La vertiente moral de la crisis financiera

Mucho, y bien, se ha argumentado contra las indebidas intromisiones de los gobiernos en los mercados, que sirvieron de detonantes para el terremoto financiero internacional con epicentro en Washington D.C. y réplicas en Wall Street.

 

            Quiero aportar una reflexión adicional sobre la evidente irresponsabilidad de algunos gerentes a la raíz de todo ello.

 

            Parto del supuesto que nos ha inculcado con terrible eficacia una dolorosa experiencia de milenios, de que si cada uno no se autoregula libremente por normas éticas mínimas, algún otro se encargará de hacerlo por nosotros con normas legales, esto es, coactivas, y, además, indeseables.

 

            Porque la libertad para actuar jamás ha sido, ni puede ser, absoluta. Cada individuo habrá de internalizar esos obvios límites imprescindibles a su propia conducta requeridos para su convivencia con los demás. Como reza la fórmula tajante: mi libertad termina donde empieza la del otro.

 

            Por ello, para el funcionamiento de un mercado de veras libre sobresalen dos prohibiciones éticas que los moralistas nos han hecho explícitas: de nunca recurrir a la fuerza (o a la amenaza de usarla), ni de tampoco valernos del engaño, en nuestros intercambios voluntarios.

 

            Son normas supremas, “sine quibus non”, para gerentes y dueños, o accionistas, de las corporaciones, que al mismo tiempo han de procurar mantener rentables sus empresas.

 

            La relativa independencia de los gerentes de hoy es cauda de una evolución histórica del mercado, que ha llevado crecientemente a que a la hora de decidir se erijan ellos mismos sustitutos de los propietarios de los medios de producción.

 

            Cuando la gerencia de la ENRON, por ejemplo, alentó a sus empleados a comprar acciones de la empresa al tiempo que ellos, en sigilo, vendían las suyas porque tenían acceso privilegiado a información sobre lo crítico de la situación contable de su corporación, abusaron masiva e irresponsablemente de la propiedad, y por consiguiente de la libertad, de sus propios empleados.

 

            O cuando el gobierno federal de los EE.UU. manipuló las tasas de interés hacia abajo, para crear artificialmente una demanda irreal del crédito, en especial para viviendas, los gerentes de los gigantes hipotecarios Freddie Mac (1970) y Fannie Mae (1938) paraestatales cayeron de bruces en la tentación de respaldar incluso los préstamos de demasiado riesgo (“sub prime”), para compensar así con un mayor volumen de préstamos sus disminuidos réditos, todo en base a la expectativa adicional de un seguro rescate en caso de bancarrota por parte de quien dispone del monopolio legal de la fuerza, el gobierno.

 

            Otro tanto ocurrió cuando los gerentes de grandes y famosas firmas de Wall Street se recetaron cuantiosas bonificaciones, al paso que sus empresas tambaleaban. 

 

El grave dilema moral en juego es que el Estado no dispone de otros fondos para rescatarlos que los que ha previamente extraído a la fuerza a sus ciudadanos, la mayoría ni parte, ni debería hacérseles parte, del fracaso gerencial.

 

Todo rescate es mercantilismo cortoplacista de la más pura cepa, a la que, por desgracia, se muestran proclives ciertos gerentes y empresarios tanto del agro como de la industria y de la banca, que rehúsan competir bajo reglas iguales para todos.

 

En teología moral se habla del imperativo de evitar las ocasiones de pecado. Si el engaño y el recurso a la fuerza los conceptuamos de pecaminosos -o, para el incrédulo, al menos de inmorales- se sigue que cualquier manifestación de mercantilismo es siempre éticamente reprobable.

 

Al origen, por tanto, de una crisis que aparenta ser cuestión de técnicas financieras, se ha manifestado, por encima de todo, una debilidad de criterio moral en los gerentes, de lo que las Escuelas de Negocios y facultades de Administración de Empresas que los educan deberían tomar atenta nota.

 

El fin jamás justifica los medios. La codicia no es virtud; la prudencia, sí.

