Señor Embajador Todd Robinson: usted no nos es grato

SEÑOR EMBAJADOR TODD ROBINSON:

USTED NO NOS ES GRATO

 

Armando de la Torre

 

            Creo sinceramente por mi experiencia de todos los días hablar en nombre de millones de personas decentes, de dentro y de fuera de Guatemala, al escribir estas líneas, que desde hace más de un año he tenido la intención de dirigirle.

            Lo juzgo por sus actos, no por sus supuestas intenciones a las que también tendría todo derecho a aludir: prepotente, indiscreto, abusivo y al margen inexcusable de la violación de las normas más elementales de Derecho Internacional Público, contenidas en la Convención de Viena (especialmente los artículos 9 y 41), durante el ejercicio de su misión diplomática.

            Por otra parte, sé que usted solo es un mero ejecutor de instrucciones que le llegan desde Washington, D.C. de sus superiores jerárquicos, el Presidente Barack Obama y de sus sucesivos Secretarios de Estado Hillary Clinton y John Kerry.

Pero casi al igual que su antecesor en el cargo, Arnold Chacón, de quien dije públicamente que me avergonzaba por partida doble, en cuanto ciudadano norteamericano y en cuanto de origen cubano, lo ha hecho en forma inconciliable y aun contraria a su investidura de Embajador plenipotenciario.  

            Usted, y sus superiores jerárquicos inmediatos, se han mostrado del todo irrespetuosos hacia la dignidad soberana de los guatemaltecos, y aun de la justicia a secas, en desacuerdo, a veces, con el más mínimo decoro en las relaciones a esperar entre nuestros dos pueblos. No puedo olvidar la imagen de un Presidente, por nefasto que hubiere sido, en la Cámara Americana de Comercio, de pie junto a un elevado pódium desde donde usted impartía sus recomendaciones a los asistentes. Es más, lo creo un subvertor inconsciente del principio de la Rule of Law entre nosotros, que aquí conocemos con los términos de “Estado de Derecho”.

Usted, y su inmediato antecesor Chacón, se han mostrado demasiado arrogantes, insensibles y hasta descorteses hacia las autoridades nacionales, ante las que han sido acreditados, haciéndose presentes en juicios de alto impacto político sobre todo cuando se ha tratado de posibles inculpados en uniforme militar.  

            De esa manera, usted y Arnold Chacón, de infame memoria, han minado así irresponsablemente el entramado de la justicia penal en Guatemala, con sus reiteradas  apariciones intimidatorias para jueces y defensores en esos casos.  

Y hasta por un gesto demagógico de su parte al mezclarse físicamente en persona entre manifestantes locales que protestaban ante el Congreso de la República de Guatemala. No somos un “Estado libre asociado” Mr. Robinson… 

            Usted, y Arnold Chacón, no se han constituido en factores positivos para la construcción de un Estado de Derecho en Guatemala. Usted, al igual que Chacón, han parecido responder, aquí y en Washington, a intereses espurios de políticos de aquí y de allá que han preferido valerse de ustedes dos para llevar adelante sus campañas intimidatorias y venales contra las legítimas autoridades guatemaltecas, derivados de prejuicios ideológicos que poco o nada tienen que ver con la solución de los problemas reales de este país.  

            Usted ha sido repetidas veces el referente en el aliento inmoral e ilegítimo a los violadores sistemáticos del orden interno y constitucional de Guatemala, como el CUC y otros facciosos, para acciones reñidas con la ley que serían intolerables, de ser hecha públicas, para la sensibilidad jurídica del pueblo que usted aquí representa.

            Ya Arnold Chacón debió haber sido declarado “persona non grata” en este suelo antes que usted, cuando se valía del recurso de publicar solamente en castellano declaraciones lesivas a la verdad, sin acompañarlas de la debida traducción al idioma inglés, a fin de que nuestros compatriotas de habla inglesa nada supieran de ellas.

No me consta que usted haya recurrido a tan miserable maniobra publicitaria, pero sí a la ignorancia generalizada en los Estados Unidos sobre todo lo que acaece en esta, a sus ojos, “república bananera”.

            Quiero reafirmar que nos hiere profundamente a los que aquí residimos la ofensiva incesante por parte de la administración del Presidente Obama contra todos los hombres y mujeres en uniforme de las fuerzas armadas guatemaltecas, siempre bajo sospecha del Departamento de Estado actual, con olvido que sus dirigentes fueron entrenados por nosotros en la Escuela de las Américas, SITA en Panamá.  

