El “espìritu de facciòn”

El “espíritu de facción”

Por: Armando de la Torre

“Entre las numerosas ventajas que ofrece una Unión bien estructurada, ninguna merece ser desarrollada con más precisión que su tendencia a suavizar y dominar la violencia del espíritu de partido. Nada produce al amigo de los gobiernos populares más inquietud acerca de su carácter y su destino, que observar su propensión a este peligroso vicio… La falta de fijeza, la injusticia y la confusión a que abre la puerta en las asambleas públicas, han sido realmente las enfermedades mortales que han hecho perecer a todo gobierno popular… Los ciudadanos más prudentes y virtuosos, tan amigos de la buena fe pública y privada como de la libertad pública y personal, se quejan de que nuestros gobiernos son demasiado inestables, de que el bien público se descuida en el conflicto de los partidos rivales y de que con harta frecuencia se aprueban medidas no conformes con las normas de la justicia y los derechos del partido más débil, impuestas por la fuerza superior de una mayoría interesada y dominadora… Es muy cierto que si nuestra situación se revisa sin prejuicios, se encontrará que algunas de las calamidades que nos abruman se consideran erróneamente como obra de nuestros gobiernos… Y, especialmente, la actual desconfianza, cada vez más intensa, hacia los compromisos públicos, y la alarma respecto a los derechos privados… Estos efectos se deben achacar, principalmente si no en su totalidad, a la inconstancia y la injusticia con que un espíritu faccioso ha corrompido nuestra administración pública…”

Con estas palabras comenzó James Madison el artículo número diez a la famosísima colección de aportes adjetivados “federalistas” (1787). Con ello pretendían él y sus dos socios de prensa, Alexander Hamilton y John Jay, convencer a sus conciudadanos del Estado de Nueva York de las bondades de la recién elaborada Constitución Federal para los EE.UU.

Esto me lo recuerdan algunas reacciones a mi comentario sobre la nota publicada en El Periódico por Juan  Luis Font con el título “De Soldados y Poetas”.

A mis ojos, el mayor rezago en nuestra vida pública (de aquí a la Argentina) es ese al que apuntó Madison: el “espíritu de  facción” (o “de partido”, preferiríamos hoy), que se hace evidente a cada paso y en cada ocasión en que discutimos cualquier  aspecto del “bien común”. Entre nosotros, en particular, exagerado por el todavía vigente legado conceptual de la lucha de clases según Karl Marx. Y, encima, complicado por la multietnicidad de nuestro pueblo.

Esto encierra graves implicaciones para todos. Por ejemplo, una permanente búsqueda de culpables de nuestros sufrimientos. O dicho de otra manera: el notar sólo la paja en el ojo ajeno y nunca la biga en el propio. Lo que se traduce a lo que es peor: al olvido de la obligación  universal a comportarnos según principios éticos que obligan por igual a todos, al extremo de que la hemos desterrado del todo de nuestras motivaciones políticas.

Es lo mismo que afirmar que el fin justifica los medios. Sólo así se explica ese oportunismo tan cínico condensado en los mal llamados “acuerdos de paz” declarados encima, mendazmente, “firme y duradera”.   

Tal “espíritu de facción”, como ejemplo histórico, dio al traste con la República Española.

Por eso es tan importante que a nadie se le exima de responsabilidades morales, “poetas” o no. Especialmente cuando se asocia voluntariamente para delinquir, y no tanto para matar soldados sino para secuestrar inocentes o, en su defecto, extorsionarlos.

Al fin y al cabo, pretextan, que el otro bando también lo hace.

Espíritu de facción”.

Un colega me pregunta: “¿Acaso haz conocido una madre a la que se le ha robado, o matado, al hijo?” Sí, por supuesto. La madre de mi padre, en Cuba. Y mi suegra, en Guatemala. Soy amigo, también, de una virtuosa dama de esta sociedad, Alice de Lowenthal, cuyo cumpleaños quedó empañado para siempre de luto. En ese día le comunicaron los secuestradores del EGP dónde recoger el cadáver de su joven hijo, desaparecido y “ajusticiado”…

Pero tales tragedias no cuentan para los cegados por el “espíritu de facción”,  pues, se dice de sus asesinos haber estado motivados por la “poesía” revolucionaria…

Y si los gobernantes de turno saquean las arcas públicas para comprar votos, aducen “¿por qué no si lo hacen… por los pobres?”

Espíritu de facción…   

Patria, terrena y celestial

Patria, terrena y celestial.

Por: Armando de la Torre

¿Qué es para ti “patria”?, pregunté a mi amigo francés hace años, a comienzos de la  globalización. “Dondequiera me halle a gusto”, respondió. 

Así entendida, patrias hay “provisionales”, cual lo entraña la condición humana, y la hay  definitiva, que a todos espera según nos lo revelan los Evangelios… Punto, por cierto, muy apropiado sobre el que meditar en este tiempo de Adviento.  

