OTRA LECCIÓN PARA TODOS DESDE AMÉRICA (LA DEL NORTE)

OTRA LECCIÓN PARA TODOS

DESDE AMÉRICA (LA DEL NORTE)

 

Armando de la Torre

 

            De nuevo otra lección de talla histórica que nos llegó a todos, guatemaltecos o no guatemaltecos, desde allá hace tan solo tres semanas: la elevación a la Corte Suprema de Justica de los EE.UU de un pensante objetado por las masas impulsivas que nada relevante para la dispensación de la justicia equivocadamente lo juzgaban. Error típico, por otra parte, de tantos analfabetas en materia de principios y que suponen alocadamente que cada uno de sus alarido es un argumento lógico.  

En realidad, el más hondo significado de este hecho histórico, por otra parte, no se da entre nosotros, los humanos, nada tan sublime como el logro acertado de la dispensación de la justicia.   

Y que por eso mismo, nos habría de ser siempre el más deseado, aunque también el más arduo, de los emprendimientos humanos, al contrario de esa ligereza que habitualmente mostramos al respecto.     

            Los Estados Unidos de América todavía nos son el experimento social y jurídico más grandioso, aunque no menos el más incomprendido hasta por ellos mismo, del mundo moderno.

Sus inicios fueron poco promisorios y más bien ominosos, primero en Roanoke y después en Jamestown, hacia fines del siglo XVI y a los comienzos del XVII respectivamente. Pues por aquellos años la dinastía reinante de la Inglaterra de los Estuardo era muy débil militar y financieramente en comparación a las de los Habsburgos en Austria y España y a los Borbones en Francia, que monopolizaban los primeros el oro y la plata de América. Nada beneficioso, por tanto, para aquellos primeros colonizadores anglosajones, desharrapados, que pusieron pie por primera vez en el continente americano. Ello forzó a la corona británica a valerse de recursos ajenos mediante contratos con sociedades privadas y autónomas que colonizarían en nombre del Rey esas nuevas tierras.

Ventaja monumental en su momento no reconocida para aquellos primeros grupúsculos de aventureros que se lanzaron a la colonización sucesiva primero de Virginia y después de Massachusetts, abrumadoramente de religión o anglicana o puritana que hubieron de aprender así muy dolorosamente el noble saber del autogobierno.  

Por eso, el primer grito de independencia contra la autoridad imperial de algunos de los reyes del Occidente de Europa brotó entre esos mismos pioneros, que habrían de ser imitados medio siglo más tarde por nuestros antepasados hispanoamericanos con poca o ninguna preparación para el autogobierno.

            Una interesantísima eventualidad, comparable con la de los siglos clásicos de Grecia y Roma, pero muy en lo especial de aquella de la Atenas comerciante y librepensadora del siglo V antes de Cristo de la que también se alimentan todavía nuestra memoria histórica.

            Y así, la América del Norte aún permanece como el prototipo del autogobierno moderno, no siempre el de los más ilustrados pero sí el de los más innovadores y productivos. Aún más, asímismo permanece como la punta de lanza desde las revoluciones industriales y también políticas del entero planeta, incluso cuando ya algunos anticipaban creerla en los primeros pasos de una supuestamente inevitable decadencia imperial.  

            Pero todo esto confirma una vez más que, las sorpresas y los logros de la libertad individual nos son siempre al final imprevisibles y por lo tanto inesperadas. Ellos mismos son quienes nos aleccionan sobre que la justicia inevitablemente importa porque es la piedra angular para el enérgico progreso de toda sociedad de hombres y mujeres libres.

            No esa “justicia positiva” del Gran Hermano; tampoco la que imaginan las turbas en las calles, sino simplemente la más propia del pueblo: la del sentido común. Ya nos sea transmitida localmente por la costumbre o estimulada por las reflexiones lógicas de los mejores conocedores de nuestra naturaleza humana.

De regreso a nuestro mundo contemporáneo: el nombramiento en cuanto juez asociado para la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos de América del jurista BrettKavanaugh acaba de constituir una vez más un ejemplo para lo que aquí quiero reiterar: que no hay mayor injusticia desde el inicio que la de negarle a cualquiera la presunción de inocencia mientras no se le haya probado lo contrario.

Como precisamente entre nosotros ha procedido con total impunidad, ¡y por once años!, esa banda de ineptos llamada CICIG, y de la que hemos sido indirectamente chivos expiatorios todos quienes habitamos en este territorio.

            Porque la justicia, pues, se ha demostrado como lo que humana y divinamente más importa.

Y también, por eso mismo, lo que nos es más difícil de alcanzar.

Por eso mantengo que constituye un crimen de lesa humanidad entregar a ciegas su impartición a cualquier leguleyo simplemente porque se halle en posesión de un diploma universitario otorgado por otros en el fondo no menos leguleyos. Porque la probidad en un juzgador supone muchos sacrificados años de estudios y de otras no menos interminables renuncias públicamente verificables al propio bienestar.

            La justicia así deviene la joya y la corona suprema de todo lo meramente humano, en cuanto reflejo incluso de lo divino.     

Su menosprecio siempre conduce al Gólgota, y para mí hoy constituye el supremo argumento de por qué todos, tarde o temprano, nos hallamos necesitados del apoyo de un Absoluto, el único que no necesita de evidenciación alguna porque constituye precisamente el criterio para corroborar cualquiera verdad.      

            Y así, el juez Kavanaugh acaba de ser formalmente instalado en la Corte “Suprema” de Justicia de nuestro vecino del Norte, a pesar de la rabiosa oposición en las calles y hasta en el mismo capitolio, la Casa supuestamente por excelencia del Pueblo, y por parte de aquellos Padres Fundadores de una “más perfecta Unión”, explícitamente eran los que más temían: “the mobe rule”, traducible como la justicia desde la calle o por la plebe.

De ahí también la ventaja que se nos comparte gratuitamente de escarmentar en cabeza ajena.

Y en este sentido, nosotros muchas veces ni siquiera hemos podido aprovechar de esas experiencias porque no estamos expuestos a tales eventualidades dado que la “administración” de la justicia ha quedado reservada con exclusividad (pretextada en esa filosofía altanera e inhumana del positivismo jurídico) a un grupillo de funcionarios del Estado identificables como “Magistrados, Jueces y Fiscales”, sin posible participación alguna del pueblo llano, como sí, por cierto, ocurre en esas otras partes con la institución del Jurado.

            Y así ha venido a resultar que aquella otra “dictadura de los jueces consuetudinarios”, de la que tanto se quejaron a su turno nuestros tatarabuelos del siglo XVIII, ha sido reconstituida por nosotros mismos, sus tataranietos, en la forma de la monopólica dispensación de la justicia por unos pocos y mal formados funcionarios del Estado.

            Con total olvido de aquel otro llamado sapientísimo del Profeta: “Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide el Señor de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.” (Miqueas 6:8).   

LA MEJOR HORA DE GUATEMALA

LA MEJOR HORA DE GUATEMALA

 

Armando de la Torre

 

            El Presidente Jimmy Morales restauró hace menos de tres semana el honor de Guatemala en el pleno de las Naciones Unidas, mancillado a instancias de sus peores hijos.  

            Algo que no dijo en su breve pero magnífica presentación ante las Naciones Unidas y que yo me permito recordar a todos desde aquí es que esa reciente desgracia nacional llamada CICIG tan degradante, y sufrida por todos los buenos guatemaltecos desde 2007, es que tal tragedia infamante era fácilmente de esperar al momento de la suscripción el acuerdo. Esperar otro resultado fue una ilusión infantil.  

Realmente, para mí algo del todo inconcebible.  

            La soberanía nacional constituye de hecho un escudo colectivo de valor inapreciable para todos y cada uno de quienes vivimos en esta bellísima tierra.

El fenómeno de la soberanía nacional ahora tan poco apreciado por quienes se creen ser mejores entendedores de la actualidad internacional se inició a partir de la segunda década del siglo XIII y desde la Francia del maquiavélico Felipe Augusto IV.

Dos siglos después, Francisco I, logró por la pluma de Bodin consolidar esa soberanía que empezó a proyectar a toda la Europa absolutista de entonces en contra del tradicionalmente férreo yugo uniformador de la Iglesia Católica medieval.

