La opciòn diferente

La opción diferente

Por: Armando de la Torre

            Las opciones entre nosotros hasta ahora para las próximas elecciones generales parecen encerrar mucho de más de lo mismo, sobre todo al nivel de la categoría de los presidenciables. Digo “parecen” porque no están todavía sobre el tapete todas las opciones de manera definitiva. Una muy probable en particular me intriga: la de Zury Ríos como posible candidata a la Presidencia de la República.

            Zury Ríos es una mujer extraordinaria en muchos sentidos: simpática, vivaracha, leal a su padre y firme en sus convicciones, pero también muy autónoma e independiente, inteligente y cultivada, ha desplegado junto a todo ello el rasgo para mí más laudable en toda figura pública en el contexto guatemalteco: es una mujer de carácter.

            Aunque ya ha habido mujeres al frente del timón del Estado en varias repúblicas de Iberoamérica, las experiencias hasta hoy no han sido muy felices.  La ausencia de precedentes constructivos y ejemplares probablemente ha sido un factor en el desteñido desempeño de esas damas.  Pero nuestra América madura y ha llegado la hora de la mujer, también en Guatemala.

            Fuera de nuestro ámbito iberoamericano podemos todos contar con los ejemplos edificantes de Indira Gandhi en la India, Golda Meir en Israel, Margaret Thatcher en el Reino Unido y Angela Merkel en Alemania.  Con tenacidad y valentía, todas ellas supieron conducir a sus respectivos pueblos de manera admirable.

            Pero en el caso de Guatemala, se trataría de una situación inédita. Aunque el machismo tradicional ha retrocedido, todavía se mantiene vigoroso en los estratos menos desarrollados de la sociedad. Eso pudiera significar para Zury, como todos la conocemos popularmente, una posible fuente de ataques personales injustos y hasta soeces, que ella, sin embargo, parece estar dispuesta a arrostrar con valentía como parte del precio a pagar por servir.

            Entre sus muchas cualidades adquiridas está un don de gentes impecable y una gran facilidad para conversar al nivel socialmente más alto en inglés o en francés fluidos.  Su gracia y su belleza innatas impresionan a todos los que la llegan a conocer, y ella podría tranquilamente alternar con las figuras mundiales de más relieve sin gazapos ni deslices bochornosos, cosa que no creo poder decir de ninguno de los varones que hasta ahora han ocupado la Presidencia de la República con las excepciones, tal vez, de un Mariano Gálvez, un José María Reina Barrios o un Carlos Herrera.

            Su entrenamiento intelectual ha sido muy riguroso para nuestro medio. Estudiante Magna Cum Laude en la Universidad Francisco Marroquín y diputada al Congreso de la República por catorce años, con un historial constante de propuestas legislativas en favor de la niñez y de la mujer.

            No le teme a las controversias. Como Presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Congreso ha dejado pequeños a todos sus predecesores en tal responsabilidad.

            ¿Qué más puedo decir?  En los debates se ha mostrado siempre insuperable, y sus conocimientos del mercado libre y del Estado de Derecho sólidos y logrados.  Todo esto junto en un hombre lo haría candidato natural a la dirección de cualquier movimiento cívico o político; el caso de Zury, empero, todavía tiene obstáculos prejuiciosos que superar en este sentido.

            Somos afortunados en contar con semejante joya que aportar al escenario político internacional. Pero he de reconocer que su apellido y sus simpatizantes despiertan ciertos resquemores en el sector más a la izquierda del electorado.  Yo, por mi parte, los considero infundados: Zury no es intolerante y acepta de buena gana los reproches y objeciones que se le hacen a sus opiniones y decisiones. Es una mujer democráticamente madura, como se las puede hallar en países más desarrollados que el nuestro. Tampoco es una fanática religiosa ni una feminista a ultranza. Es, simplemente, una mujer brillante con un gran sentido común.

            Entre sus preocupaciones sociales de mayor trascendencia está la creación de empleo, y para ello se propone fomentar más allá del marco centroamericano la inversión de capitales en Guatemala tanto fijos como circulantes. Con tal fin se ha asesorado muy bien en los temas de la regulación financiera y del absurdo sistema aduanal que nos corta las posibilidades de crecimiento. También le he oído decir con frecuencia que con la creación de empleo espera detener el flujo de mano de obra, capacitada o no, hacia los Estados Unidos y de la necesidad de facilitarles a los emigrantes el contacto permanente con su patria y hasta de promover su retorno.

            Cree firmemente en la autonomía de la banca central y en la necesidad de enseñar a nuestros jóvenes a competir. En realidad, el mensaje que le oigo repetir una y otra vez es de lo más sobrio y al día en el mundo político.

            Es hora de superar nuestras divisiones insensatas que han significado tanta sangre y lágrimas inútilmente vertidas para los guatemaltecos, y tanto atraso para el conjunto de todos nosotros. Queda por ver si el modernismo y el vanguardismo de que hacen gala muchos de nuestros críticos más insistentes se traduce a los hechos ante esta figura inesperada y cautivante.

