Obama ante su espejo: Guatemala

Por: Armando de la Torre & Steve Hecht

Si Ud. rebusca en la diplomacia de los Estados Unidos, a la búsqueda de lo curioso o de lo insólito, y además decide volver sus oídos a una de las regiones más remotas y menos visitadas del planeta, se mudaría a la república centroamericana de Guatemala, y descubriría, entonces, desde allí algo verdaderamente asombroso sobre la clase de hombre que Barack Obama es.

Esto no sería un ejercicio de los que uno hace distraído al tiempo que bebe una taza de café.  Identificar la verdadera intención política de los Estados Unidos hacia Guatemala hoy viene a ser casi lo mismo que desnudar al verdadero Obama de siempre. Por medio de sus reiteradas acciones, mucho más que en los casos de Benghazi, Ucrania y del Cercano Oriente, o en cualquier otro lugar, Obama se muestra en Guatemala tal como de veras es: un solapado radical de la izquierda ideológica.

Si lo que ocurre en cualquiera de esos rincones sucediese en los Estados Unidos, o en cualquier otra región con mayor cobertura por los medios masivos de comunicación, Ud. muy probablemente se quedaría perplejo a la luz contrastante de la gigantesca maquinaria propagandística que él podría montar en contra de Guatemala, pues lo definitivo para él es que el pueblo norteamericano nunca sepa cómo ha llevado su política exterior hasta ahora con nosotros.

Sin embargo, eso es precisamente lo que ocurre, dado que Obama en nada se siente apremiado para rendir cuentas a nadie de lo que con Guatemala hace, y se siente por ello libre de caer  bajo la crítica ante la opinión pública de su país.

Bueno, por casi nadie, excepto por este medio, que se edita en California.

En Guatemala, las maquinaciones de Obama se han transparentado para todo aquel que se tome el trabajo de seguir atentamente sus pasos en ese país.  El intervencionismo de la Administración de Obama a través de su embajada ha sido, imprudentemente, demasiado descarado. Para ocultar su parcialidad a los ojos de sus propios conciudadanos, esa embajada ha publicado comunicados muy  agresivos únicamente en castellano y, por consiguiente, quedan inmunes para la mayoría de los norteamericanos de toda crítica. Tampoco para la misma comunidad de los medios masivos de publicación de los EE.UU. se siente apenas motivación alguna para suplir ese vacío para sus lectores.

El 22 de Abril, la embajada de los Estados Unidos emitió un comunicado en el que criticaba severamente al Colegio de Abogados de Guatemala por haber sancionado a la juez Yassmin Barrios, con la suspensión durante todo un año en el ejercicio de sus labores profesionales. La pregunta al respecto se insinúa inmediatamente: ¿es eso, acaso, de la incumbencia de alguna embajada en el resto del mundo?  Casi al mismo tiempo, la juez Barrios era agraciada en Washington, D.C. con el reconocimiento de “Mujeres Internacionales de Valor”, de la mano de nadie menos que de la propia Primera Dama, Michelle Obama.

¿A razón de qué?

Por haber intentado la juez Barrios dictar una condena, en un juicio atropellado, y sin el respeto al debido proceso, en contra del General Ríos Montt, por el crimen nada menos que de lesa humanidad de… ¡genocidio!

Sin poner mientes, además, que en su prisa por alcanzar tal veredicto, la juez Barrios se había valido, entre otros artificios ilegales e inmorales, de la medida de privar al acusado, Ríos Montt de su defensor legal, y de haber ordenado subsiguientemente a otros dos abogados que se hicieran cargo de la defensa, sin haberlo consultado siquiera, o sin haber tenido autorización expresa por parte del inculpado.  Y semejante intromisión, “enteramente fuera de lugar”, de la Embajada norteamericana al Colegio de Abogados de Guatemala en sus asuntos internos, se hizo público sólo en español, sin  traducción adjunta al inglés.

Lo más irónico es que la tal embajada arremetía contra el Tribunal de Honor del Colegio de Abogados de Guatemala cuando actuaba plenamente en el ejercicio legítimo de sus atribuciones constitucionales, y lo acusaba de “interferir en la libertad del poder judicial”.

En realidad, lo que sucedía era enteramente lo contrario: quien atropellaba  abiertamente la libertad del poder judicial en Guatemala eraBarack Obama. El mentado Tribunal de Honor del Colegio de Abogados no había hecho otra cosa que cumplir con sus deberes hacia uno de sus miembros asociados, no en cuanto a su condición de juez, sino en cuanto a su condición de abogada.  Para nosotros, la Embajada norteamericana se permitió así intervenir flagrantemente en un proceso jurídico perfectamente ajustado a la ley, y el Embajador había arremetido contra un proceso sin tachas dentro de otro Estado soberano, enteramente en contradicción con las prescripciones de la Convención de Viena y con los principios generales del Derecho Internacional.

