Cuidado con disparar a ciegas…

¡Cuidado con disparar a ciegas…

Por: Armando de la Torre

            …o herirás a un inocente!

            El director de Registro de Ciudadanos lo acaba de hacer… y Harold Caballeros ha  quedado gravemente tullido.  Y con él, los innumerables hombres y mujeres buenos que querrían votar por él…

            Don Miguel Solís, por otra parte, es un héroe entre los columnistas de opinión.  Tiendo a concordar con ellos, pues rescató valientemente la integridad moral de su cargo cuando le mantuvo la prohibición contundente a ser candidata -según la letra y el espíritu del artículo 186 de la Constitución-, a nadie menos que al máximo poder fáctico del momento,  la desaforada Sandra Torres y su puñado de guardias pretorianos conformado por ex-guerrilleros notablemente ineptos y anárquicos.

            Pero don Miguel no es infalible. 

            Para quitarse de encima la continuada campaña en su contra de la izquierda mediática decidió equiparar el causante “fraude de ley” de esa señora con la libre decisión de cambiar de orientación profesional, tomada por Harold hace ya seis años.  

Lo siento, don Miguel, pero acaba de disparar contra palomas que Ud. ha confundido con buitres.  Y con usted, ha arrastrado consigo a un miope Tribunal Supremo Electoral para  disparar al aire. O, si se quiere, a embestir contra molinos de viento, que es lo mismo… 

Un ministro del culto evangélico no es en absoluto lo mismo que un sacerdote de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, al que sí le está prohibido por el derecho canónico y la legislación civil de la mayoría de los Estados modernos a inmiscuírse en proselitismos partidarios.

El sacerdote lo es de por vida, más aún, para toda la eternidad. La forma teológica más técnica para referirse a ello suele ser que el sacerdocio imprime un carácter indeleble, renuncie eventualmente o no a su compromiso pastoral. Queda, además, sujeto a la obediencia a su obispo y, por la comunión de este último con la cabeza eclesial, al Papa, que, al mismo tiempo, funge dentro del ordenamiento jurídico internacional, como Jefe del Estado Vaticano.

Mientras que el predicador en la mayoría de las iglesias surgidas de la Reforma del siglo XVI, y prácticamente en todas las pentecostales de nuestros días, son electos por sus comunidades respectivas  sólo por el tiempo que él lo acepte y sus feligreses lo aprueben,  ningún “carácter” le queda impreso en su alma… y ninguna otra fidelidad a una jerarquía eclesiástica, mucho menos internacional, lo reclama.

 La raíz de esta enorme y esencial diferencia entre todos los que siguen por fe a Cristo es la respectiva manera eclesial de entender la asamblea o comunidad de los creyentes.

Para los católicos esa colectividad es un sacramento radical, es decir, el vehículo visible de la invisible gracia divina que llega al devoto a través de los “sacramentos”, y la fuente de todos los demás: el bautismo, la confirmación, la penitencia, la eucaristía, el matrimonio, la ordenación sacerdotal, y la unción de los enfermos. El oficio, por tanto, del sacerdote ordenado dentro de la Iglesia Católica deriva de su inserción en ella a través de la capacidad que le ha sido delegada  para administrar los sacramentos. Puede abstenerse, o puede prohibírsele por la autoridad eclesiástica competente, pero esa capacidad para dispensarlos le pertenece por siempre, y no depende del capricho de autoridad humana alguna, sólo, es obvio, únicamente de la voluntad de Dios.

Para la mayoría de los “evangélicos”, en cambio, no hay más “sacramento” que la Palabra revelada en la Biblia. Y quien la lee, la predica, la explica, no es otra cosa que un miembro más del difuso “sacerdocio universal”, que se hace presente en cada creyente por las inspiraciones y revelaciones del Espíritu Santo, o de cualquier otro medio de que El haya querido valerse.

Hay muchísimas otras interpretaciones de las diferencias entre católicos y evangélicos (o “protestantes” en la etiqueta que ellos mismo se dieron en el siglo XVI), que no son del caso discutir aquí.

Pero nuestras autoridades “laicas” lamentablemente poco saben de ellas, como lo confirma el incidente de Harold Caballeros. 

En cierto sentido, una “víctima” más del analfabetismo cultural del que él y todos terminamos por padecer en Guatemala, en especial nuestra “clase” política y nuestros “estamentos” jurídicos.

 

El Rearme Moral de Guatemala

El Rearme Moral de Guatemala

Por: Armando de la Torre

            “Nunca un momento aburrido”.

            Tal podría ser el lema turístico de Guatemala.  Lo cual en absoluto significa estar siempre agradablemente entretenidos, pues una buena parte de esa constante “distracción” la hacen muchas frecuentes noticias repugnantes como la reciente acerca de Facundo Cabral.

            Sin embargo, creo discernir en todo ello una tendencia positiva.  La indignación generalizada y creciente contra los gobernantes y la clase política la considero un buen signo de recuperación moral.  Por su puesto, la cosa no debería quedarse ahí.  A la indignación habrán de seguirse los actos de justicia conducentes a la reparación del tejido social, lo más enérgico y tenaz que nos sean posible.

