El mejor lema electoral: Cumplamos con la ley

EL MEJOR LEMA ELECTORAL: ¡CUMPLAMOS CON LA LEY!

 

Armando de la Torre

 

            Guatemala, amigos, continúa en su ascenso, pese a tantos lamentos y reproches, incluidos en primera línea, por supuesto, los infames de la CICIG tanto los que propalan en el extranjero como los que aúllan su jauría local.

            La libertad de expresión que hoy nos permite a todos opinar tan libremente en pro o en contra de cualquier cosa, es un bien social que inevitablemente conduce al largo plazo al progreso tanto el general como el material de todos. Es decir, en nuestro caso particular, de quienes habitamos en esta ubérrima tierra. Incluso creo poder afirmar que es quizás lo más importante que todos hemos podido derivar de la Constitución de 1985.

            Por otra parte, sostengo que la CICIG, amén de entrañar muchas injusticias y corruptelas, ha logrado por estos años relentizar al mismo tiempo el desarrollo económico y social de todos menos, por supuesto, el de ellos mismos en lo particular.

También es verdad que ciertos “señoritos” guatemaltecos vegetan con sus arteras hipocresías de siempre validos ahora de esa misma CICIG y de sus grandes financistas internacionales.

No es menos verdad, repito, que Guatemala se mantiene de pie en un difícil equilibrio de sello moral, lo que implica no haber sido todavía doblegada del todo. Aún nos queda algunos magistrados y servidores públicos probos, entre ellos el tan vilipendiado por Helen Mack mi amigo personal Conrado Arnulfo Reyes.

Permanecen muy lamentablemente, empero, unos doce mil guatemaltecos en prisión “preventiva”, al margen de todo debido proceso jurídico según lo establecen tanto la Constitución vigente de la República como el Código Procesal Penal.

Entre ellos por ya seis años el coronel Juan Chiroy porque así le plugo en su inicio a Francisco Dall’Anese, un despreciable costarricense al frente de esa misma corrupción multimillonaria llamada CICIG, y el que tramó cobardemente desde aquí con Claudia Paz y Paz el bochornoso “juicio” contra Erwin Sperisen en el cantón “rojizo” de Ginebra, Suiza.

No menos indigna el caso de un honorable empresario sin tacha alguna, Max Quirin, al igual que la de un abogado de mi personal conocimiento, Moisés Galindo, así como los de otros altos oficiales del ejércitoguatemalteco, ahora vilipendiados por el capricho de ese sospechado exguerrillero colombiano del M-19, Iván Velázquez, y de sus compinches aquí nacidos como el politicastro Edgar Gutiérrez o el dudoso Eduardo Stein, y un largo etcétera rojizo ya por todos nosotros bien identificados.                

            Pero Guatemala progresa aun cuando siga bajo la asfixia económica derivada de las acciones criminales de tales extranjeros, con algún apoyo estratégicamente cobijados en Washington, Nueva York o Bruselas.    

            Pero con vista a la ya muy próxima convocatoria a elecciones aquí, podríamos todos responder de pie y así continuar con nuestro avance colectivo pacíficamente y a velocidades supersónicas con solo que todo aspirante a puestos de elección popular escogiera como divisa suprema el respeto sin excepciones a la ley vigente.   

            Porque un respeto que fuera universal a las leyes vigentes ha sido hasta ahora nuestro máximo déficit nacional, como también ha sucedido en Colombia, en Costa Rica, en España, en Bolivia, y en el resto del mundo de habla castellana, con la excepción posible de la República de Chile.   

            Es verdad que cada uno de los que aquí vivimos tenemos razones más que suficientes para objetar la observancia de tal o cual norma o decreto legal, incluidas hasta las constitucionales. Pero en tanto no sean reprobadas o alteradas por la autoridad legítima, es decir, la libre y mayoritariamente preferida por una mayoría electoral, habrían de ser respetadas y acatadas por todos siempre, desde el Presidente de la República al último de los recién llegados a la edad de la razón.    

            Incluso esto nos podría ayudar a explicarnos los mal entendidos y choques culturales reiterados entre las autoridades y pueblo norteamericanos y los respectivos de nuestra América ibérica, como, por ejemplo, el tan encendido debate en torno a la migración ilegal.  

