El hastìo por lo estatal (VI y final)

El hastío por lo estatal (VI y final)

Por: Armando de la Torre

            Un amigo sensato me comentó, a propósito de mi última entrega de esta serie de notas respecto al hastío generalizado por todo lo estatal, que lo por mí afirmado acerca de que estamos en una fase pre-revolucionaria era, a su juicio, algo exagerado.

            Lo entiendo, pero mantengo mi aserto.

            Popularmente se cree que las revoluciones violentas estallan cuando la situación se ha vuelto pésima y, sobre todo, insoportable. Yo creo exactamente lo contrario: que las revoluciones intensas, y hasta violentas, ocurren cuando las cosas en general mejoran.

            La Revolución Francesa de 1789 se produjo en el país más culto, más rico y más poblado de la Europa de ese entonces, no en los paupérrimos Balcanes, por ejemplo, o en el Portugal decadente y sacudido en 1755 por un enorme terremoto submarino. Es verdad que Francia atravesaba coyunturalmente una doble crisis: una de carácter climático, que arruinó sus cosechas, y una financiera, resultado de las deudas contraídas por la corona para ayudar a los súbditos ingleses en América a rebelarse contra su metrópoli.

Pero iguales, o parecidas crisis, atormentaban simultáneamente el resto del continente… , fue en Francia, sin embargo, donde estalló la revolución, y no en ninguno de los puntos más atrasado y pobre de Europa.

            Lo mismo digamos de la Revolución Americana de 1776, una revolución conservadora, a diferencia de la radical jacobina en Francia. Los colonos ingleses se alzaron contra un Parlamento que quería suplantar, desde la muy lejana ciudad de Londres, a sus propias Asambleas legislativas regionales, bajo las cuales sus niveles promedios de vida habían llegado a superar a los de los súbditos de su Majestad británica en la propia Inglaterra.

            El radicalismo francés, por otra parte, inspiró a los revolucionarios bolcheviques en la Rusia imperial en 1917. Es verdad que en ese preciso momento Rusia pasaba por su mala racha  de derrotas ante los alemanes durante la Primera Guerra Mundial. Pero precedidas por tres décadas de ininterrumpido avance industrial, así como del crecimiento paralelo de una clase media cada vez mejor alfabetizada. Más aún, aquel preciso año del estallido ideológico marxista-leninista fue el de mayor libertad ciudadana (bajo el social demócrata  Kerensky), jamás vivido en toda la milenaria historia rusa.

            Lo mismo digamos de la Cuba de 1959, cuando el ingreso per cápita de los cubanos cuadruplicaba el de sus contemporáneos españoles y Cuba se mantenía a la cabeza de toda Iberoamérica en el desarrollo tecnológico y social, gracias en buena parte a su proximidad con los Estados Unidos. Tal fenómeno, en cambio, no se dio en el subdesarrollado Paraguay o en el siempre desesperanzado Haití.

Tal fue, también, la tragedia de la República española, proclamada con cierta precipitación en 1931. La esperanza en ese momento de lo mejor condujo a lo peor: una guerra civil. Es más, así parece insinuarse en estos momentos en que escribo estas líneas en la China continental: los frutos maduros de aquellas reformas introducidas en el aparato totalitario de Mao Tse-tung por Deng Xiaoping hacia 1970, llevaron al trágico desenlace de la plaza de Tiananmen en 1989, y que parece reverberar por estos días en Hong Kong.    

La lógica en todo esto es muy humana, y hasta fácil de entender: cuando las cosas mejoran por unos veinte o treinta años, es natural que surja la tendencia de querer acelerar ese proceso espontáneo y natural mediante recetas racionales artificiales, es decir, ideológicas. Las cuales, sin embargo, terminan por desplazar el natural curso evolutivo, siempre algo más lento. De ahí los fracasos estruendosos, por lo muy menos en parte, de esas “revoluciones” fabricadas alocadamente sobre supuestos utópicos de razonamientos puramente teóricos, que soslayan toda la experiencia histórica y el sentido común, como ocurre todavía con “el socialismo del siglo XXI” de Chávez y Maduro.

La naturaleza no perdona la insolencia de las hipótesis que se convierten en dogmas.

De vuelta a Guatemala: el sector público está en ruinas por la voracidad, la ignorancia y la estupidez de sucesivos gobernantes. Pero el sector privado se ha mostrado lo suficientemente dinámico y creativo aún para impedir que el nivel de vida de todos caiga uniformemente.

Me temo, empero, que el elevado costo de -tener- Estado termine por dar al traste con este nuestro muy relativo equilibrio. Por eso concluyo que si no arremetemos ya con reformas profundas al marco constitucional vigente, pronto podríamos hallarnos ante una “revolución” desastrosa, al estilo de las demás “social demócratas”, aturdidas e irreflexivas, que hemos sufrido en nuestro hemisferio desde el inicio de la dictadura totalitaria de los hermanos Fidel y Raúl Castro…  

¡Dios nos valga!

 

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