“2011, año històrico”

 “2011, año histórico”

 

La democracia soberana guatemalteca ha tenido en este año 2011  su inflexión definitiva, esperamos, hacia una mayor y mejor civilidad.

 

1.              Tras el peor cuatrenio de la así llamada “nueva” etapa democrática (desde la Constitución Política de 1985), en la que hemos sido testigos de una irresponsable “danza de millones” a expensas de los contribuyentes; del aliento sistemático y clientelar a la pereza por nadie menos que la Primera Dama de la Nación; con horrorosas tasas máximas de inseguridad, de penetración descarada por el narcotráfico en casi todos los ámbitos de la vida pública, de la impunidad aplastante y vergonzosa en la administración de la justicia, del retrocesos generalizados en los índices internacionales de desarrollo humano,  de libertad económica y de competitividad internacionales cercenadas, mientras nuestros políticos han continuado con legislación que descapitaliza al país y que empuja a  la emigración acelerada a nuestros mejores jóvenes, sobre todo el avasallador  asalto frontal a la institucionalidad de nuestro país por parte de las mismas autoridades electas para defenderla, llegamos el domingo pasado a este nuestro último ejercicio democrático con una  deteriorada infraestructura física como no lo habíamos visto en décadas,  y, lo que es mucho peor, hartos de tantos pésimos ejemplos, en especial para nuestros jóvenes, de ineptitud e inmoralidad públicas.

Hemos tocado fondo. No nos queda otra senda que hacia arriba.

2.            Por eso, hoy martes, al igual que después del terremoto de 1976, podemos afirmar que GUATEMALA ESTA EN PIE. Pues la participación electoral ha sido la mayor en un cuarto de siglo.

Porque, además, sobrellevamos mejor que otros países la crisis financiera mundial, nuestro sector privado se muestra dinámico y creativo (a pesar del peso que le significa el sector público que uno de los candidatos para la segunda vuelta querría elevar al 17% del PIB); nuestras exportaciones  crecen, nuestra estabilidad monetaria se mantiene, y, encima, nuestras instituciones públicas de justicia han ofrecido por primera vez en décadas indicios de cierta robustez, aunque ello sólo haya sido por el temor de algunos magistrados a las facturas que les pueda pasar la CRECIENTE libertad de expresión de la RESERVA MORAL de nuestra ciudadanía, hoy más numerosa, valiente, sabia y educada, como resultado del bienvenido crecimiento de nuestra clase media.      

3.             El proceso electoral de este año ha tenido, también, rasgos inusitados y promisorios algunos, desde mi punto de vista:

a)      La oferta de candidatos ha sido más variada, y su respectiva cobertura mediática  no tan parcializada como en ocasiones anteriores, en parte gracias a la auditoría social voluntaria así como al legítimo retiro dictado por los tribunales de justicia de la inconstitucional candidatura de la ex – esposa del Presidente de la República en funciones.

b)      La retórica de casi todos los candidatos, algo más seria y propositiva que en ocasiones anteriores, en especial por parte de algunos de la oposición (entre los que no se contaba, lamentablemente, quien encabezó los resultados)

c)      También los foros de debates, que se dieron con más frecuencia, y algunos mejor organizados que otros.

d)     En resumen: la participación ciudadana se ha mostrado más multitudinaria, más exigente y, asimismo, más comprometida, en especial entre los jóvenes, lo que augura bien para Guatemala.

