TODO UN HOMBRE

TODO UN HOMBRE

 Armando de la Torre

Tuve el privilegio de presenciar desde una discreta distancia la maduración extraordinaria de la persona de Álvaro Arzú. De un joven funcionario entusiasta y algo pendenciero al frente del Inguat hasta sus últimos años de estadista serenamente consagrado. Una transformación mayúscula que pocas veces he visto durante mi larga, muy larga, experiencia docente.  

De un polo a otro polo, del egocentrismo propio de todo aquel que irrumpe en la mayoría de edad a la serenidad reflexiva del adulto al final de una carrera exitosa. Es decir, en palabras de Erick Ericsson, de la etapa inicial de la autoafirmación y de la intimidad a la inevitable final de la integridad con todo su pasado o de la desesperación por haber fracasado, al momento en que todo ser humano vuelve la vista hacia atrás porque sabe que el tiempo futuro ya se agota y acepta lo vivido o lo rechaza por entero y desesperado.

Álvaro Arzú murió plenamente integrado.

Al precio, eso sí, usual de sacrificios, decepciones, derrotas y de logros felices al tiempo de un creciente dominio de sí mismo.

Así lo vi madurar ya pleno adulto.

Al final, lo reencontré gastado pero sabio, herido pero seguro de sí y nada petulante, incluso de regreso a la pureza de sus ideales juveniles, pero esta vez enriquecido por mucha más experiencia.

Nunca lo atrajo, eso sí, lo muy teórico y especulativo. Fue enteramente un hombre de acción, mejor un constructor, pero también un guerrero, y sin embargo no menos bondadoso y preocupado por lo más enaltecedor: la felicidad ajena, sobre todo la de los más pobres y sufridos. Y en una forma más auténticamente cristiana, es decir, sin ruido y sin altisonantes anuncios de lo bien hecho.

Lo anterior, y sus vivencias del INGUAT, nos ayuda a entender su permanente embeleso por la bella tierra que lo vio nacer y por los innumerables hombres y mujeres  de su terruño natal que se confiaban a su guía y protección. Por eso nunca necesitó el despliegue de un gigantesco aparato propagandístico como ha sido lo usual con otros caudillos de la vida pública. Simplemente fue electo y reelecto una y otra vez para la Alcaldía Metropolitana y la presidencia de la República a despecho de tantas almas enanas que lo adversaron y que lamentablemente se propagan por los medios masivos de comunicación, porque al mismo tiempo se saben mal retribuidos y he injustamente poco reconocidos.

Tuvo grandes aciertos y algunas equivocaciones, aunque estas últimas siempre debatibles desde el ángulo particular de cada cual.

Por ejemplo: los Acuerdos de Paz han sido copiosamente aplaudidos y elogiados por casi todos los políticamente correctos. No me encuentro entre ellos. Pero Álvaro también estaba sinceramente convencido de este logro suyo, encima para casi todos mayúsculo: para la Iglesia, por ejemplo, para todos los partidos políticos, para casi todos los órganos de opinión escrita, para los diplomáticos, para los empresarios, para los dirigentes sindicales… Yo, en cambio, me permití y no me arrepiento objetarlos, por las mismas razones por las que hoy me opongo radicalmente a la presencia y funcionamiento de la CICIG en Guatemala: desde la nada popular perspectiva ética, que incluye inevitablemente una visión de muy largo plazo.

Pero no quiero aquí argumentar de nuevo sobre este punto. Solo recordar que Álvaro tomó mis reiteradas críticas al proyecto y a su liderazgo con hidalga serenidad durante toda una veintena de años.

En estos sus últimos años reflexionaba con una madurez propia de quien sabe que ha superado sus crisis intimas y también las exteriores que le sobrevienen a su conciencia. Logro raro y Maravilloso.

Tampoco necesitará monumento alguno: la entera ciudad capital ya le es pedestal. La “tacita de plata” de antaño fue traída de regreso a la realidad por él. La municipalidad, en extremo degradada (y me consta) en los tiempos de Leonel Ponciano León, y a penas convaleciente bajo Abundio Maldonado, se volvió bajo la égida de Álvaro modelo de excelencia de gestión municipal como lo han sido otros centros urbanos como Curitiba, en Brasil, o Medellín, en Colombia.

Al tiempo, empero, que casi un tercio de la población del Altiplano se volcaba sobre ella y sus escasos recursos presupuestarios, en plena fuga del caos destructivo desatado por la violencia política a instancias de la URNG.  

Y así, hoy, en el ancho espacio que corre desde el Distrito Federal de México hasta Santa Fe de Bogotá, y gracias excepcionalmente a la gestión de un Álvaro Arzú electo cinco veces consecutivas, no hay otra urbe que se le pueda comparar en belleza, cuido ecológico y opulencia tanto cultural como económica.

No quiero dejar de mencionar de paso aquí a José Ángel Lee, culto alcalde interino ajeno al liderazgo de Álvaro, pero que, sin embargo, por casi tres años también aportó a la rehabilitación de esta ciudad, así como al no menos brillante Fritz García Gallont, que supo complementar tecnológica y arquitectónicamente todos los grandiosos proyectos de Álvaro.

Una vida, pues, la de Álvaro, de incesante trabajo bajo el escrutinio diario de la opinión pública que aprobó una y otra vez su espléndida gestión municipal y no menos la presidencial que liberó la red de comunicaciones del entero país, al tiempo que dejaba todas las comunicaciones terrestres en muy buen estado, por no hablar de las reservas económicas que dejó a los gobiernos sucesivos.  

Su última batalla no tuvo tiempo de coronarla con una victoria más: la de la recuperación de la soberanía nacional perdida a manos de guatemaltecos mezquinos que aún pululan entre las ONG´S y las cancillerías de los países nórdicos. Su erradicación queda para las generaciones futuras.

Muy querido Álvaro: supiste superar estoicamente casi todos tus desafíos. Supiste ser fiel a tus promesas, supiste honrar a tu linaje y a tu espléndida patria, supiste ser todo un hombre.

En nombre de la inmensa muchedumbre de tantos beneficiados por tu gestión pública, y de tantos otros alentados por el ejemplo de tu lucha incansable, te deseo de todo corazón que descanses al fin en los brazos del Altísimo, que ya te habrá perdonado las debilidades de tu naturaleza caída, comunes a la de todos nosotros que hemos sido tus testigos, que hago extensivo a la no menos admirable doña Patricia, y a todos tus hijos.

Has peleado una buena batalla, has acabado tu carrera, guardaste la fe. Por lo demás, te está reservada la corona de justicia, la cual te dará el Señor, juez justo, en aquello día; y no sólo a tí, sino también a todos los que aman tu venida.”  (2 Timoteo 4:7-8)

Amen.