Embajador Arreaga: A quién sirve usted?

EMBAJADOR ARREAGA: ¿A QUIÉN SIRVE USTED?

 

Armando de la Torre

 

            Lo he observado desde lejos durante los ocho meses que ha fungido en Guatemala como Embajador de los Estados Unidos de América.

No quiero juzgarle por anticipado con dureza porque creo que su presencia ha sido todavía demasiado breve para ello. Pero tampoco acepto con benevolencia algunos momentos de su trayectoria seguida por usted luego de su regreso a esta su tierra natal, Guatemala, dada la complejidad de los hilos legales que han tejido tanto su presencia en la vida pública como la mía privada.

Lo mismo pienso desde la óptica del país que lo vio nacer como desde el de su adopción en cuanto adulto pleno. La verdad, me tiene algo confundido si tengo en cuenta la complejidad del momento político tanto en los Estados Unidos bajo el liderazgo de Donald Trump como en Guatemala bajo el equivalente de la CICIG.  

Las razones para mi cautela me las sugieren, además, lo raro de sus breves apariciones públicas, entre las que sobresale la publicación de ese gesto pueril de una foto suya con un letrerito junto a su pecho que reza “I love CICIG”.

            Y esto me anima a llamarle públicamente la atención porque tras casi un año de residencia como Embajador del Presidente Donald Trump en este suelo ya debería haber caído en la cuenta del peso crítico que en este momento encierran cualquiera toma de posiciones suya relacionada con ese el problema de Guatemala más lacerante de todos: el intento por ciertos extranjeros apátridas de someter el soberano poder judicial de este país a sus prejuicios hostiles. Que han terminado evidentemente por enderezarse contra la impartición de justicia propia de todo Estado de Derecho y aun de la decencia en toda sociedad civilizada.  

            En teoría, usted es el representante legal de su país adoptivo entre los que aquí legalmente residimos, ciudadanos guatemaltecos o no, en cuanto de la cabeza democráticamente electa de los Estados Unidos de América.  

En concreto, sin embargo, me lo ha hecho dudar y muy en especial, esa arista que apunta a una posible conducta suya de irresponsabilidad en cuanto diplomático: la de la publicación de una foto de usted junto a Iván Velázquez, como una disimulada adhesión de su parte al grupillo de funcionarios del Departamento de Estado que todavía tratan tercamente de frustrar la voluntad del electorado tan plenamente puesta en evidencia en las últimas elecciones de su país adoptivo.    

Es decir, que lo entreveo cada vez más como parte rezagada, pues no menos afín a la política exterior periclitada de Barack Obama, y de los demás detractores de hoy del Presidente en ejercicio, precisamente quien le ha hecho su embajador suyo aquí. Empero, por eso mismo, concluyo que tal vez usted pueda que no sea la expresión más idónea de su política oficial hacia Guatemala.   

            Esto cobra más importancia ante de la inminente visita anunciada del Vicepresidente de los Estados Unidos, Mike Pence, a quien hipotéticamente usted habría de contribuir a entender este momento crítico que vive Guatemala.

            Las relaciones entre nuestros dos países que nos son a ambos tan queridos reclaman de usted y de mí la máxima neutralidad que nos sea dable. Y en su caso particular, dado el peso político de su persona, también fuera del ámbito local.      

            Porque ya su predecesor inmediato, Todd Robinson –recién expulsado de Venezuela por su intromisión en los asuntos internos de ese país– se atrevió a hacerse merecedor en su momento de igual sanción en Guatemala por el Presidente Morales, aunque que no lo hiciera efectivo dado que previamente a ello –como sucede con ese otro más reciente del embajador de Suecia, Anders Kompass–, el Presidente se tropezó simbólicamente con una mina terrestre encarnada en una  misma saboteadora, la Magistrada Gloria Porras, nadie menos que una integrante de la Corte de Constitucionalidad nombrada por el Congreso como su representante por presión ilegal de ese mismo Todd Robinson.    

            Y todo ello como torcido apoyo en favor de otro aprendiz de dictador en el presente guatemalteco, el colombiano Iván Velázquez, ex-miembro en su país del movimiento guerrillero M-19, y hecho ahora árbitro supremo aquí por un absurdo y muy autoritario respaldo por parte de dos Secretarios Generales consecutivos de las Naciones Unidas. Herramienta, que lógicamente, ha auspiciado y todavía auspicia con fervor el ex Secretario General de la Internacional Socialista, el portugués Antonio Guterres, ahora a su turno el Secretario General de las Naciones Unidas.   

            De resultas de todo esto, en Guatemala todos nos hallamos sometidos como ningún otro pueblo en el entero orbe a los dictados de remotos extranjeros que ni siquiera han puesto el pie en este país ni por supuesto aportado centavo alguno de sus impuestos.

