Al mediano plazo

AL MEDIANO PLAZO

Por: Armando de la Torre

            Con el horizonte electoral más libre de barbarie, nos sería muy útil a todos discutir con  mayor  precisión los respectivos planes de gobierno de las diferentes agrupaciones políticas en competencia.

            A diferencia de otros, creo que las campañas políticas del 2011 han sido fructíferas y aleccionadoras.  Ciertamente, nada aburridas.

            De todos los temas nuevos introducidos en el debate partidista, estimo que el de la desnutrición infantil ha sido el más previsor de todos.  En cierta medida, mérito de doña Sandra, que en absoluto la absuelve de sus demás crasos errores.

No es tan sólo cuestión del dolor y la marginación de los afectados  sino, sobre todo, de la competitividad y sobrevivencia de los potenciales adultos y de la nación entera.

Se ha martillado por varios candidatos, y con razón, así como por combativos  columnistas de opinión como César García, en la decisiva relevancia para el desarrollo de cada cual de los primeros mil cien días de vida a partir de la concepción.  Porque a los niños desnutridos se les cierra por ello, casi siempre de por vida, toda oportunidad de realizarse.  Es más, las extraordinarias tasas de cretinismo obvias en segmentos de nuestra fuerza laboral y de la administración pública deberían haberse constituido de tiempo atrás en los más poderosos incentivos para  que le hubiésemos dado a este tremendo problema social la prioridad máxima.

            Nos urgen, asímismo, más  planteamientos claros y contundentes en torno a la independencia del  poder judicial, a su decaída posición en la escala de las prioridades presupuestarías, más allá de la raquítica asignación constitucional del dos por ciento anual y por debajo de lo asignado a la única universidad estatal, y aun al deporte.  No menos hacerlo más accesible a todos con el aumento del número de juzgados y jueces, en especial en aquellos   departamentos de intensa ruralidad donde ocurren “linchamientos”, y de consolidar  su completa transparencia,  hoy más factible a través de un uso más racional de los medios digitales.

            Pero todavía importa mucho que se reitere con más vigor y energía  el compromiso de Presidentes y diputados de respetar a rajatabla la igual independencia del poder judicial con respecto  a ellos mismos, pues creo que son precisamente ellos quienes más refuerzan la impunidad generalizada en este país.  

            Aparte de recurrir a reformas de la Constitución vigente, debidas ya de tiempo atrás, habríase en el entretanto, creo yo, de liberar al Ministerio Público de la sombra de la Presidencia de la República, y de  dotar de recurrente mayor capacitación  a los fiscales, así como de  mejores herramientas para su trabajo.  

Algo parecido, aunque en escala menor, debería procurarse al respecto de la Policía Nacional y, también, por qué no, de abrirle más espacio de acción a las incipientes policías municipales.

            En cuanto al pretendido papel “rehabilitador” de las penitencierías,  permanece éste ausente de la retórica política,  en desmedro de los reclusos, sus familiares, en especial sus hijos menores de edad, y aun de sus eventuales víctimas futuras.

            El estancamiento económico, por otra parte,  merece consideración especial.

            Como insiste el Dr. Eduardo Suger, aquí parece que nada cambia.  Los cintillos de la prensa contienen  lo mismo de hace medio siglo, y las recetas sobre política fiscal y financiera avanzadas por la mayoría de los candidatos  poco se diferencian  de las recetas usuales del FMI y del Banco Mundial.

            Sólo Suger, el Dr. Harold Caballeros  y Juan Guillermo Gutiérrez han aportado el aire fresco del sentido común  a la discusión.  Pero hasta ahora nadie ha mencionado que la descapitalización de nuestra economía deriva en línea directa de nuestra pobre tradición de respeto a los derechos de propiedad por parte de los  legisladores, autoridades ejecutivas, fiscales, magistrados y jueces.  

Y que, en consecuencia, las oportunidades de trabajo en los Estados Unidos que tanto encandilan a los más ambiciosos y osados (por tanto los mejores) de entre nuestros emigrantes, se dan allá  precisamente por la previa emigración de la riqueza  generada en Guatemala, en su  justificada fuga de los políticos expropiadores entre nosotros.