Esa torpe acción en los asuntos internos de otro país le rindió, sin embargo, algún fruto dentro de Guatemala. Días después, la asamblea de presidentes de las asociaciones profesionales de la República de Guatemala enmendó la sentencia de su propio Tribunal de Honor al reducir las penas impuestas a la juez Barrios, aunque asentía en lo profesionalmente nada ético en todo lo actuado por ella.

Inconsistente verbalmente con la medida en contra del Colegio de Abogados de Guatemala, la Embajada ya se había revelado en otra interferencia indebida, en julio del 2012. La juez Silvia de León, del distrito metropolitano, anotó en el registro de su juzgado una referencia a una reunión de algunos jueces a la que la Fiscal General, Claudia Paz y Paz, se tomó la libertad de asistir, sin haber sido invitada formalmente a la misma.  En una palabra, su sola presencia constituía una acción ilegal, pero simplemente, según su estilo habitual, se impuso a los jueces, en violación de lo preceptuado por el artículo 203 de la Constitución vigente y por el artículo10 del Código Procesal Penal.

El embajador norteamericano por esos días había tenido conocimiento de todo esto, amén de otras ilegalidades del Ministerio Público entrañadas en la política de la Fiscal General,  porque nosotros, los aquí firmantes, se lo habíamos hecho ver en una conversación que tuvimos con él y otros funcionarios de la embajada el 24 de septiembre del 2012.

Desde aquella ocasión, empero, el embajador Chacón se abstuvo de referirse en público a las acciones por nosotros denunciadas, lo que hasta cierto punto comprendíamos, dada la abierta preferencia de su superior jerárquico en el Departamento de Estado, Hillary Clinton, hacia la persona de la Fiscal General guatemalteca, Claudia Paz y Paz. 

Esa fidelidad obsequiosa le hubo de valer al Embajador el ser promovido más tarde a Director General del Servicio Exterior del Departamento de Estado, cargo en el que permanece.  Todo eso se hace retroactivamente más inteligible al revisitar por Internet la entusiasta proclamación del Embajador Chacón al pueblo guatemalteco –pero únicamente en español-, en la que afirmó: “Es un privilegio para mi gobierno contar con un socio como la Doctora Paz y Paz.”

Lo que nos recordó de momento aquel delicioso verso musical de Gilbert & Sullivan: “I always voted at my party´s call/and I never thought of thinking for myself at all”, lo que traducido libremente significa: “Siempre voté según el partido me lo ordenaba, y jamás pensé por mi cuenta para nada.”

La farsa por “genocidio” endilgada al General Ríos Montt se constituyó así en el nuevo eje de la agenda política de Obama hacia Guatemala.  A lo largo de esa parodia de proceso, el departamento de Estado publicó un comunicado en el que casi demandaba la condena de Ríos Montt.  Así echaba la administración de Obama leña al fuego en torno a Ríos Montt, desde el comienzo una comedia bufa ya intensamente polarizada en favor de uno de los extremos de política partidista entre las izquierdas y las derechas del país.

Por otra parte, sí en ocasiones durante el proceso se llegó a tocar puntos de legalidad o de constitucionalidad, fue de manera esporádica, y más por mera coincidencia de circunstancias que de principios.

Porque ocurre que en la Guatemala de hoy el poder fáctico se halla de hecho repartido entre sólo dos bandos políticos en pugna: aquel obediente por tradición a los mercaderes de la política, y el otro, el de los violentos ex-guerrilleros marxistas.  Este sorprendente equilibrio entre los extremos se  fraguó durante el largo proceso de casi diez años de gestación de unos “acuerdos de paz firme y duradera”, culminado el 29 de diciembre de 1996 bajo la presidencia de Alvaro Arzú.

Para el 2011, con la operadora máxima de la izquierda, Claudia Paz y Paz, a su servicio en el cargo casi omnipotente de Fiscal General -a la cual hubo de hacer eco también la juez Yassmin Barrios- así como con otras “filtraciones” de la misma tendencia en puestos públicosclaves bajo los gobiernos sucesivos de Alvaro Colom y Otto Pérez Molina, los izquierdistas creyeron que las condiciones “objetivas” ya se habían dado y, envalentonados lanzaron su campaña de desprestigio en contra de Ríos Montt, con argumentos que hubieran sido rechazadosab limine en cualquier tribunal de un genuino Estado de Derecho.