El posterior surgimiento de los ideales democráticos en la Inglaterra soberana de John Locke y de los republicanos en la Francia no menos soberana de Voltaire hubo de ser heredado también hasta por nuestra América independentista con las figuras de Bolívar y San Martín.

Y de esa manera por otros dos siglos el ideal de la soberanía de todo Estado nacional vino a hacerse aceleradamente regla universal tras la victoria de los aliados en la Primera Guerra Mundial. El proceso subsiguiente de descolonización generalizada desde la Segunda pareció haber cimentado universalmente el respeto por todos a la soberanía de cada pueblo organizado en Estado.

            Pero lamentablemente no para esta nueva Guatemala incubada bajo Vinicio Cerezo hasta el presente. Pues desde 1986 Guatemala se volvió irresponsablemente un Estado pordiosero, donde se ha hecho total realidad el vaticinio inteligente de Juan José Arévalo a fines de la década de los cuarenta: “si acepto ayuda económica del extranjero, con una mano embolso esa ayuda y con la otra entrego nuestra soberanía”.

            Algunos embajadores (el del Canadá me lo reiteró personalmente hace pocos años) ahora afirman que la defensa de esa soberanía tan costosamente lograda tras milenios de lágrimas y de mucha sangre es cosa del pasado, sobretodo de aquel siglo XIX tan teñido de colonialismos europeos, pero que hoy ya no es un problema serio, cuando las Naciones Unidas se han erigido en una sociedad de iguales.

            Falso de toda falsedad.

            El poder siempre tiende a corromper, y así, hoy únicamente los cinco más poderosos entre los ciento noventa y cuatro miembros en teoría soberanos gozan del privilegio soberano del veto hacia todo lo que les pueda afectar. Y de esa manera los Estados Unidos y la Unión Soviética pudieron dictar desde allí alternativamente y durante medio siglo la agenda mundial a seguir por todos, mantos imperiales que hoy la China Popular y los Estados Unidos de nuevo se disputan con crudeza creciente. De hecho, todos los demás nos hemos vuelto a ser otra vez meras comparsas.  

            Así se explica que un portugués ramplón y vanidoso le pudiera decir hace unas semanas a todo un Presidente guatemalteco electo por la gran mayoría de sus conciudadanos que solo le concedía graciosamente diez minutos para oír sus quejas respecto a la CICIG. Por supuesto, tal grosero y engreído patán burocrático ha sido elocuentemente por algún tiempo Secretario General de la Internacional Socialista, es decir, de la corriente más autoritaria de la izquierda organizada que todavía sobrevive, con la adoración usual por parte de Edgar Gutiérrez, Eduardo Stein, Helen Mack, Todd Robinson y otros ejemplares del atraso local.               

            Todo esto, además, en oposición al viejo y sapientísimo adagio de que “el gobierno más cercano al pueblo es el mejor”.  

            A manera de evidencia histórica me permito recordar aquí a mis lectores aquel episodio fundante de nuestro entero Occidente del siglo V antes de Cristo de las magníficas y resonantes victorias de las polis griegas en Maratón y Salamina, pobres y desunidas entre sí pero políticamente soberanas, y por tanto constituidas por ciudadanos conscientes, es decir, por hombres libres y autónomos para todo lo que les concernía en derechos y obligaciones, frente a aquel vasto Imperio autocrático, opulento, monolítico y tan estable, de los persas.

            Aquella experiencia helénica, duplicada más tarde por las tribus germánicas sobre Roma, las hordas mongólicas y los raudos vikingos, además de las experiencias vividas por las ciudades-Estado italianas del Renacimiento, preparó el camino para que al término de la Segunda Guerra Mundial se reconociera por todos el respeto a la respectiva soberanías de cada cual por medio de la creación de la Organización de las Naciones Unidas en 1945 en San Francisco de California.

Una organización que hipotéticamente abraza a todos los Estados soberanos por igual y que pondría fin así a todas las guerras.

Ilusos ilustres, entre ellos Dag Hammarskjöld, su segundo Secretario General, alimentaron en todos nosotros esa ilusión de aquel entonces.

Pero la realidad humana se impuso de nuevo en la persona de José Stalin y de sus seguidores en el poder absoluto hasta la caída del muro de Berlín en 1989.

Desde entonces, de nuevo muy de lamentar, ciertas fuerzas ocultas y degradantes propugnan por un regreso a una voz única, la de un “Gran Hermano” mundial, como lo vaticinara George Orwell a fines de la década de los cuarenta del siglo pasado en su magnífico ensayo “1984”.

Esta predilección cada vez más acentuada por subordinar nuestras respectivas soberanías nacionales a un ente supranacional, digamos la UMA islámica o la ONU supuestamente igualitaria, se empeñan en realidad en consolidar los poderes hegemónicos de algunos pocos sobre los más. Por ejemplo, de los del Foro de Sao Paulo o hasta de una monarca subrepticio absoluto de nombre George Soros.

Por eso tampoco no hemos de olvidar que “el precio de la libertad es una eterna vigilancia”.

La victoria por parte de Guatemala sobre tantas tenebrosas tendencias imperialistas lo ha constituido ese último discurso del Presidente Morales ante la ONU. Y por eso lo felicito de todo corazón.

¡Viva para siempre la soberanía de los pueblos, y en primer lugar la del guatemalteco!

EL MEOLLO DEL PROBLEMA “CICIG”

EL MEOLLO DEL PROBLEMA “CICIG”

 

Armando de la Torre

 

            Durante mis largos años de estudio se me ha consolidado la convicción de que la administración de la justicia es la única obligación prioritaria y soberana del Estado y de todo ciudadano en lo particular. Es más, en lo “equitativo” para ambas partes, es decir, que ambas ganen, se halla la raíz última de la eficacia de cualquier contrato.  

            Ni la salud pública, ni la educación nacional, ni aun la defensa territorial del mismo Estado, como tampoco su red de comunicaciones, ni aun el presupuesto de gastos e ingresos de la entera Nación, ni hasta la facultad  de emitir leyes iguales para todos por el Congreso, son equiparables en importancia y trascendencia a la urgente necesidad universal de que se haga justicia.

Simplificando al máximo hago mías la sabia alternativa de San Agustín en su obra “La Ciudad de Dios”: “Sin justica que son los pueblos sino bandas de ladrones” (Capítulo 4, Libro IV).

            Ningún otro empeño tan enorme y difícil para cualquier humano como la de intentar hacer justicia entre las partes involucradas. Es más, su dispensación la creo como la ambición más audaz, si no alocada, para nuestra humana naturaleza caída.

            Y, empero, estamos obligados en conciencia a procurarla con la máxima seriedad y entereza que nos sea posible.  

            Muy particularmente entre nosotros en el Occidente el hambre de justicia ha sido lo más prioritario en la vida social, y no menos hoy, desde aquellos pocos excepcionales hombres en la periferia del pueblo hebreo identificados como “Profetas”: Amos, por ejemplo, Miqueas u Oseas.

            Por la otra mitad de nuestra progenie cultural, la griega, para Platón la búsqueda de la justicia es el deber supremo de toda sociedad civilizada. Y para los romanos que les sucedieron, la justicia fue el sello imprescindible de toda verdadera República.

Asímismo para los teólogos medievales, Santo Tomás de Aquino a la cabeza, era la virtud de la justicia la suprema entre las cardinales. De la misma manera lo fue para los grandes jurisconsultos racionalistas a principios del siglo XVII, Samuel Pufendorf y Hugo Grocio, por ejemplo, la justicia es la puerta de acceso a la paz entre los hombres. Y otro de ellos, Emmanuel Kant, hasta la elevó al imperativo categórico supremo.

            De igual manera la práctica universal de la justicia, y la paz que de ella necesariamente se deriva, habrían de constituir el objetivo último de los esfuerzos en toda sociedad tolerante y digna para John Locke, Montesquieu y Rousseau.

            Y así, la práctica de la justicia ha devenido en el termómetro mundial de buena salud para toda sociedad de veras civilizada desde esa perspectiva que hoy llamamos el “Estado de Derecho” (el Rechtsstaat). Así lo concibieron inicialmente los grandes juristas alemanes de mediados del siglo XIX, más allá de toda Constitución escrita, y con el que además quisieron traducir a su idioma aquel término originalmente muy anglosajón de “The Rule of Law”.

