Sociologìa de un debate

Sociología de un debate

 

Por: Armando de la Torre

 

            La discusión pública en torno a la posible despenalización del consumo y tráfico de drogas merece siquiera un vistazo hacia quienes integran los grupos debatientes.

            Lo primero que resalta, aunque sólo sea a la ligera, es que la mayoría de los padres de familia parecen situarse entre los que adversan cualquier mitigamiento penal hacia el consumo y, sobre todo, el tráfico de las mismas. Los solteros, en cambio, y los muy jóvenes, se suman con alegre facilidad al bando de los despenalizadores “libertarios”.

            Lo que me lleva al núcleo de lo que está en juego: nuestros menores de edad, es decir, nuestro futuro.

            Entre los economistas académicos, y entre los políticos, usualmente a la búsqueda de protagonismos, se tiende a privilegiar las consideraciones utilitarias y, por tanto, más en pro de la despenalización al corto plazo. Conjeturan que dejarlas circular libremente resultará menos costosa para la sociedad que combatirlas.

            Entre filósofos, por otra parte, teólogos, historiadores y humanistas,  entreveo la posición mayoritariamente contraria, desde premisas morales de carácter más  categóricas que utilitarias.

            En cuanto a los científicos experimentales, tales como físicos, químicos e ingenieros de  todas las especializaciones, hasta ahora se han mostrado los más cautos.

            Pero dentro del mundo empresarial me parece detectar una corriente despenalizadora en ascenso, más no así entre los asalariados que más bien la adversan, tanto en el sector público como en el privado, quizás porque se crean ellos -y a sus hijos- más vulnerables ante las embestidas de los narcotraficantes.   

            Respecto al resto del público, cierta indecisión, y hasta ofuscación del primer momento, continúa.

            Encima, todo lo complica el matiz en exceso especulativo del debate.

            Pues la despenalización total por la que ahora se aboga nunca ha sido un hecho. El famoso precedente de la imposición del opio por la fuerza que hiciera la Inglaterra victoriana a la China imperial a mediados del siglo XIX ni siquiera rozó tal franquicia absoluta. Y hasta en esos pocos enclaves  “de aislada tolerancia” de hoy, como Amsterdam, Zurich y Portugal, sólo se permite un uso restringido y un comercio bajo permanente vigilancia.

            También es historia déjà vue”. Cual en los tiempos de la Guerra Fría, se compara una realidad insoslayable (la que se deriva de la prohibición legal de los estupefacientes) con una utopía, aquella que resultaría de una completa despenalización, imaginada, por supuesto, muy feliz y civilizada para un tiempo lejano por venir. Y, como suele suceder en tales comparaciones, la utopía siempre gana…

            Pero lo creo también indicio adicional de la superficialidad de nuestra escala de valores, ésa del “entertainment” a toda costa, del to have fun”, si posible, sin pausa, la del popular “to do everything… my way”. Que equivale a un irresponsable encogimiento de hombros por nuestra parte hacia el importantísimo recto uso de nuestro libre albedrío, no menos que un olvido paralelo del universal sentido de obligación de hacer el bien y evitar el mal.

Hasta podría tomarse como una extensión de la llamada “cultura de la muerte” que, sobre  simplismos análogos, ha conducido a que el número de los abortos supere al de los nacidos, o a a tantos múltiples atropellos de médicos y enfermeras, incapaces de saber escoger ante el doloroso dilema de la eutanasia, como, por ejemplo, acaba de salir por estos días a la luz pública en el Urugüay.  

El único objetivo del drogadicto es el de un escape placentero a los apremiantes reclamos mínimos que supone vivir en una sociedad de adultos.

Y el único de quienes a ellos les suministran drogas adictivas y alucinantes es forrarse de  dinero.

Y dado que no somos “islas”, tenemos el derecho humano individual a vernos libres de los efectos disociadores de tal asedio en muchísimo mayor grado que con respecto a los del ruido o  la contaminación ambiental.

Además, a la luz del prefacio de nuestra Constitución, que reafirma tajantemente “la primacía de la persona humana como sujeto y fin del orden social” y reconoce en la familia “el génesis primario y fundamental de los valores espirituales y morales de la sociedad y al Estado como responsable de la promoción del bien común…” ¿capitularemos ante tan frívolos  incentivos?

Peor aún, ¿y en nombre de la libertad… “del individuo”?