Por su parte, la facción mercantilista del sector privado, al principio toleró el proceso contra Ríos Montt para no romper demasiado pronto con aquel entendimiento implícito en los Acuerdos de Paz de 1996, que les había permitido retener sus posiciones privilegiadas a cambio de no devolverle a la izquierda extrema, con la ley en la mano, los golpes recibidos de parte de ella durante tres largas décadas de conflicto.

Pero cuando el proceso contra Ríos Montt se les volvió insoportable (recuerden el “Comandante Tito”), promovieron que por disposición de la Corte de Constitucionalidad se resolvía regresar a los inicios. La izquierda, empero, cada vez más segura de sí y siempre impaciente, decidió ignorar tal cambio en el calendario del proceso -les urgían nuevos euros y dólares más de sus compañeros de ruta desde latitudes nórdicas- y presionó para que se llegara a como diera lugar a un veredicto de culpabilidad de Ríos Montt.

Fue en ese preciso momento cuando la juez Barrios, una de los más vociferantes, se decidió a emitir su impropia e inmoral disposición sobre los defensores legales de Ríos Montt antes mencionada.

En circunstancias tan anormales, Yassmin Barrios y sus dos sumisos colegas a su diestra y a su siniestra, se precipitaron en declarar “culpable” al octogenario Ríos Montt por el delito de genocidio, sin que se hubiese agotado la discusión jurídica ni siquiera se hubiese convocado al total de los testigos en espera de su turno para testimoniar a favor de la defensa, entre los cuales se encontraba uno de los aquí firmantes. Al ritmo de los aplausos de las turbas acarreadas para la ocasión, la juez Barrios creyó haber cumplido con su parte en la misión de poner de rodillas a Guatemala ante la izquierda internacional.

Pero tan precipitado final del supuesto juicio fue posteriormente anulado por la Corte de Constitucionalidad. Y ahí se halla, entrampado hasta su reiniciación para principios del 2015.

La falta de solidez de este caso emblemático queda aún más clara para cualquiera si se aplican a los hechos históricos conocidos la definición generalmente aceptada de “genocidio”. Unos siete ganadores del Premio Nobel de  la Paz que agitaron públicamente en pro de una condena de Ríos Montt, sobre el supuesto de haber dado éste órdenes para una campaña táctica de “tierra arrasada” en el triángulo Ixil con 1711 fallecidos, y eliminar así de raíz todo sustento posible a la guerrilla en las áreas rurales, se mostraron ipso facto más guerreristas imaginativos que pacifistas, pues jamás hallaron instrucción alguna escrita y firmada por Ríos Montt en tal sentido.

En realidad, siempre estuvieron muy mal informados acerca de los hechos sobre lo que, sin embargo se permitieron emitir opinión con ligereza imperdonable. A lo máximo, “una campaña diseñada para eliminar el apoyo a la guerrilla” puede ser considerada un esfuerzo militar por destruir un movimiento guerrillero, pero nunca un genocidio.

Pues, por “genocidio” se entiende “la deliberada y sistemática destrucción, en todo o en parte, de un grupo, ya sea racial, étnico,  religioso, o nacional, por razones meramente políticas o ideológicas”.

Aunque segmentos de esta definición pudieran abrirse como pequeña ventana para iniciar un debate, los hechos históricos del caso no substancian en absoluto tal cargo de genocidio.  Durante el conflicto armado guatemalteco lucharon entre si los mismos grupos étnicos y religiosos en ambos bandos, mientras otros de esos mismos grupos se abstenían. Barbaridades se cometieron, como suele suceder, en algunos rincones del país, por actores individuales de los dos bandos,  pero esos crímenes comunes-conexos -con los crímenes políticos de sedición- fueron, a su turno, explícitamente incluidos en la amnistía general, por consenso mutuo de las partes, que puso fin formalmente al conflicto armado el 29 de diciembre de 1996.

Durante aquellos 36 años de conflicto intermitente, nadie hizo uso del término de “genocidio”.  Semejante monstruosidad sólo fue añadida años después de la firma de la paz, la primera vez por boca de Rigoberta Menchú, y desde entonces coreada crecientemente por los grupos contestatarios más extremos.

Entonces, ¿por qué de nuevo ahora?