            Pero muy de lamentar, desde hace aproximadamente siglo y medio, se incubó la filosofía del positivismo por August Comte, que Hans Kelsen hubo de ampliar más tarde al campo jurídico con su “Teoría Pura del Derecho” (Reine Rechtslehre, 1934), y que se nos ha vuelto monopolio doctrinal en muchas de las facultades de Derecho en nuestras Universidades Iberoamericanas.

            Adviértase que sin ese previo punto de vista positivista, en opinión de F.A. von Hayek, tan poco se habrían impuesto los totalitarismos de izquierda y derecha del siglo XX.  

Y aquel otro principio filosófico anterior, tan laboriosamente erigido por tantos siglos bajo el aforismo latino de “vox populi, vox Dei”, se vino estrepitosamente abajo y se ha visto reducido al final para nosotros a solo los caprichos y argucias legislativos de una asamblea, congreso o parlamento de políticos privilegiados electos para esa función. Nada ya de Derecho Natura, tampoco de Derecho consuetudinario (Common Law) solo la expresión verbal de unos pocos endiosados por ellos mismos. Esa es nuestra realidad jurídica hoy.

Y así todos tomamos muy a la ligera la justicia, ahora en manos del más fuerte o del más opulento pero con un ropaje abstracto y grandilocuente.

Y con todo ello, la majestad supremamente neutra en la impartición de la justicia se ha visto reducida a ese nivel de la pobre capacidad mental y caprichosa de unos cuantos políticos en posesión o no de un cartón de leguleyo.  

A tal desplome ahora se le califica oficialmente de “positivismo jurídico”. Y también sobre esa base nos resulta inteligible para nosotros ese monstruoso disparate único que conocemos como CICIG.

Esto también es aplicable al oscuro nicho de la depravación axiológica de nuestra Corte de Constitucionalidad, aunque sus cinco integrantes titulares honestamente no caigan en la cuenta de ello.

Pero tamaña superficialidad la pagamos entre todos con la disminución de la inversión creadora de puestos de trabajo, la prisión preventiva de centenares de ciudadanos guatemaltecos por el capricho justiciero de unos extranjeros, la proliferación de bandas armadas ilegalmente en las áreas rurales del país, la confusión tan nociva que derraman muchos de nuestros medios de comunicación social, la animosidad política rampante y el irrespeto generalizado de unos contra otros.

Ese es el verdadero costo de continuar con esa endiablada ocurrencia de Edgar Gutiérrez, implementada por el “experto” oligarca Eduardo Stein, aupada por la más diestra especialista en tirar piedra y esconder la mano, Helen Mack e implementada por unos cuantos compañero de ruta colombianos.    

Y así se ahoga el espíritu de iniciativa que hace crecer a los pueblos, y se aniquila el coraje cívico que queda reemplazado por la repetición del cobarde “no podemos” (contra la corrupción y la mediocridad de los delincuentes).

Y las virtudes cívicas se evaporan entre nosotros.

Por otro lado los ejemplos históricos en contrario hoy abundan: la recuperación a puro esfuerzo disciplinado de la Alemania vencida en 1945, o la parecida recuperación del Japón ídem, o los milagros económicos asiáticos de Hong Kong, de Singapur, o Corea del Sur, por no extenderme detalladamente a esa pasmosa resurrección después de dieciocho siglos del Estado de Israel que hace un jardín de un desierto y de hombres y mujeres libres y creativos de entre aquellos pocos “esclavos” que sobrevivieron al Holocausto nazi.

Inclusive las sucesivas revoluciones industriales a partir del siglo XVIII son del todo inexplicables sin la creatividad y el tesón de hombres y mujeres humildes para quienes las palabras “no podemos” resultaron impronunciables. Así también entre nosotros lo hicieron millones de emigrantes paupérrimos que construyeron para nosotros, lo hoy vivientes, las Américas, tanto las del Norte como las del Sur.  

En este punto, me permitiría recomendar a mis cultos lectores la relectura de mi favorito discurso de Pericles en homenaje a los primeros caídos atenienses en la Guerra del Peloponeso: “no solo quiero cantar en honor a nuestras generaciones del pasado sino también, y principalmente, en honor a nosotros mismos, los que aquí reunidos, y que hemos hecho de Atenas la gloria única del presente.” (Tucídides, Guerra del Peloponeso).

Categóricamente sí podemos sin subordinarnos a nadie.

LOS DIGNOS Y LOS INDIGNOS

LOS DIGNOS Y LOS INDIGNOS

 

Armando de la Torre

 

NOTA: Este artículo de opinión lo había concluido antes del pasado viernes. Sobre lo sucedido ese día me permitiré un amplio comentario en la siguiente entrega. De momento felicito al Presidente Morales por ese acto varonil y de acuerdo a la ley de terminar definitivamente con la vergüenza nacional que ha significado para todos los hombres y mujeres de buena voluntad la presencia de la CICIG. 

 

            Lo que equivale a decir, simplificando, quienes merecen premios y quienes merecen castigo.  

            La mayoría de los hombres y, sobre todo, de las mujeres en esta tierra ubérrima son personas dignas porque se procuran el pan honradamente y cuidan de sus hijos. Pero también hay una minoría para mí demasiado grande de quienes no cumplen ni con lo uno ni con lo otro. Y que se sienten “políticamente correctos” cuando critican los actos y los pensamientos de los demás.

Días atrás tuve la ocasión de conocer en persona a un miembro de una de las tantas familias dignas de aplauso por la entera sociedad guatemalteca: el joven ingeniero Raúl Aguilar, descendiente directo del famoso y honorable matemático, Raúl Aguilar Batres.  

El tema de conversación giró en torno al asalto y destrucción de una pequeña planta hidroeléctrica, propiedad de su familia, hostigada días atrás impunemente por uno de los tantos grupos de indignos que se dedican a eliminar fuentes de trabajo honrado y de progreso para los demás en las áreas rurales del.

Es una historia de rasgos similares a la de la famosa mina de San Rafael en el Departamento de Santa Rosa, paralizada irresponsablemente durante aproximadamente un lapso de casi dos años por tres magistrado de la Corte de Constitucionalidad.

Este último, en cambio, en cuanto efecto de las acciones de otro grupo de vándalos.

Lo que ilustra, sea dicho de paso, la pobreza conceptual de algunos de los egresados de nuestras universidades respecto a lo que se debe de entender por un “Estado de Derecho”.  

El drama al que aquí aludo tuvo su detonante en una presencia a la que no habían sido invitados, hace aproximadamente un año, de un grupo de supuestos campesinos acarreados por una distancia que les habría significado cuatro horas de marcha a pie desde su punto de partida. Lo que nos dice de inmediato que ni eran trabajadores de la planta ni eran vecinos de los alrededores.  

La hidroeléctrica Sac Ja, ubicada en la Aldea Ribacó, municipio de Purulá, en el Departamento de Baja Verapaz, había estado activa pacíficamente en operaciones por ocho años tras haber cumplido absolutamente con todos los trámites y requisitos legales propios para tales emprendimientos.  

Resulta muy elocuente acotar que durante todo ese periodo de operaciones se había mantenido una armoniosa relación mutuamente beneficiosa entre propietarios y trabajadores y también con los vecinos de las áreas adyacentes.  

Pero en el mes de marzo último el tal grupo de hombres desconocidos en ese medio rural, pero que más tarde habrían de identificarse como miembros de la cooperativa Monte Blanco, a unos kilómetros de distancia, irrumpieron abruptamente, con lujo de fuerza, en las instalaciones de la hidroeléctrica y se dieron a la tarea de dañar y hasta quemar partes diversas de las misma sin presentar demanda alguna.  

Incidentes como éste se repitieron a lo largo de cinco meses consecutivos, sin que adujeran reclamo alguno, y con la usual tolerancia por parte de las fuerzas del orden.

El Ministerio de Gobernación, a reiteradas instancias de los afectados, por fin decidió enviar un destacamento de ochenta hombres de la PNC para custodiar aquella propiedad repentina e inexplicablemente asaltada. Pero entonces, la respuesta de aquellos violentos salvajes tampoco se hizo esperar, y a los pocos días un grupo algo más grande de ellos rodeó al destacamento, los maltrataron e insultaron, y para colmo les robaron sus armas. Otro caso de la generalizada indefensión ciudadana a la que están expuestos los habitantes de las áreas rurales desde la firma de una paz “firme y duradera” veintidós años atrás.

