Mao,… de nuevo nos visita?

Mao, ¿de nuevo nos visita?

Por: Armando de la Torre

            Una ojeada al panorama nacional, y a su contexto internacional, me lleva mentalmente de retroceso a la guerra civil en la China de los años cuarenta. 

Por supuesto, las diferencias entre ella y Guatemala, y entre aquellos tiempos y los nuestros, son enormes.  Pero no deja de haber algunos puntos de coincidencia entre entonces y hoy. 

            El Muro de Berlín cayó.  El extremismo revolucionario marxista (salvo en las agonizantes Cuba y Corea del Norte) en todas partes se volatilizó.  El libre mercado, la ruta ideal para el desarrollo de los pueblos, parece variamente triunfante por todo el planeta. 

            Pero no necesariamente en todas las mentes. Sobreviven nostálgicos de la “guerra popular prolongada” que, aunque relativamente insignificantes en número, siempre pueden hacer mucho daño en democracias tan frágiles como la nuestra.

            Los sucesos lamentables de Totonicapán, añadidos a las reiteradas provocaciones a las fuerzas del orden, y la bien orquestada campaña (financiada principalmente desde la Europa de los países escandinavos) contra la paz social entre nosotros, así como las contínuas expresiones retóricas -en una prensa, por demás, que les es muy hospitalaria-, de “intelectuales” y agitadores sedicentes “de izquierda”, me traen a la memoria aquellas recetas polvorientas de Mao Dse-Dong para “la guerra de guerrillas”, populares un día, sobre todo durante los años de la guerra de Vietnam.  Gajes de mi vejez…

            Mao siempre dijo haber operado desde los supuestos de un régimen político y económico existente sumamente corrupto (el de Chiang Kai-shek), contra el que habrían de ser movilizadas totalitariamente “las masas”, sobre todo de campesinos (variante suya a los preceptos de Lenin en torno a “la guerra de clases”), mucho más fáciles de manipular que los “proletarios” algo más sofisticados de los centros urbanos.

            Además, la revolución, según él, habría de ser más bien proyecto de largo plazo, en sucesivas etapas: una primera de organización, consolidación y control en áreas remotas y de difícil acceso.  De allí, individuos y grupos de dos o tres personas se desparramarían regionalmente para “persuadir” y “convencer” a los habitantes del entorno, con vistas a crearse una reserva de alimentos, reclutas e información para “la guerra”.

              En la segunda etapa se pasaría a las acciones directas de sabotaje y de emboscada en  los puntos geográficos más vulnerables, al tiempo que se “liquidaría” a los elementos más reaccionarios del área. Ello implicaría, ulteriormente, más armas, municiones, suministros médicos, alimentos, y hasta “voluntarios” procedentes de esas áreas “liberadas”.

            En la tercera, se procedería a la destrucción militar del “enemigo”.  Para ello, una parte importante de las guerrillas serían transformadas en unidades militares convencionales, que darían batalla en campo abierto al ejército “represor”. Esa fase puede incluír provisionales “negociaciones de paz”, útiles para ganar tiempo, confundir a la opinión, consolidar avances y desgastar y frustrar al enemigo.  

            En la cuarta, y final, se montaría el asalto organizado a los últimos reductos urbanos del gobierno, y a la toma definitiva del poder.

            En todas la herramienta más “rentable” habría de ser el procesamiento de “inteligencia” sobre las actualidades del Estado y de sus fuerzas armadas. Y, segunda en importancia, la agitación propagandística, sobre todo entre aquellas personas de más incidencia social como los maestros o los intelectuales universitarios. 

            La situación económica no le preocupaba.  Para ello, le bastaba la ruinosa inflación monetaria de la China de fines de la década de los cuarenta, producto de acumulados déficits presupuestarios, que le daba a Mao y a los suyos el perfecto marco para aprovecharse del descontento de toda la población.

            ¿En qué etapa estamos ahora en Guatemala?

            Probablemente, de regreso a los primeros años de los setenta.  En realidad, por la estupidez cortoplacista, el egoísmo miope, y la deshonestidad suicida de los sucesivos grupúsculos de políticos que han ensayado “gobernar” improvisadamente hasta hoy.

             Pero también por la ceguera e incultura de ciertos protagonistas del sector productivo organizado, léase los más mercantilistas entre los del CACIF.

            Y, desgraciadamente, no menos por la falta de coherencia moral en importantes figuras religiosas, en ocasiones mayoría en la Conferencia Episcopal católica.

            Pero también por nosotros, hombres y mujeres de poco carácter, irresponsables con nuestras obligaciones cívicas más elementales.

En Venezuela…ganó el subsuelo

En Venezuela… ganó el subsuelo

Por: Armando de la Torre

            Una vez más, el monopolio del subsuelo se ha impuesto por la fuerza de los números, que no por la calidad de sus integrantes.

