History 101 Refresher

 

For those that don’t know about history ….. Here is a condensed version:

Humans originally existed as members of small bands of nomadic hunters/gatherers. They lived on deer in the mountains during the summer and would go to the coast and live on fish and lobster in the winter.

The two most important events in all of history were the  invention of beer and the invention of the wheel. The wheel was invented to get man to the beer. These were the foundation of modern civilization and together were the catalyst for the splitting of humanity into two distinct
 subgroups:

 1. Liberals, and
 2. Conservatives.

Once beer was discovered, it required grain and that was the beginning of agriculture. Neither the glass bottle nor aluminum can were invented yet, so while our early humans were sitting around waiting for them to be invented, they just stayed close to the brewery. That’s how villages were formed.

Some men spent their days tracking and killing animals to B-B-Q at night while they were drinking beer. This was the beginning of what is known as the Conservative movement.

Other men who were weaker and less skilled at hunting learned to live off the conservatives by showing up for the nightly B-B-Q’s and doing the sewing, fetching, and hair dressing. This was the beginning of the Liberal movement.

Some of these liberal men eventually evolved into women. The rest became known as girlie-men. Some noteworthy liberal achievements include the domestication of cats, the invention of group therapy, group hugs, and the concept of Democratic voting to decide how to divide the meat and beer that conservatives provided.

Over the years conservatives came to be symbolized by the largest, most powerful land animal on earth, the elephant. Liberals are symbolized by the jackass.

Modern liberals like imported beer (with lime added), but most prefer white wine or imported bottled water. They eat raw fish but like their beef well done. Sushi, tofu, and French food are standard liberal fare. Another interesting evolutionary side note: most of their women have higher testosterone levels than their men. Most social workers, personal injury attorneys, journalists, dreamers in
Hollywood and group therapists are liberals. Liberals invented the designated hitter rule because it wasn’t fair to make the pitcher also bat.

Conservatives drink domestic beer, mostly Bud. They eat red meat and still provide for their women. Conservatives are big-game hunters, rodeo cowboys, lumberjacks, construction workers, firemen, medical doctors, police officers, corporate executives, athletes, members of the
military, airline pilots and generally anyone who works productively. Conservatives who own companies hire other conservatives who want to work for a living.

Liberals produce little or nothing. They like to govern the producers and decide what to do with the production. Liberals believe Europeans are more enlightened than Americans. That is why most of the liberals remained in Europe when conservatives were coming to America. They crept in after the Wild West was tamed and created a  business of trying to get more for nothing.

Here ends today’s lesson in world history:

It should be noted that a Liberal may have a momentary urge to angrily respond to the above before forwarding it.

A Conservative will simply laugh and be so convinced of the absolute truth of this history that it will be forwarded immediately to other true believers and to more liberals just to tick them off.

And there you have it. Let your next action reveal your  true self.

LOS BARBAROS NUEVOS

Por: Armando de la Torre

 

Sabido es que la civilización clásica murió por los golpes
de pueblos “bárbaros” que culminaron en el siglo V de nuestra era.

Iberoamérica, a su turno, parece hallarse ante un desafío paralelo ya
desde la segunda década del siglo XX.

Los bárbaros antiguos se impusieron a porrazos validos de
su número y de su fuerza bruta. Los bárbaros nuevos, en cambio,
proceden con mayor sutileza: se imponen merced a las múltiples
herramientas del engaño, oral, escrito, radiado y televisado.

La revolución mexicana de 1910, por ejemplo, arrancó con
un lema del todo legítimo “sufragio efectivo”. Pero muy pronto
degeneró en la violencia asesina entre sus múltiples caudillos, los de
Pancho Villa los más desastrosos.

Los militares argentinos en 1930 pusieron fin a la
integridad republicana afianzada en la Constitución liberal de Alberdi
y con ello al envidiable protagonismo mundial de su gente.

Pero fue el acceso al poder, pronto convertido en
totalitario, del locuaz Fidel Castro en 1959 el que se erigió en el
más paradigmático de los “bárbaros nuevos”.

Desde entonces se han multiplicado sus émulos, unos con
éxito aún no consolidado, tal Hugo Chávez en Venezuela, otros
truncados definitivamente en sus ambiciones, tales los del PRI en
México o, de una catadura mucho más ominosa, cual el del Abimael
Guzmán en Perú.

El rasgo principal de los bárbaros de entonces y de hoy es
su efectiva destrucción de las instituciones claves de la
civilización. Dos de ellas son, en especial, de resaltar: en el ámbito
del derecho privado la de la propiedad; y en el del derecho público,
la estructura republicana de “pesos y contrapesos”.

Algunos periodistas iberoamericanos se han dado
recientemente a la tarea de recopilar las mentiras más populares entre
los bárbaros nuevos, con las que también barbarizan al resto de
nosotros. Por ejemplo, ésa de que los ricos se hacen ricos a través
del empobrecimiento de los pobres. O como creyó identificar Carlos
Marx como la “ley” fundamental en la evolución dialéctica del
capitalismo: que los ricos sean cada vez menos en número pero más
ricos en capital mientras los pobres se hacen más numerosos y
miserables.

Aunque parezca un enigma, es un hecho que tales infundios
han vuelto a estar de moda entre muchos de nuestros analfabetas
funcionales.

Como esa pretensión absurda de que algo nos puede resultar
dado de “gratis” (a menos, claro está, que se trate de Dios, lo más
disparejo con cualquiera de nuestros gobernantes).

O esa alucinación de que un puñado de burócratas puedan
dirigir centralmente el mercado con más eficiencia y justicia que los
agentes libres que en él se involucran.

