La pluralidad electoral

La pluralidad electoral

Por: Armando de la Torre

            Para las próximas elecciones generales las opciones partidistas superarán, otra vez, la docena. Algunos lo lamentan a gritos, pues preferirían un sistema más rápido a elegir entre dos,  tres, o a lo sumo cuatro, como suele ocurrir en los países más industrializados. De momento, me permito diferir de tal apreciación.

            Nuestro sistema constitucional – incluida la ley Electoral y de Partidos Políticos -, favorecen el caudillismo semifeudal que nos caracteriza y que tanto nos daña. Mientras no se reformen tales normas “constitucionales”, el régimen electoral seguirá igual de pobre por muchos años.

            En el entretanto, esa exagerada pluralidad de candidatos es, paradójicamente, una medicina correctiva, no un síntoma de agravamiento. Porque, ¿de qué otra manera podrían darse a conocer quienes aspiren a un “cambio de veras en las reglas del juego  y no meramente a un mero cambio de rostros entre las autoridades electas?

            Además, en el régimen vigente desde 1985 apenas se rastrea un mínimo de respeto a las leyes vigentes por parte de todos. Mientras más opciones electorales se nos ofrezcan, mejores oportunidades para que surjan individuos y agrupaciones que nos pidan nuestro voto con una retórica no-tradicional de cumplimiento incondicional de la ley.

Por ejemplo, para las elecciones del 11 de septiembre hasta ahora se perfilan punteros Don Otto, Doña Sandra y Don Manuel Baldizón. Ninguno promete ese cambio de las reglas del juego tan ansiado sino la repetición de las tácticas politiqueras de siempre, para también perpetuar a “los sempiternos dueños del país”, de la  izquierda, centro y derecha del espectro ideológico. Es decir, nihil novi sub sole o, para expresarlo en los términos marciales de Erich María Remarque, “sin novedad en el frente”.

            En cambio se disciernen promesas más fecundas entre los candidatos más o menos novatos. Eduardo Suger, Harold Caballeros, Juan Guillermo Gutiérrez, en binomio con Carlos Zuñiga, y, aparte,  Adelita de Torrebiarte, se presentan con hojas políticamente limpias y hasta con ideas originales que nos podrían acercar a lo que la población pensante espera: reformas constitucionales bien meditadas.

            Lo mismo ocurre a nivel municipal, sobre todo en la ciudad-capital, en la persona de Roberto González Díaz-Durán. Y otro tanto entre jóvenes candidatos al Congreso, como Luis Pedro Álvarez.

Pero, ¿por qué habríamos de temer continuar con los mismos sistemas disfuncionales de los últimos dos siglos de nuestra historia? Porque los “constituyentes” de 1985, al igual que en ocasiones similares anteriores, entregaron a sus conmilitones políticos las llaves del monopolio del poder coactivo, y las arrojaron a la espesura. Hoy, por eso, no nos son asequibles y nos enfrentamos una vez más a la realidad humana de tener que acarrear con políticos que, por supuesto, no estarán dispuestos a aceptar recorte alguno de sus prerrogativas, ventajas, privilegios que de ese monopolio se derivan. Tan simple como eso.

            En países con tradiciones bipartidistas serias, su estructura jurídica distas mucho de reconocer  privilegios sectarios a granel, como ha  sido nuestra costumbre “legalista”.  El artículo mas violado de nuestra constitución por Presidentes, Diputados y Magistrados ha sido el número cuatro, aquél que estatuye la igualdad de todos ante la ley en dignidad y derechos.  Por eso, cada vez que surge en nuestro horizonte un fiel observante del espíritu y la letra de esa cláusula constitucional, se le procura borrar de ése horizonte empezando por nuestros mezquinos medios masivos de comunicación.

            Sin embargo, esas nuevas caras en la contienda electoral me hacen esperar que en el futuro podrán ser más numerosas, al punto de sobrepasar el equilibrio entre lo viejo y lo nuevo.

            La tendencia internacional, por esta vez, nos favorece. La crisis económica mundial reciente se ha convertido en Europa en una sentencia de muerte para los estados benefactores más populistas de la periferia europea. La India y la China, por otra parte, continúan en Asia su avance hacia sociedades más respetuosas de la propiedad privada y de las iniciativas individuales. Y la llamada “primavera” árabe parece sugerir un renacer liberal en la cultura islámica. Hasta el Perú posible de Ollanta Humala parece haber disminuido muchísimo su apetito estatizante. A todo ello hace eco, en Guatemala, el fracaso evidente del inepto régimen “social democrático” inaugurado por Alvaro Colóm y Sandra Torres. 

            Nos dejarán endeudados como nunca y con una moral pública desvencijada. Pero el vigoroso sector privado del país parece haberse sobrepuesto a este último zarpazo de la guerrilla, como lo hizo ya en dos ocasiones distintas, a comienzos de las décadas de los setentas y de los ochentas del siglo pasado.

            La reserva moral de Guatemala está viva y en pie de guerra. Si le reforzamos la virtud de la constancia para perseverar en sus loables empeños, acabará por imponerse a todas esas fuerzas malévolas encarnadas, paradigmáticamente, en la debilidad de carácter de Alvaro Colóm y en la absoluta ausencia de criterio en Sandra Torres.  

            Y entonces se abrirán de nuevo nuestros jóvenes a la esperanza.

           

 

 

Las pròximas elecciones generales, ¿importan?

Las próximas elecciones generales, ¿importan?

Por: Armando de la Torre

 

            La campaña electoral se calienta: tres atentados contra la  vida de candidatos sólo en San José Pinula lo indican.  Por otra parte, las idas y venidas de la inscripción de Sandra Torres como candidata ratifica la completa decadencia moral de nuestro orden constitucional vigente.

Y la abultada circulación de grandes sumas de dinero para propaganda partidista me hace sospechar, una vez más, de lo ilegítimo del influjo del dinero venido del narcotráfico. Sin contar con que ya el bochornoso clientelismo estatal de la UNE y de la GANA habían dejado bien en claro que las próximas elecciones generales no serán una fiesta cívica, sino el sepelio de un cadáver ya de mucho antes putrefacto.

