La prioridad olvidada II

La prioridad olvidada (II)

Por: Armando de la Torre

            Si la implacable necesidad de competir a nivel mundial es la prioridad nacional olvidada por los políticos guatemaltecos, también ellos pasan por alto que la única vía para ajustarnos las botas para competir internacionalmente con alguna perspectiva de éxito es la mejora de nuestra educación escolar.

            Lamentablemente, ahí es donde aparecemos peor calificados en los múltiples rangos internacionales que cada año se publican al respecto.

            En realidad se trata de dos Guatemalas, cada una con sus respectivas deficiencias escolares.

            A grosso modo, podríamos decir que tenemos una competitiva, de base urbana, y otra, incapaz de competir a un nivel internacionalmente aceptable, de base rural.  Y esta segunda ha sido, y es, la mayoritaria.

            Ambas Guatemalas se podrían diferenciar entre sí desde otro ángulo: el de a quién compete la responsabilidad última, a los padres o al Estado. En la educación urbana predominan las escuelas privadas (sobre todo a los niveles parvulario y secundario), sujetas a la libre demanda de los padres. Al primario y al universitario, en cambio, todavía retiene más peso numérico el sistema público, es decir, aquel que impone el Estado y al que todos nos hallamos obligados a sostener con nuestros impuestos.

En cuanto al ámbito rural, la educación ha permanecido tradicionalmente dentro del   sector público. El otrora educador universal por excelencia, la Iglesia Católica, fue relegado, desde la revolución liberal de 1871, a la marginidad artificial de lo privado.

            Ello explica otras muchas realidades de nuestro escenario.

            Por ejemplo, la gran mayoría de los ciudadanos activos en política partidaria, o de aquellos que se incorporan a la burocracia oficial, provienen de escuelas  públicas; lo mismo se diga de magistrados y jueces, o de los miembros de la policía y del ejército. Por el contrario, los círculos empresariales, o los principales logros económicos, o aun las fortunas más añejas del país, son del dominio casi exclusivo de egresados de establecimientos particulares o privados.

            ¿Por qué?

            Resulta evidente que la formación recibida en el marco muy competitivo del mercado educacional privado prepara mucho mejor  a sus alumnos para todo tipo de competencias futuras que esas otras inflexibles, y al mismo tiempo tan caóticas como obsoletas, estructuras políticamente bajo el comando del Ministerio de Educación o del Consejo Superior de la USAC.

            Dicho de otra manera, los habitantes ya desfavorecidos por su localización en las áreas predominantemente rurales reciben, encima, una peor preparación para competir que los niños y adolescentes de antemano mejor situados de las áreas urbanas.

            La clave reside en la normativa que rige a los maestros y a sus autoridades.

            Los sindicatos magisteriales, por ejemplo, detestan toda libre competencia, y prefieren el monopolio del juego cuyas reglas les favorezcan a priori. Para ello se valen del recurso a la coacción, cuya ejemplificación más simple la tienen en el derecho a la huelga.

Igual acaece con algunos catedráticos y con funcionarios inveterados en el servicio público. Parece anidar entre ellos una cierta desconfianza hacia sus propias capacidades en comparación con las de otros, un cierto complejo de inferioridad, que les impide aceptar abierta y explícitamente cualquier reto para el que hayan de medirse con los demás bajo reglas iguales para todos.

            Y tan injustificada pusilanimidad la proyectan en sus aulas hacia sus alumnos, o en los curricula y en los textos que escriben, en el entero espectro, pues, de lo social, con una cierta dosis añadida de resentimiento, para grave detrimento del equilibrio emocional de sus educandos.

            Por supuesto que hay excepciones.

            El egresado de un establecimiento estatal puede llegar a ser el mejor en su ramo, pero no por el empujón institucional que pueda haber recibido antes sino a pesar de ello. 

            Así repartido, nuestro sistema estatal de educación perpetúa las injustas estructuras de castas que sólo son superables a través de la más libre de las competencias. Es el paso ineludible que habría de darse para posibilitar la movilidad vertical hacia arriba que ha distinguido a las sociedades más progresistas del planeta durante toda la historia.

             Pero los actores principales de la educación pública en casi toda Iberoamérica se han mantenido impertérritos. De ahí, tantos rezagos inexcusables que nos mantienen demasiado pobres y demasiado arcaicos a la hora de querer competir.

La prioridad olvidada

La prioridad olvidada

Por: Armando de la Torre

          Guatemala continúa con su marcha hacia arriba.  Son tantos los signos de progreso que se acumulan ante los ojos bien entrenados de un observador que se hace más evidente el contraste con los lamentos de tanto articulista deprimido y lloroso que se expresa a diario en los medios masivos de comunicación.

