La pausa del adviento

 

Por: Armando de la Torre

De nuevo una pausa en tanto ajetreo diario, como año tras año…

 

Tiempo bienvenido para pensar a solas al más largo de los plazos, y dejar de lado lo profano que más nos urge y apremia.

 

Las semanas de adviento deberían ser la invitación favorita para los pensadores. Nos confrontan con las postrimerías -las personales y las de la entera raza- que los griegos llamaban “ésjata”, “las cosas últimas”.

 

La liturgia coloca este ciclo inmediatamente antes del de la Navidad. Y por una precisa ocasión “sobrenatural”: anunciarnos el regreso del Dios que se encarnó bajo la figura del Hijo del Hombre, el Eterno misterioso que ya se había introducido una vez en nuestras coordenadas de tiempo y espacio, el Infinito que desde entonces rebalsa todo lo finito.

 

No por razones “científicas”, sólo proféticas.

Ahora se nos repite que descifrar el genoma humano acabó con esa incógnita que hasta el presente habíamos sido para nosotros mismos. O que la confirmación del “big bang” astronómico ha acabado por borrar el último de los enigmas del cosmos. También ayer se nos aseguró lo mismo con el inevitable advenimiento de la sociedad sin clases. Incluso anteayer, cuando se nos había prometido por los “Ilustrados” un Progreso lineal contínuo e inevitable…

 

Pero aún nos queda sin respuesta la pregunta de Leibniz y que Martin Heidegger hiciera suya como la más importante de todas: “¿Por qué existe algo y no l a nada?”

Kierkegaard y Dostoievski, cada uno a su estilo, la remitieron el primero al misterio de la paradoja que es Cristo, y el segundo a la anticipación de nuestra resurrección.

De alguna manera intuían que toda vida es adviento que se cierra al inaugurarse una nueva. El cementerio, así visto, no es más que muda memoria de la una y la promesa de otra que nos espera en virtud del clavado a una cruz y elevado.

 

Los amigos de la ciencia experimental aspiran con sus medios metodológicos a arrancar paso a paso de las tinieblas los secretos inmanentes a la naturaleza. El espíritu profético, en cambio, se limita a aclarar lo que ya se le reveló de una vez por todas: somos criaturas, degradadas por el pecado pero restauradas por la gracia.

Dos vías muy diferentes, la de la razón y la de la revelación, para una misma voluntad de entender. La primera se me antoja neutra, como cualquier automatismo, y la segunda, por el contrario, meritoria. Porque estamos condenados a escoger, nos recordó Sartre, aun cuando de ello no resulte otra cosa que “una pasión inútil”…

Unamuno confesó haber llegado deshecho por tanto escoger, y que no pidió del Padre más que un hogar, misterioso eso sí, donde rehacerse en paz.

 

Hollywood, por su lado, nos insiste en que todo tiempo es “presente” y el único que cuenta. Importa “to have fun”, pasarla bien, porque la promesa de una eternidad no sobrepasa en oro lo que tenemos entre manos. Negación del Adviento.

San Pablo compartió con los romanos el “misterio mantenido en secreto durante siglos y ahora manifestado”… y “dado a conocer por decreto del Dios eterno, para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe al Dios, único sabio, por Jesucristo, a quien la gloria sea dada por los siglos de los siglos”.

 

Bertrand Russell ripostó con un simple sarcasmo: “Para mí hay algo raro en las valuaciones éticas de los que creen que una deidad omnipotente, omnisciente y benévola, después de preparar el terreno mediante muchos millones de años de una nebulosa sin vida, puedan considerarse adecuadamente recompensado por la aparición final de Hitler, Stalin y la bomba de hidrógeno.”

 

Pero ya llegó a la eternidad y la luz que nos promete el adviento no ha dejado por eso de brillar en todo su esplendor para los que todavía aguardamos, para los que vivimos.

 

Y que nos fiamos de la advertencia:

“…pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la c asa, si al atardecer o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.”

¿Verdad?

 

 

HOMO ECONOMICUS

 

Por José Raúl González Merlo

¿Religiosos, políticos o economistas?

El “Consejo Ecuménico Cristiano de Guatemala” se pronunció la semana pasada, diciendo que “es imperativo redistribuir la riqueza para eliminar la pobreza…”. Es una pena que aquellos que se llaman a sí mismos nuestros “guías espirituales” se salgan de su supuesta área de conocimiento y cometan el error de sugerir políticas públicas equivocadas que, lejos de lograr el objetivo buscado, preservan e incrementan la pobreza.

Solamente Dios puede aplicar una política de distribución de riqueza que alivie, temporalmente y sin consecuencias negativas, los efectos de la pobreza. Así fue como alimentó a aquella multitud mediante la multiplicación de los panes y los pescados. El problema es que el resto de nosotros tenemos que trabajar para eliminar la pobreza. Parece que esto es desconocido para nuestros “líderes espirituales” que, en celebración del Día mundial de la eliminación de la pobreza y de la Revolución de Octubre, han politizado nuevamente el púlpito, proponiendo la simple redistribución como la medida adecuada.

Sus recomendaciones son tan ingenuas que rayan en irresponsables. Por ejemplo, sugieren: “… promover la economía solidaria y comunitaria que valore e impulse el desarrollo del buen vivir, donde los excedentes no tengan un afán de lucro, sino el beneficio a los involucrados.” No sorprende que esta recomendación provenga de aquellos que, precisamente, no crean riqueza, sino que viven de la que otros crean y que, generosamente, se la entregan en la forma de una limosna. Desde esa perspectiva es fácil y propio de fariseos condenar el “afán de lucro”, pero al mismo tiempo, beneficiarse del trabajo de los fieles. ¿O de dónde creen que provienen las limosnas? ¿de un “afán de lucro” o de un “afán de pobreza”?

Cada vez que los sacerdotes o pastores abandonan los temas espirituales para meterse en los asuntos político-económicos, lo que generalmente meten es la pata. Repartir no es lo mismo que crear. Repartir es fácil. Crear riqueza, no tanto. No darse cuenta de que un proceso de expropiación arbitrario de la riqueza, para “redistribuirla”, acaba con el incentivo de su creación es ingenuo y políticamente sesgado.

 

La mayoría de la gente entiende esos principios básicos. Como también entienden que el “día mundial de la eliminación de la pobreza” es todos y cada uno de los días del año, mediante su trabajo honrado. Puesto que nuestro Señor Jesucristo nunca promovió la redistribución de la riqueza, no sé qué andan haciendo estos señores, promoviendo un mensaje equivocado. Promover la generosidad, el amor al prójimo y caridad personal es otra historia. Activistas políticos sobran. Lo que hace falta es un milagro, para contar con verdaderos guías espirituales que cultiven nuestras virtudes y no promuevan politiquerías equivocadas.

 

heconomicus@hotmail.com