Cortada en flor

 

            Otra vida todavía tierna, la de Alejandro, que se nos
adelanta demasiado pronto.
 
            ¿Por qué ha de doler tanto la vida truncada de un joven?
 
            Porque, quizás, se nos antoja  arco hecho puente hacia el
cielo y que ni siquiera lo roza. O un busto congelado para siempre en
su esbozo de mármol. O capullo marchitado en primavera, o un diseño
inconcluso…
 
            Frustración enorme que, encima, no se justifica. Sobre
todo cuando el amor y la esperanza vicaria de sus padres ya habían
tejido por anticipado filigranas a su entorno, ahora perdidas en el
vacío.
 
            Lo que duele más: diferencias eventuales que podría haber
hecho en las vidas de otros y que jamás llegarán a su fruición. La
sonrisa se nos heló; el íntimo coloquio interrumpido; la amistad con
el adulto en ciernes pasada al olvido; un futuro evaporado.
 
             Una evolución de millones de años nos ha condicionado
genéticamente a esperar que nuestros hijos nos han de enterrar, no
nosotros a ellos. De ahí el desgarrón inconsolable.

            Pero nos ha sido dada gratuitamente otra alegoría: la del
trasplante de la flor a un jardín mucho mejor. Aquel Jesús de Nazaret,
que regresó a la vida a la hija de Jairo -talitá kum, “niña, a ti te
digo, levántate” – prometió hacer lo mismo para cada uno de los que en
El esperan.
 

            Ello cambia del todo el horizonte de toda muerte, la
temprana y la tardía. Desde ese ángulo eterno, el tiempo andado por la
tierra no cuenta; sólo esa fe que resucitara a los muertos como puede
mover a las montañas.

            Para sus afectuosos compañeros de estudios en una facultad
de Derecho, su primera lección sobre la fragilidad de toda vida,
también la suya, la de los jóvenes que apenas la estrenan.

 
            Para nosotros, los viejos, un pesar insoportable, como me
acuerdo del de mis abuelos paternos doblados sobre el cuerpo rígido de
mi padre, joven entonces de tan sólo 32 años. O del de su viuda, mi
madre de 29, cuando le sorprendió a su vez el turno de enterrar a su
nieta preferida de veintiuno, vestida de la albura de novia que
hubiera portado cinco días más tarde…

 

            “Dulce et decorum est pro patria mori” (dulce y honroso es
morir por la patria), así enaltecían los romanos a sus adolescents
caídos en los campos de batalla, pero que Virgilio quiso  matizar con
una elocuente observación al margen, “matribus detestata” (detestados
por las madres).

 
            Leí hace muchos años las memorias de un corresponsal de
guerra que fue reclutado por el servicio de inteligencia de su país,
los EE.UU., para registrar minuciosamente los cadáveres de los
enemigos alemanes, en busca de información, durante toda la furiosa
campaña militar en Francia subsiguiente al día “D”. Y lo que más me
impresionó de su relato, y no lo he podido olvidar, fue su comentario
acerca de la perfecta forma física de tanta juventud exterminada.
 
            Lo que me hace entender hoy el comentario sardónico que le
oí varias veces a mi sabio abuelo materno: “las guerras las habríamos
de hacer los viejos, no los jóvenes, que aún les queda un largo trecho
de vida por transitar”…
 
            Esta tragedia humana, repetida ad infinitum, de las vidas
precozmente segadas, nos enfrenta a la más pavorosa de las preguntas:
¿le seremos, acaso, indiferentes al cosmos?
 
            Cristo vino a reasegurarnos, como lo hizo un mediodía con
sus asustados discípulos en plena tempestad en el mar de Galilea:
“¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?”
 
            Tal vez, muy en el fondo, nuestro habitual cortoplacismo,
nos hace una mala jugada y nos lleva al olvido de todo lo encerrado en
aquella declaración suya al más largo de los plazos: “Yo soy la
resurrección y la vida”

            En esa esperanza te acompañamos, Alejandro, y a tus
padres, dos profesionales brillantes opacados por un dolor de veras
legítimo pero ya no desesperado: Johnny y Lucy.

            Hasta pronto.