Los infames cogobiernan

Los infames cogobiernan,

Por: Armando de la Torre

 

            como era de esperar desde el 29 de diciembre de 1996.

            Lo he constatado, otra vez, con una visita al “Pavoncito”.

            Pero antes de relatarla, permítaseme reiterarles con claridad el punto de partida de mi enfoque, de que “el fin jamás justifica los medios para alcanzarlo”.

Aquellos  muy mal llamados “acuerdos” entre el Gobierno, encabezado por Alvaro Arzú, por una parte, con el respaldado del entero “Establishment” de su momento, tanto el nacional como el internacional, y por la otra los “delincuentes”, violadores continuados de la ley y de los derechos ajenos, tanto a través de crímenes políticos (la sedición, por ejemplo) como por “los comunes–con-ellos- conexos, constituyen la auténtica raíz del deterioro ético y jurídico del sistema vigente.

De hecho, nos notificaron oficialmente que en Guatemala el fin sí justifica los medios…   

            El embuste de una “paz firme y duradera” ya es más que evidente. Y más sangre de inocentes ha sido derramada en estos últimos diecisiete años que durante los treinta y seis de aquel intermitente conflicto armado.

            Mientras el prestigio de los tres poderes soberanos del Estado, Legislativo, Ejecutivo, y  Judicial, ha caído por los suelos a los ojos de todos.

            Es éste casi el único consenso a que hemos llegado (también por los observadores del extranjero):  que en Guatemala no hay ni la más elemental justicia.  Y que el entero sector público se ha vuelto un cúmulo de escombros, con poquísimas excepciones.

            No menos ha quedado a la vista el freno tan abultado y derrochador que ese sector significa para el progreso y la prosperidad de todos, muy en particular bajo los dos últimos gobiernos caóticos de Alvaro Colom y de Otto Pérez Molina.

            Y que la generalizada ausencia del respeto al derecho a la propiedad nos ha enraizado en el subdesarrollo por ser la razón de la fuga de tantos capitales y de su cauda,  el auto-exilio de más de un millón de entre los mejores y más laboriosos trabajadores de Guatemala.

            De vuelta a mi breve incursión por el “Pavoncito”: regresé con la impresión de un sistema penitenciario caduco, corrupto y degradante. Adyacentes se encuentran las cárceles de Pavón, Fraijanes I y Fraijanes II, y de una cárcel de mujeres. El acceso común sucio, dilapidado y apenas transitable.

            Por fortuna, el “Pavoncito” en algunos aspectos se muestra una excepción positiva.

            Pues, un puñado de reclusos encabezados por el Capitán Byron Lima han logrado casi un “milagro”: es el único limpio, ordenado, digno y rehabilitador.  Gracias a las iniciativas privadas de personas e instituciones para las que él ha sabido servir de catalizador. Pero con la oposición permanente de las autoridades del Ministerio de Gobernación, de entre cuyos titulares ninguno se ha dignado visitar esos reclusorios a su cargo.

              Pude conversar libremente con los internados.  Recojo aquí, en especial, el perfil de seis ex-patrulleros de la defensa civil, casi todos indígenas, con hijos y nietos a los que llorar: Francisco Alvarado Lajuj, de 81 años de edad; Bonifacio Cuxum López, también de 81 años; Pablo Ruíz Alvarado, de 76; Lucas Lajuj Alvarado, de 66; Macario Alvarado Toj, de 62; Tomás Vino Alvarado, el benjamín, de 57 años.

            ¿Por qué precisamente ellos?

            Porque defendieron sus familias y sus tierras de los saqueadores, secuestradores y asesinos de la URNG, hoy en muy buenos términos con ese “Establishment” que antaño combatieron,  para poder repartirse las mieles del “crimen organizado”,  en el Ministerio Público, en primer lugar, al que se trasladó casi por entero el personal de la Oficina Arzobispal pro Derechos Humanos (ODHA) de los tiempos de Quezada Toruño.

            Ninguno de esos reclusos sabe el inglés suficiente con que impresionar a los noruegos, holandeses, canadienses y gringos que deciden, desde sus remotas cavernas, a partir de entonces, del destino de todos nosotros aquí.

            Una vez fuera de nuestra vista, no perturban el “merecido” descanso de tanto bandolero político que en el entretanto ha “salido de pobre”, ya sea con el dinero de la “cooperación internacional”, ya sea de nuestros abusados contribuyentes.

            Los delincuentes cogobiernan.

            Pude ser testigo de otras experiencias del espíritu de  superación y estima de sí mismos en  esos silenciados tan brutalmente por nuestro “espléndido” Poder Judicial.   ¿Y el criterio para tanto atropello?  No haberse ellos mostrado suficientemente dóciles a la ortodoxia de la izquierda internacional que nos cogobierna.

Pero la hora llegará al pueblo verdadero, al que trabaja y cuida de sus hijos, al que honra a Dios y a los ancianos, al hoy amedrentado y denigrado por tales exitosos “demócratas”.

            No será la de la revancha, ni la del rencor, ni la de la Ley del Talión “Ojo por ojo y diente por diente”, ni la del mezquino que nada perdona porque nunca ha sido capaz de aprender.

