La obsesión legisladora

Por: Armando de la Torre

Desde un estricto punto de vista ético y social, después del Poder Judicial el Legislativo es el más importante, pues su actividad deviene fuente de derecho, como nos lo deberían ser también el orden de la naturaleza y la costumbre inveterada.       

Entiendo aquí por “Derecho” toda delimitación a lo que los hombres individual o colectivamente tienen la libertad de hacer y de no hacer sin incurrir por ello en una condena, un castigo o cualquier empleo de la fuerza en su contra.   

En este sentido, se podría decir que la legislación es un “proceso” permanente para poner al día la recíproca conciliación de sus legítimos intereses, a menudo incompatibles.  
Pero en el decurso de los siglos, cierta tendencia autoritaria suele emerger entre los gobernantes que se traduce en una obsesión por legislar y controlar la libre conducta de los demás.
Esta, a su vez, se contrapone a otra no menos lamentable y obvia en demasiados sujetos a su jurisdicción: la de desplazar las responsabilidades individuales propias del control de sí mismos hacia algún otro. El psicólogo Eric Fromm lo atribuyó a un vago “miedo a la libertad”. Semejante debilidad de carácter se ha constituído, de hecho, en la permanente invitación a la tiranía por unos pocos o por los muchos.

Hoy nos encontramos sobrelegislados en gran medida por culpa de esa minoría de quienes no quieren, o no se atreven, a gobernarse sin el acicate de la coacción por un amo o, lo que es lo mismo, a atreverse a conducir sus vidas con plena autonomía del resto de la sociedad.
Se añaden los pordioseros, los viciosos, los vagos, los delincuentes, los apáticos, los cobardes, los mentirosos, los desertores de la paternidad, todos los irresponsables, en fin -que son creciente legión en las urbes de hoy-, que coadyuvan a la opresión de los inocentes, sin caer en la cuenta, al exceso de gobierno y la excusa ideal para los maniáticos del uso de la coacción.
Y así, ese dicho popular de que “justos pagan por pecadores” resulta también aplicable  al ámbito legislativo.

A ellos habríamos principalmente de enderezar nuestras exhortaciones a que tomen las riendas de su destino en sus manos, así como nuestros esfuerzos educativos para que se hagan más capaces de sobrevivir sin ayudas, pues está más que comprobado que el peso relativo de su número ha significado en demasiadas ocasiones la diferencia decisiva para escoger gobernantes.   
El criterio fundamental para ello, la historia elocuentemente lo confirma, ha de ser el de la presencia o ausencia de propiedades o activos personales. Porque quienes no tienen nada que perder  lo tienen todo para arriesgar, y así se tornan en fáciles instrumentos de los proclives al abuso de lo ajeno.

Sobre esta verdad Hayek arguye el progresivo desencanto con la democracia mayoritaria, en el tercer volumen de su trilogía “Derecho, Legislación y Libertad”. A su juicio, el poder ilimitado de legislar es la raíz universal de esa insatisfacción.
Porque se legisla sin límites a diestra y siniestra y con dedicatoria, en favor de grupos de presión constituídos por “buscadores de rentas” que no las merecen. La “ley”, como lo expuso Federico Bastiat hace más de un siglo, ha devenido en la herramienta legal para que los unos expolien a los otros. Y dejó de tomársele y de respetársele como norma abstracta de conducta justa…
Hemos de regresar a esta última acepción, la genuina.

Para ello se ha de recortar la autoridad ilimitada de legislar. El logro más serio al respecto se ha evidenciado en los sistemas federales de gobierno (Suiza, los EE.UU., Alemania, la España de hoy, la India, etc.), estructurados en dos cámaras legislativas con funciones, y sus parlamentarios electos, por períodos diversos. La facultad de legislar así no se concentra en unas mismas manos y se abre espacio, además, a un auténtico régimen de pesos y contrapesos.

Este punto importantísimo está incluído en el proyecto de reforma parcial de la Constitución vigente que promueve el comité cívico ProReforma (www.proreforma.org.gt).
(Continuará)

La obsesión legisladora

 

Desde un estricto punto de vista ético y social, después
del Poder Judicial el Legislativo es el más importante, pues su
actividad deviene fuente de derecho, como nos lo deberían ser también
el orden de la naturaleza y la costumbre inveterada.

