El precio de no tener ciertas ideas claras

Por: Armando de la Torre

 

Desde hace décadas la civilización en Iberoamérica se encuentra bajo un salvaje y sostenido asalto por parte de nuevos barbaros que, de consolidarse en el poder, nos podrían llevar de regreso a otra “edad oscura”…  en pleno siglo XXI.

El que pese a ello hayamos sobrevivido hasta el día de hoy a niveles medios de desarrollo en el rango global entraña, indirectamente, un elogio a la capacidad de resistencia de los valores de la cultura judeocristiana que recibimos de nuestros padres.
Y un reconocimiento, no menos, a la productividad, fruto de una disciplinada y tenaz dedicación al trabajo, de aquel gran segmento de nuestra población, gestado en su momento por inmigrantes semianalfabetas, sus hijos y sus nietos, que durante los siglos XIX y XX se sumaron a las oleadas previas de conquistadores y colonizadores y acumularon mucha de la riqueza de la cual todavía subsistimos.

También es de incluir ese logro único de su amalgamamiento ulterior con las razas precolombinas que ya habitaban el continente, así como  aquella otra tristemente traída a la fuerza desde las costas de África.
Que en esta coyuntura internacional del 2009 nos hallemos, además, en relativa buena forma para enfrentar la actual  crisis financiera, cuyas raíces, no lo olvidemos, se hunden en decisiones políticas y económicas tomadas por financistas, banqueros y funcionarios públicos que nos son remotos y que supuestamente nos habían tomado la delantera en el competitivo certamen hacia el “progreso”, es un testimonio más de que nuestra América celtíbera, en oposición a lo que lloriquean sus muchos detractores de la “izquierda”, sí se ha mostrado capaz de acertar y aun de aprender de algunos de sus errores.
Todo ello, a su turno, reflejo del realismo encerrado en algunos de nuestros ideales sociales básicos, tales como la suprema importancia hoy del respeto a los derechos de la propiedad de todos, del cumplimiento a la palabra empeñada en los contratos, o el de la atingencia, ayer, de la abolición de la esclavitud de los africanos y de la servidumbre de los indios o, más atemporal, el de lo oportuno en su momento de la ampliación de la franquicia electoral a todos los asalariados, o de lo conveniente de nuestros repetidos ensayos por alcanzar sistemas constitucionales efectivos de pesos y contrapesos, igual que de lo justo y enriquecedor que nos ha sido la incorporación de la mujer al mundo de la división del trabajo, hecha extensiva más adelante  a su participación en la vida pública, etc., objetivos por los que se guiaron a quienes nos han antecedido en tales ahíncos, sobre todo desde aquel momento estelar, alrededor de 1810, cuando osaron internarse por la vía de las independencias nacionales y mantenerse en ella.

Sin embargo, también hemos de lamentar retrocesos de última hora, algunos de dimensiones de veras catastróficas, como el caso de Cuba.
Es un hecho que nuestra América ha dejado de ser desde mediados del siglo XX el incuestionable continente de la esperanza” de otrora, como lo confirma cualquier estudio somero de las corrientes migratorias de los últimos cincuenta años, incluidas las de nuestra nación anfitriona, la república del Ecuador.
Y a ello se añade que por rincones dispersos de nuestra geografía, aquel honroso tejido de “la raza cósmica” del que tanto se enorgulleció José Vasconcelos se ha visto, a fondo y repetidamente, desgarrado, en unos casos por intentos utópicos de repartir coactivamente “mejor” la renta nacional (en la Argentina, el Uruguay, Colombia…), en otros por choques de intereses  completamente al margen de la ley, pero revestidos del aura de instancias de una ley dialéctica superior, la de la “lucha universal de clases”, cual lo reiteraron autoproclamados “revolucionarios” tanto en México como en Chile, bajo Allende, o en El Salvador, en Nicaragua y, ahora, en Venezuela.

A ellos habría de agregársele ruinosos, aunque todavía en sigilo, divisionismos recientes que asoman principalmente en Perú, Bolivia, Ecuador y Guatemala, y que se pretenden realineadores colectivos de poder entre razas y culturas, “después de quinientos años de colonización”…

La cacofonía de tantas disputas parece haberse enrarecido, es verdad, con el fin de la “guerra fría”, pero también en la medida en que en los foros internacionales el foco más candente de controversias, Cuba, ha sido dada definitivamente por perdida para la causa de los derechos civiles en democracia y libre mercado.

