EL ESTADO DE DERECHO BAJO ASEDIO EN LOS EE.UU

Armando de la Torre

 

Lo impensable parece darse en estos momentos en los Estados Unidos: un asalto de las masas frontal y violento contra el imperio universal de la ley.

Nada de nuevo, en cierto sentido en otras latitudes. Más bien esas noticias casi aburren por reiteradas en el complejo tablero mundial. Así ha sido repetidamente desde aquella Roma republicana de “panes y circos” hasta nuestros días.

Pero en Guatemala nos inquieta más hoy porque ocurre ahora y en nuestro vecindario. Lo cual nos podría conducir a una catástrofe ruinosa de por siglos. Pues esto ocurre en el país más poderoso e influyente de todos: en los Estados Unidos de América.

Esa es parte de mi apreciación final sobre todo ese drama que acontece a la vista de todos en esa nación tan única.

El arribo y ascenso de aquel fenómeno histórico tan revolucionario que hoy reconocemos en “La Declaración de Independencia” de trece colonias británicas en el continente americano (julio de 1776), y precisamente en el mundo que los europeos ya habían calificado desde 1492 de “Nuevo”, fue simultáneamente el momento del nacimiento a la vida civil de la primera República genuinamente constitucional en el sentido más contemporáneo, y desde entonces también ese modelo de legitimidad al que aspiramos casi todo el resto de los hombres y mujeres de hoy en los cuatro puntos cardinales.  

Es por ello que los Estados Unidos igualmente se mantienen como el país favorito para los emigrantes de todo el mundo.

Ahora recuerdo que uno de sus Presidentes durante la primera posguerra mundial, Calvin Coolidge, dijo una vez que: “The business of America is business”, (El negocio de América… son los negocios).

Simplificación chocante pero muy verdadera. Y tal es precisamente el modelo que en estos momentos está en juego.

Conviene recordar que a lo largo de la historia en casi todas las sociedades civiles los hombres y mujeres dedicados a hacer negocios (businesses en inglés) siempre han constituido en todas partes y en todas las épocas una minoría mal comprendida por la mayoría de la población.

Pues no todos sabemos ser hombres y mujeres efectivos de negocios; y en la mayoría de los casos porque no los entendemos. 

Desde los tiempos de Egipto y Mesopotamia –aproximadamente unos tres mil años antes de Cristo– la clase de los “comerciantes” ha constituido en todas partes una minoría cuyos beneficios no quedan enteramente justificados para los que nos afanamos en otras labores. Pues siempre ha sido fácil de entender por cualquiera que el fruto del trabajo del agricultor son los productos agrícolas que consumimos; y que los del carpintero son los muebles que nos hacen la vida diaria más cómoda y hasta más elegante; o que del sastre, la ropa que nos protege y nos distingue; y que aun del guerrero derivamos nuestra seguridad e independencia; o del burócrata, la eficiencia de la maquinaria social y de la justicia.

Pero, ¿qué justifica el lucro a veces tan desmesurado de los comerciantes que suponemos no ser nosotros, los médicos, por ejemplo, o los maestros, o los jueces, o los artistas o los demás trabajadores asalariados?…

El “lucro comercial”, o peor aún, los intereses que se cobran por cualquier préstamo bancario, ha sido muchísimas veces en la historia el pretexto para motines, rebeliones, ataques a la propiedad ajena, por parte de quienes poco o nada entienden de su ejercicio.

Eso creo que es precisamente lo que ocurre en estos momentos en los Estados Unidos.

Bajo el lema “Black Lives Matter” los incapaces de o los ajenos a competir en igualdad de circunstancias con los más exitosos se revelan iracundos contra el sistema establecido, al tiempo que se valen del tal lema para apagar los reproches íntimos de sus propias conciencias. Y todo esto sobre el falso supuesto de que el color de la piel blanca ha constituido de siempre en los Estados Unidos una ventaja competitiva para poder lucrar beneficios injustificables a costa del dolor y esfuerzo de los demás humanos de piel negra.

Un tema, por demás, que ha corrido a todo lo largo de la historia como el pretexto emocional prototípico para la anulación desvergonzada de los logros de otros. Y así cubre la envidia de los menos aptos para competir pese a lo feo de sus rostros.

Los ejemplos de los últimos dos meses en los Estado Unidos con la excusa de la indignación por un vil asesinato de un hombre negro a manos de un policía blanco constituyen así el desahogo de los impotentes para mejorar eficientemente las cosas.

Este lamentable proceder se hizo manifiesto por primera vez bajo el gobierno de Lyndon Johnson entre aquellos que protestaban contra la guerra en Vietnam. De ese cuatrienio se han derivado hasta cierto punto los destrozos de hoy. Porque el Partido Demócrata, aunque fuera por mera inercia histórica, estrenó así el proceso de su definitiva desintegración moral. Y de esa manera, hoy ya no es ni la sombra de lo que había llegado a ser bajo las presidencias de Roosevelt y Truman.

Lamentablemente para mí ese Partido ha llegado al final de su vigencia histórica. Teniendo en cuenta que había sobrevivido a duras penas su previa identificación con los Estados esclavistas del Sur y de las posteriores atrocidades del Kukuxklán hasta la Gran Depresión que hubo de llevar inesperadamente al también demócrata Franklin D. Roosevelt a la presidencia por doce largos años.

Me permito añadir aquí una recomendación de una lectura al punto: en 1943, en plena guerra mundial, un gran economista y sociólogo sueco, Gunnar Myrdal –posteriormente galardonado con el premio nobel de economía junto a F. A. von Hayek–, publicó un análisis para mí genial en torno al problema de la integración de la población de origen africano al resto de la población norteamericana, con el título “An American Dilemma”. Recuerdo que ese mismo año ocurrieron violentos choques callejeros por ambas partes, principalmente en la ciudad de Chicago. Y tal fue el marco social de esa investigación, que todavía hoy me permito recomendárselo a mis lectores.  

El Estado de Derecho ya ha regido en los Estados Unidos por más de dos siglos y así ha logrado montar pieza a pieza el nivel de vida más alto de la historia para todos sus ciudadanos, incluido los descendientes de los esclavos tan explotados antes de la Guerra Civil. Logro ejemplar, por lo cual tantos de otras tierras lo han arriesgado todo en el intento de colarse, legal o ilegalmente, por sus rendijas fronterizas.

Todo esto es precisamente lo que está ahora en entredicho. Unos pocos defendiendo esas verdades que muchos otros ignoran o no entienden.

Y así, el próximo tres de noviembre el pueblo norteamericano, una vez más y por mayoría de sus votantes, habrá de decidir si retiene aquel modelo tan exitoso desde su Independencia a nuestros días o se deja llevar por los vericuetos de la improvisación leguleya del momento presente o de los amotinamientos sangrientos que nosotros más al Sur también conocemos en la Cuba, en la Nicaragua o en la Venezuela de ayer y de hoy. 

Veremos…

EN AUSENCIA DE ALTERNATIVAS NO SERÍAMOS LIBRES

Armando de la Torre

 

            Ojalá lo entendiéramos de una vez por todas: la libertad reside en poder escoger.

Por otra parte, nos mantenemos como mamíferos voraces aunque inteligentes, dotados de esta capacidad precisamente de escoger. Y a tales términos se reduce nuestra entera libertad.  

            Perdóneme, muy apreciado lector, por esta digresión tan abstracta y filosófica. Pero siento que el mundo a nuestro alrededor se nos encoge cada vez más, y mi instinto esta vez animal se rebela contra tanta ausencia de alternativas so pretexto, dicen, del coronavirus.

En eso no me veo diferente a los jóvenes que ahora en los Estados Unidos derriban alocadamente monumentos históricos que no son de su preferencia. Así como de tantos otros iconoclastas de todo género que en la historia se dedicaron a destruir todo lo logrado por otras generaciones y que a ellos los incomodaban. Pues muchos sí resentimos los logros de otros, en contraste a tantos fracasos que nos son propios.

Y así, a esa flor de piel revivimos a diario nuestra condición prehistórica de animales de presa.

            Y de paso también reforzamos esa preferencia despótica que suelen encarnar los más jóvenes y quienes se encuentran todavía vacíos de logros “propios”.

Así nos hemos desarrollado y, por lo tanto, así habremos de morir, a menos que nos volvamos santos.