Pero no menos hemos tenido nuestras sombras:

a)      El despilfarro en la propaganda partidista, tan superficial, reiterativa y para un  nivel mental de morones, ha constituido una verdadera afrenta a la miseria y la pobreza de muchos guatemaltecos, en particular de las áreas rurales, de cuyo bienestar dicen los candidatos hallarse muy preocupados, y a nuestro cociente intelectual promedio.

b)      Lo que, además, nos hace sospechar tanto de posibles aportes del narcotráfico como del lavado del dinero coactivamente extraído a nuestros bolsillos, los contribuyentes (¿“conexiones” Panamá?…). Sin contar con los sospechosos compromisos de los mismos que podemos conjeturar intentarán compensar a sus financistas…

c)      La enorme contaminación visual y auditiva por todos lados, sin mucha esperanza de que los responsables – como lo exige la ley – la retirarán a tiempo,  o, más sutil, de que nos restituyan  los  costos de oportunidad en los que incurrimos al verlos y escucharlos.  

d)     También la lluvia de desinformación que quedará grabada en las mentes de los menos educados: por ejemplo, de un bono 15 que  “ayudará” a la reactivación económica, o de un aumento tributario que nos lleve a un gasto público del 14% o del 17% del PIB; o de que las acrecentadas deudas internas y externas del Estado no tienen por qué hipotecar el futuro de nuestros hijos y nuestros nietos.

e)      Y todo ello sin tener en cuenta las omisiones de lo que sí nos importa y no se mencionó: el caso de Belice ante la Corte Internacional de Justicia en La Haya.  O ése cáncer que se ha metatizado por todos los rincones de la patria de la deserción paterna, la causa principal de todos nuestros demás problemas sociales (pobreza, mortalidad materno-infantil, analfabetismo y deserción escolar, desnutrición infantil, ínfima productividad comparativa, feminicidios a granel, violencia intrafamiliar, maras, prostitución de menores, drogadicción, alcoholismo, asesinatos, etc.).

f)       Tampoco se aludió a una posible legislación que prohíba los déficits presupuestarios, ni a la mala calidad del gasto público (muy en especial en el Ministerio de Educación, la Universidad de San Carlos, y en el Ministerio de Salud), o de lo inútil de la Contraloría de Cuentas, ni de las hirientes  arbitrariedades del Ministerio Público, ni al desesperado estado de los hospitales nacionales, o de la perniciosa inmovilización de capitales que entraña el sistema vigente de nuestro seguro social, o los enormes desaciertos de nuestra política exterior, de la empobrecedora invasión ilegal de fincas, de los violentos cortes de puentes y carreteras, de los repetidos ataques a represas generadoras de electricidad y a la minería,  de la tolerada anarquía, tan ruinosa, que siembran por todas partes las organizaciones que se dicen “de lucha” de la izquierda ex-guerrillera o de la incrustada hasta en los niveles más altos del Poder Ejecutivo, de los miopes aumentos del salario mínimo -el factor más importante para el aumento del desempleo-, de la corrupción rampante en la Federación Deportiva Autónoma de Guatemala, o del reparto ilegítimo entre los diputados de obra pública, etc., etc.

g)      Muy en particular he echado de menos el silencio total sobre posibles reformas a la Constitución en el espíritu de las sometidas el año pasado al Congreso de la República por 73 mil ciudadanos con vistas a una consulta popular, y engavetadas, sin embargo,  y en contra de la ley, por la legislatura saliente.

            Por todo ello, se me hace evidente que empezamos a caer en la cuenta de que “el precio de la libertad es una eterna vigilancia”. Es decir, una función de nuestra entereza de carácter.

Por eso soy un optimista en cosas de Guatemala más que nunca. Creo firmemente que comenzamos con pie firme a remontar la curva de nuestros logros. Que nuestro futuro a mediano plazo es bueno, y a largo plazo espléndido.

Y mi argumento principal en este sentido son la gente como ustedes, rotarios, hombres y mujeres forjados éticamente en la prueba cuádruple, y la muchedumbre de jóvenes que abogan por mayores espacios para el ejercicio de la libertad responsable, algunos de ellos conocidos por mí de primera mano por ser egresados de la Universidad Marroquín donde laboro desde hace treinta y seis años.

En esa promesa generacional confío y por ella me felicito. Y por los demás guatemaltecos obedientes a la ley y laboriosos, que son también el ejemplo y el manantial de nuestro incipiente Estado de Derecho.

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