La fuerza aun nos seduce: àxñb!c#-

 

Por: Armando de la Torre

 

La frase “la fuerza seduce” podría ser vista como una contradicción en sí misma. Porque el uso de la fuerza connota la ausencia de consentimiento por parte del forzado. Y la seducción, en cambio, es el libre y placentero asentimiento del seducible.

 

Así, empero, de paradójico resulta nuestro comportamiento.

 

Por eso hay quienes insisten en que “el poder es el mayor de los afrodisíacos”.

 

El hecho ha sido que los hombres justificamos cada recurso a la fuerza bruta con la presunta superioridad de nuestras metas. Esa ha sido, de paso, extendida para incluir la violencia verbal. Lo que podría constituir una vía para explicarnos la violencia intrafamiliar de hoy, la delincuencia de las maras, y aun de toda clase de atropellos que nos infringimos los “civilizados” mutuamente. Por no mencionar las guerras de agresión a mayor escala, que con tanto bombo y platillos festejamos cuando somos los agresores triunfantes, que escribirán la historia, y no los agredidos silenciados en su derrota.

 

Los psicoanalistas, incluso, digresan sobre el masoquismo (desde las premisas de Freud y Adler), y aun del miedo a la libertad (Fromm), entre aquellos que juzgamos disfuncionales o inadaptados.

 

Nos lo amplía enterarnos del morboso deleite de los espectadores romanos ante los combates entre gladiadores “primitivos”, como es el nuestro por las peleas de boxeo, las corridas de toros, o las fantasías de sangre que nos sirve Hollywood a diario y a toda hora.

 

Nos lo sugiere aquella estupefaciente confianza que depositaban ciertos “ilu stres” del siglo XVIII (Voltaire, Condorcet) en “los déspotas” de su tiempo, a condición de ser también ellos “ilustrados”.

 

Sin tanta sutileza, nos lo hacen evidente las mayorías que pasan por alto los efectos nefastos de los intervencionismos de las bancas centrales en los órdenes espontáneos del dinero y del crédito, y que claman, como por un automatismo reflejo, más de lo mismo con cada ciclo económico. Y que cuando, encima, se entenebrece el horizonte crediticio por esas medidas regulatorias adicionales, aplauden, y exigen nuevas, a dictar por gobiernos que ya habían frenado la creación de la riqueza y la generación de empleos.

 

La lógica consecuencia de una visión de corto plazo por demás raquítica.

 

Queda claro, entonces, que el uso de la fuerza aún nos seduce, tras siglos de exhortaciones a la paz por Cristo, Buda, o hasta por nuestro contemporáneo, el Mahatma Gandhi, sin contar innumerables declaraciones universales y locales en pro del respeto a los “derechos” humanos.

 

Se entiende que resbalemos ante las tentaciones del abuso de la fuerza cuando, además, se las legitima en pos de una acelerada satisfacción de nuestras ambiciones. Llegados a tal punto, olvidamos que nuestro peor enemigo, por eso, lo somos nosotros mismos.

 

En la actual coyuntura se hace más sencillo discernir quienes padecen de flojedad de nervios ante el dilema del recurso o al poder coactivo o a la libertad de iniciativa. Héroes y heroínas de pronto se nos vuelven gigantes de pies de barro, tan urgidos de la asistencia de un padre protector como las masas que les siguen.

 

A ese nivel se podría rebajar ahora a Angela Merkel, en Alemania, y a Nicolás Sarkozy, en Francia. Igual que a los dos candidatos a la presidencia de los EE.UU. del proceso electoral que está a punto de finalizar.

 

Algunos miopes incurables aluden al último ganador del Premio Nobel, Paul Krugman -un nostálgico del “New Deal”-, o a otro igualmente galardonado, Joseph Stiglitz, el más rabioso de los neo-keynesianos, en abono del estatismo reforzado.

Ilusos todos.

 

La realidad no puede ser alterada por los prejuicios de un momento. Ciego que guía a otro ciego -cito del Evangelio-, terminarán ambos por caer en el pozo.

 

Lo que me trae al no menos sabio dicho de Pascal: “El esfuerzo mental por aclararse las ideas es el fundamento de la vida moral” (que quiere decir, de un carácter disciplinado y eficaz).