O el delirio de que todos habríamos de lograr lo mismo,
pues somos “iguales”, como si no se hubiese constatado infinitas veces
que ese empeño en igualarnos (siempre hacia abajo, nunca hacia
arriba…) termina porque los de más malicia y menos escrúpulos al final
se hayan colocado ventajosamente por ser “más iguales que los demás”
(Stalin, Fidel, Mao, Pol Pot, y sus respectivas recuas de verdugos).

“Ese opio populista” con que aturden los bárbaros nuevos a
nuestra civilización no es, por supuesto, de su sola responsabilidad.
Como bien se dijo en otro contexto, lo único que se necesita para que
los malos procedan es que los buenos no hagan nada. Y, ya sabemos, que
abundan entre nosotros los “buenos” indolentes para pensar y torpes
para decidir…

Pero la obligación moral a pensar y actuar persiste, en el
individuo, no en un colectivo. Ahí podríamos fijar la línea divisoria
entre “social demócratas” y demócratas a secas: los primeros difieren
a otros esa responsabilidad; los segundos, en cambio, la asumen
plenamente.

El dilema para los iberoamericanos del siglo XXI se ha
convertido tardía e inesperadamente en el de gobernarse a sí mismos o
relegar a otras manos el gobierno de sí.

O lo que es lo mismo: comportarse como civilizados o
dejarse arrastrar como bárbaros.

El gobierno más nefasto

 

            Con tal epíteto descalificador del gobierno de su predecesor, Oscar Berger, estrenó Alvaro Colóm el suyo.

 

            A casi año y medio de su gestión me inclino por mi parte a pensar, de consuno con una creciente mayoría de guatemaltecos, que es precisamente el de Álvaro Colóm, el que quizás acabe por ser señalado el más nefasto de todos los que hemos padecido desde enero de 1986.

 

            Durante su primer año de gestión tuvo a su disposición el presupuesto hasta entonces más dispendioso de la historia de la Guatemala independiente. Con él empezó por sufragar una marea de nepotismo y clientelismo sin precedentes. En infraestructura no tuvo casi nada de qué gloriarse; ni siquiera supo completar el proyecto del aeropuerto de La Aurora. Y los demás índices de ejecución en general han sido los más bajos hasta ahora (los del Ministerio de Agricultura los más escandalosos).

 

            Desatendió del todo la obligación primordial de todo gobernante, la seguridad ciudadana, -con o sin “inteligencia”-. Parapetados ellos tras hordas de guardaespaldas, ha mostrado una cínica indiferencia hacia la vida y el dolor ajenos, muy parecida a la de Alfonso Portillo en su momento, de cuyo mandato, sea dicho de paso, es su reedición.

 

            Para este año, en plena crisis internacional financiera, se le ocurrió recetarse un descomunal presupuesto aún más mayúsculo, en buena parte financiado por más deuda externa. Obviamente el interés por “salir de pobres” de sus allegados, familiares o políticos, en el Ejecutivo o en el Congreso, prima sobre la generación de riqueza al largo plazo para los más.

 

            Lo que me lleva al peor de sus esquemas: el tan mentado Consejo de Cohesión Social.

 

            El propósito inicial pudo ser tenido por muy bueno: concentrar el papel subsidiario del Estado en los 75 municipios más pobres y atrasados del país.

 

            Pero el carácter pusilánime del Presidente le ha pasado en esto, como en casi todo, una muy mala jugada. Al frente de su realización colocó nada menos que a su esposa, en la que ha delegado, inconstitucionalmente, parte de sus funciones, con total menosprecio autoritario para la indignada opinión pública.

 

            La ayuda “social” prevista se ha traducido a la metódica erosión total del carácter de esos necesitados. En vez de metafóricamente “enseñarles a pescar” les reparte “pescados” y a su discreción. Al fin y al cabo, podría argüir alguno en su defensa, el artículo cuarto de la Constitución nunca ha contado para ningún gobernante. Pero no deja de ser lamentable esta “danza de los millones” como otras no menos ruinosas, financiadas todas no de bolsillos generosos sino a través de saqueos coactivos a los de los contribuyentes.    

 

            Por supuesto, con la intención colateral, siempre muy a la vista de los políticos, de asegurarse los votos de esos infelices para las próximas elecciones. Lo que en cualquier Estado verdadero de Derecho sería conceptuado lisa y llanamente como compraventa de votos.

 

            Nos quedan algo más de dos años y medio de lo mismo. Por eso nos urge proceder por fin a una reforma parcial de la Constitución vigente que imposibilite la repetición de tales oprobiosos proyectos y favorezca, en cambio, un ejercicio del poder más legítimo, ético y, por ende, respetable.

 

            Y no nos consolemos con el mal de otros. Acabo de regresar de Quito, y el mismo proceso degenerativo está más avanzado allá, al igual que en Venezuela.

 

            El drama contemporáneo de nuestros pueblos, se evidencia, radica en una debilidad generalizada de carácter recogida en nuestros diseños constitucionales, que permite a los flojos e inescrupulosos vegetar con impunidad a costa de los laboriosos y cumplidores de sus obligaciones.

 

            Una auténtica “rebelión de las masas”, que diría Ortega.

 

            Una reedición, añadiría yo, del “pan y circo” de que los demagogos romanos se valieron para poner fin a la república e instaurar el despotismo imperial que condenó a muerte a aquella espléndida civilización.

