Testimonio

 

 

¿Desde cuándo tus ojos risueños no iluminan los bazares? ¿Por qué no inundas el aire en las mañanas con el limpio de tu pelo? ¿Dónde te escondes, mujer afgana, que no te veo? Te he buscado en las fiestas y en los bailes, en los campos de siembra, en las escuelas, en los jardines, las ferias y los juegos.  Te he buscado hasta cansarme y poder afirmar con vergonzosa certeza que eres la gran ausente de la ecuación de cotidiana. Dicen que eres esa que como fantasma sin rostro se desliza discreta en su anonimato, pero me resisto a aceptar que una cárcel de algodón pueda arrancarte tan a destajo de la vida.

 

No se suele festejar tu nacimiento, y no siempre se te invita a celebrar tu propia boda.  Tu pureza no es barata, pero aquel que pague tendrá derecho a ella de por vida.  Te sentirás morir en el aterrador momento de la primera noche con un desconocido, extirpada de tu casa sin viaje de regreso.  Vivirás tu condena cotidiana acumulando odios y rencores. Y al fin, cuando seas vieja y amargada, tomarás venganza con tus hijas y las hijas de tus hijos.  Serás cómplice de un nuevo agravio, perpetuando tradiciones y asfixiando espíritus. Igual que hicieron contigo, harás pagar bien caro la osadía de nacer hembra a las que te siguen en el calendario.   

 

Para el que como yo no te ve, no te oye, no te escucha ni te siente, hablar de ti es más difícil que describir el mundo cuando tú no estás. Geopolíticos y geo estrategas te arrinconan cuando analizan porqués y cómos de tu país hecho añicos,  pero a esta mujer que soy yo y que tan poco sabe de ti, le parece más que obvio.  ¿Acaso puede el hombre aspirar siquiera a imitar los regalos de la naturaleza para con la mujer?  ¿No es acaso obvio que todo sea más feo, más sucio, injusto y violento al arrinconar esa tu fuerza mágica que no se agota nunca para cuidar y proteger? ¿Me sorprendo acaso ante tanta tumba, tanta ruina, tanto destrozo, sabiendo que nadie aquí conjura tus secretos poderes para conservar y perpetuar?  ¿No será que faltando tu arrullo y tu calor, se han perdido tu padre, tu hermano y tu marido en su ardiente naturaleza de conquista? ¿Quién sino tú tiene el resto de ingredientes para poner fin a la barbarie?

 

Heredamos de aquellos que vivieron mucho antes que nosotros las leyes del balance y el equilibrio, a las que nadie en el universo escapa.  Sistemáticamente nos engrandecemos y tramamos leyes, religiones y costumbres a sus espaldas, olvidando que lo bueno, lo justo y lo bello se construyen a golpe de delicada fusión de contrarios, que no son sino complementarios disfrazados.  Por fortuna, son pasajeros estos humanos intentos de nadar contra natura. Eso me deja ver una grieta, un resquicio, una esperanza.

 

María Pascual 

Afganistan, 4 de febrero 2009