Toda patria, de tejas abajo, se hilvana de figuras que impactan nuestra memoria colectiva. También de traumas, pero sobrellevados juntos. Y de esos instantes preciosos que hacen nuestro peregrinar más llevadero. Incluso de lenguajes  para los que no requiramos de traductor. Sin olvidar tampoco tantas esperanzas compartidas, tantos proyectos comunes…

La juventud en especial está urgida de parámetros que admirar.

La guatemalteca no ha de ser menos, aunque hoy algunos la sobrelleven con cierta indiferencia. Son los nombres y apellidos que  mantienen ante nuestros ojos sin pausa los medios masivos de comunicación, empeñados en subrayar los ejemplos no gratificantes sino los casos que más nos repugnan.

Sé que no es dable atribuir  al mensajero  lo desalentador  del mensaje.  Sin embargo, también creo que ya es hora de que cambiemos el rumbo, y de que  desplacemos el acento crítico hacia quienes hacen que valga la pena vivir sobre este suelo: hacia la bondad, por ejemplo,  de tanta de su gente, hacia su legado monumental, lo espléndido de su naturaleza circundante y hasta hacia los héroes y heroínas anónimos que nadie canta.

            Ahora que salgo del otoño de mi vida para entrar  a su inevitable invierno, retengo aún, agradecido, entrañables recuerdos de mis andanzas  por estas tierras que otrora acogieran tan generosamente a mi coterráneo, José Martí.

          

Paso revista mental, y al azar me surge la imagen de Juan José Arévalo, anciano modesto, cortés, sabio de sinsabores y traiciones, con el texto en la mano de su todavía inédito Despacho Presidencial, que venía a someterlo a la aprobación de la editorial recién fundada por un grupo de amigos, y gerenciada por el dinámico y visionario Santos Pérez, Rector entonces de la universidad Landivar.

            O la del por mí tan admirado  Rodolfo Herrera Llerandi, puntual, risueño, disciplinado, exigente, y con sus ojos relucientes de su esprit de finesse.

            Y  la de don Salvador Aguado, el erudito sentencioso, el maestro de maestros, el aguijón brillante que supo despertar en tantos adultos la curiosidad por las riquezas de la literatura universal.

            O la de aquel caballeroso Jesús Amurrio, inmutable, respetuoso de todos, tolerante de quienes disentían de sus juicios de valor, que volcaba con tanta sencillez y claridad en sus disertaciones sobre ciencia y filosofía políticas.

            Y, por supuesto, la de Manuel Ayau, la columna vertebral del espíritu liberal contemporáneo  a nivel de las Américas, en ocasiones burlón, siempre genial  y revolucionario, y de una generosidad  humana inaudita  y sin límites.

            Así como la de aquel Jorge Carpio, eterno soñador con lo imposible, o las de aquellas  grandes personalidades del mundo empresarial, Alberto Habie, Luis Canella, Ramiro Castillo Love, Tomás Rodríguez Briones, y demás meritorios prohombres de la creación de empleos. Por no explayarme sobre los santos laicos  de esa época, Imrich Fischmann, Luis Beltranena Sinibaldi, Francisco Bianchi, Renán Quiñonez,  Rodolfo Cofiño, Elisa Molina de Stahl,  y más aún sobre aquellos religiosos por votos perpetuos a los que su humildad resguardó invisibles al gran público, como el Padre Mariain, santo vivero de jesuítas santos, o el pacientísimo hermano salesiano Joe Keckeissen, el sorprendente portavoz de la “escuela austríaca de economía” entre nosotros.

            Y ¡cómo olvidar las plumas estimulantes de César Brañas, David Vela, Irina Darlée, Margot Alzamora, Emilio Maza, Pedro Julio García… y de tantos otros creadores ya idos!

            Y en contraste con el panorama actual de la vida pública guatemalteca, recuerdo  las siluetas gigantes al servicio desinteresado de los demás de un  José Azmitia, o de un  José Mata Gavidia, un Alberto Herrarte, Jorge Arias de Blois, Enrique Peralta Azurdia, Arturo Herbruger, Jorge Lamport, y hasta de ciertos equivocados respetables como Manuel Colóm Argueta, Alfonso Bauer Paiz, Mario Solorzano, y el inimitable y  talentoso artista Marco Augusto Quiroa. 

            Bajo el cielo de Guatemala, se han dado, pues, prominentes conjunciones de ramilletes de flores integrantes de la entera condición humana. He sido y soy testigo de tanta hermosura y fragancia. Y contemplo con gozo el emerger de colores nuevos.

           Por eso  Guatemala  es verdadera “patria” para mí.  

            ¿Y la celestial?

            Básteme, esperanzado, la realidad de su promesa cuando a ella me haya mudado.