El presidente de los pobres

Por: Armando de la Torre

 

Allende nuestras fronteras, la imagen de Guatemala está
por los suelos como quizás nunca antes, incluidos aquellos días
aciagos de corrupción y violencia bajo Lucas, o a finales del período
de Arbenz, o en tiempos del infame Manuel Estrada Cabrera.

Es una percepción negativa -e injustificada- del país, no desde
ángulos ideológicos, como lo pudo haber sido durante la Guerra Fría,
ni aun siquiera como producto de reflexiones sesudas, según sugieren
algunos, de que estamos a un paso de convertirnos en un Estado
“fallido”.

Es un juicio más bien superficial, tal cual el que se pudiera derivar
de una lectura rápida de los cintillos diarios de la prensa de aquí y
del extranjero: ineptitud de irresponsables, inmoralidad de
pusilánimes, despilfarros muy hirientes, violencia asesina,
analfabetismo funcional,… todo concentrado en el Estado.

Envidio a los chilenos, que nos han dejado a años luz de
distancia de ellos con su aproximación irrefutable al ideal de un
Estado de Derecho estable, justo, pacífico y, por consiguiente,
próspero.

Al Consejo Superior de la Universidad de San Carlos parece
inquietarle que el desprestigio también salpique a todos los entes
estatales, incluída su propia institución. Es comprensible, pero no
defendible.

Toda reputación es efecto de un proceso espontáneo de
evaluaciones comparativas que repetimos a diario. Hay errores, y
múltiples, en ellas, pero con el paso de los años la verdad de los
hechos termina por imponerse, como lo celebró el mundo entero hace
veinte años con la caída del Muro de Berlín, símbolo de tres cuartos
de siglo de amargos debates sobre cuál habría de ser el mejor camino
hacia el progreso humano, el del Occidente constitucional o el del
Oriente totalitario.

Es más, sería de considerar que la USAC, con su relativa abundancia de
fondos fiscales, investigase a nivel continental, para su propio bien,
las posibles correlaciones entre universidades estatales fallidas y
sus respectivos Estados próximos a serlo. A este respecto, nunca ha
dejado de llamarme la atención el prestigio científico de la
Universidad Nacional de Santiago de Chile y del exitoso modelo de
Estado que ha desplegado ese pueblo.

El caso paradigmático de Chile encierra para nosotros muchas otras
lecciones. Para un educador, la de la importancia suprema de inculcar
hasta la raíz entre los educandos y las futuras élites dirigentes la
visión de largo plazo. El actual ministro de finanzas de Chile, Andrés
Velasco, es un botón de muestra: cuando los precios de la más
importante materia prima de exportación para Chile, el cobre, estaban
por las nubes, Velasco hizo un ahorro de veinte mil millones de
dólares (más que el monto total de su PIB) que pudieran servirles más
tarde en años de “vacas flacas”. Sufrió enormes presiones por los
cortoplacistas de siempre -y aun del ex Presidente Eduardo Frei-, para
que lo gastara en las prioridades de funcionamiento “social” del
Estado. Se resistió con inteligencia y, hoy, tres años después, Chile
es el único país iberoamericano que no tiene que aportar fondos
públicos para volver a la vida a bancos y a empresas privadas, ni
tampoco para hacer frente a sus habituales obligaciones
presupuestarias.

En Europa, Noruega puede ser tomado como el ejemplo equivalente de esa
democracia madura, en contraste con otros petroexportadores, como
Rusia. También los noruegos han sabido adelantarse a estos años
difíciles.

Aquí, en cambio, la “cohesión social”, o sea el triunfo más descarado
del cortoplacismo clientelista, arrasa con todo. Por eso Colom puede
atribuirse ser “un Presidente de los pobres”, pues sus decisiones son
precisamente la receta más eficaz para crear pobres y que se
multipliquen en cuanto potenciales votantes. Entretanto, carecemos de
protección y justicia todos, los pobres y los ricos…

Y sin ni siquiera esperanza de vida para cualquier Rodrigo Rosenberg
con las agallas suficientes para denunciarlo.