La ira de los justos IV

La ira de los justos (IV)

Por: Armando de la torre

            La ira de los justos es también la de una buena parte de la población contra la otra.

            Vitalmente, nuestros conciudadanos se desplazan por dos vertientes de la realidad nacional muy diferentes entre sí y algo antagónicas: la productiva y la rentista.

            La primera, más identificada con la autonomía individual, y la segunda, más bien colectivista, con tendencia a concentrarse y al mismo tiempo a difuminarse en  lo “público”,  o en lo que políticamente se resume como “estatal”.

            Son dos experiencias de vida universalizables, a veces la una en ascenso, a veces la otra.

            Y cada una de ellas fomenta en los humanos, a lo largo del tiempo, actitudes muy diversas entre sí, los unos más proclives a la acción, los otros, en cambio, más pasivos y maleables. Se refleja en la clásica dicotomía entre “líderes” y “seguidores”, o, en palabras de Ortega, “selectos” y “masas”.

En el ámbito de lo privado – para cada cual-, ha de primar cierta confianza en sí mismo y  el estar dispuesto a pagar el correspondiente precio por atreverse a rivalizar con otros;  en el de lo público u “oficial”, empero, el futuro de cada uno tiende a ser relegado a la benevolencia de otros (del estadista, del profesional, de las autoridades eclesiásticas,…), dentro de una jerarquía.

            Los “individualistas”, por eso mismo, ponen más énfasis en la preservación y ampliación de la mayor libertad personal posible; los “colectivistas”, a su turno, lo ponen en la seguridad del apoyo por otros, a la expectativa de las inevitables crisis biológicas y sociales que ha de enfrentar todo ser humano.

            En los hechos, dada la generalizada mentalidad hodierna de “bienestar” garantizado por el Estado, esos últimos terminan, sin quererlo, en parásitos rentistas a costa de los primeros. Pues las innovaciones casi todas, la creación de capital circulante a cuya cuenta se pagan los salarios, la beneficencia voluntaria, cualquier proyecto concebido y ejecutado sin coacción ni amenaza para nadie, los inician y llevan adelante individuos de temple emprendedor, dispuestos a afrontar peligros y adversidades a solas.

            Según Claude Robinson, de la universidad de Princeton, el “lucro” pacíficamente logrado por ese individuo en competencia con los demás, pero bajo leyes iguales para todos, es su meta o incentivo. Para los otros, en cambio, rentas, salarios, pensiones, jubilaciones, tansferencias, privilegios, y demás “derechos” sociales (“entitlements”) a los que se obliga el Estado, son su seguro refugio.

            El profesor Robinson añade que es el influjo de los  grandes “soñadores” utópicos del pasado, aquellos de las monumentales arquitecturas teóricas y de los gigantescos proyectos de ingeniería social hasta sobre la propia naturaleza humana, Platón,  Tomás Moro, George Owen, Karl Marx, Mao, Pigou, los motivadores de las masas hacia tal “Estado benefactor”.  

En cambio, los auténticos motores históricos del progreso, siempre una minoría, se localizan entre aquellos que contemporáneamente Ayn Rand englobó bajo el acápite del “Atlas”, el personaje mitológico sobre cuyos hombros descansa el entero globo terráqueo. Así son los emprendedores de toda índole, tan imprescindibles para el proceso de destrucción y creación de riqueza en que consiste, como muy bien lo señaló  Joseph Schumpeter, el verdadero ascenso del hombre. 

            Federico Bastiat también se valió de esa hendidura básica del carácter humano para enriquecer con ella su filosofía del Derecho y llegar a la conclusión de que el concepto de la “ley” ha degenerado en nuestro tiempo al de un simple medio “legal” para que unos y otros nos expoliemos recíprocamente. Idos son los tiempos en que la “Ley” era toda norma natural, o consuetudinaria, que reglaba voluntades autónomas, iguales entre sí ante Dios y ante la sociedad.

            En Guatemala tenemos hombres y mujeres clasificables en el uno y el otro sentido. La actitud más generalizada tiende a identificarse con la rentista, no con la productiva. Siglos de explotación de los débiles por élites poco escrupulosas y cultivadas nos han encadenado al inevitable resultado final: el “Tercer Mundo”.