 
Entiendo aquí por “Derecho” toda delimitación a lo que los
hombres individual o colectivamente tienen la libertad de hacer y de
no hacer sin incurrir por ello en una condena, un castigo o cualquier
empleo de la fuerza en su contra.

 
En este sentido, se podría decir que la legislación es un
“proceso” permanente para poner al día la recíproca conciliación de
sus legítimos intereses, a menudo incompatibles.

 
Pero en el decurso de los siglos, cierta tendencia
autoritaria suele emerger entre los gobernantes que se traduce en una
obsesión por legislar y controlar la libre conducta de los demás.

 
Esta, a su vez, se contrapone a otra no menos lamentable y
obvia en demasiados sujetos a su jurisdicción: la de desplazar las
responsabilidades individuales propias del control de sí mismos hacia
algún otro. El psicólogo Eric Fromm lo atribuyó a un vago “miedo a la
libertad”. Semejante debilidad de carácter se ha constituído, de
hecho, en la permanente invitación a la tiranía por unos pocos o por
los muchos.

 
Hoy nos encontramos sobrelegislados en gran medida por
culpa de esa minoría de quienes no quieren, o no se atreven, a
gobernarse sin el acicate de la coacción por un amo o, lo que es lo
mismo, a atreverse a conducir sus vidas con plena autonomía del resto
de la sociedad.

Se añaden los pordioseros, los viciosos, los vagos, los delincuentes,
los apáticos, los cobardes, los mentirosos, los desertores de la
paternidad, todos los irresponsables, en fin -que son creciente legión
en las urbes de hoy-, que coadyuvan, sin caer en la cuenta, al exceso
de gobierno y la excusa ideal para los maniáticos del uso de la
coacción.

 
Y así, ese dicho popular de que “justos pagan por pecadores” resulta
también aplicable  al ámbito político.

A ellos habríamos principalmente de enderezar nuestras exhortaciones a
que tomen las riendas de su destino en sus manos, así como nuestros
esfuerzos educativos para que se hagan más capaces de sobrevivir sin
ayudas, pues está más que comprobado que el peso relativo de su número
ha significado en demasiadas ocasiones la diferencia decisiva para
escoger gobernantes.

 
El criterio fundamental para ello, la historia elocuentemente lo
confirma, ha de ser el de la presencia o ausencia de propiedades o
activos personales. Porque quienes no tienen nada que perder  lo
tienen todo para arriesgar, y así se tornan en fáciles instrumentos de
los proclives al abuso de lo ajeno.
 

Sobre esta verdad Hayek arguye el progresivo desencanto con la
democracia mayoritaria, en el tercer volumen de su trilogía “Derecho,
Legislación y Libertad”. A su juicio, el poder ilimitado de legislar
es la raíz universal de esa insatisfacción.
 
Porque se legisla sin límites y con dedicatoria, en favor de grupos de
presión constituidos por “buscadores de rentas” que no las merecen. La
“ley”, como lo expuso Federico Bastiat hace más de un siglo, ha
devenido en la herramienta legal para que los unos expolien a los
otros. Y dejó de tomársele como norma abstracta de conducta justa…
 
Hemos de regresar a esta última acepción, la genuina.
 
Para ello se ha de recortar la autoridad ilimitada de legislar. El
logro más serio al respecto se ha evidenciado en los sistemas
federales de gobierno (Suiza, los EE.UU., Alemania, la España de hoy,
la India, etc.), estructurados en dos cámaras legislativas con
funciones, y sus parlamentarios electos, por períodos diversos. La
facultad de legislar así no se concentra en unas mismas manos y se
abre espacio, además, a un auténtico régimen de pesos y contrapesos.
 
Este punto importantísimo está incluído en el proyecto de reforma
parcial de la Constitución vigente que promueve el comité cívico
ProReforma (www.proreforma.org.gt).
 
(Continuará)

El fracaso de Álvaro Colom

Por: Armando de la Torre

 

A un año de su inauguración, otro gobierno fallido, por razones muy parecidas a las de los anteriores.