Pues la gran ventaja de los Estados Unidos sobre nosotros desde su nacimiento no menos entre lágrimas y sangre, siempre ha sido que allá la obediencia y el respeto a la ley vigente ha sido una constante casi universal, mientras que entre nosotros ha ocurrido tradicionalmente lo contrario. Ellos se glorían de ser un país de leyes; nosotros de “revoluciones”.  

Tal diferencia en actitudes es observable aun desde el tráfico vehicular diario. Y así todo mexicano, o centroamericano, se cree con el derecho “humano” a migrar hacia el Norte cuando le plazca, por encima de cualquier legislación allá vigente. Lo cual, como también sabemos, ha conducido a tantas tragedias personales y familiares tanto al norte del Rio Grande como al sur.    

            ¡Dura lex sed lex!, nos enseñaron los romanos.

            Es más, se podría encima pensar que ese respeto a la ley se podría tomar como el punto de eclosión para toda vida verdaderamente civilizada.   

            Y así, ese escudo retórico de la “revolución” ha sido esgrimido una y otra vez indiscriminadamente entre nosotros como lo verdaderamente laudable, lo cual es una falsedad.

Porque el concepto de “revolución” es y será siempre inevitable en cualquier ámbito de cualquier cultura, pero en cuanto a equivalente a evolución acelerada, no a derramamiento de sangre. Por ello, saltospolíticos hacia atrás jamás habrían de camuflarse bajo la etiqueta mendaz de “revolucionario” hacia adelante.

Tales han sido los casos, por ejemplo, del despotismo “ilustrado” de Robespierre, o de la instauración del Gulag soviético, o hasta de los infames campos de concentración nazis, así como del genocidio perpetrado por Pol Pot.

Fue también este, sea dicho de paso, la esencia del mensaje subliminar que nos transmitió tan elocuentemente “George Orwell” (pseudónimo de Eric Arthur Blair), a partir por la sólida formación humanista recibida por él en la celebérrima escuela de Eton, no muy lejos de Oxford.  

La CICIG es esa misma verborrea de bárbaros disfrazada de búsqueda de la justicia.

Y quienes no lo quieren ver pecan, adicionalmente, de ausencia de toda solidaridad humana hacia quienes gimen por la injustamente, es decir, por el irrespeto a la ley.

El eterno pecado de cualquier Judas de la historia.

De ahí que el respeto irrestricto a la ley habría de tornarse lema universal de la vida política. Y que cuando nos parezca que la ley ya es obsoleta, dentro de la misma ley cambiarla por otra.

En eso descansa todo Estado de Derecho.   

La raíz de muchos de nuestros dilemas: Los Señoritos

LA RAÍZ DE MUCHOS DE NUESTROS DILEMAS: LOS “SEÑORITOS”

 

Armando de la Torre

 

            Desde hace tiempo he rastreado por todo nuestro mundo iberoamericano el prototipo del “señorito”, ese personaje tan pernicioso brotado de aquella prosperidad inesperada que derivaron en su momento de la plata y del oro de América los Conquistadores y también sus nietos y bisnietos.    

Un rasgo que históricamente vino a tipificar la decadencia imperial española, notable ya con toda fuerza por allá del Atlántico y por acá de la América desde del siglo XVII.

Aquel “señorito” español del Barroco tuvo mucho de heredero, y poco a su turno de hacedor, de soñador mucho, aunque de previsor muy poco, gentil y refinado, pero siempre hipercrítico de todos los demás y muy alejado de la experiencia sudorosa del trabajo manual. Para ello siempre les bastaron los esclavos africanos y la servidumbre de los indígenas.  

Tampoco fue un fenómeno social deliberado sino que muy espontaneo (o “dialéctico” según Hegel como por primera vez lo estereotipó en su “Fenomenología del espíritu” nada menos que en pleno auge napoleónico, hacia 1807).  

Una treintena de años más tarde otro joven, de nombre Karl Marx, se habría de sentir por ello tan atraído e iluminado que le sirvió de cierre a su esquema dialéctico sobre el “amo” y el “esclavo”.

Por otra parte, entre los países germánicos del norte de Europa, por los que se movió el joven Marx, no había trazas del tal fenómeno retrotraíbles del “señorito” a ninguna “Conquista” militar hecha por sus antepasados sino a aquella otra revolución pacífica y artesanal que hoy solemos calificar de la “primera revolución industrial”.

            Tema por cierto observado y abusado hasta el cansancio por casi todos los socialistas de los últimos dos siglos. Pero que por la escasez de espacio aquí rehúso a ampliar.    