            He insistido en repetidas ocasiones sobre lo mucho de positivo que ofrece este país.  Y reitero que no encuentro una ciudad más bella y pujante que ésta a lo largo de ese corredor geográfico desde la ciudad de México hasta Santa Fé de Bogotá.  Sus ya más de cinco millones de habitantes, dispersos municipalmente por la meseta central del país, encima testimonian del aumento incesante de la clase media, el estrato socialmente estabilizador por excelencia.

            También se pueden comprobar retrocesos. Pero hoy prefiero aludir a una prioridad nacional que rara vez se menciona cuando discutimos nuestro futuro: Guatemala se halla inserta en el corazón del ámbito geográfico más competitivo del planeta, el de la cultura atlántica.

            No ceso de recordarles a nuestros jóvenes universitarios en que no competirán en cuanto profesionales con otros del istmo centroamericano sino con mexicanos, colombianos y caribeños de la más variada índole; e incluso con innumerables talentos que nos son más lejanos, en las Américas del Norte y del Sur, por ejemplo, y hasta los europeos, y aun los “tigres” asiáticos, que se asoman a la ribera occidental del océano pacífico.

            De veras nos hallamos situados en el corazón más aguerrido comercial, industrial, tecnológico y cultural, del planeta, aunque a ratos parezcamos no habernos percatado de ello.

            Por otra parte, la revolución de la informática ha anulado las distancias. Nuestros productos están hoy al alcance de cualquiera en el ancho mundo de lo ajeno así como los de ellos nos llueven a diario. La comunicación es intensa y los intercambios de todo tipo se incrementan a cada segundo. Y por eso es de esperar que dentro de una veintena de años hasta los villorrios más recónditos de nuestra geografía se encontrarán ya incorporados a la misma revolución tecnológica.

            La pregunta clave deviene la siguiente: ¿Podremos competir con los demás en pie de igualdad? Porque que hemos de competir es tan cierto como que hemos de sobrevivir. La competitividad  se ha hecho el criterio normal del éxito.

En otras palabras, ¿permaneceremos subdesarrollados en comparación con los demás pueblos, y aplastados por un complejo correlativo de inferioridad  que deberíamos haber desechado del todo a más tardar desde la Revolución de octubre de 1944?

            Esa habría de ser nuestra prioridad número uno: prepararnos para tal reto.

            Y a ese propósito, ¿cómo se halla, por ejemplo, nuestro sistema educativo comparado con los de nuestros competidores?  ¿O cuánto ha mejorado nuestra vida política institucional en comparación con las de los otros Estados? ¿Cuánta capitalización tratamos de acumular para producir con más rapidez, mejor calidad y, sobre todo, mayor puntualidad en las entregas?   ¿Cuán sólida es nuestra fidelidad a los contratos? O para resumirlo en una palabra: ¿Cuánto creemos que podemos exigirnos a nosotros mismos?…

Para responder, tomemos casi al azar algunos botones de muestra.

Nuestros niños se hallan sujetos a un ciclo lectivo de 180 días hábiles, meta con la que empero sólo excepcionalmente cumplimos. Los niños japoneses, en cambio, acuden a la escuela primaria 220 días al año,  que siempre se validan.

El retiro forzoso, para los asalariados alemanes, está hoy legislado a partir de los  sesenta y siete años de edad. Los nuestros, en comparación, mucho más temprano, a los sesenta, es decir, que por ley imponemos el retiro de nuestra fuerza de trabajo más experimentada, a la que encima le arrebatamos siete largos años de contínua productividad agregada y de aportes de fondos para el seguro social.

Y el índice de ahorro per cápita de los guatemaltecos, según los datos del Banco Mundial, figura entre los más bajos del mundo, aunque en tales cifras no se contabilice la presencia del enorme sector (casi un 70%) de economía informal.  En cuanto al desarrollo humano, el PNUD consistentemente nos sitúa en el tercio más bajo de la media mundial, un poco mejor  que Nicaragua y por debajo de Costa Rica…

Por otra parte, entre los Estados que se enumeran en el rango de competitividad mundial, elaborado por la Escuela de Negocios “Institute for Management Development (IMD), de Suiza, Guatemala ni siquiera aparece.

(Continuará)

 

El “presidencialismo” de Don Otto

El “presidencialismo” de Don Otto

Por: Armando de la Torre

            Otto Pérez Molina quiere más poder.