Ahora se trataría de romper esas cadenas con las elecciones generales dentro de unos meses. Pero, para ello  el principal obstáculo nos permanecerá la inercia de esos últimos siglos.

            Otra vez espejitos, de nuevo personalidades mediocres, se repiten los discursos monótonamente vacíos, frente a un electorado cínico y apático.

            De ahí, una vez más, la indignación de los justos.

La ira de los justos III

La ira de los justos (III)

Por Armando de la Torre

            A los justos – los que creen que todo contrato ambas partes han de ganar –  no les importan los cambios de gobierno, pero sí le preocupan los cambios de sistema.

La generalizada indignación que corre hoy por entre los electores guatemaltecos  solo puede ser atribuible a una erosión continuada del sistema constitucional vigente por las repetidas acciones impulsivas (poco meditadas) de nuestros gobernantes, uno tras otro, desde 1986.

            Y ¿qué entiendo aquí por “sistema”? Ese conjunto de las reglas del juego político que nos dimos democráticamente con toda solemnidad 26 años atrás.

            Poco respetables habrán sido todas  cuando tras dos siglos de análogos ensayos todavía nos hallamos en el mismo punto de partida de aquel entonces, un gobierno inepto, corrupto, arbitrario, y,  lo que es peor y en lo que muchos no caen en la cuenta: corruptores.

            De alguna manera confusa lo perciben, sin embargo, las masas, pues durante los últimos sesenta años ningún partido o movimiento político en el poder ha sido reelecto.

            Tras cada elección general se  regresa a la misma insatisfacción con el nuevo  gobierno de turno y por los mismos motivos.  Por eso creo que la opción radical para  los guatemaltecos este año no habría de ser un  cambio de equipo gobernante sino de sistema.

Se supone al actual fundamentado en esa Constitución de 1985, durante cuya vigencia hemos sufrido análogas decepciones a las que sufrieron nuestros padres y  abuelos durante la vigencia respectiva de cada una de las anteriores: 1808 (Bayona), 1825 (Centroamérica), 1851 (Carrera), 1875 (Liberal), 1945 (Socialdemócrata), y 1965 (¿Contrainsurgente?).

¿Por qué el reiterado fracaso?

Porque nuestros constituyentes siempre han parecido suponer la bondad innata de nuestra naturaleza (Rousseau) y no haber conocido que el propósito elemental de la Constitución escrita es limitar los poderes de los gobernantes cuya naturaleza, como la de todos nosotros, es muy imperfecta y propensa al abuso.  Así depositamos constitucionalmente facultades exorbitantes en ellos sin los suficientes contrapesos.

Error garrafal.

Eso explica el clientelismo generalizado de los “partidos” políticos, la impunidad de sus violaciones  a cualquier ley,  desde el presidente de la República y los  diputados al Congreso para abajo, y hasta el desprestigio de la administración de la justicia por manos de los  Magistrados  de las Cortes Suprema y de Constitucionalidad.

El efecto de tan pésimos precedentes no puede dejar de ser terriblemente deletéreo para la moral  ciudadana,  sobre todo entre los más jóvenes, lo que quiere decir que la máxima “el fin justifica los medios” termina por ser adoptada por todos. 

Para la impunidad de  los demás criminales  medianos de  las calles, y de los grandotes del crimen organizado, así le ha sido allanado el camino. 

Más remotos,  también de ahí se derivan la evidente falta de amor  patrio entre los más, lo tenue del respeto de los derechos ajenos, lo raquítico del espíritu de servicio entre los funcionarios del Estado, aun la irresponsabilidad hacia los propios hijos de tanto padre desertor, y el cinismo resignado de la población.

Por eso permanecemos pobres, ignorantes, y enfermos de cuerpo y alma.

Esa es la evidencia más aplastante de lo nefasto de nuestro “sistema” político.

Mi esperanza radica en la juventud, siempre entusiasta, generosa de sí, curiosa intelectualmente, y disciplinada en  sus estudios si se les sabe guiar.  

Pensadores que se etiquetan a sí mismos de “izquierda” reservan sus vituperios para las minorías económicamente “privilegiadas” como las que integran el CACIF. Error de un análisis demasiado superficial.  Pues existen otros muchos  grupos privilegiados, otras oligarquías, no menos influyentes en los ámbitos de la  política, la academia y  los sindicatos,  a cuya cabeza figuran ellos.