            Guatemala ha tocado fondo, decimos todos. ¿De veras? ¿No nos puede tocar todavía un “gobierno” más inepto, corrupto y sin carácter del que nos ha hecho la guerra estos últimos tres años?  ¿Acaso don Otto nos vende algo diferente a lo de siempre? ¿O Baldizón? ¿O Mario Estrada? … ¿Un cambio de payasos en el mismo circo?

            Entonces, ¿para qué votar?

            Ciertamente hay algunas mejores opciones esta vez, Suger, Caballeros, Torrebiarte, Gutiérrez,… Pero la masa de los electores, sobre todo en las áreas rurales, no parece haberse percatado.

            Lo cual no es de extrañar. El padrón electoral recoge los nombres de un poco más de siete millones de electores. Siete millones que se creen con “derechos” a reclamar. Pero ¿cuántos de ellos tienen número del NIT, es decir, cuanto  nos sentimos igualmente obligados a dar?  Menos de la mitad…

            Nos han convencido de que las enfermedades son cosa del cuerpo, no del alma.  Creo  exactamente en lo opuesto.  Sufrimos colectivamente de cáncer terminal en la conciencia, no en el cerebro. 

            Todo gira en torno a  cuánto “entertainment” podemos deglutir. Pero ¿pensar? ¿Qué es eso?…

            Somos un “colectivo” en buen parte infantil: que piensen otros por nosotros.

            Encima, malcriados, con la mano siempre extendida, pues poco producimos y menos ahorramos.

            Y de charlatanes, encima. Somos los campeones de la queja, los reyes en inspirar lástima, los elocuentes de lo inútil: “derechos humanos”, o “¡estado de derecho!”, “soberanía nacional”, “separación de poderes”, “tiempos de solidaridad”, “familias unidas”, “responsabilidad con justicia”, “demócratas sociales”, “nos sacrificamos por las mayorías desposeídas”, “ahora sí somos iguales ante la ley”, “trabajadores honrados acreedores de su pensión”, “contabilidad con transparencia” … bla, bla, bla, bla…

            De una productividad marginal bajísima porque ya desde niños la desnutrición se encargó de cercenarnos  neuronas y mantenernos cretinos. Y por añadidura, con una imagen de nosotros mismos desastrosa porque nosotros en absoluto nos sabemos responsables de nuestra miseria sino… por la culpar de los otros,… ¿tal vez los yankees? … ¿o fueron más bien los conquistadores españoles de hace quinientos años? … o, mejor, ¿los ricos de hoy?

            Los coreanos se apoderan del comercio al por menor, los chinos de las cadenas de restaurantes, otros “extranjeros” del comercio al por mayor, o de la industria azucarera, o del monopolio de la televisión de banda ancha, o del cardamomo, o de los bancos, o del petróleo, o de las aseguradoras, o del entero país pero porque nos lo roban, no porque se lo ganen a pulso… nosotros, los impolutos, honrados, veraces, laboriosos y puntuales no nos merecemos ese sino. ¡Peor hasta  nos despojan hasta de la educación privada!…

            No debería ser así porque nosotros sí que pensamos a fondo, sí que sudamos en nuestras labores diarias, sí que cumplimos con la ley, si que ahorramos, sí que nos adelantamos a dar, que siempre decimos la verdad y en particular cumplimos con nuestras promesas,  incluso sí que sabemos elegir sabiamente nuestros presidentes, diputados y alcaldes, como lo evidencia nuestra realidad republicana…

            ¡Qué mundo más injusto éste!     

            Por eso, elijamos el próximo septiembre a Sandra, a Otto, a Manuel, a Mario,… y todo volverá a su inocencia original guatemalteca, ¿o mejor sería decir “maya”?.

            ¿A caso necesitamos cambiar de régimen?…

 

“Zorras” y “Leones”, fàbula de un redomado racionalista

“Zorras” y “Leones”, fábula de un redomado racionalista

Por: Armando de la Torre

           

Después de la Revolución Francesa, con su énfasis tan novedoso entonces sobre el principio de  la igualdad entre los hombres, surgieron otras corrientes de pensamiento paralelas que la adversaron con gran lógica, quizás la más elocuente  de ellas la de Edmund Burke en sus “Comentarios sobre la Revolución en Francia” (1790).

Otra no menos original, de fines del siglo XIX, será de la que aquí me ocupe.

            Vilfredo Pareto (1848 – 1923) fue un ingeniero destacado y un economista muy conocido franco–italiano. De persuasión filosófica liberal, y simpatizante, además, de los principios republicanos de Mazzini, sumó a sus análisis de la situación política que le fue contemporánea (el Risorgimento italiano) las premisas de los grandes economistas clásicos británicos y franceses. De todo ello brotó un enfoque altamente creativo acerca de la dinámica social, uno de cuyos conceptos básicos, “el óptimo de Pareto”, ha permanecido muy actual para el estudio de las escuelas marginalistas de las expectativas racionales y de las teorías del cálculo del  consenso en las democracias (“Public Choice”).

            Pero la contribución intelectual de Pareto no se circunscribió meramente a sus extraordinarios aportes científicos a las teorías de la economía política del siglo XIX y comienzos del XX sino también al campo  adyacente de la sociología, con hipótesis no menos originales así como, en menor escala, dedicó años de sus actividades profesionales a la discusión de la frustrante política nacional italiana de su tiempo.

            Para Pareto, la “economía política” es aquella especialidad del conocimiento que escudriña el mundo de las acciones deliberadas, es decir, de las decisiones racionales que giran en torno a los medios a elegir para alcanzar, al mínimo costo posible, los fines próximos y remotos de los individuos (el “individualismo metodológico”), y con recursos, por supuesto, siempre escasos.

La sociología, en cambio, para él habría de concentrarse en la descripción de las acciones “irracionales” del hombre, es decir, aquellas que responden exclusivamente a instintos, emociones y aun prejuicios, a expensas del frío realismo de las decisiones del cálculo monetario que se toman con vista al largo plazo.  

            La “circulación de las élites” fue una de las últimas contribuciones conceptuales de Pareto a la sociología tal como él la entendió. Desde su óptica, todo grupo social está integrado por elementos desiguales. Los más obvios, diría un sociólogo ortodoxo, por líderes y seguidores.

Las sociedades, pues, siempre son “gobernadas” y administradas por “élites” o minorías selectas, de cualquier índole ideológica, que no resultan de cálculo racional previo alguno. La historia de los regímenes políticos, insistió Pareto, deviene así en una sucesión de “élites” cuya preocupación fundamental es la retención del poder y de las prerrogativas sociales que lo acompañan.

