Al oìdo de don Otto

Al oído de don Otto

 

            Por: Armando de la Torre

 

 

Señor presidente:

Usted no fue mi favorito para la primera vuelta; lo fue el doctor Suger.

Pero sí para la segunda, entre otros factores a su favor, el más decisivo, su candidata a la vice-presidencia.

            ¿Por qué tanto distanciamiento de mi parte hacia su proyecto? Porque lo considero a usted un político más dentro de lo que es tradicional en Guatemala y yo lo que anhelo para este país es un cambio radical.

            Usted persigue el bien de su pueblo; pero a través de medios y legislación inadecuados, esto es, tradicionales. Anhelamos algo mucho más efectivo y diferente.

            ¿Cómo creo que se nos filtra ese exceso de tradicionalismo?

            En primer lugar, porque usted todavía parece apegado a la ilusión de que el despegue de Guatemala se logre un día a fuerza de más gobierno, no menos. Mientras para los analistas más agudos de hoy en día, el gobierno no es parte de la solución sino la mayor parte del problema.

            Por eso usted, por ejemplo, y muchos políticos al uso parecen no escandalizarse en absoluto con lo millonario de las campañas electorales entre un pueblo mayoritariamente pobres.      

Guatemala, desde el punto de vista mío, lo que necesita con urgencia es un cambio valiente de Constitución Política que de veras apunte a la eliminación total de todos los privilegios para individuos y “colectivos”.

Nos urge una  Constitución que entrañe un desarrollo orgánico y generalizado a partir de lo que ya en teoría se supone vigente: el artículo cuarto constitucional estatuye que “todos somos iguales en dignidad y derechos”, conculcado, sin embargo, repetidas veces en las ulteriores cláusulas de la misma Constitución.

            Además, acaba de mostrar – por ese error de óptica acerca del peso relativo del Estado para el desarrollo de los pueblos -, que no ha aprendido de los errores de sus antecesores en el cargo, pues sube los impuestos como si fuera un incidente neutro para el desarrollo, lo que no es, al contrario, muy dañino.  

Si lo que pretende es incrementar los ingresos del Estado – después de la hemorragia fiscal por cuatro años que significó el gobierno de Alvaro Colóm -, lo sensato sería más bien ampliar la base tributaria dado que cerca de un ochenta por ciento de la producción nacional es informal. No menos, debería eliminar de cuajo la progresividad de los impuestos directos y, encima, extremar los controles sobre la calidad del gasto público. De todo esto, por desgracia, no da usted indicios de haberlo ponderado.

En resumen, lo más beneficioso a largo plazo sería reducir, que no aumentar, el “costo de tener gobierno” hasta aproximarlo a un cinco o seis por ciento del producto interno bruto, como sucedió con todos los países que otrora fueron igual de subdesarrollados que nosotros hoy y a los que ahora se les califica de “primer mundo”.

            Pero esto no parecen tenerlo en cuenta usted ni su ministro de finanzas, lo cual es acorde a nuestra tradición, de que la solución reside de más y  más Gobierno…

            Se necesita un cambio brusco de timón ideológico, esto es, un dominio por los gobernantes más completo de la lógica del mercado, única ruta posible hacia la creación de riqueza, el inverso de la disminución de la pobreza.

            En las mentes y en los músculos de los guatemaltecos, en especial los más pobres e incultos, yacen dormidas potencialidades insospechadas que el peso del Estado en la vida de todos no nos permite liberar.

            Usted es uno más en trabajar de buena fe según ese fracasado esquema del Estado rector del desarrollo. El ingenio, en cambio, y la voluntad de superación de los ciudadanos en lo individual, es lo único que nos lo hace accesible.

            Concéntrese, Presidente, en la protección de las personas y de sus derechos. Apoye y respete, asímismo,  la independencia del Poder Judicial, y muéstrese encima, leal amigo de los pueblos que nos han sido siempre leales.

            Y no deje de mantenerse muy cauteloso hacia los incentivos perversos que se le puedan colar con las iniciativas legislativas del Congreso.

            Y entonces, concluido su cuarto años de Gobierno, le otorgaríamos con mucho gusto un voto unánime de aprobación.   

Sòlo por ahora, concedo, me mantengo opuesto a la despenalizaciòn de las drogas.

SOLO POR AHORA, CONCEDO, ME MANTENGO OPUESTO  A  LA DESPENALIZACIÓN DE LAS DROGAS

 

Por: Armando de la Torre

            Digo “por ahora”, pues no me considero infalible, como sí lo traslucen algunos de los que abogan por la despenalización de las drogas.  Por lo tanto, todavía estimo posible que, con otros argumentos bien diferentes a los usualmente esgrimidos para promover dicha despenalización, pueda yo cambiar al respecto de opinión…

            También creo, encima, hallarme en la posesión de respuestas válidas para los repetitivos razonamientos puestos sobre la mesa, en especial por amigos míos tan bien intencionados como talentosos, y de quienes me consta, además,  que se guían por una lógica y una ética asentadas en  una visión liberal de valores (que no, por cierto, “libertaria”, la cual a mi juicio descansa sobre supuestos extremos que no comparto).