Es otra historia de ambivalencia internacional: desde la firma de los estatutos en Roma (1999), que sirvieron jurisdiccionalmente para la creación de la Corte Internacional Penal,  el “delito” de “genocidio” fue incluido entre los máximos crímenes de lesa humanidad, imprescriptibles, y que obligan a la posible indemnización de quienes hubieren sido sus víctimas por parte de sus perpetradores. Instantáneamente, ha sido aprovechado a escala internacional como herramienta de lucha partidista por quienes se dedican a lucrar políticamente con la desgracia ajena.

Factibilidad latente, al extremo de que todavía hoy los sucesivos gobiernos en Washington, D.C. no han querido adherirse oficialmente al tratado que hizo posible la Corte Internacional Penal. Temen que pudiera ser utilizado en su contra por lo ocurrido en Afganistán e Iraq, bajo la administración del presidente George Bush, hijo, lo que, sea dicho de paso, en absoluto desagradaría a Barack Obama, quien siempre piensa y actúa a lo largo de líneas partidistas.

Pero suscribir el Tratado de Roma necesita del apoyo de dos tercios de los senadores, mayoría calificada de la que no ha podido disponer Obama en todos estos años de su presidencia.

La prueba de este último aserto se refleja de nuevo, con claridad meridiana, en la política exterior de su gobierno hacia Guatemala.

A Obama no parece interesarle el futuro de Guatemala, país en el que jamás ha puesto pie. Pero su conducción de la política exterior norteamericana  parece sugerir que tampoco le preocupan mucho los intereses a largo plazo de su propio país.  Ejemplo al canto: su apoyo abierto y vigoroso a quienes siempre se han mostrado hostiles a los EE.UU., tal en el caso de Guatemala.

Las evidencias hechas públicas hasta el momento lo que sí demuestran que Ríos Montt puede ser declarado culpable de un solo crimen: el de haber derrotado militarmente a los guerrilleros, que optaron en primer lugar por la lucha armada, con una estrategia de guerra de guerrillas a la Fidel Castro.

Su eficaz derrota de los alzados en armas jamás podría ser catalogada en ninguna parte de “genocidio”.

Los marxistas insurgentes, al decidirse por las armas, supusieron equivocadamente que los campesinos empobrecidos se pondrían rápidamente de su lado. Pero se equivocaron del todo, porque los campesinos, en su ancestral desconfianza hacia el ladino, y, además, por no coincidir con los mismos en su rechazo ideológico al derecho de propiedad sobre la tierra, más bien se volcaron masivamente hacia el  ejército,  900,000 de ellos integrados a las patrullas de autodefensa civil, lo que de veras significó el jaque mate definitivo a las guerrillas.  Hecho que la izquierda internacional aún procura esconder o desvirtuar.

Los guerrilleros marxistas firmaron los acuerdos de paz de 1996 porque para aquel entonces se sabían derrotados sin alternativas. Sobre todo en el mundo cambiante que siguió al derrumbe del bloque soviético (1991).  También porque otros de sus inquietos “donantes” se mostraban hastiados ante la falta de resultados definitivos de la guerrilla. El caso más elocuente lo constituyó el PRI de México, que por años les había otorgado santuario en su territorio.

En tales circunstancia, se vieron obligados a continuar su lucha de siempre por el poder, pero por otros medios.  Al igual que los demás firmantes por parte del Estado, los representantes de las guerrillas se comprometieron a un “cese” al fuego y a una “reconciliación” que implicaría, ante todo, proceder de entonces en adelante de acuerdo a las normas constitucionales del país.

Lo que tampoco les fue muy propicio.  Su apoyo entre los electores jamás les ha supuesto más del 5% del total del electorado. De ahí, su desquite con la vehemente cacería de brujas contra militares y ex-patrulleros civiles, de la que la Dra. Claudia Paz y Paz fue su estrella.  A tal reacomodo le llegó su máxima eficacia con el advenimiento de la administración de Obama en Washington, D.C.

La administración Obama se ha manifestado del lado de la izquierda en el contexto guatemalteco porque en el político de los EE.UU. también se siente uno de ellos: el método común a ambos allá y acá es “el divide y vencerás”, tanto referido a las razas como a los géneros, y/o las clases sociales.

Nota adicional: en Guatemala, los grupos autodenominados defensores “de los derechos humanos” han sido mayormente co-optados por los izquierdistas de esa etapa posterior a la firma de los acuerdos de paz.  Es más, los guerrilleros han mostrado una y otra vez su fuerte interés en que haya pobres y marginados, pues de esa triste realidad siempre han subsistido, también muchas de las numerosas ONGs activas en Guatemala.