            Pero hoy, encima, ya me siento en lo personal parte de este mundo crecientemente de viejos, a nuestro turno cada vez más impotentes cual leones enjaulados, a quienes no nos resta más que rugir y aparentar que todavía podríamos morder…

            Tampoco jamás he creído en la tan llevada y traída igualdad entre los seres humanos salvo con respecto a esa bien intencionada hipótesis de que ciertos derechos nos son de carácter universal e igualmente inviolables por cualquiera autoridad.  

            Pero, insisto, tampoco quiero identificarme con esa hipocresía de la “fraternidad” universal de la que tantas veces he visto abusada para justificar los más crueles y estúpidos despotismos, de Calígula, por ejemplo, o de un Iván el Terrible hasta José Stalin o Mao Zedong.

            Y mucho menos el precio de esa “libertad” de la que nos hemos apropiado convenientemente para engañar, o zaherir y hasta para asesinar a nuestros semejantes. Así nos han sido tantos casos como los de Fidel Castro, muy cercano a mi persona, o de Nicolás Maduro, por suerte mía muy lejano, dado que somos muchísimos los que nos hemos visto obligados al exilio.

            Aquí en Guatemala, hoy, tal vez dos figuras intelectuales muy respetadas como las de Lionel Toriello o Raúl de la Horra, me podrían responder: “por fin te confiesas, reaccionario incorregible, y como siempre lo has sido”.  

Y, por supuesto, tampoco estaría de acuerdo con ese hipotético aserto de personalidades que aprecio y estimo en gran valía.

            Entonces, diría el burlón de Jacques Seidner: ¿estás en contra, o a favor, de los principios de la Revolución Francesa, aquella gesta en torno a la cual fuiste educado y encima aun obnubilado durante tu etapa aún juvenil? ¿Ni siquiera retienes aquella trilogía que nos ha sido civilmente “redentora” de la Igualdad, la Libertad y la Fraternidad?…

            Pues, le respondería, tampoco con gran entusiasmo.

Porque hoy entiendo que valieron en cuanto soberanos embustes sobre los que descansaron los más elocuentes hipócritas de aquella era revolucionaria, incluido, un cierto marqués de Sade liberado de la prisión de Bastilla nada menos que un 14 de julio de 1789. Por eso, se le ha podido atribuir a Madame Rolland haber dicho, en el carretón chirriante que la llevaba a la guillotina, “¡Libertad, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”.

            Tal vez mi escepticismo hacia esos grandes protagonistas de la historia es un reflejo del cinismo generalizado que me circunda hacia todo lo excelso y acerca de tantos otros personajes ejemplares de la historia como Cicerón, San Francisco de Asís o Albert Schweitzer.

En otras palabras, no quiero apropiarme aquí y hoy de aquella ilusión hipócrita de siempre, pues ahora creo, con Terencio, que: “Dado que hombre soy, no tengo nada humano por ajeno”, por lo tanto ni de lo que nos ennoblece ni de lo que nos degrada.  

Lo que me empuja a referir todo este mi momentáneo rebelde escepticismo a su raíz teológica: a la creciente apostasía de las masas, para comenzar, de su Fe en la Resurrección de Cristo.

            Dejémonos, pues, de engañarnos: nuestras objeciones hodiernas no son más que el desencanto por tantos gestos ilusos de otros en el pasado.

Y en ello me mantengo, que nuestro genuino “pecado original” ha sido, y todavía lo es, e hipotéticamente desde Adán y Eva, la hipocresía. Porque, “La mujer que tú me diste por compañera me dio el fruto prohibido, y lo comí” (Génesis 3:12). Ni tampoco la mujer a su turno dijo la verdad: “La serpiente me engañó, y así yo comí también del fruto prohibido.” (Génesis 3:13).

            Entonces amigos, ¿cómo resumo las cosas hoy?

            De momento nos hallamos aturdidos por una pandemia planetaria, y me temo que los poderosos, con tal pretexto, nos cercenen de nuevo nuestras alternativas, para así figurar ellos imaginariamente como victoriosos ante el juicio supuesto de la historia.

Y todo eso se me reduce, Presidente Giammattei, a meros sueños, “y los sueños sueños son” según al final nos lo confesara bien contrito el segismundo de Calderón de la Barca en “La vida es sueño”.

            Y así he decidido regresar a la fe sencilla de mis abuelos, que se supieron, sin sonrojo alguno, muy pequeños ante la infinidad de nuestro Creador y Redentor. Y también así me hallo ahora, como diría don Amable Sánchez, “del todo sosegado”, pues ya no creo ni en los elogios de nadie como tampoco en sus vituperios.

            Y por todo eso, déjenme, señores de la política, a solas con mis alternativas. O sea, con mis libertades del día a día.

Por lo tanto no necesito de ningún otro confinamiento más allá del que por el mero sentido común yo me impongo a mí mismo. 

LA “REBELIÓN DE LAS MASAS” EN TIEMPOS DEL “CORONAVIRUS”

Armando de la Torre

 

            Fue el genio analítico de nadie menos que de José Ortega y Gasset quien nos obsequió a todos el descubrimiento de este nuevo fenómeno sociológico que él dio en llamar “La rebelión de las masas”, allá a principios de la década de los treinta del siglo pasado.

Sobre tal hecho social se ha especulado desde entonces mucho y con evidencia crecientemente más exacta. Aunque también de la tal rebelión no hayan faltado otros comentarios de poca altura y hasta pedestres.

Diría que irónicamente el “hombre-masa” y tal como lo interpretó Ortega no menos se siente con derecho a juzgar sobre ese mismo evento del que forma parte, de nuevo la más elocuente prueba de “la rebelión de las masas”.

Pero, ¿qué tipifica a tal “hombre-masa”, según Ortega fenómeno recurrente en la historia moderna, aunque hasta un futuro no discernible por muchos como tal?

Desde un principio, Ortega insistió en que su interpretación del “hombre-masa” en absoluto coincidía con cualquier otro calificativo que denotase “clases sociales”, pues se da en todas ellas, tanto entre las de arriba como entre las de abajo, lo mismo entre ricos como entre pobres, tanto entre los asalariados de cuello blanco como entre los de cuello azul.

Pero siempre en correlación íntima con la presencia tanto de minorías como de las aplastantes mayorías humanas. El hecho del “lleno”, como lo calificó Ortega, para aquel entonces empezaba a evidenciarse progresivamente en los medios de transporte masivos y en la vida pública de todos los países del Occidente.

Aun cuando tal “hombre-masa” nos ha sido no menos novedoso e identificable dentro de esta nuestra sociedad crecientemente industrializada. Así nos lo interpretó Charles Chaplin en su ingeniosa denuncia fílmica semi sonora “Tiempos modernos” (1936).

Resulta así que ese “hombre-masa” ya sabe de sus derechos, aunque poco o nada de sus obligaciones correlativas hacia los demás. Por esto la célebre frase de otros tiempos “la nobleza obliga” le resultaría del todo ininteligible.

Pero en nuestros días, encima, nos tropezamos con él mismo en cada rincón y a cada paso, si es que nosotros mismos no somos sus mejores prototipos.

Incluso ya compartimos con él tantos mismos tópicos a los que por otra parte nos empujan simultáneamente los medios masivos de comunicación a propósito de tantas escogencias que las hemos creído muy candorosamente  “democráticas”.

Y que asimismo suelen coincidir con alguna simpatía colectiva favorable a la agitación laboral, o a la expansión corporativa o, lo peor aún, de alguna figura mesiánica, como lo supo interpretar con genialidad artística Leni Riefenstahl en su prodigiosa creación cinematográfica “El triunfo de la voluntad” (1934), con la que glorificó y consolidó definitivamente la figura en aquel entonces emergente de Adolfo Hitler.

Nuestro “hombre-masa” de hoy se nos ha hecho por estos días no menos obvio una vez más, aunque de manera demoledoramente violenta en esas multitudinarias manifestaciones tan destructivas que han tenido lugar primero en la ciudad de Minneapolis, y después por contagio emocional en numerosas otras ciudades a ambos lados del Atlántico. Hipotéticamente, sea dicho de paso, contra la injusticia racial de otros tiempos en los Estados Unidos.