Tanto desmadre, lo normal para tantos forajidos que jamás acatan las leyes pero que se desenvuelven tranquilamente con absoluta impunidad, mientras al mismo tiempo, por obra de los intrusos de la CICIG, centenares de otros ciudadanos gimen hasta en cárceles improvisadas sin haber sido sometidos previamente a debido proceso legal alguno.

Lo importante es recordar que los legítimos propietarios de esa planta hidroeléctrica recurrieron reiteradas veces a las autoridades legales durante esos cinco largos meses de oprobios.

Mientras tanto, esos improvisados funcionarios de la ONU, don Iván a la cabeza,  hipotéticamente encargados de ayudarnos en la persecución de grupos de poder brillaban como ya sabemos que le ha sido habitual en tales casos, por su ausencia…

Lo que irónicamente vuelve a demostrar que las autoridades públicas en vez de proceder inmediatamente a la defensa de los injustamente agraviados, prefirieron perder el tiempo en el entretanto en pesquisas inútiles en torno a si los dueños de la empresa asaltada “¡estaban en ley!”.

En el mes de junio próximo pasado, luego de varios intentos frustrados, una Comisión ¡Presidencial! del Dialogo logró por fin conformar una mesa en la cual el único reclamo a discutir,  según lo pretextado por aquel grupo de asaltantes, era un supuesto irrespeto al “derecho consuetudinario sobre la tierra” y que por eso se habían sentido “obligados” a recurrir a la violencia en contra de toda legislación positiva sobre la tenencia de tierras por aquellos parajes.  

Sin embargo, olvidaban convenientemente que desde el primer encuentro entre las partes, los representantes del Registro Catastral ya les habían aclarado a los amigos de lo ajeno que la hidroeléctrica Sac Ja tenía toda su documentación en regla desde un inicio y de acuerdo a todas las leyes vigentes. Es más, en aquella misma ocasión allá por el año 2015, los representantes de la Federación de Cooperativas de las Verapaces (FEDECOVERA), también se habían manifestado enteramente de acuerdo con la instalación de la hidroeléctrica, de la cual era parte integrante la cooperativa Monte Blanco a la que ellos habían declarado pertenecer.  

Hoy, después de 180 días de una hidroeléctrica brutal e ilegítimamente paralizada por ese recurso delincuencial a la fuerza ciega, la hidroeléctrica lamentablemente ha perdido casi tres millones de dólares, que nadie la va a reponer, y con daño colateral para las aproximadamente 350 familias que de ahí derivan su diario sustento.  

Para colmo, ahora esa misma empresa es acosada por las autoridades con multas que ahora les son  impuestas ¡por haber cesado operaciones!

Justicia a lo CICIG…

LA INFAMIA NEOCOLONIALISTA DE LA CICIG

LA INFAMIA NEOCOLONIALISTA DE LA CICIG

 

Armando de la Torre

 

            Aquí desde hace casi once años nos movemos oficialmente a contrarreloj de la historia de la civilización.  

El colonialismo de otrora ha renacido de pronto para nosotros no dentro de los parámetros de los antiguos Estados nacionales sino adherido a ese “Gran Hermano” que llamamos “Organización de las Naciones Unidas” (ONU), “donde cinco iguales son más iguales que los demás.”

            Y como es de esperar, también han renacido los lamebotas locales de esa improvisada Metrópoli global neocolonialista con sede Nueva York.   

Y por eso, bajo el pretexto de reciclados supuestos neocolonialistas como, por ejemplo, en nuestro caso, ayudar a nosotros, a los infelices colonizados, en el sector justicia.

Lo más notable y dolorosos aquí en Guatemala es que el nuestro es el único Estado-Nación sobre toda la faz de la tierra que se haya acomodado oficialmente a tal nuevo orden mundial como si fuera legítimo, y durante cuatro periodos presidenciales sucesivos, es decir, del 2007 a la fecha.    

            ¡Cuán degradante!  

            Y todo a instancias de grupo afines al de los desorientados hijos de esta patria décadas atrás que la sumieron caprichosamente durante treinta y seis años en un mar de lágrimas y de sangre. Y que una vez vencidos por las beneméritas y poco reconocidas Fuerzas Armadas de Guatemala, corrieron a refugiarse bajo las faldas del poder neocolonial mediante la promoción de ese engendro maquiavélico conocido por sus siglas como “C.I.C.I.G”.      

            Caso único en la historia contemporánea del entero mundo y que a muchos guatemaltecos de buena voluntad les resulta psicológicamente imposible de digerir como parte de la realidad histórica.

            Pero, amigos, sí es nuestra realidad.

            Y, en el entretanto, algunos otros languidecen en las cárceles sin que se haya demostrado legalmente que la hubiesen merecido, e incluso algunos que ya han muerto en ella.

            Crimen repugnante al que nosotros, los todavía libres, nos hemos acomodado perezosamente.

Muy pocas han sido en la historia las razones que hayan justificado moralmente  levantamientos armados. Pero esta bota asesina sobre los pescuezos de todos los que aquí vivimos la creo una razón válida hasta para una insurrección armada contra ese engendro diabólico de la CICIG. Que ha aniquilado hasta sus raíces últimas entre buena parte de la población, poco o nada alerta, del desmoronamiento de la diminuta estructura que nos restaba nuestro edificio ético nacional.

            Y así todo permanece inmovilizado, también la inversión extranjera y el consiguiente desempleo de nuestras masas laborales, ante el casi absoluto mutismo por parte de muchas cabezas supuestamente pensantes entre nosotros y, sobre todo, por nuestras autoridades legítimas, previamente obligadas por ley constitucional a defender nuestra soberanía colectiva.   

Y así, tres conocidos magistrados de la Corte de Constitucionalidad, y una no menos conocida ex Fiscal General, añadido algún que otro oportunista calculador en la Corte Suprema, han osado impunemente por neutralizar cualquier intento de los guatemaltecos por recuperar la integridad de nuestro ordenamiento jurídico vigente. Muy en especial para todos quienes laboramos y siempre pagamos nuestros debidos impuestos, y nos hemos hecho un modo honesto de vida en esta tierra tan singular.

De todo esto concluyo una vez más que lo más enfermo en los poderes soberanos del Estado es el Poder Judicial, sin perspectiva alguna de mejora en tanto se mantenga vigente el monopolio corruptor de la CICIG, enteramente al servicio de poderes del extranjero.

            Y de esa manera nos vemos reducidos todos a un verdadero Estado de indefensión frente a los desmanes de unos poquísimos abusadores, tanto nativos como llegados de fuera, y con escasas  esperanzas de poderlos expulsar.

            Recuerdo que un gran jurista alemán de principios del siglo pasado, Rudolf von Ihering, acuño la frase de que “el Derecho es un mínimo de moral”. Y de otros más cercanos a nuestros tiempo, Hayek, Kelsen y el filósofo K. R. Popper, habían llegado a la muy realista conclusión de que no se ha de aspirar a un aumento del número de casos en los que supuestamente hemos hecho justicia sino más bien poner todo nuestro énfasis cívico en disminuir los casos de injusticia.

Lo que es armonizable con esa verdad de sentido común de que siempre “es preferible tolerar cien delincuentes libres que retener a un inocente en prisión.”

            Desde estas perspectivas, el triunfo de la corrupción entre nosotros, mediante la CICIG, es total. Y de ello todos habremos de dar cuenta inevitablemente un día ante nuestros descendientes y ante la divina justicia.

            Y, para añadir injuria sobre ofensa, CODECA, el CUC, FRENA y otros grupillos delincuenciales, para cuyo control precisamente se pretextó a ese gran engaño llamado CICIG, continúan con sus erráticas destrucciones de fuentes de trabajo para los hombres y mujeres honrados tales como hidroeléctricas y minerías, hostigamiento de inocentes en la forma de robos de energías casi exclusivamente en las áreas rurales, las más pobres del país.

Y todo ello, simultáneo a su incesante labor de zapa del prestigio internacional de Guatemala, con lo que logran embusteramente mantener su posición en Guatemala.

Todos ellos, muy lamentablemente, también con la aquiescencia de algunos “señoritos” del sector productivo del país, tontos útiles al servicio de burócratas internacionales como el Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, ex Presidente, recuérdese, de la Internacional Socialista y que jamás se ha dignado poner un pie en Guatemala.