La vertiente moral de la crisis financiera

Mucho, y bien, se ha argumentado contra las indebidas intromisiones de los gobiernos en los mercados, que sirvieron de detonantes para el terremoto financiero internacional con epicentro en Washington D.C. y réplicas en Wall Street.

 

            Quiero aportar una reflexión adicional sobre la evidente irresponsabilidad de algunos gerentes a la raíz de todo ello.

 

            Parto del supuesto que nos ha inculcado con terrible eficacia una dolorosa experiencia de milenios, de que si cada uno no se autoregula libremente por normas éticas mínimas, algún otro se encargará de hacerlo por nosotros con normas legales, esto es, coactivas, y, además, indeseables.

 

            Porque la libertad para actuar jamás ha sido, ni puede ser, absoluta. Cada individuo habrá de internalizar esos obvios límites imprescindibles a su propia conducta requeridos para su convivencia con los demás. Como reza la fórmula tajante: mi libertad termina donde empieza la del otro.

 

            Por ello, para el funcionamiento de un mercado de veras libre sobresalen dos prohibiciones éticas que los moralistas nos han hecho explícitas: de nunca recurrir a la fuerza (o a la amenaza de usarla), ni de tampoco valernos del engaño, en nuestros intercambios voluntarios.

 

            Son normas supremas, “sine quibus non”, para gerentes y dueños, o accionistas, de las corporaciones, que al mismo tiempo han de procurar mantener rentables sus empresas.

 

            La relativa independencia de los gerentes de hoy es cauda de una evolución histórica del mercado, que ha llevado crecientemente a que a la hora de decidir se erijan ellos mismos sustitutos de los propietarios de los medios de producción.

 

            Cuando la gerencia de la ENRON, por ejemplo, alentó a sus empleados a comprar acciones de la empresa al tiempo que ellos, en sigilo, vendían las suyas porque tenían acceso privilegiado a información sobre lo crítico de la situación contable de su corporación, abusaron masiva e irresponsablemente de la propiedad, y por consiguiente de la libertad, de sus propios empleados.

 

            O cuando el gobierno federal de los EE.UU. manipuló las tasas de interés hacia abajo, para crear artificialmente una demanda irreal del crédito, en especial para viviendas, los gerentes de los gigantes hipotecarios Freddie Mac (1970) y Fannie Mae (1938) paraestatales cayeron de bruces en la tentación de respaldar incluso los préstamos de demasiado riesgo (“sub prime”), para compensar así con un mayor volumen de préstamos sus disminuidos réditos, todo en base a la expectativa adicional de un seguro rescate en caso de bancarrota por parte de quien dispone del monopolio legal de la fuerza, el gobierno.

 

            Otro tanto ocurrió cuando los gerentes de grandes y famosas firmas de Wall Street se recetaron cuantiosas bonificaciones, al paso que sus empresas tambaleaban. 

 

El grave dilema moral en juego es que el Estado no dispone de otros fondos para rescatarlos que los que ha previamente extraído a la fuerza a sus ciudadanos, la mayoría ni parte, ni debería hacérseles parte, del fracaso gerencial.

 

Todo rescate es mercantilismo cortoplacista de la más pura cepa, a la que, por desgracia, se muestran proclives ciertos gerentes y empresarios tanto del agro como de la industria y de la banca, que rehúsan competir bajo reglas iguales para todos.

 

En teología moral se habla del imperativo de evitar las ocasiones de pecado. Si el engaño y el recurso a la fuerza los conceptuamos de pecaminosos -o, para el incrédulo, al menos de inmorales- se sigue que cualquier manifestación de mercantilismo es siempre éticamente reprobable.

 

Al origen, por tanto, de una crisis que aparenta ser cuestión de técnicas financieras, se ha manifestado, por encima de todo, una debilidad de criterio moral en los gerentes, de lo que las Escuelas de Negocios y facultades de Administración de Empresas que los educan deberían tomar atenta nota.

 

El fin jamás justifica los medios. La codicia no es virtud; la prudencia, sí.