Ojalá que algún día se enteren.

“ILUSTRACION” Y SOCIEDAD

“ILUSTRACION” Y SOCIEDAD

Por: Armando de la Torre

            La “Ilustración” – the “Enlightenment”, die “Aufklaerung”- fue un poderosísimo movimiento cultural que barrió el entero mundo atlántico en el siglo XVIII.

            La era de la Ilustración ha sido llamada así por sus entusiastas cultores, dado que  consideraban que la “luz” de la razón científica (“light”, “klarheit”), de entonces en adelante, habría de guiar los pasos de la humanidad.  

Fue subsiguiente a dos fenómenos históricos de enorme trascendencia: la Guerra -por mutuas  intolerancias religiosas entre “reformados” y “católicos” durante Treinta Años (1618-1648), y el dilatado proceso, sin violencias y con más tolerancia, de la Revolución Científica, de Copérnico a Newton.

            Realmente fue una corriente a su raíz aristocrática, muy diferente a la democrática revolución industrial, revolución hecha por artesanos, que de ella hubo de derivarse.

            Siempre  la representa el arte con un rostro “feliz”, como lo observa el gran historiador británico del arte, Sir Kenneth Clark, en su magnum opus “Civilization” (1969) a propósito del busto de Voltaire esculpido por Houdon, y en el que ese crítico quiso llamar la atención hacia  su paradigmática “sourire de la raison”. En el espíritu del comentario, casi medio siglo después, un nostálgico Talleyrand: “Nadie que no hubiese nacido antes de la Revolución podría formarse la más mínima idea de la dulzura de la vida en Francia”.        

            Fue, en realidad, un redescubrimiento de “la razón” clásica helénica, erigida en el parámetro supremo  también para nuestro mundo moderno por Johann Joachim Winckelmann.

Pero también del brazo de cierta simpatía por algunas manifestaciones del paganismo clásico, sobre todo las de carácter epicúreo. Se hizo, además, esa “Ilustración”, crecientemente anticlerical  y anticristiana. Y en el orden político, inició el culto a la autonomía racional del hombre por la que supo abogar con elegante elocuencia su pensador cumbre, Inmanuel Kant.  Lo que  implicó,  con el paso del tiempo, la separación hostil entre  la Iglesia y el Estado.  Igualmente la práctica democrática de la igualdad  universal de todos los hombres ante la Ley y con menor referencia a la igualdad del llamado bíblico de Dios a todas sus criaturas racionales.  

            Fue una época, encima, de la exaltación del utilitarismo y de la experimentación científica, pero asímismo, de condena vigorosa hacia toda clase de  tradiciones (“supersticiones”), en primer lugar de aquellas basadas en la fe religiosa del cristiano, del judío y del musulmán.

Y en esa dirección secularizante se montó la primera gran Enciclopedia de todas las artes y oficios bajo la dirección del humanista Denis Diderot, el “ilustrado” por excelencia.

            La “Ilustración” vino a significar un incesante desafío a toda autoridad “por derecho divino”, que, por cierto, terminó por desembocar en los millares de ejecuciones bajo  la novedosa  guillotina durante el “Terror” (1792-1794).  Robespierre, “el Incorruptible” segó la vida de unas treinta mil personas, incluidos obispos y sacerdotes, y hasta los mismos reyes de la milenaria dinastía francesa de los Capeto.  

            Por otra parte, liberó programáticamente de viejas cadenas a la burguesía, que pasó a ser la clase social dominante hasta nuestros días. Igualmente, amplió igualmente el ámbito de acción de las personas individuales con su declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, con sus primeros pasos hacia la abolición formal de la esclavitud,  y con su progresiva extensión de la franquicia del sufragio electoral a los plebeyos.

Bajo el mismo signo se humanizó grandemente el trato de los presos y de los enfermos recluidos en hospicios por enfermedades mentales.