Nunca han prosperado entre aquellos guatemaltecos que se mantienen independientes por sus propios esfuerzos, sino sólo entre quienes aceptan, agradecidos, su dependencia de los políticos o del Estado.  Y hasta algunos de los europeos y norteamericanos que los aúpan parecen gustar de esa estrategia.  Pero, en verdad, a lo último que aspiran es al desarrollo universal y al progreso de los ciudadanos; cuanto menos, a un Estado de Derecho, pues, de lo contrario, ¿cómo justificar su “modus vivendi”?

Los mercaderes de la política, por su parte, también se prestan al juego que les garantiza el disfrute exclusivo de sus privilegios ilegales, y así se mantienen la mayor parte del tiempo impunes por la ley. Mientras esos dos grupos cogobiernen sin mayores riesgos, el resto de la sociedad sufrirá sin distinción alguna de etnia, religión o clase social indefinidamente.

En los Estados Unidos, Obama se presenta como el defensor altruista del hombre común, mientras tacha a sus opositores de estar egoístamente motivados y permanecer indiferentes al dolor de los pobres.  Haciendo uso de esa triste tendencia humana a culpar a los otros por los errores propios, Obama y sus más ruidosos seguidores procuran despertar el miedo y la cólera entre la población menos informada y desviarlos hacia sus oponentes. Hasta han llegado al colmo de valerse de la falacia de que sus fracasos en política social comprueban la urgencia de hacer a todos más dependientes de los recursos del Estado.  Incluso los Republicanos, también medran del mismo sistema alternativamente cierta cuota de poder e innumerables privilegios, como para dejar de cooperar con el juego político que en los últimos años ha sido identificado como el “big government system”.

Los dos partidos rivales perseveran, por inercia, en el diseño de otorgar más recursos y poderes para sí mismos, a expensas del excluido ciudadano común y corriente. Sólo en los últimos años tanto malestar ciudadano ha salido a la superficie política en el sorprendente “tea party”, que aboga por el regreso de los Estados Unidos a los principios fundantes de esa gran democracia republicana de sus primeros lustros, a lo largo del último tercio del siglo XVIII.

El inusitadamente abierto apoyo de la administración de Obama hacia las tácticas actuales de la ex-guerrilla  en Guatemala deja transparentar elocuentemente la agenda oculta del mismo Obama para su propio país.  Su embajada en Guatemala, y su red de amigos locales, han adversado a aquellas autoridades e instituciones que entre nosotros, guatemaltecos, se limitan a cumplir simplemente con sus deberes, como en el caso de la juez de León o el de los juristas miembros del Tribunal de Honor del Colegio de Abogados.   Evidentemente, el Estado de Derecho se les antoja a Obama y a sus más íntimos partidarios como un  obstáculo último para sus planes de conquista electoral y expoliación de los ignorantes allá, dentro de sus propias fronteras.

La intromisión de Obama en nuestros asuntos ha llegado tarde; Arbenz le fue problema a un lejano antecesor suyo de apellido Eisenhower.  Pero de eso hace ya muchos; el mundo hoy es uno muy otro. El problema no es Guatemala; el problema es Washington, D.C.

Para concluir, Obama y los suyos son lobos de la misma manada que los guerrilleros y sus simpatizantes; sus aullidos resuenan al unísono con las mismas vibraciones.  Por eso todos ellos procuran sacudirse de los principios y los valores genuinamente republicanos que se les antojan tan desagradables.  Con una diferencia: aquí todo es violento y grosero. Allá, todavía solapado. Pero en ambos, el margen de respeto para lo que los demás opinamos se estrecha cada vez más.

Para nosotros, una guerra simultánea en dos frentes: en el de los EE.UU. y en el de Guatemala.  La única diferencia entre ambos frentes es que el enemigo aquí se ha quitado la máscara; allá, en cambio, todavía se mantiene de incógnito, porque aquí entendemos claramente el español, y allá sólo a golpes de diccionario.

¿Caeremos en la cuenta, aquí y allá, todavía suficientemente a tiempo para revertirlo? No es lo más probable para los próximos dos años.

El terrorismo mediàtico de la guerrilla guatemalteca

El terrorismo mediático de la guerrilla guatemalteca

El terrorismo mediático de la guerrilla guatemalteca

Antón Toursinov

En 1996 en Guatemala se firman los Acuerdos de Paz que, aparentemente, ponen fin al conflicto armado interno iniciado en 1960. El país esperaba comenzar la nueva etapa de su historia, con esperanzas de construir una sociedad pacífica, próspera y unida. Antes de la firma de los Acuerdos, se aprobaron todas las leyes necesarias, entre las que se destaca la Ley de Reconciliación Nacional. Las negociaciones previas (entre la guerrilla y el gobierno) se habían realizado con éxito, sin embargo, muchos guatemaltecos, distraídos por los preparativos de la firma de los Acuerdos, no se percataron que los negociadores de ambos lados eran los propios guerrilleros: de parte del gobierno la comisión negociadora fue conformada por los exsubversivos que habían logrado entrar en las instituciones estatales.