            El argumento más socorrido en pro de la despenalización del abuso de drogas es el inverso de aquel del que se valieron durante las dos primeras décadas del siglo XX quienes abogaban  por la enmienda (la XVIII) a la Constitución de los EE.UU. en 1919, que prohibió totalmente la manufactura, venta o transportación de licores intoxicantes y la importación o exportación de los mismos. A ello apelaban numerosos pastores protestantes, sobre todo bautistas de la “Bible belt” en el sur de los EE.UU., así como la mayoría de las asociaciones femeninas que presionaban simultáneamente en pro del sufragio universal, dado que  comprensiblemente  las mujeres y sus hijos son obviamente los primeros y más heridos por el alcoholismo de los hombres.

            Pero aquel “noble experimento”, como se le calificó entonces, resultó a la larga contraproducente.

            Peor,  hasta poco noble, pues el consumo de alcohol se mantuvo casi a los mismos altos niveles anteriores a la prohibición, y lo ilegal de su comercialización propició en los Estados Unidos un inédito y extendido irrespeto a la ley. Florecieron en su cauda los fabricantes clandestinos –“moon shiners”- de bebidas alcohólicas de pésima calidad, y en tan inesperado clima generalizado de menosprecio por la majestad de la ley brotaron y operaron, con frecuencia impunes, las célebres familias de la “mafia”, que no hubieron de ser debeladas por completo sino hasta la década muy tardía de los ochenta.

            Tales “familias” se reclutaban, mayoritariamente de entre minorías religiosas y étnicas – católicos italianos, católicos irlandeses, judíos de la Europa del Este, y hasta anglosajones de orientación anglicana–, habituados por inveteradas costumbres folklóricas a consumir alcohol (sobre todo vino, cerveza y whisky), sin que ello les entrañara en sus comunidades de origen  un estigma social, mucho menos uno pecaminoso.

            Todos sabemos que la malhadada “enmienda” terminó por ser anulada en 1933,  con el respaldo del voto mayoritario de esa misma población norteamericana que catorce años antes le había dado su aprobación.

            Este es el principal precedente histórico al que todos los partidarios contemporáneos de la despenalización de las drogas hacen referencia. Hoy, en la hipótesis también de tratarse de un fenómeno social similar al de la prohibición del uso y comercio de las drogas, la legislación habría de resultar igualmente, según ellos, de ineficaz, represiva y dañina de todo el cuerpo social. 

“El combate a la drogadicción es una guerra ya perdida”, arguyen encima, con olvido total de tantas erróneas declaraciones prematuras de victoria o de derrota, unilateralmente proclamadas a lo largo de innumerables conflictos en la historia.

            Por supuesto, que esa declaratoria de fracaso casi siempre no es más que una mera especulación circunstancial, muy debatible, pues los derrotistas que de antemano ahora se rehúsan a perseverar la lucha contra el flagelo de la drogadicción, se arrogan el derecho ajeno, que a todos y no sólo a ellos nos compete, de resistir, ley en mano, al asalto de los narcotraficantes, y de acudir a nuestra vez en apoyo de sus víctimas. Conviene recordar que entre esas últimas se cuentan los recién nacidos condicionados químicamente a  la drogadicción por sus madres drogadictas.

            Ni olvidar tampoco a los adolescentes que son crecientemente el objetivo prioritario inicial de los narcotraficantes. No porque constituyan un mercado muy rentable sino porque, al largo plazo, una vez alcanzada respectivamente su mayoría de edad, sí lo serán. 

            El derrotismo de algunos me es como si aquellos en Inglaterra, los Estados Unidos y demás democracias occidentales que para septiembre de 1940 sostenían (con razón aparente) que la guerra contra el nazismo ya estaba definitivamente perdida, y que urgían consecuentemente la capitulación ante Hitler, hubieran logrado convencer en aquel entonces a las mayorías democráticas de sus pueblos de las ventajas relativas de tal interpretación de la realidad.

Pregunto: ¿dónde estaríamos hoy ellos y nosotros?…

            O como si Copérnico en 1543, – o en su lugar Galileo en 1633 -, hubieran declarado imposible de ganar la lucha intelectual contra la dominante persuasión ptolemaica por todas partes ¿qué hubiera devenido de nuestra astrofísica actual?

            O si el tozudo Cristóbal Colón se hubiera rendido ante el reiterado rechazo de las monarquías de Francia, Portugal, e inicialmente de la misma Castilla, a su proyecto visionario ¿cuál habría sido el alcance de nuestro hoy globalizado mundo atlántico?

