“Carne de presidio…”

“Carne de presidio…”

Por: Armando de la Torre

            Hubo una época, milenios atrás, en la que al estudio metódico de la actividad política se le llamó “la ciencia regia”, es decir, la ciencia digna de reyes, no sobre los reyes.

            “Certamente multo tempo fa”, reiteraría un aficionado a la lectura de Maquiavelo.

            Porque la evolución de los procesos democráticos no ha resultado, en general,  tan beneficiosa para las sociedades constituidas en modernos  Estados nacionales.

Verdad es que se ha logrado una  cierta “igualdad” horizontal ante la ley en la mayoría de los países con respecto al derecho al voto de todos, o casi todos, los ciudadanos para la hora de elegir gobernantes.

También es verdad que se ha reducido notablemente el número de incidentes violentos por parte de los insatisfechos con los resultados electorales, se les crea válidos o espúreos.

Y, por último, el sostenido y abierto debate democrático ha contribuído, lenta pero eficazmente, a la elevación del nivel de educación de los pueblos en todas las materias  relacionadas con lo que se ha de esperar de cualquier gobierno.

Pero, asimismo, se han evidenciado falencias graves y crecientes para el progreso de los pueblos y de la convivencia pacífica entre ellos. Esto último, a su vez, lo caracterizaron algunos pensadores de la Ilustración como secuela de una pretendida “tiranía de las mayorías”.

Ortega lo consideró una faceta más del fenómeno social paralelo de “la rebelión de las masas”. 

Sea lo que fuere, la ampliación de la franquicia electoral  ha llevado, de hecho, al acento para casi todos cada vez más avasallador, en una “igualdad” abstracta, meramente numérica, que para nada tiene en cuenta las diferencias de calidad entre los aportes de cada cual al bien común; al desplazamiento de las responsabilidades individuales hacía las colectivas del Estado –el “welfare state”, emblemático de esta tendencia-; a la multiplicación exponencial de privilegios en favor de cada vez más  numerosos grupos de presión a la espera de su venta al mejor postor; a la degradación del imperio de la ley a un simple remedo de la forma de legislar, no de su contenido substantivo; a el envilecimiento del dinero a voluntad de los más fuertes y corruptos; y al desaliento del ahorro entre las masas, mientras se les incentiva el consumo irresponsable mediante créditos artificialmente baratos; al despilfarro de lo ajeno y al menosprecio del valor de LA VERDAD que nos debemos todos, los unos a los otros, recíprocamente, en la vida política, verdad, sea dicho de paso, sustituída por las hábiles – y a veces no tan hábiles- manipulaciones de la propaganda oficial por manos de publicistas subrepticiamente a sueldo del erario nacional.  Los malos ejemplos se amontonan y se multiplican en los cintillos de los diarios, desmoralizando sobre todo a una juventud sin empleos y siempre saturada de invitaciones a la violencia: la auténtica carne de presidio, en el que deberían permanecer recluidos, principalmente, todos los “honorables” diputados, presidentes, ministros, fiscales, magistrados, jueces,   a quienes se debe, en primer lugar, tanta descomposición moral.

El que no sea así  tiene la explicación de todos conocida: IMPUNIDAD

Por eso, para las próximas elecciones, no se desprende de entre los candidatos punteros    la esperanza de un cambio para mejor, pues todos se cubren con las mismas chamarras de quienes les precedieron en esos puestos.  El presidio, por tanto,  no se les puede  antojar a ellos  amenazante; para nosotros, en cambio, sí.  Esa es la justicia que define a los pueblos a los que se califica, con razón, de “tercer mundo”.

Para no pecar de injusto,  he de añadir que un Eduardo Suger, o un  Harold Caballeros, o un Carlos Zúñiga, o una Adelita Torrebiarte, nos son, de veras, promesas de un futuro reconfortante, pero que, de no cambiar las normas  constitucionales  entre nosotros de hacer las cosas, siempre será… futuro.

 

Una vida sin ideales, ¿digna de ser vivida?

Una vida sin ideales, ¿digna de ser vivida?

Por: Armando de la Torre

            Se dice de Sócrates que en esos mismos términos juzgaba toda vida que no se examinara a sí misma y que, para ello, recurría a la inscripción esculpida al pie del oráculo de Delfos: “Conócete a ti mismo”.

