incluirse los grandes financieros, los inventores audaces, los explotadores de tierras nuevas, los diseñadores de estrategias de mercadeo político, o quienes hayan abierto nuevos surcos en áreas del saber del que han derivado exitosamente rentas y status, no menos que los eternos ambiciosos que conspiran contra el orden social establecido.

En el segundo, en cambio, habrían de ser tenidos en cuenta los conservadores de todo status quo, ya sea social, militar, familiar, religioso o de cualquiera ortodoxia ideal.

            Los unos, pues, validos de su picardía; los otros, de su fuerza y de su capacidad de entrega.

            Ninguna sociedad, según Pareto, escapa a tal dicotomía entre sus ciudadanos sobresalientes -los “selectos”, como los llamaría más tarde Ortega-, por mostrarse capaces de  exigirse más a sí mismos de lo que exigen ellos de los demás.

            La alternancia en el disfrute del poder soberano por grupos dominantes tan diferentes es, en parte, una cuestión genética o, al menos, subconsciente. Y si los que mandan de momento se anquilosan en el ejercicio del poder por graves fallos morales o por mera inercia social, entonces entre la élite subordinada inevitablemente surgirán individuos mejor dispuestos, más creativos y osados en la lucha por la supremacía, que acabarán por imponerse, revolucionaria o evolutivamente, y con ello iniciarán un nuevo ciclo de liderazgo.

Mussolini se creyó discípulo de Pareto, a quien nombró Senador vitalicio del Reino de Italia un año antes del fallecimiento de Pareto. Este último, sin embargo, liberal convencido hubiera ciertamente desaprobado el nacionalismo restrictivo del libre comercio y de la libre expresión del fascismo estrenado por el Duce.

En el mismo ánimo de Pareto me permito ahora ensayar un esbozo de adaptación de esa teoría suya sobre “la circulación de las élites” al estado interno postconciliar de la Iglesia Católica Apostólica y Romana.

Para ello escojo arrancar del hecho bíblicamente bien documentado de la tensión permanente entre el espíritu “profético” y la jerarquía “sacerdotal”, tan evidente a lo largo del Antiguo Testamento, y que ha asomado también por momentos en la bimilenaria historia de la Iglesia. Savonarola versus Alejandro VI. O Giordano Bruno frente al Gran Inquisidor. Esto me lleva, por ejemplo, a discernir cierto contraste entre el espíritu del Papa Juan XXIII y el del  actual Sumo Pontífice, Benedicto XVI, ambos, a sus maneras respectivas beneméritos custodios del depositum fidei evangélico.

Bajo la perspectiva de Pareto, Juan XXIII pudiera ser visto como el profeta fugaz del, aggiornamento – todavía en proceso-, mientras Benedicto XVI sería el sacerdote no menos minuciosamente fiel a  una vocación anclada en San Mateo 16:18.

¿La zorra y el león?

Por otra parte, nosotros los “hombres–masa” de la Iglesia, convergemos desde generaciones muy diferentes, a su vez marcadas por los Concilios respectivamente de Trento y Vaticano I, la una, y por el Vaticano II, la otra. El Concilio de Trento no conoció una curia de “leones” tan bien estructurada como aquella a la que hubieron de hacer frente los obispos “zorras” del Vaticano II, como el Cardenal Arzobispo Suenens, de Lovaina.

Además, el Concilio celebrado en el siglo XVI en Trento se llevó a cabo en varias etapas pero con una dirección monárquica muy firme. El Concilio Vaticano II, en cambio, se desenvolvió por tres años sin interrupciones, movido por cierto espíritu conciliarista y más ecuménico. Fue, en realidad, el Concilio de la irrupción de una tolerancia de raigambre democrática en la cabeza y el corazón de la Iglesia.

La “élite” de los Papas vaticanos (de Pío Nono, el prisionero, a Pío XII, el libérrimo) ha sido lenta pero discretamente desplazada por la “élite” de los Papas vaticanos últimos, que han visto salir de nuevo de las catacumbas soviéticas a la Iglesia, y más apreciativos del respeto a los derechos humanos por el orden secular constitucionalmente vigente.

El más sencillo de los síntomas de esa transición creo poderlo localizar en el cambio de la Liturgia del latín al idioma vernacular. Pero también en aquel “descuido benigno” de Paulo VI  hacia el movimiento llamado “teología de la liberación”. Encima, la accesibilidad tecnológica del Sumo Pontífice a las masas de los fieles en cualquier rincón del mundo de hoy es un indicio adicional de la circulación de las élites eclesiásticas, como lo atestigua la creciente presencia de la mujer en la Iglesia, y de los laicos en general en la pastoral.