            A la manera imperial, escoge únicamente siete personas de su agrado y les recomienda redactar, en tres semanas, enmiendas a la Constitución vigente.

            Para nada tiene en cuenta otras propuestas anteriores a la suya, sobre todo aquellas sugeridas en “ProReforma” (www.proreforma.org.gt), trabajadas cuidadosamente durante cinco años por expertos constitucionalistas, y respaldadas con la firma autenticada de setenta y tres mil ciudadanos. Su Majestad ha decidido dejarlos de lado “por razones que se guarda en su real pecho”.

            El ademán se veía venir.

            El General Otto Pérez cree que el Estado no es el problema sino la solución, como lo creyeron Jacobo Arbenz desde la izquierda y Carlos Arana desde la derecha.

            No es hombre de mucha lectura sostenida, sino de acción. 

            Encaja perfectamente en el papel tradicional del Caudillo, que tanto peso ha tenido más bien de lamentable en nuestra América hispana. 

Tampoco es hombre de convicciones firmes, excepto por el criterio obvio de anteponer siempre a todo lo que sea para su conveniencia política.

            No es malo, tampoco tonto.  Simplemente, es un convencido desactualizado  del presidencialismo que, desafortunadamente, repito, se hizo tradición entre militares y civiles autoritarios de nuestra América.

            Tal es la persona que ahora, inesperadamente para algunos, no para mí, promueve precipitados cambios a la Constitución.

            El contenido de sus propuestas concentra aún más el “poder” caudillista en cualquier espacio que lo aguante.  La Corte Suprema, por ejemplo, se torna inapelable, pues los magistrados de la Corte de Constitucionalidad a ella deberán sus cargos.

            Y la estructura constitucional se vuelve todavía más rígida.  Al pueblo, supuestamente el soberano, Don Otto le arrebata la capacidad de decidir por consulta popular cualquier cambio ulterior, es decir, enmiendas por esa misma vía de la consulta que él ha decidido escoger  para su propia iniciativa.

            Al ya super encumbrado en privilegios Rector de la Universidad estatal lo erige en la voz única de un mundo académico superior que no es en absoluto de pensamiento único, y que suma en total otras doce universidades que, a diferencia de la estatal, NO se mantienen por subsidios a la fuerza extraídos previamente de los contribuyentes.

            De pronto, hasta intenta amoldar la Constitución a los “Acuerdos de Apaciguamiento”, perdón, “de Paz firme y duradera” de la que hemos gozado tan beatíficamente desde 1997. ¿Por qué?  Porque en su concertación Otto Pérez Molina jugó un papel destacado. 

Además, ello tiene el valor agregado de servirle de escudo contra las maquinaciones de Jennifer Harbury y de sus acaudalados patrocinadores, “amigos” de un Bámaca que nunca conocieron personalmente,  por no hablar de la anti militar y anti burguesa Claudia Paz y Paz o, más lejos, de los sicofantes europeos de Rigoberta Menchú…

            La política como siempre por estos trópicos, donde todo cambia para que nada cambie…

            La herencia de Don Otto significará para nosotros más costo-de-tener-Gobierno. Incluído un  mayor déficit fiscal, una deuda externa más onerosa, mayor discrecionalidad de funcionarios y, por consiguiente, más corrupción, ineptitud e inestabilidad en la burocracia oficial. Y, a fin de cuentas, libertades más restringidas para los ciudadanos.

            Don Otto parece extraído de cualquier manual para gobernantes de la década de los treinta del siglo pasado, cuando la injerencia de los gobiernos en las vidas de todos se hacía moda en Europa y en América, ya sea por las sendas totalitarias de Stalin y Mussolini, ya sea  por las democráticas del “Estado Benefactor”.   

Entre los iberoamericanos de aquel entonces, “la dictadura perfecta” del PRI, en México, fue su traducción; así como la de Getulio Vargas en Brasil, Rojas Pinillas en Colombia, Alvarado Velasco en Perú y, muy en especial, Perón en La Argentina…  Para culminar en la monarquía absoluta de Fidel Castro en Cuba.

            No creo que Don Otto tenga madera de dictador, pero tampoco de estadista.

            Lo apoyan algunas figuras reiteradamente obtusas del sector privado, aunque también cuenta con algunos nombramientos acertados.  

            En el trato personal es cortés y sereno.

            Pero su problema no está en el trato sino en lo obsoleto de sus enfoques.

            ¡Animo,  guatemaltecos!  

Porque podemos esperar que tan sólo nos queden tres años y medio más de improvisación gubernamental.

Y, ¿cuándo no ha sido así?