Misterio en la ruta de Emaús

Por: Armando de la Torre

 

Sólo un incidente, dos mil años atrás, en la tarde de un
domingo de la pascua judía.

Para esta nuestra era, tan herida y decepcionada, nos es el relato una
luz que nos llega por encima de los siglos desde la primitiva
comunidad cristiana. Pues a fin de cuentas también somos forasteros de
regreso de Jerusalén, de camino a cualquier rincón anónimo del
horizonte.

¿Fue real?

Además del de Lucas, contamos con el testimonio teológico de Juan, del
sinóptico Mateo, de las proclamas apasionadas de Pablo de Tarso a las
iglesias de Asia y a la de Roma… No menos convincente, el testimonio
de los mártires masacrados durante tres interminables siglos en las
arenas de los circos.

Otro tanto evidencia la paradoja de que sus adversarios, de entonces y
de ahora, hayan confirmado en su fe milenaria, con cada paroxismo de
su odio, a la Iglesia que ellos repudian. Misterio que resucita una y
otra vez, como recién constatamos en el fervor místico de la
cristiandad eslava, sujeta por setenta años al estigma marcado a
hierro candente de “opio del pueblo”.

A este propósito, me viene a la mente un atormentado creyente de la
Rusia pre-revolucionaria, Fedor Dostoievski, que quiso traducir ese
mismo mensaje pascual a la reciprocidad del crimen y el castigo, en
cuanto vivencia universal de la culpa al tiempo de la esperanza.

Se nos hace cuesta arriba, como a Tomás, aceptar que la vida arrancada
germine, a menos que principiemos por conceder que tiene Autor.

Pero, ¿acaso no nos renace la primavera tras el invierno, o no nos
cierra la aurora cada noche oscura, o no se levanta el espíritu de
lucha tras la derrota?… ¿No fluye el Nilo por milenios y alterna su
curso entre el raquitismo y la opulencia, entre el desierto y la
flora?… ¿Por qué hemos de resignarnos a medir el espacio insondable,
curvo o recto, con la óptica chata y corta de nuestras coordenadas de
tiempo y espacio?… ¿No está en el “salto al vacío” de cada hipótesis
la prueba de la posibilidad de la fe?… ¿No ha sido de lo caduco de
Heráclito aspirar a lo eterno de Parménides, o de lo relativo sentir
su dependencia de un Absoluto?…

¿No apunta a otra vida, añadió Kant, el que en ésta nos veamos
arrastrados por dos imperativos que mutuamente se excluyen, el que
aspira a la felicidad, y el otro que nos empuja a cumplir con el
deber?

“Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe”, puso de colofón Pablo.

Según Lucas, dos discípulos caminaban desalentados aquel atardecer
hacia una aldea llamada Emaús. Se les juntó un desconocido que les
preguntó por qué andaban tan cabizbajos. Y ellos le respondieron
“¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que
han pasado allí estos días?… Lo de Jesús el nazareno, que fue un
profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el
pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a
muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería él quien
habría de librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya
tres días desde que esto pasó… Él les dijo: ¡Oh insensatos y tardos de
corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario
que el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria? Y empezando
por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que
había sobre él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde
iban, él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le rogaron
insistentemente: Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha
declinado… Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la
bendición, lo partió, y se los dio. Entonces se les abrieron los ojos
y le reconocieron, pero él desapareció de su vista…”

También para nosotros Jesús es un desconocido que irrumpe en nuestras
vidas, y así queda cuando comenzamos por ser hombres y mujeres de tan
poca fe que acabamos por no saber agradecer su presencia.