Todo ello sirvió de punto de partida para el individualismo romántico, que estuvo  vigente durante los dos primeros tercios del siglo XIX. Incluso hay quienes afirman que la “infancia”, en cuanto etapa distintiva  en la vida de todo hombre, y digna, por lo tanto, de un trato diferenciado del futuro adulto, fue un descubrimiento de aquella burguesía triunfante. Por ello la aparición en esa época de la literatura infantil con los hermanos Grimm.

Dentro del marco de la Revolución Francesa, que intentó llevar a la práctica social y política las ideas de la Ilustración, hicieron enérgico acto de presencia, por primera vez, las cuatro principales ideologías del liberalismo, del nacionalismo, del socialismo y del conservadurismo, que hubieron de dar color a los avances y retrocesos de las sociedades de los siglos XIX y XX.  Sobre sus premisas respectivas se dieron  trágicos ocasos tras dos grandes guerras mundiales e innumerables otros conflictos y cruentos desgarramientos sociales. Pudiera concluirse que de tales “modas” ahora axiológicas, circunscritas  a los  hechos económicos y sociales de la sociedad urbano-industrial, se ha producido un  desplazamiento de las preocupaciones predominantemente de índole religiosa de los hombres de las sociedades agrarias que la habían  precedido.   

La idea más original que nos legó la “Ilustración” fue la del progreso, sugerida por primera vez por Turgot hacia 1750 y explicitada por Condorcet en su atrevido ensayo “Esbozo de una historia del progreso humano” (1794).

            Tal idea se ha visto pacífica pero monumentalmente revolucionaria, pues todas las culturas hasta ese momento habían tendido a una visión opuesta  conservadora, esto es, que sus modelos óptimos yacían en el pasado, mientras que la misma idea del progreso entraña que lo optimo este más bien por venir.  Por ejemplo, para Platón, los verdaderos héroes griegos se habían dado entre los aqueos de la Ilíada y de la Odisea, siete u ocho siglos anteriores a su propio tiempo. Y para Confucio, en China los verdaderos “hombres superiores” a emular habían precedido a sus contemporáneos hacia los inicios de la dinastía Chou. Por otra parte, ¿qué de diferente implicó  el término “Renacimiento” sino la recuperación de los modelos clásicos greco romanos de mil quinientos años atrás? Inclusive, para el monoteísmo judeocristiano, ¿qué mayor nostalgia que la del hombre en el Paraíso perdido?

En cambio, la idea del “progreso” sitúa lo mejor en el futuro, gracias, esperaban ellos, a las proezas ya palpablemente demostradas de la capacidad de la razón científica experimental  desde hacía  siglo y medio.

En todo ello, los “Ilustrados” pecaron de mucha ingenuidad, como lo arguye F. A. von Hayek en su ensayo “La Contrarrevolución de la Ciencia”. Creyeron, efectivamente, que la razón individual lo podía prácticamente todo, con desmedro –cosa que nos resulta hoy muy  curiosa-, de lo “social” (parte de su aversión a todo lo “tradicional” colectivo). Ese “constructivismo” desbocado atribuído a la mente humana,  habría de constituirse, sin embargo, en su hara-kiri en este siglo posmoderno.

            Nos quedó, sin embargo, de todo ello los inicios del constitucionalismo (Montesquieu, Madison),  del positivismo (Código Civil y Comte), de la democracia igualitaria (Sieyés), del laicismo (Marat), de la educación universal (D´Alembert), obligatoria y gratuita, hasta coronar en Alemania hacia 1860 con el ideal del Estado de Derecho. De ellos no menos nos vienen la fragmentación de las creencias, “la rebelión de las masas” en el sentido de Ortega, la anomía y el vacío existencial de muchos,  la disolución de la familia extensa, y hasta la globalización del crimen.

Sin olvidar, empero, los estupendos avances de las ciencias en los últimos doscientos años, tales como los de la evolución biológica hasta la configuración del genoma humano, las conquistas de la física y de la química que han hecho posible la exploración espacial y los brillantes logros de la astrofísica contemporánea, además del salto exponencial en productividad de los últimos dos siglos y el confort inaudito e inédito hasta nuestros días consiguiente.