La solución estaría en la eliminación de todos los privilegios, esto es, esas  ventajas por decreto a favor de un colectivo o el otro, a las que, naturalmente, tampoco ninguno de ellos quiere renunciar.

Eso entraña para cada cual  exámenes de conciencia serenos, sinceros, y valientes.

Pero en la campaña  nadie oirá una alusión a tal problema de fondo: pues todos, unos más, otros menos, nos  hemos afanado por asegurarnos políticamente nuestra porción de privilegios y,  una vez obtenidos, a ellos nos aferramos.

 

 

Al amigo entrañable

Al amigo entrañable

Por: Armando de la Torre

            Te nos fuiste de acuerdo a tu perfil de siempre, modesto, discreto, considerado y auténtico.

            José Francisco Alonso, fuiste ciudadano ejemplar.

            Abogado y Notario por la universidad de San Carlos, jamás hiciste pausa en tu espíritu  de superación intelectual. Por eso persististe  en tantos cursos de posgrado en las universidades Landívar y Marroquín.

            Pero paralelo a ese crecimiento intelectual tuyo, nos dejaste ver que también  corría por tus venas una hidalguía que te era tan natural, aunada a una prudencia tan profesional, que les fuiste, escrupulosamente fiel para nuestra edificación.

            Deportista destacado en las artes marciales representaste con tus dignas destrezas  a Guatemala adonde quiera te hiciste presente.

            Hombre reservado y respetuoso de la dignidad ajena, nada por eso amigo de escándalos y vanidades, enderezaste tus mejores logros a tu familia, en especial a tus  tres hijos, de los que supiste hacer hombre y mujeres de bien. También a quienes compartimos tus ilusiones  y tus sueños, tus amigos del alma, con especial consideración para quien te acompañó durante toda tu vida de estudios y de trabajo profesional, José Luis González Dubón,  postura esa tuya hacia  todos, hijos, amigos, patria.

            Tu característica sobresaliente fue tu lealtad, siempre inclaudicable, tanto a tus principios y tus valores como a tus amigos y colegas. Diste de ti todo lo que pudiste, y fue muchísimo.

A la Liga Pro Patria, de la que fuiste fundador, le obtuviste su personalidad jurídica, que trabajaste durante todo un largo año en silencio, con éxito empero, pese a tantos obstáculos de la miseria burocrática a la que te enfrentaste. Encima, sufragaste del sudor de tu frente los gastos incurridos durante el entero proceso.

Lo menciono como botón de muestra.

Pero tus amigos sabemos de tu generosa entrega de corazón, de tu honradez escrupulosa, de tu trabajo disciplinado y de los dolores inevitables que tú supiste sobrellevar con dignidad e hidalguía. En mi biblioteca, por cierto, veo los numerosos textos preciosamente empastados que me devolvías mejorados cada vez que yo te había  prestado alguno.  

Nunca te olvidaremos, José Francisco.

Ya Dios te ha recompensado tu fe en El, candorosa e íntima.

Tu ambición cívica de aportar a la construcción de un Estado de Derecho en Guatemala, esto es, tu investigación a fondo sobre los abusos de la discrecionalidad por parte de los funcionarios del Estado, quedó truncada. Más tu ejemplo, sin embargo, basta para plantar ésa semilla civilizada que habrá de fructificar a beneficio inmensurable de las generaciones por venir.

Inolvidable “Franky”, o, si lo prefieres, “Hayek” de tus días de doctorando, nos has quedado como un tesoro en la memoria, un bálsamo en nuestras luchas y una esperanza, al final, en el reencuentro más allá de toda decepción.

Para ti, amigo ido, nuestra gratitud por los muchos años que nos regálaste con tu presencia. Para tus seres más queridos, en especial tus hijos, nuestra promesa de fidelidad en  tu nombre.

Y para la persona aquella, “José Francisco”, que se  nos ha adelantado, nuestra plegaria a Dios para que te conceda el descanso eterno que se ganó con su trayectoria de disciplinada decencia.  Y que te brille la luz perpetua que tanto te afanaste por hallar en tus estudios durante tu peregrinaje por este mundo.

Hasta pronto, inolvidable amigo.    

 

La ira de los justos II

LA IRA DE LOS JUSTOS (II)

Por: Armando de la Torre

            El rasgo más sobresaliente de una república sana es su delicado engranaje de pesos y contrapesos entre los poderes supremos del Estado.