 

(Continuará)

El precio de no tener ciertas ideas claras

Por: Armando de la Torre

 

Desde hace décadas la civilización en Iberoamérica se encuentra bajo un salvaje y sostenido asalto por parte de nuevos barbaros que, de consolidarse en el poder, nos podrían llevar de regreso a otra “edad oscura”…  en pleno siglo XXI.

El que pese a ello hayamos sobrevivido hasta el día de hoy a niveles medios de desarrollo en el rango global entraña, indirectamente, un elogio a la capacidad de resistencia de los valores de la cultura judeocristiana que recibimos de nuestros padres.
Y un reconocimiento, no menos, a la productividad, fruto de una disciplinada y tenaz dedicación al trabajo, de aquel gran segmento de nuestra población, gestado en su momento por inmigrantes semianalfabetas, sus hijos y sus nietos, que durante los siglos XIX y XX se sumaron a las oleadas previas de conquistadores y colonizadores y acumularon mucha de la riqueza de la cual todavía subsistimos.

También es de incluir ese logro único de su amalgamamiento ulterior con las razas precolombinas que ya habitaban el continente, así como  aquella otra tristemente traída a la fuerza desde las costas de África.
Que en esta coyuntura internacional del 2009 nos hallemos, además, en relativa buena forma para enfrentar la actual  crisis financiera, cuyas raíces, no lo olvidemos, se hunden en decisiones políticas y económicas tomadas por financistas, banqueros y funcionarios públicos que nos son remotos y que supuestamente nos habían tomado la delantera en el competitivo certamen hacia el “progreso”, es un testimonio más de que nuestra América celtíbera, en oposición a lo que lloriquean sus muchos detractores de la “izquierda”, sí se ha mostrado capaz de acertar y aun de aprender de algunos de sus errores.
Todo ello, a su turno, reflejo del realismo encerrado en algunos de nuestros ideales sociales básicos, tales como la suprema importancia hoy del respeto a los derechos de la propiedad de todos, del cumplimiento a la palabra empeñada en los contratos, o el de la atingencia, ayer, de la abolición de la esclavitud de los africanos y de la servidumbre de los indios o, más atemporal, el de lo oportuno en su momento de la ampliación de la franquicia electoral a todos los asalariados, o de lo conveniente de nuestros repetidos ensayos por alcanzar sistemas constitucionales efectivos de pesos y contrapesos, igual que de lo justo y enriquecedor que nos ha sido la incorporación de la mujer al mundo de la división del trabajo, hecha extensiva más adelante  a su participación en la vida pública, etc., objetivos por los que se guiaron a quienes nos han antecedido en tales ahíncos, sobre todo desde aquel momento estelar, alrededor de 1810, cuando osaron internarse por la vía de las independencias nacionales y mantenerse en ella.

Sin embargo, también hemos de lamentar retrocesos de última hora, algunos de dimensiones de veras catastróficas, como el caso de Cuba.
Es un hecho que nuestra América ha dejado de ser desde mediados del siglo XX el incuestionable continente de la esperanza” de otrora, como lo confirma cualquier estudio somero de las corrientes migratorias de los últimos cincuenta años, incluidas las de nuestra nación anfitriona, la república del Ecuador.
Y a ello se añade que por rincones dispersos de nuestra geografía, aquel honroso tejido de “la raza cósmica” del que tanto se enorgulleció José Vasconcelos se ha visto, a fondo y repetidamente, desgarrado, en unos casos por intentos utópicos de repartir coactivamente “mejor” la renta nacional (en la Argentina, el Uruguay, Colombia…), en otros por choques de intereses  completamente al margen de la ley, pero revestidos del aura de instancias de una ley dialéctica superior, la de la “lucha universal de clases”, cual lo reiteraron autoproclamados “revolucionarios” tanto en México como en Chile, bajo Allende, o en El Salvador, en Nicaragua y, ahora, en Venezuela.

A ellos habría de agregársele ruinosos, aunque todavía en sigilo, divisionismos recientes que asoman principalmente en Perú, Bolivia, Ecuador y Guatemala, y que se pretenden realineadores colectivos de poder entre razas y culturas, “después de quinientos años de colonización”…

La cacofonía de tantas disputas parece haberse enrarecido, es verdad, con el fin de la “guerra fría”, pero también en la medida en que en los foros internacionales el foco más candente de controversias, Cuba, ha sido dada definitivamente por perdida para la causa de los derechos civiles en democracia y libre mercado.

No comparto, empero, ese último punto de una visión resignada que se me antoja por demás  pesimista, pero si hago mía la creciente angustia de los más pensantes de entre nosotros que es desorbitado el precio en vidas humanas desperdiciadas, en el aniquilamiento de recursos por definición siempre escasos, en las oportunidades de prosperidad irrecuperablemente perdidas, en las lagrimas de incontables victimas silenciosas inútilmente vertidas, y, sobre todo, en la sangre de los inocentes que habrá de ser añadida aún a la de los ya inmolados, para que podamos esperar recuperarnos un día de los efectos de nuestros desaciertos del presente.    

Un hilo conductor común a todas esas etapas de tanto despilfarro lo creo discernir en la confusión reiterada de ideas-fuerza por las que, hoy mayoritariamente, en unos pocos de nuestros Estados, nos dejamos seducir-.
No puedo dejar de enlazarlo con aquella brillante observación de Blaise Pascal acerca de que “el esfuerzo mental por aclararse las ideas es el fundamento de la vida moral”. Porque aquí me quiero referir a la olvidada dimensión ética en nuestro desasosiego.   