El detonante lo ha sido la cruel injusticia que entrañó el asesinato deliberado de un hombre negro por un sádico policía blanco. Aunque esas masas no parecen conscientes de su propia injusticia al demoler tantas propiedades y tantos sitios de trabajo de personas del todo ajenas al mortífero incidente.

Una vez más, lo típico del supuesto “hombre-masa”.

Un prototipo, también, de los mimados estudiantes universitarios para quienes en la vida diaria casi toda negación les resulta muy fácil y hasta divertido.

Y así, cada “hombre o mujer masa”, termina por hacer añicos a esa misma colectividad que lo hizo posible el ser sujeto de derechos pero también, muy importante, de obligaciones.

Lo que comprueba una vez más que ciertos prejuicios sociales de raza o de otras creencias muy variadas han servido y sirven políticamente de pretexto para llevar con eficacia, a veces irresistible, a la ceguera colectiva y, por supuesto, no menos asesina.

Solo la persona y exclusivamente en su individualidad puede evitar tal desenlace violento con una sola condición: que se haya decidido a juzgarlo todo desde premisas exclusivamente éticas.

Lo demás es pura pose o retórica del todo vacía, como lo han comprobado otros tantos  movimientos sociales desde aquellos días aciagos del Terror de la Revolución Francesa bajo Robespierre hasta los recientes del fascismo de Mussolini o del nacismo de Hitler, y por supuesto, de los totalitarismos de Stalin, Mao o Castro.

Cabe aquí recordar que nuestra incorporación emocional a cualquier evento destructivo en grupo ha sido siempre la coraza más efectiva a la hora de violar cualquier norma legal o moral.

Y por eso también, Ortega nos habló en contraposición al “hombre-masa” de un hombre “selecto” de su tiempo, es decir, aquel que se sabe siempre sujeto a su consciencia moral y responsable de cualquier consecuencias de sus actos.

¿Lo lograremos entender algún día también quienes equivocadamente nos suponemos superiores por el mero hecho de haber obtenido un título universitario?…

Y si no lo lográsemos, sería porque habríamos tropezado con el “hombre-masa” oculto en cada uno de nosotros mismos.

EL FENÓMENO TRUMP (II)

Lo primero que también me ha sorprendido de esa figura que conocemos como Donald Trump es su increíble aguante para desempeñar tan exitosamente el cargo de todo un Presidente de la nación más poderosa y compleja del mundo y, sobre todo, a sus 73 años de edad.

En lo personal, y a esa edad yo gozaba también de muy buena salud, pero sé que nunca lo hubiera podido emular en ese su tan frenético e incesante activismo público.

Lo segundo, el obvio y corajudo arrojo con el que se ha enfrentado a los poderes fácticos de más peso en la sociedad norteamericana de hoy, digamos, el de los multimillonarios dueños de los medios masivos de comunicación así como el de los dirigentes de los sindicatos mejor establecidos y más militantes en los Estados Unidos.

Lo tercero, su habilidad retórica como hombre del pueblo literariamente rudo pero oratoriamente muy efectivo para darse a entender por esas “masas olvidadas” durante tanto tiempo por el Establishment norteamericano, es decir, los trabajadores mayoritariamente manuales (o “blue collar worker”), desde mucho atrás en ruidosa oposición a esas otras élites empresariales y financieras que se han consolidado en el astuto manejo de la opinión pública por lo muy menos desde los tiempos de Lyndon Johnson.

En un cuarto lugar, porque al mismo tiempo ha sabido enfrentarse incansablemente a esos otros privilegiados soberanos del mundo de la Alianza Atlántica, y los únicos Estados nacionales con derecho al veto dentro de la Organización de las Naciones Unidas, árbitro este último, por su parte, que se ha vuelto crecientemente nefasto para todos los demás.

Todo ello que me recuera aquella fábula de la mitología clásica griega en torno a la Hidra de Lerna, frente a la cual Hércules hubo de salir triunfante en aquel su segundo de sus supuestos heroicos “trabajos” y nada menos que por encomienda de los dioses del Olimpo helénico. En este nuestro caso, Trump sería el Hércules de la saga frente a la Hidra internacional de mil cabezas.

En quinto y tal vez último lugar, por su penetrante capacidad para discernir entre las brumas con mucha frecuencia muy oscuras y mal intencionadas de los turbios manejos políticos de la diplomacia internacional.

|Un ejemplo reciente al canto, el que haya Trump por fin desenmascarado a esa culebra que nos ha resultado a todos tan universalmente venenosa de la China continental, me refiero a su dictador totalitario de turno, Xi Jinping.

Dicho todo esto, y en lo muy personal, mi reciente admiración por su figura incluye también el que haya sido el único Presidente norteamericano –con la posible excepción de Ronald Reagan– y desde John F. Kennedy en mostrar abiertamente y con total osadía que no cree un ápice de la propaganda del oprobioso régimen de los hermanos Castro desde Cuba.

Por todo eso, pero dentro del mismo contexto, también me permito añadir su abierta y decidida oposición al régimen empobrecedor y tiránico de Maduro en Venezuela así como al de esa pérfida pareja Ortega-Murillo en la Nicaragua del socialismo del siglo XXI.

Pero mi inquietud última en el contexto de hoy es mi permanente ansiedad en torno a lo que pueda depararles el futuro a mis hijos y a mis nietos cuando ya no esté yo entre ellos, así como no menos al de las demás progenies de todos nuestros pueblos al sur del Rio Grande.

Y de esa manera, al igual que Trump, también me permito responsabilizar de los reiterados ataques a su persona tanto a esos “moguls” degenerados del Hollywood de hoy como a los no menos multimillonarios dueños de otros medios masivos de comunicación escrita, a cuya cabeza figuran el New York Times y el Washington Post.

Igualmente a los de las telecomunicaciones digitales como los opulentos accionistas de la CBS, NBC, ABC y, muy en particular, a los de la CNN, por los que todavía parece hablar la muy dogmática aunque otrora muy eficaz activista social Jane Fonda.

Tampoco puedo dejar de incluir al resbaloso Bill Gates quien tan hábilmente hubo de saber aprovecharse del genio tecnológico ya desaparecido, Steve Jobs, y lo que lo situó a la cabeza de todos los multimillonarios procedentes del Silicon Valley. Hasta el año pasado, por cierto, catalogado como el hombre más rico del mundo, posición de la que lo acaba de desplazar Jeff Bezos, otro ingenioso innovador digital con “Amazon”.

Escenario históricamente del todo único. Hoy ya no se trata de aquella famosa lucha de clases con la que Marx hubo de erigir su imperio intelectual. Ahora parecemos haber vuelto a aquellos otros enfrentamientos pero muy individualidades de los acaudalados de otrora, como los Rothschild, los Vanderbilt, los Ford y los Rockefeller de los siglos XIX y XX.

Por todo lo anterior, me permito ahora concluir que el fenómeno Trump constituye para todos una ruda pero refrescante sorpresa anti oligárquica, y sobre todo a los inicios de este nuevo y todavía en sus comienzos siglo XXI.

El tal fenómeno Trump, pues, también ha servido para identificar y subrayar por contraste la decadencia moral de las élites intelectuales del Occidente. Y por ello hoy, a la merced a su turno de tantos profesores y catedráticos socialmente resentidos, muchos jóvenes, en especial los universitarios, han creído inventar el agua azucarada y de ufanarse de ser muy superiores a todas las generaciones que les han precedido. Autoengaño reiterado desde muy atrás de generación tras generación según aquel ingenioso dicho salmantino de que: “la ciencia hincha”.

Y hasta para eso también Trump nos puede constituir una oportuna llamada de vuelta al sentido común, en especial para quienes nos hemos creído vanidosamente “formadores” de las juventudes universitarias.

Y por todo eso mismo me duele que el otrora glorioso Partido Demócrata de Alfred Smith, Franklin D. Roosevelt y de Harry Truman se vea reducido a una caricatura de lo que ayer fue.

Y también por ello me explico que los más televisados dirigentes del Partido Demócrata de hoy, por ejemplo Nancy Pelosi y Chuck Schumer, al igual que aquellos otros sus predecesores en las administraciones de Barack Obama y de Bill Clinton, promuevan a este turno la candidatura de otro no menos mediocre, Joe Biden, que se cree históricamente predestinado a conducir a su destino final la entera humanidad.