            Es más, los probables escenarios definitivos que tan sigilosamente nos preparan los tenemos ya a la vista y a relativa corta distancia: Cuba, Venezuela y Nicaragua…

            (Continuará)

Todd Robinson de regreso

TODD ROBINSON DE REGRESO

 

Armando de la Torre

 

            Los vividores a costa de los demás nunca cejan en sus propósitos. Pues, por supuesto, han de comer a diario.

            A Todd Robinson, después de su breve y fracasada incursión por Venezuela, nos lo ha endilgado de nuevo el flamante Secretario de Estado de Mr. Trump, Mike Pompeo. Como si no tuviéramos ya otros muchos de su calaña instalados cómodamente entre nosotros, y hasta algunos más igualmente afines a Mr. Obama y a Mr. Robinson aunque no sean gringos, tales como Edgar Gutiérrez, Eduardo Stein, Helen Mack y aun algún que otro señorito del sector productivo del país así como demás personajes muy bien conocidos por estos lares.

¿Nos habremos vuelto para el Departamento de Estado depósito de sus sobrantes perniciosos como si de ellos aquí no tuviéramos ya los suficientes autóctonos?      

            Pero mi mayor preocupación por el futuro de este excepcional país y de sus tantos nobles moradores de mi conocimiento personal, entre los cuales quiero ahora recordar aquí al inolvidable y recién fallecido Guillermo Mata Amado, lo continúa siendo esa terca presencia tan dañina a todos de la CICIG, que mantiene económicamente paralizado al país al desalentar a los inversionistas del exterior con sus arbitrariedades reiteradas y encima luego de haber hecho trizas lo poco que nos quedaba de un Estado de Derecho.     

Pues coparon desde el principio, estratégicamente, el poder judicial empezando por el Ministerio Público y coronándolo con la dictadura que les es siempre obsequiosa de tres magistrados de la Corte de Constitucionalidad, y que parecen no descansar hasta que hayan cooptado los otros poderes soberanos del Estado guatemalteco. Recuérdese que el pretexto para su intromisión tan abusiva fue el de “ayudarnos” en el sector justicia.

            A todo ello añadamos la ausencia casi total de un enérgico y conocedor Poder Ejecutivo durante los últimos cinco ejercicios consecutivos del mismo, o sea de Portillo al actual.

            Lo que parecería justificar esa demanda universal por recuperar un Poder Ejecutivo efectivo como resistencia al interno a cualquier forma de anarquía, tal cual lo ilustró magistralmente Robert Nozick en su clarividente estudio intitulado “Anarchy, State and Utopia” (1974).

            De acuerdo a este autor no bastaría proclamarse “ni corrupto ni ladrón”, y hasta inclusive serían preferibles gobernantes en lo personal menos virtuosos pero al menos más eficaces y diestros en su oficio de gobernar.   

            Pues siempre ese oficio se ha mostrado dificilísimo de ejecutar en cualquier partes, pero que tras cuatro mil años de ensayos y errores ya deberíamos en todo el Occidente haber aprendido en qué consiste.    

            Por eso en alguna ocasión previa no menos aludí a otro texto igual de retador de acuerdo a lo ambicioso de su título: “El Fin de la Historia”, de Francis Fukuyama (1992).

En esta última obra, su autor constata que a ese mismo plazo de milenios ya hemos aprendido mayoritariamente que la forma democrática de gobierno y el libre mercado son los pilares imprescindibles y universales para el arte del buen gobierno. Esto es, la inclusión universal de una estructura política de pesos y contrapesos, lo que llamamos una “República” y también, su equivalente jurídico, el Estado de Derecho.  

Nuestro problema particular aquí, de momento, reside en que el susodicho Robinson, así como el puñado de sus irresponsables simpatizantes chapines, no parecen haberse enterado de todas estas aseveraciones en absoluto. O sea, que de hecho se comportan todavía como analfabetas funcionales en estos tiempos del internet.  

Lo que me lleva de regreso a ese otro tema inevitable, el de la educación pública deficiente, hasta ahora el sello macabro para identificar el subdesarrollo. Pues ha permanecido por demasiado tiempo en manos de políticos, a penas alfabetizados en lo moral o ético. De ahí que, por ejemplo, los programas de educación en valores y también en civismo apenas contengan las nociones más superficiales para el sistema público sin dejar huella para el adulto del mañana.          

Por eso, la mayoría de nosotros nos hemos acostumbrado a relegar la ética profesional a un lugar secundario en nuestras preocupaciones diarias, cuando debería ser la constante columna vertebral que nos mantenga productivos y en paz de conciencia.    

Entonces, supuesta esa intromisión de tantos políticos mediocres en la educación de nuestros jóvenes, ¿qué podemos esperar, pues, de nuestros funcionarios, electos o designados?

Por eso, ante todo, deberíamos corregir y ver explicitadas por cada corriente política sus estrategias para elevar la calidad de la educación moral de la población en todas las convocatorias a elecciones generales.   

Otro reciente indicio de esa inseguridad ética nos lo ha suministrado la noticia de una inesperada reunión organizada muy discretamente, y fuera de nuestras fronteras, lejos, por lo tanto, de posibles análisis críticos de sus futuros electores, por ciertos dirigentes políticos guatemaltecos pero en la vecina República de El Salvador.

Para mi sorpresa, entre ellos figuraron algunos personajes de mi entero respeto, así como otros lamentablemente para mí nada respetables.

Pues me llamó la atención tanto sigilo para un encuentro en la tierra de un Presidente, Salvador Sánchez Cerén, exguerrillero de la Farabundo Martí, que simultáneamente desde la Habana proclamaba a voces su solidaridad con el asesino nicaragüense de centenares de jóvenes centroamericanos, Daniel Ortega.

¿Pretendían acaso esos chapines ahorrase un posible reclamo por parte del TSE guatemalteco bajo el rubro de “campaña anticipada”?

Pero, de nuevo, todo eso lo conceptúo como una prueba más de nuestra desorientación ética cuando incursionamos en la vida pública. ¡Y estamos ya en los comienzos del tercer milenio a partir de aquel bochornoso ejemplo de Poncio Pilatos!

Porque, reitero tomándolo de un gran mentor: “instruir puede cualquiera, pero educar solo quien sea un Evangelio vivo”.

Por eso, Todd Robinson y comparsa: ¿a qué viene esa pretensión de darnos lecciones de civismo vía CICIG o del Departamento de Estado?   

La campaña electoral está otra vez en marcha, y de ello me alegro porque al menos podría servirnos quizás de freno momentáneo a ese ímpetu dictatorial de sólo tres Magistrados de la Corte de Constitucionalidad que hasta ahora han constituido muy irresponsablemente una mayoría desastrosa en esa misma Corte.

El mejor lema electoral: Cumplamos con la ley

EL MEJOR LEMA ELECTORAL: ¡CUMPLAMOS CON LA LEY!

 

Armando de la Torre

 

            Guatemala, amigos, continúa en su ascenso, pese a tantos lamentos y reproches, incluidos en primera línea, por supuesto, los infames de la CICIG tanto los que propalan en el extranjero como los que aúllan su jauría local.

            La libertad de expresión que hoy nos permite a todos opinar tan libremente en pro o en contra de cualquier cosa, es un bien social que inevitablemente conduce al largo plazo al progreso tanto el general como el material de todos. Es decir, en nuestro caso particular, de quienes habitamos en esta ubérrima tierra. Incluso creo poder afirmar que es quizás lo más importante que todos hemos podido derivar de la Constitución de 1985.

            Por otra parte, sostengo que la CICIG, amén de entrañar muchas injusticias y corruptelas, ha logrado por estos años relentizar al mismo tiempo el desarrollo económico y social de todos menos, por supuesto, el de ellos mismos en lo particular.

También es verdad que ciertos “señoritos” guatemaltecos vegetan con sus arteras hipocresías de siempre validos ahora de esa misma CICIG y de sus grandes financistas internacionales.

No es menos verdad, repito, que Guatemala se mantiene de pie en un difícil equilibrio de sello moral, lo que implica no haber sido todavía doblegada del todo. Aún nos queda algunos magistrados y servidores públicos probos, entre ellos el tan vilipendiado por Helen Mack mi amigo personal Conrado Arnulfo Reyes.

Permanecen muy lamentablemente, empero, unos doce mil guatemaltecos en prisión “preventiva”, al margen de todo debido proceso jurídico según lo establecen tanto la Constitución vigente de la República como el Código Procesal Penal.