No comparto, empero, ese último punto de una visión resignada que se me antoja por demás  pesimista, pero si hago mía la creciente angustia de los más pensantes de entre nosotros que es desorbitado el precio en vidas humanas desperdiciadas, en el aniquilamiento de recursos por definición siempre escasos, en las oportunidades de prosperidad irrecuperablemente perdidas, en las lagrimas de incontables victimas silenciosas inútilmente vertidas, y, sobre todo, en la sangre de los inocentes que habrá de ser añadida aún a la de los ya inmolados, para que podamos esperar recuperarnos un día de los efectos de nuestros desaciertos del presente.    

Un hilo conductor común a todas esas etapas de tanto despilfarro lo creo discernir en la confusión reiterada de ideas-fuerza por las que, hoy mayoritariamente, en unos pocos de nuestros Estados, nos dejamos seducir-.
No puedo dejar de enlazarlo con aquella brillante observación de Blaise Pascal acerca de que “el esfuerzo mental por aclararse las ideas es el fundamento de la vida moral”. Porque aquí me quiero referir a la olvidada dimensión ética en nuestro desasosiego.   

Por tal claridad de las ideas entiendo la más exacta correspondencia posible entre cualquier evento con nexos causales que ocurre con independencia de nuestras mentes y los términos del lenguaje, o conceptos de la mente, a través de los cuales lo identificamos y describimos.  

En el resto de esta ponencia me limito a proponer algunos ejemplos que creo ilustrativos de la ausencia de claridad en el discurso populista que nos abruma.
Somos (se ha dicho a manera de excusa) por temperamento e historia, adversos a respetar la libertad individual, la propiedad ajena, y hasta la vida de los demás. Así lo inauguró  para nosotros la rapaz Conquista. Y así  lo apuntaló por tres siglos el control inquisitorial de los Habsburgos y de los Borbones. A diferencia de los anglosajones, pues, tendemos a ser colectivistas, no individualistas.  
No estoy en absoluto de acuerdo.
Equivale a aceptar que todavía permanecemos de alguna manera míseras copias del típico “homo homini lupus” en el estado de naturaleza salvaje que postuló hipotéticamente Thomas Hobbes y que necesitamos de la mano férrea que lo subsane. Esa fue una construcción teórica, no menos extraña a nuestra realidad que la de su opuesto, la del “buen salvaje”, imaginado por J.J. Rousseau, y que el venezolano Carlos Rangel en los años sesenta se encargó  de desmenuzar de una vez por todas.  

Mas bien lo contrario, un apego casi anárquico por parte de cada uno a su propia libertad de acción nos es congénito, aunque, por supuesto, de acuerdo a la escala de los valores de la tradición en la que nos formamos se halla visto mas o menos alternativamente reforzada o desalentada. Lo creo una cuestión práctica mal situada, esto es, la de no identificar a tiempo oportunidades que se nos ofrecen para superarnos y que se nos complementen con la ausencia garantizada por la ley de limites que arbitrariamente nos sean impuestos a través de la coacción o del engaño.

La corriente liberal surgida de la Ilustración del siglo XVIII, y a la base de nuestras solemnes declaraciones de independencia patria, con variados tintes aún defiende esa libertad personal frente a las amenazas que le vengan de fuera, de cosmovisiones humanistas radicalmente ateas. Porque como muy bien lo analizó Henri de Lubac en su “drama del humanismo ateo”, quien empieza por matar a Dios acabará por matar al hombre.   

Por otra parte, la presunción cristiana constituyó  el acervo generalizado de las “elites” u oligarquías criollas “ilustradas”, demasiado conscientes de su rango en cuanto individuos dentro de los estamentos sociales de la Colonia, aunque hoy lo hallan traducido  a una no menor consciencia de su valía personal para el resto de la sociedad. Algo así como el Atlas en la alegoría de Ayn Rand, o el egregio en la dicotomía “selecto/masa” de Ortega.
También es obvio que se han dado múltiples “circulaciones” de esas elites, como lo teorizó Vilfredo Pareto. Pero lo decisivo es que  se han sabido “algo” (¿hidalgos?) en el esquema legal de las cosas, y a su modelo también los amantes contemporáneos de la libertad individual también nos sabemos “algo”, para amargura y furia de los pichones napoleónicos en nuestro patio, por eso mismo devenidos más  agresivos y demagógicos.