            La hora llegará a los obedientes a la ley, a los que se orientan por el largo plazo, sudan para producir y comparten al ganar, a los que siempre han cumplido con la palabra dada y veneran el derecho del otro tanto como la dignidad propia; a los que no se involucran en las campañas partidarias para “salir de pobres” sino para servir al bien común; a los que prefieren compartir al hacer cuenta de lo acumulado, pues nadie les resulta indiferente, ni el preso, ni el inválido, ni el huérfano, porque acaezcan hallarse fuera de su vista… 

 

Una visita a un purgatorio del tercer mundo

Una visita a un purgatorio

del tercer mundo

 

Por: Armando de la Torre

            He visitado varias veces el Preventivo (en la zona 18), pero esta última visita fue de película.

            En primer lugar, el visitante ha de buscar estacionamiento en la naturaleza salvaje que rodea el lugar.  Una nube de “acomodadores” te asalta para facilitarte algún rincón lleno de baches, al margen de la carretera, pero previo pago, por supuesto, de una “propina”.

            Las autoridades de Gobernación han dictado para ello una distancia prudencial, pero empinada, a partir de unos ciento cincuenta metros cuesta arriba.  Tal ascenso se hace a través de un camino mal oliente y rebosante de toda clase de inmundicias.  Esto último me extrañó, porque tengo entendido que el aseo del exterior es atribución de la Municipalidad que, por lo general mantiene los accesos públicos en buena forma en el resto de la ciudad.

            Quizás porque quienes están fuera de nuestra vista también lo están fuera de nuestros corazones.

            No existe nada que facilite el paso para ancianos, inválidos o enfermos. Los visitantes, casi todas personas humildes, son “acogidos” con brutal igualdad, en contra de la doctrina penal que estatuye que la pena del reo no ha de tener consecuencias dolorosas adicionales para sus familiares, y que el Estado ha de minimizarlas en lo posible.

            ¿Habrá visitado esos lares el actual Procurador de los Derechos Humanos, como se lo requiere el Art. 2 de la Ley del Régimen Penitenciario?  ¿Por qué Doña Carmen Aida Ibarra no ha organizado una visita junto a los usuales agitadores en pro de los derechos humanos?

            Los controles para ingresar familiares y amigos resultan repetitivos y humillantes.  Al final, quedan con marcas de sellos sobre su piel, cual piezas de ganado.  El trato personal de los guardias es correcto, pero insensible y distante. Y a esos infelices visitantes ya se les ha hecho aguantar durante horas haciendo filas bajo el sol. 

            Y una vez dentro, tienes un largo descenso por una escalera irregular y sin barandas. 

            Fui a ver a un amigo banquero que hace veintiún meses espera ser llamado a juicio, demora en violación del debido proceso.  Porque parece que en Guatemala todo el mundo es culpable mientras no haya demostrado su inocencia, al contrario de lo que preceptúa el Art. 14  de la Constitución.

            Las instalaciones, feas y descascaradas, fueron diseñadas, se me informa, para 1200 detenidos, y, en caso de urgente necesidad, precariamente para otros trescientos. Pero allí se encuentran mezclados más de cuatro mil hombres, unos con sentencia firme, otros en proceso penal, y todo en contra del Art. 10 de la Constitución.

            La severidad en el trato varía con el sector.  He de confesar que las veces que he acudido a ese antro siempre ha sido para visitar distinguidos “huéspedes” en el sector mejor, de Acisclo Valladares a Eduardo González, pasando por el Padre Orantes, Jorge Mario Nufio, Eduardo Weymann, y otras personalidades más que tuvieron la mala suerte de que algún “juez”, por instigación del Ministerio Público, los creyera capaces de fugarse antes de su juicio en los casos en que la ley ha previsto medidas sustitutivas.

            En el reservado para jóvenes “mareros”  el trato es más inhumano.  Hay dos reos, a veces tres, por cada “cama” disponible, eufemismo para planchas de hormigón.  Toman turnos, por ello, para “dormir”. Propongo “mezclarlos” con los jueces de primera instancia y los jueces de ejecución, obligados a velar por un trato humano según la ley lo establece…  y reservar la cama más dura para el Director General del Sistema Penitenciario.

            La “alimentación”, magra,  y para el paladar de todos, como hecha de sobrantes. Cualquier “amenidad” extra (un refresco, un caramelo, hasta una servilleta) corre por cuenta del recluso.

            Hay seis servicios sanitarios… para cuatrocientos usuarios, y con el agua restringida a turnos de ocho.  Pero no hay ninguno para los visitantes.

            Las luces mortecinas (¿será que no quieren que lean?…),  racionadas hasta las 9:00 p.m. 

            Y los tales “mareros”, una vez tras las rejas, que se despidan de la luz del sol y, por supuesto, de intento de rehabilitación alguna. 

Los recluidos en el sector 12, el de los aún no vencidos en juicio, y, por tanto, teóricamente inocentes, sí disponen en común de un minúsculo patiecito para recibir, en días y  horas prefijadas, a familiares y amigos.  

Y, por lo visto, nuestras actuales “autoridades”, de Otto Pérez Molina abajo, parecen haber olvidado ya que ése es el recinto donde bajo la “autoridad” de Alfonso Portillo, hace pocos años, unos presos asesinaron a Obdulio Villanueva y jugaron al fútbol con su cabeza.

¿Tercer o… cuarto mundo, Don Mauricio?