            Desde este ángulo,  Alvaro y Sandra Colón se han conducido como elefantes en una tienda de  porcelana: lo han hecho todo añicos.

Sandra, en especial, se ha mostrado la dueña escurridiza de esclavos pusilánimes, los afiliados a la UNE  y otros clientes. En tres años, apenas ha habido institución que no haya sido atropellada o manoseada por ella, bajo el amparo de su irresponsable esposo, el Presidente de la República.

El Congreso, el Ministerio Público, la Contraloría de Cuentas, hasta el mismo Ejército, en ocasiones, se han visto rebajados a recipiendarios de sus órdenes inapelables en favor de sus proyectos “social – electorales”.

Lo mismo digamos de todos los Ministerios de gobierno en los que ella haya manifestado preferencias en favor de algún cliente.

No se inmuta por lo que pueda afectar su prestigio; sí por lo que toque a sus intereses.   

Incluso se rumoreó su complicidad en los asesinatos de Hugo Arce y de Kalil Musa, pero sí estalla en cólera cuando se le cruzan obstáculos, voluntarios o no.

Todo es opaco en torno a esta señora, siempre bajo el paraguas del Presidente.  Algunos hasta han manifestado  dudas acerca de su lugar de nacimiento (¿Belice?…), o de la fecha de su  matrimonio (¿en La Habana… o en suelo  guatemalteco?), del  nivel preciso de sus estudios, de sus supuestos tratos financieros con Gregorio Valdés  y el Banrural, hasta sobre su borroso  pasado guerrillero (¿la comandante “Marta”?…), en conjunción con el “comandante”  Isaías.  Y, encima,  el manejo poco transparente de los programas millonarios de “Cohesión Social”, y de su tráfico de influencias para que su familia – incluidas sobrinas – “progrese”, no dejan de dar pábulo a más comentarios maliciosos de amigos y enemigos.

Por otra parte, es una mujer valiente y disciplinada, en abierto contraste con su blandengue esposo.  Muy consciente, por otra parte, del “fraude de ley” de ambos al arreglar su divorcio según la letra, y no el espíritu, de la ley, a fin de ser inscrita como candidata a la presidencia para las próximas elecciones generales, veló repetidamente esa intención a una entrevistadora de CNN, a pocos días de hacerlo público.

No se le conoce trayectoria alguna en el área de las  relaciones internacionales excepto por su apoyo a Petrocaribe y sus susurradas simpatías por Hugo Chávez.

 Jamás ha emitido opinión sobre nuestros problemas más graves: el crecimiento galopante de la deuda externa, la baja productividad de nuestra mano de obra, el bajón de inversiones venidas del exterior, la ausencia de seguridad jurídica de la propiedad, el crimen callejero que tiene de rodillas a la ciudadanía, la expansiva presencia del narcotráfico, o nuestro problema social más apremiante: la deserción paterna y, en consecuencia, nuestra muy débil competitividad.

Ni ha dado una sola conferencia de prensa para aclarar tantos cuestionamientos inquietos sobre su vida personal.  Sus votantes todavía ignoran si, de ser electa, sumaría a Guatemala al empobrecedor proyecto de Alba, o más bien uniría fuerzas con los demás gobiernos centroamericanos, y el de México, en la lucha frontal contra el narcotráfico y la trata de menores.

Ni siquiera de sus planes en cuanto a transferencias de partidas, o a sus metas tributarias.

¿Por qué  no se ha expresado francamente una sola vez sobre tantos interrogantes, justificados o no? ¿Por qué no lo ha intentado siquiera por los canales de banda ancha de la televisión, donde tiene asegurada de antemano la discreta ayuda de su monopolista propietario, el mexicano Angel Gonzalez?.

            ¿Qué tal una o más conferencias de prensa abiertas, señora?            

La ira de los justos

La ira de los justos

Por: Armando de  la Torre

            Alfonso Portillo absuelto, Alvaro Colom todavía Presidente, Sandra Torres, en contra de la Constitución y de la moral, candidata, Irving Cohen y Guillermo Valdés, financistas de la UNE, más prósperos que nunca, las escuelas públicas campos de juego para el analfabeta funcional Joviel Acevedo y su chusma, doce o catorce asesinatos al día, la infraestructura nacional de puentes y carreteras hecha trizas, mientras la deuda externa, que habrán de pagar un día nuestros aún no nacidos, galopa cuesta arriba.