            De hecho, el votante decisivo en la recién celebradas elecciones presidenciales de Venezuela fue Don Dinero, el “poderoso caballero del petróleo”…

            Pero en esta ocasión se trata de un Don Dinero con alcurnia, pues primero se robó el subsuelo tiempo atrás en cuanto monarca imperial de las Españas para blindar su monopolio del poder político, y aún lo retiene bajo su exclusivo dominio, adornado con una aureola “constitucional”.

            En efecto, los constituyentes políticos en toda Iberoamérica parecen no haber caído en la cuenta de lo ominoso de ese factor. Realidad que los rebaja a la condición de alcahuetas de ladrones, aunque de abolengo imperial, primero por Carlos V, y por último, Hugo Chávez.

            Con tales despojos, los Hasburgos financiaron guerras entre cristianos en la  Europa de los siglos XVI y XVII y, concurrentemente, contra el temido turco. Es verdad que además erigieron templos, edificaron fortalezas que nos protegieron de los piratas, construyeron puertos favorables al intercambio comercial,  y sostuvieron una amplia burocracia administrativa y judicial, centrada fuera de nuestros confines, en Sevilla.

            Pero ninguno de tales logros se hizo a voluntad de los que se habían visto forzados a traspasarle lo suyo al Estado. De todas maneras, tampoco se les consultó. Los dueños oligárquicos de la fuerza simplemente consolidaron sus dominios al estilo monopólico, hacia abajo, hacia el subsuelo, validos, además, de una mano de obra dócil y muy barata, la de los negros esclavos y la de los indígenas reducidos a servidumbre.  

            Historia a un tiempo vieja y sorprendentemente actual.

            Simón Bolívar, y el resto de los héroes independentistas, no parecen haber caído en la cuenta de la amenaza que para la libertad individual podría encerrar en el futuro aquel robo colonial del subsuelo, y hasta lo copiaron en todas partes de nuestra “republicana” América. Para entonces, el petróleo aún no se había asomado como sustituto del oro y de la plata con los que se sufragaban nuestras cadenas…  

            Hoy la amenaza potencial de ayer es realidad: en Bolivia, por el estaño y el gas, en Chile, por el cobre, y en México, Ecuador, la Argentina, y muy en especial Venezuela, por el petróleo diz que “estatizado”.

            Pero ¿por qué habría de ser el Estado el propietario único del subsuelo? ¿Por qué la explotación de tanta riqueza con la que se podría sacar a tantos millones de la miseria se la reservan los políticos para sí?  ¿Por qué han cortado el posible acceso a tales bienes a los hombres y mujeres comunes y corrientes, habituados a competir con eficiencia en cualquier mercado donde las reglas del juego se apliquen por igual a todos, es decir, sin privilegios?  

            En Venezuela, más del 80% de los ingresos públicos provienen de ese inícuo monopólico, corrupto e ineficiente. Esto hace, en la práctica, que el Gobierno de turno, se sienta casi del todo independiente de la minoría de  verdaderos sufragantes al fisco nacional, y que, por lo mismo, pueda hacer todo lo que se le venga en gana, sin necesidad de recurrir a la aprobación popular. Peor aún, porque esos contribuyentes apenas sienten inmediatamente los efectos de tanto despilfarro de las riquezas nacionales en sus bolsillos, la mayoría de ellos tampoco se siente llamada a protestar. Sobre todo cuanto que la porción más considerable de tanto manejo inescrupuloso por parte de los  ineptos que los gobiernan ha sido trasladado previamente a los bolsillos de quienes ya se habían manifestado de antemano dispuestos a vender su voto.  

            ¡Pobre Venezuela, tan opulenta y tan quebrada!

            El ejemplo de Venezuela ha hecho escuela, como suele suceder con los malos ejemplos, el de Fidel y Raúl Castro en Cuba como primer antecedente.

Con tal perversa confiscación histórica del subsuelo, hemos “logrado” mantenernos a los niveles más altos de miseria en el mundo occidental, mientras los “tigres” asiáticos, que abrieron sus entrañas al esfuerzo honrado y productivo desde hace medio siglo, como, por ejemplo, Malasia, nos han dejado rezagados.

Por eso, cada vez que oigo a un demagogo declamar sobre “nuestro oro”, “nuestro cobre”, “nuestro níquel”, “nuestro hierro”, o “nuestro petróleo”, sé que me hallo ante las piruetas de un farsante, casi seguramente pagado, de entre los que robaron tamaña riqueza a los más urgidos a salir de la pobreza.

 

JOEY

“Joey”

Por: Armando de la Torre

            Así le llamaron sus más íntimos, igual que sus amigos desde la escuela primaria.  También con ese nombre se ha incorporado a nuestra historia.