La gran diferencia en el caso de la Iglesia estriba en que en esa alternancia en el espíritu de servicio que ha animado a casi todos los Sumos Pontífices desde Trento ha hecho de todos y cada uno “leones” en la defensa de la posición privilegiada del clero en la sociedad urbano-industrial  de nuestros días. Por ello, los “Concordatos” de la Santa Sede con los Estados nacionales, que solían garantizar inmunidades y exenciones  a las instituciones eclesiásticas, pasan lentamente de moda, y en este sentido se evaporan las “élites” de los leones fieles a la tradición de Pedro.

El futuro de la Iglesia nos es, por supuesto, del todo impredecible,  pero cuenta con una certeza ajena a la razón humana, a saber: que “las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella” (San Mateo: 16,18).

Pero también sabemos que “el Espíritu sopla donde quiere”, (San Juan 3:8) y podemos esperar confiados en que otras élites serán seguramente elevadas por Él a ser “la luz del mundo y la sal de la tierra” (San Mateo 5:13-14), lo que naturalmente no pudo figurar entre las proyecciones sociológicas de Pareto.

O como lo insinúa aquella otra declaración evangélica de que “la mies es mucha y los operarios pocos” (San Mateo 10:2), de que, al fin y al cabo, las élites producto de los acuerdos entre hombres son ajenas  “al Reino que no es de este mundo” (San Juan 18:36)

Salvada, pues, esa enorme distancia entre lo natural y lo sobrenatural, aún nos es lícito  preguntarnos: A la luz de las ciencias humanas, entre ellas la sociología de Pareto, ¿quo vadimus?

Con respecto a Guatemala, se han hecho ya numeroso análisis sobre la circulación histórica de nuestras “élites”, principalmente por pensadores neo-marxistas que ponen al centro de sus enfoques la lucha de clases. Pero, que yo sepa, no a la luz de la circulación de minorías que abusan cada cual del poder adquirido en su propio beneficio.

Las antiguas élites “mayas” se eliminaron por sí mismas del escenario mesoamericano  hacia el siglo decimo después de Cristo, aparentemente por el uso excesivo que hicieron de su suelo. Lo que vino después parece haber sido una sucesión de tribus procedentes  del área tolteca de México, hasta la llegada de los españoles en el siglo XVI que le puso fin. 

La Conquista española estableció la conocida jerarquía de peninsulares e indios que con el tiempo hubo de ser enriquecida también con  la de los “criollos”.  La Independencia no cambió mucho en el estado de cosas, excepto por el hecho político de que con la Independencia los peninsulares dejaron de concentrar en sus manos el monopolio del poder oficial.

Hasta este siglo XXI, las élites de criollos han dominado la escena nacional acumulando privilegios en dos vertientes paralelas: la de las “zorras” del sector privado de la economía y la de los “leones” en el sector público del Estado.  Sobre esto último precisa añadir que el Ejército, el brazo armado del Estado, se ha mostrado como la vía de movilidad vertical hacia arriba más eficaz para las poblaciones autóctonas generalmente discriminadas.

Con la llegada a la presidencia de la República del doctor Juan José Arévalo Bermejo en 1945, a la élite pública se añadió la del sector académico centrado en la universidad de San Carlos.  El mismo fenómeno se extendió en 1961 al sector privado con la fundación de la primera universidad privada del país, la universidad “Rafael Landivar”.

El horizonte de élites compuesto de un sector privado, otro público y un tercero académico público y privado, se ha enriquecido también con nuevos desplazamientos de beneficios para las clases sociales, entre las que  sobresale la clase media urbana que ha llegado a ser, vía legislación, la más determinante.

El mundo ahora empieza a moverse en otra dirección.

El afán por una mayor libertad de competir bajo reglas iguales se ha incrementado notablemente desde finales de “la Guerra Fría”.

Los avances del liberalismo, paralelos a los retrocesos de las distintas versiones del socialismo en todos los continentes, auguran una mayor igualdad de condiciones para todos, sin ventajas legales, ni impunidades de hecho, ni transferencias injustas de rentas, que han acompañado siempre a la usual “circulación de las élites”.

Incluso movimientos aparentemente algo frívolos, como las campañas electorales de las “redes sociales”, o el reciente  Tea Party en los Estados Unidos, o el proyecto de “ciudades libres” para Honduras, o hasta esos caóticos e inéditos levantamientos entre los musulmanes del Norte de Africa y del Cercano Oriente, apuntan todos en la misma dirección, es decir, la de la instauración de una sociedad mundial libre de favores arbitrarios preparados ya  por “las zorras” o defendidos ya por “los leones”.

