JUICIO

a los medios masivos de comunicación

Por: Armando de la Torre

            Sostengo que la CICIG no debería haberse hecho presente nunca, por las mismas razones por las que MINUGUA tampoco debería haberse insertado en la cadena de mando guatemalteca. No es por nacionalismo, que es vicio, sino por patriotismo, que es virtud.

La mayoría de los medios masivos de comunicación –prensa, radio, televisión…- parecen opinar lo contrario.

            La primera pregunta que obviamente se me podría hacer es: ¿Con qué derecho le hace juicio a la opinión ajena, sobre todo si la suya suele ser minoritaria?

            Respondería; con el derecho a la libre expresión que es humano, no político, y por lo tanto, inalienable.

            ¿A qué viene todo esto?

            Dina Fernández, otra vez una mujer, se me adelantó hace una semana con una condena respetuosa a ciertos periodistas de moral profesional dudosa. Tan sólo sigo su ejemplo.

            El periodismo ha evidenciado entre nosotros logros asombrosos durante las últimas dos décadas. Y no me refiero a sus imponentes innovaciones tecnológicas sino más bien al periodismo investigativo que ha hecho, sobre todo de la prensa escrita, un fiscalizador de las arbitrariedades de los sucesivos gobernantes, muy por encima de los llamados a serlo: los poderes judicial y legislativo.

            Sin embargo, el reciente embrollo jurídico en torno a las comisiones de postulación confirma a mi juicio lo mucho que aún nos queda mucho por andar.

            El caso Castresana es un botón de muestra. Se ha hecho de su figura la del caballero medieval “sin miedo y sin tacha”.

Ilusos.

            El Estado de Derecho descansa sobre ciertos principios fundamentales entre los que se cuentan el derecho a la privacidad y a un buen nombre, que se consolidan bajo el reclamo genérico a “la presunción de inocencia”. ¿Por ventura así lo han tenido en cuenta los medios al presentarnos los casos ruidosos de los tres magistrados, ya electos, impugnados a última hora para integrar la Corte Suprema de Justicia, o del Fiscal General, Conrado Arnulfo Reyes, o de los Comisionados de Postulación integrados legalmente por los decanos universitarios de las facultades de Derecho…?

            Carlos Castresana revivió en muchos las esperanzas de justicia por gestos aislados suyos  francos y valientes que deberían ser patrimonio habitual de todos los jueces y abogados. ¿Invitarlo, entonces, acaso habrá significado la solución para nuestra violencia endémica?

            Los problemas de convivencia justa entre los guatemaltecos compete resolverlos sólo a los guatemaltecos. De lo contrario, se declaran implícitamente sujetos menores de edad a perpetuidad. De ocurrir, sería reducible a una declaración de ausencia colectiva de carácter adulto, jamás aceptable o justificable.

            Los beneficiados por tales intromisiones son los hombres y mujeres –más los varones-  que sobran en toda sociedad civilizada: los pusilánimes, perezosos, incultos, indisciplinados, irresponsables, violentos y amigos de lo ajeno, los embusteros y calumniadores, todos aquellos, en fin, además cómodamente en cojines a la espera de limosnas.

            El bienestar, la paz y la justicia no se logran fuera del unánime respeto al derecho ajeno, y para mantenerlo se hacen inevitables sudor de nuestras frentes,  dolor  en nuestras lágrimas, y en ocasiones hasta la efusión de nuestra sangre.

También es requisito otro principio sagrado para los pueblos ilustrados que se llama “el debido proceso”.  A este respecto, son de lamentar las condenas mediáticas al margen de los tribunales de justicia.  Lo mismo que esas debilidades tan peligrosas de las autoridades al valerse de escuchas ilegales  o que al mismo tiempo toleran monopolios inconstitucionales como el de la televisión de banda ancha (en manos de Angel González).

            No impugno tanto personas como sistemas o hábitos que deciden de qué calibre de ciudadanos  nos hallamos rodeados en este Estado que se pretende “soberano”.

            No basta que la información abunde; mucho más importante son los criterios con que se nos filtre.

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