            A la clase política le toca ahora responder al inesperado desafío de tal personaje.

El hastìo por lo estatal (VI y final)

El hastío por lo estatal (VI y final)

Por: Armando de la Torre

            Un amigo sensato me comentó, a propósito de mi última entrega de esta serie de notas respecto al hastío generalizado por todo lo estatal, que lo por mí afirmado acerca de que estamos en una fase pre-revolucionaria era, a su juicio, algo exagerado.

            Lo entiendo, pero mantengo mi aserto.

            Popularmente se cree que las revoluciones violentas estallan cuando la situación se ha vuelto pésima y, sobre todo, insoportable. Yo creo exactamente lo contrario: que las revoluciones intensas, y hasta violentas, ocurren cuando las cosas en general mejoran.

            La Revolución Francesa de 1789 se produjo en el país más culto, más rico y más poblado de la Europa de ese entonces, no en los paupérrimos Balcanes, por ejemplo, o en el Portugal decadente y sacudido en 1755 por un enorme terremoto submarino. Es verdad que Francia atravesaba coyunturalmente una doble crisis: una de carácter climático, que arruinó sus cosechas, y una financiera, resultado de las deudas contraídas por la corona para ayudar a los súbditos ingleses en América a rebelarse contra su metrópoli.

Pero iguales, o parecidas crisis, atormentaban simultáneamente el resto del continente… , fue en Francia, sin embargo, donde estalló la revolución, y no en ninguno de los puntos más atrasado y pobre de Europa.

            Lo mismo digamos de la Revolución Americana de 1776, una revolución conservadora, a diferencia de la radical jacobina en Francia. Los colonos ingleses se alzaron contra un Parlamento que quería suplantar, desde la muy lejana ciudad de Londres, a sus propias Asambleas legislativas regionales, bajo las cuales sus niveles promedios de vida habían llegado a superar a los de los súbditos de su Majestad británica en la propia Inglaterra.

            El radicalismo francés, por otra parte, inspiró a los revolucionarios bolcheviques en la Rusia imperial en 1917. Es verdad que en ese preciso momento Rusia pasaba por su mala racha  de derrotas ante los alemanes durante la Primera Guerra Mundial. Pero precedidas por tres décadas de ininterrumpido avance industrial, así como del crecimiento paralelo de una clase media cada vez mejor alfabetizada. Más aún, aquel preciso año del estallido ideológico marxista-leninista fue el de mayor libertad ciudadana (bajo el social demócrata  Kerensky), jamás vivido en toda la milenaria historia rusa.

            Lo mismo digamos de la Cuba de 1959, cuando el ingreso per cápita de los cubanos cuadruplicaba el de sus contemporáneos españoles y Cuba se mantenía a la cabeza de toda Iberoamérica en el desarrollo tecnológico y social, gracias en buena parte a su proximidad con los Estados Unidos. Tal fenómeno, en cambio, no se dio en el subdesarrollado Paraguay o en el siempre desesperanzado Haití.

Tal fue, también, la tragedia de la República española, proclamada con cierta precipitación en 1931. La esperanza en ese momento de lo mejor condujo a lo peor: una guerra civil. Es más, así parece insinuarse en estos momentos en que escribo estas líneas en la China continental: los frutos maduros de aquellas reformas introducidas en el aparato totalitario de Mao Tse-tung por Deng Xiaoping hacia 1970, llevaron al trágico desenlace de la plaza de Tiananmen en 1989, y que parece reverberar por estos días en Hong Kong.    

La lógica en todo esto es muy humana, y hasta fácil de entender: cuando las cosas mejoran por unos veinte o treinta años, es natural que surja la tendencia de querer acelerar ese proceso espontáneo y natural mediante recetas racionales artificiales, es decir, ideológicas. Las cuales, sin embargo, terminan por desplazar el natural curso evolutivo, siempre algo más lento. De ahí los fracasos estruendosos, por lo muy menos en parte, de esas “revoluciones” fabricadas alocadamente sobre supuestos utópicos de razonamientos puramente teóricos, que soslayan toda la experiencia histórica y el sentido común, como ocurre todavía con “el socialismo del siglo XXI” de Chávez y Maduro.

La naturaleza no perdona la insolencia de las hipótesis que se convierten en dogmas.

De vuelta a Guatemala: el sector público está en ruinas por la voracidad, la ignorancia y la estupidez de sucesivos gobernantes. Pero el sector privado se ha mostrado lo suficientemente dinámico y creativo aún para impedir que el nivel de vida de todos caiga uniformemente.

Me temo, empero, que el elevado costo de -tener- Estado termine por dar al traste con este nuestro muy relativo equilibrio. Por eso concluyo que si no arremetemos ya con reformas profundas al marco constitucional vigente, pronto podríamos hallarnos ante una “revolución” desastrosa, al estilo de las demás “social demócratas”, aturdidas e irreflexivas, que hemos sufrido en nuestro hemisferio desde el inicio de la dictadura totalitaria de los hermanos Fidel y Raúl Castro…  

¡Dios nos valga!