 

El común denominador de todos, desde 1986, ha sido el de la improvisación.

 

En el caso de Don Alvaro me sorprende más porque se afanó tres veces en sucesivas campañas presidenciales durante las cuales alardeó de tener programa y equipo de gobierno integrados y listos.

 

No se ha evidenciado así. No porque sea mendaz; pues más bien lo creo un hombre bueno y bien intencionado, pero sí menos preparado y más débil de carácter de lo que había anticipado. Al fin y al cabo, la mera ingeniería industrial no ha preparado que yo sepa a nadie para los altos vuelos filosóficos, económicos y jurídicos que entraña la conducción de los pueblos.

 

Su insensibilidad, empero, hacia el sufrimiento de todos por los altísimos niveles de inseguridad que sufrimos -aún mayores que en los peores días de la insurgencia, mucho antes de la firma en 1996 de aquellos embustes solemnes con que nos prometieron “una paz firme y duradera”- me ha dejado de veras atónito.

 

Su desconocimiento de la importancia capital para una verdadera república de la estricta separación de poderes me asombra y desalienta. Y su indiferencia hacia la oprobiosa impunidad de toda clase de malhechores -que roza el nivel de la de los tiempos de Portillo-, ya no





s es a muchos no menos indignante.

 

El espacio que inconstitucionalmente ha dejado en la cosa pública para su esposa Sandra sólo puede atribuirse a irresponsabilidad, multiplicada hacia abajo por todo lo largo y ancho del partido de la UNE, devenido a su turno agencia de empleos para incapaces y aprovechados del erario nacional.

 

En ello destaca su descarado nepotismo hacia clanes de allegados, los Torres Casanova y los Fuentes Mohr, por ejemplo.

 

Sus reacciones hepáticas ante críticas sensatas hasta me han hecho dudar de sus convicciones democráticas, y sus presentaciones orales ante el público -incluido ante el Congreso- se han descubierto, tristemente, impulsivas, superficiales y caóticas.

 

Todo ello lo intenta disfrazar con el más deleznable de los recursos políticos: la demagogia, incluso a través de una propaganda oficial que a ratos raya en un cierto culto infantil a su personalidad. Lo cual, sea dicho de paso, transparenta no menos lo tenue y frágil de su comprensión del mercado y lo corto de su visión, para rematar.

 

Su pacto con Joviel Acevedo, que se tradujo en el aniquilamiento de PRONADE, y el exponerse a dejar semiparalítico por falta de fondos al Ministerio de Relaciones Exteriores son imperdonables, lo mismo que sus coqueteos con otro gran charlatán fracasado, Hugo Chávez.

 

Su Vicepresidente, cirujano de nota escogido por él, no por su partido, evidencia a cada rato su muy escasa familiaridad con las realidades del país del que estuvo ausente por décadas.

 

En su gabinete también figuran hombres probos y capaces pero que no parecen llevar la voz cantante. Su Ministro de Finanzas, persona decente, no reconoce otro horizonte que el de la burocracia internacional a la que ha pertenecido por años, y ha terminado por descargar con ligereza sobre los hombros del pueblo, y en plena crisis financiera internacional, un aumento descomunal a un presupuesto de por sí deficitario que, naturalmente, habrá de empobrecer aún más a los más pobres.

 

El “remedio” argüido con Mi Familia Progresa (“dar pescados, no enseñar a pescar”) ha devenido, así, en insulto a la inteligencia de cualquiera medianamente alfabetizado.

 

Sus bruscos cambios en la jerarquía militar, y en la de su propia seguridad personal, han puesto de manifiesto lo insuficiente del temple de su carácter para tomar decisiones bien pensadas.

 

Y todo esto, lo que se desprende de tan sólo su primer año de gestión…

 

¿Zozobrará en los tres que le quedan de mandato ésta nuestra barquita chapina, zarandeada por los vientos de quiebras económicas a nivel mundial y de terrorismos internacionalmente organizados?…

 

 

La fuerza aun nos seduce: àxñb!c#-

 

Por: Armando de la Torre

 

La frase “la fuerza seduce” podría ser vista como una contradicción en sí misma. Porque el uso de la fuerza connota la ausencia de consentimiento por parte del forzado. Y la seducción, en cambio, es el libre y placentero asentimiento del seducible.