            El “señorito” satisfecho, pues, según la acepción corriente que además a él aplicó el modernismo español después de aquel año del “Desastre” (1898), cuando fueron barridos los últimos baluartes imperiales de la Conquista (Cuba, Las Filipinas y Puerto Rico), vino lamentablemente a encarnarse en muchos de los indolentes burguesitos “mimados”, que gozaron no menos de las ventajas del trabajo ajeno aunque esta vez los que sudaban y gemían era los inmigrantes libres aunque muy pobres llegados desde la vieja Europa al “Nuevo Mundo”.

            Y así, también el arte del Occidente, muy en especial a ratos el de la música clásica y con más frecuencia el de la romántica que les fueron coetáneos, supo recoger e idealizar con gran belleza las frustraciones existenciales de semejantes herederos ociosos. Por ejemplo, la de los estudiantes “bohemios” en el París de la” Belle Époque”, que habían esbozado por escrito Flaubert, Víctor Hugo, Emilio Zola o León Tolstoi o la de los muy plebeyos toreros y sus amantes, que entre muchos otros enalteció al máximo George Bizet y a su turno adornaran con dulces melodías y ritmos vocales también Verdi y Puccini, y que perdura hasta el día de hoy, aunque retadas más   recientemente por la de los “blues” de Nueva Orleans, el Rock de “Elvis Presley” y los ritmos que se tornaron tan populares de los “Beatles”.

            Pero el “señorito” se proyecta también bajo otros enfoques, el del perpetuo “revolucionario”, por ejemplo, que tanto sedujo para sí mismos a Fidel Castro y a Ernesto Guevara, o la del escritorzuelo hipercrítico, como lo rezuman hoy con frecuencia algunas de las redes sociales. 

            Pero lo que aquí quiero subrayar de nuevo es lo muy contradictorio y hasta lacerante de muchas de sus imitaciones romantizadas: las de Oscar Wilde y Teddy Roosevelt por ejemplo, que fueron en su momento arquetipos contemporáneos entre sí y antagónicos de otras formas del “señorito”, testigos ambos del traspaso del poder imperial y global de Europa a América.

Ortega y Gasset se opuso a esa “nobleza de sangre célebre” tan cacareada en los nostálgicos medios de masas de hoy, precisamente cuando apenas ya quedan monarquías.

O un Fernando Botero o un “Timochenko”, polos irreconciliables en nuestra vecina Colombia. O también en Cuba, como el en Guatemala tan poco conocido contraste entre un Julio Lobo y un Fidel Castro, cada uno no menos “señorito” que el otro. Pero uno conservador y el otro permanente “revolucionario”.

            Fidel se me ocurre como el mejor exponente del “señorito” destructivo: privilegiado previamente en todos los sentidos, sin mérito alguno de su parte, pero bañado, encima, del oro que heredó de su tosco pero muy emprendedor padre inmigrante y semianalfabeta. Implacable, además, como suele comportarse todo aprendiz de “señorito”, también aquí y ahora, en esos juicios tan simplistas y condenatorios de todos.

Pues Fidel jamás trabajó en su oficio de abogado ni supo ganarse salario alguno, mimado, empero, tanto por algunos otros acomodados muy ignorantes como por el torrente de los hombres-masa de su tiempo.

            El “señorito” perfecto como estímulo para todos los de aquí y que como tales aplauden la presencia de la CICIG.  

            Pues en Guatemala tenemos ahora sobra de tales ejemplares que, típicamente, piensan a la moda del extranjero y por eso gesticulan hacia la izquierda y hasta se creen la parte más encomiable de ella.   

Por ejemplo, en nuestro caso, desde hace medio siglo, desertaron de sus “estudios” en la Universidad de San Carlos para incorporarse al terrorismo urbano o al predominantemente rural. Mas hoy solo insultan, desde el anonimato como otros “peladeros” más, y aun a la parasítica espera de su “resarcimiento” por parte de quienes laboramos todos los días y no nos hemos declarados “resarcibles”.  

Así entiendo los campos antagónicos entre quienes se solidarizan con la CICIG, casi todos “señoritos” tan críticos como ignorantes, y quienes nos oponemos a ella, adultos al menos apoyados en una más larga experiencia de trabajo y estudio, y por lo tanto templados por una mayor dosis de sentido común.

(Continuará)      

 

                

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