Por tal claridad de las ideas entiendo la más exacta correspondencia posible entre cualquier evento con nexos causales que ocurre con independencia de nuestras mentes y los términos del lenguaje, o conceptos de la mente, a través de los cuales lo identificamos y describimos.  

En el resto de esta ponencia me limito a proponer algunos ejemplos que creo ilustrativos de la ausencia de claridad en el discurso populista que nos abruma.
Somos (se ha dicho a manera de excusa) por temperamento e historia, adversos a respetar la libertad individual, la propiedad ajena, y hasta la vida de los demás. Así lo inauguró  para nosotros la rapaz Conquista. Y así  lo apuntaló por tres siglos el control inquisitorial de los Habsburgos y de los Borbones. A diferencia de los anglosajones, pues, tendemos a ser colectivistas, no individualistas.  
No estoy en absoluto de acuerdo.
Equivale a aceptar que todavía permanecemos de alguna manera míseras copias del típico “homo homini lupus” en el estado de naturaleza salvaje que postuló hipotéticamente Thomas Hobbes y que necesitamos de la mano férrea que lo subsane. Esa fue una construcción teórica, no menos extraña a nuestra realidad que la de su opuesto, la del “buen salvaje”, imaginado por J.J. Rousseau, y que el venezolano Carlos Rangel en los años sesenta se encargó  de desmenuzar de una vez por todas.  

Mas bien lo contrario, un apego casi anárquico por parte de cada uno a su propia libertad de acción nos es congénito, aunque, por supuesto, de acuerdo a la escala de los valores de la tradición en la que nos formamos se halla visto mas o menos alternativamente reforzada o desalentada. Lo creo una cuestión práctica mal situada, esto es, la de no identificar a tiempo oportunidades que se nos ofrecen para superarnos y que se nos complementen con la ausencia garantizada por la ley de limites que arbitrariamente nos sean impuestos a través de la coacción o del engaño.

La corriente liberal surgida de la Ilustración del siglo XVIII, y a la base de nuestras solemnes declaraciones de independencia patria, con variados tintes aún defiende esa libertad personal frente a las amenazas que le vengan de fuera, de cosmovisiones humanistas radicalmente ateas. Porque como muy bien lo analizó Henri de Lubac en su “drama del humanismo ateo”, quien empieza por matar a Dios acabará por matar al hombre.   

Por otra parte, la presunción cristiana constituyó  el acervo generalizado de las “elites” u oligarquías criollas “ilustradas”, demasiado conscientes de su rango en cuanto individuos dentro de los estamentos sociales de la Colonia, aunque hoy lo hallan traducido  a una no menor consciencia de su valía personal para el resto de la sociedad. Algo así como el Atlas en la alegoría de Ayn Rand, o el egregio en la dicotomía “selecto/masa” de Ortega.
También es obvio que se han dado múltiples “circulaciones” de esas elites, como lo teorizó Vilfredo Pareto. Pero lo decisivo es que  se han sabido “algo” (¿hidalgos?) en el esquema legal de las cosas, y a su modelo también los amantes contemporáneos de la libertad individual también nos sabemos “algo”, para amargura y furia de los pichones napoleónicos en nuestro patio, por eso mismo devenidos más  agresivos y demagógicos.

Las “masas” anónimas, en cambio, a unos u otros subordinadas, esperan por simple inercia que ellos habrán de seguirles en esa misma dirección de una mayor gradual apreciación de sus personas (un renacentista habría dicho “simplemente de su dignidad humana”) a medida que las oportunidades al corto plazo les lluevan desde arriba, desde el burocrático Estado benefactor, sin tener que abrirse camino previamente a base de riesgos y sudor al largo plazo. Una disimulada perversión de aquel anhelo optimista del individualismo “ilustrado”: “Las carreras abiertas a los talentos”.
Es “el camino de servidumbre” que vaticinó Hayek para los demócratas incautos.
Verdad muy de matizar porque a lo largo de la historia, entre los nacidos en cualquier sistema de esclavitud institucionalizada -como el nuestro hacia 1800- los había quienes parecían haber merecido semejante suerte tenido en cuenta sus pocas luces, su indolencia aparentemente innata, su raquítica confianza en si mismo, y su inexplicable desidia ante cualquier ocasión por mejorar su suerte.

Hoy, quizás, lo atribuiríamos a un condicionamiento brutal, o a falta de los  incentivos apropiados, o aún a una deficiencia alimentaria, o a la ausencia en su entorno de manifestaciones que reforzaran su autoestima.
Para Aristóteles, en cambio, poco más de dos milenios atrás, se constituían en evidencia para justificar la esclavitud “de los que por temperamento nacen para esclavos”. Algo próximo a lo argüido por los esclavistas del sur de los Estados Unidos en la víspera de la guerra civil, o a la mentalidad de rebaño que Nietzche reprochaba en la moral cristiana por contra posición a su “superhombre” neopagano.    
No es de olvidar, sin embargo, que en cualquier ocasión en que por derrota militar de los amos, o por benevolencia gratuita de los mismos – también en los tiempos de Aristóteles-, se les presentó a esos esclavos “innatos” la oportunidad de hacerse legalmente libres, no consta  históricamente que esa libertad (y el derecho correlativo a la propiedad) hubiese sido alguna vez rechazada.