La despenalizaciòn de las drogas (III)

LA DESPENALIZACIÓN DE LAS DROGAS (III)

Por: Armando de la Torre

¿En qué podría consistir el balance monetario de accidentes de ruta bajo el influjo de las drogas? ¿O el de quienes sobreviven cuadripléjicos? O ¿cómo medir en unidades y fracciones el fin prematuro de la inocencia en los niños? ¿O la proliferación del desánimo entre los jóvenes sanos tras cada escándalo de adultos por abusar de las drogas?… Y ¿qué decir de esa sangre que se vierte a diario entre quienes compiten por tan mortal mercado? …

Es evidente que la raíz del mal reside en el consumo de drogas, y a tales irresponsables consumidores, y a quienes se las suministran se les habría de castigar (en Europa y en los EE.UU.) ejemplarmente. Nosotros, en cambio, residentes de los países de tránsito para tan infame comercio somos quienes hoy por hoy terminamos por pagar ese precio mortal que hacia nosotros desvían. 

Pero esto tampoco es argumento válido para otorgarles una licencia universal.

Pues me queda una virtud que defender y que tengo entre las de más peso: la de la solidaridad mínima de esperarse entre hombres libres y sensatos, aquella del buen samaritano, la del que ríe con los que ríen y llora con los que lloran, y que hasta se adelantan a pagar anticipadamente por la salud de  otros, sin la certeza de que les será devuelto. Es esa empatía espontánea hacia el menos favorecido, por todos – de labios afuera- tan alabada, que encima parece llenar el espíritu del mandamiento más difícil y olvidado de  todos, el de “amar al prójimo como a nosotros mismos”… 

            Creo tal solidaridad la cumbre del ascenso de lo humano hacia Dios. Nada la supera en nobleza, ni algo le es comparable en el entero cosmos, excepto el antecedente descenso de Dios hasta nosotros cuando se hizo Hombre.

            Solidaridad que rara vez discierno en tantos humanos, demasiado humanos, inmersos en sus hojas de balance… Al parecer, muchos parecen haberse  dejado arrastrar por el fácil apotegma de que “el egoísmo es virtud”. Si así lo fuera, deberíamos alegrarnos más bien de que nos haya tocado ser remolcados a lo largo de una de las eras más “virtuosas” de la historia,… la de Auschwitz, Treblinka y Dachau.

            Las drogas, naturales o sintéticas, obnubilan con eficacia progresiva la razón;  en verdad,  para eso se toman. Fuera de la peligrosa curiosidad juvenil que juguetea con ellas, se busca una “expansión artificial de los sentidos”, con desmedro, por supuesto, de la claridad y corrección de nuestro criterio moral. Todo equivale, al final, a una “cápitis diminutio” como la entendía el derecho romano, esto es, a una disminución en  nosotros  de nuestra talla inteligente.

            El drogadicto, más que el alcohólico, se adentra por un sendero oscuro que le cautiva más cuanto menos sabe de él. Suele empezar con escarceos superficiales, por ejemplo, con la marihuana, para después deslizarse hacia otros alucinógenos más potentes como la cocaína, que facilitan la vida “social”, lo que a su turno empujará hacia la prosecución  de vivencias más intensas en la heroína, el opio, o las drogas sintéticas (LSD y “crack”) hasta un punto sin posible retorno. 

Al harapo humano se le calificará, entonces, de “enfermo mental”, de incapaz de crecer más allá de su autogenerada minoría de edad ética, un fardo para los demás. Ni siquiera con la mejor probada solidaridad – la que se estila entre “alcohólicos anónimos” –  se le podrá abrir una posibilidad de redención, de escape a ese destino trágico del que ha sido su propio arquitecto.

Me consta todo esto, porque han sido demasiadas las vivencias desgarradoras ajenas que he sufrido durante mi larga vida.

            Se me insinúa que exagero, porque algunos saben tan sólo de esas primeras etapas de la drogadicción y desde ellas juzgan, o también porque son muchos los hombres de negocios “exitosos” que dicen sentirse más inmunes al cansancio, o hasta que descubren en sí mismos una mayor creatividad tras abusar de la cocaína o del “éxtasis”. Pero el riesgo moral de tamaños ensayos (y su correspondiente despilfarro económico) cuelga horriblemente ominoso sobre el usuario y su familia… 

            Ni existe cura perdurable, excepto a través de la prevención de su hábito por medio de la formación individual del carácter, es decir, del fortalecimiento de nuestra capacidad para responder con un NO firme a los cantos de sirena del placer engañoso.

Nada me resulta más aconsejable ahora para los caídos que aquella sabia reflexión de San Agustín acerca de su propia adicción al sexo: “Me ha sido más fácil abstenerme que contenerme”.