Entre ellos por ya seis años el coronel Juan Chiroy porque así le plugo en su inicio a Francisco Dall’Anese, un despreciable costarricense al frente de esa misma corrupción multimillonaria llamada CICIG, y el que tramó cobardemente desde aquí con Claudia Paz y Paz el bochornoso “juicio” contra Erwin Sperisen en el cantón “rojizo” de Ginebra, Suiza.

No menos indigna el caso de un honorable empresario sin tacha alguna, Max Quirin, al igual que la de un abogado de mi personal conocimiento, Moisés Galindo, así como los de otros altos oficiales del ejércitoguatemalteco, ahora vilipendiados por el capricho de ese sospechado exguerrillero colombiano del M-19, Iván Velázquez, y de sus compinches aquí nacidos como el politicastro Edgar Gutiérrez o el dudoso Eduardo Stein, y un largo etcétera rojizo ya por todos nosotros bien identificados.                

            Pero Guatemala progresa aun cuando siga bajo la asfixia económica derivada de las acciones criminales de tales extranjeros, con algún apoyo estratégicamente cobijados en Washington, Nueva York o Bruselas.    

            Pero con vista a la ya muy próxima convocatoria a elecciones aquí, podríamos todos responder de pie y así continuar con nuestro avance colectivo pacíficamente y a velocidades supersónicas con solo que todo aspirante a puestos de elección popular escogiera como divisa suprema el respeto sin excepciones a la ley vigente.   

            Porque un respeto que fuera universal a las leyes vigentes ha sido hasta ahora nuestro máximo déficit nacional, como también ha sucedido en Colombia, en Costa Rica, en España, en Bolivia, y en el resto del mundo de habla castellana, con la excepción posible de la República de Chile.   

            Es verdad que cada uno de los que aquí vivimos tenemos razones más que suficientes para objetar la observancia de tal o cual norma o decreto legal, incluidas hasta las constitucionales. Pero en tanto no sean reprobadas o alteradas por la autoridad legítima, es decir, la libre y mayoritariamente preferida por una mayoría electoral, habrían de ser respetadas y acatadas por todos siempre, desde el Presidente de la República al último de los recién llegados a la edad de la razón.    

            Incluso esto nos podría ayudar a explicarnos los mal entendidos y choques culturales reiterados entre las autoridades y pueblo norteamericanos y los respectivos de nuestra América ibérica, como, por ejemplo, el tan encendido debate en torno a la migración ilegal.  

Pues la gran ventaja de los Estados Unidos sobre nosotros desde su nacimiento no menos entre lágrimas y sangre, siempre ha sido que allá la obediencia y el respeto a la ley vigente ha sido una constante casi universal, mientras que entre nosotros ha ocurrido tradicionalmente lo contrario. Ellos se glorían de ser un país de leyes; nosotros de “revoluciones”.  

Tal diferencia en actitudes es observable aun desde el tráfico vehicular diario. Y así todo mexicano, o centroamericano, se cree con el derecho “humano” a migrar hacia el Norte cuando le plazca, por encima de cualquier legislación allá vigente. Lo cual, como también sabemos, ha conducido a tantas tragedias personales y familiares tanto al norte del Rio Grande como al sur.    

            ¡Dura lex sed lex!, nos enseñaron los romanos.

            Es más, se podría encima pensar que ese respeto a la ley se podría tomar como el punto de eclosión para toda vida verdaderamente civilizada.   

            Y así, ese escudo retórico de la “revolución” ha sido esgrimido una y otra vez indiscriminadamente entre nosotros como lo verdaderamente laudable, lo cual es una falsedad.

Porque el concepto de “revolución” es y será siempre inevitable en cualquier ámbito de cualquier cultura, pero en cuanto a equivalente a evolución acelerada, no a derramamiento de sangre. Por ello, saltospolíticos hacia atrás jamás habrían de camuflarse bajo la etiqueta mendaz de “revolucionario” hacia adelante.

Tales han sido los casos, por ejemplo, del despotismo “ilustrado” de Robespierre, o de la instauración del Gulag soviético, o hasta de los infames campos de concentración nazis, así como del genocidio perpetrado por Pol Pot.

Fue también este, sea dicho de paso, la esencia del mensaje subliminar que nos transmitió tan elocuentemente “George Orwell” (pseudónimo de Eric Arthur Blair), a partir por la sólida formación humanista recibida por él en la celebérrima escuela de Eton, no muy lejos de Oxford.  

La CICIG es esa misma verborrea de bárbaros disfrazada de búsqueda de la justicia.

Y quienes no lo quieren ver pecan, adicionalmente, de ausencia de toda solidaridad humana hacia quienes gimen por la injustamente, es decir, por el irrespeto a la ley.

El eterno pecado de cualquier Judas de la historia.

De ahí que el respeto irrestricto a la ley habría de tornarse lema universal de la vida política. Y que cuando nos parezca que la ley ya es obsoleta, dentro de la misma ley cambiarla por otra.

En eso descansa todo Estado de Derecho.   

La raíz de muchos de nuestros dilemas: Los Señoritos

LA RAÍZ DE MUCHOS DE NUESTROS DILEMAS: LOS “SEÑORITOS”

 

Armando de la Torre

 

            Desde hace tiempo he rastreado por todo nuestro mundo iberoamericano el prototipo del “señorito”, ese personaje tan pernicioso brotado de aquella prosperidad inesperada que derivaron en su momento de la plata y del oro de América los Conquistadores y también sus nietos y bisnietos.    

Un rasgo que históricamente vino a tipificar la decadencia imperial española, notable ya con toda fuerza por allá del Atlántico y por acá de la América desde del siglo XVII.

Aquel “señorito” español del Barroco tuvo mucho de heredero, y poco a su turno de hacedor, de soñador mucho, aunque de previsor muy poco, gentil y refinado, pero siempre hipercrítico de todos los demás y muy alejado de la experiencia sudorosa del trabajo manual. Para ello siempre les bastaron los esclavos africanos y la servidumbre de los indígenas.  

Tampoco fue un fenómeno social deliberado sino que muy espontaneo (o “dialéctico” según Hegel como por primera vez lo estereotipó en su “Fenomenología del espíritu” nada menos que en pleno auge napoleónico, hacia 1807).  

Una treintena de años más tarde otro joven, de nombre Karl Marx, se habría de sentir por ello tan atraído e iluminado que le sirvió de cierre a su esquema dialéctico sobre el “amo” y el “esclavo”.

Por otra parte, entre los países germánicos del norte de Europa, por los que se movió el joven Marx, no había trazas del tal fenómeno retrotraíbles del “señorito” a ninguna “Conquista” militar hecha por sus antepasados sino a aquella otra revolución pacífica y artesanal que hoy solemos calificar de la “primera revolución industrial”.

            Tema por cierto observado y abusado hasta el cansancio por casi todos los socialistas de los últimos dos siglos. Pero que por la escasez de espacio aquí rehúso a ampliar.    

            El “señorito” satisfecho, pues, según la acepción corriente que además a él aplicó el modernismo español después de aquel año del “Desastre” (1898), cuando fueron barridos los últimos baluartes imperiales de la Conquista (Cuba, Las Filipinas y Puerto Rico), vino lamentablemente a encarnarse en muchos de los indolentes burguesitos “mimados”, que gozaron no menos de las ventajas del trabajo ajeno aunque esta vez los que sudaban y gemían era los inmigrantes libres aunque muy pobres llegados desde la vieja Europa al “Nuevo Mundo”.

            Y así, también el arte del Occidente, muy en especial a ratos el de la música clásica y con más frecuencia el de la romántica que les fueron coetáneos, supo recoger e idealizar con gran belleza las frustraciones existenciales de semejantes herederos ociosos. Por ejemplo, la de los estudiantes “bohemios” en el París de la” Belle Époque”, que habían esbozado por escrito Flaubert, Víctor Hugo, Emilio Zola o León Tolstoi o la de los muy plebeyos toreros y sus amantes, que entre muchos otros enalteció al máximo George Bizet y a su turno adornaran con dulces melodías y ritmos vocales también Verdi y Puccini, y que perdura hasta el día de hoy, aunque retadas más   recientemente por la de los “blues” de Nueva Orleans, el Rock de “Elvis Presley” y los ritmos que se tornaron tan populares de los “Beatles”.

