¿Qué nos pasa?


Por: Armando de la Torre

Supongamos que arribamos a Guatemala y procuramos informarnos, con toda seriedad, de la situación nacional.

Habríamos de interrogar a los guatemaltecos, tanto a los sobresalientes como a la masa de los anónimos.  Tendríamos que contrastar sus respuestas con los datos de las observaciones personales y de las de otros. Consultar asímismo las publicaciones internacionales, tanto las de la ONU como las de los numerosos índices comparativos que hoy se publican a raudales respecto a nuestras fortalezas y debilidades colectivas, comparadas con las de los demás países.  Añadiríamos, tal vez, visitas bien programadas a puntos geográficos socialmente más álgidos de nuestra historia. Estudiaríamos las reseñas más confiables, y escudriñaríamos los programas de los curricula actuales de nuestras escuelas, sobre todo las primarias…

Pues bien, todo ello lo he intentado por treinta y ocho años, y sé de lo muchísimo que siempre me quedará por aprender.

Mi informe, por lo tanto, meramente  previsional: Guatemala, como es sabido de todos, es un bello país, del clima para mí más suave y saludable que he conocido.

De gente amable, aunque no de refinada cortesía. Con un nivel de educación, sumamente disparejo, que despliega de lo más exquisito a lo más vulgar y tosco.  Etnicamente muy plural, con una escasa mayoría criolla y mestiza, y un importante núcleo minoritario indígena, al parecer todavía poco interesado en dejarse penetrar por las corrientes y aires de la modernidad y de lo contemporáneo.

En verdad, la creo una nacionalidad todavía en ciernes, con un pasado “independiente” de sobresaltos y choques de intereses vistos según las corrientes ideológicas del momento, incluidas las más extremas por otra parte ya casi en todas partes superadas.

Un pueblo joven, con una esperanza media de vida de 71 años y un promedio de edad de alrededor de los 18 años. Un pueblo, por tanto, con futuro.

Lo que más echo de menos porque lo creo lo más relevante son tantos múltiples talentos que duermen en su seno. Guatemala, como otros pueblos igualmente jóvenes, está repleta de ingenios por descubrir y de energías humanas por explotar. He visto que en cuanto a un joven adulto se le proporciona las herramientas de carácter adecuadas, resulta increíble lo bueno y lo original que se puede lograr de él. En la Universidad Marroquín, por ejemplo, tenemos un programa llamado de “Impulso al Talento Académico” (ITA), reservado exclusivamente para jóvenes muy talentosos de escasos recursos, y egresados del sistema estatal de educación. Los  resultados son de veras inauditos por sus frutos maravillosos. En realidad, constituyen parte de la crema y nata  de lo mejor de nuestro sistema de educación.

Por otra parte, me deleito oír de los éxitos de tanto joven empresario guatemalteco, dentro y fuera del país, que aportan iniciativas fecundas y un dinamismo juvenil al crecimiento productivo en donde quiera operen. Sobre ellos descansa la firme garantía de nuestro progreso de hoy y del de nuestro mañana.

Pero, ¿qué condiciones les han sido previas?

Los incentivos apropiados, nada más. No ha contado entre ellos el sello de un apellido de abolengo, ni del capital de familia. Sólo la disciplina, y las privaciones que templaron su carácter durante su infancia y su adolescencia, la historia común de la gran mayoría de los hombres y mujeres de éxito en cualquier parte.

Por supuesto, que se les ha de ayudar con incentivos, pero no malcriar. El primer impulso a superarse les ha llegado de los adultos que les son más significativos, pero mediatamente también de las figuras públicas que han visto como señeras por ser honestas, tenaces, generosas,  corajudas y a un tiempo prudentes.

Por cierto, ¿cuántas de éstas nos dan a conocer nuestros medios masivos de comunicación?…

Porque todo joven creativo necesita de ejemplos que lo muevan. Sin ellos, divaga sin norte y desperdicia, uno tras otro, los talentos que les son innatos o que ya ha adquirido. De ellos aprenderá que la clave de los triunfos personales resta más bien con el desarrollo del hábito de exigirse más a sí mismo de lo que él pudiera exigir de los demás. Sólo de ese temple podrá hacer frente a las inevitables crisis del fracaso, de la desilusión, de los malentendidos, o de la traición inesperada, siempre para volver a ponerse de pie.

El carácter se forja así, en la responsabilidad sentida para sobrevivir por sí mismo, en el esfuerzo sostenido a largo plazo, no en cualquier impulso hacia el propio beneficio al corto.

Esto entraña que los criterios éticos habrán de dominar en él los meramente utilitarios. Es más, que sólo así se construye lo verdaderamente útil, y que sólo así se vive y muere en paz con la propia conciencia.

Ahí está lo que nos pasa: hemos descuidado la formación del carácter en nuestros jóvenes y cosechamos sus miserias cuando ya son adultos mayores.  

De tal forma podemos explicarnos el lamentable presente, pero también esperar el futuro que podrá sernos espléndido.