“Las aristocracias no perduran”, afirmó. Para todos es evidente que después de un cierto tiempo terminan por desaparecer y ser sustituídas por otras. “La historia”, concluyó, “no es más que un cementerio de aristocracias” (Tratado de Sociología General, 2053)

Y para ilustrar mejor este punto recurrió a la metáfora de élites constituídas por “leones” o por “zorras”, esto es, las integradas por “tipos” humanos que tienden a imponerse por la fuerza (“leones”) o por la astucia (“zorras”), y que se alternan a lo largo de la historia en el control de cualquier monopolio coactivo.

Ese recurso por parte de Pareto al lenguaje figurado ya de por sí entraña la sorprendente opinión suya sobre la naturaleza estrictamente no–científica (en contraposición a la economía) de la “sociología”. Un profesor de lógica diría que los economistas declaran acerca de hechos mientras que los sociólogos “sugieren”, o teorizan, en torno a imaginadas relaciones causales entre fenómenos sociales.

El objetivo final de las “elites” sería, entonces, asegurarse competitivamente el monopolio legal de la coacción para sí mismos, además de los “privilegios” y “prerrogativas” de “clase” que lo acompañan, inevitablemente a expensas del bien común.

            Según Pareto, los pioneros, por ejemplo, en alteraciones de jerarquías sociales o de avances de productividad económica son aquellos guiados por un cierto “instinto” combinatorio de opciones y escenarios políticos que les faciliten su ascenso personal. De ahí que los denomine “zorras”.

De ellas distingue la de los “leones”, es decir, la de aquellos que se inclinan por tendencias que les son innatas a procurar la pervivencia de los grupos de que forman parte y a sacrificarse por ellos, todo en la prosecución del “bien” colectivo, sobre todo si éste se deriva de la “tradición” (religiosa, cultural, política, económica, o de la mera práctica consuetudinaria).

También son estos últimos  “elitistas” en el sentido poco halagüeño de querer retener para sí mismo las mismas posiciones ventajosas de las que suelen gozar los miembros individuales de cualquier élite dominante.

            En el primer tipo de élite (el de las “zorras”) habrían de incluirse los grandes financieros, los inventores audaces, los descubridores de recursos nuevos, los diseñadores de estrategias de mercadeo, lamentablemente también ahí incluidos los mercaderes de esclavos, y de quienes hayan abierto surcos en nuevas áreas del saber de las que hayan sabido derivar en su provecho personal rentas y “status” social. Los emprendedores ideológicos (los “intelectuales” al estilo de los revolucionarios enciclopedistas franceses, de los bolsheviques y de los fascistas), al igual que esos  eternos conspiradores mentalmente “juveniles” (aunque ya sean ancianos provectos)  contra todo orden establecido, son la forma más moderna de “élite”.  

En la segunda categoría (la de los “leones”), en cambio, habrían de ser incluidos los conservadores de cualquier status quo, o de toda ortodoxia oficial. Un referente actual muy novedoso lo constituiría la emergente masa ambigua de “los políticamente correctos” (los partidarios del Estado redistributivo y asistencial, los dirigentes sindicales, los demagogos populistas y nacionalistas, las feministas, los laicistas, los homosexuales hoy de todas las latitudes).  

            Las “zorras”, pues, se valen para su ascenso social de su astucia y de otras habilidades; mientras los “leones” de su fuerza, incluida su disposición a entregarse sacrificialmente a “la causa” de su preferencia. En la célebre alegoría de George Orwell (Animal Farm, 1945), esos últimos fueron simbolizados por el “caballo”, trabajador generoso y desinteresado de la clase obrera, y contrapuesto al símbolo del “cerdo”, el prototipo de la actitud egoísta que explota inmisericordemente a los demás.

            Ninguna sociedad avanzada, según Pareto, escapa a esa alegórica dicotomía en sus “élites”, que Ortega tradujo a “selectos”, porque se muestran capaces de  exigirse más a sí mismos de lo que ellos exigen de los demás. Sus seguidores son llamados por él “los hombres masa”, definibles como aquellos que esperan más de los demás que lo que ellos esperan de sí mismos (La Rebelión de las Masas, Madrid, 1930).

Lo que a su vez me hace intuír cierto hegelianismo en los tres autores citados. En efecto, ya Hegel había diferenciado en su Fenomenología del Espíritu (1807) entre “amos” y “esclavos”, los primeros en el goce de la abundancia que les procura la mano de obra cautiva a su servicio, y los segundos obligados a trabajar para los primeros. Sin embargo, los “sirvientes” en compensación son los ganadores inconscientes de la sabiduría creadora que les permite su conocimiento de la naturaleza adquirido durante sus esfuerzos por someterla a los fines del  hombre.   

            Tal alternancia en el disfrute del poder “soberano” por grupos dominantes de la índole más diversa es en parte cuestión genética, en parte de propensiones culturales heredadas, a diferencia de los fenómenos de la racionalidad consciente que se manifiesta en el estudio de la economía.

Y cuando los que mandan se anquilosan en el ejercicio del poder con el paso del tiempo, o incurren en graves abusos morales, o en la típica apatía  por la mera inercia satisfecha, entonces de entre la otra “élite”, la sumergida, inevitablemente surgirán personalidades potencialmente mejor dispuestas, o más creativas y audaces, en la lucha constante por la supremacía entre individuos, no entre clases sociales, que acabarán por imponerse, revolucionaria o evolutivamente, e iniciarán con ello el nuevo ciclo de liderazgo.

Mussolini se creyó discípulo de Pareto, a quien nombró Senador vitalicio del Reino un año antes de su fallecimiento (1923).  Pareto, sin embargo, liberal convencido, seguramente hubiera acabado por desaprobar el nacionalismo restrictivo del libre comercio y de la libre expresión individual del fascismo que estrenó en Italia Il Duce.

 

 

II

Con ese  mismo discurso de Pareto me permito ahora ensayar un esbozo de aplicación de su teoría en torno a una posible “circulación de las élites” al estado interno postconciliar (1965) de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

Para ello propongo partir del hecho bíblicamente documentado de cierta tensión permanente entre el espíritu “profético” y la jerarquía “sacerdotal”, evidente a lo largo del Antiguo Testamento, desde la construcción del Templo de Salomón, y que habría de recurrir también, intermitentemente, en la bimilenaria historia de la Iglesia.