            Pero el “señorito” se proyecta también bajo otros enfoques, el del perpetuo “revolucionario”, por ejemplo, que tanto sedujo para sí mismos a Fidel Castro y a Ernesto Guevara, o la del escritorzuelo hipercrítico, como lo rezuman hoy con frecuencia algunas de las redes sociales. 

            Pero lo que aquí quiero subrayar de nuevo es lo muy contradictorio y hasta lacerante de muchas de sus imitaciones romantizadas: las de Oscar Wilde y Teddy Roosevelt por ejemplo, que fueron en su momento arquetipos contemporáneos entre sí y antagónicos de otras formas del “señorito”, testigos ambos del traspaso del poder imperial y global de Europa a América.

Ortega y Gasset se opuso a esa “nobleza de sangre célebre” tan cacareada en los nostálgicos medios de masas de hoy, precisamente cuando apenas ya quedan monarquías.

O un Fernando Botero o un “Timochenko”, polos irreconciliables en nuestra vecina Colombia. O también en Cuba, como el en Guatemala tan poco conocido contraste entre un Julio Lobo y un Fidel Castro, cada uno no menos “señorito” que el otro. Pero uno conservador y el otro permanente “revolucionario”.

            Fidel se me ocurre como el mejor exponente del “señorito” destructivo: privilegiado previamente en todos los sentidos, sin mérito alguno de su parte, pero bañado, encima, del oro que heredó de su tosco pero muy emprendedor padre inmigrante y semianalfabeta. Implacable, además, como suele comportarse todo aprendiz de “señorito”, también aquí y ahora, en esos juicios tan simplistas y condenatorios de todos.

Pues Fidel jamás trabajó en su oficio de abogado ni supo ganarse salario alguno, mimado, empero, tanto por algunos otros acomodados muy ignorantes como por el torrente de los hombres-masa de su tiempo.

            El “señorito” perfecto como estímulo para todos los de aquí y que como tales aplauden la presencia de la CICIG.  

            Pues en Guatemala tenemos ahora sobra de tales ejemplares que, típicamente, piensan a la moda del extranjero y por eso gesticulan hacia la izquierda y hasta se creen la parte más encomiable de ella.   

Por ejemplo, en nuestro caso, desde hace medio siglo, desertaron de sus “estudios” en la Universidad de San Carlos para incorporarse al terrorismo urbano o al predominantemente rural. Mas hoy solo insultan, desde el anonimato como otros “peladeros” más, y aun a la parasítica espera de su “resarcimiento” por parte de quienes laboramos todos los días y no nos hemos declarados “resarcibles”.  

Así entiendo los campos antagónicos entre quienes se solidarizan con la CICIG, casi todos “señoritos” tan críticos como ignorantes, y quienes nos oponemos a ella, adultos al menos apoyados en una más larga experiencia de trabajo y estudio, y por lo tanto templados por una mayor dosis de sentido común.

(Continuará)      

 

                

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Embajador Arreaga: A quién sirve usted?

EMBAJADOR ARREAGA: ¿A QUIÉN SIRVE USTED?

 

Armando de la Torre

 

            Lo he observado desde lejos durante los ocho meses que ha fungido en Guatemala como Embajador de los Estados Unidos de América.

No quiero juzgarle por anticipado con dureza porque creo que su presencia ha sido todavía demasiado breve para ello. Pero tampoco acepto con benevolencia algunos momentos de su trayectoria seguida por usted luego de su regreso a esta su tierra natal, Guatemala, dada la complejidad de los hilos legales que han tejido tanto su presencia en la vida pública como la mía privada.

Lo mismo pienso desde la óptica del país que lo vio nacer como desde el de su adopción en cuanto adulto pleno. La verdad, me tiene algo confundido si tengo en cuenta la complejidad del momento político tanto en los Estados Unidos bajo el liderazgo de Donald Trump como en Guatemala bajo el equivalente de la CICIG.  

Las razones para mi cautela me las sugieren, además, lo raro de sus breves apariciones públicas, entre las que sobresale la publicación de ese gesto pueril de una foto suya con un letrerito junto a su pecho que reza “I love CICIG”.

            Y esto me anima a llamarle públicamente la atención porque tras casi un año de residencia como Embajador del Presidente Donald Trump en este suelo ya debería haber caído en la cuenta del peso crítico que en este momento encierran cualquiera toma de posiciones suya relacionada con ese el problema de Guatemala más lacerante de todos: el intento por ciertos extranjeros apátridas de someter el soberano poder judicial de este país a sus prejuicios hostiles. Que han terminado evidentemente por enderezarse contra la impartición de justicia propia de todo Estado de Derecho y aun de la decencia en toda sociedad civilizada.  

            En teoría, usted es el representante legal de su país adoptivo entre los que aquí legalmente residimos, ciudadanos guatemaltecos o no, en cuanto de la cabeza democráticamente electa de los Estados Unidos de América.  

En concreto, sin embargo, me lo ha hecho dudar y muy en especial, esa arista que apunta a una posible conducta suya de irresponsabilidad en cuanto diplomático: la de la publicación de una foto de usted junto a Iván Velázquez, como una disimulada adhesión de su parte al grupillo de funcionarios del Departamento de Estado que todavía tratan tercamente de frustrar la voluntad del electorado tan plenamente puesta en evidencia en las últimas elecciones de su país adoptivo.    

Es decir, que lo entreveo cada vez más como parte rezagada, pues no menos afín a la política exterior periclitada de Barack Obama, y de los demás detractores de hoy del Presidente en ejercicio, precisamente quien le ha hecho su embajador suyo aquí. Empero, por eso mismo, concluyo que tal vez usted pueda que no sea la expresión más idónea de su política oficial hacia Guatemala.   

            Esto cobra más importancia ante de la inminente visita anunciada del Vicepresidente de los Estados Unidos, Mike Pence, a quien hipotéticamente usted habría de contribuir a entender este momento crítico que vive Guatemala.

            Las relaciones entre nuestros dos países que nos son a ambos tan queridos reclaman de usted y de mí la máxima neutralidad que nos sea dable. Y en su caso particular, dado el peso político de su persona, también fuera del ámbito local.      

            Porque ya su predecesor inmediato, Todd Robinson –recién expulsado de Venezuela por su intromisión en los asuntos internos de ese país– se atrevió a hacerse merecedor en su momento de igual sanción en Guatemala por el Presidente Morales, aunque que no lo hiciera efectivo dado que previamente a ello –como sucede con ese otro más reciente del embajador de Suecia, Anders Kompass–, el Presidente se tropezó simbólicamente con una mina terrestre encarnada en una  misma saboteadora, la Magistrada Gloria Porras, nadie menos que una integrante de la Corte de Constitucionalidad nombrada por el Congreso como su representante por presión ilegal de ese mismo Todd Robinson.    

            Y todo ello como torcido apoyo en favor de otro aprendiz de dictador en el presente guatemalteco, el colombiano Iván Velázquez, ex-miembro en su país del movimiento guerrillero M-19, y hecho ahora árbitro supremo aquí por un absurdo y muy autoritario respaldo por parte de dos Secretarios Generales consecutivos de las Naciones Unidas. Herramienta, que lógicamente, ha auspiciado y todavía auspicia con fervor el ex Secretario General de la Internacional Socialista, el portugués Antonio Guterres, ahora a su turno el Secretario General de las Naciones Unidas.   

            De resultas de todo esto, en Guatemala todos nos hallamos sometidos como ningún otro pueblo en el entero orbe a los dictados de remotos extranjeros que ni siquiera han puesto el pie en este país ni por supuesto aportado centavo alguno de sus impuestos.

Y así, irónicamente, ahora resulta que nos hemos adelantado a todos los demás pueblos en hallarnos sometido a un Big Brother de cariz totalitario, como lo vaticinara hacia 1948 el perspicaz George Orwell en su obra pretendidamente profética “1984”. 

Y todo, sea dicho de paso, también enderezado a frustrar la estrategia legislativa de este último Jefe de Estado guatemalteco que ya los partidarios de tal gobierno mundial adversaran desde el primer momento de su elección, entre otras razones por evangélico, pro militar y pro israelí.  

Y usted, don Luis Arreaga, ¿se dejó retratar públicamente con ese letrerito en el pecho que rezaba “I love CICIG”, o sea, I want such a Big Brother para Guatemala?

¿Es ésta una sugerencia “diplomática” como la de ese mismo predecesor inmediato suyo cuando ordenó que ondeara al ingreso de la Embajada de los EE.UU. en Guatemala la bandera del movimiento gay internacional?