            Para mí, idealmente habrían de culminar en el proyecto Pro Reforma de la Constitución que se presentó al Congreso de la República el año pasado y que irresponsablemente fue engavetado por el Poder Legislativo.

            Al menos, me consuela haber leído algunas condenas a los mal llamados “Acuerdos de Paz” hipócritamente promovidos como paz “firme y duradera” que, por supuesto, no hemos tenido.  Pero cada vez son más los que reconocen ese gigantesco fraude como un engaño terriblemente inmoral.

            También eso es un signo positivo.  Porque siempre es laudatorio cualquier intento de enmendar un error, sobre todo si ha sido garrafal.

            Hacia los años treinta del siglo pasado surgió en Europa un movimiento de opinión llamado “El rearme moral”. Apenas terminada la Segunda Guerra mundial resurgió con más fuerza.  Siempre estuvo enderezado a la paz entre los pueblos, pero en especial apelaba a todos los estadistas a regresar a los principios éticos y jurídicos de toda convivencia civilizada, que había sido de pronto decapitada en 1914.

            En Guatemala hoy necesitamos de algo parecido.  Es verdad que el debate público entre nosotros se ha elevado en unas décimas de calidad, y hasta algunos candidatos para las próximas elecciones generales parecen recurrir con más fuerza a los criterios éticos a la base de toda civilización.

            Pero no basta.

            En mi opinión, producto de una larga experiencia de vida, lo primero que tenemos que dejar de lado es el desaliento, impropio de los adultos.  Todo lo podemos si nos lo proponemos con la  seriedad de hombres y mujeres hechos y derechos. 

            Además, habremos afrontar ciertos riesgos inevitables, frente a una minoría delincuencial incrustada en el poder político de nuestro país. 

            Este momento es de “ahora o nunca”.

            ¿Nuestro mayor obstáculo?… nosotros mismos, por desidiosos, inconstantes y hasta cobardes.

            De ahí estas conclusiones que intentan despertar lo mejor en nosotros mismos.  Sobre todo si nos decimos responsables hacia nuestros hijos, disciplinados en nuestro trabajo y sensatos en nuestras maneras de escoger.

            Empecemos por ser drásticos ante las opciones electorales que se nos ofrecen. Mientras más propaganda multimillonaria se malgaste, menor habría de ser nuestra propensión a con fiarles el gobierno. Sobre todo en el caso de los partidos oficiales con acceso fácil al erario público.

            Pero también de los opositores que con rostros nuevos nos prometen más de lo mismo.  Nada habría de darse por definitivo en los sondeos de opinión.  Al fin y al cabo, la capacidad de reflexión se mantiene hasta el momento de depositar nuestras boletas en la urna electoral.

            En verdad, desde mi óptica, nuestro criterio último para elegir autoridades esta vez habría de identificarse con un cambio sustancial de las reglas del juego político, erigidas sobre la supuesta roca de la Constitución.

            Hemos hecho demasiados ensayos constituyentes, y siempre sobre las mismas premisas catastróficas de confianza excesiva en los que detentan el poder, que nos les limitamos suficientemente. Es hora de que, en cambio, nos fiemos más del sentido común del pueblo, que con toda razón se niega a pagar más impuestos si no se mejora la calidad del gasto público.

Arremetamos, pues, con el cambio del obsoleto paradigma político que todavía defiende que el Gobierno es la solución cuando en realidad es la parte principal del problema.  Deshagámonos del nocivo positivismo jurídico, que todo lo politiza, aun hasta la administración de la justicia. 

Escuela Superior de Ciencias Sociales

ESCUELA SUPERIOR DE CIENCIAS SOCIALES

I  CICLO 2011 – 2012

(Del lunes 25 de julio  al viernes 30 de septiembre 2011)

 

               

Ciencia Política I Prof. Glenn Cox Lunes y Miércoles   18:15 a 19:30

 

Filosofía social de Hayek I Prof. Günther Meléndez Lunes y Miércoles   19:45 a 21:00

 

Ética del Lucro Prof. Roberto Blum Lunes y Miércoles   18:15 a 19:30

 

Antropología II Prof. Danilo Palma  Lunes y Miércoles   18:15 a 19:30

 

Cultura y Sociedad II Prof. Danilo Palma Lunes y Miércoles   19:45 a 21:00

 

Heidegger y la Metafísica Prof. Armando de la Torre Martes y Jueves       18:15 a 19:30

 

Lógica y Debate II Prof. Antón Toursinov  Martes y Jueves       19:45 a 21:00

 

Historia de Guatemala III:Gobiernos Liberales del siglo XIX  Prof. Guillermo Diaz-Romeu     Martes y Jueves        18:15 a 19:30

 

Matrícula:                               Q.   630.00                            

Costo de cada curso:              Q.1,732.50                                                    

Servicios  administrativos:     Q.   301.00

 

Fecha última para asignaciones y modificaciones en la misma: Jueves 28 de julio del 2011

Fecha de exámenes finales: lunes 26 al viernes 30 de septiembre