Para principios de la década de los años 90 el conflicto armado se había agotado. Aparentemente ya se había restaurado el orden constitucional (no se puede olvidar la promulgación en 1986 de la nueva Constitución), los ataques terroristas y las operaciones contrainsurgentes cesaron. Se creía que la pesadilla había quedado atrás. Sin embargo la guerrilla, consciente de su inminente fracaso y falta de apoyo de la población guatemalteca, pasó a hurtadillas a otros terrenos del terrorismo: el terrorismo mediático y académico, con el claro objetivo de debilitar el estado a largo plazo.

Tomando en cuenta que los “maestros” del terrorismo guatemalteco son de la “escuela” soviética (y cubana), el camino que eligieron los subversivos está muy bien trazado y lo siguen al pie de la letra hasta la actualidad. Trataremos de identificar las estrategias de este terrorismo mediático que han utilizado los (ex)guerrilleros en dos campos principales de acción: la manipulación de la opinión pública internacional, como máxima prioridad a corto y mediano plazo, y el ámbito nacional, aprovechando el deficiente sistema de educación estatal guatemalteco, como la estrategia a mediano y largo plazo.

Presentaremos de manera resumida y esquemática las estrategias manipulativas, utilizadas (con éxito hasta hace poco) por los subversivos en la “época de paz”.

Dominar la educación y el ámbito académico. En 1986, bajo la insistencia de la izquierda guatemalteca y aprovechando la nueva Constitución, se abre en Guatemala la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) bajo la dirección de Edgar Alfredo Balsells. Se utilizan la antropología y la sociología como dos ciencias sociales que a corto plazo permiten manipular más rápida y
cómodamente la “investigación” sobre la historia reciente de Guatemala. Inicia la época de la (super)producción “académica” (llena de falacias y paralogismos y sin ningún rigor científico) de la mencionada Facultad cuyo objetivo se cumple a cabalidad: se convierte en un reducto de la exguerrilla guatemalteca (basta ver el claustro). Cita de la página web de FLACSO sobre la metodología “científica” que se utiliza: “El marco teórico metodológico que ha servido como base fundante de las diversas publicaciones parte de lo legado por el marxismo”.

Esta misma estrategia se logra con el apoyo de los facilitadores de los procesos de la paz negociada: los gobiernos de algunos países europeos y norteamericanos. Se otorgan becas por mayoreo a los “estudiantes desfavorecidos” para los posgrados en antropología, principalmente en las universidades noruegas, españolas y estadounidenses. El país se llena de los doctores en antropología quienes participan activamente en la preparación de los libros de texto sobre las ciencias sociales para las escuelas públicas y privadas, ocupan cátedras en las universidades nacionales y extranjeras, realizan “peritajes” forenses, etc. Y, por supuesto, llenan las estanterías de las librerías (más extranjeras que nacionales) con una exagerada producción “investigativa” publicada con fondos de los gobiernos-facilitadores y por las editoriales extranjeras.

Los premios internacionales por la “defensa de los derechos humanos”. Ahora se conoce el objetivo principal de estos premios. En las últimas entrevistas a los medios de comunicación guatemaltecos los guerrilleros han admitido que, por ejemplo, conseguir el premio Nobel para Rigoberta Menchú fue una tarea estratégica: se necesitaban los recursos para la insurgencia. Aunque la premiada traicionó a todos respecto a las finanzas: comenzando por la comunista venezolana Elizabeth Burgos, quien es la verdadera autora del libro Me llamo… y a quien la premiada ni siquiera mencionó en la entrega del cheque en Oslo y, dicho de paso, por alguna razón Menchú pone este libro en su bibliografía sin ser su autora; siguiendo por los propios promotores quienes no lograron que Menchú destinara el premio a la guerrilla; y terminando por los paisanos de la agraciada, que no han visto ninguna mejora en sus pueblos. Pero el Nobel le abrió las puertas mediáticas. Desde 1992 la doctora Menchú es noticia allá donde vaya, es conferencista en las universidades, experta en… etc. Es la figura idónea para la formación de la opinión pública internacional. Esto nos lleva la siguiente estrategia.