            El circo con el que nos “entretienen” los políticos en este año del Señor del 2011.

            Destacan excepciones, pero agazapadas en grupos minoritarios en los perímetros del poder.

            ¿Cómo caímos tan bajo?

            Por razones que abundan, pero mi preferida, por ser de las más radicales, se encuentra en la mismísima Constitución de la República.

            Ya se sabe que tal documento que habría de ser vinculante para todos nosotros encierra principios de buen gobierno y hasta una que otra institución de índole genuinamente democrática. Pero todo eso es precisamente lo que más se olvida y menos se  respeta por los gobernantes.

Todos esos equipos gobernantes, que se han sucedido al timón del Estado, son la mejor prueba de que la Constitución está urgida de remiendos.

            Hay otras explicaciones válidas para tal entuerto. Me acojo aquí a mi preferida: que como muchas otras contemporáneas, la Constitución de 1985 fue redactada por políticos elitistas para beneficio de su casta y de sus amigos. Y así se han arrogado el monopolio de proponer candidatos a puestos públicos por elección popular. Y que, además, todo lo que se recaude coactivamente de la ciudadanía sólo lo puedan despilfarrar ellos a su antojo. Por eso el Contralor de Cuentas es de su escogencia, lo mismo que el Fiscal General, que habría de indagar sus abusos, y aun los Magistrados de las Cortes Suprema, de Constitucionalidad, y de Amparos. Doble blindaje…

Son ellos los únicos que disponen con su voto sobre el presupuesto nacional, y quienes controlan, por vía del nepotismo y clientelismo más ofensivo, la abultada burocracia estatal. Son quienes se otorgan a sí mismos privilegios, inmunidades e impunidades de hecho que laceran la sensibilidad más elemental de justicia, y quienes osan hablar impúdicamente en nuestro nombre y dicen representarnos en los foros internacionales más elevados. Quienes, en fin, disfrutan de su robo monopólico del subsuelo, al tiempo que nos mienten una y otra vez con absoluto descaro.

Si nos tomamos el trabajo de examinar, aunque sea superficialmente, la historia del  constitucionalismo, descubriremos que al margen de estructuras legales brotadas espontáneamente con las tradiciones – el caso todavía válido para la Inglaterra de hoy o para la Roma republicana de ayer-, las Constituciones democráticas más efectivas se han dado con independencia de los partidos políticos.

Así sucedió con la de los Estados Unidos cuando la Asamblea Constituyente de Filadelfia en aquel caluroso verano de 1787. Lo mismo que con la muy posterior de Japón, impuesta por el general MacArthur después del castigo atómico de Hiroshima y Nagasaki. Algo parecido a lo que ocurrió en la V República francesa (1958) a instancias del general De Gaulle, o con la redactada para la Argentina por un solo hombre, Juan Bautista Alberdi, en 1853. También con la de la República Federal alemana (1949), condicionada, afortunadamente, por algunas restricciones fundamentales propuestas por  las victoriosas fuerzas aliadas de ocupación. O aun la más reciente en Chile (1980), sometida a plebiscito por el General Pinochet y aprobada por abrumadora mayoría popular, todavía vigente.

El resto de nuestra historia, en cambio, está plagado de constituciones negociadas entre partidos políticos y reformadas, una y otra vez, según los vientos dominantes del momento. La Constitución mexicana de 1917, por ejemplo, ya ha sido objeto de unas seiscientas reformas, casi todas meramente coyunturales.

Aparte de los intereses creados de unos pocos, que los políticos con mayor o menor cinismo intentan  proteger con esa legislación extraordinaria, el olvido voluntario más generalizado entre tales presuntos legisladores de normas positivas fundantes reside en el menosprecio de que las normas legales no sólo son prescripciones obligatorias sino que así devienen incentivos para el actuar de todos.

De ahí que a algunas de ellas se les haya llegado de calificar de “perversas”. Y que la Constitución guatemalteca abunde en ellas.

En primer lugar, por la latitud de interpretación que se asigna a la Corte de Constitucionalidad, sobre todo en materia de derechos “sociales”, y muy en especial cuando al Estado se le agrega una función tutelar de ciertos grupos o clases sociales.     