Gregorio el Grande (+610), por ejemplo, enfrentó al césaropapismo bizantino, y Gregorio VII se opuso a la jerarquía feudal de los obispos de su tiempo. También en casos muy diversos Gierolamo Savonarola criticó duramente a Alejandro VI y Giordano Bruno chocó frontalmente con el Gran Inquisidor… Por no mencionar las ocasionales “sospechas” de la respectiva jerarquía eclesiástica hacia sus contemporáneos Francisco de Asís, Ignacio de Loyola o Juan de la Cruz

Esto me lleva, adicionalmente, a especular sobre el áspero conflicto entre los teólogos modernistas de fines del siglo XIX (“¿zorras?”) y el dogmatismo férreo de San Pío X (“león”), o  a discernir otro contraste entre el espíritu conciliador del Papa Juan XXIII y el tajante del actual Sumo Pontífice, Benedicto XVI, ambos, por su parte, a lo externo de la Iglesia, beneméritos fieles custodios del depositum fidei. 

Quizás algo parecido se podría sostener sobre la controversia intermitente entre dos sobresalientes asesores del Concilio Vaticano II, Hans Küng y Joseph Ratzinger. Inclusive a esa misma luz podría ser vista la inconclusa pugna de unos teólogos que se etiquetaron a sí mismos como “teólogos de la liberación” (1970) y la curia romana bajo Juan Pablo II.

El espíritu profético, igual que el sacerdotal, han dotado respectivamente a la Iglesia de su permanente alternativa dinámica y, al mismo tiempo, de su envidiable estabilidad doctrinal, que la han hecho, sea dicho de paso, magneto para eminentes conversos a la Fe católica como John Henry Newman. Pues, como explicó Gilbert Keith Chesterton y podría ser aplicado a muchos otros conversos, “a la Iglesia me atrajo lo que de ella me debería haber alejado”.    

Todo lo cual, por otra parte, no implica una separación hermética entre las funciones proféticas y las sacerdotales, como a veces lo han insinuado algunos disidentes de la Fé.

De vuelta a la óptica de Pareto, Juan XXIII pudiera ser visto como el “profeta” fugaz del, aggiornamento eclesial  todavía en proceso,  mientras Benedicto XVI personificaría más bien el “sacerdos” no menos cuidadosamente fiel a  su vocación anclada en San Mateo 16:18: “Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro y que sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella”.  

Pedro, entonces, ¿”zorra”, o “león”?

A diferencia de los eventos meramente profanos fuera de la Iglesia, esas élites de “zorras” y “leones” tienden, sin embargo, a moverse dentro del mismo plano del establecimiento del “Reino de Dios” en este mundo, y en tal sentido, al final, no hay en la Iglesia ni vencedores ni vencidos en la medida en que en teoría todas las “élites” han trabajado, cada cual a su modo, por la consecución del mismo objetivo y no por la redistribución desigual de privilegios entre mayorías y minorías al seno de la Iglesia.  

La Iglesia comenzó como un “orden espontáneo” hayekiano. Pero pronto hubo de copiar la estructura del sistema más exitoso de ese tiempo: el imperio romano. De ahí la aplastante influencia del derecho romano en su organización deliberada. Ello la ha puesto en la vía de repetidas confrontaciones en defensa de su ineludible autonomía con las organizaciones estatales. Las grandes persecuciones de los césares hacia los creyentes cristianos durante los primeros tres siglos de kérygma fue un ominoso prenuncio.  

Desde esta perspectiva de rivalidades, ahí habría de ubicarse, por ejemplo, la raíz de aquella falsificación piadosa de un supuesto legado de Constantino a los Papas, o los muy fecundos episodios de la “revolución gregoriana” (del 1075 en adelante), igual que los de la no menos espinosa “cuestión romana” (de 1870 a 1929) o los profundos altibajos de la relación Iglesia-Estado en Francia (1789 – 1905).

Sin embargo, tampoco ésa alternancia de “zorras” y “leones” se ha circunscrito al ámbito de las relaciones del papado con las autoridades seculares. 

Al “interno” de la Iglesia se han dado momentos penosos en los que ella ha parecido descender a una corrupta instancia secular más.  Por ejemplo, durante aquellas catastróficas rivalidades entre facciones del clero durante el siglo X, al ritmo de desavenencias entre meretrices de alto porte en el suelo todavía cubierto de escombros de la Roma otrora imperial, y para esos años muy venida a menos. En esos tiempos de desesperación, empero, se dio el renacimiento milagroso en Francia del espíritu eclesial más puro que nunca en un rincón insignificante próximo a la frontera suiza: Cluny (910). ¿Por obra de “zorras” o de “leones”?… 

Más emblemático para nuestros días podrían aducirse las disputas en torno a la “infalibilidad pontificia” de antes y durante el Concilio Vaticano I (1870), zanjadas al final por un “úkase” colegiado del mismo Concilio. Por cierto, ese fue el marco para el famosísimo dicho de Lord Acton: “Power corrupts, and absolute power corrupts absolutedly…”  

Por nuestra parte, nosotros, los “hombres y mujeres–masa” en la Iglesia, esto es, la feligresía, hemos tendido a matizar nuestra fe educada desde predecesores que la contemplaron a través de prismas muy diferentes,  marcados por los Concilios respectivamente de Trento (1545-1563) y del  Vaticano I (1870),  y por el del Vaticano II (1962-1965).

 El Concilio de Trento no parece haber conocido una curia de “leones” tan férrea como aquella a la que hubieron de hacer frente los obispos “zorras” del Vaticano II, por ejemplo, el Cardenal Arzobispo de Lovaina, Leo Jozef Suenens, frente a los “curialistas” liderados por los cardenales Alfredo Ottaviani y  Eugène Tisserant. Mi favorito de aquel tiempo, me permito decir de paso, para suceder a Juan XXIII lo era el cardenal de origen armenio Gregorio Agaganian, que oscilaba entre “zorras” y “leones” aparentemente sin dificultad, pero que carecía en el Occidente latino de un correspondiente respaldo de masas.