Es un anhelo universal por la  que las cámara de comercio en todas partes han sido las primeras en abogar.  Pero también los promotores del ideal del “Estado de Derecho” en cuanto a la  actualización de la “rule of law” de los “whigs” británicos del siglo XVII.

Ante esa encrucijada estamos, también en Guatemala, en este año electoral del 2011.

Retòrica “romàntica” en la polìtica

Retórica “romántica” en la política

 

Por: Armando de la Torre

 

            Ese término lo han hecho de actualidad ciertos pensadores liberales contemporáneos desde que James Buchanan, premio Nobel de economía en 1986, lo mencionó en su opus magnum “El Cálculo del Consenso” (1962).

            Según ese autor, el lenguaje de la teoría política en Occidente, sobre todo a partir de J.J. Rousseau, ha estado crecientemente sujeto a un lenguaje  “romántico”, es decir, aquel que se apoya en el supuesto emocional, poco o  nada realista, de que la clase gobernante, y los burócratas a su servicio, son de naturaleza más generosa y desinteresada que nosotros, el resto de  los mortales. O sea, que todos los  de a pie  tendemos egoístamente a anteponer  nuestros intereses personales y familiares a  los sociales y comunes, pero  ELLOS  no.

            Para Buchanan suponer  tal cosa es una aberración. Pues todos estamos moldeados del mismo barro que tiende a privilegiar, en unos más, en otros no tanto, lo que nos toca más de cerca por la sangre o nos afecta más por su vecindad. Esperar, por lo tanto, olvido de los intereses propios en un candidato por el simple hecho de serlo, o que descarte  sus planes cuidadosos  de superación propia en aras del servicio público es, tristemente, mera ensoñación romántica e inútil. Buchanan atribuye semejante error “antropológico” a otro concepto aristotélico no menos venerado en la tradición que nos  legaron  los griegos: la idea del “bien común”.

            A ese concepto subyace cierta analogía muy seductora: la de comparar la pólis, o cuerpo político, con un organismo vivo.  A este último se le concibe compuesto de elementos y piezas dispares  (órganos, por ejemplo, tejidos, células,…), cada uno a la  búsqueda en exclusiva, por su parte, de su bienestar y funcionamiento.  Habrá de haber, entonces, algún órgano al que se le encomiende la coordinación de todo ese “heterogéneo” y, también,  el bien común de todo el engranaje.  De acuerdo a tal símil, al cerebro se le suele asignar hoy la tarea de “velar” por el bienestar y la eficiencia que habrán  de ser los  rasgos comunes a todos.

            Y así, si el médico vela por la salud del enfermo a cambio de sus honorarios, y el ingeniero por los enlaces físicos y las comunicaciones entre los habitantes con cargo a un presupuesto que financian otros, y el arquitecto por dar techo a quienes se lo requieren mediante pagos anticipados, y el panadero, el pescador, el agricultor por darles el sustento diario según la retribución marginal que establece el mercado libre, “alguien” habrá de ocuparse de ese resto de lo que resulta bueno y necesario para todos: impartir justicia por igual en los conflictos tan  humanamente inevitables, preservar la paz y la seguridad de todos y cada uno contra enemigos internos y externos, ordenar el tránsito vehicular,  establecer  sistemas aceptables de pesos y medidas, etc..

            La gravedad del problema reside en que ese “cualquier alguien” a cuya responsabilidad se encomiende la satisfacción de tales urgencias “comunes”,  será un personaje como cualquier otro, con su idiosincrasia personal, sus preferencias muy particulares, sus antipatías, sus ambiciones, sus expectativas  divergentes o en competencia con las de los demás, inclusive con  sus respectivas lagunas del saber o las fronteras estrechas de su entender, es decir, un “alguien” siempre  imperfecto a quien, sin embargo, se le hace entrega solemne de algún poder sobre los otros.  ¿Con cuál garantía podremos contar de que no abusará de ese poder en beneficio propio, o del de otro arbitrariamente de su simpatía?.

No existe.

Lo más cercano a lo que hemos llegado avanzar para reducir abusos es lo que hoy se conoce como “Estado de Derecho”.

Este año electoral nos resulta apropiadamente aleccionador: los políticos en el poder reclaman el favor de los votantes bajo un lema que  descarada y corruptamente apela al egoísmo más primitivo: al de  “MI familia progresa”, no al de  “la” familia progresa en Guatemala, o “las familias progresan” sino explícita y exclusivamente “¡LA MIA!”.