La tragedia del Islam contemporàneo (IV y final)

LA TRAGEDIA DEL ISLAM CONTEMPORÁNEO (IV Y FINAL)

 

Armando de la Torre

 

            Los únicos, por lo tanto, movimientos terroristas que todavía atormentan a buena parte de la humanidad son de cuño exclusivamente islámico.

Al Qaeda (“La base”), ISIS (“Estado Islámico”), Boko Haram (“la educación occidental es pecado”), Talibán (“el estudiantado islámico”), Hamas (“fervor islámico”), Al-Jihad (“guerra santa”), Hezbollah (“Partido de Dios”), y un largo etcétera de nomenclaturas facciosas, pulula por el entero Occidente, el África negra y buena parte del Oriente medio.  

Situación sin precedentes en la historia mundial, pues nadie, fuera de ello, recurre todavía a prácticas tan primitivas. Aunque el muy inteligente Obama no quiera darse por enterado. Ni sepa que hasta el término “asesino” en su vocabulario se deriva de unos grupos de facinerosos musulmanes con ese nombre del siglo XI. 

Pero ¿quiénes son esos únicos que persisten en pleno siglo XXI métodos tan retrógrados? Lamentablemente, jóvenes islámicos marginados en sus propios países o en los que alguna vez les habían ofrecido acogida. Y así innumerables palestinos reducidos a una vida miserable en campamentos de exiliados en el Líbano y en otros Estados de su misma confesión religiosa, han optado por la protesta ciega, sangrienta e indiscriminada contra el orden establecido. Musulmanes matando a musulmanes.

Lo mismo acaece pero en mayores números con los refugiados en las antiguas potencias coloniales europeas como Francia y la Gran Bretaña, donde terminan ellos y sus descendientes por ser vistos al largo plazo como ciudadanos de segunda clase.

También así los estridentes semianalfabetas y menospreciados por sus congéneres en Pakistán o en los Emiratos del golfo. Por último, los muy expoliados a todo lo largo del norte de África, los muy amargados de Egipto y del Magreb. Una generación triste que de pronto se enfrenta a la ilusión seductora del terrorismo que los hace relevantes a todos y a sí mismos y, más aún, merecedores del Paraíso.

La muy grande mayoría de los musulmanes practicantes se mantienen distantes o al margen de esas corrientes de jóvenes extremistas, pero callan y hasta cierto punto, les sirven de retaguardia que los compadece y simpatiza con ellos. Hay, al mismo tiempo, entre los déspotas y entre las autoridades no tan despóticas de la comunidad de Estados musulmanes un extendido miedo cerval a enfrentar abierta y verticalmente a esa juventud descarriada. El ejemplo de lo ocurrido a Sadat en Egipto no ha sido por ellos olvidado.

Por otra parte, muchos sufren de cierta “alienación” en el sentido marxista del término. No se encuentran a gusto en las sociedades tecnológicas y democráticas de nuestros días, y la muerte gloriosa del mártir, en cambio, se les hace la única salida honorable de este mundo que ellos creen que ni los comprende ni los aprecia.

Ni siquiera les alagan sus egos, por serles prácticamente desconocidos, los gloriosos logros culturales del Bagdad de Harun al-Raschid, o de la Córdoba de los “Oméyades”, ni tampoco del ejemplo de caballerosidad medieval de Saladino. Desconocen, no menos, las profundas incursiones metafísicas de un Al Kindi, de un Al Farabi suní y de un Abicena chií. O de un Averroes más filósofo griego que teólogo musulmán, a quienes tanto hubo de deber el pensamiento europeo durante la Baja Edad Media.  

Tampoco las sabias reflexiones políticas de Ibn Kaldun para los suyos. Ni los inspiran las maravillas arquitectónicas y artísticas de los Mudéjares en España, o los constructores de las maravillosas Mezquitas azules en Isfahán y en Estambul, por no olvidar el monumento más bello por mano del hombre en la apreciación de muchos occidentales: el mausoleo del Taj Mahal en Agra, la India.

Por eso, no nos habrían de haber escandalizado tanto la destrucción que hicieron de unas estatuas milenarias de Buda en el norte de Afganistán o de su más reciente ignominiosa demolición de los restos de la cultura clásica en Palmira, Siria.

O de su olvido de la rica novelística de sus antepasados y de sus contemporáneos, de la que recibimos al nacer sus versiones castellanas por el romancero árabe o de los encantadores relatos de “Las Mil y Una Noches” de la creativa y astuta Cherezade. A esos jóvenes de turbantes negros, solo les corroe su pobreza y su insignificancia de cada día y más aún, encima, el menosprecio de los más afortunados, musulmanes o no.

De rencorosas protestas parecidas hemos sabido también entre nosotros en el Occidente. Pero, estupendamente, ya son cosas del pasado y no se apela, por tanto, al terrorismo ni entre nosotros aquí ni en el resto del mundo civilizado; solo dentro de ese cascarón sofocante de arrabal del pretendido Estado Islámico de nuestros días.

También menosprecian las tradiciones islámicas humanistas de los sufíes, que ignoran del todo, al tiempo que hacen patente su rechazo adicional a todo lo contemporáneo incluidas las monarquías teocráticas del Golfo. Y aun se enfrentan al mismo núcleo de ulemas y ayatolas del sagrado Islam, casi con la misma vehemencia con que rechazan a los más afortunados de entre ellos, ya sea por su linaje… o ya sea por la abundancia local del petróleo.

Y creo, además, que lo peor para ellos les queda reservado para el porvenir. La crítica moderna científica e histórica del Islam en cuanto revelado por Dios no podrá hallar respuesta adecuada entre sus exegetas. Al menos, eso es lo que creo ver para su inmediato futuro. Y no espero que su actual andamiaje espiritual les permita superar sus inminentes ataques ideológicos.

El Islam solo ha avanzado en los tiempos recientesdemográficamente, no en exégesis de contenidos dogmáticos ni pastoral, pues se mantiene a remolque del Occidente en todo. Incluido lo que respecta a la defensa racional de su esencia: la supuesta autenticidad de la Revelación por parte del Dios único, y por la intermediación del arcángel Gabriel, al Profeta Mahoma. Creo, inclusive, que para el fin de este siglo XXI estará irremediablemente condenado al fracaso, si no a su muerte.

Y a esa muerte, paradójicamente, habrá aportado más que ningún otro factor el actual terrorismo fanático de sus hijos más desilusionados. En realidad, todo ello es un auténtico parricidio histórico y monumental, a escala global.

La tragedia del Islam contemporáneo por manos de sus propios hijos: su empeño de mostrarse más fieles al Islam que ningún otro con la sangre ajena vertida por ellos, acabará, paradójicamente, por eliminarlos dentro de las opciones religiosas razonables del futuro.

 

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