Una de sus más bochornosas ocurrencias lo ha sido la payasada de un pseudo proceso por un genocidio, que nunca tuvo lugar en Guatemala, en contra del General Efraín Ríos Montt. Genocidio, sea dicho de paso, que muy lamentablemente sí se dio entre nosotros, a todo lo largo del siglo XIX, en perjuicio de las comunidades indígenas nativas de América del Norte, al tiempo que todavía se justificaba entre nosotros que el valorelectoral de un afroamericano esclavo era dos tercios del de un ciudadano libre blanco. Y así los retuvimos esclavizados, es decir, sin ningún derecho civil ni humano inalienable, hasta la promulgación de la decimotercera Enmienda Constitucional en 1865. Y aun entonces, los libertos a partir de esa fecha, todavía permitimos que fueran aterrorizados por los Red Necks del Ku Klux Klán, en los Estados del sur, hasta bien entrado el siglo veinte. Y no terminamos por reconocerles la absoluta igualdad, con los blancos, de sus derechos civiles hasta la Reforma de 1965.

            Y a este respecto, tampoco ha escapado a la atención de los guatemaltecos sensatos la distinción honorífica simultáneamente otorgada por el Departamento de Estado, y entregado por manos de la primera dama, Michelle Obama, a la juez Yasmin Barrios, cuyo proceder en aquel juicio violó gravemente nuestro principio del “due process of law”. 

            Ustedes desde aquí recomiendan a sus superiores en el Departamento de Estado, en Washington D. C., la cancelación de visas de ingreso a la Unión a todos aquellos que a juicio de ustedes mismos puede significar una amenaza a nuestros ciudadanos y a nuestras instituciones, y hacen bien. Pero, en cambio, extienden visas y hasta facilitan el tránsito por nuestro territorio de facinerosos guatemaltecos que han dañado y destruido hidroeléctricas, han obstaculizado el derecho de todos a la libre locomoción de todos, y han multiplicado sus ataques a la propiedad privada de mineras y de tierras de cultivo, y que han martirizado a inermes campesinos a todo lo largo y ancho del territorio nacional, para que puedan recaudar más fondos en dólares y en euros para sí mismos y sus acciones terroristas.

            La CICIG, a cuya presencia aquí siempre me he opuesto por considerarla lacerante de la dignidad de los ciudadanos guatemaltecos, ha sido cooptada a todas luces por las autoridades actuales del Departamento de Estado, en particular, de nuevo, en detrimento de honorables y valientes oficiales de las Fuerzas Armadas que son de mi conocimiento personal. A este respecto, me permito recordarle que los Estados Unidos de América ni siquiera ha suscrito el Estatuto de Roma que dio origen a la creación de la Corte Penal Internacional, lo que sí, por otra parte, ha hecho el Estado de Guatemala.

La razón aducida en su momento por nuestro gobierno para no integrarse a tal Acuerdo fue la posible imputación injustificada de actos genocidas contra autoridades y miembros de nuestras Fuerzas Armadas en Vietnam, Afganistán e Irak. ¿Con qué derecho, entonces, y sobre cuál base moral promueve nuestro Presidente que usted aquí representa, ese caso de Ríos Montt, único en el entero planeta, y contra un nonagenario gravemente enfermo? ¿Qué opinaría  usted si desde aquí las autoridades soberanas de Guatemala promovieran una persecución penal contra el ex-Secretario de Justicia, Erick Holder, por desacato a nuestro Congreso?…

            Y todo ello contrasta burdamente con la simultánea política de apaciguamiento del Presidente Obama hacia la infame y sangrienta dictadura de los hermanos Fidel y Raúl Castro, que por primera vez en la historia de nuestro hemisferio ha arrojado oleadas de millones de emigrantes cubanos desesperados hacia los Estados Unidos, el veinticinco por ciento de la población de la isla, cosa también sin precedentes en los quinientos años de la historia de Cuba a la que conozco muy bien. Además, de la renuencia del Presidente Obama a reconocer, siquiera de palabra, la existencia de un extremismo terrorista de corte islámico que ha significado, entre muchos otros países, la muerte de miles de inocentes ciudadanos de nuestro país.

            Nuestra patria común, –pues le recuerdo que soy un ciudadano nacido en la ciudad de Nueva York y sin ningún antecedente de índole penal, y mucho menos tributario, en el pleno ejercicio de mis derechos civiles– se halla en agitado proceso pre-electoral, y es mi intención ahora dar a conocer en Washington lo que aquí acaece, sobre todo desde el inicio del segundo periodo del Presidente Obama.

            Me permito encima, recordarle la frase de un gran estadista al sur del Rio Grande (o Bravo), Benito Juárez: “Entre las naciones, como entre los individuos, el respeto al derecho ajeno es la paz”.

            No nos es grato, señor Embajador.

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