En torno a la despenalizaciòn de las drogas (II)

EN TORNO A LA DESPENALIZACIÓN DE LAS DROGAS (II)

Por: Armando de la Torre

            La derrota pronosticada para nuestra guerra al narcotráfico se me antoja como si aquellos en Inglaterra y demás democracias occidentales que para septiembre de 1940 sostenían (con razón aparente) que la guerra contra el nazismo ya estaba definitivamente perdida, y que urgían a la capitulación ante Hitler, hubieran logrado este propósito.

Pregunto: ¿y dónde estaríamos hoy ellos y nosotros?…

            O como si Copérnico en 1543, – o Galileo en 1633 -, hubieran declarado imposible de ganar su lucha intelectual contra la persuasión ptolemaica dominante entre los círculos más influyentes de su tiempo ¿qué hubieran devenido nuestra física y nuestra astronomía actuales?

            O si el tozudo Cristóbal Colón se hubiera rendido ante el reiterado rechazo por parte  de las monarquías de Francia, Portugal e, inicialmente, aun de la misma Castilla, a su proyecto visionario ¿en dónde estaría nuestro globalizado mundo atlántico de hoy?

            ¿Por qué tantos otros avances sociales, científicos, médicos, económicos, técnicos, en su día hubieron de enfrentar la incomprensión unánime de los demás? ¿No fue vox populi, por ejemplo, la inviabilidad del voto femenino? ¿O qué decir de la esclavitud, práctica tan común entre los pueblos que nadie menos que Aristóteles la declaró institución “de derecho natural”?  

            De la misma manera ¿alguna guerra contra las miserias morales ha sido ganada definitivamente?

            Por otra parte, la erradicación de la narcoactividad, incluída por ésa vía que nos es asequible, la de una legislación largoplacista, ¿por qué declararla a priori insostenible? Y en cuanto al razonamiento subyacente de que la moral no se puede legislar, ¿no están, acaso, prohibidos por ley la mentira, el hurto y el homicidio? ¿O no excluímos legalmente la poligamia?… ¿Hasta el estupro, aunque haya habido consentimiento por ambas partes? ¿Cómo explicar que un jurista tan eminente como Rudolf von Ihering haya podido concluir que “el Derecho es un mínimo de moral”?

Quienes van todavía más al fondo objetan, empero, que toda prohibición legal en contra del derecho fundamental y natural de todo adulto a escoger con libertad irrestricta su ruta particular hacia la felicidad, en nuestro caso, es decir, mediante la penalización del uso de las drogas (a menos que haya sido por fines terapéuticos y bajo prescripción médica), es inválida. Pero ¿de cuál libertad hablan si a ella ya abjuró el drogadicto por el simple hecho de haberse embarcado por esa ruta…?

Insisten, sin embargo, en recordarnos que rozamos en nuestro debate una esfera privadísima e intocable de nuestras vidas personales, donde no es menor nuestro derecho que en la paralela e inalienable a conducir nuestra vida sexual de acuerdo a nuestro libre albedrío. Lo que hacen extensivo a la prostitución, pues igualmente implica ésta transacciones libérrimas entre el consumidor y la proveedora de sexo,  sin que tenga que entrañar daños a terceros (“victimless crimes”). Por lo tanto, concluyen, toda penalización parcial o total de actividades individuales relacionadas con  la drogadicción resulta nugatoria de la autonomía racional del hombre. 

            Lo cual me lleva a un interrogante angustioso: ¿Nuestra singularidad  humana ya no ha de consistir en la libre plenitud de nuestra conciencia moral? Nuestras flaquezas éticas ¿en nada aminoran nuestra condición de hombres dueños del propio destino? ¿Habrá de verse todo según el automatismo de lo placentero, como en el resto del reino animal no racional?  En último análisis ¿qué nos define entonces: la conciencia o el instinto?

            A consideraciones utilitarias adicionales suelen recurrir: el costo económico, dicen, de la guerra contra el narcotráfico y la drogadicción supera con creces al de su despenalización.

            Confieso que no entiendo la aplicación de tales enfoques estadísticos a nuestro problema.  Pero me sospecho que ellos tampoco.

            Pues, ¿en cuánto puede ponderarse el valor “económico” de una familia destruida por la drogadicción de uno de sus miembros? O ¿cómo computar en términos dinerarios la pérdida consiguiente de toda esperanza de recuperación? ¿Somos, acaso, al final, cada uno de nosotros, de veras, “islas”? ¿Puedo abusar de las drogas sin consecuencias para quienes me rodean? ¿O para quienes conmigo trabajan o estudian? ¿O para con quienes por las calles y plazas coincido? ¿O para los menores de edad que me ven?

En este supuesto, amigos, abolamos de una vez por todas el Estado…

            (Continuará)