Además, aquel Concilio tridentino, en plena efervescencia luterana y de una mayor conciencia militante católica, convocado como un compromiso entre príncipes católicos para la ciudad imperial, aunque italiana, de Trento, se llevó a cabo en tres etapas bajo una dirección monárquica muy firme y sostenida. El Concilio Vaticano I, en cambio, se desenvolvió durante menos de un año sin interrupciones, movido al inicio por cierto espíritu tímidamente conciliarista, como lo comprobaron las discusiones previas a la proclamación del dogma de la infalibilidad pontificia, y de intenciones algo más ecuménicas, aunque aún a la defensiva frente al laicismo de corte masónico de la monarquía de los Savoya.

El Concilio  Vaticano II, a su turno, se transformó rápidamente en el Concilio de la irrupción de una apertura nueva, de raigambre democrática, tanto en la cabeza como en el corazón de la Iglesia.  La declaración conciliar  Dignitatis humanae”, por ejemplo, sobre “la libertad de religión” hubiera sido inconcebible en cualquiera de los Concilios anteriores, mérito, en este caso, quizás atribuible a “las zorras”.

La “élite” de los Papas “leones” vaticanos (desde Pío Nono, el prisionero, a Pío XII, el libérrimo) se ha desplazado lenta, pero eficazmente, hacia esa otra “élite” de los últimos  Papas “zorras” (Paulo VI y Juan Pablo II), testigos de la salida triunfal de la Iglesia de las catacumbas soviéticas, y más apreciativos, por eso mismo, de las ventajas a largo plazo para todos del respeto de los derechos “humanos” según interpretaciones seculares constitucionalmente vigentes.

El más “popular” de los síntomas de esa transición producto de las “zorras” creo poder localizarlo en el drástico cambio de la liturgia eclesiástica  del latín a los idiomas vernaculares modernos. Pero también en aquel oblícuo descuido “benigno” de Paulo VI  hacia el movimiento de los “teólogos de la liberación”, que sus sucesores más tarde hubieron de enmendar.

En todo caso, la hasta el inmediato ayer inédita accesibilidad “tecnológica” de la presencia del Sumo Pontífice para las masas de los fieles en cualquier rincón del “global village” es indicio añadido de cierta circulación internacional de las élites eclesiásticas, como lo confirman el creciente reconocimiento de la mujer en la pastoral de la Iglesia y el de los laicos en el apostolado en general o de la crecida importancia de las conferencias episcopales regionales.

La gran diferencia, pues, con las otras “élites”, las enteramente profanas, estribaría, en el caso de la Iglesia, en que la alternancia de “élites” ocurre sin desmedro de un compartido espíritu de servicio incuestionado, de corte apostólico, que ya antes ha terminado, a la larga, por imponerse en todas las crisis muy humanas, e internas a la Iglesia.

Lo que se ha traducido a una sucesión  de Pontífices “leones” hacia el mundo exterior a la cima de la Iglesia (Pio XI, por ejemplo,  en su defensa de los “cristeros” mexicanos), aunque con momentáneos resbalones excepcionales en la historia de la Iglesia, como los de Clemente XIV frente a las dinastías borbónicas (1767-1773) o el de Pío VI ante Napoleón (1804).

Esta actitud de “leones” se ha decantado en la defensa de la autonomía del clero (con ocasión de la célebre promulgación por los revolucionarios franceses de “la Constitución Civil del Clero” (1789), (ahí incluido el voto de un obispo apóstata de Autun, Charles Maurice de Talleyrand), o de la libertad de predicación de la  Iglesia “Universal” al seno de las  sociedades políticas urbano-industriales contemporáneas, como sucedió durante la tenura del  gobierno por Bismarck, en la Alemania imperial y su no menos llamativo  episodio  de la “Kulturkampf” (la guerra cultural) de la década de los setenta del siglo XIX o, más recientemente, desde el acceso  al poder totalitario en China de Mao Tse Dung.  

Por ello, los “Concordatos” que solía firmar la Santa Sede con los Estados nacionales buscaban, sobre todo, garantizar las inmunidades y exenciones imprescindibles para el buen funcionamiento de las instituciones eclesiásticas, en especial las escolares.

Pero han pasado paulatinamente de moda, al conjuro de la llegada al poder de nuevas élites en ambas partes contratantes, y con ellas se han atenuado las “tradicionales” militancias de los “leones”, siempre celosos de la primacía de Pedro, y que en un caso extremo, el de la Bula  Unam Sanctam (1300) de Bonifacio VIII, pretendió reafirmar la pretensión de soberanía de la Iglesia sobre toda potestad secular.

El futuro de la Iglesia que conocemos por  sus habituales  rasgos visibles nos es, por supuesto, del todo humanamente impredecible,  aunque contemos con la certeza, extraña a la autoridad de la razón humana, de saberla indestructible, pues “las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella” (San Mateo: 16,18).

Pero también estamos muy conscientes de que  en nuestra “aldea global” de hoy  “el Espíritu sopla donde quiere” (San Juan 3:8), y de que podemos esperar confiados en que otras élites serán elevadas por Él a la condición de “luz del mundo y sal de la tierra” (San Mateo 5:13-14) en otras regiones y continentes, Asia, por ejemplo, o el Africa al sur del Sahara, lo que naturalmente jamás pudo figurar entre las proyecciones sociológicas del hiperacionalista Pareto.

O como lo insinuó aquella otra declaración evangélica de “la mies es mucha y los operarios pocos” (San Mateo 10:2), al fin y al cabo las “élites” predecibles meramente como  resultados de acuerdos utilitarios entre “zorras” y “leones” terminan por ser del todo extrañas “al Reino que no es de este mundo” (San Juan 18:36)

Salvada, pues, esa enorme distancia entre lo natural y lo sobrenatural, aún nos sería lícito, preguntarnos curiosos: A la luz de las ciencias humanas, entre las cuales figura  la sociología de Pareto, ¿quo vadimus?

 

III

 

Con respecto a la historia “ladina”  de Guatemala ya se han hecho numerosas investigaciones sobre una posible circulación dialéctica de “élites”, principalmente por pensadores neo-marxistas como Severo Martínez,  que pone al centro de sus enfoques el concepto de “la lucha de clases”.

Pero no, que yo sepa, a la luz de la circulación paretiana  de minorías selectas (de derecha, centro e izquierda),  que abusan a su turno del poder adquirido para su propio beneficio y a costa del de los demás.