 Y de esa manera concluyo que ahora no nos queda otra opción sensata que la de apoyar a Donald Trump por otros cuatro años al frente del gobierno de los Estados Unidos de América.

Sin embargo, de pronto, como un relámpago, ha descendido sobre nosotros una pandemia enteramente de nuevo cuño, probablemente chino, para asumirnos en la depresión económica más hiriente y generalizada del mundo moderno. Y encima, en medio de este del todo inesperado escenario catastrófico, el despreciable asesinato de un inocente ciudadano de raza negra por un estúpido y despiadado policía de raza blanca, ha dado a las ociosas pandillas subversivas en los centros urbanos de los Estados Unidos el pretexto de oro para reducir a ese gran pueblo a vivir entre escombros.

¿Estará también Trump igualmente a la altura de este repentino y sobrecogedor desafío?

 

 

PANDEMIA Y ESCATOLOGÍA

Armando de la Torre

           

Ambos términos se derivan de raíces griegas, como lo es y lo ha sido, ya se sabe, una gran parte de nuestro entero vocabulario terapéutico.

El término “escatología” deriva de una traducción aproximada al castellano del griego ta eschata”, que muchos lo han traducido como las “postrimerías”, tanto aquellas referibles a cada uno de nosotros  individualmente como, por ejemplo, la muerte, o las colectivas, el fin del mundo o las extinciones de toda una cultura.  

Su connotación más incisiva es la del final de todo lo que hemos conocido y vivido a lo largo de nuestras tan diversas vivencias humanas, o sea, de todo aquello que nos ha llegado a ser lo familiar y esperado.

Y así, también los exégetas bíblicos se han valido con mucha frecuencia de esos mismos términos, “escatología” o “escatológico”, para aludir a posibilidades futuras tan definitivas como en sí mismas misteriosas inescrutables. Porque ya sabemos que el mundo, y todo lo que en él se encierra, es caduco y algún día perecedero.

Una fuente teológica científicamente más confiable para la correcta interpretación de uno de esos términos (escatología) la creo hallar en el Lexikon für Theologie und Kirche en su edición última (del 2001) y bajo la dirección de Walter Kasper y al que aportaron los más prestigiosos teólogos y biblistas de ese tiempo ya desde su anterior edición (1930-1938). Lo mismo hubo de ocurrir para la segunda esta vez bajo la dirección de Josef Höfer y Karl Rahner (1957-1968).

A su turno, para el lector en general me es útil remitirlo a ciertas fuentes bíblicas de carácter escatológico como las incluidas en Mateo 23:37 y 24:4-14 que rezan así:

¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que son enviados a ella! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste! (Mateo 23:37)

           

También aquella otra de:

 

…Respondiendo Jesús, les dijo: Mirad que nadie os engañe. Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán. Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin.

Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares. Y todo esto será principio de dolores. Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre. Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán. Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos; y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará.

Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo. Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; Y SOLO ENTONCES VENDRÁ EL FIN(Mateo 24:4-14)

 

                Manera original de llamarnos la atención hacia el final de todo lo existente.

El contenido de ambos textos es global y definitivo. Cuadro tremebundo como lo hubo de reiterar el mismo Juan el evangelista en su “Apocalipsis”. Es decir, el mundo todo como lo hemos conocido, como lo hemos sufrido y como a ratos lo hemos aprendido a amar llegará a un final inevitable. Aunque también el incluye un rayo de luz que lo iluminará todo: “Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; pues el tiempo está cerca (Apocalipsis 1:3).

Los cosmólogos, por otra parte, nos anticipan científicamente otro final más tenebroso. Apoyados entonces en la celebérrima fórmula de Albert Einstein de que la energía es igual a la masa elevada al cuadrado de la velocidad de la luz (E=mc2), concluyen en dos diferentes deducciones hipotéticas para explicarnos el seguro final de todo lo visible: o que la energía, por ellos llamada “positiva”, acabará por mera gravitación universal desplomándonos en esa hoguera gigantesca que es para nosotros el Sol, o se impondrá otra forma de energía por ellos llamada “negativa” que nos conducirá a un final del todo aniquilador: a una noche infinita perpetuamente helada, sin luz alguna que despida calor y en absoluto silencio…

Y así rezan las hipótesis alternativas de muchos cosmólogos contemporáneos.

Perdóneme, apreciado lector esta difícil escapada hacia lo más intrincado de las últimas teorías de la Física, pues un diario de noticias no es en absoluto un lugar más apropiado para tales especulaciones.

Pero lo que quiero rescatar de todo ello es que los humanos, aunque nos sepamos la cumbre de todo lo creado por los dones gratuitos del pensamiento y de la libertad de escoger, no somos el árbitro definitivo sobre todo lo existente sobre todo el resto, sino frágiles sujetos igualmente destinados a un final que nos es tan natural como para el resto de todo lo creado.

En todo ello se esconde una diferencia conceptual de lo más importante: en la visión apocalíptica de los teólogos nosotros, los humanos, somos siempre los protagonistas alrededor de los cuales la materia inerte se desenvuelve positiva o negativamente, porque estamos vocados a otro estado sobrenatural que se nos ha sido regalado gratuitamente en la persona de Jesucristo. Mientras que para los cosmólogos no somos ninguna excepción a todo lo creado, sino una pieza más de lo mismo, que desaparecerá como el resto definitiva y eternamente.

Es más, al muy corto plazo, si así lo queremos, digamos para el 2029, un asteroide al presente de la órbita de Júpiter llamado Apofis (“=dios del caos”), posiblemente se desprenda en dirección a nuestro planeta, con una muy alta probabilidad de chocar con la Tierra, y esto sería otro final.

      En todo caso, nuestro final no sería resultado de pandemia alguna, aunque de todas maneras nuestra extinción total.

¿Cuál hipótesis haremos definitivamente la nuestra? ¿La de los cosmólogos pesimistas o la de los teólogos esperanzados?  

Creo que ello dependerá de a qué le concedemos la autoridad última. ¿A los Evangelios (etimológicamente “las buenas nuevas”) o a la Ciencia especulativa, neutra del todo entre lo bueno o lo malo en torno a nuestro final?

Lo cual me recuerda otro momento de la vida de Jesús de Nazaret:

En aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús, diciendo: ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos. Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como este, a mí me recibe. (Mateo 18:1-5)

 

Respuesta sobria y contundente, sea para teólogos o para cosmólogos, pues entraña que el camino a la verdad ha de presuponer el reconocimiento por nuestra parte de nuestra poquedad. Y por esto al final hemos de concluir que la verdad hacia todo lo postrimero no se nos da vía del orgulloso intelecto sino vía del corazón humilde.

Lo cual me lleva a complementar así aquella inteligente verdad del gran matemático Blaise Pascal: pues “El corazón tiene razones que la razón no comprende.

AMÉRICA, LA BELLA

Armando de la Torre

               

            Así le cantó una maestra de inglés a su patria a fines del siglo XIX, en plena guerra contra España por la liberación de Cuba:

¡Oh, hermosa por cielos espaciosos

Por olas doradas de granos

Por majestuosas montañas color púrpura

Sobre la llanura llena de frutos!

 

            Como pieza musical, y también por su lírica, la prefiero al himno oficial de ese país. Además por su estrecha relación con el movimiento por la libertad de Cuba que encabezaba en esos momentos un refugiado hispanoamericano de la máxima talla literaria, José Martí.

            Pero América para aquel entonces ya era un término ambiguo: ¿solo la del Norte o también la del Sur?

Pero a esa potencia mundial durante el último siglo y medio la han puesto ahora de rodillas el entrecruce de dos fenómenos: uno de índole política, la socialdemocracia de origen europeo pero radicalizada hoy por los jóvenes del Partido Demócrata norteamericano. Y ahora el otro de naturaleza biológica, el coronavirus, importado de la China situada ideológicamente a toda izquierda posible según los parámetros geopolíticos de este momento.

            La animadversión típica desde principio del siglo XX que ha caracterizado a algunas tendencias culturales en nuestra América otrora católica y romana e hispanoparlante, la han vuelto a la vida en nuestros días, y con aún mayor vehemencia, la multitud de los afines al pensamiento de Fidel Castro.

