La prioridad olvidada IV

La prioridad olvidada (IV)

Por: Armando de la Torre

Aprender a competir en cualquier ámbito es la prioridad olvidada por nuestro sistema estatal de educación.

La mayoría de los adultos guatemaltecos poco saben de su trascendencia, simplemente porque ese énfasis en aprender a competir con los demás bajo reglas iguales para todos no figura entre los objetivos prioritarios de los planes de estudio de las autoridades educativas, como tampoco en casi ninguna de las carreras que se enseñan en la USAC.

¡Gran vacío!

Los deportes, desde el inicio de las Olimpiadas entre los griegos clásicos (alrededor del siglo VIII antes de Cristo), han sido para todos la mejor escuela para aprender de la relevancia de saber competir para la vida adulta.

A través de la competencia bajo las mismas reglas, sin excepciones para nadie, se prueba contundentemente quién es de momento el mejor en una especialidad dada. Digamos, Erick Barrondo…

Pero tal criterio es aplicable en cualquier otro campo, o sea por igual en cualquier competencia, hasta en esa infortunada de la guerra.

La competencia pacífica entre laboratorios científicos nos ha inundado de beneficios médicos que se traducen en la longevidad creciente de los humanos.

Lo mismo digamos de la competencia entre técnicas de cultivo, que han eliminado las hambrunas anuales de antaño en la mayor parte del planeta.

No menos el esfuerzo universal por la excelencia en la formación profesional, que nos ha multiplicado los centros maravillosos de educación superior en todas las latitudes.

Y, ¿qué decir de la competencia generalizada por honores de todo tipo, como lo constatamos año tras año en las ceremonias de entrega de los premios Nobel?

Mejor aún, ¿y el permanente entre las organizaciones misioneras de las iglesias cristianas, muy en particular de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana?

Pero donde lo benéfico de la competencia se hace más obvio al largo plazo es en el mercado de bienes y servicios.

Curiosamente, es aquí donde los hombres y mujeres que se piensan a sí mismos como “de izquierda” la adversan con la máxima vehemencia. Parecen esperar subliminalmente un anticipo de aquella promesa utópica de Marx de la sociedad sin clases al final de los tiempos, donde cada uno daría a los demás según sus capacidades y recibiría de ellos según sus necesidades.

Lunáticos.

Dada la natural condición humana que nosotros somos incapaces de alterar, muy rara vez damos sin esperar algo a cambio.  Sólo el amor más genuino, como el de la madre, o el del mejor de los amigos, son excepciones a esta regla. Por ello sólo “Dios es Amor”, como lo atestiguó en una de sus epístolas el evangelista Juan.  Sólo El, por definición, nos da con total independencia de nuestra probable ingratitud.

De ahí que todo mercado que resulte de una demanda y una oferta nos deviene  automáticamente racional. La competencia libre entre quienes tienen algo que ofrecer, y quienes lo demandan, es la única vía eficiente para conocer el valor de cualquier bien o de cualquier servicio (o de su precio en dinero).

Pero dada la amplísima variedad de caracteres y destrezas entre los hombres, el juego libre del mercado necesariamente acentúa las diferencias en la productividad relativa de los hombres.

A eso, precisamente, objeta la mentalidad de izquierda, para quienes la igualdad de hecho en todos los aspectos de la vida en sociedad habría de ser nuestro objetivo último.  Su objeción de fondo no se dirige estrictamente a la necesidad de abolir la pobreza, sino a que esa abolición sea obtenida a plazos desiguales para los individuos.  No es tanto la pobreza como la desigualdad lo que los hiere y por eso protestan contra el autor de una naturaleza según ellos intrínsecamente injusta, o sea, el opio del pueblo…

De nuevo la utopía.

Pero la “experiencia” nos enseña otra cosa.

Que la única aproximación posible a la igualdad sólo nos ha sido asequible al largo plazo, como lo atestiguan las modernas social democracias. Y que la creación acelerada de riqueza, por otra parte, es en exclusivo el resultado de mercados competitivos, como sucedió durante la Revolución Industrial del siglo XIX en Europa y América del Norte; y en el siglo XX entre los popularmente llamados “Tigres de Asia” (Japón, Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong, Singapur, Malasia, etc.)  

El desmoronamiento del Muro de Berlín fue su constatación definitiva. Al menos para quienes no vegetamos entre sueños utópicos o, en palabras de Raymond Poincaré, “tenemos cabeza”.

¿Qué valores, entonces, habríamos de inculcar en nuestros jóvenes?