Una heroica mujer

Una heroica mujer

Por: Armando de la Torre

 

            Así se ha mostrado quien salió por primera vez a la luz pública hace dos años en un caso jurídico complejo.

Se trata de una mujer sin miedos y sin tachas, abogada de profesión, defensora pública, fiscal, y ahora enfrascada en una cruzada cuesta arriba en pro de la instauración en Guatemala de un verdadero Estado de Derecho que nunca hemos tenido.

            Saludo respetuosamente desde esta columna a la Licda. Gilda Aguilar Rodríguez.

            El pasado miércoles 8 de enero sostuvo una conferencia de prensa en la Torre de los Tribunales, inmediatamente después de haber presentado un antejuicio contra la Fiscal General en ejercicio, la Dra. Claudia Paz y Paz, por los delitos de denegación de justicia e incumplimiento de deberes.

            A tal respecto, conviene recordar que la querellada Paz y Paz  inesperadamente se había hecho presente en la Fiscalía Distrital de Huehuetenango el 2 de agosto, para reprocharle a la Fiscal Aguilar que hubiera gestionado órdenes de aprehensión contra diez militantes del CUC, los sospechosos más probables de haber secuestrado trabajadores,  quemado instalaciones y maquinarias de la Hidroeléctrica Santa Cruz, en Santa Cruz Barillas, Huehuetenango, y hasta de haber golpeado a militares y robado sus armas, el 1 de mayo del 2012.

Y que al día siguiente de ese repentino arribo de la Fiscal General a Huehuetenango, los dirigentes del CUC ofrecieron una conferencia de prensa, en la que volcaron su odio hacia la Licda. Aguilar con un torrente de invectivas, entre ellas las de “corrupta”, “nefasta” y “represiva”, y a continuación pidieron su inmediata destitución.                                            

Coincidentemente, el 22 de agosto la Licda. Aguilar fue objeto de un atentado nocturno, con alevosía y ventaja, contra su vida, presumiblemente por obra de miembros del CUC.

            Es de recordar que los militantes del CUC, organización fundada por Vicente Menchú, son bien conocidos  por otros casos de violencia armada desde los tiempos en que militaban como una rama del EGP.         

Por fortuna, la Licda. Aguilar no es de las personas que se dejan amedrentar fácilmente.

Fue en este marco conflictivo, cuando la emboscaron en la Sierra de los Cuchumatanes y el custodio que la acompañaba, por instrucciones del Ministerio de Gobernación, Samuel González  quedó herido de balas, una particularmente muy peligrosa en la ingle, que todavía retiene alojada en su cuerpo.  El auto también quedó acribillado de impactos, como consta de las fotografías que obran en poder del Ministerio Público.  

            Aquella noche la Licda. Aguilar logró esconderse en un tupido matorral, donde permaneció por dos horas,  a la espera angustiosa de que la llegaran a rematar.  Pero llegó a tiempo el Ejército, también la Policía, y hasta una ambulancia, pero no llegó el Ministerio Público.  

La conclusión precipitada que se formó el Ministerio fue que se había tratado de un caso de delincuencia “común”. Lo sorprendente es que del auto vacío la Licda. había podido recuperar su bolsa más tarde con el contenido intacto…    

            De aquí arranca el por qué de la querella de la Licda. Aguilar  contra la Dra. Paz y Paz:  

            Siente que se le denegó justicia, por cuanto la investigación fiscal parece haber sido  maliciosamente desviada para encubrir a los verdaderos responsables. Se permitió que la escena del crimen  fuera contaminada, y no se le reconoció oficialmente a la Licda. Aguilar su papel de víctima, ni se le dio participación en las audiencias judiciales que se llevaron a cabo. Encima,  fue revictimizada por la misma Fiscal General con un proceso disciplinario, en atención a los requerimientos del CUC contra ella.

            Además, el Art. 117 del Código Procesal Penal establece que el agraviado ha de “ser informado sobre los derechos que le asisten en el procedimiento penal, recibir asistencia médica, psico-social, o cualquier otra que tenga por objeto reducir las secuelas del hecho delictivo, que el Ministerio Público escuche su opinión en el procedimiento, fundamentalmente antes de las decisiones definitivas o de las provisionales que implican clausura o extinción de la persecución penal, a recibir resarcimiento y/o reparación por los daños recibidos, a recibir protección cuando su integridad física corra peligro, como consecuencia de la persecución penal en contra del sindicado, a que existan mecanismos que disminuyan los riesgos de victimización secundaria durante el proceso penal”…

El Ministerio Público no cumplió con ninguna de estas cláusulas.

Si así se comporta la Dra. Claudia Paz y Paz hacia sus propios subordinados, ¿qué es de esperar para nosotros, las personas comunes y corrientes?

“El Emperador està desnudo”

“!El Emperador está desnudo!”