Pero tampoco solo él. Desde muy atrás el mismo mundo anglosajón de este lado del Atlántico la estimuló indirectamente con aquel su lema político de mediados del siglo XIX y muy fácil de malinterpretar de un “Manifest Destiny”, que tan a la letra también supo traducir a los hechos Teodoro Roosevelt a principios del siglo XX, con sus reiteradas incursiones de fuerza por el entero Caribe, sobre todo para hacerse de Panamá, una provincia entonces de Colombia, y construir allí el no menos famoso canal Interoceánico, que desde entonces quedó bajo el absoluto control de los sucesivos gobiernos norteamericanos hasta 1999.

Inclusive este fenómeno emocional a su turno nos hiere históricamente desde mucho más atrás.

Y todo ello alimentado remotamente por una multisecular antipatía recíproca entre Inglaterra y España. Ya muy envenenada en particular a partir de la Reforma Luterana y del divorcio sentimental de Enrique VIII y de su españolísima esposa Catalina de Aragón.

A ello también hubo de añadirse la subsiguiente competencia imperial entre ambos países que culminó en su momento en la derrota de la Armada “Invencible” española en 1588. Y más tarde aún más enconada por el robo del peñón de Gibraltar que hizo Inglaterra durante los confusos años de la Guerra de Sucesión española de principio del siglo XVIII.

A todo ello, habría de sumársele el evidente apoyo subrepticio de los sucesivos gobiernos liberales británicos que tanto hubieron de coadyuvar indefectiblemente a nuestras independencias respectivas de las colonias ibéricas en nuestra América.

Por si ello hubiera sido poco, para acabar de envenenarlo todo, habrían de añadírseles los posteriores choques reiterados entre los Estados Unidos y el México hispano ya para aquel entonces independizado de España, a partir de aquella declaración de James Monroe de 1823 sobre la exclusión definitiva y absoluta de toda posible intervención europea en asuntos de Hispanoamérica.

El problema resultante está en las interpretaciones divergentes de los términos “América” o “americano”. Porque a nosotros, los hispanoparlantes de las Américas (el plural aquí es muy importante), el término América es obviamente equivalente al del entero “Nuevo Mundo” descubierto por Cristóbal Colón en 1492 bajo el pendón de Castilla. Mientras que para el norteamericano común y corriente de hoy, en cambio, ese mismo término “América” lo tiende a restringir tan solo al tiempo transcurrido desde el triunfo del liberalismo anglosajón en la América del Norte, esto es, al momento de la Declaración de Independencia de trece colonias británicas el 4 de julio de 1776.

Según ellos, que no nosotros, aquel fue el momento de veras decisivo en el que nació toda nuestra América a la vida soberana en el concierto de las naciones libres. La hazaña de Colón y todo lo logrado por Castilla en los dos siglos subsiguientes no les ha sido a ellos de tanta relevancia como lo ha sido siempre para nosotros, los hispanoparlantes.

Y, repito, tales apreciaciones en el Norte y en el Sur sobre lo que constituye la esencia de América sufrieron un giro todavía más maligno con esa Doctrina triunfalista del “Manifest Destiny”.

Tal idea fue incluida por primera vez en un artículo intitulado por su autor el norteamericano John O’Sullivan: “Annexation”, en 1845 en la revista “Democratic Review” de Nueva York.

La tal “Annexation”, suponía que los Estados Unidos, más allá de su ya consolidada victoria sobre México, habrían un día de expandirse por otros territorios menos eficientemente gobernados a sus ojos como, por ejemplo, los de la Cuba de entonces, de Nicaragua o de Puerto Rico. Y esto les era evidentemente manifiesto.

Solamente hasta 1934, tras la promesa de Franklin D. Roosevelt de no más intervención en nuestros asuntos empezaron a calmarse las aguas que habían ensayado definir el significado último del término “América”.

Pero no del todo.

Tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) surgió en 1959 otra vertiente del viejo reclamo nuestro: que los formuló a gritos Fidel Castro, precisamente cuando las relaciones entre su nativa Cuba y el gigante del Norte estaban en su mejor momento.

Y así nos hallamos hoy congelados de nuevo en dos campos antagónicos: esta vez los del irredentismo socialistoide al Sur y los del republicanismo liberal al Norte.

Hoy casi ninguno entre nosotros, los meridionales, espera alguna mejora para todos de la visión socialista. Pues tantos fracasos de Castro, Maduro y Ortega, sumados a los de el Chile de Allende o del México de Lázaro Cárdenas, y otros muchos más medios olvidados, no dejan lugar a dudas: el colectivismo “socialista” no ha de sernos el futuro.

Pero ahora resulta que la protesta de izquierda ha cambiado fundamentalmente de escenario: ya no se concentra en el Caribe; tampoco en la Europa desde la caída del muro de Berlín y la consiguiente disolución del bloque soviético. Ahora el frente corre sorprendentemente desde los Ángeles y de Seattle hasta Nueva York y Chicago, o sea, dentro de los mismos Estados Unidos. A eso se reduce hoy este último enfrentamiento en el año 2020: Entre un Donald Trump por un lado, tradicionalmente muy vigoroso y por el otro un Partido Demócrata tan decadente como aturdido.

Se supone que el próximo tres de noviembre el pueblo norteamericano escogerá su posición ideológica definitiva entre esas dos aspiraciones políticas heredadas en nuestra América de los restos de un imperialismo y antiimperialismo ya superado.

Ambas son alternativas, como todas, con sus luces y sus sombras, pero una de ellas, la ejemplificada en la persona de Donald Trump, me parece mucho más realista y prometedora de bienestar y de libertad que la otra tan arcaica y tan juvenilmente ignorante.

Estimulante manera de comenzar el año, muy aparte del desastre biológico que nos  causa el coronavirus.

EL MUY DIFÍCIL YCOMPLEJO IDEAL DE LO JUSTO

Armando de la Torre

 

La justicia como el amor, nos plantean obligaciones morales en muchos casos irresolubles.

Querer actuar de acuerdo a nuestra percepción de la justicia es la fuente de todos nuestros dilemas éticos.

            Por eso siempre me ha inquietado tanto la superficialidad con la que en el mundo académico y fuera de él tratamos ese valor. 

Para mí, todo esto también un síntoma de decadencia moral de la entera sociedad que lo tolera. 

Y todo esto me viene a la mente una y otra vez cuando veo la facilidad profesional con la que jueces y fiscales también recurren a ese fenómeno repugnante que conocemos bajo el término de “extorsión”, que hoy es de uso común hasta por los analfabetas de nuestras áreas marginales.   

La “extorsión” es una práctica criminal que en cuanto tal, juristas y legos, jugamos superficial e irresponsablemente.

La “extorsión” la define el diccionario de la Real Academia de la Lengua como un delito en la jurisprudencia penal que: “consiste en obligar a otro con violencia o intimidación y ánimo de lucro a realizar u omitir un acto o negocio jurídico en perjuicio propio o de terceros.”

Para mí esa práctica de la “extorsión” siempre sobre todo en el área jurídica implica la negación absoluta de toda justicia posible. Y precisamente esa ha sido el principal ingrediente que nos legó criminalmente la CICIG.

Este recurso a la amenaza o a la violencia importada a Guatemala principalmente por los más experimentados extorsionistas de toda nuestra América, o sea, los carteles criminales de Colombia, es el remanente siempre vivo de la presencia oprobiosa de la CICIG entre nosotros durante doce largos, larguísimos años.

Todavía la “extorsión” en múltiples formas asoma en la reiterada negación de la presunción de la inocencia de todo encausado, práctica repugnante de la que muy lamentablemente se vale aún el Ministerio Público tras las lecciones que nos heredó Iván Velázquez.

Como ejemplos muy lamentables se puede mencionar todavía hoy los casos del licenciado Moisés Galindo, preso por años sin haber sido jamás llevado ante juez competente o el coronel Francisco Gordillo, militar de conducta personal intachable o de tantos otros guatemaltecos inocentes caídos en las trampas del Ministerio Público que hoy inútilmente trata de mejorar la doctora Consuelo Porras.

Y los casos de menor relevancia se multiplican al paso de los años.