La victimización institucionalizada. De manera muy astuta los guerrilleros que negociaron la paz en Guatemala (recordemos, que eran negociaciones entre la guerrilla y la guerrilla), lograron crear artículos de amnistía en la Ley de Reconciliación Nacional que les favorecen a ellos (Se decreta la extinción total de la responsabilidad penal por los delitos políticos cometidos en el enfrentamiento armado interno) pero crean un vasto campo de la venganza contra el ejército (léase, el estado): Artículo 8.-La extinción de la responsabilidad penal a que se refiere esta ley, no será aplicable a los delitos de genocidio, tortura y desaparición forzada, así como aquellos delitos que sean imprescriptibles o que no admitan la extinción de responsabilidad penal, de conformidad con el derecho interno o los tratados internacionales ratificados por Guatemala. Casi de inmediato Guatemala se adhiere a los “tratados internacionales”.

Preparado previamente el terreno de la victimización en el mundo y pasados 4 años de “perdón y amnistía”, en 2000 Rigoberta Menchú, con el apoyo de sus camaradas y con la logística cubana, emprende la primera ofensiva en las cortes penales de España contra “los responsables del genocidio”. La solicitud fue rechazada varios años después, no obstante, el objetivo fue logrado: la opinión pública internacional fue formada, las imágenes de los horrores del conflicto armado, presentadas por Menchú y demás “víctimas” en la prensa europea, mexicana y estadounidense se arraigaron en las mentes del público de allá y la palabra Guatemala se asoció fuertemente con los conceptos de injusticia, violaciones a los derechos humanos y guerra. Se crean las organizaciones no gubernamentales (ONG, en su mayoría dedicadas a la defensa de los derechos humanos), con el flujo inagotable de la ayuda económica internacional no fiscalizada por ningún órgano de ningún estado.

La dominación del espacio público nacional. Mientras se cumplían los objetivos de las estrategias anteriores, los exguerrilleros, con mucha cautela, preparaban el terreno de la ofensiva dentro de Guatemala. Desde los principios de la década de los 90 y hasta la actualidad han conseguido espacios públicos en los gobiernos de Guatemala, en el Congreso, en los órganos de justicia y en la prensa nacional. Con mucha precaución los exguerrilleros entraron en la Comisión de Esclarecimiento Histórico (CEH) y otras organizaciones semejantes que “contabilizaron” sin ningún rigor estadístico y científico (o, por lo menos, hasta la fecha no los han presentado) doscientas y pico mil víctimas del conflicto armado (que se convirtió en “guerra civil”), lo que horrorizó el mundo. La información sesgada sobre Guatemala, que vino al país desde el extranjero (y así, “la más objetiva”) y la muerte de algunos clérigos “defensores de los derechos humanos”, han permitido dominar la mente del público guatemalteco, en su mayoría joven e idealista. El espacio de la ofensiva final está listo. A partir del 2005 aparece un sinnúmero de columnistas exguerrilleros y afines en la prensa nacional que, primero de manera muy tímida, y luego con más fuerza (y más apoyo internacional), exigen castigar a los “genocidas”, repiten los sofismas bien elaborados sobre “el exterminio de pueblos indígenas”, “racismo”, “discriminación”, etc.

El terrorismo mediático se fundamenta en el primer principio de la percepción humana bien conocido no solo a los psicólogos, sino a todos los propagandistas: la primera información que recibe el destinatario es la más fuerte y quedará en la mente por siempre. Las respuestas se considerarán justificaciones. Y no se puede olvidar el famoso aforismo del propagandista nazi J. Goebbels: la mentira repetida mil veces se convierte en la verdad, que se ha convertido en el lema del terrorismo mediático de la guerrilla no dispuesta a perder.

Desde Colombia, una lecciòn de civismo

Desde Colombia, una lección de civismo

 

Por: Armando de la Torre

 

            Juan Manuel Santos, el Presidente de Colombia, es un político más del montón.  Es decir, cortoplacista… Como todos los de Guatemala, de Vinicio Cerezo a Otto Pérez Molina…

            Pero los colombianos nos llevan una ventaja: en su vida pública todavía quedan vestigios éticos, esto es, la convicción bastante generalizada de que el fin jamás justifica los medios

            Por eso, en las recientes elecciones nacionales se impuso la oposición cívica en primera vuelta, contra todos los pronósticos.

            La campaña previa a las elecciones giró en torno a un solo tema: negociar o no con las FARC bajo los auspicios de la dictadura totalitaria de Fidel y Raúl Castro.