Las “masas” anónimas, en cambio, a unos u otros subordinadas, esperan por simple inercia que ellos habrán de seguirles en esa misma dirección de una mayor gradual apreciación de sus personas (un renacentista habría dicho “simplemente de su dignidad humana”) a medida que las oportunidades al corto plazo les lluevan desde arriba, desde el burocrático Estado benefactor, sin tener que abrirse camino previamente a base de riesgos y sudor al largo plazo. Una disimulada perversión de aquel anhelo optimista del individualismo “ilustrado”: “Las carreras abiertas a los talentos”.
Es “el camino de servidumbre” que vaticinó Hayek para los demócratas incautos.
Verdad muy de matizar porque a lo largo de la historia, entre los nacidos en cualquier sistema de esclavitud institucionalizada -como el nuestro hacia 1800- los había quienes parecían haber merecido semejante suerte tenido en cuenta sus pocas luces, su indolencia aparentemente innata, su raquítica confianza en si mismo, y su inexplicable desidia ante cualquier ocasión por mejorar su suerte.

Hoy, quizás, lo atribuiríamos a un condicionamiento brutal, o a falta de los  incentivos apropiados, o aún a una deficiencia alimentaria, o a la ausencia en su entorno de manifestaciones que reforzaran su autoestima.
Para Aristóteles, en cambio, poco más de dos milenios atrás, se constituían en evidencia para justificar la esclavitud “de los que por temperamento nacen para esclavos”. Algo próximo a lo argüido por los esclavistas del sur de los Estados Unidos en la víspera de la guerra civil, o a la mentalidad de rebaño que Nietzche reprochaba en la moral cristiana por contra posición a su “superhombre” neopagano.    
No es de olvidar, sin embargo, que en cualquier ocasión en que por derrota militar de los amos, o por benevolencia gratuita de los mismos – también en los tiempos de Aristóteles-, se les presentó a esos esclavos “innatos” la oportunidad de hacerse legalmente libres, no consta  históricamente que esa libertad (y el derecho correlativo a la propiedad) hubiese sido alguna vez rechazada.

Nuestra sociedad en gestación iberoamericana conoció de la esclavitud en tales términos aristotélicos aún bien entrado el siglo XIX (en Brasil, hasta 1888). Pero, para ese entonces, la “Ilustración” liberal del siglo XVIII ya había barrido hasta los últimos vestigios de pretensión  racional en defensa del sistema.     
Por eso los pretensos “amos” de nuevo cuño (Fidel Castro a la cabeza… y Abimael Guzmán, si se quiere, a la cola) enmascaran aquel viejo despotismo tras una retorica nueva, que les permita -como a Lenin, en su momento, y a Mussolini, Stalin, Hitler, Mao después –  asegurarse del monopolio total del poder sobre sus conciudadanos que, en consecuencia, se ven reducidos bajo nuevas acepciones a la condición de antaño de los esclavos.

Por otra parte, como lo analizó   Bertrand de Jouvenel, siempre cuentan con delirantes masas de ignaros a sus espaldas que les brindan, como a Perón y su Evita, su aplauso de apasionado automatismo reflejo, y que les facilite añadiría Eric Fromm, “escapar a las responsabilidades de la libertad”…
Por eso los aprendices a dictadores contemporáneos se valen de palabras ofuscadoras para crearse sus nuevos siervos y esclavos. La más abusada es la de justicia “social” (¿cuál no la es?) en favor de los mas débiles (los mas fuertes supuestamente no la necesitan), seguida de la pretensión de la “igualdad” de todos (hacia abajo y por decreto, no hay otra ruta), y la de los mercados centralmente “ordenados” a tenor de las prioridades del caudillo de turno (nunca, por favor, de acuerdo al característico “caos” capitalista que empieza por el pecado mortal de sólo reconocer las preferencias de los consumidores), o la de la “soberanía popular”, entendida como la de las masas que les venden sus votos a cambio de pan y circo que ellos financian con los petrodólares que habrían de haber sido de su propiedad, o la de “la tierra para el que la trabaja” (no para quien legítimamente la compro o la heredo), junto a reformas agrarias (como si el mercado no lo hiciera a diario) o, por supuesto, de corolario final, la del aplastamiento de esos detestables “burgueses” que les son suficientemente independientes para volvérseles impertinentes, lacayos, por añadidura, de los yanquis -como lo “muestra” la “teoría de la dependencia”- y ya de suyo merecedores del castigo de la expropiación por el simple hecho de haber aceptado desde un principio que se les incluyera en una clase social tan despreciable (aclaración obsequio de Trotzki).