Es la misma herramienta de la que en Suiza se han valido los conspiradores que le han privado de su libertad al inocente (pero por ellos gratuitamente calificado como criminal peligroso) Erwin Sperisen, según la trama urdida desde Guatemala por los amigos y cómplices de Claudia Paz y Paz.

La “extorsión” es una maniobra inculpadora de inocentes de muy antiquísima data. Todos los tiranos más execrables, de Calígula a Fidel Castro, se han valido de ella de múltiples formas diferentes pero siempre con la misma intención: encadenar al inocente, como tantas veces ocurrió durante el periodo del Terror de la Revolución Francesa.

Aunque la citada encargada hoy del Ministerio Público parece no reparar en los frecuentes daños de su práctica generalizada, incluso también por abogados al servicio del crimen.

El flagelo de la “extorsión” ha descendido entre nosotros a niveles deshumanizantes entre los pequeños y medianos comerciantes o entre las masas depauperadas de nuestras ciudades, con un fin que les es común a todos los extorsionistas: exprimirles hasta el último centavo de las ganancias fruto de su honrado trabajo.

Es repugnante porque se ceba en los más desprotegidos e inermes pobladores tanto en el área urbana como en la rural.

Los extorsionistas son los más despreciables entre los peores delincuentes, pues apelan a una brutal y descarada manipulación de los más débiles e inocentes. El extorsionado no dispone de un anuncio público pero si el extorsionador.

Es, en fin, un descarado y maligno abuso del poder.

Pero, ¿por qué hemos de ser testigos o peor aún, víctimas muchas veces anónimas de tal atropello?

En último término, por la ausencia culpable de la más insignificante prueba de nuestra vergonzosa ausencia de solidaridad para con el que sufre injustamente todo abuso de poder legal o ilegal.

 Para mí, el ejemplo más despreciable del odio del hombre contra otro hombre es ese fenómeno rampante que identificamos como la “extorsión”.

Y que puede estar al alcance de cualquiera sin los criterios éticos que habrían de validar moralmente todas nuestras acciones libres.

Es, encima, una cobardía vergonzosa al nivel de cuanto Judas se esconde en nuestro tráfico diario. Connota una esclavitud habitualmente escondida, un abuso execrable de cualquier poder de un hombre sobre los demás de su mismo estrato social. Pero, ¿por qué la toleramos a niveles cada vez más frecuentes? Por nuestra indiferencia hacia los gemidos de tantos atribulados.

San Pedro Claver, en la Cartagena de Indias, pasó a la historia como el defensor abnegado de los esclavos. Desgraciadamente, todavía no hemos conocido un paralelo suyo en el campo de los esclavizados por la “extorsión”.

Es un triste epitafio sobre las tumbas de quienes somos testigos de extorsiones, también por los órganos del Estado, y callamos cobardemente.

Así conceptúo también los acuerdos mal llamados de paz. Una “extorsión” mayúscula que hemos tolerado por décadas, la mejor prueba de la ausencia de un verdadero Estado de Derecho entre nosotros.

Castro fue extorsionista número uno; Chávez y Maduro sus despreciables émulos. También Ortega y todos los hipócritas que aceptan el despojo de los inocentes por los extorsionistas de siempre: los funcionarios armados hasta los dientes al servicio de cualquier dictador.

A la práctica de la “extorsión” solo se la puede contener una sociedad bien educada sobre la preeminencia de los derechos de toda persona humana, sin excluir en absoluto a los pueblos víctimas de la “extorsión” colectiva, como bien lo documentara Edmund Dene respecto al régimen colonial belga en el Congo, y al que Mario Vargas Llosa aludió en su elocuente obra “El sueños del celta” (2010).

No somos santos pero tampoco malvados incorregibles que nos ensañamos con otros pueblos militar y económicamente más débiles.

Y toda esa historia quedó plasmada en el holocausto de los judíos bajo el régimen de terror de los nazis.

Quizá alguno objete a lo por mí dicho aquí como una exageración. Lamentablemente también la realidad humana exagera.

 

UN NUEVO CARDENAL PARA UNA GUATEMALA MUY DIFERENTE

UN NUEVO CARDENAL

PARA UNA GUATEMALA MUY DIFERENTE

 

Armando de la Torre

 

Es de elemental humanidad felicitar a Monseñor Álvaro Ramazzini por su promoción al cardenalato en nuestra Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana.

El Colegio Cardenalicio es una institución venerable de más de mil años de antigüedad, al que hacia el 1059 Anno Domini le fue encomendada con exclusividad la elección de los Papas.

Creado para asegurar en lo posible la independencia y neutralidad del proceso de elección de cada nuevo Sumo Pontífice, o sea, de un sucesor de la misma talla moral del algo impulsivo pero heroicamente fiel al Cristo de nuestra Fe y, a un tiempo humilde pescador, de todos conocido por los alrededores del mar de Galilea como Simón, y más tarde como Pedro.

Durante esa su milenaria historia, el Colegio Cardenalicio ha tenido aciertos muy positivos en sus escogencias, según expertos aproximadamente de dos tercio de los Sumos Pontífices, como lo atestiguan, además, sus ulteriores canonizaciones.

Pero también a ese mismo Colegio se le puede echar en cara el haber mal elegido a algunos otros pastores de la Iglesia Universal, tanto por ineptos como indignos para ocupar ese solio tan especialísimo.

Y no menos de haber seleccionado también a otro tercio aproximado de Sumos Pontífices de evidentes virtudes sacerdotales y que se desempeñaron honorablemente en tan importantísimo cargo pastoral, aunque sin haber llegado a ser reconocidos por el heroísmo en su virtudes tan obvio entre los integrantes de ese primer grupo ejemplar de mencionados dignatarios de la Iglesia.

Me vienen a la mente como prototipos ad hoc de cada uno de esos tres grupos de ese Colegio nombres de la talla de San Gregorio VII (a fines del siglo XI), o de aquel Juan XXIII protagonista del cisma del siglo XIII y tan distinto del otro Juan XXIII de nuestros días o más obviamente el Papa Alejandro VI (Borgia).

Para el tercer grupo de entresacados del Colegio de Cardenales usaría el de los nombres de nuestro casi contemporáneos León XIII o de Pio XII.

Según lo establecido en el Derecho Canónico, una segunda gran responsabilidad del Colegio de Cardenales “consiste en ayudar y aconsejar al Papa en sus decisiones y propósitos a cumplir”. Por lo tanto, sus atribuciones son importantísima para la buena gobernanza en cualquier Pontificado, aunque ha de reconocerse una evolución cada vez más centralista en favor de atribuirles un poder absoluto en la persona de cada Papa.

En tales supuestos, la historia recoge que ha habido todo tipo de Cardenales: desde practicantes de virtudes heroicas como San Carlos Borromeo, por cierto, el Santo Patrono de la única Universidad estatal en Guatemala, hasta delincuentes internacionales de cariz a veces meramente político como el Cardenal Welsey, el fracasado asesor de Enrique VIII, o de Armand Jean Du Plessis, que los libros de historia simplifican con su otro apellido mucho más reconocidamente político de Richelieu. Y protagonista de los conflictos dinásticos europeos durante los treinta años (1618-1648) que ensangrentaron a Europa a partir de la “Reforma” de Martín Lutero y Juan Calvino.

Los ha habido hasta imberbes como aquel sobrino de Calixto III nombrado cardenal a los 16 años de edad y que todos conocemos como Rodrigo de Borgia, más tarde el Papa Alejandro VI, para borrón de nuestra Santa Madre Iglesia a la que, sin embargo, Henri de Lubac todavía hubo de identificárnosla en nuestros días como nuestra “Alma Mater” (Madre Providente) en pleno siglo XX, tras haber sido reprendido a su turno públicamente por el muy conservador Papa Pio XII.

En lo personal, a mí todavía me resultan muy impresionantes y queridos aquellos testimonios de entrega al mensaje del Evangelio de los que fui testigo durante los años de mi juventud, tales como los del Cardenal Beran (Arzobispo de Praga), Vishinski (Varsovia), Mindszenty (Budapest) y Stepinac (Zagreb).

Todos ellos fueron figuras beneméritas de talla internacional que pertenecieron al círculo de los brillantes y virtuosos Prelados de entre quienes también hubo de brotar la figura avasallante de Juan Pablo II y la no menos muy teológicamente sabia de Benedicto XVI.