 

Así, empero, de paradójico resulta nuestro comportamiento.

 

Por eso hay quienes insisten en que “el poder es el mayor de los afrodisíacos”.

 

El hecho ha sido que los hombres justificamos cada recurso a la fuerza bruta con la presunta superioridad de nuestras metas. Esa ha sido, de paso, extendida para incluir la violencia verbal. Lo que podría constituir una vía para explicarnos la violencia intrafamiliar de hoy, la delincuencia de las maras, y aun de toda clase de atropellos que nos infringimos los “civilizados” mutuamente. Por no mencionar las guerras de agresión a mayor escala, que con tanto bombo y platillos festejamos cuando somos los agresores triunfantes, que escribirán la historia, y no los agredidos silenciados en su derrota.

 

Los psicoanalistas, incluso, digresan sobre el masoquismo (desde las premisas de Freud y Adler), y aun del miedo a la libertad (Fromm), entre aquellos que juzgamos disfuncionales o inadaptados.

 

Nos lo amplía enterarnos del morboso deleite de los espectadores romanos ante los combates entre gladiadores “primitivos”, como es el nuestro por las peleas de boxeo, las corridas de toros, o las fantasías de sangre que nos sirve Hollywood a diario y a toda hora.

 

Nos lo sugiere aquella estupefaciente confianza que depositaban ciertos “ilu stres” del siglo XVIII (Voltaire, Condorcet) en “los déspotas” de su tiempo, a condición de ser también ellos “ilustrados”.

 

Sin tanta sutileza, nos lo hacen evidente las mayorías que pasan por alto los efectos nefastos de los intervencionismos de las bancas centrales en los órdenes espontáneos del dinero y del crédito, y que claman, como por un automatismo reflejo, más de lo mismo con cada ciclo económico. Y que cuando, encima, se entenebrece el horizonte crediticio por esas medidas regulatorias adicionales, aplauden, y exigen nuevas, a dictar por gobiernos que ya habían frenado la creación de la riqueza y la generación de empleos.

 

La lógica consecuencia de una visión de corto plazo por demás raquítica.

 

Queda claro, entonces, que el uso de la fuerza aún nos seduce, tras siglos de exhortaciones a la paz por Cristo, Buda, o hasta por nuestro contemporáneo, el Mahatma Gandhi, sin contar innumerables declaraciones universales y locales en pro del respeto a los “derechos” humanos.

 

Se entiende que resbalemos ante las tentaciones del abuso de la fuerza cuando, además, se las legitima en pos de una acelerada satisfacción de nuestras ambiciones. Llegados a tal punto, olvidamos que nuestro peor enemigo, por eso, lo somos nosotros mismos.

 

En la actual coyuntura se hace más sencillo discernir quienes padecen de flojedad de nervios ante el dilema del recurso o al poder coactivo o a la libertad de iniciativa. Héroes y heroínas de pronto se nos vuelven gigantes de pies de barro, tan urgidos de la asistencia de un padre protector como las masas que les siguen.

 

A ese nivel se podría rebajar ahora a Angela Merkel, en Alemania, y a Nicolás Sarkozy, en Francia. Igual que a los dos candidatos a la presidencia de los EE.UU. del proceso electoral que está a punto de finalizar.

 

Algunos miopes incurables aluden al último ganador del Premio Nobel, Paul Krugman -un nostálgico del “New Deal”-, o a otro igualmente galardonado, Joseph Stiglitz, el más rabioso de los neo-keynesianos, en abono del estatismo reforzado.

Ilusos todos.

 

La realidad no puede ser alterada por los prejuicios de un momento. Ciego que guía a otro ciego -cito del Evangelio-, terminarán ambos por caer en el pozo.

 

Lo que me trae al no menos sabio dicho de Pascal: “El esfuerzo mental por aclararse las ideas es el fundamento de la vida moral” (que quiere decir, de un carácter disciplinado y eficaz).