            ¿Y qué de tantos avances médicos, psicológicos, sociológicos, económicos, tecnológicos, que en su día hubieron de enfrentar el negativismo indolente de los más? ¿No fue vox populi, por milenios, la inviabilidad del voto femenino? ¿O qué decir de la esclavitud, práctica tan común entre los pueblos que nadie menos que Aristóteles la declaró una institución “de derecho natural”?  ¿Y no recomendó una autoridad médica en Bélgica, a comienzos de la década de 1820, que una velocidad ferroviaria superior a los treinta kilómetros por hora sería imposible porque afectaría mortal e irremediablemente  el sistema vascular de los viajeros?…

            La erradicación de la narcoactividad, incluída ésa que nos sería asequible por la vía de la legislación largoplacista, ¿a priori imposible? ¿Y que la moral no se puede legislar, como algunos dogmatizan?… ¿No están prohibidos por ley entre nosotros la mentira, el hurto, el homicidio? Y ¿no se excluye legalmente la poligamia en todo el Occidente?… ¿O el estupro, aunque haya habido consentimiento por ambas partes? ¿Acaso un jurisconsulto tan eminente como Rudolf von Ihering no pudo afirmar tranquilamente que “el Derecho es un mínimo de moral” sin que jamás se le haya podido evidenciar lo contrario?

Quienes van más al fondo de esta cuestión arguyen que el derecho fundamental y natural de todo individuo adulto a escoger con libertad irrestricta su ruta particular para alcanzar la felicidad, es conculcado intrínsecamente por cada susodicha intromisión nefasta del Estado en sus vidas personales, es decir, por cada penalización del uso de las drogas en la que se haya incurrido, a menos que excepcionalmente por fines terapéuticos y bajo prescripción médica.

Tales personas se cuidan de recordarnos que en todo ello nos movemos en una esfera tan privadísima e intocable de su vida personal como lo es, no menos, la  vida sexual de cada quien. Y proceden a hacerlo el equivalente de la prostitución legal porque ésta también se deriva de transacciones libérrimas entre consumidor y proveedora de sexo, sin implicar daños a terceros. Por lo tanto, concluyen, toda ilegalización total o parcial de actividades individuales que conducen a  la drogadicción también resulta nugatoria de la autonomía racional del hombre, particularmente en su prosecución de la felicidad.  

            Lo cual me lleva a un interrogante angustioso: ¿Nuestro orgullo de humanos ya no ha de residir en la libre plenitud de nuestra conciencia moral? ¿Nuestras debilidades éticas en nada disminuyen nuestra condición de hombres libres? ¿Todo habrá de ser visto según el automatismo de lo placentero, al estilo del resto de la vida animal?  ¿Qué, al final, entonces nos define: la conciencia o el instinto?

            A una consideración utilitaria adicional suelen recurrir: el costo económico de la guerra contra el narcotráfico y la drogadicción.

            En verdad, confieso que no entiendo la aplicación de las estadísticas a este caso. Pero sospecho que tampoco los demás.

            ¿En cuánto podría computarse el valor “económico” de una familia después de destruida por la drogadicción de cualquiera de sus miembros? ¿O el monetario de los accidentes mortales de ruta, o para los que sobreviven cuadripléjicos?  ¿O el hecho de quienes pierden todavía jóvenes toda confianza en el futuro? ¿Cómo medir el impacto del fin de la inocencia en los niños por las preferencias aberrantes de los adultos? ¿Se puede acaso calcular con íntegros y fracciones  la limpieza de los ojos del alma? ¿O el desaliento que deja como estela cada escándalo? ¿O los tormentosos y muy peligrosos complejos de inferioridad entre los adictos? ¿O los resentimientos de los fracasados? ¿O la sangre vertida por los oferentes de droga en ese mercado tan competitivo? ¿O la desesperación de quienes se dan por vencidos antes de tiempo?…

            Me queda todavía un aspecto que yo valúo entre los que más: la solidaridad del buen samaritano, la del que ríe con los que ríen y llora con los que lloran, la de la empatía hacia el menos favorecido que uno mismo, la del mandamiento de amar al prójimo como a sí mismo…  

            Para mí ésta es la cumbre de la realización del hombre. Nada la supera, nada la puede superar en el entero cosmos. La virtud de las virtudes…

            Pues, bien, no la veo en ninguno de esos autores ni siquiera someramente justipreciada. Al parecer se han dejado persuadir por el mendaz y superficial apotegma de que “el egoísmo es virtud”. Si así lo fuera, alegrémonos de vivir en una de las eras más “virtuosas” de la historia…

            Las drogas naturales o sintéticas, en menor o mayor grado, obnubilan la razón y por eso mismo precisamente se toman. Es decir, fuera de los casos juveniles de curiosidad, lo que se pretende es una “expansión de los sentidos” a costa de la claridad y corrección del pensamiento. Fuera del suicidio deliberado, no conozco otra forma radical de renunciar a la dignidad infinita de la propia persona. En eso consistió la locura del “superhombre” nazi a expensas del judío, del gitano y de demás especímenes “inferiores”…  

            El drogadicto, más que el alcohólico, es un enfermo incapaz en pocos años de salir de su hoyo mental y ético. Sólo con la más entrañable de las solidaridades y la más generosa de las amistades llega a tener una escasa posibilidad de escapar al destino del que ha sido su propio imprudente arquitecto que ciertamente no lo puede ser quien de antemano declara ese esfuerzo vano e inútil.

            Por todo esto, en el debate sobre la despenalización de las  drogas no nos jugamos tan sólo uno accidentes de ruta o algunos raros rechazos íntimos al amor.

Nos jugamos nuestra esencia  de hombres.