Las confusas “ideas” que subyacen a tanta verborrea implican, entre otros dislates, que la riqueza de unos se debe a la pobreza de los otros; y que la pobreza tiene causas, la riqueza no. Y que el capitalismo “por esencia” ha de estar estructurado en derredor de un centro desarrollado (imperialista por injuria añadida), y de una periferia avasallada que le es mercado colonial cautivo y fuente de mano de obra barata, tal cual lo “constata” en opinión de Raúl Prebisch (fundador de la CEPAL) el progresivo deterioro de los términos de intercambio del comercio internacional entre los países industrializados y los que se limitan a exportar materias primas (“commodities”).

Y la “idea” más ruinosa de todas: que la “verdad” en estas cuestiones sociales es una función estadística, es decir, un resultado del número de los que chillan en las calles a horas hábiles (los “piqueteros” de Kirchner, por ejemplo), mientras a los disidentes (como en Cuba) se les apalea y se les relega a trabajar en silencio para la construcción del socialismo del siglo XXI…

Tal esclavitud contemporánea, a diferencia de la clásica, no es, por tanto, el triste resultado de la imposición de unos sobre otros por la guerra (“¡vae victis!”, “¡ay de los vencidos!”, como lo resumió la dolorosa experiencia romana), sino del empleo masivo del embuste, de las mentiras porfiadas, en la lengua de los mejor entrenados en engañar.

No hay, por tanto, entre nosotros, iberoamericanos, tales enemigos innatos de la libertad, sea por temperamento, sea por tradición, sino que se nos han multiplicado en nuestro medio los “tontos útiles” que la asfixian al ritmo que les marcan a diario los altoparlantes oficiales de los que han logrado apropiarse los modernos sofistas desalmados.
Pero tampoco hemos de olvidar que nuestra fragilidad cívica del presente pende de nuestro  hábito ausente de pensar (o presente en unos pocos raros), de responder a cualquier tesis que se nos exponga de viva voz o por escrito con los correspondientes análisis críticos de fondo. Somos los niños del corto plazo.

Yo aprovecharía para proponer que  revisemos los planes educativos de nuestras escuelas y rescatemos para nuestros jóvenes un estudio mas acendrado de la lógica, sobre todo en aquella rama que se ocupa de la claridad de nuestros conceptos y vocablos y que solemos englobar bajo la “lógica informal” o “material”. Porque nos ahogamos en un “tsunami” de falacias populistas y muchos ni siquiera caemos en la cuenta…         

La culpa, concluyo, de nuestra zozobra del presente radica en nosotros, no en nuestra herencia caudillista de la madre España (si ellos ya lo superaron, nosotros por que no), ni en el autoritarismo de la Iglesia Católica (baluarte contra la tiranía en muchas otras latitudes y épocas), ni en la Conquista de hace quinientos años (por unos poquísimos comparados a los millones que les siguieron pacíficamente en busca de oportunidades, muchos de ellos nuestros abuelos y bisabuelos), ni en la estructura patriarcal de nuestras familias, evaporada desde hace mucho al ritmo de la modernidad en nuestras grandes metrópolis, ni en los indios resentidos, ni en los negros desafectos, ni en los yanquis prepotentes…
La responsabilidad es enteramente nuestra, y de nadie más. Sencillamente, porque hemos renunciado al esfuerzo de pensar con claridad, el prerrequisito para toda vida moral, privada y pública.  
O como lo expresó  en otro contexto un poeta británico: “Me tropecé con el enemigo y era… ¡nosotros!”.