Por contraste, la figura del nuevo Cardenal guatemalteco Álvaro Ramazzini no me resulta muy familiar, es más, hasta escasamente simpática, en parte por sus gestos e iniciativas de carácter más bien político sectario que social pastoral.

Pero todo hombre tiene el derecho a ser valorado y juzgado según sus propios términos y no solo de acuerdo a los prejuicios de los demás. Así entendido, desde este momento y a su respecto hago borrón y cuenta nueva.

Aunque Ramazzini siempre me ha resultado de carácter ambiguo. A mis ojos, se ha ganado titulares en la prensa diaria con algunas ruidosas intervenciones en el ámbito público, sobre todo en pro de los intereses de la población indígena de Guatemala, a lo largo de sus incursiones pastorales en cuanto Obispo de San Marcos y posteriormente de Huehuetenango.

Pero también conviene recordar que ha seguido en los pasos de otro adalid guatemalteco de las causas de nuestros campesinos, el Obispo Juan José Gerardi.

Por eso Ramazzini por ahora me es todavía una incógnita ambivalente y aparentemente no muy ortodoxa, pero méritos evidentemente los ha tenido a los ojos del Papa Francisco para llegar a ser incluido en el Colegio Cardenalicio.

Pero la Guatemala de hoy es muy diferente de aquella de los otros dos Cardenalatos guatemaltecos que la precedieron.

Hoy Guatemala cuenta aproximadamente con un 35% de su población creyente que se identifica más como Evangélica que como Católica Romana al estilo tradicional. Además la población de Guatemala es por primera vez mayoritariamente urbana y, por lo tanto, algo más crítica y sofisticada respecto al fenómeno religioso. Por último, se ve sacudida por los nuevos fenómenos de la emigración masiva y desordenada y del ascenso del contrabando de drogas.

Las declaraciones iniciales del nuevo Cardenal al haber sido notificado de su prestigiosa elección, me parecieron todavía demasiado comunes y corrientes, algo semejante como las de cualquier político al ser notificado que ganó las elecciones, no las de un Prelado agradecido a la Divina Providencia en el espíritu de la carta de San Pablo a los Romanos:

“Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.” (Romanos 12:3)

¿O no, Su Eminencia Ramazzini? 

GUATEMALA, AGÓNICA UNA VEZ MÁS…

GUATEMALA, AGÓNICA UNA VEZ MÁS…

 

Armando de la Torre

 

            …Y esta vez por obra y gracia del último Tribunal sin tacha alguna que nos quedaba: el Supremo Electoral.

            No sé si se les debería llevar a juicio penal o encerrar en un manicomio, pero han brillado con una constelación estelar en el cielo de nuestra noche por su impericia, su ignorancia de los principios generales del derecho, por la ausencia de todo tacto social, y por la mancha imborrable que han dejado en la única institución de prestigio que nos quedaba en el sector justicia gracias, esto último, sobre todo a la herencia del paso por ese Tribunal de don Arturo Herbruger.

            Un grito en ese vacío de sombras que lo ha constituido por años el entero Poder Judicial en Guatemala. Y, encima, con ínfulas prepotentes y dictatoriales, como si fuera una blasfemia el hecho de identificarlos tales cuales son.

            Además, nuestro último bastión contra el atropello de narcotraficantes apátridas se ha derrumbado. No nos queda alternativa que iniciar la reconstrucción constituyente de la justicia casi desde el absoluto cero.

            Por suerte Guatemala cuenta hoy con la abundante presencia de hombres y mujeres de buena voluntad y aun de muchos eruditos en los temas claves del espíritu y de la moral capaces de restaurar el rumbo por el momento perdido. Lo que se constituye en la imprescindible tarea que nos aguarda a partir de la próxima segunda vuelta electoral.

            Siempre he reconocido que en Guatemala sobran patriotas esclarecidos que le pudieran dar un empujón definitivo para situarla entre los más selectos del llamado primer mundo. Y que han sobresalido, encima, rodeados por un respeto casi universal al debido proceso jurídico y a la escrupulosa y tenaz prosecución de la justicia.

Reflexiones, sea dicho de paso, que estimo muy necesarias a tener en cuenta para las futuras comisiones de postulación.

            Nos restan muchas cosas que mejorar en la formación universitaria de los jóvenes que escogen especializarse por el vasto ámbito de la justicia. Como lo he reiterado a propósito de un ácido comentario del genial Agustín de Hipona: “Sin la virtud de la justicia, ¿qué son las naciones sino bandas de ladrones? (La Ciudad de Dios, IV, 4)”. Y, sin embargo, la formación de juristas en Guatemala (como en el resto de Iberoamérica) no pasa de ser una especialización universitaria más, de muy escasas exigencias intelectuales y morales.

            El venero de todo ello creo poder identificarlo en el positivismo jurídico dominante en la mayoría de nuestras facultades de Derecho. Y de tal manera, nuestros egresados universitarios se han acostumbrado a recitar de memoria artículos de códigos o de leyes constitucionales sin posibles críticas apenas derivadas del derecho consuetudinario o del derecho natural.

            El griego Polibio, por ejemplo, cautivo como un rehén más en aquella República tan exitosa, fue el primer extranjero en reparar que la separación legal de poderes era lo más importante para la grandeza institucional de Roma. Por lo tanto, desde tal perspectiva, el abuso del poder por parte de jueces y magistrados resultaba en el daño más vituperable que se le podía hacer a cualquier sociedad de hombres libres.

¿Se dice algo de ello, acaso, en nuestras facultades de Derecho?

            La dispensación de justicia es el débito principal de los ciudadanos de cualquier sociedad exitosa. De nuevo, ¿se inculca esta condición en nuestras universidades de tono tan jurídicamente positivista?

            El Poder Ejecutivo eficaz es, por supuesto, sumamente importante. Y el Legislativo, al largo plazo, lo ha sido aún más. Pero el Judicial, ha devenido en el máximo entresijo social, común a todos los estratos derivados de la división del trabajo en sociedad.

¿Anima todavía ésta convicción a nuestros docentes universitarios de Derecho?

            Pues, la existencia de derechos individuales irrenunciables se ha constituido históricamente, desde la Magna Charta (1215), en el prerrequisito más sólidos para la práctica de la justicia. Ya ello había estado presente con mayor o menor énfasis en las tradiciones de cualquier comunidad guiada por la costumbre (el derecho “consuetudinario”) como en la Grecia clásica o el Medievo. Ulterior a ello, unos dos siglos y medio antes de Cristo, asomó la interpretación iusnaturalista de los derechos y deberes de los ciudadanos libres (no de las mujeres ni tampoco de los esclavos) a iniciativa de ciertos jurisconsultos romanos.  

¿Retienen nuestros egresados universitarios alguna consciencia de todo esto? Y como consecuencia obvia, ¿nuestros jueces y magistrados?…

              Y a propósito de esa alusión a la venida de Cristo, ¿algún catedrático universitario entre nosotros todavía osa aludir a la posible existencia de un Derecho Divino derivado de las premisas del Evangelio?

            En Guatemala a mi juicio vivimos un vacío existencial para esta reflexión profunda.

Y así, unos pocos abusivos tienden a endosarse el monopolio de la interpretación y de la aplicación del Derecho vigente.

            Lo hemos visto de nuevo recientemente en el rechazo presuntuoso e insólito del derecho humano insoslayable de elegir o ser electa con particular dedicatoria a Zury Ríos Sosa y a todos los ciudadanos inclinados a votar por ella, por parte de togados carentes de toda ancla racional o moral alguna.

            Aunque algunos displicentes intelectuales en nuestro medio lo hayan considerado una vez más como una injusticia, sí, pero de poca monta.

            Con semejante jurisprudencia ¿qué podríamos haber esperado de un Tribunal Supremo Electoral constituido sobre tales premisas positivistas? Muy parecido a los arrebatos ideológicos de los que hemos sido testigos  durante los últimos cuatro años por parte de tan solo tres magistrados de la Corte de Constitucionalidad.

            El “positivismo jurídico” ha sido el origen del subdesarrollo de nuestra impartición de una justicia neutra y pronta.

            Y si no nos decidimos a romper con las premisas excluyentes de nuestro actual sistema positivista, olvidémonos de mantener un Tribunal Supremo Electoral de la honorabilidad sólida que una vez nos heredó Arturo Herbruger.   