La vertiente moral de la crisis financiera

 

 

Mucho, y bien, se ha argumentado contra las indebidas intromisiones de los gobiernos en los mercados, que sirvieron de detonantes para el terremoto financiero internacional con epicentro en Washington D.C. y réplicas en Wall Street.

 

            Quiero aportar una reflexión adicional sobre la evidente irresponsabilidad de algunos gerentes a la raíz de todo ello.

 

            Parto del supuesto que nos ha inculcado con terrible eficacia una dolorosa experiencia de milenios, de que si cada uno no se autoregula libremente por normas éticas mínimas, algún otro se encargará de hacerlo por nosotros con normas legales, esto es, coactivas, y, además, indeseables.

 

            Porque la libertad para actuar jamás ha sido, ni puede ser, absoluta. Cada individuo habrá de internalizar esos obvios límites imprescindibles a su propia conducta requeridos para su convivencia con los demás. Como reza la fórmula tajante: mi libertad termina donde empieza la del otro.

 

            Por ello, para el funcionamiento de un mercado de veras libre sobresalen dos prohibiciones éticas que los moralistas nos han hecho explícitas: de nunca recurrir a la fuerza (o a la amenaza de usarla), ni de tampoco valernos del engaño, en nuestros intercambios voluntarios.

 

            Son normas supremas, “sine quibus non”, para gerentes y dueños, o accionistas, de las corporaciones, que al mismo tiempo han de procurar mantener rentables sus empresas.

 

            La relativa independencia de los gerentes de hoy es cauda de una evolución histórica del mercado, que ha llevado crecientemente a que a la hora de decidir se erijan ellos mismos sustitutos de los propietarios de los medios de producción.

 

            Cuando la gerencia de la ENRON, por ejemplo, alentó a sus empleados a comprar acciones de la empresa al tiempo que ellos, en sigilo, vendían las suyas porque tenían acceso privilegiado a información sobre lo crítico de la situación contable de su corporación, abusaron masiva e irresponsablemente de la propiedad, y por consiguiente de la libertad, de sus propios empleados.

 

            O cuando el gobierno federal de los EE.UU. manipuló las tasas de interés hacia abajo, para crear artificialmente una demanda irreal del crédito, en especial para viviendas, los gerentes de los gigantes hipotecarios Freddie Mac (1970) y Fannie Mae (1938) paraestatales cayeron de bruces en la tentación de respaldar incluso los préstamos de demasiado riesgo (“sub prime”), para compensar así con un mayor volumen de préstamos sus disminuidos réditos, todo en base a la expectativa adicional de un seguro rescate en caso de bancarrota por parte de quien dispone del monopolio legal de la fuerza, el gobierno.

 

            Otro tanto ocurrió cuando los gerentes de grandes y famosas firmas de Wall Street se recetaron cuantiosas bonificaciones, al paso que sus empresas tambaleaban. 

 

El grave dilema moral en juego es que el Estado no dispone de otros fondos para rescatarlos que los que ha previamente extraído a la fuerza a sus ciudadanos, la mayoría ni parte, ni debería hacérseles parte, del fracaso gerencial.

 

Todo rescate es mercantilismo cortoplacista de la más pura cepa, a la que, por desgracia, se muestran proclives ciertos gerentes y empresarios tanto del agro como de la industria y de la banca, que rehúsan competir bajo reglas iguales para todos.

 

En teología moral se habla del imperativo de evitar las ocasiones de pecado. Si el engaño y el recurso a la fuerza los conceptuamos de pecaminosos -o, para el incrédulo, al menos de inmorales- se sigue que cualquier manifestación de mercantilismo es siempre éticamente reprobable.

 

Al origen, por tanto, de una crisis que aparenta ser cuestión de técnicas financieras, se ha manifestado, por encima de todo, una debilidad de criterio moral en los gerentes, de lo que las Escuelas de Negocios y facultades de Administración de Empresas que los educan deberían tomar atenta nota.

 

El fin jamás justifica los medios. La codicia no es virtud; la prudencia, sí.