Y así, irónicamente, ahora resulta que nos hemos adelantado a todos los demás pueblos en hallarnos sometido a un Big Brother de cariz totalitario, como lo vaticinara hacia 1948 el perspicaz George Orwell en su obra pretendidamente profética “1984”. 

Y todo, sea dicho de paso, también enderezado a frustrar la estrategia legislativa de este último Jefe de Estado guatemalteco que ya los partidarios de tal gobierno mundial adversaran desde el primer momento de su elección, entre otras razones por evangélico, pro militar y pro israelí.  

Y usted, don Luis Arreaga, ¿se dejó retratar públicamente con ese letrerito en el pecho que rezaba “I love CICIG”, o sea, I want such a Big Brother para Guatemala?

¿Es ésta una sugerencia “diplomática” como la de ese mismo predecesor inmediato suyo cuando ordenó que ondeara al ingreso de la Embajada de los EE.UU. en Guatemala la bandera del movimiento gay internacional?

¿Y para colmo, en su caso personal, en esta noble tierra de los antepasados de usted?…

Cuidado, don Luis, porque de tales fibras invisibles se han tejido los murales de todos las traiciones a lo largo de la historia.   

Y porque está a punto de incurrir en otra omisión culposa acerca de la verdadera situación actual en Guatemala en vísperas de la visita de Mr. Mike Pence, a quien usted está obligado a informar con la máxima imparcialidad posible. Por ejemplo, el recordarle el hecho de que ese súbito flujo de emigrantes ilegales desde Guatemala, vía México, que tanto nos preocupa allá y aquí, es solo atribuible a la todavía menos conocida verdad en el extranjero de los atropellos crueles y empobrecedores a los que están sujetos nuestros habitantes de las áreas rurales, dígase en San Marcos o en el Polochic, por manos de los ilegales grupillos desprendidos hace una veintena de años de la matriz terrorista “Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca” (URNG).

Por lo tanto, señor embajador, ¿a quién entiende usted haber servido al final durante esta su breve experiencia diplomática?  

 (Continuará)

  

Lo mejor y lo peor de nuestro momento

LO MEJOR Y LO PEOR DE NUESTRO MOMENTO

 

Armando de la Torre

 

            Empiezo con lo peor por lo que ha entrañado de tanto horripilante sufrimiento humano: la erupción del Volcán de Fuego.

            Las tragedias personales derivadas de ese fenómeno telúrico aún no se han contabilizado del todo y dudo que alguna vez pueda lograrse. Lo más horripilante en todo ello: lo seres humanos calcinados vivos, para llorarlos sin consuelo particularmente cuando nos referimos a tantos niños y adolescentes afectados.   

            Pero también ha asomado en esta tragedia algo de lo mejor de lo humano: la solidaridad tan generosa por parte del resto de la población laboriosa y en lo personal no afectada. Y así, la compasión cristiana de muchos se nos ha vuelto bálsamo ejemplar para todos. Para edificación propia y del resto de los pueblos del mundo que nos han sido testigos.   

Y así lo peor, por otra parte, ha dado vía para lo mejor y doy entusiastas gracias a Dios por el corazón inspirado de este tan noble y tan sufrido pueblo guatemalteco.

            De nuevo de regreso a lo peor: esa terca corrupción que persiste en nuestra vida pública, ahora agravada exponencialmente por la corrupción adicional que nos es del todo ajena de la CICIG. Que exacerba, y no puede curar, nuestras debilidades consuetudinarias, y encima importada desde el extranjero por los cálculos perversos de algunos hijos descarriados de esta ubérrima tierra, acompañados siempre del aplauso de un montón de ignorantes cortoplacistas.

            Por otra parte, retrotrayéndonos a aquella esperanzadora expresión de civismo que aquí se destapó en abril del 2015, una verdadera insurgencia del todo pacífica, todavía nos inspira y mantiene en alto nuestro espíritu combativo.

Luces y sombras, que nos certifican de nuevo la vieja verdad de que “el precio de toda libertad es siempre una eterna vigilancia”.

            Guatemala, has dado un salto exponencial hacia lo mejor precisamente porque lo has acometido bañado en las lágrimas del engaño y de la traición.  

Me atrevo a creer que hemos progresado en estos últimos tres años mucho más que en los tres decenios que los precedieron.

Y todo ello nos ha sorprendido por el arribo de esa revolución tecnológica inesperada que son las redes sociales. Gracias a ellas, han quedado rotos los oligopolios en la radio, la prensa escrita y la televisión abierta, y la voz del ciudadano común y corriente se ha dejado oír con más fuerza que nunca antes.     