Las antiguas élites “mayas” parecen haberse diezmado recíprocamente en el escenario mesoamericano, a más tardar desde el siglo décimo de nuestra era, movidas, aparentemente, por el agotamiento de los suelos debido a una explotación demasiado intensiva.

Lo que vino después fue una sucesión de invasiones graduales por  tribus procedentes  del área tolteca de México, a las que puso fin  la llegada de los españoles en el siglo XVI. 

La Conquista española estableció la conocida jerarquía de peninsulares e indios que, con el tiempo, hubo de ser enriquecida también con la del aporte de los “criollos”.  La Independencia no cambió mucho en esa estructura de la sociedad excepto por el hecho “político” de que los peninsulares dejaron de concentrar en sus manos el monopolio del poder oficial y del comercial, que hubo de pasar, integro,  a manos de los criollos al cabo del siglo XIX.

Hasta estos inicios que hoy vivimos del siglo XXI, las élites de criollos han dominado con mayor o menor exclusividad el escenario nacional, acumulando en su recurso privilegios “legales” para sí mismos en las dos vertientes paralelas de Pareto: la de sus “zorras” (la del sector privado), con una economía en su esencia mercantilista, y la de sus “leones” (en el sector público), en un  Estado esencialmente patrimonial. Sobre esto último conviene precisar el dato curioso de que el Ejército nacional, en cuanto brazo armado del Estado, se ha mostrado de hecho la vía más idónea de movilidad social vertical hacia arriba para las étnias autóctonas, generalmente menospreciadas.  Una expresión  extremosa de ello se encuentra en la lectura de la tesis de graduación del premio Nobel de Literatura Miguel Angel Asturias sobre “el problema social del indio”.

Con la llegada a la presidencia de la República del doctor Juan José Arévalo Bermejo en 1945, a las élites de esos tradicionales  “leones” ladinos  se sumó, por primera vez, la élite emergente del mundo académico oficial, centrado en la universidad estatal de San Carlos. 

Un fenómeno parecido se dió en 1961, cuando el sector privado se hizo presente  con la fundación de la primera universidad no-estatal en Guatemala, la universidad “Rafael Landivar”, de los Padres Jesuítas. Pero esto hubo de dar un nuevo vuelco con la fundación de la universidad “Francisco Marroquín” (1971), que incorporó un concepto revolucionario de élite: la de aquella que de antemano renuncia a toda tutela que no responda a la libre escogencia de los consumidores en el mercado competitivo.

Este heterogéneo horizonte, pues, de “élites” diversas en el  sector privado, y de  otras “públicas” al estilo como las entendió Pareto, se ha visto enriquecido también con nuevos corrimientos de beneficiarios entre las clases sociales, sobre todo de la clase media urbana, que ha llegado a ser, por la vía de la informalidad o de la legislación, la más determinante.

Nuestro mundo empieza a moverse en otra dirección.

El afán por una mayor libertad personal y de competir bajo reglas iguales para todos se ha incrementado notablemente desde que terminó “la Guerra Fría” (1989). “El fin de la historia” que proclamó algo apresuradamente Francis Fukuyama, ha sacado del debate al mercado centralmente planificado y amenaza con expulsar definitivamente, en estos precisos días, al invasivo Estado benefactor.

Los avances del liberalismo clásico dominante antes de 1914 corren en paralelo a los retrocesos de las distintas versiones del socialismo, lo que augura una mayor igualdad de oportunidades para todos, sin ventajas elitistas impuestas, ni impunidades de hecho, ni transferencias irracionales de rentas, que han sido la motivación y la compañía inevitables de la usual “circulación de las élites”.

Incluso movimientos aparentemente más frívolos, como las campañas electorales por medio de las “redes sociales”, que han hecho posible el nacimiento reciente del “Tea Party” en los Estados Unidos, o el proyecto de creación de “ciudades libres” en Honduras, o hasta esos caóticos y por nadie previstos levantamientos entre los musulmanes del Norte de Africa y del Cercano Oriente, apuntan todos en la misma dirección, es decir, en la instauración de una sociedad mundial, libre de tutelas arbitrarias por “zorras” o por “leones”.

Es un anhelo casi universal, por el que las cámaras de comercio han sido las primeras en abogar vocalmente en todas partes.  Al igual que los promotores del ideal del “Estado de Derecho”, la  puesta al día del concepto de la “rule of law” de los “whigs” británicos del siglo XVII, y que hizo posible la revoluciones industrial y política de los últimos dos siglos

Ante esa encrucijada también nos encontramos en Guatemala en este año electoral del 2011, y lo estaremos aún más en cuatro años plazo.

El otoño del patriarca

“El otoño del patriarca”

Por: Armando de la Torre

            Alvaro Arzú se lanza una vez más a la aventura política eleccionaria.

No es éste  el mejor de sus momentos.  Aunque parece recuperado definitivamente del cáncer que estuvo a punto de ponerle fin a sus iniciativas, de nuevo somete su cuerpo a las tensiones de una difícil campaña electoral en medio de una lluvia de objeciones y acusaciones, la mayoría de las cuales tengo por infundadas.

“En comunidad no muestres habilidad”, rezaba el viejo proverbio conventual.  Guatemala es todavía una comunidad relativamente aldeana, lo suficiente al menos para que muchos no se muestren  en ella tolerantes de quienquiera sobresalga en ella. 

Alvaro, empero,  ha sabido hacer de su hoja de vida una página de logros, que algunos, al parecer  por resentimiento, la  mutan en una percepción muy prejuiciosa por su parte de arrogancia. 

Gajes del oficio que él ha escogido.

Independientemente de los resultados de la contienda cívica a la que se acaba de sumar, creo que se le debería de rendir homenaje por sus treinta años de servicio al país, tanto como  Alcalde capitalino que en cuanto Presidente de la República.

Aún muy joven se estrenó al frente del INGUAT. Recuerdo aquel lema de la marca con la que quiso identificar a los ojos de todos a su patria guatemalteca: “Guatemala, donde nació el color”.

¡Y vaya si acertó!

La policromía es nuestra constante distintiva,  al igual que nuestra primavera. 

Quien lo dude, que reserve unos minutos para una visita al Museo Ixchel o recorra  de nuevo los caseríos dispersos por los Cuchumatanes, con un trasfondo de un verdor intenso y un azul de cielo profundo. O que también contemple su propia efigie en el espejo de las aguas serenas del lago de Atitlán.

