El fracaso de Álvaro Colom

Por: Armando de la Torre

 

A un año de su inauguración, otro gobierno fallido, por razones muy parecidas a las de los anteriores.

 

El común denominador de todos, desde 1986, ha sido el de la improvisación.

 

En el caso de Don Alvaro me sorprende más porque se afanó tres veces en sucesivas campañas presidenciales durante las cuales alardeó de tener programa y equipo de gobierno integrados y listos.

 

No se ha evidenciado así. No porque sea mendaz; pues más bien lo creo un hombre bueno y bien intencionado, pero sí menos preparado y más débil de carácter de lo que había anticipado. Al fin y al cabo, la mera ingeniería industrial no ha preparado que yo sepa a nadie para los altos vuelos filosóficos, económicos y jurídicos que entraña la conducción de los pueblos.

 

Su insensibilidad, empero, hacia el sufrimiento de todos por los altísimos niveles de inseguridad que sufrimos -aún mayores que en los peores días de la insurgencia, mucho antes de la firma en 1996 de aquellos embustes solemnes con que nos prometieron “una paz firme y duradera”- me ha dejado de veras atónito.

 

Su desconocimiento de la importancia capital para una verdadera república de la estricta separación de poderes me asombra y desalienta. Y su indiferencia hacia la oprobiosa impunidad de toda clase de malhechores -que roza el nivel de la de los tiempos de Portillo-, ya no





s es a muchos no menos indignante.

 

El espacio que inconstitucionalmente ha dejado en la cosa pública para su esposa Sandra sólo puede atribuirse a irresponsabilidad, multiplicada hacia abajo por todo lo largo y ancho del partido de la UNE, devenido a su turno agencia de empleos para incapaces y aprovechados del erario nacional.

 

En ello destaca su descarado nepotismo hacia clanes de allegados, los Torres Casanova y los Fuentes Mohr, por ejemplo.

 

Sus reacciones hepáticas ante críticas sensatas hasta me han hecho dudar de sus convicciones democráticas, y sus presentaciones orales ante el público -incluido ante el Congreso- se han descubierto, tristemente, impulsivas, superficiales y caóticas.

 

Todo ello lo intenta disfrazar con el más deleznable de los recursos políticos: la demagogia, incluso a través de una propaganda oficial que a ratos raya en un cierto culto infantil a su personalidad. Lo cual, sea dicho de paso, transparenta no menos lo tenue y frágil de su comprensión del mercado y lo corto de su visión, para rematar.

 

Su pacto con Joviel Acevedo, que se tradujo en el aniquilamiento de PRONADE, y el exponerse a dejar semiparalítico por falta de fondos al Ministerio de Relaciones Exteriores son imperdonables, lo mismo que sus coqueteos con otro gran charlatán fracasado, Hugo Chávez.

 

Su Vicepresidente, cirujano de nota escogido por él, no por su partido, evidencia a cada rato su muy escasa familiaridad con las realidades del país del que estuvo ausente por décadas.

 

En su gabinete también figuran hombres probos y capaces pero que no parecen llevar la voz cantante. Su Ministro de Finanzas, persona decente, no reconoce otro horizonte que el de la burocracia internacional a la que ha pertenecido por años, y ha terminado por descargar con ligereza sobre los hombros del pueblo, y en plena crisis financiera internacional, un aumento descomunal a un presupuesto de por sí deficitario que, naturalmente, habrá de empobrecer aún más a los más pobres.

 

El “remedio” argüido con Mi Familia Progresa (“dar pescados, no enseñar a pescar”) ha devenido, así, en insulto a la inteligencia de cualquiera medianamente alfabetizado.

 

Sus bruscos cambios en la jerarquía militar, y en la de su propia seguridad personal, han puesto de manifiesto lo insuficiente del temple de su carácter para tomar decisiones bien pensadas.

 

Y todo esto, lo que se desprende de tan sólo su primer año de gestión…

 

¿Zozobrará en los tres que le quedan de mandato ésta nuestra barquita chapina, zarandeada por los vientos de quiebras económicas a nivel mundial y de terrorismos internacionalmente organizados?…