Nuestra sociedad en gestación iberoamericana conoció de la esclavitud en tales términos aristotélicos aún bien entrado el siglo XIX (en Brasil, hasta 1888). Pero, para ese entonces, la “Ilustración” liberal del siglo XVIII ya había barrido hasta los últimos vestigios de pretensión  racional en defensa del sistema.     
Por eso los pretensos “amos” de nuevo cuño (Fidel Castro a la cabeza… y Abimael Guzmán, si se quiere, a la cola) enmascaran aquel viejo despotismo tras una retorica nueva, que les permita -como a Lenin, en su momento, y a Mussolini, Stalin, Hitler, Mao después –  asegurarse del monopolio total del poder sobre sus conciudadanos que, en consecuencia, se ven reducidos bajo nuevas acepciones a la condición de antaño de los esclavos.

Por otra parte, como lo analizó   Bertrand de Jouvenel, siempre cuentan con delirantes masas de ignaros a sus espaldas que les brindan, como a Perón y su Evita, su aplauso de apasionado automatismo reflejo, y que les facilite añadiría Eric Fromm, “escapar a las responsabilidades de la libertad”…
Por eso los aprendices a dictadores contemporáneos se valen de palabras ofuscadoras para crearse sus nuevos siervos y esclavos. La más abusada es la de justicia “social” (¿cuál no la es?) en favor de los mas débiles (los mas fuertes supuestamente no la necesitan), seguida de la pretensión de la “igualdad” de todos (hacia abajo y por decreto, no hay otra ruta), y la de los mercados centralmente “ordenados” a tenor de las prioridades del caudillo de turno (nunca, por favor, de acuerdo al característico “caos” capitalista que empieza por el pecado mortal de sólo reconocer las preferencias de los consumidores), o la de la “soberanía popular”, entendida como la de las masas que les venden sus votos a cambio de pan y circo que ellos financian con los petrodólares que habrían de haber sido de su propiedad, o la de “la tierra para el que la trabaja” (no para quien legítimamente la compro o la heredo), junto a reformas agrarias (como si el mercado no lo hiciera a diario) o, por supuesto, de corolario final, la del aplastamiento de esos detestables “burgueses” que les son suficientemente independientes para volvérseles impertinentes, lacayos, por añadidura, de los yanquis -como lo “muestra” la “teoría de la dependencia”- y ya de suyo merecedores del castigo de la expropiación por el simple hecho de haber aceptado desde un principio que se les incluyera en una clase social tan despreciable (aclaración obsequio de Trotzki).

Las confusas “ideas” que subyacen a tanta verborrea implican, entre otros dislates, que la riqueza de unos se debe a la pobreza de los otros; y que la pobreza tiene causas, la riqueza no. Y que el capitalismo “por esencia” ha de estar estructurado en derredor de un centro desarrollado (imperialista por injuria añadida), y de una periferia avasallada que le es mercado colonial cautivo y fuente de mano de obra barata, tal cual lo “constata” en opinión de Raúl Prebisch (fundador de la CEPAL) el progresivo deterioro de los términos de intercambio del comercio internacional entre los países industrializados y los que se limitan a exportar materias primas (“commodities”).

Y la “idea” más ruinosa de todas: que la “verdad” en estas cuestiones sociales es una función estadística, es decir, un resultado del número de los que chillan en las calles a horas hábiles (los “piqueteros” de Kirchner, por ejemplo), mientras a los disidentes (como en Cuba) se les apalea y se les relega a trabajar en silencio para la construcción del socialismo del siglo XXI…

Tal esclavitud contemporánea, a diferencia de la clásica, no es, por tanto, el triste resultado de la imposición de unos sobre otros por la guerra (“¡vae victis!”, “¡ay de los vencidos!”, como lo resumió la dolorosa experiencia romana), sino del empleo masivo del embuste, de las mentiras porfiadas, en la lengua de los mejor entrenados en engañar.

No hay, por tanto, entre nosotros, iberoamericanos, tales enemigos innatos de la libertad, sea por temperamento, sea por tradición, sino que se nos han multiplicado en nuestro medio los “tontos útiles” que la asfixian al ritmo que les marcan a diario los altoparlantes oficiales de los que han logrado apropiarse los modernos sofistas desalmados.
Pero tampoco hemos de olvidar que nuestra fragilidad cívica del presente pende de nuestro  hábito ausente de pensar (o presente en unos pocos raros), de responder a cualquier tesis que se nos exponga de viva voz o por escrito con los correspondientes análisis críticos de fondo. Somos los niños del corto plazo.

Yo aprovecharía para proponer que  revisemos los planes educativos de nuestras escuelas y rescatemos para nuestros jóvenes un estudio mas acendrado de la lógica, sobre todo en aquella rama que se ocupa de la claridad de nuestros conceptos y vocablos y que solemos englobar bajo la “lógica informal” o “material”. Porque nos ahogamos en un “tsunami” de falacias populistas y muchos ni siquiera caemos en la cuenta…         

La culpa, concluyo, de nuestra zozobra del presente radica en nosotros, no en nuestra herencia caudillista de la madre España (si ellos ya lo superaron, nosotros por que no), ni en el autoritarismo de la Iglesia Católica (baluarte contra la tiranía en muchas otras latitudes y épocas), ni en la Conquista de hace quinientos años (por unos poquísimos comparados a los millones que les siguieron pacíficamente en busca de oportunidades, muchos de ellos nuestros abuelos y bisabuelos), ni en la estructura patriarcal de nuestras familias, evaporada desde hace mucho al ritmo de la modernidad en nuestras grandes metrópolis, ni en los indios resentidos, ni en los negros desafectos, ni en los yanquis prepotentes…
La responsabilidad es enteramente nuestra, y de nadie más. Sencillamente, porque hemos renunciado al esfuerzo de pensar con claridad, el prerrequisito para toda vida moral, privada y pública.  
O como lo expresó  en otro contexto un poeta británico: “Me tropecé con el enemigo y era… ¡nosotros!”.