La prioridad olvidada III

La prioridad olvidada (III)

Por: Armando de la Torre

 

Un joven de Alta Verapaz nos acaba de recordar la prioridad que habíamos olvidado: Erick Barrondo ganó una medalla de plata en los Juegos Olímpicos.

Lo que equivale a decir que se preparó tenazmente por años para competir en pie de igualdad con muchos otros y bajo exactamente las mismas reglas.

No importó la pobreza de su familia; tampoco la ausencia de apoyo oficial. Sencillamente bastó su voluntad individual de superar toda clase de obstáculos, se sometió al juicio de unos desconocidos, y triunfó.

Esa es precisamente nuestra prioridad olvidada: el fomento del espíritu competitivo.

Pues, al contrario, lo queremos todo rápido, fácil y… gratis.

Enteramente lo opuesto a ese espíritu que animó a Barrondo.

Nuestros establecimientos educativos nacionales están permeados, desde la escuela de párvulos hasta la USAC, de valores que contradicen a los que llevaron a Barrondo a la gloria olímpica.

Dada la terca demagogia de Sandra Torres, cuando se valió de su parentesco con Alvaro Colóm para neutralizar todo atisbo de excelencia personal en nuestro sistema educativo estatal, e imponer una gratuidad degradante para cuerpos y espíritus a todos los niveles de enseñanza,  quiero empezar por la cima en la educación pública: la USAC.

El artículo 84 de la Constitución vigente duplicó, con respecto a la anterior, la asignación presupuestaria anual para tal institución del Estado:

“Corresponde la Universidad de San Carlos de Guatemala” –estatuye- “una asignación privativa no menor del cinco por ciento del presupuesto General de Ingresos Ordinarios del Estado, debiéndose procurar un incremento presupuestal adecuado al aumento de su población estudiantil o al mejoramiento del nivel académico.”

Traducido a este momento, a la USAC le corresponde este año 2012 la suma nada despreciable de 1,558,491,588.00 quetzales.

            Ello es el quíntuplo de la suma total de los presupuestos de las doce universidades privadas del país tomadas en conjunto, aunque el número anual de graduados en estas últimas instituciones se aproxime al número de los que egresan de la USAC. No se suele tener en cuenta la calidad de la educación recibida en ellas, como sí lo hace la evaluación competitiva del mercado profesional de los diplomas respectivos, o aun de los propios estudiantes.

            ¿Dónde sería de esperar ese espíritu competitivo de Erick Barrondo?  Obviamente en las universidades privadas, pues a la hora de elegir dónde estudiar una carrera resulta claro que  donde todo le cuesta contablemente a un estudiante está siempre obligado a competir con los demás, mientras que donde puede obtener lo mismo sin costo alguno – pues son otros quienes pagan por él- no se verá tan incentivado a competir por recursos que, además, para todo el resto de los mortales son escasos.  

            Dado que en Guatemala los talentos abundan pero para muchos el dinero brilla por su ausencia, resulta razonable que haya instituciones educativas (a cualquier nivel) accesibles sin pago para quienes carecen de todo soporte económico.  

              Pero, ¿por qué canalizar los fondos de los contribuyentes hacia sólo una institución, en este caso, la USAC?  ¿Por qué no abrir la convocatoria a becas para que el estudiante mismo seleccione la institución a la que quiere asistir?  Entonces incursionarían todos por un mercado de veras competitivo.

            Se podría convocar universalmente a exámenes de ingreso a los aspirantes a la educación superior que documenten su necesidad de ayuda económica y que, de acuerdo a calificaciones mínimas, los estudiantes escojan la universidad en la que prefieren obtener una licenciatura, con cargo a ése 5% constitucional. Por supuesto, que el subsidio medio por estudiante lo acordarían las universidades entre sí, y en los casos que superen ese promedio acordado el saldo correrá por cuenta del estudiante.

            Todos ganaríamos. Porque el nivel general de los estudios superiores tendería al alza de su calidad, y los catedráticos que rehúsen a esforzarse a mejorar su oferta docente terminarían por quedarse sin alumnos. Igualmente, los estudiantes que no alcanzasen la puntuación mínima requerida no gozarían de subsidio.

            Así ganó Erick Barrondo su medalla de plata, en competencia con muchos atletas mejor alimentados y entrenados que él.

            Así saltaría en poco tiempo Guatemala del tercer al primer mundo, y de una solitaria  medalla olímpica a tantas como las que ganan países que le son comparables en población, dígase Holanda o Cuba.

            (Continuará)