            Salto imponente al mismo tiempo para una mayor libertad individual y no menos, para una acrecentadaresponsabilidad.  

Lo bueno y lo malo, como siempre, íntimamente entrelazados cual propio de la condición humana.

            Este regalo sorprendente que nos ha renovado en el espíritu cívico, influye en esa renacida lucha contra la corrupción que paradójicamente nos la ha hecho más difícil ese adefesio de la prepotente y extranjerizante CICIG.  

            Renovemos, por tanto, nuestro firme compromiso con el rescate moral de nuestras instituciones y de nuestra vida pública pero sin esos tutores ni esas dádivas de otros que nos son del todo ajenos. Pues ningún pueblo ha logrado jamás su grandeza sino a base de su sudor, de su sangre y de sus lágrimas, como lo atestiguara felizmente Winston Churchill en la hora más negra de la historia de su pueblo.    

            Las estratagemas dolosas de ese engendro único en el entero planeta que se llama “CICIG” se han concentrado en el “sector justica”, que hipotéticamente habrían venido a ayudar, para chantajearnos y extorsionarnos a todos sin piedad.    

El resultado ha sido y será catastrófico para la moral de todos los que aquí habitamos. La injusticia se ha vuelto más venenosa y selectiva, más enconada y más dañina que nunca antes entre nosotros. Y el nivel moral de la Corte de Constitucionalidad, de la Corte Suprema de Justicia y, hasta hace más o menos un mes, del Ministerio Público, se ha venido estrepitosamente abajo.   

Pero a su turno este triste aporte de la CICIG lo podemos retrotraer a otro que le fue precedente y ya viejo de más de medio siglo: la creciente perversión de la formación de los juristas en la Universidad de San Carlos (y consiguientemente en las demás “privadas” sujetas a su influjo), muy en particular por esa irresponsabilidad colectiva de su Consejo Superior, al igual que de algunas de sus decanaturas sujetas a su autoridad, en particular la de la Facultad de Derecho desde principios de la década de los setenta del siglo pasado.

Por ejemplo, ¿acaso se ofrecen todavía cursos de ética profesional? ¿O de Derecho Comparado? ¿O hasta del análisis económico del derecho?, que muy bien le hubiera venido, por cierto, a la Magistrada Gloria Porras y a otros más.  

            Ya sé que se me va a objetar lo que acabo de decir con alusiones a los hombres y mujeres beneméritos egresados de esa entidad tricentenaria. Pero yo hablo del hoy o del más reciente ayer. Y ni se me alegue con los nombres de sus muchos mártires de la represión estatal. Hablo de los todavía vivos y activos, los únicos que todavía podrían haber hecho esa diferencia ética en el Poder Judicial.

            Pues en la Universidad, como en cualquier otro ambiente humano, la putrefacción moral se vuelve más terca cuando minorías inescrupulosas han copado los resortes del poder retórico (o demagógicos) en ellas.

A ellos, por supuesto, no los investiga la CICIG, como tampoco al CUC, ni a CODECA, ni a FRENA, ni a CALDEH, ni a la Fundación Mirna Mack o la de Guillermo Toriello, ni tampoco al partido de la UNE…

            Y, ¿de dónde les llegan entonces sus repletas bolsas de dinero? Ya lo sabemos ampliamente: de muy lejos de las costas guatemaltecas.

            Lo mismo sabemos hasta de algunos francotiradores en el Departamento de Estado de los EE.UU., como también de la Secretaría General de la ONU, o de algunas Cancillerías nórdicas de Europa, o hasta de la Iglesia Luterana de los países escandinavos, o del refuerzo tangencial a todos ellos por parte de las dictaduras de Cuba, Venezuela o Nicaragua.

            No menos de muchos nombres y apellidos de los vergonzosamente “resarcidos” que todos conocemos a costa de los impuestos que pagamos ingenuamente los demás. ¿O será que los sobrantes de lo recaudado por la URNG con tantos secuestros y chantajes también todavía alcanzan?

            Y sobre todo lo cual guardan los verdugos de la CICIG hermético silencio.

            Precisamente por estos días también se mueve frenéticamente por los corredores gubernamentales de Washington nuestro corrupto dictador importado desde Colombia, Iván Velázquez, para que la administración de Trump no les corte el torrente de miles de millones de dólares de los contribuyentes norteamericanos que hasta ahora ellos han ahorrado en sus cuentas personales para días nublados…

            Lo mejor y lo peor de este momento: la solidaridad generosa con los hombres y mujeres libres y los atropellos tan injustos contra los inocentes por medio de un Poder Judicial todavía más corrupto gracias a la cortina de humo con que los protege la CICIG. 

            ¿Despertaremos alguna vez?…

            (Continuará)