Un último punto, creo vale la pena aludir a las dos vertientes culturales de la Ilustración, la francesa y la británica, y la monumental síntesis que de ellas hizo Kant.

La “Ilustración” francesa tendió a ser más bien dogmática; la británica, en cambio, más dubitante y cuestionadora.  La primera, anclada en el despotismo regio “ilustrado” (Federico de Prusia, José I. de Austria, Carlos III de España, Catalina la Grande de Rusia, el marqués de Pombal, de Portugal…); la segunda, que arrancó significativamente del puritanismo escocés, descansaba en el “sentido común” que John Locke reconocía a la mayoría de los hombres. 

Hoy el Mundo es otro y muy escarmentado.  Y nuestra “ilustración” menos arrogante.

La lección para nosotros del “Siglo de las Luces”.

¡ENHORABUENA, GUATEMALA!

¡ENHORABUENA, GUATEMALA!

Por: Armando de la Torre

            ¡Por haber derrotado un lunes 8 de agosto, una vez más, y en este año del  2011, un renovado asalto a la civilización en tu suelo!

            Pues toda civilización es orden, es respeto, es riqueza, es desarrollo, es paz.  Y la has vuelto a salvar.

            Ya desde aquellos remotos mayas del período posclásico, la misma había sido frontalmente agredida de múltiples maneras. La más reciente agresión se dio en 1993 por voluntad de un demente vanidoso, Jorge Serrano. También inmediatamente anterior a ésa,  y durante tres largas décadas, había sufrido bajo los embates de  “guerrilleros”  embrujados por Fidel Castro. Por no hablar de las afrentas mortales que te infligió Manuel Estrada Cabrera.  Ahora, respira aliviada. La estructura jurídica de tu civilización en el ensayo constituyente de mayo de 1985, aunque rajada y haciendo agua, sin embargo no naufragó.

            Tal es mi lectura de esa decisión unánime de los Magistrados de la Corte de Constitucionalidad acerca de la inviabilidad jurídica de la candidatura de Sandra Torres, en armonía con las previas de la Corte Suprema de Justicia, del Tribunal Supremo Electoral y del Director  del Registro de Ciudadanos.

            La Constitución Política de la República de 1985 acaba de superar triunfalmente el más insidioso de los ataques en su contra.  Barbari ante portas, los bárbaros a las puertas de nuestro rincón medianamente civilizado… pero no pasaron.

            Es evidente que al cabo de siglos de más errores que aciertos, nuestro pueblo ha llegado a su mayoría de edad.  Precisamente por eso nos queda por delante más trabajo que antes; la etapa de preparación para la vida nacional adulta el lunes terminó, y el martes comenzó la de las responsabilidades de adulto. 

            Por cierto, creo que la primera de ellas habrá de ser la de reformar  la Constitución vigente en el espíritu y la letra de las propuestas el año pasado por 73,000 ciudadanos al Congreso de la República, y engavetadas con ligereza casi criminal por la comisión que había sido  creada ad hoc por los diputados.     

            El fin jamás justifica los medios, habría de habérsele recordado a tiempo a Sandra Torres, a Orlando Blanco, a Joviel Acevedo, a Jairo Flores  y a sus demás semianalfabetas comilitones.  Su primitivismo cultural los traicionó…  y Guatemala se salvó. 

            Quienes ganen las elecciones no podrán de ahora en adelante seguir con el juego grosero de las mentiras burdas, de las promesas demagógicas,  de los privilegios hirientes, de la impunidad comprada, del nepotismo insolente.  Probablemente todavía no lo saben, pero con renovado oxigeno habremos de recordarles que son servidores…¡a nuestro sueldo!.

            A quienes resulten victoriosos  hemos de aplicarles, inmisericordes, la ley… y, simultáneamente, darle las gracias de despedida a la CICIG.

            Una democracia de veras adulta no puede menos de empezar a exigir a todos, incluídos los habituales dueños del país por su dinero o sus armas de fuego y a los recién estrenados del narcotráfico, que ya no les daremos el beneficio de la duda. 