            ¿Cuán lejos nos hallamos de ese ideal, dos mil quinientos años después?

            Acabo de regresar una vez más de la vieja Europa. La encontré vacía de ese y otros ideales más que nunca antes y, por supuesto, me pregunté “¿por qué?”.

            Sinceramente no creo que la presente sea la única ocasión en que esas tierras, que sirvieran de cuna a la cultura occidental, atraviesen por depresión espiritual tan honda como la de  durante los césares de antaño. Sin embargo, estimo que se halla muy cerca de esa reversión mayúscula, tal cual ya lo hizo ver, por ejemplo, Henri de Lubac, en su magistral obra “El Drama del Humanismo Ateo”.

            Entonces, ¿de dónde el “asombro”?

            Porque este bajón de la esperanza que discierno por allá ocurre precisamente luego de dos milenios de aquella otra irrupción milagrosa entre nosotros -hombres entonces del mundo helenístico-, del venero de todos los veneros de toda fe en lo espléndido por venir, envuelto en  la paradoja de la figura del Cristo crucificado y gloriosamente resucitado.

            Desde entonces ha habido ideales, de esos que nunca se nos mueren. En cambio, los de la Atenas clásica, por ejemplo, o los de la Roma republicana, como nos lo recordara bellamente Rodrigo Caro, yacen enterrados para siempre bajo lo que él llamó… “campos de desolación, mustio collado…”    

            ¿Qué sobrevive, se preguntará el lector, de los ideales monásticos benedictinos, o de los caballerescos de los cruzados, o los de aquellos enjutos y ojerosos maestros que se desvelaron en la búsqueda, casi frenética, de la verdad racional y objetiva en las universidades del Medievo?

            Bueno, de ellos sólo nos queda el testimonio de ruinas románicas, o góticas, o de viejos códices empolvados que almacenamos y preservamos para poder ilusionarnos todavía que alguna vez “fuimos”, sabios o lo que fuera, pero hombres de veras, resueltos en pos de lo que nos pudiera  deparar toda exhortación al  sursum corda”.

            Con el caveat, empero, con que lo trasladó Jorge Manrique a sus coplas por la muerte de su padre,    

               Pues si vemos lo presente

               cómo en un punto se es ido

               y acabado,                          

               si juzgamos sabiamente,

               daremos lo no venido

               por pasado.

               No se engañe nadie, no,

               pensando que ha de durar            

               lo que espera,

               más que duró lo que vio

               porque todo ha de pasar

               por tal manera.

 

               Incluso el Renacimiento, pese a Montaigne,  nos legó también pruebas reiteradas, aunque a la moderna, de la muy humana obsesión con lo que pudiera llegar a ser y aún no ha sido, desde las potencialidades infinitas del mármol para un Miguel Angel  hasta las ventajas comerciales inéditas de una nueva ruta hacia el oeste por un proceloso mar océano para Cristóbal Colón

               Y ¿qué decir de la Ilustración, la era de las revoluciones científicas, las exaltaciones políticas, las ambiciones industriales y todo lo que comportaron en sueños individuales, metas y  certezas?

               Pero hoy, tras tres guerras mundiales -dos calientes y una fría-, después de reiteradas  crisis económicas, devastadoras, cual tsunamis, de las instituciones más serias y sólidas, y de  escandalosos holocaustos inauditos, aun de los no nacidos, nos sorprendemos de vuelta a nuestros comienzos, necesitados, una vez más, de “ideales” que entrañen  “nuevas buenas”, como aquellas que tomaron por asalto a la moribunda cultura grecoromana de hace dos milenios.

               Los escépticos y repetidamente chamuscados europeos de hoy se dicen, por eso,  “posmodernos”, es decir, ayunos de certezas, de valores últimos, de objetivos, de esperanzas al largo plazo por los que valga la pena sacrificar realidades gratificantes al corto. Jóvenes avejentados, ignaros de una vida plena que tan sólo les puede ser asequible al cabo de los años a través de dolorosas exigencias íntimas, de frustraciones aceptadas, de renuncias deliberadas, es decir, pues, de sacrificios inspirados en ideales.

               ¿Nos será dado, misericordiosamente, presenciar el inicio de otra vuelta de ciento ochenta grados al reloj de la redención humana?

               Quien sabe, pues “el espíritu sopla donde y cuando quiere”