¿Y para colmo, en su caso personal, en esta noble tierra de los antepasados de usted?…

Cuidado, don Luis, porque de tales fibras invisibles se han tejido los murales de todos las traiciones a lo largo de la historia.   

Y porque está a punto de incurrir en otra omisión culposa acerca de la verdadera situación actual en Guatemala en vísperas de la visita de Mr. Mike Pence, a quien usted está obligado a informar con la máxima imparcialidad posible. Por ejemplo, el recordarle el hecho de que ese súbito flujo de emigrantes ilegales desde Guatemala, vía México, que tanto nos preocupa allá y aquí, es solo atribuible a la todavía menos conocida verdad en el extranjero de los atropellos crueles y empobrecedores a los que están sujetos nuestros habitantes de las áreas rurales, dígase en San Marcos o en el Polochic, por manos de los ilegales grupillos desprendidos hace una veintena de años de la matriz terrorista “Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca” (URNG).

Por lo tanto, señor embajador, ¿a quién entiende usted haber servido al final durante esta su breve experiencia diplomática?  

 (Continuará)

  

Lo mejor y lo peor de nuestro momento

LO MEJOR Y LO PEOR DE NUESTRO MOMENTO

 

Armando de la Torre

 

            Empiezo con lo peor por lo que ha entrañado de tanto horripilante sufrimiento humano: la erupción del Volcán de Fuego.

            Las tragedias personales derivadas de ese fenómeno telúrico aún no se han contabilizado del todo y dudo que alguna vez pueda lograrse. Lo más horripilante en todo ello: lo seres humanos calcinados vivos, para llorarlos sin consuelo particularmente cuando nos referimos a tantos niños y adolescentes afectados.   

            Pero también ha asomado en esta tragedia algo de lo mejor de lo humano: la solidaridad tan generosa por parte del resto de la población laboriosa y en lo personal no afectada. Y así, la compasión cristiana de muchos se nos ha vuelto bálsamo ejemplar para todos. Para edificación propia y del resto de los pueblos del mundo que nos han sido testigos.   

Y así lo peor, por otra parte, ha dado vía para lo mejor y doy entusiastas gracias a Dios por el corazón inspirado de este tan noble y tan sufrido pueblo guatemalteco.

            De nuevo de regreso a lo peor: esa terca corrupción que persiste en nuestra vida pública, ahora agravada exponencialmente por la corrupción adicional que nos es del todo ajena de la CICIG. Que exacerba, y no puede curar, nuestras debilidades consuetudinarias, y encima importada desde el extranjero por los cálculos perversos de algunos hijos descarriados de esta ubérrima tierra, acompañados siempre del aplauso de un montón de ignorantes cortoplacistas.

            Por otra parte, retrotrayéndonos a aquella esperanzadora expresión de civismo que aquí se destapó en abril del 2015, una verdadera insurgencia del todo pacífica, todavía nos inspira y mantiene en alto nuestro espíritu combativo.

Luces y sombras, que nos certifican de nuevo la vieja verdad de que “el precio de toda libertad es siempre una eterna vigilancia”.

            Guatemala, has dado un salto exponencial hacia lo mejor precisamente porque lo has acometido bañado en las lágrimas del engaño y de la traición.  

Me atrevo a creer que hemos progresado en estos últimos tres años mucho más que en los tres decenios que los precedieron.

Y todo ello nos ha sorprendido por el arribo de esa revolución tecnológica inesperada que son las redes sociales. Gracias a ellas, han quedado rotos los oligopolios en la radio, la prensa escrita y la televisión abierta, y la voz del ciudadano común y corriente se ha dejado oír con más fuerza que nunca antes.     

            Salto imponente al mismo tiempo para una mayor libertad individual y no menos, para una acrecentadaresponsabilidad.  

Lo bueno y lo malo, como siempre, íntimamente entrelazados cual propio de la condición humana.

            Este regalo sorprendente que nos ha renovado en el espíritu cívico, influye en esa renacida lucha contra la corrupción que paradójicamente nos la ha hecho más difícil ese adefesio de la prepotente y extranjerizante CICIG.  

            Renovemos, por tanto, nuestro firme compromiso con el rescate moral de nuestras instituciones y de nuestra vida pública pero sin esos tutores ni esas dádivas de otros que nos son del todo ajenos. Pues ningún pueblo ha logrado jamás su grandeza sino a base de su sudor, de su sangre y de sus lágrimas, como lo atestiguara felizmente Winston Churchill en la hora más negra de la historia de su pueblo.    

            Las estratagemas dolosas de ese engendro único en el entero planeta que se llama “CICIG” se han concentrado en el “sector justica”, que hipotéticamente habrían venido a ayudar, para chantajearnos y extorsionarnos a todos sin piedad.    

El resultado ha sido y será catastrófico para la moral de todos los que aquí habitamos. La injusticia se ha vuelto más venenosa y selectiva, más enconada y más dañina que nunca antes entre nosotros. Y el nivel moral de la Corte de Constitucionalidad, de la Corte Suprema de Justicia y, hasta hace más o menos un mes, del Ministerio Público, se ha venido estrepitosamente abajo.   

Pero a su turno este triste aporte de la CICIG lo podemos retrotraer a otro que le fue precedente y ya viejo de más de medio siglo: la creciente perversión de la formación de los juristas en la Universidad de San Carlos (y consiguientemente en las demás “privadas” sujetas a su influjo), muy en particular por esa irresponsabilidad colectiva de su Consejo Superior, al igual que de algunas de sus decanaturas sujetas a su autoridad, en particular la de la Facultad de Derecho desde principios de la década de los setenta del siglo pasado.

Por ejemplo, ¿acaso se ofrecen todavía cursos de ética profesional? ¿O de Derecho Comparado? ¿O hasta del análisis económico del derecho?, que muy bien le hubiera venido, por cierto, a la Magistrada Gloria Porras y a otros más.  

            Ya sé que se me va a objetar lo que acabo de decir con alusiones a los hombres y mujeres beneméritos egresados de esa entidad tricentenaria. Pero yo hablo del hoy o del más reciente ayer. Y ni se me alegue con los nombres de sus muchos mártires de la represión estatal. Hablo de los todavía vivos y activos, los únicos que todavía podrían haber hecho esa diferencia ética en el Poder Judicial.

            Pues en la Universidad, como en cualquier otro ambiente humano, la putrefacción moral se vuelve más terca cuando minorías inescrupulosas han copado los resortes del poder retórico (o demagógicos) en ellas.

A ellos, por supuesto, no los investiga la CICIG, como tampoco al CUC, ni a CODECA, ni a FRENA, ni a CALDEH, ni a la Fundación Mirna Mack o la de Guillermo Toriello, ni tampoco al partido de la UNE…

            Y, ¿de dónde les llegan entonces sus repletas bolsas de dinero? Ya lo sabemos ampliamente: de muy lejos de las costas guatemaltecas.

            Lo mismo sabemos hasta de algunos francotiradores en el Departamento de Estado de los EE.UU., como también de la Secretaría General de la ONU, o de algunas Cancillerías nórdicas de Europa, o hasta de la Iglesia Luterana de los países escandinavos, o del refuerzo tangencial a todos ellos por parte de las dictaduras de Cuba, Venezuela o Nicaragua.

            No menos de muchos nombres y apellidos de los vergonzosamente “resarcidos” que todos conocemos a costa de los impuestos que pagamos ingenuamente los demás. ¿O será que los sobrantes de lo recaudado por la URNG con tantos secuestros y chantajes también todavía alcanzan?

            Y sobre todo lo cual guardan los verdugos de la CICIG hermético silencio.

            Precisamente por estos días también se mueve frenéticamente por los corredores gubernamentales de Washington nuestro corrupto dictador importado desde Colombia, Iván Velázquez, para que la administración de Trump no les corte el torrente de miles de millones de dólares de los contribuyentes norteamericanos que hasta ahora ellos han ahorrado en sus cuentas personales para días nublados…

            Lo mejor y lo peor de este momento: la solidaridad generosa con los hombres y mujeres libres y los atropellos tan injustos contra los inocentes por medio de un Poder Judicial todavía más corrupto gracias a la cortina de humo con que los protege la CICIG. 

            ¿Despertaremos alguna vez?…

            (Continuará)