            ¡Carácter, amigos!…  habría de ser la divisa de la Guatemala que esta semana dejó atrás su minoría de edad. 

Manuel Ayau: La Diferencia

Manuel Ayau: La Diferencia

Por: Armando de la Torre

            Hablar de Manuel Ayau  Cordón al año de su muerte y de la diferencia que hizo en las ciencias sociales me resulta todavía algo prematuro. Porque su verdadero impacto en las generaciones futuras se hará más patente, estoy seguro, para las próximas décadas. Pero igual creo que se puede anticipar un balance aproximado de los efectos de su trayectoria personal y de su pensamiento cuestionador para las generaciones posteriores.

            La historia, dijo Thomas Carlyle, la hacen, para bien o para mal, sus grandes protagonistas. Manuel Ayau fue un hombre de inteligencia extraordinaria, como lo reconocía de inmediato cualquiera que tuviera la oportunidad de tratarlo. Su educación humanística fue algo deficiente, pues desde muy joven se orientó más bien hacia la mecánica,  que coronó con su título de ingeniero emitido por la Universidad de Baton Rouge, en Louisiana, los EE.UU. Sin embargo, al término de su vida había escrito profusamente, y con creciente maestría lingüística, sobre temas profundamente humanos relacionados con la superación de la pobreza, el buen gobierno de los Estados nacionales y la honesta cooperación a través del comercio de veras libre.

            ¿De dónde le pudo haber venido esa ampliación de sus horizontes?

En primer lugar, de una extraordinaria mujer que le fue su esposa por más de medio siglo, Olga García de Ayau, comprensiva, amplia de criterios y filosóficamente afín.

En segundo lugar, de su empresarialidad innata,  que le hizo afrontar riesgos en campos muy diversos de ocupación, de la industria textil a la del gas propano, también del debate ideológico ininterrumpido en toda clase de foros a una curul de diputado en el Congreso de la República, de financista escarmentado y prudente a recaudador de fondos para fundaciones no lucrativas, alternando en cada uno éxitos y fracasos, para los que, además, siempre procuró indagar sus razones con brutal franqueza.

En tercer lugar, del medio social en el que nació, entre lo mejor de la sociedad guatemalteca de su tiempo pero mucho más aún del creciente círculo de sus amistades intelectuales, sobre todo en los EE.UU. y a lo largo y ancho de nuestra América hispanoparlante, que lo empujó, finalmente, a una especialización del todo inédita para él, la de fundador y primer rector de una universidad en extremo original y muy adelantada a su época: la Universidad Francisco Marroquín, punto de confluencia mundial para pensadores radicales, tanto clásicos como contemporáneos, que han hecho de la libertad individual su primera premisa.

            Aunque empresario logrado, al estilo del que fuera su admirado y gran amigo Pierre F. Goodrich – el fundador de Liberty Fund de alcances planetarios-, descubrió su más genuina vocación en una etapa de su vida adulta que Eric Ericsson llamaría “de la generatividad” (1), en el estudio de la economía, que no menos le llevó a profundizar en las naturalezas divergentes del derecho y la legislación, de la filosofía y la historia.

            Todo ello, empero, no hubo de ser lo más marcado y hondo en la diferencia que él significó para el horizonte de las ciencias sociales de la segunda mitad del siglo XX: lo fue su intrépida fuerza de carácter.

            “El Muso” (como le llamaban coloquialmente familiares y amigos), casi seguramente sin saberlo y ciertamente sin alardear de ello, se hizo hombre auténtico de virtudes heroicas. Su entereza frente a las dificultades, incluidas las repetidas amenazas de muerte provenientes desde círculos de fanáticos marxistas, o las incomprensiones muy dolorosas de parte de amigos y colegas patrones de empresas, fue proverbial. Su capacidad de trabajo disciplinado imponente y, sobre todo, tenaz. Su menosprecio por las convenciones superficiales del  momento, y su correlativa lealtad bien razonada a sus propios principios éticos, resultaron para casi todos nosotros, paradigmáticos. El tipo de hombre, en fin, que David Riesman (2) hubiera catalogado de “inner directed” – orientado hacia adentro-, en contraposición a la mayoría de sus contemporáneos “orientados hacia los demás” (other directed). O “el hombre selecto”, en la tipología propuesta por Ortega, en oposición al “hombre masa” (3). Al extremo muy encomiable de saber armonizar con firmeza un ¡No! a sus más queridos allegados -igual que frente a cualquiera autoridad humana-, para de inmediato regresar a su habitual trato afectuoso, sereno y cordial, siempre cercano a su agudo sentido de un humor seco, a la Chesterton.

