El panorama electoral en los Estados Unidos

EL PANORAMA ELECTORAL EN LOS EE.UU

 

Armando de la Torre

 

            En lo que va del año, se ha iniciado una campaña pre-electoral, la más atípica de las que recuerdo haber sido testigo durante mí ya larga vida.

Es un fenómeno chocante: se evidencia el rechazo por buena parte del electorado a la política al uso. Lo mismo acaba de suceder en España, y también aquí, en Guatemala. Entraña ese hartazgo de la población con la política partidista habitual. El “outsider”, el hombre de “fuera, el desconocido, es al parecer el preferido por la mayoría de las masas de electores. En España, por ejemplo, el grupo vociferante de “Podemos”; en Guatemala, Jimmy Morales; en los Estados Unidos, Donald Trump. El problema está en que las masas suelen tener claro lo que NO quieren pero no pueden identificar con claridad lo que “” quieren.

También algo parecido se ha visto recientemente en Grecia, en Francia, en la Argentina, hasta en Bolivia, Venezuela, Brasil, y aun en el Chile que tanto asombrara al mundo entero con sus excepcionales políticas de libre mercado hace casi medio siglo.

El actual caso norteamericano es el más emblemático, dado el peso ingente de los Estados Unidos en el escenario político mundial tras la “guerra fría” que le ganó a la desaparecida Unión Soviética.

¿Por qué esa emergencia meteórica en los Estados Unidos de un comerciante en bienes raíces exitoso pero muy inculto y abusivo como Donald Trump?

Lo primero que me vino a la mente fue que Trump proclama a gritos lo que muchos ciudadanos piensan, pero que no articulan en público para no ser tachados de “políticamente incorrectos” por los oligarcas de la televisión y los medios escritos. En otras palabras, Trump, como Marine Le Pen en Francia, o Alexis Tsipras, en Grecia, o Mauricio Macri en la Argentina, -o también Jimmy Morales entre nosotros- son de los que rompen con las viejas y gastadas maneras de llegar al poder. En realidad  constituyen lo inesperado, lo no anticipado, lo nuevo y diferente por ensayar.

Al margen de todo ello, la coyuntura mundial no menos desconcierta a las masas de electores en todas partes: ya no hay guerras convencionales, tampoco terrorismos de identidad plural, ni crisis económicas que no hayamos visto una y otras vez en el pasado. Ahora, por el contrario, nos asaltan las incógnitas como, por ejemplo, los objetivos últimos de la política exterior de Putin, o sobre el desenlace último de las enormes contradicciones socioeconómicas al interno  de la China popular. Inclusive el espectáculo inédito de un Presidente de los Estados Unidos que le arroja salvavidas a Fidel y Raúl Castro, sumado todo a las nuevas realidades virtuales que la tecnología del siglo XXI añade aceleradamente a las ya de por sí muy complejas de la segunda mitad del siglo XX.

No sabemos dónde nos hallamos, o qué hacer, o en qué creer en cuanto valores últimos, o qué poder esperar. Nos sentimos casi como Cro-magnones de hace cuarenta mil años al salir de las cuevas y enfrentar la empinada cuesta de las grandes revoluciones impredecibles: el tropiezo con la agricultura, la aparición de la vida urbana, las revoluciones industriales, sin contar con la desconcertante revolución sexual de nuestros días.

Igualmente nos asomamos por primera vez en la historia a la sobrecogedora y misteriosa aventura espacial.

Las certezas de ayer ya no cuentan hoy. Y, entre tanta incertidumbre, surgen, como de costumbre (en esto no hay cambios), demagogos oportunistas que nos dicen que ellos sí saben orientarnos hacia el inmediato futuro; que ellos sí captan el sentir de las masas, que ellos nos devolverán las grandezas del pasado y nos enderezarán una vez más hacia un futuro simple y brillante.

Tal Donald Trump…

Despotrica contra el “Establishment” republicano en sus figuras más encomiables: John Kasich, por ejemplo, o Jeff Bush, o el doctor Ben Carson, entre otros muchos. Y añade dardos contra el ingenuo y simplista, pero honesto y respetuoso, socialdemócrata Bernie Sanders, del Partido Demócrata.

Es otro ejemplo de un elefante suelto en una tienda de artículos de porcelana.

No es poco que tiremos al espacio sideral la sabiduría y las reglas más elementales de la cortesía que penosamente hemos acumulado a lo largo de los milenios. Nos queda todavía viviente entre muchísimos el mensaje de Jesucristo; en menor escala, los de Buda o Confucio. Pero preocupa que una creciente proporción de esa clase media que hoy, por primera vez en la historia, se halla en el poder a nivel planetario, y que, sin embargo, ya no está segura de la mayoría sus metas de ayer, se hunda en la vulgaridad y el desenfreno. Ahora creemos llegado el momento de ensayar cualquier cosa diferente, pero no sabemos el cómo ni el para qué.

Y en todo esto, como ha sucedido desde hace dos siglo el “sueño americano” es el faro parta una mayoría de pobre, oprimidos e injustamente discriminados.

No sabemos todavía, aun después del gran martes de esta semana, quién acabará por alzarse con la victoria definitiva el próximo noviembre en los Estados Unidos. El Partido Republicano, al margen de Trump, se muestra sorprendentemente más rico de talentos que nunca antes, pero a su vez también más miope a la hora de seleccionar entre ellos sus candidatos. El Partido Demócrata, en cambio, se nos ofrece más seguro de sí, pero de pesos más ligeros y burocráticos, y sin la originalidad creativa de su riqueza intelectual y moral de décadas atrás. Idos son los tiempos de idealismos que se sucedían los unos a los otros, el “Social Gospel” de finales del siglo XIX, la “Progressive Era” de principio del veinte,  el “New Deal” de Franklin D. Roosevelt, de la historia encantada del “Camelot” de los Kennedys, o de la “The Great Society” de Lyndon Johnson.

El monumento de mármol de un héroe para el momento presente está a la espera de un rostro carismático más distinto y veraz que los de Hillary Clinton o Donald Trump.

Para Guatemala, los resultados de noviembre serán de alguna manera más decisivos: si triunfa Hillary Clinton, nos espera un recrudecimiento del intervencionismo imperial de Obama por otros cuatro largos años; si, por el contrario, se hace de la Casa Blanca Donald Trump podemos esperar una caótica y burda atención a nuestras prioridades. Para esa fecha hubiese ganado el  postulado por el tradicional Partido Republicano Ted Cruz, o Marco Rubio, al menos podríamos esperar siquiera el final del coqueteo ominoso de Washington con los hermanos Castros, y una correspondiente política exterior norteamericana más en consonancia y respetuosa de los intereses nacionales de las repúblicas iberoamericanas, incluida en primer lugar Guatemala.

Económicamente, la India y el Extremo Oriente (China, Corea y Japón) podrían significarnos mercados más promisorios en general para todos los que vivimos al sur del Rio Grande sin muro que nos separe. Pero la estabilidad política y económica del planeta no será por eso más fácil.

Esas grandes incógnitas empezarán a despejarse, quizás, a principios de noviembre. Pero en el entretanto, a lo menos que podemos aspirar es que nuestros países descubran más decididamente que nunca las ventajas al largo plazo de la libertad individual y de la soberanía nacional.

Veremos.

 

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