Mementos

 

Por: Armando de la Torre

            Este final del año me ha sido rico en despedidas tristes. Marisa Fontes, Irina Darlée, Francisco Bianchi y Antonio Pallarés me dejaron sendos vacíos que ninguno podrá llenar en su mismo estilo.

            Marisa fue la alegre y entusiasta pionera brasileña del empuje empresarial para proteger y mejorar nuestro medio ambiente y al mismo tiempo elevar el nivel de vida de nuestra población campesina.

            Irina Darlée, por su parte, nos será siempre inolvidable por su magnífico aporte de palabra y por escrito a una creciente refinaada vida cultural en Guatemala.

            Francisco Bianchi, “el caballero sin miedo y sin tacha”, nos edificará por todo el tiempo que nos quede de vida con su fe integérrima en Dios y el traslado que supo hacer de sus habilidades publicistas a la predicación del Reino.

            Antonio Pallarés, el último en dejarnos, nos ha legado un ejemplo extraordinario de la joie de vivre al servicio de la república, que le hubo de alargar paradójicamente su agonía, pues contra toda expectativa médica se aferró a este mundo por cuatro años más de lo esperado, a su usual manera intensa.

            En mi experiencia personal, pocas veces me había tropezado con un ramillete de tales personalidades que se despidieran para siempre con el fin del año.

            Guatemala se ha quedado más pobre por sus ausencias, que también nos dejan entrever empero esa pujanza de la vida del espíritu dispersa por todo este país y que para muchos permanece desapercibida. Su fecundidad ahora tan notoria al separarse de nosotros nos es precisamente garantía de futuras riquezas humanas.

            No me canso de repetir allende de nuestras fronteras que este pueblo pequeño en número pero gigante en talentos, unos nacidos en su suelo, otros llegados por el magnetismo que a la distancia ejercen sus hijos más preclaros, se encamina a dejar una huella profunda en los anales de la civilización globalizada.

            También ratifican sus variados rumbos que la vida en libertad es polícroma y que únicamente la muerte sin otra opción la uniforma.

            Tales ejemplos extraordinarios de la creatividad humana nos recuerdan las veces, demasiado frecuentes, que los árboles no nos han dejado ver el bosque, y que nos perdimos en nuestros minúsculos afanes diarios sin prestar atención a la catarata imponente de genios y bellezas que fluyen, en lo eterno profundo, a nuestro derredor.

            Quizás porque de todas maneras no sabríamos mostrárnosles agradecidos.

            Por eso creo que lo individual, no lo colectivo, es siempre de exaltar. Pues todo lo original dimana de lo uno, no de lo que se amontona. La experiencia personal se tiene a solas,  nadie la puede gozar o sufrir por otro. La chispa sólo salta de la persona, jamás desde un mero agregado. Y sólo sobre tal supuesto se puede llegar a comprender la entrega, la reciprocidad, la comunión, la ternura, en una palabra, el amor.

            El calendario universal cierra en el Occidente cada periplo anual con el eco de las campanas de Belén. No puedo imaginar un final más feliz para el monótono conteo de los días y los meses. Una peculiaridad que el cristianismo ha prestado a los pueblos que a él se han vuelto.

            En esta nota de recogida alegría y de nostalgia amistosa, quiero desear a todos un año de renovada fe en Dios y en las potencialidades inauditas de la raza de los hechos “a su imagen y semejanza”.

            Para los que nos han precedido en la partida y nos han obsequiado la esperanza consolidada de que a su riqueza de ayer podremos siempre añadir la de mañana, pues un mismo Dios nos fecundó ayer y nos fertilizará mañana, les deseo, según la fórmula de Unamuno, que hayan sido recibidos en el seno del Padre, “misterioso hogar”, pues a él han llegado “deshechos de tanto bregar”.

            Las crisis que a los que todavía sobrevivimos nos restan peldaños inevitables, que se nos ofrezcan de otros tantos peldaños para ascender hasta El.

            Y que podamos un día abrazarnos de nuevo, amigos los idos y los que aguardan sus turnos, para disfrutar juntos una herencia que se nos ha prometido a cada uno por separado.

            Marisa, Irina, Paco, Tono, en el entretanto, gracias.