            ¿Qué aportó, pues, Manuel Ayau, al estudio de las ciencias sociales entre nosotros?

            En primer lugar, el individualismo metodológico, punto de partida para los razonamientos de la Escuela Austriaca de economía (Menger, Mises, Hayek) que mucho le impresionó, así como el de la llamada Escuela monetarista de Chicago, encabezada por Milton Friedman, pero con figuras ilustres que lo habían antecedido como Frank Knight.

            En segundo lugar, esa secuencia tan lógicamente hilvanada propia del revolucionario análisis marginalista, que ha terminado por imponerse definitivamente en los enfoques académicos de la economía desde antes de la segunda guerra mundial, y que entraña el principio sobremanera valioso, en contra de Ricardo y Marx, del valor subjetivo del trabajo.

            En tercer lugar, su insistencia en la necesidad de la cooperación pacífica, como condición ineludible para la creación de la riqueza, como lo había adelantado Adam Smith a finales del siglo XVIII (4) bajo su celebrada metáfora de “la mano invisible” en el mercado, apoyada o complementada por otros pensadores escoceses de su tiempo (Hume et alii), y por los no menos grandes pensadores historicistas de la era del romanticismo en  la Alemania de la primera mitad del siglo XIX (Wilhelm Dilthey et alii), así como por ciertos sociólogos alemanes posteriores   (Ferdinand Toennies, Max Weber, Georg Simmel).  También los darwinistas sociales anglosajones (Herbert Spencer y William Graham Sumner) le hicieron su aporte teórico. Pero indudablemente los de más peso en él fueron, los economistas de la Escuela Austríaca, principalmente Carl Menger, Eugen von Boehm-Bawerk, Luwig von Mises y F. A. von Hayek). 

            En cuarto lugar, la función que viene a ser subsidiaria de las normativas morales, la de las leyes positivas, siempre y cuando se legislen en armonía con la Ley Natural y con la evolución espontánea de las costumbres de los pueblos, como lo abogaron John Locke y los escolásticos tardíos españoles agrupados en la Escuela de Salamanca (siglo XVII).  Más cercanos  a nuestro tiempo, Alexis de Tocqueville, Federico Bastiat, Bruno Leoni, F. A. von Hayek, y Leonardo Liggio le sirvieron de guías intelectuales por el ancho océano de la filosofía del Derecho.

De ahí su lectura profundamente republicana en la tradición de James Madison y de los demás “founding fathers” de la democracia en América (incluido, sea dicho de paso, el argentino Juan Bautista Alberdi), que hubo de llevar al siempre inquieto Manuel Ayau a su último audaz paso cívico, lamentablemente inconcluso: una reforma bien trabada, en el espíritu de todos esos predecesores, de la Constitución Política de Guatemala vigente desde 1986. Su objetivo final era la consolidación de un sistema verdadero de justicia en nuestro país, donde casi nunca la ha habido, o, como lo hubiera formulado Karl Raymond Popper, completar un sistema de reglas que al menos disminuya las injusticias. Otro de sus legados, traspasable al resto de Iberoamérica, con sus inevitables variantes coyunturales, pero también logro principal integrante de lo que nos dejó por tarea.

            En quinto lugar, sus propias conclusiones respecto a la conexión entre la pobreza de los pueblos y el autoritarismo arbitrario de los gobernantes, crónicos en Iberoamérica, en particular en Guatemala, que tanto contrastan con el imperio de la ley y la libertad de emprender, proporcionalmente florecientes en los mercados que operan sin restricciones arbitrarias en esos países que llamamos “desarrollados”, y de los que tenemos en particular los ejemplos exitosos del norte de nuestro hemisferio: los Estados Unidos (aunque menguante) y Canadá.