Alivio

ALIVIO

 

Por: Armando de la Torre

            A nivel mundial, un grave irritante menos.

            La muerte de Osama bin Ladem es, de veras, un sedativo, y para todos. Aunque se temen represalias dolorosas -¿cuándo no?- de las bandas terroristas inspiradas en él,  ese canallesco incitador al odio y a la violencia ya no podrá infligir más golpes a la humanidad, siquiera con deliberación y por mano propia.

            Fue un caudillo cruento, como tantos otros igual de ambiciosos que nos zarandearon durante el siglo XX: Stalin, por ejemplo, Hitler, Mao, Pol Pot… Pero también le llegó a Osama su hora de rendir cuentas a un Dios en el que decía creer y en cuyo nombre cubrió de sangre Su trayectoria entre los hombres.

            Para la UMA –la comunidad global de los creyentes islámicos- significa  un oprobio que no habrá de cargar más sobre sus espaldas. Para sus numerosas víctimas no islámicas, un tormento permanentemente en ciernes que  por fin se acaba de desvanecer, aunque demasiado tardío  para demasiados de entre ellos.

Cada día se  nos hace más claro a todos y en todas partes que ya nos sobran en este mundo los belicosos y buscapleitos.

Ahora, ido el último, reanudemos nuestro accenso moral a partir de aquel sabio dicho de Benito Juárez: “Entre los individuos, como entres las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.

Quizás este logro del ingenio, perseverancia y valentía de las fuerzas especiales de los Estados Unidos, desaliente algo más a los restantes fanáticos de ideologías totalitarias y de absolutismos religiosos que todavía agitan plazas y avenidas en días hábiles, sobre todo en el llamado tercer mundo.  

            La voluntad de imponerse por la fuerza siempre ha sido un hecho de la historia, pero hoy podemos  vislumbrar otro futuro posible, de más tolerancia recíproca.

La porción reptilínea de nuestro cerebro no cesa, empero, de empujarnos hacia la agresión al prójimo. Pero la corteza del mismo tampoco ceja en producir normas, valores y principios  que lo encaucen hacia fines más constructivos, la competencia pacífica  en los deportes, digamos, o en la  creación de riqueza, o en la innovación artística.

            La erradicación, además, de la pobreza requiere de paz. Y enfrentarnos a fenómenos destructivos de la naturaleza como la reciente combinación de terremoto y tsunami que azotó al sufrido Japón sólo nos es posible en condiciones de paz, nunca de guerra.

Investigar científicamente los secretos más recónditos del Universo, ahora que el hombre se prepara para el salto a las estrellas, asímismo, tan sólo nos será asequible por medio de  la cooperación internacional voluntaria.

La paz, por tanto, nos es tan imprescindible para todo progreso en  general como el oxigeno  para la vida corpórea   a lo largo de su evolución desde sus estadios más primigenios y elementales.

Osama siempre se mostró como  enemigo acérrimo de la libertad ajena y de la concordia entre los pueblos y las religiones mundiales.

 Ahora podremos vivir sin  tanto  enconamiento sanguinario de rivalidades y diferencias de puntos de vista.

            Y murió como vivió, sin que mediara mutua  consideración alguna entre él y los demás, como jamás la había mostrado entre sí mismo  y a quienes inmoló.

Tal sensacional  incidente de su desaparición  puede ulteriormente ser ponderado  bajo la perspectiva del empleo  legítimo de la fuerza en nombre de quienes sufrían  de  su injusta agresión.

            Un ejemplo histórico adicional de que infundir terror, con el mero propósito de infundirlo, no soluciona nada a estas alturas de la  civilización. Simplemente,  somos muchos los hombres y mujeres  libres que no estamos dispuestos a dejarnos aterrorizar por designio humano.

            En cuanto a la política interna de los Estados Unidos, Obama acaba de acumular un activo nada insignificante para su reelección. George Bush, por su parte, también es reivindicado en cierto modo por su obsesiva campaña contra esos promotores del miedo.

Europeos, israelíes, y hasta los iberoamericanos, podremos estar más seguros de nuestras vidas, en especial al momento de viajar. 

Los autócratas islámicos, en cambio, y los fantoches dictatoriales, tiemblan.

            Un tumor de desasosiego para el entero planeta ha sido extirpado.