Adiós, Álvaro

 

Te fuiste a la Tierra del Engaño, y te sentiste cómodo.

 

Pusiste de por medio un brazo de mar caribe entre ti y el espíritu de los justos, los muchos guatemaltecos inocentes muertos, mutilados o aún inválidos de cuerpo y alma, parte del legado de treinta y seis años de derramamiento de sangre orquestado desde La Habana.

 

Te solidarizaste, además, con el verdugo, no con sus víctimas, cubanos igual de inocentes, setenta mil de entre ellos ahogados en el estrecho de la Florida en su desesperado intento por escapar al dictador que condecoraste y, además, al precio de mancillar tu máximo emblema patrio. Tampoco con los actuales presos políticos de su tiranía o con los silenciados en sus paredones de fusilamiento. Tus ojos cerrados al hambre de sus pobres.

 

Ahora sabemos hacia donde apuntan tus verdaderas lealtades.

 

Sin advertirlo, acabas de remachar una exclusión suicida tuya del mundo civilizado.

 

Retrocediste de ciertas luces vagamente cristianas que dices profesar  hacia las tinieblas de la más primitiva y repugnante de barbaries sin elecciones. Del moderno ideal de un Estado de Derecho a una preferencia instintiva por los autoritarios, los reales y los reales y los payasos, los de ayer y los de hoy. Todo eso que bien cuidaste de ocultar a los votantes en tus tres campañas por alcanzar la presidencia. Y has descendido de una genuina solidaridad iberoamericana a una “cohesión” criminal con ególatras desfasados, que te desprecian al nivel de tenerte por mero estribo de sus monturas, a caballo en pos de sus utopías al viento.

 

¡Vaya brinco, y ya de adulto!

 

Lo peor, así serás recordado.

 

Por falta de entereza te has dejado empujar a la traición de tus convicciones. Ejecutoria dilapidada, la tuya, consignada al pie de página de algún texto del futuro al olvido piadosamente reservado para los fracasados.

 

Tu gesto último también es una afrenta injusta a la memoria de un hombre entero que no mereció ser asociado a tu reprobación, tu tío Meme Colom.

 

¡Cuán impulsivo y vano te has revelado! ¿Por el orgasmo ideológico de un estrechón de manos decidiste sacrificar la trayectoria del estadista que soñaste despierto en tus tiempos juveniles?

 

Ya llegaste al punto de no-retorno, y jamás te será dado reencontrarte con el beneficio de la duda que un día te otorgó, generoso, tu pueblo.

 

Habíamos sufrido en Alfonso Portillo un Presidente de catadura mexicana, o sea, una clonación voluntaria local de los politicastros de más allá del Suchiate de aquella, la era de la “dictadura perfecta” del PRI. Hoy nos rebajas con tu servicio a domicilio del Gran Collar de la Orden del Quetzal cuyo destinatario fue el único dictador totalitario en quinientos años de las Américas.

 

Enhorabuena por tanta originalidad, que de ahora en adelante te logrará ser reconocido como cubano adoptivo… en su versión castrista.

 

Casi cinco mil fueron los caídos de las fuerzas armadas constitucionales de Guatemala en la defensa de la integridad y soberanía de su suelo ante la intromisión “fraternal” del internacionalista Fidel. Incontables las lágrimas de quienes pasaron por la traumática vivencia del secuestro, extorsión por él estrenada en Cuba en su violenta carrera hacia el monopolio del poder absoluto y copiada después por sus secuaces en Guatemala. Incalculables los zarpazos económicos a nuestra capacidad de generar riqueza con el asesinato de empresarios exitosos, la destrucción de infraestructura pública, o las oportunidades perdidas de inversión de capital, todo bajo el liderazgo verticalista de allende el mar de ese “máximo líder” que así  quiso exportar acá su “lucha de clases” aparentemente hoy de tu gusto.

 

Entretanto, Guatemala, sin necesidad alguna, queda uncida por ti al carro infame de los peores especímenes “criollos” a la venta de sí mismos a Hugo Chávez, a cambio de unos petrodólares-: de Cristina, por ejemplo, en la Argentina, de Daniel en Nicaragua, o de Evo, en Bolivia.

 

De veras que el poder corrompe…

El fracaso de Álvaro Colom

Por: Armando de la Torre

 

A un año de su inauguración, otro gobierno fallido, por razones muy parecidas a las de los anteriores.

 

El común denominador de todos, desde 1986, ha sido el de la improvisación.

 

En el caso de Don Alvaro me sorprende más porque se afanó tres veces en sucesivas campañas presidenciales durante las cuales alardeó de tener programa y equipo de gobierno integrados y listos.

 

No se ha evidenciado así. No porque sea mendaz; pues más bien lo creo un hombre bueno y bien intencionado, pero sí menos preparado y más débil de carácter de lo que había anticipado. Al fin y al cabo, la mera ingeniería industrial no ha preparado que yo sepa a nadie para los altos vuelos filosóficos, económicos y jurídicos que entraña la conducción de los pueblos.

 

Su insensibilidad, empero, hacia el sufrimiento de todos por los altísimos niveles de inseguridad que sufrimos -aún mayores que en los peores días de la insurgencia, mucho antes de la firma en 1996 de aquellos embustes solemnes con que nos prometieron “una paz firme y duradera”- me ha dejado de veras atónito.

 

Su desconocimiento de la importancia capital para una verdadera república de la estricta separación de poderes me asombra y desalienta. Y su indiferencia hacia la oprobiosa impunidad de toda clase de malhechores -que roza el nivel de la de los tiempos de Portillo-, ya no





s es a muchos no menos indignante.