            Manuel Ayau, por su parte,  nunca mostró un especial aprecio por la sociología, disciplina que consideraba demasiado propensa al colectivismo imperante en la mayoría de las universidades del Occidente atlántico tras la primera guerra mundial. Por eso retenía al inicio de su gestión académica (1971) una cierta desconfianza hacia el gremio profesoral universitario en su conjunto, como la han tenido,  y todavía conservan con razón, muchos adalides del mundo empresarial. Pero con el tiempo moderó tal  desconfianza, en parte influído por figuras del ambiente universitario de las que él mismo quiso rodearse, aun del clero católico que ya se le había antojado años antes sospechoso por la influencia desmesurada en ellos de los “teólogos de la liberación”.  A ello le ayudó  su  lectura de Lord Acton, o el testimonio de personajes al alcance de su mano como, el  Dr. Joseph Keckeissen, el Dr. Angel Roncero, y el padre Robert Sirico. Su hija Inés, encima, de idénticas convicciones libertarias, fue fundadora y abadesa de un monasterio. Todo eso parece haber borrado casi del todo sus prejuicios de unos años antes  hacia académicos y clero católico.

Con los años se hizo progresivamente más consciente de la falibilidad humana en general, incluida la de sus mismos grandes mentores históricos del Liberalismo clásico tales  como John Stuart Mill, Ludwig Erhard, Leonard Reed, Henri Hazlitt, y los “Chicago Boys” en Chile. De ahí su famosa manera deprecatoria de hablar de su propia falibilidad, que lo hacía a su vez más atractivo y convincente a los ojos de quienes lo escuchaban y admiraban.

            Al término de cinco décadas de vida madura dejó una herencia bibliográfica notable en libros, artículos, cursos universitarios, foros de debate, charlas,  y conferencias que lo dieron a conocer internacionalmente en el vasto marco de la comunidad atlántica que le fue contemporánea.

            Como “nadie es profeta en su tierra”, Guatemala todavía lucha por emerger del subdesarrollo del pensamiento, pero, en el entretanto, la luz de Manuel Ayau sirve cada vez más de fermento reconocidamente fructífero allende las fronteras de su tierra natal.

            A su espíritu pionero,  a su generosidad de sí mismo, a su espléndido coraje, a su humildad del que la sencillez de su trato siempre fue espejo, a su genio militante y al ejemplo mayúsculo de originalidad que lo distinguió en todo lo que emprendió y, por encima de todo, al valor supremo al que siempre “el Muso” rindió culto, a ése de la libertad de toda persona en cuanto fin en sí misma y nunca un mero medio para los fines de otros, rindo hoy aquí el más profundo y conmovido de los homenajes.  

Guatemala, 10 de agosto del 2011

    

 

 

 

 

… ¿Y Belice?

… ¿Y Belice?

Por: Armando de la Torre

            Discurrió el foro de un debate entre vicepresidenciables en el Canal Antigua como anunciado.  También terminó por transparentar más a través de lo que no se dijo que de lo que sí se dijo. 

            Cuando el moderador, Pedro Trujillo, pasó a preguntar por sus respectivos lineamientos en política exterior, naufragaron todos los presentes.  De los candidatos ausentes porque deliberadamente no habían sido invitados, Carlos Zúñiga, por el PAN, y Alvaro Rodas, del Unionismo – según el patrón fijado por esa curiosa costumbre chapina de tener en cuenta sólo  los candidatos punteros de acuerdo a lo que arrojen las encuestas del momento, –  nos quedamos sin oír sus planteamientos, seguramente inteligentes.

            Guatemala hoy está a punto de enfrentarse en la Corte Suprema Internacional de La Haya a su resolución definitiva en torno al diferendo de dos siglos de antigüedad que mantenemos con Inglaterra sobre Belice.  Nadie lo mencionó. 

