El futuro religioso del hombre (III)

Por: Armando de la Torre

            La tendencia que creo discernir de la religiosidad en general, y del cristianismo en particular, refleja una cierta desconfianza hacia las instituciones tradicionales y una no menos obvia preferencia por el contacto inmediato y directo de cada individuo con su Creador (o en el caso excepcional del budismo, con los entes búdicos -“bodisatvas”- que sirven de puentes personalizados hacia el Nirvana).

            Esto, de momento parece darle una victoria postergada a los movimientos reformadores dentro de la Iglesia Católica de los siglos XV y XVI, que pretendieron reducir la importancia de la misma en cuanto dispensadora única de los sacramentos y exaltar, en su lugar, el diálogo muy personal e íntimo de cada alma con Dios a través de la Palabra bíblica escrita.

            Como sociólogo yo lo veo algo diferente: creo que el individualismo creciente en todas las áreas de la vida es retrotraíble al exceso de “colectivismos” a los que hemos estado sometidos durante la mayor parte del siglo XX. Sólo así me explico el rabioso “egoísmo” doctrinario de Ayn Rand en cuanto respuesta al altruísmo forzado que ella sufrió en carne propia durante la primera década del experimento bolchevique en Rusia.

Pero el ser humano no deja por ello de ser “social”. Pues sobrevivimos a la era glacial gracias a la horda, nos desarrollamos ulteriormente en “civilización” merced a la “pólis”, y hemos logrado enriquecernos exponencialmente dentro del marco de las grandes urbes industrializadas.

            Ferdinand Töonies, a fines del siglo XIX, fue el primero en llamarnos la atención hacia el hecho contemporáneo de que vivimos a un tiempo en “comunidad” emocional (la familia) y en  “sociedad” acentuadamente racional y calculadora, basada en la división del trabajo y la circulación del dinero. 

En los últimos tres siglos, la “sociedad” ha incursionado cada vez más en los ámbitos reservados a la “comunidad”. La mejor prueba de ello la constituye “el Estado benefactor” que ha terminado por arrebatar al individuo muchas de sus responsabilidades individuales para pasárselas al ente abstracto e impersonal de la colectividad políticamente organizada.

            Esto también ha afectado la esfera de lo trascedente en la vida de las personas. En el caso del Occidente, en pos de los ideales de la Ilustración, la victoria del Estado nacional sobre el internacionalismo eclesiástico abrió las puertas a la subordinación totalitaria de las conciencias a las prioridades de los políticos.

            Pero al inicio de este siglo XXI, y a pesar del surgimiento de nuevos totalitarismos de raíz islámica, hemos recuperado la consciencia de nuestros derechos individuales frente a cualquiera colectivización impuesta por el Estado o por la Iglesia. ¿Se mantendrá esta propensión?…

Es probable. Sí sostengo, empero, que el individuo todavía recuperará espacios perdidos  a las insolencias “del rebaño”, como tanto lo deseó el posmoderno Nietzsche.

En esto baso mi hipótesis de que la jerarquía de la Iglesia, como comunidad de voluntarios, se encaminará de regreso hacia una versión muy parecida al conciliarismo por el que ya se abogó en su seno a principios del siglo XIV y que todavía defienden algunos, entre ellos Hans Küng.

            Encuesta tras encuesta de opinión comprueban que la asistencia religiosa al culto organizado en general disminuye, pero que la fe en la existencia de Dios se mantiene viva y operante. Fenómeno paralelo al que vivieron los judíos del exilio en Babilonia en el siglo VI antes de Cristo, privados de su Templo pero más abiertos por eso mismo a las exhortaciones  individualizantes de sus últimos profetas.

            Todo ello es mera especulación de mi parte, y susceptible, por tanto, a cambios, dada la posibilidad de innumerables imprevistos.  Mantengo, sin embargo, en línea con Telhard de Chardin, lo inevitable de un rumbo progresivamente espiritualizante del fenómeno humano.

            Aunque sin olvidar que el espíritu siempre sopla donde quiere.

 

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