 

El espacio que inconstitucionalmente ha dejado en la cosa pública para su esposa Sandra sólo puede atribuirse a irresponsabilidad, multiplicada hacia abajo por todo lo largo y ancho del partido de la UNE, devenido a su turno agencia de empleos para incapaces y aprovechados del erario nacional.

 

En ello destaca su descarado nepotismo hacia clanes de allegados, los Torres Casanova y los Fuentes Mohr, por ejemplo.

 

Sus reacciones hepáticas ante críticas sensatas hasta me han hecho dudar de sus convicciones democráticas, y sus presentaciones orales ante el público -incluido ante el Congreso- se han descubierto, tristemente, impulsivas, superficiales y caóticas.

 

Todo ello lo intenta disfrazar con el más deleznable de los recursos políticos: la demagogia, incluso a través de una propaganda oficial que a ratos raya en un cierto culto infantil a su personalidad. Lo cual, sea dicho de paso, transparenta no menos lo tenue y frágil de su comprensión del mercado y lo corto de su visión, para rematar.

 

Su pacto con Joviel Acevedo, que se tradujo en el aniquilamiento de PRONADE, y el exponerse a dejar semiparalítico por falta de fondos al Ministerio de Relaciones Exteriores son imperdonables, lo mismo que sus coqueteos con otro gran charlatán fracasado, Hugo Chávez.

 

Su Vicepresidente, cirujano de nota escogido por él, no por su partido, evidencia a cada rato su muy escasa familiaridad con las realidades del país del que estuvo ausente por décadas.

 

En su gabinete también figuran hombres probos y capaces pero que no parecen llevar la voz cantante. Su Ministro de Finanzas, persona decente, no reconoce otro horizonte que el de la burocracia internacional a la que ha pertenecido por años, y ha terminado por descargar con ligereza sobre los hombros del pueblo, y en plena crisis financiera internacional, un aumento descomunal a un presupuesto de por sí deficitario que, naturalmente, habrá de empobrecer aún más a los más pobres.

 

El “remedio” argüido con Mi Familia Progresa (“dar pescados, no enseñar a pescar”) ha devenido, así, en insulto a la inteligencia de cualquiera medianamente alfabetizado.

 

Sus bruscos cambios en la jerarquía militar, y en la de su propia seguridad personal, han puesto de manifiesto lo insuficiente del temple de su carácter para tomar decisiones bien pensadas.

 

Y todo esto, lo que se desprende de tan sólo su primer año de gestión…

 

¿Zozobrará en los tres que le quedan de mandato ésta nuestra barquita chapina, zarandeada por los vientos de quiebras económicas a nivel mundial y de terrorismos internacionalmente organizados?…

 

 

Preguntas a un periodista europeo

Por: Armando de la Torre

 

Callaron los cañones, el polvo se asienta, y la algarabía a su alrededor aumenta unos cuantos decibeles más en la prensa sesgada de Europa.

 

Tengo una reiterada experiencia personal que creo ser la de muchos otros: nadie puede ser mejor juez en asuntos propios que uno mismo.

 

Tengo amigos que ahora condenan a Israel con la vehemencia con la que jamás han condenado los ataques terroristas de las facciones palestinas. Tengo también otros que se recogen en un silencio herido por tamaña incomprensión.

 

Preguntas al amigo: si a ti , hombre pacífico, te hubiesen estallado cohetazos en el techo de tu casa, ¿cómo habrías respondido a la agresión? Pues sobre el sur de Israel han llovido millares por ocho años, después que los israelíes han evacuado Gaza bajo la promesa de que a cambio tales ataques cesarían.

 

Y si un grupo armado hasta los dientes declara que no descansará hasta haberte exterminado de la faz de la tierra, ¿te retirarías a llorar a solas tu desventura entre las colchas de tu cama? Pues así han sido y son, las declaraciones reiteradas de Hamás, Hézbollah e Irán, -bien pertrechados por su parte de petrodólares- contra Israel.

 

Y si se te enfrentan energúmenos que te ordenan, armas en mano, a que trates a tu esposa y a tus hijas en un Estado islámico como ellos tratan a las suyas, “vientres de reproducción de guerreros”, ¿acatarías sin defenderte tanta intromisión en tu vida íntima y tal desprecio para las mujeres que te son queridas?   Pues es eso, precisamente, lo que figura por escrito entre los postulados beligerantes del Hamás.

 

Y si quienes profieren tales alaridos ya han probado su determinación con anterioridad haciendo saltar por los aires autobuses escolares como los que transportan a tus hijos con los niños dentro, ¿te quedarás inmóvil cuando tomen a los suyos propios por escudos en tu contra? Pues desde escuelas, hospitales y mezquitas, parapetados tras multitudes de mujeres, ancianos y niños, han disparado miles de veces contra las mujeres, los ancianos y los niños de Israel.

 

Si cumples como buen demócrata con todas tus obligaciones cívicas y eres condenado a muerte por matones fanáticos que se rehúsan a aceptar voluntad mayoritaria alguna sino tan sólo la del cabecilla que los comanda, ¿aceptarías que espectadores lejanos e indiferentes a tus cuitas  te igualen moralmente a ellos? En Israel un millón de árabes musulmanes son ciudadanos con todos los derechos debidos, incluido, por supuesto, el activo de votar pacífica y secretamente y el pasivo a  ser votados  miembros del Parlamento, como lo han sido 16 de ellos. En Gaza no hay judíos, no hay cristianos, y los musulmanes se matan recíproc





amente entre sus dos facciones dominantes.