Después lo hicimos nuestro alcalde, y su empeño metamorfosió una libélula rural a medias en una mariposa urbana.

Fue más lejos todavía, y llegó a ser Jefe del Estado. Llenó al país de puentes y carreteras modernas, y ganó para Guatemala su ventaja competitiva número uno a nivel mundial: la Ley de Telecomunicaciones.

Diferimos profundamente él y yo sobre el proceso llamado “de paz” y permanecemos a ese respecto en nuestras posiciones antagónicas. Sin embargo, me resulta irónico que muchos de sus más acérrimos detractores de hoy eran sus más fervorosos aclamadores en aquel momento. Lo atribuyo al ínfimo nivel ético de la política como tradicionalmente se hace en Guatemala, y del que Alvaro, en ese punto, no ha sabido librarse.

Indudablemente, es un hombre de acción, no de contemplación. Tiende a fiarse con demasiada facilidad de sus allegados, rasgo no menos común en la atmósfera de intenso nepotismo en el país. Se encoleriza con demasiada facilidad ante toda crítica abierta, lo cual alimenta esa imagen suya de “Tonatiuh” tronante e impositivo, de nuevo, creo, explicable por la intolerancia recíproca y endémica a estas tierras.

Sin embargo, creo admirable su legado de infraestructura, muy en particular de ordenamiento del tráfico vehicular en la ciudad con EMETRA – ¿se acuerda aún de los cepos? – de los numerosos viaductos, de la iluminación pública aumentada, de las calles y avenidas limpias y en general bien mantenidas, y hasta de la absorción gradual de las áreas marginales – “un Quetzaltenango por año” – afirmó Alvaro en una ocasión – de la muy mejorada atención personal a los usuarios de los servicios municipales, y hasta de sus repetidos esfuerzos por mejorar la recolección y el reciclaje de la basura.

Sus críticos llaman a todo eso detalles “cosméticos”. Obviamente, la civilización, para ellos, se reduce a lo aparente. Problemas de fondo, a resolver más bien por ellos mismos.

También se multiplican los rumores maliciosos sobre su uso de los fideicomisos  en algunas ramas de la administración municipal. De esto, por ahora, no tengo criterio definitivo. Pero sí sobre sus intentos de preservación del Centro Histórico, que considero descabellados, peor aún, violadores del derecho fundamental a la propiedad.

Reconozco en nuestro alcalde, más que en otros que le antecedieron, su eminente empeño por llevar a la municipalidad gente más proba, preparada y cortés. Algunos adversarios le achacan, además, el no haber resuelto para el largo plazo los problemas del agua y de la seguridad ciudadana, problemas ambos que no son de acuerdo a nuestro ordenamiento jurídico de la competencia de los municipios sino del Gobierno Central.

Su última maniobra política, la de mantenerse presente a nivel nacional a través de la candidatura presidencial de su esposa, lo creo un error  de muy mal gusto y, encima, del todo inútil.

Luces y sombras, como la de toda trayectoria humana, pero, al final, un aporte positivo a la historia nacional. 

Perù, desde mi balcòn

Perú, desde mi balcón

Por: Armando de la Torre

            Las elecciones generales llegaron y se fueron, dejando tras sí un cementerio de incertidumbres y de escombros de esperanzas frustradas.

            ¿Cuba, en 1959, otra vez?… ¿O la Venezuela, la Argentina, la Nicaragua, la Bolivia, el Ecuador,  de cualquiera de los años que llevamos de siglo XXI?

            Nunca le había sucedido. Perú ha vivido durante dos décadas el período de años los más  opulentos y promisorios a partir de aquel comienzo que se produjo hace veinte años con una victoria inesperada de un casi anónimo Alberto Fujimori sobre su contrincante, el tan conocido y admirado candidato Mario Vargas Llosa. Para sorpresa de este último, y de sus numerosos simpatizantes, entre los que me contaba, el don Alberto de nombres exótico,  encima, se apropió de su plan liberal de gobierno, después de haberlo dejado de por sí muy mal  herido en lo más hondo de su natural orgullo.

            Cosas veredes, amigo Sancho.

            Ahora don Mario se ha cobrado su revancha.  ¿Y el pueblo peruano?…

            Obviamente, la ficción literaria, por muy Nobel que sea, no le ayudará para su paz interna.

            El país partido en dos, un Norte más sensato y un Sur que todavía en estos inquietos  tiempos gusta de jugar con fuego, aunque entre sus alturas andinas recuerdo el grupo dinámico de intelectuales en la bella y colonial Arequipa, siempre ceñida por su moderno perímetro y de las románticas montañas del Misti al fondo.

            No ha sido Mario el único tránsfuga en tan abrupto salto. Igualmente Alejandro Toledo, el preferido de los Clinton, nadó a la rivera opuesta, la del mercado con mordaza central, y con él pasaron al peligroso ensayo otros prohombres vacilantes del escenario político del Perú. 

Keiko, en cambio, supo articular muy bien su visión de la libertad, a pesar de tirar del fardo gigantesco de su apellido. Veremos si es capaz de mantenerse firme en sus convicciones y, sobre todo, de retener el liderazgo sobre los miembros de su partido, en especial, los diputados al Parlamento. Contará a su favor, en cuanto jefa de la oposición, con eminencias de la vida pública peruana como el genial Hernando de Soto y el maestro de las finanzas Pedro Pablo Kuczynski, así como otros más.

Se añada el que, Ollanta Humala ha cambiado. Le ha puesto sordina a la retórica importada de la Venezuela de Chávez y parece haber dado al olvido las locuras incaicas de su padre. Se ha civilizado con respecto a los reclamos belicistas de Perú y Bolivia contra su vecino Chile, y ha prometido solemnemente no tocar el modelo económico tan exitoso que le deja Alan García. Por cierto, este último hasta le podría servir  de brújula para su  itinerario ideológico personal, pues presidió sobre la bancarrota de Perú en los ochenta, cuyos preliminares había sembrado atolondradamente un militarote al estilo de ése tiempo, Juan Velásco Alvarado. Lo que parece ejemplificar la verdad del dicho de Raymond Poincaré: “el joven que antes de los veinte años no sea socialista, no tiene corazón; y el hombre que después de los cuarenta continúe siendo socialista, no tiene cabeza”.