            Hombre grande, al estilo de Ramiro Castillo Love o de Manuel Ayau, que tanto nos  enriquecieron.     Como otros que no lo han sido menos, pero desde el modesto silencio del anonimato.

            Que han terminado por hacer de Guatemala un tapiz polícromo,  de multitud de etnias, y de genios de variadas raíces. 

La realidad chapina que hunde sus raíces en surcos remotos mongólicos y caucásicos que les fueron, a su turno,  trampolines para América.  Hoy nación moderna, consolidada tras trasplantes adicionales de españoles, italianos, belgas, alemanes, cubanos, chinos, coreanos,  que se enriquecen a sí mismos y a otros con renovadas infusiones de sangre  provenientes de los cuatro puntos cardinales. Pueblo mestizo de imponente  pasado maya y de futuro promisorio.

Don Alberto Habie Mishaan, el padre de “Joey”, fue elegido Presidente de la Cámara de Industria por sus colegas porque  supo montar un imperio textil que hubo de revelarse en su día como el principal renglón entre las exportaciones fabriles del país.

            Ahí encajó igualmente la persona de “Joey”, su hijo,  cuya biografía propiamente arranca con la llegada de su abuelo sefardí, de la comunidad más creativa y maltratada de la historia. Su trayectoria se explaya en la anterior de su padre, y aportó su arduo y disciplinado esfuerzo creador, trágicamente escogido por eso mismo como objetivo a silenciar por los perennes envidiosos del triunfo ajeno. Esa fue para “Joey” su ingreso a la mayoría de edad.

            Que tampoco le fue fácil.  Recuerdo sus lágrimas amargas en la ocasión del sepelio de su padre y su cólera ante tanta ingratitud.

            Sufrió otros sinsabores de índole familiar, que superó corajudamente con la ayuda, entre otros, de Carlos Tapiero, el más carismático de los rabinos de su comunidad.

            Ensanchó fenomenalmente el imperio textil heredado de su familia y lo diversificó hacia nuevos horizontes tales como hidroeléctricas, aerolíneas, bienes raíces y hoteles.

            En todo supo hacer partícipes de su buena fortuna a quienes le ayudaron leal y eficientemente a lograrlo.  Su sentido de responsabilidad todavía se nos hace evidente en los centenares de casas bellas y funcionales que construyó para sus trabajadores asalariados.

            Generoso hasta con quienes se le antojaban del todo extraños a él, lo fue sin excepciones siempre y cuando le evidenciaban hallarse urgidos de su ayuda.

            Alegre y burlón en el trato con sus más allegados, exigente, y hasta impaciente con sus subordinados, fue ejemplo de disciplina, de sencillez, de perfil bajo, en contraste con tanto “nuevo rico” de origen dudoso que pulula por nuestros escenarios sociales.

            De casta le viene al galgo… Su abuelo materno, Don Juan Nigrín, fue también un comerciante sobrio y cortés que, ya octogenario y casi ciego, atendía, empero, puntual a sus clientes, al pie de la máquina contadora de su empresa, y hasta reconocía al tacto el monto de cada billete en cada transacción.

            A su madre, Sarita, siempre la he tenido como una preciosa mujer, a la par que dama respetable, de ojitos alegres y tiernos, de notable curiosidad intelectual, y compenetrada sin pausa al cien por ciento con sus obligaciones de esposa y madre. Su hermana Lissi, de alma de artista, le precedió a la eternidad en la plenitud de su vida de fotógrafa casi profesional. Y a su  otra hermana, Leah, recatada y discreta, la recuerdo deferente en todo momento, con su aporte a la familia de un toque internacional al alternar su hogar entre la Florida y Guatemala.  Mariana, por otra parte, su esposa argentina, igualmente le añadió de lo suyo en cuanto madre y catedrática, encima, de Psicología en la Universidad Marroquín.

             A los pueblos los forman tales prohombres. 

            He tenido la dicha de conocer algunos, aunque para mi sorpresa con frecuencia olvidados por los medios masivos de comunicación.

            Ahora, por ejemplo, lucha por su vida Mario Castejón, Quijote si ha habido alguno. Hace tres semanas se nos fue Jorge Sarmientos, y dos meses más atrás Efraín Recinos.  Carlos Montes, igualmente, nos acaba de añadir otro hondo vacío a nuestra galería de figuras históricas. Por ni siquiera mencionar al inolvidable Joseph Keckeissen,  hacedor del saber  humilde. Y a tantos otros, a quienes por falta de espacio ni aludirles puedo.

            Pero de “Joey” guardaremos el recuerdo de su roce con nuestras vidas en agradecida nostalgia.