 

Si eres miembro de un grupo pequeño y te ves amenazado por una horda mucho mayor, -¡a la enésima potencia!-, ¿te abstendrías de tomar iniciativas  preventivas? Israel es patria de seis millones de judíos, restrictos por espacios inmensos que lo circundan y que son “patria” para 400 millones de musulmanes. De ahí que todos sepamos que los terroristas pueden perder guerra tras guerra, pero que a Israel le basta con perder sólo una para desaparecer del todo del mapa.

 

Si, encima, eres sobreviviente de una “solución final” absolutamente sin precedentes, ¿estarías dispuesto a jugar con la posibilidad de una segunda para los que lograron escapar a la primera? Un tercio del judaísmo mundial -incluidos un millón de niños- fue aniquilado en Europa; otro tercero sobrevivió para hacer del desierto un jardín en Israel.

 

¿Aceptarías ecuánime que quienes fueron tan indiferentes a tanto dolor tuyo “mediaran” hoy en tu contra?…

 

Independiente de todo ello, creo disponer de la solución perfecta: que la franja de Gaza sea anexada a Egipto y la ribera occidental a Jordania (bajo garantías estrictas para el medio millón de israelíes asentados en ella).

 

Veríamos entonces hasta donde llega la voluntad de acogida entre hermanos musulmanes…

 

 

El engaño

Por: Armando de la Torre

 

¿Cómo pudo Fidel Castro llegar a un poder dictatorial primero, totalitario después, y retenerlo por medio siglo?

 

Entró triunfante en La Habana en enero de 1959 rodeado de la adulación de las masas. Joven apuesto y en extremo inteligente, simpático además (“… ¿Voy bien, Camilo?”), y que había obligado a retirarse a un gobernante impopular, encarnó por un momento todas las aspiraciones políticas de la floreciente clase media.

 

Pero la mentira estaba al acecho. “No he venido a sustituir un despotismo por otro, sino a aplicar el mensaje social del Evangelio”, creyeron oír jóvenes adoradores y madres. Es más, su “desinterés” se les hizo más evidente cuando al inicio renunció integrarse al gobierno de sus secuaces. Además, para escarmiento de muchos se estrenó con fusilamientos en masa y juicios “populares de circo romano” -como lo calificó una de sus víctimas-, sin ningún debido proceso. “No hace falta”, exclamó el Presidente designado a dedo por él, nada menos que un antiguo magistrado del Tribunal Supremo, “¡porque la revolución es fuente de derechos!”

 

Todo el que pareciera sugerir que aquella marea cívica más que política parecía derivar  hacia una dictadura de corte comunista era, tachado automáticamente de “contrarrevolucionario”. Con ese pretexto liquidó en pocos meses la libertad de expresión radial, escrita y televisada. Y para dejar las cosas claras y en su lugar, a uno de sus lugartenientes más cercanos, Hub





er Matos, lo denunció públicamente ¡y le impuso treinta años de cárcel por habérselo insinuado por carta en privado!

 

En abril de 1961 declaró que él era, y siempre había sido (otra mentira), “comunista”.

 

Cuba debía sus avances a dos factores primordiales: a la enorme inmigración española del primer tercio del siglo XX, y a su cercanía geográfica a la primera potencia tecnológica del mundo: los Estados Unidos. Contra ambos se volvió, incluídos sus medio hermanos por el primer matrimonio de su padre (español) y que les había heredado millones de dólares.

 

El “niño bonito” de los jesuitas les confiscó sus colegios y el de los hermanos De La Salle en el que había cursado su primaria. Condenó al Arzobispo de Santiago de Cuba, Pérez Serantes, que había intercedido con éxito siete años antes para que no fuera él ejecutado por las fuerzas de Batista, luego del fracasado asalto al cuartel Moncada, y expulsó a todas las órdenes religiosas enseñantes. Pasó por las armas al jefe de su guardia personal, Morgan, al que infligió la innominia final de ni siquiera permitirle despedirse por teléfono de su madre, lo mismo que habría de hacer más tarde con su “héroe” de África, que ya le hacía sombra, Arnaldo Ochoa. Cuando al “Ché” Guevara (no menos asesino) lo consideró inservible, lo abandonó a su suerte en Bolivia. Como Stalin, como Hitler, su inmenso ego no reconoce otro junto al propio…

 

¿Por qué se ha mantenido tanto tiempo? Por dos razones: por su astuta elección hacia el exterior de una postura antiyanqui -rara entre los cubanos-, que le valió el apoyo reflejo de todos los resentidos del mundo (a la vanguardia, los políticos del PRI mexicano) y por la supresión hacia el interior del derecho a la propiedad. Pues los esclavos no se rebelan. ¿Con qué lo podrían hacer…?

 

He tenido la impresión de que el caso cubano es incomprendido por la mayoría de nuestros “hermanos” (?) iberoamericanos. Pero esa actitud, a su turno, la comprendo: ninguno ha pasado por esa experiencia.

 

La índole de esta variante totalitaria del despotismo, inédita hasta el siglo XX, tampoco fue comprendida por la mayoría de los europeos que vivían de este lado del muro. Todavía hoy quedan ingenuos que lo conceptúan como uno más entre muchos. Evidentemente no han leído a Hannah Arendt…

 

A propósito, el antisemitismo que ella juzga componente vital del totalitarismo ya asoma su fea cabeza en Venezuela y Bolivia.

 

En Cuba, no. Ya no quedan judíos, ni se retiene contacto alguno con Israel.