El Perú goza de un atractivo muy particular, como Guatemala y México: la gloria de los Incas, la riqueza de la Colonia, su rica cultura hispanoamericana tras la Independencia, y las promesas sociológicas más trepidantes para el siglo XXI. Para su ventura adicional, es una potencia minera mundial,  con una población que ya ha superado ampliamente los treinta millones de habitantes.

De aquí a cinco años veremos cuál será su rumbo definitivo. Entre tanto le estará asegurada la indiferencia del gobierno de Obama y la mera curiosidad antropológica de los europeos pero el Oriente asiático ha tomado nota y procurará para los próximos años ocupar el vacío de interés que muestra el Occidente tan en apuros por su bienestar.

¿Y nosotros?

No menos absorbidos con nuestros repetidos y obsoletos esfuerzos por salir del “Tercer Mundo”.  

La ira de los justos V

La ira de los justos (V)

Por: Armando de la Torre

 

            “Ver a un ser” – escribió I. Kant – “no dotado ni de un sólo rasgo de pura buena voluntad, mientras goza, empero,  de una prosperidad ininterrumpida, jamás  podrá ser un espectáculo placentero para un observador racional e imparcial” (Fundamentación  de la Metafísica de las Costumbres, 1785).

            Aquel comentario de Kant confirmó la muy peculiar sensibilidad en el Occidente para la injusticia a raíz de nuestra herencia colectiva de  los  reclamos de los profetas de Israel, en especial  desde el siglo X al V antes de Cristo.  Por ella,  las controversias y diferencias de opinión sobre lo justo y lo injusto han tendido a ser zanjadas desde la óptica  al largo plazo en favor del bando o partido que mejor  haya  probado que procede desde el terreno moralmente superior (“the higher moral ground”).

            Por otra parte, la misma experiencia histórica resalta que la percepción de lo más justo  ha tendido a ser el último argumento de cualquier causa, religiosa, política, militar, étnica, académica o económica.

            El repudio, por lo tanto,  a lo que nos parece injustificado es de la esencia de lo que aquí entiendo por “la ira de los justos”. Lo cual, sea dicho de paso, en absoluto entraña que tengamos la razón de nuestra parte cada vez que esgrimimos la supuesta justicia que nos asiste en contra de una pretensión ajena. Pero es un hecho a la hora de explicarnos los vaivenes, tantas veces extremos,  de la historia.

            Karl Raimund Popper aconsejaba en una nota al pie de su magistral análisis de “La sociedad abierta y sus enemigos” que el objetivo de todo Estado de Derecho habría de ser más bien la disminución de las injusticias que el aumento del número de fallos “justos”, por su naturaleza casi imposible de constatar.

            Por estos días corre en Francia un librito de un autor para nosotros  desconocido  Stéphane Hessel, con el título  “¡Indignez Vous!”. Simultáneamente, los medios masivos de comunicación nos traen a diario las protestas que alzan  en las plazas de las ciudades españolas  multitudes de jóvenes desempleados. El motivo común para Hessel y para los parados es la cólera por lo que perciben como frialdad inhumana por  parte de los prósperos y bien instalados en la sociedad establecida.  Se trata de la misma sensación de injusticia que tantas veces  ha sacudido al Occidente durante cuatro mil años desde los ángulos más diversos.

            Tal refinada sensibilidad  hacia lo injusto es lo más precioso del legado de los profetas bíblicos: Natán,  Eliseo, Amós, Miqueas, Oseas, Isaías, Jeremías, Ezequiel… Bajo forma contractual, también el genio romano.  Pero algo así  no es discernible en el Oriente, por otra parte más paciente en sus hábitos de aceptar y resignarse a lo que parece inevitable.

            Aquí en Iberoamérica siempre  nos ha ardido en el alma la impunidad de los poderosos cuando se muestran  arbitrarios y caprichosos. No otra cosa se castigaba con tanta severidad durante la colonia en los famosos juicios de residencia.  Hoy, en cambio, la absolución de Alfonso Portillo nos hace añorar esos antecedentes de la vindicta pública.  Y como el suyo, innumerables ejemplos semejantes más.

            Frente al terrible flagelo social que es  “el impune” no hay remedio más civilizado que la observancia, la más estricta posible, del principio de la igualdad de todos ante la ley. Es lo mismo  que siempre ha entendido la tradición británica por “the rule of law”, y que los alemanes a su turno tradujeron  como el “Staatsrecht”, o  Estado de Derecho.

            La igualdad ante la ley no significa la igualdad de condiciones entre los hombres sino la igualdad de las sanciones para delitos iguales.

            En estos días me resultó irónico  observar la evidente molestia en algunos círculos políticos franceses sobre el apresamiento del Director Gerente del FMI en Nueva York, Dominique Strauss-Kahn, acusado de intento de violación de una infeliz empleada africana en el lujoso hotel en el que se hospedaba. Para esos herederos de la Revolución de 1789, contemplar a tamaño personaje esposado como un vulgar delincuente se les ha antojado  una afrenta nacional. Para el común de los mortales, en cambio, ha sido  una gloriosa reafirmación del principio de la igualdad de todos ante la ley,  más estricta en la América del Norte que en la Vieja Europa.

            ¿E Iberoamérica?

            Con variados matices, el principio constitucional de una genuina  igualdad ante  la ley aún nos es utopía. Mucho contribuye a este lamentable estado de la justicia la politización creciente de nuestros sistemas judiciales, impulsados por la filosofía del positivismo jurídico que impera en casi todas nuestras facultades universitarias de Derecho.

            Guatemala, bajo la Constitución vigente de 1985, se ha deslizado cada vez más en esa dirección. De ahí tanta “ira de los justos” que se evidencia repetidamente en cada campaña electoral, pero sin efecto positivo alguno. Es difícil a este respecto identificar nuestro peor momento, pero todo parece indicar que con el gobierno de Alvaro Colóm hemos tocado fondo.

            El nepotismo desenfrenado, el robo descarado de  fondos públicos para comprar votos de miserables en favor de la candidatura ilegal de su esposa Sandra, su recorte inepto de  los recursos presupuestarios del Poder Judicial, de la Fiscalía General, de la policía, de las  demás fuerzas de seguridad,  han tenido como cauda los triunfos hasta ahora inéditos  del crimen organizado, de los insolentes capos del narcotráfico, de las “maras”, de los políticos corruptos, que nos tienen a todos de rodillas.