            Triunfó la decencia, o sea, los hombres y mujeres hondamente cívicos que rechazan a rajatabla toda negociación de los principios más elementales de justicia en “diálogos” con quienes por medio siglo, y del brazo de los traficantes de drogas, han secuestrado a millares de colombianos inocentes, han asesinado a diestra y siniestra, han robado y asaltado a los ciudadanos pacíficos y, sobre todo, la marca más distintiva de esa hez de la humanidad, han mentido, y mentido, y mentido…

            Coincidí en Colombia con las elecciones que llevaron al primer período en la Presidencia de Alvaro Uribe. Y recuerdo vivamente las pancartas de sus partidarios: “Trabajamos para las próximas generaciones, no para las próximas elecciones”. Lo que los retrataba de cuerpo entero…

            El pueblo de Colombia es de los más cultos de Iberoamérica. También de los más fieles a la fe católica de sus padres. Como en todas partes del mundo, asímismo han tenido su cuota de manzanas podridas, pero menos efectivas que aquí en Guatemala, en Cuba, en Venezuela o en la Argentina. De ahí esta gran lección de civismo que comento.

            Aunque no parecen sospechar que caer en la trampa de un “proceso de paz” al estilo guatemalteco les implicaría, encima, la pérdida de la soberanía nacional, como ha sucedido entre nosotros en Guatemala. Sin embargo, han dicho enérgicamente “¡No!” a los oportunistas vendepatrias entre ellos, encabezados por el mediocre Santos.

            ¡De la que se han librado!    

            Me pregunto por qué tanta diferencia entre ellos y nosotros.

            Naturalmente, en ese caso habríamos de acudir a la monumental historia de nuestros respectivos pueblos, lo que en absoluto cabe dentro de una simple columna de opinión.

            Pero sí quiero mencionar algo que lo ha precedido: la Independencia de los colombianos se logró al precio de su sangre por intrépidos hombres y mujeres de profundas convicciones éticas. La de los guatemaltecos, en cambio, nos fue dádiva del Capitán General español, Gabino Gaínza.  De ahí que el sentido de identidad nacional entre el grueso de nuestra población parece haber sido prácticamente inexistente, tanto entre criollos como indígenas. La prueba al canto está en que lo primero que hicieron fue anexarse al Imperio mexicano de Agustín de Iturbide.

            Después de tales eventos, los rumbos de colombianos y guatemaltecos han divergido aún más. La Gran Colombia de Bolívar se disolvió en tres Estados nacionales independientes, mientras al gran Reino de Guatemala se le ha mutilado una y otra vezcon la connivencia de sus propios hijos. Lo último que nos ha sido cercenado, después de Chiapas, Soconusco y de otras tierras usurpadas por México, ha sido Belice, por obra y gracia de un enfermo mental llamado Jorge Serrano.

            Pocos son quienes yo creo poder identificar “patriotas”, y no los de pacotilla como la banda clientelar que dice que nos “gobierna”.

            “La patria es ara, no pedestal”, nos recordó con su elocuencia poética José Martí. Aquí, en la mayoría de los casos, ni a pedestal llega la patria…

            Colombia, por el contrario, ha gozado de uno de los mejores sistemas educacionales de Iberoamérica; pero Guatemala, en cambio, lo ha entregado crecientemente a manos de los políticos, vergüenza nacional.

            Y, sin embargo, sobran los talentos naturales entre nuestros jóvenes, y los hombres y mujeres laboriosos en el campo y en la ciudad.

            ¿Qué nos ha faltado, pues?

            La búsqueda prioritaria de la formación del CARÁCTER.

            Carácter es saber decir “¡no!” a las tentaciones de lo malo, es, no menos, enfrentar las consecuencias de nuestros actos y no acurrucarnos en supuestas buenas intenciones. Carácter es ser perseverante, y puntual; carácter es cumplir con nuestros contratos sobre todo cuando los términos de los mismos ya no nos son favorables. Carácter es poderse plantar frente a la corriente cuando nos parece equivocada. Es valerse de la verdad, no del embuste, mucho menos de la calumnia. Carácter, muy particularmente en el adulto, es acertar en la solución de los dilemas éticos, muchas veces dolorosos, que normalmente puntean las vidas de todos nosotros.

            Carácter es prepararnos, y trabajar; nunca recostarnos en el trabajo ajeno. Carácter es ser magnánimo en la victoria y no envidioso en la derrota. También es cuidar de nuestros hijos hasta su mayoría de edad, y aún después acompañarlos cuesta arriba en sus decisiones más difíciles. Carácter es saber doblar la rodilla sólo ante Dios, jamás ante el hombre, por muy poderoso que se nos antoje.

            Carácter, en una palabra, es saberse libre.