            De vuelta a estas últimas elecciones. Me sorprendió muy agradablemente por todo ello la actitud corajuda de Edmond Mulet en sus críticas al actual Tribunal Supremo Electoral. Así como las de otros como Luis Velázquez y Arturo Soto o de Isaac Farchi y Ricardo Flores Asturias. No menos, las reservas inteligentes respecto al proceso electoral que hicieron públicas Manuel Villacorta y Thelma Cabrera. Es decir, que además de otros no mencionados aquí, se ha evidenciado una vez más que Guatemala cuenta todavía con una amplia reserva de ciudadanos sensibles y probos. Pero lamentablemente, ninguno de ellos con suficiente incidencia reconocible en el Poder Judicial.

            Y así, ese Tribunal Supremo Electoral constituido por “magistrados” de veras ineptos ha hecho retroceder a Guatemala tres mil años y le han arrebatado otra oportunidad de oro para su ingreso permanente en la honrosa lista de naciones-Estado que hoy solemos calificar de “primer Mundo”.

            ¿Lo lograremos dentro de cuatro años?

            Lo veo difícil, a menos que el nuevo Congreso se comprometiese a aprobar las reformas a la Constitución Política vigente propuesta con el apoyo de 73 mil firmas de ciudadanos en el 2009, y que todavía inconstitucionalmente no ha sido llevado a discusión por el pleno.

En el entretanto, por lo menos hago otra vez mío el saludo esperanzado desde su destierro en Italia de Rafael Landívar: ¡Salve, cara Parens, dulcis Guatimala, salve!

Y AHORA ¿QUÉ?

Y AHORA ¿QUÉ?

 

Armando de la Torre

           

La conspiración contra la soberanía de Guatemala, urdida desde los tiempos de Obama por parte de ciertos funcionarios de la Secretaría de Estado de los Estados Unidos y, sobre todo, por el que fuera su instrumento más visible por estos lares, Todd Robinson, ha dado otra vez alguno de sus amargos frutos en estas últimas elecciones.

El resultado final ha sido que la voluntad de los votantes engañados haya dejado insatisfechos a los más y muy contentos a unos pocos, los aprovechados de siempre.

El Tribunal Supremo Electoral (TSE) ha sido el conducto esta vez para un lamentable y estrepitoso fracaso dada la completa ineptitud de sus integrantes y no, en cambio, por la estatura moral ya más madura de los votantes, y todos así menos distantes en sus actuaciones de aquel modelo egregio que fue don Arturo Herbruger Asturias, quien presidió el Tribunal apenas recién instaurado.  

Encima, precedidas tales elecciones por una campaña electoral raquítica a iniciativa casi despótica de sus ineptos magistrados, quienes se engañaron a sí mismos y a los demás al creerse árbitros infalibles de todo el proceso electoral.

Pero al margen de esta nueva versión que nos ha legado esa reciente dictadura de los jueces, instaurada y fomentada, desde muy en las sombras, por la actual Corte de Constitucionalidad,  los resentidos sociales de por aquí han logrado esta vez filtrarse más estratégicamente por las rajaduras del conteo electoral.

Lo cual abona en favor de mantenernos todos siempre vigilantes, según aquel sabio aforismo de Thomas Jefferson de que “El precio de la libertad es una eterna vigilancia”.

Aunque fuera de ese campo de lo estrictamente público, otros empedernidos embaucadores al margen de la ley ya nos eran relativamente conocidos, sobre todo en ciertas áreas rurales del país: por ejemplo, los dirigentes de CODECA, últimamente concentrados casi con exclusividad en el robo de la energía eléctrica (aparte de recibir abultados financiamientos desde Suecia, España y Noruega), y que responden a ciertos nombres por la mayoría de los votantes desconocidos, como Mariano García, Mauro Vay Gonón y Blanca Julia Ajtum Mejía.

También, vale la pena recordar aquí los no menos destructivos de la Fundación “Turcios Lima” como en este caso el muy bien conocido Cesar Montes alias de Julio César Macías, veterano de los grupos terroristas de las FAR y EGP, y ex maestro de primaria que empero siempre ha soñado en constituirse como el Fidel Castro de Guatemala, y todos dedicados a las invasiones de tierras ajenas, en particular entre los infelices habitantes de las Verapaces.

Aun cuando para mí el más detestable lo es y haya sido personalmente Daniel Pascual, dirigente del CUC, y el supuesto artífice de un intento de asesinato nocturno contra la inolvidable ex Fiscal Gilda Aguilar, recientemente fallecida.

Tampoco quisiera ahora pasar por alto los nombres de algunos integrantes de otra Fundación, por ejemplo, la que lleva por nombre “Guillermo Toriello”. Creación casi exclusiva, sea dicho de paso, del ex-clérigo español también ya fallecido Enrique Corral Alonzo, casado con la hija de un entrañable y muy honesto profesional amigo mío. Este curioso malhechor, de nuevo muy popular por tierras escandinavas, por su parte se especializó en las depredaciones de fincas de algunos sufridos propietarios allá por el Polochic.

Este es un retazo del fantasmagórico telón de fondo tejido como parte integrante del marco insurgente antes de estas elecciones para nuestras áreas rurales.

Aunque la lista de los nombres de esos subversivos es tan larga aquí, no dispongo de espacio suficiente para incluirla completa.

Una vez más, todos ellos en parte seducidos por ese idealismo engañoso que consiste en comparar la realidad con un sueño placentero y, por supuesto, siempre triunfa el sueño.

Por eso asimismo, creo, que nada nos ha hecho desconfiar tanto de la actual estructura mediática en este país como tantos otros comentarios superficiales y nocivos que se multiplican por las ondas de la radio, de la televisión y, últimamente, por las llamadas redes sociales.

Ahí radican tantas otras maniobras corrosivas y nada honrosas del ahora tan desprestigiado TSE, aunque también extensivo todo ello al Registro de Ciudadanos y desde hace unos cuatro años bien sabidos por todos de la mismísima Corte de Constitucionalidad.

El sector justicia una vez más en la picota de la opinión pública, también dada la injerencia indebida de extra nacionales desde suelos que nos han sido siempre muy lejanos y hasta a ratos hostiles: la ONU, la OEA, el Departamento de Estado o el Foro de Sao Paulo.  

Y todo ello, en base a acusarnos inmerecidamente de un total tercermundismo que ya no veo en amplias capas sociales de Guatemala.

En ello ahora incluyen el hecho patente de que por el retraso mental y profesional de las autoridades electorales en esta ocasión, casi todos los ciudadanos cumplidores de su deber electoral hubieron de votar casi a ciegas, entre otras razones porque tampoco se les dio en el breve periodo eleccionario el tiempo suficiente para conocer y evaluar a candidatos y propuestas.

En presencia de todo ello, por lo tanto, la corrupción invisible de los poderes oscuros se ha vuelto a imponer en estas elecciones, aun cuando con algunas valiosas excepciones permitidas por los jueces dictadores.    

Por todo ello, yo me permito conceptuar todo este último proceso electoral de injusto, prejuicioso y vano, casi como evento de idiosincrasia única en la historia de este país.

En pocas palabras, hemos sido engañados esta vez por esa intrusión desorbitada del Poder Judicial. Un ejemplo más para probar lo dañino que puede llegar a ser la dictadura de los jueces.

Como conclusión final, pocos guatemaltecos están satisfechos con este reciente proceso electoral que desdice en mucho de otros progresos institucionales recientes en este bello país.

¿Giammattei o Torres?

Nos han vuelto a encerrar en la disyuntiva típica de los pueblos subdesarrollados: la de votar en favor o en contra del que subjetivamente nos parezca el menos malo. Lo cual también rebaja injustamente la altura moral de los dos candidatos restantes.

Me queda una acotación última: dado que Guatemala carece de los recursos suficientes para repetir estas elecciones (de unos ochenta a cien millones de quetzales), sí dispone, al menos, de ciertos medios a través del Congreso y de los partidos políticos legalmente vigentes para eliminar de una vez por todas esa dictadura por el momento vigente de los jueces metidos a legislar y a ejecutar, como lo han hecho reiteradas veces la Magistrada Gloria Porras y Asociados.

¿Lo lograremos?…