Por: Armando de la Torre

Según Hans Christian Andersen, “hace muchos años  vivía un emperador que era comedido en todo excepto en una cosa: se preocupaba mucho por su vestuario. Un día escuchó a dos charlatanes decir que podían fabricar la tela más suave y delicada que pudiera imaginarse. Esta prenda, añadían, tenía el especial atributo de permanecer invisible sólo para cualquier estúpido, o para cualquier incapaz en su cargo. Por supuesto, los pícaros fingían que trabajaban en tal ropa, pero guardaban para sí los ricos materiales que solicitaban para ese fin.

Algo nervioso acerca de si él mismo sería capaz de ver la prenda, el emperador envió a dos de sus hombres de confianza a verlo. Por supuesto que ninguno de los dos quiso admitir que era incapaz de ver la prenda, y se deshicieron en alabanzas a la misma. Toda la ciudad también oyó del fabuloso traje, y cada cual quedó a la espera de comprobar cuán estúpido era… su vecino.

Llegado el Emperador, los sastres estafadores hicieron como si le ayudaran a ponerse la prenda inexistente, y el emperador salió así a un desfile solemne, para no admitir que era demasiado inepto o estúpido como para poder verla.

Toda la gente del pueblo alabó entusiastamente el traje, temerosos de que sus vecinos se dieran cuenta de que no podían verlo. Pero un inocente niño entre la multitud exclamó:

«¡Pero si el Emperador va desnudo!»

El rumor se propagó,  primero en voz baja, después a gritos, sin que cayeran todos en la cuenta de que descubrían, al mismo tiempo, la propia desnudez de sus míseras consciencias.

De tan aleccionadora fábula me acordé al instante de leer, por primera vez, la disposición de una señora juez en contra de José Rubén Zamora. Según ella, constituye un caso de intento de feminicidio criticar a quien ocupe el cargo de Vicepresidente de la República… si acaece ser  mujer. ¡Aviados estamos!

Semejante estupidez acaba de ocurrir en este régimen de caos total, legal y constitucional, en el que nos hallamos hundidos desde el desastroso cuatrenio de Alvaro Colóm, seguido por los dos años, no menos descaradamente cínicos y despilfarradores, de ejercicio de Otto Pérez Molina, de su Vicepresidente, Roxana Baldetti, y de la mayoría de diputados del Congreso actual.

La decencia jurídica ya nada vale en Guatemala. Ni siquiera en el Poder Judicial, cuyos magistrados con demasiada frecuencia  hacen de cómplices del gobierno de turno.

Ahora resulta que para que un funcionario público pueda tornarse en un  asaltante de caminos legal, sólo basta un atributo que le exima de culpa: su sexo, en este caso, el femenino. Pronto será incluido positivamente en tan honrosa categoría cualquier homosexual…, hasta que terminemos por requerir de él ser un simio hermafrodita para que merezca figurar, de nuevo positivamente,  en la  categoría de los inimputables.

¿Cómo hemos podido resbalarnos hacia tanta barbarie?

Al corto plazo, con los “acuerdos” de una paz “firme y duradera” de otro gobierno. Aquel pacto entre los encargados constitucionalmente de cumplir y hacer cumplir la ley y la mafia violenta organizada en pandilla política que le adversaba, a costa, muchísimas veces, de vidas ajenas a la confrontación, selló el fin de toda ética pública, y de toda moral, entre nuestros “adalides” políticos. Por eso, a estas alturas, el caso contra José Rubén Zamora no debería sorprender a nadie con dos dedos de frente y un resto de principios éticos.

A más largo plazo, también el positivismo jurídico de rigor en nuestras universidades por siglo y medio, sobre todo en la Universidad de San Carlos, ha servido de abono para  nuestra debacle de conducta colectiva. En su cauda, ha surgido, además, el “Estado Benefactor” (de algunos sectores “privilegiados”, de otros injustamente protegidos en el mercado competitivo, de beneficiados con “seguridades” debilitantes del carácter, con bolsas, comedores, vacaciones en la playa, o empleos inútiles…) y que han tenido como denominador común erosionar hasta su desaparición completa el sentido de la responsabilidad  individual.

Pero al cortísimo plazo, tal alianza nada santa entre las cúpulas del sector privado organizado y de la subversión violenta, de aquel diciembre de 1996, que apaciguaban a esta última para la mutua tolerancia de los privilegios de los otros y a los otros de las impunidades de ellos, nos ha rebajado a tan ignominioso nivel de “civilización”. 

Los valores de la ética y la moral han dejado de servirnos de guía. Sólo los intereses pecuniarios cuentan, la evidencia más elocuente de la decadencia de todo un pueblo. Y esto, extendible, a unos más, a otros menos, por todo este Occidente histórico que por siglos se pretendió “cristiano”.

La ley de Dios desvanecida, ha abierto la puerta a la justicia del más inescrupuloso.

Y todo esto, lamentablemente, siempre comenzado y completado por individuos, que osan  autocalificarse de inteligentes y dignos.

¿Cuál ha sido hasta ahora tu aporte?…