            Asímismo se debaten con intensidad casos de extradición muy relevantes en el Derecho Internacional, tales los de Alfonso Portillo y Carlos Vielman, y nadie tuvo que decir.

            Se nos presiona para que nos sumemos a la guerra sin cuartel contra el narcotráfico, con la intensidad de la de Uribe en Colombia y de la de  Calderón en México, y a lo sumo se oyeron balbuceos. 

            Se nos tienta por Hugo Chávez, desde el “Alba” sudamericana, con Petrocaribe y otros compromisos, y nadie se acordó de mencionarlo. 

            Tenemos un vacío inmenso a llenar con CARICOM, y ninguno se inmutó al respecto.

            Siquiera uno hubiera aludido a la profesionalización de nuestro servicio exterior, que tanto nos urge, y a la correspondiente ampliación presupuestaria, se pudiera haber salvado ese foro.  Pero reinó el silencio sepulcral.

            Y sobre el trato a nuestros emigrantes “sin papeles” en México o en los EE.UU., ¿qué? . Ningún ruido.

            Y de la cesión de soberanía a través de innumerables tratados (el 169 o el de San José)  y de la acelerada deuda externa que cargamos injustamente sobre nuestros nietos, ¿tampoco  hay nada que decir?

            Muchos guatemaltecos aparentan flotar en un espacio sin reclamos territoriales, sin fronteras, ni pasaportes, ni aduanas, ni conflictos bélicos, ni trata de blancas, ni epidemias, ni dilemas de derecho internacional privado, ni nacionalismos, ni “dumpings”, ni contrabandos, ni inflación importada, ni alianzas ofensivas y defensivas, ni terrorismo, ni amenazas nucleares, ni aun reciprocidad alguna para las víctimas de desastres naturales… entre las que ciertamente un día nos contaremos. Y desde ese augusto limbo, votan y son votados.

            Me pregunto por qué precisamente la política exterior y nuestro consiguiente derrotismo colectivo ante cualquier cosa que huela a “potencia extranjera”,  casi nunca se eleva a tema importante de preocupación entre nosotros. ¿Guatemala, entonces, cual islote insignificante y a la deriva entre las olas del Pacífico Sur…? 

Figuras de veras nacionales, por ejemplo, como un Alberto Herrarte, que prudente y enérgicamente defendieron nuestros derechos en el concierto de las naciones, yacen en el  olvido.  A la inversa, a la hora de  honrar con un nombre patriótico la biblioteca de nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores, nuestros políticos escogieron el de Mario Monteforte Toledo… Aparte  de sus múltiples méritos literarios, ¿sería porque nos hizo dar a conocer en una Feria, y en la carne, a un grupo de lacandones… o, porque, además, supo presidir durante tres minutos de silencio en el Congreso de la República en homenaje al por esos días fallecido José Stalin?

            Quizás también todo ello puede ser en buena parte atribuible al hecho de que estamos condicionados a creer que todo lo foráneo se ha de suponer mejor que lo autóctono.  Y que para arribar a esta triste persuasión haya jugado un papel adicional el que tantas decisiones muy importantes para nosotros, los habitantes del Itsmo (de guerra o de paz, de mayores o menores impuestos, de mercado libre o centralmente planificado, etc…) hayan sido tomadas desde lejos, pero muy desde lejos, por “poderes” que nos eran, y nos son, muy ajenos aunque sea sólo por la distancia.

            Durante trescientos años Madrid, al otro lado del océano, fue nuestra ciudad capital. Tras la “independencia”, Londres, México y Washington nos moldearon sucesivamente a su antojo y con nuestro consentimiento. Y a partir de la década de los sesenta del siglo pasado, ¡oh  sorpresa!, también La Habana.

            Quizás ningún otro gobierno de estos últimos quinientos años de historia se haya ofrecido a los ojos de todos tan sin rumbo en el revuelto mundo político competitivo de nuestros días como el actual, diz que “de Alvaro Colóm”.

Lo que significa que a partir del 14 de enero habremos de partir otra vez de cero, pero, congruentes con  nuestra tradición, ninguno de los candidatos ni se da, ni se dará, por enterado.